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Juan Antonio Blanco "Sólo la izquierda puede garantizar que un capitalismo sin salvaguardas, perpetuador de nuestros antiguos males sociales, se imponga en Latinoamérica. Y sólo la izquierda puede evitar que un Estado populista burocrático e improductivo sofoque a la sociedad". Carlos Fuentes.
El nuevo milenio ha arribado finalmente sin que la humanidad haya encontrado el mejor modo de convivencia social ni ecológica en este planeta. Se acelera la expansión de una nueva civilización que sigue anclada en los mismos presupuestos destructivos manufacturados bajo distintas etiquetas ideológicas. Esta es quizás nuestra última oportunidad como especie. Con ese telón de fondo, la fluida república cubana se adentra en su segundo siglo de existencia. En ese breve peregrinar su sistema organizativo y modelos de desarrollo han cambiado en más de una ocasión. Ahora la nación está también iniciando su propia transición hacia un nuevo paradigma organizativo que bien puede ser peor o mejor que aquellos con los que ya experimentó en el pasado. Antes que apoyar el progreso de la Isla hay que delinear primero los contenidos que atribuimos a ese concepto para evitar incurrir en errores por los que ya se transitó. Esa, entre otras, es la función y el reto de una nueva izquierda cubana. La izquierda siempre se distinguió en el pasado por representar mucho más que una definición ideológica o alineación partidista. Era una concepción y sentido de vida. Una identidad cultural más que política. De ahí siempre derivó su fuerza. La transformación de Cuba en el nuevo milenio demanda no sólo de la reconstrucción económica, sino de la reconstrucción de significados y esa es también la misión de una nueva izquierda en este Tercer Milenio. El texto que sigue a continuación es un muy apretado compendio de reflexiones y opiniones personales sobre el tema de los retos que se le presentan a Cuba -mi país- al iniciarse el nuevo milenio y las posibles aproximaciones a su solución por parte de una nueva izquierda cubana que, intuyo y deseo, irá emergiendo en los años venideros. Comparto con el postmodernismo la alergia por los discursos grandilocuentes que dan la impresión de que el científico social habla en nombre de la nación y dicta verdades definitivas sobre su objeto de estudio. Pero, al mismo tiempo, resulta difícil encontrar formas de redacción que distancien al académico de sus propias ideas sin dar la falsa impresión de que teme ser identificado con ellas; algo que no me perdonaría. La ciencia social puede ser más o menos rigurosa, pero nunca inocente. Por eso -y aunque debería ser superflua la aclaración- este autor desea alertar a sus lectores que todas las ideas que aquí aparecen no son más que eso: ideas personales de quien las expone asumiendo plena responsabilidad por ellas. No comprometen a ninguna otra persona o institución, ni pretenden constituir la única y definitiva verdad sobre este tema. Por ello, como reza una vieja canción: "cualquier reclamación que sea sin membretes".
Los mitos modernos y su ocaso Los tres grandes mitos de la modernidad han sido el mercado, la democracia liberal y el socialismo de Estado. El disenso en torno a ellos estructura, aún hoy, toda la retórica de las barricadas políticas y clasistas, de uno y otro lado. Lo realmente notable es que la crisis evidente de estos tres mitos clave de la modernidad, ha desatado un nuevo y apasionado fundamentalismo en su favor, al estar ausente, no ya la propuesta concreta de su reemplazo por nuevos mitos que aporten la eficacia de aquellos en su momento, sino -y es lo esencial- al estar ausente también la necesaria crítica radical de la Era Industrial y sus instituciones. Incluso el actual debate sobre la posmodernidad se hace a partir de valores, axiomas y mitos de esa modernidad ya en plena crisis. Es interesante, sin embargo, que las posiciones en apariencia diametralmente opuestas asumidas por algunos en estas polémicas, se apoyan también sobre una base de axiomas consensualmente compartidos, como ocurre entre los beatos del mercado y los creyentes en el Estado burocrático paternalista, quienes ven estos mitos como los vehículos idóneos para la realización de la Razón en la economía y en la sociedad. En el caso del debate mercado vs. Estado, como el distribuidor de recursos y riquezas -lo que supuestamente es central al aparente conflicto entre las dos culturas modernas, la capitalista y la socialista- lo cierto es que ambas partes comparten los mismos criterios modernos de eficiencia económica a ser aplicados por el mercado, o por el Estado. El socialismo de estado compartió con el capitalismo a lo largo del siglo XX las lógicas de la modernidad y del industrialismo. Dominar la naturaleza, controlar la sociedad, organizar piramidalmente en jerarquías burocráticas, producir en gran escala, centralizar poder en elites dirigentes, el culto a las estadísticas y a las supuestas unívocas verdades científicas son algunos de los criterios aceptados de manera consensual, por una y otra cultura. La racionalización de los procesos económicos en las culturas industriales, sean capitalistas o socialistas, se expresa en la aplicación de criterios racionales de eficiencia en los procesos de producción y servicios. Esta noción de eficiencia se define como relación cuantitativa in put-out put, es decir, valor monetario de los recursos invertidos vs. valor monetario de los bienes y servicios creados que se expresan en forma de ganancias. Bajo retóricas legitimadoras diferentes, ambas culturas se asientan en el axioma de la eficiencia económica de cada productor para maximizar ganancias. Según este criterio, lo que es bueno para la empresa lo es también para la sociedad. Este enfoque racionalista, por otro lado, queda enmarcado en el terreno exclusivo de la economía, por lo que conceptos como racionalidad o eficiencia, de donde se parte, dejan al margen toda consideración extraeconómica. La relación in put- out put se mide en valores monetarios, no en valores de uso, recursos naturales o riquezas sociales (espirituales, humanas) consumidas por un lado y creadas por otro en el proceso productivo. Aspectos cruciales, como los niveles de contaminación y toxicidad ambiental o el problema de los desechos no reciclables son considerados "externalidades" dentro de un criterio neoclásico compartido por empresarios capitalistas y socialistas. Ninguna de estas culturas modernas ha operado a plenitud con un criterio de eficiencia social que incluya la rentabilidad económica como premisa, pero que además, la desborde conceptualmente a partir de un equilibrio entre recursos consumidos y necesidades humanas resueltas, sin perjuicio de productores, consumidores o del ecosistema. De este modo, tanto el mercado como el Estado persiguieron criterios de racionalidad y eficiencia económicas, con implicaciones cuantiosas en despilfarros y costos, sociales y ecológicos. Por otra parte, ambas culturas modernas, mientras cruzaban espadas sobre su pretendida naturaleza democrática -justificada en sistemas multipartidistas o monopartidistas-, compartían el criterio de que dicho concepto expresaba el consenso de la mayoría de los gobernados, en torno a las políticas en curso y/o a la elección de gobierno, según las reglas que para ese ejercicio imponía una, u otra. El mito democrático, como criterio de racionalidad política, pese a las diatribas recriminatorias recíprocas de cada cual, era básicamente compartido por ambas culturas al entenderlo como consenso mayoritario en función legitimadora de las decisiones políticas gubernamentales. Este consenso de las mayorías se manufacturaba, cada vez más, desde los poderosos y persuasivos medios de comunicación de las elites gobernantes. Dadas estas coincidencias axiomáticas esenciales entre ambas culturas modernas, o sea, los criterios de racionalidad económica y de racionalidad política, los debates dicotómicos entre mercado vs. planificación estatal, y sistemas políticos multipartidistas vs. sistemas políticos de partido único, resultan secundarios. Nuestra comprensión de este fenómeno no es la de aquellos que creyeron se trataba de dos procesos o culturas esencialmente distintos, con tendencias a converger a lo largo del desarrollo de la civilización industrial, en un momento dado. En nuestro criterio, el socialismo no llegó a constituirse en proceso civilizatorio y cultural radicalmente distinto al capitalismo y, desde temprano, compartió con éste un conjunto de axiomas y supuestos modernos, pese a su signo clasista diferente y al conflicto palpable entre ambas sociedades. Lo que el socialismo de estado significó para la humanidad fue una forma alternativa de dominación clasista, que aceleró el proceso civilizatorio industrial con un criterio más humano de distribución. No era poco, pero estaba lejos del propósito de sus iniciadores. Desde nuestro punto de vista, el colapso del bloque del Este no corrobora la llamada tesis de la convergencia inevitable entre dos sistemas que fuesen esencialmente diferentes. Este fenómeno demuestra la incapacidad del estamento burocrático dominante en esas sociedades, tanto para introducir reajustes flexibles al modelo sobre el cual las habían estructurado, como también para renunciar al poder en favor de la población. Las liturgias con que se veneraron ciertas piezas prescindibles de dicho modelo, contribuyeron a impedirle al estamento burocrático su oportuno reemplazo, y éste quedó rehén de su propia retórica dogmática legitimadora de ciertos esquemas organizativos. La pretensión de "modernizar" el socialismo de estado desde el punto de vista económico, manteniendo idéntica la estructura burocrática de poder, fue objetivamente imposible, dados los mencionados obstáculos, aun cuando fuera concebible en la teoría. (1) Frente al estancamiento de su desarrollo, distintos sectores y clases dentro del socialismo de estado creyeron tener la posibilidad de:
La primera y segunda opciones resultaron irreales, ante la ineptitud para las reformas y la resistencia a cambios revolucionarios en la estructura de poder, demostradas por el estamento burocrático central.(2) La tercera -por la que, en general, se encaminaron esos países-, no pudo materializarse de modo ideal para la burocracia central, y se produjo el colapso de las antiguas estructuras, sin tener su reemplazo. La exclusión social y económica, la aparición del crimen internacional organizado y los desafíos a la gobernabilidad política, es lo que ha venido prevaleciendo, desde entonces, en Europa del Este y las naciones de la ex Unión Soviética. La opción en favor del mito del mercado no logró el reino del anhelado capitalismo utópico. Se acostumbra decir por unos que el capitalismo -con su mito del mercado- es un fracaso, porque no ha asegurado una vida decente a la mayor parte de los habitantes del planeta. Otros prefieren asegurar que el socialismo -con su mito del Estado- es el fracasado, por no aportar a sus poblaciones los niveles de vida de las sociedades de consumo occidentales. Unos y otros intercambian la misma acusación sobre la incapacidad del mercado, o del Estado, para preservar las libertades democráticas. Este apasionado debate amerita algunos comentarios. Tal y como reconocía el propio Karl Marx, el advenimiento del capitalismo ha sido uno de los hechos más revolucionarios de la historia humana. Por un lado, el capitalismo nos trajo la expansión de las ideas liberales con su reconocimiento a los derechos políticos y civiles y la separación de poderes. Por otro lado, facilitó el surgimiento de una revolución científica y tecnológica permanentes que trajo primero la civilización industrial y más recientemente la civilización cibernética. Cuando el capitalismo es abandonado a la lógica exclusiva del mercado, puede resultar eficiente, pero no eficaz. La eficacia de una economía está determinada por la capacidad de un sistema económico para responder a las necesidades del conjunto de la sociedad al mismo tiempo que sostiene niveles aceptables -no necesariamente máximos- de competitividad y eficiencia empresariales. La eficiencia tiene poco que ver con el propósito