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| Juan Antonio Blanco Gil Lo que hoy experimenta la humanidad no es una época de
cambios; es un cambio de época. La historia humana está atravesando el umbral de un
nuevo proceso civilizatorio cuya extensa y profunda influencia involucra al conjunto de
estilos de vida, relaciones humanas y formas de producción. Ese proceso aún no es
uniforme ni alcanza a todos los habitantes del planeta por igual como ocurrió en los
casos de la revolución neolítica y la industrial, pero quienes tarden en incorporarse a
él correrán el destino de quienes llegaron tardíamente a los otros dos.
Los supuestos organizativos del capitalismo y el
socialismo realmente existente impiden hasta ahora hacer un uso liberador de las nuevas
tecnologías a nuestro alcance además de estar en la raíz de su empleo más destructivo.
La nueva civilización tecnológica reclama de nuevos paradigmas de organización
societal. El reto más grande que tiene Cuba -pero también la humanidad en su conjunto-
es el de incorporarse tempranamente al nuevo proceso civilizatorio y organizarlo dentro de
un nuevo paradigma de desarrollo capaz de generar economías inclusivas y ecológicamente
responsables, así como sistemas políticos de mayor participación democrática y
transparencia.
Adicionalmente, en el caso de Cuba, estamos siendo
testigos de un sistema societal que había
derivado su funcionalidad a partir de un hábitat geopolítico internacional que fue
rápida y dramáticamente cambiado por otro que ahora le niega la capacidad de
reproducirse según su lógica anterior. Una vez transformado su hábitat sustentatorio,
cualquier sistema -natural o social- está obligado a abrirse al nuevo medioambiente y
reestructurares a fin de recuperar su equilibrio en el marco de un nuevo esquema
organizativo.
Cuba atraviesa no sólo por una crisis económica, sino
por una crisis estructural. Estamos en presencia de un paisaje institucional que ha
perdido su anterior hábitat sustentatorio y se ha salido de manera significativa del
nivel normal de desequilibrio dinámico inherente a todo sistema, presentado una capacidad
zigzagueante -cuando no declinante- para su autorreproducción cotidiana.
Como he dicho en otras ocasiones, estamos, a mi juicio, en
presencia de dos crisis y de dos bloqueos que obstaculizan su solución. Por un lado, una
crisis estructural del socialismo de estado al cual se adhirió de modo definitivo Cuba
desde fines de la década de los sesenta y que la política de reformas no ha podido hasta
ahora superar de manera definitiva. Por otro lado, también presenciamos una crisis
coyuntural, de reinserción económica internacional, que fue iniciada por la
desaparición de la URSS y es agravada por el bloqueo estadounidense. Ambas crisis
sostienen vínculos de interdependencia, por lo que resulta virtualmente imposible superar
a plenitud ninguna de las dos de manera separada. El levantamiento del bloqueo
estadounidense no resolvería per se la crisis estructural cubana, del mismo
modo que la plena solución de esta última no es concebible sin el cese de la actual
política de agresión económica de Washington dirigida precisamente a entorpecerla. Cuba
no puede esperar éxito de una política de resistencia frente a la crisis coyuntural si
no va conjugada con una estrategia integral de transición hacia otro paradigma de
desarrollo societal y no sólo hacia otra forma de estructurar la economía.
Si alguna vez fue cierto que la libertad tendría que
esperar primero por la justicia social, hoy la segunda ya no resulta sostenible sin
expandir la primera. Hay más de un modo de entrar al nuevo milenio y de insertarse en la
globalización de la civilización cibernética. Hay más de un futuro posible para el
mundo y para Cuba. Nada es más urgente hoy que abrir el espacio de irrestricta libertad
para reflexionar sobre el futuro al que aspiramos y como acercarnos a él.
En la capacidad de innovación del sistema -como la
demostrada por el capitalismo a lo largo de más de dos siglos- radica a mi juicio la
clave para elaborar una estrategia eficaz de supervivencia de la nación en su inserción dentro del nuevo proceso
civilizatorio. Si alguna vez la arquitectura institucional del socialismo de estado fue un
instrumento útil al proyecto revolucionario hoy podría llegar a constituirse en el más
mortal de sus enemigos por el modo en que
propicia el ejercicio dogmático y teocrático del marxismo al que quedó asociada y que a
su vez crea barreras que dificultan el vuelo de la imaginación y la creatividad.
La única manera de ser revolucionario hoy -si por ello
entendemos la lealtad a los ideales originales del proyecto revolucionario y no a su
actual paisaje institucional- es, desde mi
punto de vista, siendo reformista. Ser revolucionario desde el poder implica hoy la
promoción de la reforma sostenida e integral de la sociedad y la más extensa
socialización de ese poder (económico y político) en favor de los ciudadanos y sus
instituciones. No todo reformismo ni toda transición son de derechas, como suponen
algunos, del mismo modo que no todo conservadurismo tiene tampoco que serlo, como suponen
otros.
