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Francesc Badia i Dalmases
Edgar Morin.
¿Es posible y realista un modelo de vida mucho menos material que el actual? ¿Realmente es posible? Esta cuestión, que empieza a aparecer con fuerza ante la constatación de que la revolución tecnológica en marcha implica, entre otras cosas, un proceso de desmaterialización de los procesos de la producción y del consumo, atraviesa varias disciplinas y puede ser abordada desde ángulos distintos. A lo largo de este artículo intentaré ensayar una respuesta sintética y plausible, aún a riesgo de simplificar en demasía. Lo primero que me parece necesario advertir es que la respuesta a esta pregunta pasa por realizar un ejercicio de prospectiva que implica una pirueta intelectual: intentar dar a una pregunta compleja una respuesta simplificadora, pues está claro que una cuestión de tal trascendencia merecería un análisis exhaustivo sobre la naturaleza de la sociedad y del hombre moderno. No iré tan lejos, pero sí intentaré dibujar una síntesis histórica del problema, antes de pasar a analizar algunos de los datos de la realidad contemporánea que me permitan aventurar una respuesta. Desde una perspectiva generalista podríamos decir que la clave del problema de la desmaterialización estaría situada en la preeminencia que la sociedad occidental da a la economía sobre las otras actividades de la especie humana. Este fenómeno, fundamentalmente ideológico, pues que se refiere a las ideas y los valores de la sociedad, podría ser debido en parte -y ésta sería mi hipótesis- a que la capacidad transformadora de la tecnología proyecta sobre el imaginario occidental una sensación de poder y dominio en su interacción instrumental con las cosas materiales, percepción que contrasta con la complejidad psicológica y emocional (y por lo tanto más difícilmente controlable) que experimenta el hombre moderno en sus relaciones con otros seres humanos, o con su entorno natural ancestral. Siguiendo este razonamiento, veríamos cómo, para nuestra cultura, las relaciones entre los hombres y las cosas materiales son más eficientes, más simples, más "manejables", más cuantificables, que las relaciones de los hombres entre sí, y de ahí la tendencia a considerar estas relaciones como de una mayor relevancia. Este fenómeno cultural contribuye a la ruptura entre el "homo politicus" y el "homo economicus" que caracteriza a las sociedades modernas, ruptura que no se produce en las sociedades arcaicas. En este sentido es ilustrativo, sin necesidad de recurrir a los análisis de la antropología académica, leer las lúcidas descripciones que el periodista polaco Ryszard Kapucisnski (2) hace de las relaciones que las culturas africanas mantienen con la naturaleza, las cosas y las personas (desde una lectura de la realidad genéricamente denominada "animista") para comprender cuán diferentes son estas relaciones de las nuestras, y por qué fracasamos tan estrepitosamente cuando intentamos introducir el "modelo occidental" en estas sociedades. Se nos hace difícil entender su relación preindustrial con el tiempo, su concepción del valor central de las relaciones de sangre y clan por encima de cualesquiera otras o, incluso, su aproximación causal a los accidentes del destino, que no serían accidentes, según su lectura, sino que, en un mundo presidido por las fuerzas de la naturaleza y los ancestros, obedecerían a determinadas manipulaciones que los hechiceros hacen de los espíritus: si el hechicero que nos castigó es benigno, vale la pena intentar averiguar las causas del embrujo y procurar remediarlas, pero si el hechicero es maligno, sólo queda abandonarse humildemente a la desgracia y procurar, en todo caso, que ésta no se extienda a todo el clan. En nuestras sociedades avanzadas estas aproximaciones a la realidad se nos antojan primitivas, pues se demuestran claramente ineficaces, poco "performantes" en sus relaciones con las cosas. Siguiendo con el ejemplo africano, pienso que puede resultar oportuno relatar aquí una anécdota personal que se refiere a un viaje por el oeste húmedo de Kenia. Visito una tribu Kalenjin: los jóvenes que me acogen me muestran la organización, dispersa en