
Itinerario de jóvenes descendientes de la inmigración
Patrick Simon
Cuando hablamos de jóvenes descendientes de la inmigración, entramos en un terreno sensible. Son el objetivo de todas las atenciones, de todas las pasiones, de todos los debates, hasta suscitar cuestiones sobre la legitimidad de su presencia en el territorio francés.
Me basaré en este artículo sobre los resultados de la encuesta de INED sobre las condiciones de vida de los inmigrantes y de sus hijos. Entre las poblaciones estudiadas en esta encuesta, realizada en 1992, al lado de una primera muestra compuesta de personas nacidas en el extranjero y que viven actualmente en Francia -unos llegaron a ser franceses, y otros se quedaron como extranjeros- una segunda reagrupaba a jóvenes nacidos en Francia cuyos padres eran inmigrantes. Por primera vez, una encuesta de este tipo daba una imagen de una población que, por costumbre, se evita aislar: Las estadísticas (del censo de los estudios habituales de INSEE) precisan la nacionalidad de las personas pero ignoran la de sus padres. La encuesta se hizo a unos 2000 jóvenes de 20 a 29 años, de origen español, portugués y argelino. Este recorte se justifica por la necesidad de tener informaciones a partir de cifras suficientemente representativas. También da luz al estudio de una antigua inmigración, en la que los padres estan en edades de tener hijos que entran en la vida adulta. En el seno de otras inmigraciones más recientes contamos, sin duda, con jóvenes de más de 20 años nacidos en Francia, pero la falta de efectivos ha hecho el estudio más delicado. En cuanto a migraciones anteriores (polacos, italianos, belgas...) están en tercera posición.
Españoles, portugueses, argelinos, el interés de esta selección, a parte de presentar tres tipos de trayectorias, ha sido la inserción social. La encuesta nos presenta, así, una idea sobre tres formas contrastadas de vivir en Francia para jóvenes descendientes de la inmigración.
Frecuentemente, evocamos a estos jóvenes a partir de cuestiones referentes a sus pertenencias, a sus afiliaciones. Ponemos en la balanza las referencias ligadas a la sociedad de instalación y aquellas ligadas al país de origen de sus padres. Estos jóvenes estarían atrapados en una especie de conflicto entre, por una parte, sus socializaciones en el cuadro francés -por el colegio, la vecindad...- y por otra parte, aquellas que la herencia familiar marca, en diversos grados, por otros modelos -culturales, religiosos, etc.
Por otro lado, la cuestión de integración de los inmigrantes y la de sus padres se refuerza en sus propósitos: estos niños, de los cuales no hay nada que deje pensar que tienen handicaps particulares, ¿Van a chocar con obstáculos, con bloqueos específicos? En una posición social idéntica, con una misma formación, con características familiares próximas, ¿están confrontados a una discriminación, por el simple hecho de sus orígenes y de las reticiencias de la sociedad francesa para aceptar la expresión de una diversidad cultural? ¿Heredan los niños las dificultades de sus padres en encontrar un sitio en la sociedad?
Detrás de una "etiqueta impuesta"
Cuando hablamos de jóvenes descendientes de inmigración nacidos en Francia, aislamos una categoría de entre las demás. Otra categoría reagrupa: entre los 20-29 años, a aquellos que llegaron a Francia recientemente; entre los 15 y 20 años, así como otros que llegaron siendo muy jóvenes (desde la edad de 2 años por ejemplo) y que hicieron lo esencial de su escolaridad y de su vida social aquí, pero que son, sin embargo, inmigrantes. Esta distinción es importante en vista a la nacionalidad; no queda sin efecto sobre las trayectorias y el porvenir de estos jóvenes. A los 18 años, un joven marroquí, llegado a Francia a los 2 años sigue siendo marroquí, así como lo es también hasta los 18 años, un joven nacido en Francia de padres marroquíes. Pero a esta edad, él puede manifestar su voluntad de adquirir la nacionalidad francesa. La gestión es menos larga y menos difícil que para una nacionalización, pero permanece, sin embargo, la "adquisición". Uno sigue siendo extranjero hasta su mayoría de edad. Y por razones de límites inscritos en el código de la nacionalidad, adolescentes descendientes de la inmigración (nacidos de padres extranjeros, o que ellos mismos sean extranjeros) pueden quedarse como extranjeros durante toda su vida por delitos cometidos entre los 14 y 18 años.