Liberar la imaginación para viabilizar la innovación
consciente y evitar una evolución y desenlace negativos del actual sistema, sin embargo,
no será posible si las libertades de pensamiento y expresión, dentro y fuera de los
circuitos académicos, no son siempre reconocidas como el más preciado de los atributos
de la sociedad. Su irrestricto respeto debe incluir a todos aquellos, sin excepción, que
difieran de las ideas prevalecientes en un momento dado. El hereje, pese a su milenaria
condición de perseguido, a menudo ha sido aquel que se arriesga precisamente por su
vocación de buscar nuevas y más prometedoras rutas al desarrollo humano. La historia
nunca podrá prescindir de ellos y ninguna sociedad -sea la estadounidense con el
macartismo o la soviética con sus gulags- puede reprimirlos sin pagar considerables
costos, no sólo sociales y políticos, sino también económicos.
Las políticas que fomentan el dogmatismo y la
inflexibilidad han dejado de ser una rémora vinculada a las alianzas internacionales que
se hicieron para sobrevivir nuestra anterior realidad geopolítica antes de la caída del
Muro de Berlín para devenir en un innecesario obstáculo a los intereses de la nación.
Ellas tienden a privar al país, cada vez que actúan, de la posibilidad de beneficiarse
de todo el talento que su población ha podido alcanzar precisamente por la expansión
universal del derecho a una educación gratuita establecido por el proceso revolucionario
de 1959. Sin superar definitivamente el bloqueo mental del dogmatismo no será posible
trascender, de modo oportuno y suficiente, la crisis estructural de la economía.
Por último desearía comentar que me parece
peligrosamente simplista la tendencia intelectual que vemos tanto en Cuba como en el
exterior, a concentrarse en el análisis de los macroindicadores económicos para de ellos
derivar conclusiones acerca de la gobernabilidad de cualquier país.
Cuba -pese a sus graves diferencias sociales- no era ni
remotamente la nación más atrasada de América Latina en 1959, pero sin embargo fue
allí donde se produjo la primera revolución de orientación socialista del hemisferio
occidental aun cuando la economía cubana de 1958 atravesaba un boom. ¿Por
qué? Cuba era un país económicamente más atrasado y con menores niveles de consumo que
la mayor parte de los países del bloque del Este, pero fue allá donde el socialismo de
estado se desmoronó mientras Cuba siguió su curso y ha logrado sostenerse sola a noventa
millas de quién quedó como única superpotencia mundial: los Estados Unidos de América.
¿Por qué? Estas interrogantes no pueden pasarse por alto a la hora de hacer el análisis
de la coyuntura actual y sus posibles desenlaces.
Deberíamos convenir que en el caso de Cuba los factores
extraeconómicos parecen haber jugado un papel relevante en su historia reciente, razón
por la cual merecen tenerse muy en cuenta. Como ya expresé más arriba, esto es de suma
importancia en nuestro análisis porque podría darse la aparente paradoja (ya ocurrida,
como vimos, anteriormente) de que mientras la economía sufre una grave crisis, las
esferas políticas y culturales pudieran ser capaces de reproducir el sistema e incluso de
reforzarlo si logran persuadir a la población de que aquel es legítimo y meritorio de su
sacrificio o de que frente a él todas las alternativas son peores por lo que no habría
ninguna (la derrota nazi en Stalingrado no seria explicable desde la economía). Pero
también es válido el reverso de la medalla: la economía pudiera llegar a mejorar e,
incluso, a andar razonablemente bien, pero, sin embargo, enfrentarse a una grave crisis
social y política que llegue a hacer saltar al sistema en su conjunto como ocurrió en la
desaparecida República Democrática Alemana. La diferencia entre la posibilidad de que se
desarrolle un escenario u otro no radica en la economía sino en la subjetividad humana y
esta es, por su propia naturaleza, fluctuante.
Quien desee atisbar el grado de gobernabilidad en el país
debería observar, junto a los indicadores macroeconómicos -que pocas veces se traducen
en ningún lugar del mundo en beneficios inmediatos a los ciudadanos- otros indicadores
del estado psicosocial de la ciudadanía y formularse preguntas tales como: ¿cuál
lectura de su cotidianidad hace el ciudadano común en Cuba? ¿Considera que su situación
es justa y necesaria? ¿Cree que hay otros modos de remediar la situación existente? ¿Ve
en las autoridades la solución a sus problemas o aquellos que presentan un problema a
cada solución? ¿El ciudadano ve en el Estado una fuente de soluciones para sus proyectos
de felicidad personal o ve en el Estado un ente sin capacidad propositiva, pero con la
fuerza suficiente para obstaculizar sus propias soluciones cuando llega a imaginarlas?
El estudioso de Cuba está urgido de encontrar un set más
holístico de indicadores si desea evitar ser sorprendido por esos movimientos telúricos
que de pronto irrumpen en la Historia sin previo aviso, pero que se incubaban en el
subsuelo de la sociedad por largo tiempo mientras los analistas sólo atendían a lo que
ocurría en su superficie.
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