de asegurar una vida decente a cada ciudadano. La maximalización permanente de ganancias y la externalización de costos sociales y ambientales para asegurarla es el leit motiv de la escuela neoliberal. La eficiencia de un sistema político, sin embargo, se mide por su capacidad para facilitar las buenas practicas de gobierno en la búsqueda de amplios márgenes de gobernabilidad. Allí donde la lógica lucrativa del capitalismo abandona los criterios de eficacia económica y de buen gobierno para asegurarse exclusivamente la eficiencia económica, entendiéndola como maximalización de ganancias y externalización de costos, el sistema pierde en gobernabilidad política. La legitimidad del sistema capitalista ha descansado siempre en el sobreentendido -falso, pero ampliamente compartido- de que la maximalización de ganancias de cada empresa, basada en la propiedad privada y la competencia, resulta beneficiosa a la larga para toda la sociedad. Sobre ese principio ideológico se reconstruye cotidianamente el consenso político en favor del status quo burgués. Cuando un sector fundamentalista reduce las diversas formas de organización posibles bajo el capitalismo a su versión neoliberal atenta directamente contra ese presupuesto. Los "logros sociales" del capitalismo no han sido el resultado directo de la lógica del mercado sino de la lucha política de fuerzas que lograron imponerle al mercado una agenda social. Los estados de bienestar que dieron una nueva gobernabilidad a las sociedades capitalistas nunca habrían sido posibles de haber prevalecido las corrientes fundamentalistas y extremas del neoliberalismo económico. Sin embargo, son aquellos beneficios sociales los que han propiciado la persistencia del mito de que "lo que es bueno para la empresa, es bueno para la sociedad". La crítica ética al capitalismo neoliberal, sin embargo, puede ser legítima, pero debe partir de la conciencia de que éste no se auto valora sobre la base de criterios morales. En el actual proyecto de globalización neoliberal la ética capitalista comienza y termina en su concepto de eficiencia económica. En las nuevas condiciones tecnológicas, el principio de la maximalización de ganancias no puede sostenerse sin producir un definitivo desastre ecológico mundial y hacer ingobernable el sistema geopolítico transnacionalizado sobre el que se asienta. El crecimiento económico permanente, como condición de supervivencia en mercados cada vez más competitivos, ha encontrado ya su límite ecológico y social. El principio de maximalización de ganancias de las culturas que operan sobre el mito del mercado pudo ser asimilado por la naturaleza y la sociedad humana durante siglos; pero la realidad tecnológica y política actual no permitirá por mucho más tiempo ese curso histórico sin que ocurra una auténtica catástrofe. Mientras la tala de bosques se hacía con hachas, los desechos químicos eran inexistentes, los accidentes genéticos y nucleares eran impensables y los productos de consumo masivo no eran contaminantes, el ecosistema logró sobrevivir al "progreso" tecnológico de las culturas industriales modernas. Por otra parte, el advenimiento de la civilización industrial en Europa y Norteamérica pudo financiarse sobre la base de la explotación despiadada de millones de seres humanos -indígenas, africanos o inmigrantes. En aquel tiempo los victimarios, constituidos en naciones y con el control absoluto de los instrumentos para ejercer su opresión -armas, transportes, etcétera-, podían someter a su antojo a pueblos enteros hasta el exterminio. El actual ascenso de la Civilización Cibernética o de la Información, no podrá continuarse financiando de manera indefinida con nuevos mecanismos de despojo del mundo subdesarrollado, como la deuda externa, el drenaje de cerebros, la privatización y el libre comercio favorables a las transnacionales, como ya se hizo en los albores de la Civilización Industrial, sin que ocurran graves conflagraciones entre potencias rivales y cruentas guerras de liberación. En una época de relaciones económicas interdependientes y armas de exterminio masivo, la interpretación neoliberal del principio de eficiencia económica conduce a la humanidad entera -incluida la propia elite transnacional de poder- a un callejón sin salida. El socialismo, por su parte, no se planteó nunca en su proyecto original propiciar sociedades de consumo al estilo occidental para sus poblaciones. Su atractivo como proyecto social alternativo en el marco de la modernidad y su industrialismo, residía precisamente en su capacidad para realizar una distribución de riquezas dirigida a satisfacer necesidades humanas básicas, tanto materiales como espirituales, por lo que su eficiencia económica estaba llamada a medirse, no por indicadores de consumo, sino por aquellos que reflejasen la calidad de vida del ciudadano común. En el terreno político, tampoco el proyecto original socialista se propuso simplemente asegurar las libertades democráticas de todos sus ciudadanos, sino pretendió, con su aspiración de incorporarlos de forma masiva a los procesos de toma de decisión y ejecución de políticas, llegar a extinguir al propio Estado. La legitimidad del sistema se basó en la retórica de esos ideales iniciales, de los cuales en la práctica se fue distanciando de forma progresiva. El socialismo soviético se volvió obsoleto porque la distancia entre su retórica y su realidad no podía ya salvar su legitimidad, ni permitir su funcionamiento económico y político. El peculiar sistema de dominación burocrática que emergió bajo el nombre de socialismo de estado, demostró su incapacidad para reproducir económica y políticamente el sistema, llegado un determinado punto en su desarrollo. Sus primeros éxitos, como el elevamiento de las condiciones materiales y culturales de vida de sus ciudadanos, se convirtieron en el principal desafío a su eficiencia. El sistema no supo reaccionar a su propio éxito como nuevo punto de partida para su evolución posterior y sucumbió a su primera crisis general. A diferencia de la burguesía en las culturas capitalistas, la burocracia