Es una gran singularidad respecto a los jóvenes franceses que cometieran los mismos actos, sin arriesgarse a perder un derecho de nacionalidad que tienen desde su nacimiento.
En la opinión y en los medios de comunicación, la distinción se crea raramente entre las diversas categorías. Se hace la amalgama ("jovenes descendientes de la inmigración"), que es entre aquel que llegó de Argelia a los 15 años y aquel nacido en Francia de padres argelinos. La diferencia, sin embargo, es real en la socialización y en la referencia al país de origen, que puede, ser importante para uno, e inexistente para otro. ¿Es que la ascendencia inmigrante se desborda de generación en generación, transmitiendo un exotismo irreductible, una diferencia que continuaría manteniéndose una vez que estos jóvenes tengan sus propios hijos, siempre considerados como "descendientes de la inmigración"?.
¿A partir de cuándo pararemos de poner etiquetas a alguien por su ascendencia inmigrante? La respuesta depende, claramente, de las reacciones de la sociedad y de la manera en la cual se definen y reconocen las diferencias. Durante largo tiempo, ésta los había ignorado y, sin embargo, ahora se muestra más sensible.
Observamos así, un fenómeno de "etiquetación" con respecto a jóvenes a quien se les atribuye una singularidad, los incluidos en una identidad que, quizá, ellos no habían pensado.
Describiéndolos como la "segunda generación" (en cuanto a ellos son "la primera, nacida en Francia"), les devolvemos una herencia delicada de administrar: como sino fueran ellos mismos dueños de su destino, pero, indirectamente, son tributarios de este legado familiar.
Sin embargo, el tener en cuenta que la ascendencia de los hijos de padres inmigrantes es delicada y que se convierte en objeto de debate, hace que forme parte integrante de la identidad de estos jóvenes. El que sea reivindicada o atribuida por los agentes de diferentes instituciones públicas, que se haga objeto de una afirmación o que sea dirigida al cuidado de otro, el origen no puede ser completamente descartado del análisis en las ciencias sociales. Si debemos precisar las condiciones de la utilización de esta noción y recordar los límites asignados al significado de la categoría de los "jóvenes de origen inmigrante", no podemos descuidar el estudio del futuro de estos jóvenes. Esto reviste una importancia particular en el contexto actual de transformaciones sociales. Se trata, entonces, de evaluar la singularidad de las formas de entrar en una vida adulta de jóvenes confrontados con una pluralidad de influencias, pero también de contrariedades. En otros términos, estas contrariedades pueden, eventualmente, mostrar la formación de minoría étnica. Aquí está toda la apuesta de esta encuesta.
El tercero de una generación
En 1990, contábamos en Francia con unos 4 millones de inmigrantes. Entre ellos cerca de 620.000 eran jóvenes "inmigrantes". El número de aquellos nacidos en Francia de padres inmigrantes es difícil de determinar. Los trabajos de Michele Tribalat intentaron dar algunas precisiones. En cambio, se conoce el número de aquellos, entre 0 y 16 años que viven en el hogar de sus padres: 1,4 millones.
Unos 90.000 son de origen español, 100.000 de origen italiano, 260.000 de origen portugués. Para unos 300.000 de ellos, los padres vinieron de Argelia, 240.000 de Marruecos, 112.000 de Túnez, 78.000 de África subsahariana, 51.000 del sureste asiático y 60.000 de Turquía. En el caso de las tres últimas migraciones, su instalación es más reciente. Los padres comienzan a constituir una descendencia: aquí volvemos a encontrar a los futuros miembros de la "primera generación" de los años 2000 - 2020.
