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Juan
Antonio Blanco En el inicio de este nuevo siglo no es el medio ambiente el único que ha resultado contaminado. También el lenguaje ha venido perdiendo precisión comunicativa al ser sometidos los conceptos a las necesidades políticas de diferentes grupos e instituciones. La propagación de la polisemia es al lenguaje lo que la contaminación tóxica representa a diversos ecosistemas. Palabras como democracia, desarrollo, participación, humanitarismo y otras, hoy son empleadas tanto por los movimientos de resistencia antisistémicos como por empresas transnacionales, como el Banco Mundial, la OTAN y otras instituciones, que les atribuyen significados diferentes. Por otro lado, también en las ciencias sociales existe una tradición legitima de revisar periódicamente las definiciones de ciertas categorías en lugar de acuñar otras nuevas, siempre y cuando se entienda que de ese modo se puede contribuir a una mejor comprensión de los fenómenos estudiados. De ahí que en el caso de este artículo prefiera, aunque resulte un poco "cargante" al inicio, ir explicitando los contenidos que atribuyo a algunos conceptos para que, al menos, cualquier coincidencia o discrepancia respecto a mis ideas se refiera con exactitud a lo que realmente estoy tratando de expresar. Comenzaré, por lo tanto, con algunos razonamientos y precisiones respecto al concepto de un "mundo sostenible" sobre el cual se me ha invitado a pronunciarme. Al hablarse de un mundo sostenible se da por sentado que hay otros que no lo son y que, como parece lógico desear que el mundo fuese sostenible, deberíamos asegurarnos que ese siempre fuese el caso. Yo personalmente estoy de acuerdo con este criterio, pero soy consciente de que hay mucha gente que no piensa de ese modo. Son personas, bien de izquierda o de derechas dentro del espectro político, que opinan que este planeta siempre será sostenible para nuestra especie y que todas estas disquisiciones sobre su posible insostenibilidad son pamplinas y trucos ideológicos para distraer la atención sobre la necesidad de la lucha política contra el capitalismo (cuando se trata de algún sector de la izquierda) o para engañar a la opinión pública para que presionen a sus gobiernos a que impongan innecesarios y dañinos controles sobre el mercado (cuando la inconformidad nos llega por la derecha). Después de todo, razonan estas personas, siempre unas especies surgen y otras mueren, siempre nos hemos servido de la naturaleza para recibir nutrientes y materias primas necesarias para nuestra vida y siempre hemos arrojado nuestros desechos -al igual que el resto de las especies- en algún lado y la propia naturaleza se ha encargado de deshacerse de ellos. También siempre han existido el desempleo y la miseria del mismo modo que siempre han existido países ricos y otros pobres. Si ese ha sido el caso a lo largo de siglos: ¿a qué viene entonces este discurso apocalíptico sobre el estado "insostenible" del mundo? Se trata de una interrogante legitima a la que hay que dar respuesta. La mía es que no estamos asistiendo a una época de cambios sino a un cambio de época. Hace más de 150 años, Marx recomendó a los filósofos que intentaran transformar el mundo, y a veces lo lograron, agregaría yo, de maneras sorprendentes para ellos mismos y bastante negativas para todos. De lo que se trata en esta nueva época es de reinterpretarlo si es que se desea nuevamente transformarlo en una dirección más prometedora. Hoy por hoy, lo único cierto es la propia incertidumbre. Este mundo -natural y social- está dándonos señales desesperadas de que estamos excediendo su capacidad para sostener nuestro estilo de convivencia y vida. Cierto, no son ya fenómenos nuevos el agrandamiento del agujero en la capa de ozono, la acelerada pérdida de bosques tropicales, la salinización y desertificación de suelos, la pérdida de la capa vegetal arable, el agotamiento de zonas pesqueras y la contaminación del agua y del aire, por citar sólo algunos de los problemas. Lo nuevo es el ritmo geométrico del daño ocasionado que ya sobrepasa la capacidad natural que el planeta tuvo en el pasado para asimilarlo. Mientras la tala de bosques la realizaban con hachas leñadores aislados, los pescadores se movían con sus pequeños botes y redes en el litoral costero y la industria química era inexistente, el desarrollo de la sociedad no llegó a producir una situación de tensión crítica con el desarrollo de la naturaleza. Por decirlo de otro modo: hasta ahora la historia natural y la historia humana no entraron en conflicto. Lo nuevo es que hoy lo están. De ahí que se esté hablando acerca de la insostenibilidad del mundo, cuando, en realidad, sería más exacto hablar de la insostenibilidad de los estilos de consumo y convivencia de la especie humana. Einstein dijo en una ocasión que "todo había cambiado excepto nuestro pensamiento". Sin una auténtica revolución del pensamiento universal -y no sólo el de una clase o grupo específico- no será posible llegar a producir un giro radical de los actuales procesos civilizatorios y culturales y, de ser ese el caso, ninguna revolución política en un país o grupo de países, podrá asegurar la solución global al problema crucial de nuestro tiempo: la supervivencia de las futuras generaciones. Vivimos lo que se conoce como un momento de bifurcación del sistema mundial. Una transición global está ocurriendo. El sistema mundial ha entrado en una etapa de creciente desequilibrio, desorganización y caos que no es otra cosa que el contexto del que va a emerger un nuevo orden. Pero, ¿cuál podría ser ese nuevo ordenamiento? El futuro -ahora ya lo sabemos- no es un universo cerrado, predeterminado por leyes inmutables, sino una construcción abierta, y en las épocas en que se desestabiliza el orden existente es cuando precisamente se incrementa el libre albedrío para reorientarlo de diversos modos. En otras palabras: no hay un futuro inevitable, sino varios futuros posibles. El que al final prevalezca tampoco será el proyecto de esta o aquella fuerza política -aunque se parezca más al de uno que al de otro-, sino el resultado del choque y puja entre ellas por hegemonizar la dirección de los acontecimientos. Sin embargo, es necesario puntualizar un asunto: si bien, como explicaré luego, creo que el capitalismo conocido hasta hoy, basado en el principio de maximalizar ganancias y externalizar costos ecológicos y sociales, no es una cultura sostenible para el nuevo proceso civilizatorio en marcha, tampoco creo que algunas de las actuales propuestas de las fuerzas anticapitalistas resulten sostenibles como no lo fue el modelo ruso de socialismo de estado que se extendió por el mundo el pasado siglo. La izquierda necesita abrazar un nuevo paquete fundante de principios si no desea ser descalificada como una fuerza irrelevante o, incluso, reaccionaria en este nuevo milenio.