socialista nunca encontró un acomodo político eficaz con el sector técnico y científico que le permitiera servirse de él sin inhibir su capacidad creadora. La represión y control ejercidos contra los investigadores naturales y sociales que disentían del paradigma científico oficialmente aceptado en cada instante, impidió o retardó la revolución científica en áreas clave para el desarrollo contemporáneo de las sociedades industriales, como la sociología, la computación, el diseño industrial y la genética. Por otro lado, la concepción burocrática y sobre centralizada del proceso de planificación económico, dirigido a lograr resultados cuantitativos, y no a innovar el aparato de producción, retardó por años la introducción de los resultados obtenidos en los procesos científico y tecnológico, en la industria, la agricultura y los servicios. En resumen, la intolerancia y represión intelectual hacia el sector científico, sumada a la ausencia de un diseño de conexión eficaz entre los procesos de investigación y los procesos de desarrollo, estancaron el rápido avance obtenido al inicio por estas sociedades. La función de la investigación y el desarrollo (R&D) es la de ser el motor central de las sociedades industriales avanzadas; su disfuncionalidad, ineficacia o insuficiente articulación, de manera inevitable produce el estancamiento económico y político de estas sociedades. (3) En la era del fax, el correo electrónico, el turismo masivo, la TV vía satélite y la permanente y acelerada revolución científico técnica, el estilo autoritario de regimentación de la sociedad civil, desde el Estado, no puede sostenerse sin estancar la vida económica y social. Para decirlo en términos marxistas, el modo en que estaban estructuradas las relaciones de producción en las culturas del socialismo de estado, se convirtió en una traba al desarrollo de las fuerzas productivas y abrió un período de crisis social. Durante varias décadas, ese modo de organizar las relaciones de producción fue, sin embargo, el que demostró su eficacia (aunque no su eficiencia), en cada uno de esos países, en relación con el pasado. El proceso revolucionario mediante el cual se arrancó al campesino ruso de su azadón para educarlo, alimentarlo, vestirlo, entregarle una vivienda y convertirlo, apenas cuatro décadas y media después, en el primer hombre al espacio, no deja duda alguna de que el conjunto de rasgos que caracterizaron al socialismo soviético -incluidos sus aspectos totalitarios- resultaron altamente eficaces, tanto para el desarrollo económico, social y cultural de la URSS, como para preservarse a sí mismo de la agresión externa y las fuerzas restauradoras internas. El contraste entre los índices económicos y sociales de desarrollo en países donde se instalaron esas culturas industriales socialistas, y los de aquellas otras naciones periféricas que se mantuvieron dentro de culturas industriales capitalistas es, en general y por amplio margen, favorable a las primeras. Su industrialismo, sin embargo, resultó tan destructor del medio ambiente como cualquier sociedad occidental. (4) Pero, una vez agotado su esquema funcional de organización e iniciado el estancamiento, los éxitos pasados no pudieron servir de base a una retórica apologética y legitimadora que, setenta años más tarde, sostuviera el status quo del sistema. Los defensores del socialismo de estado, a fines del siglo XX, olvidaron que llegado el momento, los más apasionados discursos no son capaces de alterar los despiadados veredictos de la historia. En la Era de la Información, ninguna cultura que pretenda basar el dominio incontestado de una clase o estrato social sobre el control directo, centralizado y micro administrativo de los procesos políticos, económicos y culturales de su sociedad civil, desde el Estado, podrá encontrar el mínimo de eficacia y legitimidad necesarios para preservar su status quo -sobre todo, si cuenta con una población culta. Mucho menos podrá hacerlo si la clase o estamento dominante, a cuya disposición está un poder tan extendido y centralizado, no tiene como principios, para ingresar y mantenerse en ella, la capacidad y eficacia profesionales, sino la incondicionalidad y lealtad burocráticas. Las culturas industriales del socialismo de estado no están capacitadas desde el punto de vista estructural, ni política ni económicamente, para transitar hacia la Civilización de la Información. Ambas culturas industriales se han tornado obsoletas como esquemas organizativos en la Era de la Información, no porque las juzguemos a partir de valores y criterios ajenos a ellas mismas, sino porque, a partir de sus propios criterios de autovaloración, de forma creciente, sus principios de funcionamiento carecen de la eficiencia necesaria para proporcionarles los objetivos perseguidos por ellas y mantener, esencialmente, su status quo. El arribo al estadio tecnológico de la Civilización de la Información reclama -so pena de una catástrofe, de la que no escaparía ninguna clase social- un capitalismo y socialismo radicalmente transformados en lo que han sido algunos de los elementos centrales de su organización. Más que ante un nuevo modelo de funcionamiento de esas históricas culturas industriales, las nuevas tecnologías nos ponen en el camino de edificar una nueva cultura responsable ante la ecología y la sociedad. Orientar la posmodernidad por la senda de viejas o nuevas culturas de dominación, sólo puede depararle a la humanidad una pesadilla orwelliana de fatal desenlace, social y ecológico, para cada habitante de esta nave espacial que es nuestro planeta. (5) Los mitos, otrora tan eficaces, están en crisis junto a la Era Moderna que los trajo al mundo. La opción entre mercado y Estado burocrático paternalista es tan falsa a fines del siglo XX, como lo es el mito democrático que una y otra reclaman para sí. La humanidad demanda, en el umbral del Tercer Milenio, una redefinición de las funciones y del lugar social otorgado al intercambio mercantil y a la autoridad estatal, que permita trascender las culturas capitalistas y socialistas del siglo XX y abra espacio a un nuevo tipo de sociedad, capaz de vivir en armonía con la naturaleza y consigo misma. En ella, el mito de la democracia liberal tendría que ser superado, por la institucionalización de un poder político y económico participativo y pluralista, con alternabilidad en su administración (gobierno), por parte de las múltiples opciones programáticas de sus diferentes sectores sociales elegidas libre y democráticamente dentro de un Estado de Derecho.
