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| Abdennour Bidar Gilles Kepel ha mostrado claramente que el islam del Oeste no ha elegido todavía entre los dos destinos opuestos que se presentan ante él: bien una real “europeización de esta religión”, en el sentido de un “aggiornamento de valor ejemplar para el resto del mundo”, o bien un papel de cabeza de puente del islamismo, aspirando a una nueva “expansión islámica sobre el suelo europeo”. Al leerlo, me pregunté cómo iban a recibir este punto de vista los representantes del islam en Europa y la comunidad en su conjunto, particularmente en Francia: ¿sabríamos reaccionar a esta llamada que nos alerta de la urgencia de dotarnos de una identidad propia, independiente e innovadora con respecto al islam tradicional? ¡Hasta ahora, silencio absoluto! Por eso tomo la pluma hoy para preguntar con firmeza: ¿a qué esperamos para definir solemnemente y promover al fin ante la conciencia pública europea una identidad propia del islam de Europa? ¿Por qué estamos tardando tan dramáticamente en distinguirnos y en desolidarizarnos de los dos cánceres del islam que son el integrismo violento y el conservadurismo retrógrado? ¿Qué esperamos para dar a los Estados y a los pueblos de Europa las garantías necesarias para que nos otorguen por fin su plena confianza? ¿No vemos el escepticismo que crece respecto a nosotros, la incomprensión que aumenta al mismo tiempo que el miedo y el rechazo que amenaza? Siento decirlo, pero por ahora no hacemos nada para merecer confianza. Urge desde este momento para los musulmanes europeos anunciar los principios de una identidad musulmana europea singular. Eso todavía no se ha hecho, por más que pensemos que sí. No sabemos aún quiénes somos; es decir, cuál es nuestra manera propia de ser musulmanes. Todavía no hemos realizado el esfuerzo decisivo para determinar quiénes somos y qué islam queremos. Farhad Khosrokhavar se interrogaba, hace dos años, sobre la emergencia de una opinión pública musulmana en Francia. Es forzoso constatarlo: por ahora, el islam en Europa no tiene conciencia de sí mismo. No nos asombremos, en consecuencia, de que las sociedades europeas en las que vivimos estén aún dubitativas respecto a nosotros, preguntándose siempre lo que un musulmán europeo pueda tener realmente de diferente de su hermano oriental. Todavía no hemos dado a nuestros conciudadanos la prueba de nuestra real y sincera pertenencia a la modernidad europea.
Actualmente, están en curso tres evoluciones, y todas ellas me parecen muy insuficientes:
Pero esas “pequeñas avenencias” con la ley islámica, esos “compromisos” inventados en el medio escolar o profesional, esos debates anecdóticos sobre el fular, la matanza ritual de los corderos, etc., no se podrían tomar por otra cosa que soluciones provisionales. En realidad, esas improvisaciones sin estatuto reconocido, sin fundamento filosófico o teológico, son incapaces por sí solas de dotar a los musulmanes de la nueva identidad religiosa que precisan aquí. No saldremos adelante con este tipo de expedientes.
Por ahora, los representantes oficiales del islam en Europa se han contentado con ser los gestores interesados de un culto petrificado y los embajadores apenas ocultos de intereses extranjeros. No han tomado iniciativa alguna de envergadura dirigida a repensar el islam según las exigencias específicas de la situación europea. No han visto, o no han querido ver, que su responsabilidad primera era la de inventar y proponer, a quienes se considera que representan, una nueva manera de ser musulmán de acuerdo con el contexto social y cultural europeo.
Es significativo que la llamada a “nuevas interpretaciones del Corán” nunca da lugar a un verdadero examen crítico del texto… excepto en Youssef Seddik, quien se ha comprometido en una desmitificación del texto coránico, o Ghaleb Bencheikh, quien tiene el coraje de declarar “obsoletos” los versículos discriminatorios sobre las mujeres. Pero urge precipitarse en la brecha y, osando decirlo de una vez por todas, declarar caducos todos los versículos incompatibles con los derechos humanos: versículos discriminatorios no solamente contra las mujeres, sino también contra los judíos, los cristianos, los no creyentes, así como el conjunto de los versículos guerreros que llaman a la violencia y a la “jihad”.