distintas cabañas, del asentamiento familiar. Una cabaña apartada en la ladera de la colina sirve de cocina para el clan. En el interior, en la penumbra, distingo unas mujeres alrededor de unas ollas dispuestas sobre un fuego central. La cantidad de humo acumulado hace que el ambiente sea difícilmente respirable, obligando a las mujeres a salir regularmente a tomar aire fresco. Cuando sugiero a mis acompañantes la implementación del invento genial de la chimenea, la respuesta es sencilla pero contundente: "no, señor, eso es imposible, las cabañas no tienen chimenea". "Además -prosigue la argumentación-, un hueco en el techo de la cabaña propiciaría la entrada de espíritus contrarios al fuego, y éste se apagaría". Esta anécdota ilustra cómo, en esta África ancestral, la presencia de lo sagrado aún lo invade todo, y en estas circunstancias la lógica del pragmatismo racional para aproximarse a las cosas, sencillamente, no funciona. Frente a esta visión del mundo, el espíritu materialista, pragmático y laico que caracteriza la cultura occidental prima la eficacia en la manipulación de las cosas materiales sobre cualquier otro tipo de consideración. Aún a riesgo de ir demasiado lejos, pienso que es importante en este punto analizar someramente, desde una perspectiva histórica, cómo se consolida esta primacía de lo empírico sobre lo especulativo, de lo material sobre lo espiritual, de lo económico sobre lo político, del individuo, en fin, sobre la sociedad. Sólo este análisis nos permitirá avanzar en una prefiguración de la respuesta a la cuestión de si, hoy por hoy, es posible en nuestras sociedades avanzadas aprovechar la revolución tecnológica de la digitalización para adoptar un modo de vida mucho menos material que el actual.
Hacia la modernidad Sin necesidad de remontarnos al origen presocrático del pensamiento racional y al atomismo del materialista Demócrito, sistematizado por el Epicuro helenístico primero, y después por el romano Lucrecio, la historia de la filosofía occidental nos enseña cómo el pensamiento abstracto, la matemática y la lógica de lo tecno-empírico tiene como consecuencia un desarrollo material y tecnológico espectacular. Esta tradición empírico-materialista, retomada tras la crisis de la Edad Media por el Renacimiento, se vio reforzada a partir del S. XVII cuando Galileo, Bacon y Descartes sentaron las bases sobre las que se construirá el pensamiento tecno-científico que domina la modernidad. La consolidación y primacía de esta revolución del pensamiento occidental basada en el racionalismo ha significado que el dominio y la transformación de la naturaleza, una naturaleza que, despojada de su dimensión sagrada, ha sido considerada como la fuente inagotable de materia prima para la producción y para el desarrollo sin límite, pasara a ocupar el primer plano de la actividad humana, por tantos siglos dominada por una relación neolítica con las cosas. La ideología del progreso basada en el incremento sin límite de la riqueza material (y en la lógica económica del beneficio) ha tenido un impacto transformador irreversible sobre el medio, cuyas importantes consecuencias para el equilibrio ecológico y para la biodiversidad sólo ahora se empiezan a calibrar. Tras la etapa del mercantilismo, el impulso a la actividad económica basada en la producción de manufacturas y en el consumo intensivo hace que, sobre las bases de la revolución industrial, el desarrollo de máquinas más y más poderosas se haga a costa, por un lado, de un consumo de energía netamente superior al realizado por el sistema tradicional y, por otro, a costa de la fractura definitiva de la antigua relación integral equilibrada hombre/naturaleza, de la ruptura de la "antigua alianza" de la que habló Monod (3). Se trata de una ruptura finalmente tecnológica (atómica, informática, genética) que sitúa al hombre ante la posibilidad de determinar su destino. La máquina de vapor primero, las turbinas eléctricas y el motor de combustión interna después, se alimentan, sí, de carburos fósiles, pero a cambio son capaces de desarrollar la fuerza de muchos caballos con una eficiencia y concentración no vistas hasta entonces, superando exponencialmente las