Una transición mundial Para estar en condiciones de identificar los límites y posibilidades de cualquier tendencia o fuerza actualmente en juego, es necesario comprender primero el contexto en el que esta transición esta teniendo lugar. Desde el punto de vista internacional estamos asistiendo a un cambio epocal. Somos ahora testigos del surgimiento de un nuevo proceso civilizatorio sólo comparable a los ocurridos con la revolución neolítica, que hace unos 10,000 años puso fin a una prehistoria trashumante, y con la revolución industrial, que tuvo lugar en los últimos siglos de una modernidad que se inició con la llegada de Colón, primero a San Salvador y luego a la playa de Baracoa, al extremo oriente cubano. Al igual que los dos procesos civilizatorios anteriores este se desarrolla de manera desigual en distintas partes del planeta y le ofrece a sus beneficiarios un poder tecnológico que puede representar una mayor capacidad de dominación sobre otras naciones. Dicho de otra manera: los que tengan acceso temprano a esta revolución tecnológica tendrán un mayor margen de negociación y maniobra frente a otros que carezcan de él por encontrarse aún en sociedades agrícolas o de temprano industrialismo. Me explicaré. Me permito sugerir, como hice desde 1994 en mi libro "Tercer Milenio", la utilidad de redefinir, distinguiéndolos, dos conceptos claves para todo historiador: civilización y cultura. Al hacerlo no estoy sugiriendo que sea un error emplearlos de otro modo, sino simplemente invito a que se explore la capacidad explicatoria que tienen estos términos si les diésemos otra definición operativa. Consideraré, siempre a los efectos de mi exposición, que civilización es un concepto que expresa las relaciones establecidas entre la sociedad y la naturaleza a través de un paquete tecnológico que tiende a hacerse universal y a impactar todas las esferas de la vida social. El vínculo entre el desarrollo de la historia natural y el de la historia social es la civilización. En ese sentido sólo han existido tres grandes civilizaciones: las de caza y recolección de alimentos, las agrícolas, y las industriales. Ahora asistimos al surgimiento de un nuevo proceso civilizatorio: el de la era cibernética o de la información.Por otro lado, emplearé el concepto de cultura para referirlo a las modalidades de organización societal y los procesos de subjetividad que las acompañan con las que distintos grupos humanos decidieron su inserción dentro de esos procesos civilizatorios. Evidentemente, Esparta y Atenas eran culturas tan opuestas e irreconciliables como las prevalecientes en EEUU y la URSS, pero las primeras eran tan integrantes de una misma civilización agrícola como las segundas de una civilización industrial. Si bien existían las similitudes organizativas y de valores que imponía el pertenecer a una misma civilización no existía tanto la convergencia que algunos supusieron como, más bien, un paralelismo entre diversas aproximaciones culturales al asumir un mismo proceso civilizatorio. Sin embargo, es indudable que ciertas culturas llevan el sello de las civilizaciones para las cuales se erigieron por lo que no resultarían viables si ocurriese una transición civilizatoria. En otras palabras: en la improbable situación de que los aborígenes americanos hubieran llegado alguna vez a decidir por si mismos el integrarse al sistema mundial capitalista y la civilización industrial, sus culturas tendrían que haber sido transformadas radicalmente a favor de otras más en sintonía con esa nueva realidad. Pero al hacerlo habrían gozado aún de un amplio margen de autonomía para generar una cultura propia, más apegada a su propia historia y valores. Sabemos que ese no fue el caso. Los colonizadores, representantes de una España que estrenaba su ingreso a la modernidad, traían una cultura feudal y, al imponerse tecnológicamente sobre las culturas aborígenes, dieron lugar -como explica el historiador cubano, Moreno Fraginals- a una extraña mezcla de formas de vasallaje con una eficiente explotación esclavista en función de exportar (a través de la metrópoli) hacia el sistema mundial capitalista en expansión. De esta historia podríamos deducir algunas enseñanzas:
Definiré, por tanto, la actual situación epocal del siguiente modo.