Acerca de estos tres puntos esenciales, no encuentro gran cosa que señale de manera firme a las sociedades europeas que el islam que se vive aquí ha entrado completamente en una nueva fase de ruptura y de creación. Ni mejor ni peor que en el conjunto del mundo arabomusulmán, el islam en Europa busca una nueva identidad con la aproximación, el aumento de la indecisión, la contradicción, la vacilación, ¡cuando nosotros tendríamos aquí los medios para ir mucho más lejos que en otros lugares donde la palabra es menos libre! No percibimos la impaciencia, respecto a nosotros, de la sociedad que nos rodea y que espera -por fin- un gesto decisivo y solemne por nuestra parte. ¿Qué gesto? Un compromiso sin ambigüedad, total y definitivo, a favor de un islam completamente refundado de acuerdo con los valores de nuestra tierra de Europa: la libertad de conciencia, la igualdad entre los sexos, la tolerancia. Es para dar un voto a un islam del cambio, todavía mudo e inconsciente de sí mismo, que yo quisiera lanzar aquí una llamada de unión solemne a todos mis correligionarios de buena voluntad.
Les propongo adherirse a lo que llamo la declaración del musulmán europeo, cuyos tres grandes principios son:
Declarar caduco todo elemento del texto sagrado, de la práctica, de las costumbres, que estuviera en contradicción con los valores de libertad individual, de igualdad entre los sexos, de laicismo, de tolerancia entre los pueblos y las religiones. En pocas palabras: afirmar el derecho de cada musulmán a elegir por sí mismo el contenido de su identidad musulmana, sea o no practicante, creyente o no (para eso hay que reconocer que la identidad musulmana puede ser cultural y no religiosa), rechazar toda imposición de un pretendido “verdadero Islam” o islam oficial que vendría de los imanes, de los teólogos, de los representantes institucionales; afirmar que las mujeres son iguales que los hombres en todos los aspectos, rechazar los hábitos de dominación masculina y erradicar por medio de una educación apropiada todo comportamiento machista; afirmar que reconocemos el laicismo como un valor universal, y no es un capricho francés; garantizar la visibilidad social del islam; afirmar que todos los seres humanos son nuestros hermanos y nuestros iguales, suprimiendo toda idea de superioridad de los musulmanes sobre los demás, toda idea de que el islam, en tanto que última revelación histórica, vendría a abolir los mensajes religiosos precedentes, y eliminando todo rasgo de animosidad hacia los judíos, los cristianos, los ateos.
Respetar las leyes del Estado de derecho con la convicción profunda de que éstas dan a cada uno los medios y las garantías para vivir según sus convicciones. Eso no significa que el islam deba convertirse en “invisible”, en un simple asunto privado. Pero su visibilidad legítima (derechos públicos de expresión, de asociación, de reunión, de culto) debe velar para que nunca degenere ni en publicidad ostensible ni en comunitarismo. No a la publicidad ostensible: rechazo de todo discurso, signo o actitud que manifieste en un espacio público una identidad cultural susceptible de provocar la incomprensión de los demás, de excitar las reacciones de rechazo. No a las actitudes comunitaristas: rechazo de la entrada en una lógica de reivindicaciones de derechos especiales para los musulmanes, de apertura de escuelas religiosas, de llamada a los matrimonios intracomunitarios y todo levantamiento de obstáculos con vistas a instaurar una especie de “desarrollo separado” para la población musulmana.
La responsabilidad de los musulmanes europeos está empeñada aquí: a nosotros nos corresponde ser los adversarios más resueltos de la “jihad” incitada por los fanáticos; a nosotros nos corresponde probar con actos que la oposición entre modernidad e islam no existe en absoluto. Para eso necesitamos trabajar sin relajarnos en compatibilizar los
valores de ambos mundos, con el objetivo único de dar a la
dignidad de la persona humana, el valor más precioso de la
civilización, una riqueza y una fuerza mayores asociando a
su servicio todas las reservas humanistas de las Luces y del Corán. Abdennour Bidar. Artículo publicado en el diario “Le Monde” el
15 de febrero de 2005. |
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