limitaciones tradicionales de la tracción animal y del aprovechamiento mecánico de energías limpias, como los molinos de agua o viento, o los barcos de vela. Por otra parte, el desarrollo de la minería industrial y las fábricas textiles necesita de la concentración de mano de obra que llega del campo y que acabará creando una nueva clase social, llamada a protagonizar la revolución industrial en marcha. La extensión del concepto de propiedad privada se impone definitivamente, el mercado triunfa en Inglaterra y Europa y estamos ante la consolidación de la economía de mercado, ante la "gran transformación" que sistematizó Polanyi (4). Y es a partir del momento en que la mecanización, impulsada por la electricidad, se generaliza como sistema de producción de alto rendimiento que la disponibilidad de bienes manufacturados se dispara, mientras se consolida un sistema económico basado en las leyes del mercado: la nueva oferta crea una nueva demanda que a la vez genera más oferta, entrándose en un sistema expansivo que se traduce en una potente dinámica de retroalimentación, en un verdadero fenómeno de "feedback" positivo. La eficacia de los sistemas de producción industrial, la división del trabajo y las nuevas formas de organización social rompen los antiguos vínculos de la especie con el entorno natural y suponen una revolución por lo menos tan determinante como la revolución neolítica. Una vez establecido y legislado el concepto de propiedad individual, el acceso a un salario a cambio de un trabajo cuantificado en el número de horas que el trabajador dedica a la empresa, finalmente reguladas mediante contrato, genera la disponibilidad de un capital que, primero, sirve para cubrir las necesidades básicas de la alimentación, la habitación y el vestido, a las que se acabarán sumando, más adelante, la sanidad y la educación. Pero, más o menos rápidamente, siguiendo las presiones sociales a favor de un reparto de los beneficios, este sistema genera un cierto superávit de disponibilidad de capital y tiempo para la adquisición de otros bienes y servicios que va más allá de lo que se denomina "primera necesidad". Superado el equilibrio clásico de las economías de subsistencia, entramos en la dinámica del crecimiento económico o, más genéricamente, en la etapa del desarrollo, cuyo principal objetivo es el beneficio y cuya principal consecuencia es la generación de riqueza a costa del desequilibrio (en lo ecológico, en lo demográfico, y en el reparto de la riqueza y del poder político). Pero lo que importa destacar en este punto es que, a medio plazo, este fenómeno permite al ciudadano una cierta discrecionalidad (concepto confundido muchas veces con el de libertad) a la hora de disponer de estos beneficios, de este capital "sobrante", discrecionalidad tradicionalmente reservada a las elites dominantes. Esta nueva disponibilidad de dinero líquido y de una cierta cantidad de tiempo libre por parte de un número creciente de la población contribuye a la "economización" de la vida cotidiana y permite la adopción de distintas estrategias. Por un lado la estrategia del ahorro, que persigue la acumulación de capital para su disponibilidad futura, para "el día de mañana". Por otro lado, permite la inversión en bienes inmuebles, en medios de producción, en activos financieros o, en el mejor de los casos, en educación superior, con la esperanza de la obtención de un rendimiento futuro multiplicado. Por último, permite el consumo, destinado a la satisfacción de necesidades "artificiales", a la acumulación de bienes materiales o al acceso a servicios "de segunda necesidad". Este abanico de estrategias presenta al ciudadano la ilusión más o menos fundada de estar delante de distintas oportunidades. En función de la estrategia que elija tendrá más o menos éxito en los resultados y podrá tener la sensación de haber "progresado". Se inicia entonces el proceso quizá más fuertemente motivador (y fuente histórica de tensiones y luchas sociales) de todo el sistema: la posibilidad que ofrece para alcanzar el éxito personal encarnado por la movilidad social, por la oportunidad de ascender socialmente a través del acceso, la acumulación y la exhibición de riquezas.