Ahora bien, ¿cuál es el contexto geopolítico internacional en que se desarrolla esta transición epocal? Lo resumiría de la siguiente manera
Cambio civilizatorio, cambio geopolítico y cambio hacia un reordenamiento neoliberal del capitalismo que es el que organiza el proceso de globalización acelerado que hoy se vive bajo el efecto de las nuevas tecnologías. Estamos viviendo, de manera simultanea, una transición desde el proceso civilizatorio industrial al cibernético en una serie de países influyentes; esa transición ha acelerado el proceso de globalización que venía produciéndose desde la alborada del capitalismo y la modernidad mientras que dicha transición y globalización tienen lugar todavía en el marco del capitalismo tradicional (basado en maximalizar ganancias y externalizar costos ecológicos y humanos) retomando, para colmo de males, sus estructuras más liberales ahora que la nueva arquitectura geopolítica mundial parece, al menos en el futuro previsible, debilitar cualquier posibilidad de éxito por parte de las fuerzas antisistémicas. El siglo que ahora dejamos atrás no fue capaz de generar una revolución auténtica y definitiva de la sociedad que fuese capaz de controlar la violencia y la dominación, pero sí presenció una revolución tecnológica cuyo impacto en todas las áreas de la vida humana y del resto de la naturaleza sólo es comparable a las consecuencias de la aparición de la agricultura y, milenios después, de la industria, en la historia natural y social de este planeta. Esta es la primera generación humana con capacidad para provocar daños ya irreversibles al sistema ecológico que sustenta nuestra especie, así como para propiciar desastres sociales de igual naturaleza. Por vez primera hemos alcanzado el poder divino de dar vida a nuevas especies y el de aniquilar a todas las existentes incluyendo la propia, pero no hemos alcanzado la sabiduría divina para saber distinguir entre el bien y el mal a la hora de emplear esas tecnologías. En este siglo revolucionamos nuestros conocimientos y poder tecnológico, pero no llegamos a generar la profunda revolución de nuestras ideas y pensamiento a las que nos llamaba Einstein. Esta brecha entre nuestro pensamiento y realidad social en relación con nuestros conocimientos y realidad tecnológica, constituye el más serio peligro para el porvenir inmediato de nuestra especie e incluso para el de otras formas de vida en este planeta. La respuesta a este desafío no creo deba ser la de iniciar un nuevo movimiento "luddista" contra el desarrollo de las nuevas tecnologías, como han creído algunos bien intencionados ecologistas, sino la de construir un nuevo marco social y cultural para su empleo. En la Biblia, el Eclesiastés nos alertaba contra la idea de verter vino nuevo en viejos envases porque al hacerlo el vino nuevo los rompería y se perderían ambos. Nuestras sociedades, sin embargo, sea cual sea la ideología que digan profesar, continúan vertiendo la nueva realidad tecnológica en viejos recipientes de ideas que ya no pueden contenerlas sin quebrarse ellos mismos. Necesitamos una nueva cultura para esta nueva civilización. El problema no es oponernos a la globalización tecnológica que podría contribuir a acercarnos y hacernos más interdependientes. El problema radica en que algunos pretenden desarrollar esa globalización tecnológica en función de seguir promoviendo la misma cultura de explotación natural y de dominación social que presidió el desarrollo de la civilización industrial y eso, dada la potencia de las nuevas tecnologías a nuestro alcance, sólo es factible poniendo al borde del colapso a los ecosistemas que hacen posible nuestra existencia y generando un quiebre del tejido social planetario que nos lanzaría a una era de violencia y caos a escala desconocida y de consecuencias imprevisibles. Si en otras etapas de nuestra evolución como especie en este planeta fueron nuestras condiciones biológicas las que determinaron nuestra capacidad de adaptación y supervivencia, en esta ocasión nuestro porvenir depende de nuestra capacidad de adaptación cultural. A fines de este siglo los retos que aún enfrenta la humanidad son:
Esa realidad es la que produce las escalofriantes estadísticas oficiales:
Las personas que aún tienen el privilegio de tener un empleo en este sistema económico de multimillonarias ganancias, experimentan la reducción de su capacidad adquisitiva y su seguridad social. El planeta es expoliado y contaminado cuando ya existen las tecnologías apropiadas para transitar hacia un sistema de producción reciclable y limpio. Las tensiones sociales y la creciente economía criminal se pretenden resolver con más inversiones en los sistemas represivos y penitenciarios y con la producción de nuevas generaciones de armamentos. Mientras las economías se deterioran y los pueblos sufren las secuelas de la pobreza, en 1995 las élites políticas del tercer mundo importaron 21.000 millones de dólares en armamento, el 85 % de los cuales fue transferido desde los cinco países miembros permanentes del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Irónicamente, es esa misma institución la que tendría luego que enviar operaciones de paz a lugares como Timor donde Indonesia tenía una fuerza colonial de 200.000 soldados armados con equipos adquiridos en países de la OTAN para controlar a una pacifica población de 800.000 habitantes. En 1997 los gastos militares globales ascendieron a 780.000 millones de dólares. Si de ellos se tomara sólo el 10 % para asegurar un programa de 80.000 millones anuales para el desarrollo humano es probable que pudieran haberse prevenido o habérsele dado una solución pacifica a muchas de las 49 guerras y conflictos bélicos que azotaron al mundo en 1998. Otro tema de esta transición mundial es el de la globalización de una economía criminal, fenómeno estudiado por Manuel Castells en su famosa trilogía, y al que me referiré al abordar la situación latinoamericana aún cuando esa no es la única área geográfica en que esta se desarrolla.