Cuba: cuatro puntos a considerar * Lo que hoy experimenta la humanidad no es una época de cambios; es un cambio de época. La historia humana está atravesando el umbral de un nuevo proceso civilizatorio cuya extensa y profunda influencia involucra al conjunto de estilos de vida, relaciones humanas y formas de producción. Ese proceso aún no es uniforme ni alcanza a todos los habitantes del planeta por igual como ocurrió en los casos de la revolución neolítica y la industrial, pero quienes tarden en incorporarse a él correrán el destino de quienes llegaron tardíamente a los otros dos. Los supuestos organizativos del capitalismo y el socialismo realmente existente impiden hasta ahora hacer un uso liberador de las nuevas tecnologías a nuestro alcance además de estar en la raíz de su empleo más destructivo. La nueva civilización tecnológica reclama de nuevos paradigmas de organización societaria. El reto más grande que tiene Cuba- pero también la humanidad en su conjunto- es el de incorporarse tempranamente al nuevo proceso civilizatorio y organizarlo dentro de un nuevo paradigma de desarrollo capaz de generar economías inclusivas y ecológicamente responsables, así como sistemas políticos de mayor participación democrática y transparencia. * Adicionalmente, en el caso de Cuba, estamos siendo testigos de un sistema que había derivado su funcionalidad a partir de un hábitat geopolítico internacional que fue rápida y dramáticamente cambiado por otro que ahora le niega la capacidad de reproducirse según su lógica anterior. Una vez transformado su hábitat sustentatorio, cualquier sistema -natural o social- está obligado a abrirse al nuevo medio ambiente y reestructurarse a fin de recuperar su equilibrio en el marco de un nuevo esquema organizativo. Cuba atraviesa no sólo por una crisis económica, sino por una crisis estructural. Estamos en presencia de un paisaje institucional que ha perdido su anterior hábitat sustentatorio y se ha salido de manera significativa del nivel normal de desequilibrio dinámico inherente a todo sistema, presentado una capacidad zigzagueante -cuando no declinante- para su autoreproducción cotidiana. Estamos en presencia de dos crisis y de dos bloqueos que obstaculizan su solución. Por un lado, una crisis estructural del socialismo de estado al cual se adhirió de modo definitivo Cuba desde fines de la década de los sesenta y que la política de reformas no ha podido hasta ahora superar de manera definitiva. Por otro lado, también presenciamos una crisis coyuntural, de reinserción económica internacional, que fue iniciada por la desaparición de la URSS y es agravada por el bloqueo estadounidense. Ambas crisis sostienen vínculos de interdependencia, por lo que resulta virtualmente imposible superar a plenitud ninguna de las dos de manera separada. El levantamiento del bloqueo estadounidense no resolvería per se la crisis estructural cubana, del mismo modo que la plena solución de esta última no es concebible sin el cese de la actual política de Washington dirigida precisamente a entorpecerla. Cuba no puede esperar éxito de una política de resistencia frente a la crisis coyuntural si no va conjugada con una estrategia integral de transición hacia otro paradigma de desarrollo societario y no sólo hacia otra forma de estructurar la economía. Una autentica posición de izquierda reclama la oposición diáfana e incondicional a ambos "bloqueos": el estadounidense frente a la crisis económica coyuntural y el del dogmatismo oficial frente a la crisis sistémica-estructural interna. La crisis del sistema cubano para administrar tensiones y sostener consensos se hace cada vez más visible. ¿Cuál es su raíz? Al parecer esta se ubica en los siguientes factores:
Los discursos triunfalistas sobre las fluctuantes y siempre precarias estadísticas de crecimiento de uno u otro sector o de la economía en su conjunto (en las que ni siquiera se calcula la tasa de depreciación del capital instalado) no dan respuesta a estas interrogantes. Desde mediados de los años 80, y muy particularmente desde 1991, el Estado cubano ha entrado en una crisis estructural sistémica. Diseñado para constituir un subsistema dentro de una estructura sistémica mayor (el "campo socialista"), la sociedad cubana da señales de creciente entropía al desaparecer el hábitat internacional que la sustentaba y dentro de cuya lógica actuaba. Por estructura entendemos, ontológicamente, la relativa repetición regular de eventos al interior de su espacio, lo que permite, epistemológicamente, entenderlo como predecible. Las estructuras son espacios al interior de los cuales las probabilidades no están distribuidas al azar: la ocurrencia de ciertos eventos es más probable que la de otros. Lo único predecible hoy dentro de las estructuras del socialismo de Estado cubano es su creciente entropía y, por lo tanto, la cada vez más frecuente aparición de eventos impredecibles y de difícil gobernabilidad dentro de los parámetros del sistema. La literatura política a menudo oscurece hasta borrarlas las distinciones sociológicas entre el Estado, el régimen y el gobierno que puedan existir en un país en un momento dado. La naturaleza de cada uno y de sus interconexiones es la que define el funcionamiento del sistema político que ellas constituyen. En su conjunto estos tres elementos constituyen partes o subsistemas de un todo único. La autonomía relativa de las partes aporta flexibilidad al conjunto sistémico y permite su evolución y reforma hacia múltiples diseños de funcionamiento. Un Estado puede ser presidencialista, su régimen tener una naturaleza oligárquica y su gobierno