Vivir como reyes Estamos ante una de las ideas clave que han consolidado la ideología occidental del progreso: a través del esfuerzo personal y del acierto en la estrategia económica elegida, se puede acceder a una vida mejor, a un mayor bienestar material, a un mayor reconocimiento social. Esta vida mejor, este bienestar se identifica rápidamente con el acceso, la acumulación y el disfrute de productos y servicios antes reservados a las clases dominantes y, puesto que ahora es posible "vivir como un rey", el objetivo vital se transforma en una lucha constante por conseguirlo. El conjunto de la sociedad adopta la lógica del cuanto más, mejor, puesto que el éxito social se identifica con el acceso a la propiedad, a los servicios y a la abundancia de recursos materiales, antes exclusiva de unos cuantos privilegiados que las detentaban con carácter hereditario. Pero es bien sabido que la percepción colectiva de que la acumulación de riquezas es un valor positivo en sí mismo, sumada a la posibilidad real -aunque limitada en número- de una verdadera ascensión social, ha venido justificando la perpetuación de los desequilibrios económicos y la exaltación del individualismo, quedando legitimada de este modo la formación y la preservación de grandes y pequeñas fortunas. A nutrir este mito de progreso y libertad contribuye el fenómeno moderno de los medios de comunicación, que construyen los mitos de la llamada sociedad de consumo basados en la construcción de un imaginario que, difundido por el cine y la publicidad, muestra a las audiencias las excelencias del lujo, de la sobreabundancia, del hedonismo y de la movilidad discrecional. Y es este último aspecto, el del acceso a la movilidad discrecional, el que puede servirnos para ejemplificar el profundo impacto del proceso que venimos describiendo. A título de ejemplo paradigmático, me parece ilustrativo analizar brevemente lo que ha significado para el imaginario social el acceso generalizado a la propiedad del automóvil como expresión máxima del progreso y del bienestar de los ciudadanos del primer mundo. Otro ejemplo a desarrollar sería lo que ha significado para el mito del progreso el acceso masivo de la población occidental a la aviación comercial (5), tanto en términos de movilidad, como de sensación psicológica de poder y dominio sobre la naturaleza, visto el alto rendimiento del "jet" o motor a reacción, ejemplo de aplicación civil de un invento militar (aplicación civil que, por cierto, volvió catastróficamente a sus orígenes militares el pasado 11 de septiembre). Pero fijémonos en el caso del automóvil. Los economistas, y los gobiernos con ellos, han querido ver en el automóvil el gran indicador del nivel de desarrollo de nuestras sociedades. Una vez asegurado el acceso a una vivienda digna (al agua corriente, a la electricidad, al gas, al televisor, al teléfono, a los electrodomésticos) de lo que se trata es de acceder al automóvil. La producción automovilística, cuyo impacto transversal en numerosos sectores industriales es conocido (no en vano se trata de una "industria de industrias") ha sido, quizás, el principal motor del crecimiento económico contemporáneo. A la propia industria automovilística viene a sumarse la construcción de carreteras, que consume grandes inversiones públicas, genera comisiones millonarias, desarrolla la industria del asfalto, del cemento, de la maquinaria pesada, y crea la infraestructura para la ocupación masiva del territorio a través de las comunicaciones viarias. Al amparo de su importancia estratégica, se trata de facilitar la circulación del mayor número de coches posible. Las grandes multinacionales del petróleo, por su parte, se aseguran así un alto consumo de hidrocarburos refinados, cosa que representa a su vez una fuente de ingresos fundamental para los gobiernos, a través de los altísimos impuestos indirectos que recauda. Si las comunicaciones marítimas y ferroviarias basadas en la máquina de vapor y el consumo de carbón para la producción de energía eléctrica fueron claves para el desarrollo económico del siglo XIX, el siglo XX ha estado presidido por las carreteras y las autopistas, que aseguran el transporte de las mercancías puerta a puerta, el consumo de hidrocarburos fósiles, y la alta la circulación de automóviles particulares entregados a la movilidad, mito de la más alta libertad individual. Cabe preguntarse por qué el automóvil tiene una tal centralidad en nuestras sociedades. Quizá una de las respuestas se encuentre en el hecho de que el vehículo automóvil ejemplifica como ningún otro el alto rendimiento de la tecnología, que pone a disposición de los individuos unas máquinas de alta "performance" a la vez que alimenta la sensación psicológica de poder, de control, de dominio sobre la naturaleza, de autoestima, de libertad individual. Cualquiera que haya pisado el acelerador de un buen automóvil deportivo ("bello como una máquina de guerra", que decía el poeta) sabrá a qué me refiero. La frase "con mi coche yo voy a donde quiero, cuando quiero y con quien quiero", que expresa para tanta gente la percepción psicológica de la libertad, resume hasta qué punto ésta ha sido la gran máquina del S.XX, y también hasta qué punto se hará difícil prescindir de él. Por encima del peligro constante para la integridad física (sobre todo de los más jóvenes) y del importante impacto medioambiental en forma de fractura de corredores ecológicos, emisiones de CO2 y de residuos contaminantes en forma de ácidos, fibras sintéticas, plásticos o aceites minerales pesados, es evidente el triunfo inapelable del automóvil, cuya importancia económica central en el entramado tecnológico-industrial ha presidido buena parte de la segunda mitad del siglo XX. Más allá del impacto del fordismo como modelo maduro para el desarrollo del capitalismo industrial, quizá la fabricación en los años veinte del famoso primer utilitario, el "Ford-T", represente, mejor que ningún otro producto de la cadena de montaje que inventara, la mayor hipoteca heredada del siglo XX.