Un sendero para América Latina y El Caribe La segunda mitad del siglo XX fue testigo del ensayo de diversos paradigmas de desarrollo en América Latina. En líneas generales, se aplicó primero, desde la década del treinta, una estrategia de industrialización basada en la sustitución de importaciones. Esa política tenía su asidero teórico en las doctrinas de Raúl Prebisch de la CEPAL y en las de la llamada dependencia que, en cierto modo, tuvieron su origen en aquellas. Desde 1959 otro paradigma vino a competir con el desarrollismo de CEPAL: el esquema de desarrollo revolucionario cubano. Los partidarios de esta opción creían en la posibilidad de reproducir el triunfo de otra revolución radical en el hemisferio que, a diferencia de las teorías cepalinas, trajese la inmediata redistribución de la propiedad y riquezas como mecanismo de despegue de su estrategia de desarrollo. La esperanza de que esa actitud sería retribuida por la URSS con recursos y mercados por consideraciones geopolíticas, como ocurrió en el caso cubano, era parte esencial de las consideraciones de aquellos que apostaron por este paradigma alternativo de desarrollo. Sin embargo, la vida fue demostrando que muchos de estos esfuerzos resultarían muchas veces infructuosos, después de pagar un altísimo precio por intentar la toma revolucionaria del poder, mientras que, allí donde triunfaron de ese modo o por vía electoral, la enajenación de sectores influyentes del capital estadounidense no fue acompañada por una voluntad soviética de ocupar su espacio. Cuba era una excepción de la política de la URSS hacia América Latina -como incluso experimentaron los sandinistas- y, por tanto, no podía ser un paradigma viable a ser imitado en la región entonces, como tampoco lo sería ahora. La estrategia cepalina fue cambiada en los años ochenta por una visión neoliberal que apuesta a la total apertura y desregulación de los mercados, el retorno a estrategias exportadoras como base del crecimiento económico, la redefinición del papel del Estado como institución encargada de facilitar la actuación del sector privado, asegurar el pago de la deuda externa y mantener la gobernabilidad interior. Curiosamente, la visión estratégica de los que promueven esta solución podría ser definida como una suerte de "leninismo del capital": una vanguardia empresarial y financiera tiene una política internacionalista de alianza con fuerzas similares y es portadora de una visión iluminada de lo que realmente hace falta hacer en el mejor interés de todos, pero, como muchos no comprenden que su sacrificio es necesario, se hace inevitable reprimirlos en nombre del progreso. El asunto aquí es que se produzca lo que pueda exportarse, que así se pueda exportar más para que la economía crezca de manera que el país pueda pagar sus deudas, mantener su crédito y así seguir exportando para así poder seguir pagando deudas que se eternizan. En el lenguaje oficial, los promotores de los reajustes neoliberales de los años ochenta y noventa esperaban que sus políticas acelerarían el crecimiento económico, incrementarían la productividad y conducirían así a la creación de más empleos y una mayor equidad. ¿Se han cumplido esas expectativas? Esa es la pregunta que CEPAL reclamó contestasen unos expertos que realizaron el estudio del comportamiento de tres variables (crecimiento, empleo y equidad) en nueve países de la región en los que se aplicó dicha estrategia: Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Jamaica, México y Perú. La respuesta de los expertos fue negativa. Según ellos las reformas han tenido un bajo impacto sorprendente, según sus evidencias econométricas, tanto en lo referido a la inversión y crecimiento económico como sobre la esperada creación de empleos y mejoramiento de la tasa de desigualdad. Sin embargo, añadieron, estas políticas "han exacerbado viejos problemas y creado otros nuevos: bajas tasas de crecimiento de la inversión y productividad en muchos países y sectores, lenta generación de empleos y baja calidad de los creados, fracasaron en reducir las altas tasas de desigualdad que han caracterizado tradicionalmente a la región, pobre integración de los sectores y empresas de punta con las economías domésticas lo que ha ocasionado la ampliación de los déficit comerciales y el incremento de la dependencia sobre capital externo y volátil." Pese a lo crudo que suena todo lo dicho es una verdad a medias. Las tasas de desempleo se ampliaron brutalmente en muchos países, los salarios reales cayeron en varios lugares, hay más miserables hoy que antes, empresarios medianos y pequeños, burócratas estatales, campesinos, trabajadores y la ciudadanía en general han resultado afectados por las políticas de restructuración y ajuste. La desigualdad creció en la región y sólo una minoría, en alianza con el capital extranjero, ha podido beneficiarse -muy bien, por cierto- en estos años. La deuda no disminuyó, y se ha tragado buena parte de los beneficios del incremento de las exportaciones en nombre del cual se desmantelaron sectores de la industria nacional y se priorizó el mercado exterior sobre el doméstico. Pero hay otro problema a revisar que los expertos de CEPAL no atendieron con igual esmero: el precio ecológico del proyecto neoliberal. Un informe especializado que fuera elaborado por el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente comienza por decir que "las dos causas principales de la degradación ambiental en el mundo son la pobreza persistente de la mayoría de los habitantes del planeta y el consumo excesivo por parte de la minoría". Luego afirma: "En los países de América Latina y El Caribe -al igual que en otras regiones del mundo- existe un conjunto de presiones socioeconómicas que afectan el ambiente; la pobreza y la desigualdad, entre las más graves". Evidentemente, para los expertos existe un vínculo entre la destrucción ambiental, la pobreza y el sistema socioeconómico que las genera. Si eso resulta evidente para los expertos entonces tampoco sería demasiado difícil suponer que también existe un vínculo entre la aceleración de la destrucción ambiental, el incremento de la inseguridad social y el modelo neoliberal de restructuración económica al que ha estado sometida la región en los últimos quince años. En el caso latinoamericano los principales problemas señalados son los siguientes:
Este es el drama de la región donde imperan las mayores desigualdades de ingreso en todo el mundo. Una pregunta saltaría a la vista: ¿por qué la democracia que han disfrutado casi todos estos países no ha coincidido con la mejora de la calidad de vida, sino con su empeoramiento en casi todas partes? A la crisis social y ecológica hay que sumar la crisis de los sistemas políticos y la deslegitimación acelerada de las autoridades en algunos países. ¿Para que podría servir una democracia que no crea empleos sino pobreza, que no produce alimentos sino contaminación, que reclama votos pero no participación ciudadana, que no sanciona a los criminales sino que se compromete con ellos? No son pocos los que piensan que, al menos, para evitar las detenciones arbitrarias, las ejecuciones sumarias, la institucionalización de la tortura y otras violaciones de los derechos civiles y políticos. Como dijo en una ocasión el presidente boliviano Hernán Siles Suazo, "más vale una mala democracia que una buena dictadura". Sin embargo, va creciendo la masa crítica de personas que en ciertos países -como ocurrió en Venezuela- están dispuestos a apoyar a cualquiera que se decida a ofrecer seguridad económica y social a cambio de libertades individuales y poderes centrales. Un sistema de políticos corruptos como el venezolano, un régimen insensible a las necesidades populares como el mexicano, una dictadura disfrazada con ropaje civil como la peruana, un gobierno que condona la violencia militar y paramilitar mientras se compromete con el crimen organizado como el colombiano, no puede ya reclamar legitimidad democrática ante sus ciudadanos. Pero, ¿cuáles son las alternativas? Diversas fuerzas reclaman el apoyo de los latinoamericanos en esta situación. Una es la izquierda partidista tradicional, agrupada en el llamado Foro de Sao Paolo o vinculada a la Internacional Socialista, que hasta ahora no se propone nada muy novedoso (lo cual muchas veces la hace perder votos frente a la derecha) y que, cuando parece alejarse demasiado del modelo en curso, pierde también votos por el temor de los electores -sobre todo de clase media- a que empeore aún más la situación. Otra es la izquierda antidemocrática que está dispuesta a luchar por la justicia social, pero no cree ni tolera que sus seguidores piensen por cabeza propia. Son los que hoy emplean la violencia para llegar al poder y mañana la represión de las libertades públicas para sostenerse en él si llegase a serle necesario. Una tercera fuerza, que gana terreno cada día y representa el principal polo de atracción en ciertos sectores, es el crimen organizado que provee de una identidad cultural y -lo más importante- de medios de vida a sus seguidores. Por último, aunque no menos importante, hay un amplio movimiento de redes ciudadanas que van configurando coaliciones políticas tendientes a trascender la fragmentación de sus prioridades temáticas. Desearía referirme a estas dos últimas fuerzas por su potencial futuro: el crimen organizado y las plataformas de coaliciones ciudadanas. En nuestra región la neoliberalización de las economías, la erosión de la credibilidad de los sistemas políticos, el deterioro social y la informalidad creciente de las estrategias de supervivencia ciudadanas, todo ello conjugado con las nuevas tecnologías de comunicación, información y transportación, han creado las condiciones necesarias para que surja una economía criminal global que oferta bienes y servicios que no pueden ser obtenidos por vía legal. Tráfico de narcóticos y armas, prostitución y extorsiones, lavado de dinero y asesinatos se entretejen con empresas y cuentas bancarias legítimas haciendo circular miles de millones de dólares en la región que luego pueden emplearse en corromper políticos, jueces, empleados públicos y todo aquel que les resulte necesario reclutar para su funcionamiento eficaz e impune. El conjunto es corrosivo para la legitimidad de los sistemas políticos democráticos. El crimen no llega a controlar la política pero tampoco sucede lo inverso por lo que esta tiene que operar en un contexto penetrado por el crimen, como explica Castells, quien añade que estas fuerzas se construyen sobre la historia, la cultura y la tradición de los países en que actúan y poseen su propia ideología legitimadora. Por otra parte, después de un período inicial de búsquedas y ensayos de supervivencia inmediata, aquellos que habían venido impulsando determinados temas sociales desde el movimiento popular y las organizaciones no gubernamentales, han venido construyendo movimientos ciudadanos locales y regionales y elaborando propuestas que van convergiendo en dirección a un programa regional de largo alcance. ONGs de derechos humanos, educación y desarrollo, movimientos sociales y populares de pobladores, trabajadores, indígenas y campesinos, asociaciones feministas, de homosexuales, estudiantes y otras van tejiendo redes de solidaridad e identidad políticas. Ellas ofrecen también una identidad cultural y a veces un trabajo en la economía informal pero aspiran, a diferencia del crimen organizado, a un mundo sostenible y a una sociedad decente.