Sobre dos generaciones es interesante la comparación con la situación americana. La inmigración ocupa un lugar importante en la historia de los Estados Unidos. Ahora bien, en 1970, las personas que tenían orígenes inmigrantes sobre una o dos generaciones (padres o abuelos), representaban el 16% de la población. Este dato corresponde a una oleada de inmigración, parada en 1924, antes de que volviera a empezar en 1968 - 1970. En Francia, en 1986, se contaban 5 millones de personas de los que, por lo menos, uno de los padres era inmigrante y otros 5 millones tenían un abuelo en el mismo caso. El total (10 millones) corresponde a un 20% de la población francesa, una proporción ligeramente superior a la observada en Estados Unidos en 1970.
Esta acta subraya la importancia de la historia de la inmigración en el poblamiento de nuestro país, y el arreglo de la sociedad francesa alrededor de una diversidad cultural de sus habitantes. Desde finales del siglo XIX, a partir de efectivos en un principio marginales, la construcción de la población se ha modificado de manera contínua. Sin embargo, Francia, al contrario de Estados Unidos, se singulariza por una amnesia frente a este proceso y frente a las aportaciones extranjeras en su historia.
Sintetizando la panorámica de los diversos estratos de edad, revelamos que un tercio de los jóvenes de entre 20 y 29 años, en Francia, tienen un ascendente inmigrante sobre dos generaciones.
Evocar a los jóvenes descendientes de la inmigración es, entonces, hablar de un tercio más o menos de esta generación. Para esta proporción, las variaciones entre los departamentos son, evidentemente, muy contrastadas. Se conocen fuertes concentraciones en algunos departamentos y en algunas ciudades, polos de inmigraciones instituidas desde hace mucho tiempo. Limitándonos a los jóvenes entre 0 y 16 años, viviendo en un hogar cuyo jefe de familia es inmigrante, revelamos una tasa media del 38% en Seine-Saint-Denis - con, de nuevo aquí, grandes variaciones locales. En París, estamos al 34%, 27% en el Val-de-Marne (con una preponderancia de jóvenes de origen portugués); 24% en los Alpes-Maritimes (en los cuales el 7% es de origen tunecino); 24% en Rhône (en el cual el 8% es argelino).
La familia inmigrante
Después de este cuadro general de la población de jóvenes descendientes de la inmigración, voy a intentar describir el contexto familiar en el cual viven. Detallaré en el texto un cierto número de puntos de sus trayectos, en vista de la escolaridad, del empleo, y de la vida familiar. Este cuadro hará salir las disparidades entre los tres grupos observados de origen español, portugués o argelino, como aquellas respecto a la situación media de los jóvenes de generación de entre 20-29 años.
Nos resulta necesario, a partir de esta observación, volver a nuestra cuestión del principio: la posición de estos jóvenes respecto a su contexto cultural, familiar. ¿Es emancipación o reproducción?.
La primera aclaración es sobre la posición de la familia. En comparación con la media francesa, las características de las familias inmigrantes son particularmente marcadas, pero también muy diversas. Para una media en Francia de 2,4 niños nacidos de una misma madre, encontramos familias de 3 niños de origen español, de 4,4 de origen portugués, pero de 7,6 de origen argelino.
Esta diferencia de maternidad lleva, naturalmente, a incidencias sobre la escolaridad, sobre las posibilidades de promoción social para los jóvenes, sobre sus alojamientos, etc. Es así como toda una serie de contrariedades se añaden a la posición particular de jóvenes venidos de la inmigración.
Si buscamos hacer comparaciones, hay que recordar que una familia inmigrante no es el equivalente de una familia de otro origen y de que los modelos familiares son muy diversos.
El 43% de los franceses tienen un origen obrero; subiendo a más de un 78% para los tres grupos observados. Desde entonces, cuando nos preguntamos sobre el éxito escolar de jóvenes descendientes de la inmigración, debemos compararlos con el de otros hijos de obreros y guardar en memoria las diferencias de modelo en las familias. Es probable que si los jóvenes de familia obrera francesa vivieran en maternidades tan numerosas, llegarían a conocer el mismo éxito escolar o el mismo fracaso que los jóvenes de origen argelino.