La segunda gran transformación Pero, volviendo a nuestro argumento principal, una vez que la economía de mercado, bajo el amparo jurídico del Estado moderno, asegura eficazmente a una mayoría de los ciudadanos la cobertura de sus necesidades básicas, de su seguridad y del "imperio de la ley" -más allá de las desigualdades y de las "bolsas de pobreza" consideradas como inevitables-, la sociedad industrial alcanza su madurez, se instala en la sociedad de consumo, e inicia su transición hacia la sociedad post-industrial, teorizada por Daniel Bell (6) en los años 70 como una sociedad donde el sector terciario, las clases profesionales y técnicas, el conocimiento teórico y la "tecnología intelectual" serían los factores económicos del crecimiento, sentando las bases de lo que a partir de los años 90 se ha conocido como la Sociedad de la Información y del Conocimiento. Henos aquí pues, tras nuestro somero recorrido histórico, situados en el momento actual, que podría ser bautizado como la segunda "gran transformación" si realmente el modelo de la economía industrial y de mercado, basado en la secuencia lineal occidentalización-modernización-desarrollo-progreso, se viera superado por la revolución digital, la conciencia social global y la desmaterialización. Por el momento asistimos a una segunda gran revolución tecnológica, basada en la digitalización y el procesamiento de la información y en la expansión de las infraestructuras de la comunicación, que pone en crisis el sistema heredado, una vez que el aumento de la productividad y de la innovación cuestiona el industrialismo, que da muestras de saturación. El abaratamiento de las materias primas y de los costes de la producción y de la distribución, fruto del impacto de estas tecnologías, se traduce en un aumento de las actividades basadas en la generación, el procesamiento y la distribución de la información, información que, transformada en materia prima, sufre también un fenómeno de abaratamiento. Pero de esta manera, y contrariamente a lo que se podría pensar, se sigue manteniendo un alto consumo de materiales y de energía, pero se libera una cantidad importante de mano de obra que, o se recoloca en actividades relacionadas con la información y el conocimiento, o entra en la dinámica del desempleo estructural o de larga duración. Para mantener los niveles de crecimiento que se consideran indispensables para la buena salud del sistema, la vieja economía basada en el trabajo industrial y en la fabricación de bienes materiales no es suficiente. Hace falta más. La nueva economía, basada en el aumento de la productividad y de la competitividad gracias a las TIC, debe generar confianza, innovación y expectativas: en una palabra, debe generar la ilusión de un crecimiento y un beneficio ilimitado. Mientras que un altísimo nivel de consumo material se mantiene, aparecen nuevas ofertas basadas en el acceso a los servicios, cuya naturaleza es ya inmaterial. En esta nueva situación, ya no sería, pues, la propiedad, sino el acceso y la utilización de los servicios lo que pasaría a ocupar la centralidad de la actividad económica. Por desgracia, y contrariamente a las tesis de Rifkin (7), pienso que no se produce una sustitución del consumo material por el inmaterial, sino una superposición, una suma. Bien es cierto que la opulencia y la sobreabundancia producen una saturación y que, una vez alcanzado el bienestar material estándar, automóvil incluido, ya no es la adquisición, sino la reposición lo que es privativo. Más allá de los residuos industriales (cada vez menos aparentes, pero en aumento) sólo hay que fijarse en el nivel de residuos generados por una familia media (la cantidad, el tamaño y el peso de sus bolsas de basura) para darse cuenta de que el consumo material, lejos de disminuir, se mantiene, sino es que también aumenta. Otros indicadores domésticos del hiperconsumo insostenible son el número de grifos de agua, el