Un mundo sostenible; una sociedad decente. ¿Estamos acaso atrapados por una élite mundial de perversos personajes, auténticos psicópatas, que en aras de su beneficio personal disfrutan en imponer al resto de la población mundial y del planeta todo este dolor? No lo creo. Hace ya una década, mientras caminaba por la zona baja de Manhattan, una persona se me acercó a pedir limosna. Pese a la suciedad de sus ropas, era evidente que se trataba de alguien con maneras educadas por lo que, teniendo que preparar por aquellos días un discurso sobre problemas económicos para Naciones Unidas, decidí invitarlo a almorzar a cambio de que compartiera conmigo sus ideas sobre el tema. Jamás olvidaré como este ex-granjero de South Dakota, ahora deambulando sin su familia por las calles neoyorquinas, me expresó con la lógica más sólida: "Algo debe estar endiabladamente jodido con un sistema que tiene que botar la leche de sus granjas para sostener su precio mientras la gente pasa hambre en una ciudad cercana o en cualquier parte del mundo". Mis padres me enseñaron desde chico a no odiar a los ricos, sino a la pobreza. Todos estamos atrapados desde que nacemos en esta lógica perversa que nos enfrenta unos a otros a lo largo de nuestras vidas. Ni los pobres monopolizan todas las virtudes, ni los ricos toda la maldad. Estamos, unos y otros, buscando y luchando por nuestra felicidad en un sistema en que para que alguien gane tiene que haber perdedores. Necesitamos imaginar el modo de rediseñar este sistema para hacer de nuestras sociedades un lugar en que cuando alguien gane, los otros ganen también. Para ello, estamos obligados a reinventar las relaciones entre el estado, el mercado y la sociedad civil. Mucho más ahora que los controles del estado sobre el mercado han sido quebrados y las corporaciones transnacionales emergen como un poder global incontrolado e irresponsable. Pero no es posible diseñar ese futuro posible si la imaginación está cercada, bien sea por el pensamiento único que impone un sistema cultural totalitario o por un sistema político totalitario. Mientras la necesaria e imprescindible función del disidente/hereje sea reprimida por mecanismos del mercado educativo-cultural-informativo, que bloquean la posibilidad de llegar con su mensaje al público, o por el aparato político y policiaco represivo de los sistemas totalitarios, que no perdonan fisuras en el ejercicio de su monopolio ideológico, el porvenir humano será poco promisorio. La revolución más urgente, radical y subversiva, es la de nuestro pensamiento. Generar esa radical revolución del pensamiento, la más urgente de todas las revoluciones imaginables en el presente, es el deber de toda persona que desee seguirse considerando "progresista". Algunos de los propios criterios de la izquierda de ayer son hoy profundamente reaccionarios y lo lamentable es la incapacidad de no pocas personas para darse cuenta de ese dato y poder entender la actual realidad desde una perspectiva renovada. Si el asunto es votar por políticas de derechas entonces la mayoría parece dar su preferencia electoral a aquellos que siempre se han identificado públicamente con ellas. Cómo se ha demostrado en numerosas latitudes y circunstancias, ya no hay votos cautivos de ninguna fuerza política. La fe de una persona no puede construirse como sumatoria de aquellas cosas en las que no cree. Se requiere proponer una visión y una identidad cultural si es que de veras se desea construir consensos, compromisos y lealtades. Si se cree que una auténtica política de izquierdas no tiene por ahora posibilidades reales en este mundo neoliberal y globalizado, entonces las tradicionales fuerzas de izquierda -sin abandonar su proyecto electoral- podrían considerar la posibilidad de trabajar de modo paciente, junto a otras fuerzas de la sociedad civil, en la construcción de una propuesta realmente alternativa. Esto supone comprender que el espacio de "lo público" se ha ensanchado y que hay ahora nuevos actores dentro de la clase política asociados en esquemas no partidistas. Implica comprender que hay un nuevo modo de hacer política que rebasa a los políticos profesionales y sus partidos cualquiera que sea su afiliación ideológica. Renunciar por completo a ello para constituirse exclusivamente en fuerza electoral y, eventualmente, en gobiernos destinados a aplicar políticas que representan la negación de sus valores históricos los empujará, cada vez más a perder de vista lo que fue la gran ventaja de las fuerzas de izquierda: su capacidad para aportar una interpretación propia de la realidad, una visión del futuro así como una identidad cultural y política coherentes con ellas. Ciertamente no se trata de una situación cuyas salidas sean cómodas ni evidentes. El llamado Foro de Sao Paolo lleva casi una década intentando encontrar la respuesta sin grandes resultados prácticos. Sin embargo, hasta que los electores no crean que existe una propuesta alternativa que sea viable, tanto en lo nacional como en lo internacional, difícilmente prestarán su voto a políticos por los que puede sentir un gran respeto y admiración, pero que no creen que serán capaces de aportar estabilidad al país en las actuales circunstancias mundiales. En Brasil el caso de Lula y el PT son sintomáticos. Sin embargo, parece cada vez más claro que ser una persona progresista o de izquierda a fines del siglo XX supondría, al menos, apoyar un paquete básico de seis principios:
El tema del cambio social no pasa tanto hoy por la toma del poder, sino por la previa redefinición de su significado y funciones y por su construcción desde abajo. Eso es algo que han comprendido movimientos como el zapatismo de Chiapas. La izquierda ha tenido a su disposición diversas teorías sobre la toma del poder, pero ninguna sobre su ejercicio democrático salvo las aportadas por el liberalismo, las cuales, a menudo, echó a un lado infeliz y fatalmente. La verdadera revolución inconclusa de los últimos doscientos años es la de la democracia. Después de los crímenes de estado cometidos en nombre de la libertad por Occidente y de las represiones totalitarias realizadas en nombre de la justicia social por los regímenes de socialismo de estado, la gente reclama una nueva definición del desarrollo, el progreso y la democracia. En América Latina han nacido en la ultima década dos o tres grandes coaliciones, integradas por movimientos populares, ONGs, sindicatos, asociaciones indígenas y campesinas, organizaciones feministas y de homosexuales, que tienen un carácter netamente político y están orientadas a recuperar a las fuerzas de la sociedad civil de la fragmentación y el inmediatismo en que se vieron sumidas por algún tiempo en la década de los '80. No es casual que una de las más prometedoras lleve el nombre de Plataforma Interamericana para la Democracia, el Desarrollo y los Derechos Humanos y que su misión institucional incluya la redefinición de los dos primeros conceptos a partir de una visión holística del último para equiparar, finalmente, a los derechos económicos, sociales y culturales con los políticos y civiles. Hay que redefinir algunas cosas. El poder político no puede seguir siendo la capacidad de dominación que se tiene para doblegar, por medio de la manufacturación del consenso o de la coerción, la voluntad ajena. Debe entenderse en lo adelante como la capacidad colectivamente construida de propiciar el medio político, económico y social apropiado para el disfrute pleno e integral de todos los derechos humanos en la búsqueda individual de nuestra felicidad. La política es algo demasiado importante para dejarla en manos exclusivas de los políticos profesionales que han hecho de ella un espectáculo mediático. La democracia y la política deben ser el modo y espacio en que los ciudadanos participan de todas aquellas decisiones que afectan su existencia en el área económica, política, social o cultural. La participación ciudadana no puede seguir siendo entendida como la movilización de masas que nada tuvieron que ver con la discusión de las opciones y las decisiones tomadas. Esta nueva etapa democrática reclama de una auténtica ciudadanía y no de masas dóciles, movilizadas por medio de la coerción o de la manipulación por élites de cualquier signo ideológico. La economía no puede seguir siendo un sistema controlado exclusivamente y de modo autoritario desde el poder del estado o de la propiedad privada. El mercado necesita poder operar de modo eficiente y hacer ganancias, pero la sociedad necesita proteger aquellas necesidades básicas de sus ciudadanos que en cada país marcan la diferencia entre una vida digna y la degradación humana. Para ello es necesario que esos servicios públicos, aun de compartirse con la iniciativa privada, sean espacios sometidos al control democrático. Igualmente se precisa que el aparato económico, bajo cualquier régimen de propiedad, sea situado en un marco legal que facilite el que se produzcan y distribuyan recursos de manera responsable desde el punto de vista social y ecológico. La cultura no puede seguir siendo la promoción de patrones de consumo no sostenibles así como de valores dirigidos a reproducir el sistema de dominación imperante, sino el espacio para el encuentro y respeto de la diversidad y dignidad humana, la promoción de una eticidad solidaria y una conciencia de responsabilidad ecológica. La sociedad, en su conjunto, no puede seguir siendo la arena para la despiadada confrontación y competencia entre seres humanos, sino el lugar donde la autonomía de cada cual puede ser respetada y potenciada, por la creatividad colectiva. Necesitamos remodelar la sociedad humana de manera que esta sea democrático participativa en lo político, inclusiva en lo económico, solidaria en lo social, tolerante en lo cultural y responsable en lo ecológico. Necesitamos una sociedad decente, donde el respeto a la dignidad humana y sus derechos sea el pilar central de todo desarrollo. Aspirar a esa sociedad decente no es una quimera. No es sueño ni un ideal más difícil de alcanzar que caminar en la luna, explorar los fondos marinos, volar más veloz que cualquier pájaro o hablarnos y vernos con miles de kilómetros por medio. De hecho la humanidad cuenta hoy con los recursos y las tecnologías que podrían permitir el comenzar en breve la construcción de ese otro mundo posible y necesario. En primer lugar estamos urgidos de una nueva secularización: la del lugar y función de la ciencia. La era moderna secularizó los estados separándolos del poder de la iglesia, pero creó una nueva fuente de poder teocrático al divinizar las posibilidades de la ciencia y asumirla como la progresiva