La vida afectiva
El retraso de la marcha, después de los 20 años, del domicilio paterno, y el alargo de la cohesión familiar, son características de los jóvenes de hoy, que concierne, igualmente, a aquellos descendientes de la inmigración. Afecta, también, a los de origen argelino. Las encuestas muestran que el 74% de chicos y el 56% de chicas viven aún con sus padres entre los 20 y 24 años. Es a partir de los 25 años que se independizan (el 27% de hombres, y el 13% de mujeres permanecen en los domicilios familiares). Ahora bien, para aquellos de origen argelino, encontramos que más de la mitad de los hombres continuan viviendo con sus padres (el 56% y el 38% para las chicas). En cambio, no se comprueba un desfase igual en las familias de origen español o portugués.
Por supuesto, estas emancipaciones tardías no serían posibles sin una influencia sobre la gestión de la vida afectiva de los jóvenes. A partir de los 25 años, más del 75% de los jóvenes declaran tener una "relación amorosa", sea la forma de ésta como pequeño(a) amigo(a), unión más o menos formal, matrimonio. Entre los 20 y 25 años, esta cifra es la mitad (35%). Ahora bien, observamos de nuevo un sensible retraso en la constitución de parejas en jóvenes de origen argelino. Entre los 25 y 29 años, el 29% de los chicos declaran solamente un "intento de unión", contra el 58% de origen español y el 70% de origen portugués. El desfase es considerable respecto a estos últimos que tienden a reproducir, con bastante rapidez, el modelo de sus padres. El 20% de entre 20 y 25 años de origen argelino están casados, el 45% es para los hijos de familias portuguesas.
Pero más aún que la formación de parejas, son las relaciones informales las que se encuentran sometidas a este retraso. Entre los 25 y 29 años, más de la mitad de los jóvenes de origen argelino declaran no tener "relaciones amorosas" (el 25% del conjunto de jóvenes en Francia).
Un descarte tan importante se explica por el peso del control familiar pero también por la naturaleza de un mercado matrimonial cada vez más reducido debido a los estereotipos que se imponen. Con razón hay las esperas de estos jóvenes respecto a compañeros eventuales. En los barrios, el rumor, la preocupación de su reputación, juegan un papel esencial. Los jóvenes vacilan en entretenerse con una relación que será interpretada y deberá desembocar sobre una unión más o menos formalizada con el reconocimiento de los padres.
¿Qué mezcla?
La mezcla eventual de esta relación no está al margen de la cuestión de la integración. ¿Los compañeros son elegidos de forma indiferente entre los frecuentados en el vecindario o en el colegio? ¿O hay elecciones afines hacia las personas del mismo origen? La transmisión de particularismo está forzada por una elección preferencial. Por el contrario, cuando esto se hace de una manera indistinta entre el conjunto de compañeros posibles, las referencias de las parejas son dobles y la del país de origen intenta imponerse con más amplitud. En una perspectiva de asimilación que es, a menudo, la privilegiada, la mezcla de las uniones juega un papel motor. Es una condición determinante para la disolución de reagrupamientos con fundamentos comunitarios.
¿Qué es concretamente? La mezcla es menor en el matrimonio que en las uniones formales. Esto no asombraría a nadie: pasar al acto oficial del matrimonio, es cuestionar toda una serie de determinantes, en el cual está el control de la familia sobre el origen del cónyuge. Por ejemplo, para los jóvenes de origen portugués, pasamos del 63% de los hombres en uniones mixtas, al 46% en el cuadro del matrimonio. En las mujeres, las cifras son respectivamente del 48% y el 34%.
Para los portugueses y los argelinos, esta influencia está más clara en las chicas jóvenes que en los chicos. La familia las conserva en su seno encontrándoles cónyuges. Se muestran más permisivos respecto a uniones de chicos con chicas jóvenes elegidas en el exterior. Ahora bien, esta tendencia general se encuentra reforzada por la política de inmigración. Las chicas jóvenes nacidas en Francia de padres inmigrantes son el objeto de una especie de mercado con el país de origen, en la medida en que se permite entrar a Francia por la vía de este matrimonio preferencial. Se observa aquí un hecho perverso de restricciones severas en los flujos migratorios: transforman a las chicas jóvenes en una apuesta por el derecho de residencia, limitando por lo tanto su facultad de decidir ellas mismas cuál será su esposo.