ser de derechas; pero también podría tener un Estado monárquico, un régimen poliárquico y un gobierno de izquierdas, etc. Otro tanto podría hacerse al analizar el sistema económico de cualquier país respecto al gobierno que pueda existir en un momento dado. En el caso cubano la naturaleza del Estado se ha mantenido invariable, la del régimen ha sufrido algunos cambios y la del gobierno bastante pocos pese a que por él han rotado equipos diferentes de funcionarios representantes de varias generaciones pero atados siempre en su desenvolvimiento a las posiciones de una cúspide inalterable del poder. La flexibilidad del sistema cubano es por ello sumamente limitada aún dentro de las posibilidades de configuración diferente que le otorgaría la propia definición "socialista" que reclama la Constitución de la República para su Estado. La alternancia en el gobierno no resolvería una crisis que reclama un cambio del régimen político y económico y una reforma radical del Estado. Es por ello que lo que se hace necesario no es una simple política de cambios -por numerosos y positivos que ellos fueren- sino un programa de transición sistémica integral. Si el gobierno actual hubiese estado dispuesto a emprenderla su sustitución hubiese constituido un asunto secundario, cuya necesidad se plantearía desde la perspectiva de los principios de elecciones, rotación y alternancia de la administración publica. Al obstaculizar los cambios y negar la alternancia electoral el problema cambia de cariz. El problema, por tanto, no radica en las condiciones morales o el mayor o menor talento de los funcionarios, sino en el agotamiento y obsolescencia de un sistema - político y económico- que bloquea sus capacidades creativas. La crisis sistémica, por ello, no podrá ser resuelta exclusivamente desde la esfera económica. Mañana bien podrían abrirse amplios créditos financieros y comerciales a Cuba, encontrarse grandes yacimientos petroleros o recibirse toneladas de combustible desde Venezuela e Irán a precios preferenciales, o bien podrían también sus abnegados y brillantes científicos crear una vacuna contra el SIDA, pero el verticalismo autoritario y micro administrativo del Estado, la falta de incentivos a la producción, la ausencia de espacios de opinión pública para indicar errores y debatir esquemas alternativos de organización, el todavía deficitario poder del "Poder Popular" frente a las poderosas instituciones ministeriales, la centralización de decisiones nacionales en unas pocas manos dentro de la cúpula del partido y la ausencia de un sólido estado de derecho, no permitirían al país sacar provecho de ese golpe de suerte. El resultado de poder contar con mayores créditos se traduciría en un mayor endeudamiento externo ante la realidad de una economía ineficiente. La economía cubana no era rentable cuando existía el campo socialista y la URSS y ninguna ayuda externa ni golpe de suerte, incluida la eventualidad del levantamiento total del bloqueo estadounidense cuyos beneficios nunca alcanzarían a los recibidos por treinta años de la URSS, sería capaz de alterar esa realidad hoy sin haberse trascendido primero su crisis estructural, lo que equivale a decir: a sustituir su sistema actual por otro, preferiblemente orientado al desarrollo humano sustentable. Sobran talento y buena voluntad no solo entre funcionarios, intelectuales, profesionales y trabajadores cubanos, sino también entre aquellos críticos que disienten del actual sistema, para corregir el fatal rumbo que hoy llevan las cosas. Pero del mismo modo que el más dotado ciclista no podría ganar una carrera en un vehículo sin ruedas, este potencial queda paralizado por un sistema político verticalista e intolerante, asociado al "socialismo de Estado", que quedó ratificado desde el V Pleno del CC en 1996. * Si alguna vez fue cierto que la libertad tendría que esperar primero por la justicia social, hoy la segunda ya no resulta sostenible sin expandir la primera. Hay más de un modo de entrar al nuevo milenio y de insertarse en la globalización de la civilización cibernética. Hay más de un futuro posible para el mundo y para Cuba. Nada es más urgente hoy que abrir el espacio de irrestricta libertad para reflexionar sobre el futuro al que aspiramos y cómo acercarnos a él. En la capacidad de innovación del sistema -como la demostrada por el capitalismo a lo largo de más de dos siglos- radica la clave para elaborar una estrategia eficaz de supervivencia de la nación en su inserción dentro del nuevo proceso civilizatorio. Si alguna vez la arquitectura institucional del socialismo de estado fue un instrumento útil al proyecto revolucionario hoy podría llegar a constituirse en el más mortal de sus enemigos por el modo en que propicia el ejercicio dogmático y teocrático del marxismo al que quedo asociada y que a su vez crea barreras que dificultan el vuelo de la imaginación y la creatividad. La única manera de ser revolucionario hoy -si por ello entendemos la lealtad a los ideales originales del proyecto revolucionario y no a su actual paisaje institucional- es abogando por una reforma radical desde una perspectiva de izquierda. Ser revolucionario implica hoy la promoción de la reforma sostenida e integral de la sociedad y la más extensa socialización de ese poder (económico y político) en favor de los ciudadanos y sus instituciones. Los ciudadanos se han visto, lamentablemente, enfrentados a escoger entre dos lealtades. Serle fiel a los ideales que animaron el proyecto revolucionario o a la institucionalidad y políticas que hoy nos separan de ellos. Dada la actual regimentación de los espacios de diálogo y propuestas y la criminalización -incluso extraterritorial- a partir de la Ley 88 (1999), de aquellas opiniones emitidas por ciudadanos cubanos que puedan ser percibidas como perjudiciales por las autoridades, se ha hecho imposible servir a ambos a la vez. La apuesta definitiva al socialismo de Estado por la máxima dirección del país es la única responsable de esa situación. No todo reformismo ni toda transición son de derechas, como suponen algunos, del