obtención de verdades absolutas y definitivas sobre la realidad. El disidente que se atreviera a cuestionarlas no corría destino mejor que el de los herejes juzgados por la Inquisición católica en épocas no tan remotas. Mientras se continúe confundiendo el quehacer científico con la proclamación de verdades absolutas como las del Oráculo de Delfos en la Antigüedad, no será posible poner fin a la intolerancia y el fundamentalismo en la vida política y social. En nombre de teorías supuestamente "científicas" sobre la historia y el desarrollo económico, se han sacrificado ya a millones de personas en el este y el oeste. El segundo elemento a prestar atención es el de preservar la autonomía de pensamiento y juicio críticos de las personas. Los crímenes más grandes y horrorosos cometidos en el siglo XX fueron crímenes de obediencia, cometidos incluso en el marco legal existente, cuando ciertas autoridades, en control de poderes políticos y económicos, dijeron monopolizar la verdad científica sobre el devenir histórico y decidieron convertir sus profecías en realidad exigiendo la mas completa y sumisa disciplina a sus subordinados. Apelando a cualquier medio brutal con tal de servir de parteros de la historia, estas fuerzas, (unas asociadas a posiciones de derechas y otras a las de izquierda en el espectro político), despojaron a sus ciudadanos de todo pensamiento y espacio autónomo para transformarlos en obedientes rebaños capaces de cometer todo tipo de fechorías y crímenes. El culto irrestricto a la autoridad, el sentido de obediencia debida y acrítica a la orden emanada de cualquier instancia superior, estuvo en la raíz de algunos de los más macabros episodios del siglo XX. Demonizar a los nazis y apelar a la excepcionalidad de la situación en la Alemania post Versalles, no es suficiente para explicarse cómo Hitler pudo transformar al pueblo de Schiller y Goethe en una horda de carniceros irreflexivos y sádicos. ¿Eran acaso los millones de afiliados y simpatizantes de los nazis unos extraterrestres psicópatas caídos desde otro planeta? El caso de Stalin en Rusia y el de Pol Pot en Camboya son prueba de que el fenómeno puede ser provocado desde cualquier definición ideológica siempre que la autonomía de la conciencia humana haya sido proscrita y que, en nombre de un destino manifiesto conjurado por una autoridad superior monopolizadora de supuestas "verdades científicas", se libere a los potenciales asesinos de toda responsabilidad individual por sus actos. Sendero Luminoso fue también un recordatorio de que no es legítimo, creíble ni viable convocar a un futuro de armonía y amor desde el odio y el terror indiscriminados. El tercero es la necesidad urgente de reconocer la distancia que separa al conocimiento científico o tecnológico de la sabiduría humana. El diccionario nos recuerda que esta última debe entenderse como la capacidad para ejercer el juicio ético, distinguiendo el bien del mal. Si nuestros conocimientos tecnológicos y científicos no son guiados por la sabiduría no seremos capaces de hacer un empleo ético de ellos, por lo cual podríamos terminar siendo sus víctimas en lugar de ser sus beneficiarios. El rasgo definitorio que nos distingue como "humanos" del resto de las especies es nuestra conciencia, nuestra capacidad para reflexionar y aprender. La capacidad para enjuiciar éticamente nuestras opciones y acciones. La capacidad para trazarnos un plan de acción que modifique nuestras circunstancias y expanda nuestras posibilidades. La capacidad de comunicarnos y establecer la cooperación con otros miembros de nuestra especie y así llevar a cabo sueños y aspiraciones comunes. Ser Ahumano@ no equivale, necesariamente, a optar por la bondad, sino a ser autónomo a la hora de juzgar y escoger acciones que pueden ser, eventualmente, buenas o malas. Cuando los seres humanos cedemos a otras personas o instituciones la responsabilidad de ejercer estos juicios en nuestro nombre y actuamos ciegamente siguiendo esas decisiones ajenas, estamos cediendo nuestra humanidad. Renunciamos a nuestra conciencia para reducirmos a la condición de rebaño similar al de otras especies. Las personas Adecentes@ son aquellas que no ceden su autonomía para retener su condición humana, pero que, adicionalmente, también intentan siempre escoger la bondad sobre la maldad. Un mundo Ahumano@ no es, necesariamente, un buen lugar para vivir. Un mundo Adecente@ debiera serlo. La ética de la responsabilidad y la solidaridad es la que permite a las personas decentes enjuiciar las acciones de otros seres humanos que se guían por la ética del utilitarismo y el egoísmo. Es desde esa ética responsable y solidaria que las personas decentes proclaman que la globalización neoliberal no es el mejor mundo ni el único posible. Las personas decentes son las que desafían la arrogancia de quienes creen poder imponer su pensamiento unidimensional a todo el planeta. Estos últimos llevan años tratando de convencernos de que la historia ha terminado sólo para asegurarse de que no continuemos haciéndola. No se trata de sí seremos ganadores o perdedores. De lo que se trata es de que lo único decente en el amanecer de este nuevo milenio es continuar luchando por hacer de ese soñado mundo una futura realidad. Dr. Juan Antonio Blanco.
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