Entre las chicas cuyos padres son originarios de Argelia, el 47% están unidas con un hombre que viene de este país. El mismo fenómeno (36%) se comprueba -en un contexto diferente- para las jóvenes originarias de Portugal. Por parte de los hombres, las cifras son mucho más bajas: el 17% para los argelinos, y el 13% para los portugueses.
Entretanto, y progresivamente, se constituye un mercado matrimonial de "la segunda generación". Es decir que la elección empieza a realizarse de aquí en adelante, entre jóvenes nacidos en Francia de padres inmigrantes. El número de posibilidades aumenta para poder elegir un cónyuge con las mismas características, la misma historia. Haber frecuentado los mismos colegios, encontrarse en los mismos barrios..., numerosos elementos facilitan estas relaciones. Así, entre los jóvenes de origen argelino, un cuarto de las uniones se efectuan en el interior de este mercado matrimonial de la "segunda generación".
De donde vienen los niveles reducidos de mezcla: el 50% solamente para chicos de origen argelino y el 24% para las chicas. Por el contrario, en la "segunda generación", los dos tercios de origen español tienen un cónyuge nacido en Francia de padres nacidos en Francia.
Dos puertas de entrada para el empleo
El contexto en el cual estos jóvenes son llamados a vivir y el itinerario de sus padres explican que su movilidad social, su identidad socio-profesional sean ampliamente diferentes, la estructura de los empleos es diferente a la de los años sesenta, en el momento en que sus padres llegaron como mano de obra inmigrante. Se observa, sin embargo, una concentración en los empleos de obreros: entre el 55% y el 65% dependiendo del origen. Pero la comparación con el empleo ocupado por los padres cuando estos jóvenes tenían 15 años, subraya una cierta movilidad profesional, más marcada por los jóvenes de origen argelino con respecto a otros. Si el 80% de los hijos de obreros son también obreros, la "reproducción" no concierne a más de un 60% de hijos de obreros argelinos.
Los retrasos observados en la formación de una pareja se traducen igualmente en la entrada del "proyecto empleo". Este retraso -y el alargo correspendiente de la duración de los estudios- es manifiesto para los jóvenes de origen argelino, aún cuando la trayectoria de los jóvenes portugueses es muy diferente. Estos últimos tienen el privilegio de cortas afiliaciones (Cap, Bep) de manera más clara que todos los otros grupos. Su entrada en el mercado de trabajo es mucho más rápida, evitándoles la fase de inestabilidad y la sucesión de pequeños empleos y de períodos de paro que caracteriza los principios de la vida profesional de los jóvenes argelinos.
Desde entonces, las tasas de paro reflejan esta disparidad. El 42% de jóvenes de origen argelino, entre los 20 y 29 años, están en el paro durante su vida activa. El 20% de jóvenes de origen portugués (una mitad menos) están en la misma situación. Este resultado ilustra todo un sistema que se apoya sobre la elección de formaciones calificativas y sobre la entrada en una red de pequeñas empresas ligadas a una red comunitaria, fuente de salidas profesionales. Por el contrario, para los jóvenes de origen argelino, la estrategia pasa por el mantenimiento del sistema escolar incluso cuando no es ni para obtener un diploma de alto nivel. Pero tienen conocimiento de la gran vulnerabilidad en el mercado del empleo y las dificultades para obtener un puesto - obstáculos anotados de una discriminación que se ejerce con respecto a los magrebíes.
La comparación de estas dos puertas de entrada al empleo y, por lo tanto, a la inserción social, es clara. Aquí, los portugueses adoptan una conducta más bien comunitaria (apoyándose en redes) -entonces consideramos que intentan el juego de la integración-, son los jóvenes argelinos los que se adaptan más a las reglas de entrada en el mercado de empleo. Ahora bien, conformándose con ello, se encuentran expuestos a una verdadera discriminación, llegando a conocer un paro elevado y las más arduas dificultades sociales entre todos los jóvenes. Tal es la paradoja: aquellos que juegan al juego de la integración prueban las dificultades más duras. El que los pone naturalmente en primera línea en la actualidad social, los suburbios ...