mismo modo que no todo conservadurismo tiene tampoco que serlo, como suponen otros. Liberar la imaginación para viabilizar la innovación consciente y evitar una evolución y desenlace negativos para la nación, sin embargo, no será posible si las libertades de pensamiento y expresión, dentro y fuera de los circuitos académicos, no son siempre reconocidas como el más preciado de los atributos de la sociedad. Su irrestricto respeto debe incluir a todos aquellos, sin excepción, que difieran de las ideas prevalecientes en un momento dado. El hereje, pese a su milenaria condición de perseguido, a menudo ha sido aquel que se arriesga precisamente por su vocación de buscar nuevas y más prometedoras rutas al desarrollo humano. La historia nunca podrá prescindir de ellos y ninguna sociedad, sea la estadounidense con el macartismo o la soviética con sus Gulags, puede reprimirlos sin pagar considerables costos, no solo sociales y políticos, sino también económicos. Las políticas que fomentan el dogmatismo y la inflexibilidad han dejado de ser una rémora vinculada a las alianzas internacionales que se hicieron para sobrevivir nuestra anterior realidad geopolítica antes de la caída del Muro de Berlín para devenir en un innecesario obstáculo a los intereses de la nación. Ellas tienden a privar al país, cada vez que actúan, de la posibilidad de beneficiarse de todo el talento que su población ha podido alcanzar precisamente por la expansión universal del derecho a una educación gratuita establecido por el proceso revolucionario de 1959.Sin superar definitivamente el bloqueo mental del dogmatismo no será posible trascender, de modo oportuno y suficiente, la crisis estructural de la economía. * Resulta peligrosa y simplista la tendencia intelectual que vemos tanto en Cuba como en el exterior, a concentrarse en el análisis de los macro indicadores económicos para de ellos derivar conclusiones acerca de la gobernabilidad del país. Cuba -pese a sus graves diferencias sociales- no era ni remotamente la nación más atrasada de América Latina en 1959, pero sin embargo fue allí donde se produjo la primera revolución de orientación socialista del hemisferio occidental aun cuando la economía cubana de 1958 atravesaba un boom. ¿Por qué? Cuba era un país económicamente más atrasado y con menores niveles de consumo que la mayor parte de los países del bloque del Este, pero fue allá donde el socialismo de estado se desmoronó mientras Cuba siguió su curso y ha logrado sostenerse sola a noventa millas de quién quedó como única superpotencia mundial: los Estados Unidos de América. ¿Por qué? Estas interrogantes no pueden pasarse por alto a la hora de hacer el análisis de la coyuntura actual y sus posibles desenlaces. Deberíamos convenir que en el caso de Cuba los factores extraeconómicos parecen haber jugado un papel relevante en su historia reciente, razón por la cual merecen tenerse muy en cuenta. Esto es de suma importancia en nuestro análisis porque podría darse la aparente paradoja (ya ocurrida, como vimos, anteriormente) de que mientras la economía sufre una grave crisis, las esferas políticas y culturales pudieran ser capaces de reproducir el sistema e incluso de reforzarlo si logran persuadir a la población de que aquel es legítimo y meritorio de su sacrificio o de que frente a él todas las alternativas son peores por lo que no habría ninguna (la derrota nazi en Stalingrado no seria explicable desde la economía). Pero también es valido el reverso de la medalla: la economía pudiera llegar a mejorar e, incluso, a andar razonablemente bien, pero, sin embargo, enfrentarse una grave crisis social y política que llegue a hacer saltar al sistema en su conjunto como ocurrió en la desaparecida República Democrática Alemana. La diferencia entre la posibilidad de que se desarrolle un escenario u otro no radica en la economía sino en la subjetividad humana y esta es, por su propia naturaleza, fluctuante. En realidad los factores subjetivos, la lectura de la realidad -falsa o verdadera- que hace el ciudadano común cubano, parece haber tenido un mayor peso en el curso de los acontecimientos que las "objetivas" cifras del PNB y el PIB de 1958 y 1988 recopiladas por los expertos. Una parte de la población podría estar dispuesta a nuevos sacrificios si honradamente creyese que el sistema o las autoridades no son responsables de su situación y sus dirigentes tienen una propuesta creíble para resolverla. Pero también podría llegar a estar dispuesta a la insurrección si se siente injustamente tratada por ellos y cree tener una alternativa a su circunstancia. Barrington Moore en su estudio clásico sobre las causas de la rebelión social, señalaba la necesidad de que se conjugaran tres factores para que pudiese ocurrir una rebelión: a) una parte significativa de los ciudadanos debería sentirse injustamente tratada, b) esa parte de los ciudadanos debería creer que esa situación no es inevitable por existir alternativas viables a su situación, y c) que un hecho sirviese de catalizador a la revuelta. ¿Se dan esas circunstancias en Cuba? No lo parece. En efecto, la mayoría de la población no cree merecer la situación en que vive, pero parte de la culpa se la asigna al bloqueo aunque, de manera creciente, se la relaciona también con la obsolescencia del sistema y la falta de voluntad política para transformarlo. Por otro lado la intolerancia de ciertos sectores minoritarios pero influyentes del exilio y el especial reconocimiento que hasta ahora han recibido de Washington, continúan dando crédito a la tesis gubernamental de que toda alternativa al status quo será peor que la realidad actual, por lo que, supuestamente, "no hay alternativas". Por último, hechos catalíticos han venido ocurriendo con frecuencia y han dado lugar a reacciones violentas por parte de pobladores y autoridades, pero estos incidentes han sido, en su mayoría, poco conocidos por el control oficial sobre los medios informativos. Además, una explosión social puede ocurrir y apagarse con la misma velocidad, tal y como ocurrió con el "maleconazo" del 5 de agosto de 1994. Para que una explosión social se transforme en fuerza kinética, en rebelión generalizada o revolución, -sea cual fuese su orientación ideológica- requiere de un programa capaz de presentarse como expresión del interés general. Esa propuesta programática no se vislumbra con nitidez en los limitados manifiestos y consignas de las fragmentadas fuerzas de oposición.