número de puntos de luz o el número de peluches acumulados en la habitación de los niños. Así, y según mi opinión, la sociedad no renuncia al consumo de bienes materiales, sino que suma, añade nuevas formas (esta vez inmateriales) de consumo. Si bien es evidente que el aumento del "bienestar", en la sobreabundancia, ya no pasa necesariamente por un incremento del consumo material, éste se mantiene, estimulado por todo tipo de políticas y publicidades, en unos niveles muy elevados y claramente no sostenibles. Se pueden tener una, dos, tres casas, uno, dos, tres coches, seis televisores, cuatro ordenadores, pero hay un límite objetivo: el que marca el tiempo necesario para utilizarlos todos o la disposición de espacio para almacenar más. Si a este fenómeno le añadimos el aumento en la oferta de servicios de todo tipo, viajes, entretenimiento, restauración, deportes, comunicación, estudios, asistimos a un encogimiento de la dimensión psicológica del tiempo y del espacio. Podemos llenar nuestra agenda con actividades de todo tipo pero, a medida que lo hacemos, la limitación temporal aumenta. También experimentamos con no poca angustia la limitación de nuestra capacidad de consumo de información, puesto que ahí también se produce una saturación, una "infoxicación". Este es el escenario que se nos dibuja: muchos bienes y poco tiempo para disfrutarlos, mucha información y poco tiempo para procesarla, mucho conocimiento y poco tiempo para acceder a él.
Dos consumos superpuestos Ante la constatación de estos fenómenos, aprender a gestionar el tiempo, aprender a elegir, puede ser la clave de nuestro bienestar futuro. La incógnita está en saber si el aumento del consumo de información y conocimiento se traducirá finalmente en una disminución del consumo de bienes materiales. Será un problema de elección, y por lo tanto, un problema a la vez cultural y político. Para ir avanzando una respuesta a la cuestión planteada al principio, diría que, si la desmaterialización se produce, como muchos analistas predicen, será más bien por un mecanismo de auto-regulación del sistema, una vez la catástrofe de los desequilibrios y de la insostenibilidad se haga más ubicua y se convierta en un problema de supervivencia para el sistema primero, si no para el conjunto de nuestra propia especie. La reflexión está clara: hoy ya no es posible un desarrollo global basado en el industrialismo encarnado por la economía del automóvil, por seguir con el ejemplo apuntado. Simplemente por un problema de saturación. Es inconcebible que los cientos de millones de bicicletas que circulan en China sean sustituidas por cientos de millones de automóviles. Tampoco vemos a cientos de millones de hindúes volando a Europa, haciendo turismo en unas Ramblas desbordadas, o inundando una Venecia con el agua al cuello. Es, sencillamente, insostenible. Por suerte, aunque sea a modo de "wishful thinking", leer a un fino observador como Ryszard Kapuscinski, a quien citaba al principio, abre un resquicio a la esperanza: "Toda cultura posee una escala de valores propia y no en todas las culturas la economía ocupa el primer lugar: las potentes culturas de la China o la India, aunque entran en contacto con la tecnología moderna, no pierden nunca su identidad. Aceptarán las facilidades tecnológicas como el ordenador, pero permanecerán fieles a sí mismas. Existe un ejemplo óptimo: el Japón que, si por un lado emerge como el productor de la tecnología universalmente más avanzada, por otro lado mantiene su propia tradición en la cultura, en las costumbres, en la mentalidad y en la esfera familiar. Las culturas antiguas son fuertes y tienen raíces profundas " (8). En los últimos años hemos visto cómo Japón se acerca al crecimiento cero (ese crecimiento cero exaltado por el Club de Roma a finales de los años 60) y sin embargo mantiene una sociedad potente y bien cohesionada. Para desesperación de las elites financieras, de economistas