Por el contrario, las trayectorias de los jóvenes potugueses, se mantienen en un sector más protegido y les da una cierta seguridad a falta de una promoción social.
¿Ruptura y transmisión?
Para volver a nuestra primera cuestión sobre las evoluciones de la transmisión hacia jóvenes descendientes de la inmigración, ¿la producción de su identidad es emancipación o reproducción?.
Levantamos indicadores que van en los dos sentidos. Del lado de los jóvenes de origen argelino, la investigación es el fuerte de una ruptura traduciendo la complejidad de una continuidad, de una reinterpretación de la educación familiar. Esta no está unida, solamente a la naturaleza de su herencia, sino también al pasivo de la historia de la inmigración argelina en Francia.
En los jóvenes de origen portugués se observa una coherencia mucho más grande del modelo familiar y de sus modos de funcionamiento. La utilización del idioma en ellos es un índice significativo. La lengua juega un papel central en la transmisión de la identidad: no es solamente un medio de comunicación, sino el instrumento de conservación de la cultura y su vinculación.
Si la mayoria de jóvenes descendientes de la inmigración entienden el idioma de sus padres, son unos pocos menos los que pueden hablarlo. El 69% de los jóvenes de origen argelino declaran hablar el árabe. Las cifras son del 84% para el portugués, y el 91% para el español. Esta pérdida en la capacidad de expresión es más pronunciada a nivel de la lectura y escritura. En este punto el salto es enorme con respecto al árabe. Primero porque los padres son, a menudo, analfabetos, no leen el árabe, y por lo tanto no han podido transmitir este conocimiento literario a sus hijos. Después, por razones de carencia de un sistema escolar francés, que propone pocas estructuras donde se pueda aprender el idioma. Su aprendizaje se efectua, generalmente, en el ámbito de la enseñanza con fundamendos religiosos, en particular a través del estudio del Corán. Este es uno de los vectores de reapropiación de la identidad y la cultura de los padres, pero ésta opera en un campo relativamente pequeño, limitándose a dos textos canónicos y sin ampliar con respecto al plan literario o alguna lectura de la actualidad social.
La situación es diferente para el español, una lengua que, usualmente, se enseña en el colegio. La mayoría de los jóvenes pueden mejorar su conocimiento a nivel familiar con un conocimiento literario. Cuando el idioma ya no es un vector cotidiano, permanece el vector cultural. Ocurre lo mismo con los jóvenes de origen portugués, donde el medio asociativo permite familiarizarse con la lengua escrita. A lo que se le añade las residencias regulares en el país de los padres que reactualizan esta competencia lingüística. Los dos tercios de ellos declaran leer ocasionalmente periódicos o libros en portugués.
En las familias se observa, rápidamente, que alternan el francés y la lengua de origen, a veces hasta el uso exclusivo de ello. El 90% de los jóvenes hablan con sus cónyuges o con sus hijos únicamente en francés. El empleo del idioma de los padres representa un esfuerzo demasiado importante en el ámbito de la vida cotidiana: se convierte en una lengua literaria. Ahora bien la ausencia del soporte escrito, en el caso de los jóvenes de origen argelino, introduce una ruptura suplementaria en la reapropiación de una historia y de una cultura. Desde el punto de vista de una asimilación, podemos estimarlo, sin duda, positivamente: estos jóvenes están confrontados únicamente al francés. ¿Pero no es también, una manera de agravar las difilcultades para su inserción? Franceses lo son por la carta de identidad, por su medio de vida, por su esperanza y sus deseos. Sin embargo, la sociedad no cesa de rechazar su singularidad. Son los "beurs", miembros de un grupo que no sabe en que se funda su singularidad. El contexto cultural podrían aprovecharlo utilizándolo como recurso, es más una ventaja real que no un handicap.
Su itinerario es muy diferente del de los jóvenes de otros orígenes más arraigados en la historia de sus padres, más acostumbrados a apoyarse en un nivel comunitario y que, de una vez, disponen de más medios para vivir una inserción social y tener un mejor éxito en el seno de la sociedad francesa.
Patrick Simon
Instituto Nacional de Estudios Demográficos
Este articulo fue publicado por la revista Projet de septiembre de 1997.