neoliberales y de gobernantes al uso, el crecimiento cero, si no fuese destructor de empleo... ¿no sería por fin una buena noticia? Como hemos visto hasta aquí, en la cultura occidental, la preeminencia de la economía sobre las otras actividades del ser humano nos ha llevado a una dinámica de sobrexplotación de recursos, de generación insostenible de residuos, de profundización de las desigualdades, de aumento de los desequilibrios y, finalmente, a una crisis de seguridad. Pero, a pesar de este sombrío panorama, la potente dinámica de innovación generada por la revolución tecnológica de la información vendría acompañada, desde una visión optimista, de la desmaterialización progresiva de una parte del consumo, a la vez que asistiríamos a la aparición de una nueva conciencia planetaria y a la emergencia de nuevos movimientos sociales que reclaman la regulación del sistema ante la perspectiva, cada vez más plausible, de su destrucción irreversible. Volviendo, pues, a la argumentación inicial, sólo si una revolución tecnológica bien gestionada y una sociedad del conocimiento consciente de las limitaciones y los desequilibrios heredados consiguen desplazar a una economía basada en el individualismo del beneficio a corto plazo como paradigma fundamental de las sociedades occidentales, podremos empezar a pensar en un modelo de vida mucho menos material que el actual. Pero hay poco margen para la esperanza cuando observamos las monumentales colas de automóviles en las autopistas los fines de semana (una pesadilla, por cierto, ya bastante antigua, pues el famoso cuento de Cortázar, "La autopista del sur" (9), que narra un colapso infinito a las puertas de París, cumplió ya ¡35 años!). Hoy asistimos estupefactos a la fiebre consumista en los grandes centros comerciales metropolitanos. Miramos fascinados los programas televisivos de máxima audiencia donde, después de un bombardeo publicitario incitando a la adquisición de fantásticos bienes materiales, coches y perfumes, asistimos al siempre renovado espectáculo de cómo hacernos ricos y famosos, ni que sea contestando preguntas infantiles o entonando música "pop". Ciertamente que estos consumidores incrementan también su consumo de servicios inmateriales, pero no por ello renuncian a la gasolina, a la colección de relojes, a lo superfluo y efímero, llámense complementos, cremas para la playa o el esquí, moda o restauración. Simplemente suman consumo inmaterial al material, pero es prematuro afirmar que sustituyen el uno por el otro. Por primera vez desde la revolución industrial se nos abre la posibilidad de reconstruir el viejo pacto con la naturaleza, de situar al conocimiento en la base de nuestro bienestar social más desmaterializado, más equilibrado y sostenible. Estamos aún lejos de conseguirlo, no estando los intereses de los gobiernos y las grandes corporaciones transnacionales precisamente por la labor. Por desgracia, la historia nos demuestra que sólo se reacciona cuando es demasiado tarde. Para concluir, y a la luz de nuestra argumentación, la cuestión planteada sobre si es posible y realista un modo de vida mucho menos material que el actual no tiene una respuesta conclusiva. Gracias a los cambios introducidos por la revolución tecnológica de la información, hoy es ya posible una estilo de vida basado en el conocimiento y por lo tanto mucho más inmaterial, si bien aún es una opción poco realista a corto plazo. Se trata de volver a situar el "homo politicus" por encima del "homo economicus", y sólo una reforma en profundidad del pensamiento occidental, un cambio en el paradigma económico del progreso basado en el desarrollo material y en la lógica del beneficio a corto plazo, acompañado de una política de educación verdaderamente civilizadora, podría sacarnos efectivamente del atolladero. Francesc Badia i Dalmases. (1) Morin, Edgar: La méthode 5, Paris, Seuil. 2001.
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