(6) Curiosamente, tampoco el gobierno ni el partido -que carece de programa oficial desde su III Congreso en 1986- han presentado una propuesta programática pública, más allá de sus propias consignas y directrices anuales. En ese contexto, los perfiles de un futuro posible siguen siendo neblinosos para el ciudadano común, por lo que su posición respecto a él es conservadora: "más vale malo conocido que bueno por conocer". Quien desee atisbar el grado de gobernabilidad en el país debería observar, junto a los indicadores macroeconómicos, que pocas veces se traducen en ningún lugar del mundo en beneficios inmediatos a los ciudadanos, otros indicadores del estado psicosocial de la ciudadanía y formularse preguntas tales como: ¿cuál lectura de su cotidianidad hace el ciudadano común en Cuba? ¿Considera que su situación es justa y necesaria? ¿Cree que hay otros modos de remediar la situación existente? ¿Ve en las autoridades la solución a sus problemas o aquellos que presentan un problema a cada solución? ¿El ciudadano ve en el Estado una fuente de soluciones para sus proyectos de felicidad personal o ve en el Estado un ente sin capacidad propositiva, pero con fuerza suficiente para obstaculizar sus propias soluciones cuando llega a imaginarlas? La clave de la seguridad nacional radica en la percepción ciudadana sobre su cotidianidad y perspectivas. Parodiando a Milán Kundera se podría decir que de manera creciente la situación cubana asemeja una "insoportable irrelevancia del poder". Cuando los ciudadanos no ven en las autoridades la solución a sus problemas cotidianos, el poder que ellas detentan se vuelve irrelevante para ellos. La tendencia en esos casos es a buscar proyectos individuales de felicidad al margen de las instituciones y políticas vigentes. Pero si estas últimas se empeñan, adicionalmente, en bloquear esos proyectos individuales y familiares de felicidad, el paisaje institucional no sólo resulta irrelevante sino insoportable al desafío de la cotidianidad. La conclusión más radical y subversiva de los estudiantes chinos congregados frente al Comité Central del PCCH en 1989 estaba resumida en la frase de una de sus pancartas: "¿Quién les ha dicho que los necesitamos?" A ese punto se llega cuando el poder se comporta con sorda soberbia por demasiado tiempo. El estudioso de Cuba está urgido de encontrar un set más holístico de indicadores si desea evitar ser sorprendido por esos movimientos telúricos que de pronto irrumpen en la Historia sin previo aviso, pero que se incuban en el subsuelo de la sociedad por largo tiempo mientras los analistas sólo atendían a lo que ocurría en su superficie.
¿Cuál izquierda? Desde hace algún tiempo ha resurgido el interés por especular en torno a la evolución que experimentará la realidad cubana el día que, de algún modo, desaparezca la persona que ha sido su "máximo líder" por más de cuatro décadas. La mayor parte de esas disquisiciones giran en torno a los escenarios posibles de la transición a la llamada "Cuba Post Castro", o sea, se especula sobre el modo en que ocurrirá la transición, pero muy poco espacio se dedica al tema de hacia donde podría ella dirigirse. En general, esos debates se preocupan más por las políticas que podrían aplicarse en ese proceso de cambios que por las economías políticas que ellas dejarán instaladas en términos de cuotas de poder y distribución de riquezas entre los diferentes sectores sociales. Ese es, sin embargo, el tema que debería priorizar toda persona de izquierda en esta transición, sea funcionario, simple ciudadano, simpatizante, disidente o exiliado ya que -contrario a las etiquetas- las ideas de izquierda cohabitan todos esos espacios junto a las de derecha. La recíproca demonización que han desarrollado las autoridades y aquellos que se les oponen, no se compadece con la realidad. La evidencia apunta a que tanto en uno como en el otro bando existen personas decentes y honradas y otras que no lo son. Suponer que en Cuba "la izquierda está en el poder" es hoy una aseveración debatible. Sin embargo, es posible afirmar (y debatir) la idea de que actualmente existe una izquierda (y una derecha) en Cuba que cohabitan tanto el gobierno como la oposición, como ocurre a menudo en sociedades posrevolucionarias como la cubana. De hecho existen promotores de una reforma neoliberal tanto en la oposición como en la tecnocracia cubana con la única diferencia de que los primeros prefieren que el sector privado lidere ese proceso y los segundos aspiran a que sea el propio partido comunista el encargado de hacerlo. Lo que revela con mayor nitidez la naturaleza de izquierda o derechas de un proyecto de transición hoy día no son las etiquetas ideológicas que unos u otros se adjudiquen, ni las políticas per se que unos u otros propongan, sino las economías políticas que ellas traen aparejadas. Más que discutir aisladamente las políticas económicas que fomenta el gobierno o aquellas que propone la oposición deberíamos interesarnos por conocer primero cuál sería la economía política que quedaría estructurada como resultado de la aplicación integral de unas u otras y que lugar dentro de ella tendría el ciudadano de a pie. Los que proponen estandarizar nuestra institucionalidad con las del resto de los países de la región olvidan que los doscientos millones de latinoamericanos que viven en la pobreza tienen algo que ver con la incapacidad de esas instituciones para resolverles el problema. En ese sentido sería preferible no ser "un país normal", aunque tal aspiración pueda aparecer ante algunos como un ideal deseable después de los sobresaltos revolucionarios de varias décadas. Debemos aspirar a un país decente con una vida decente para todas y todos. La visión oficial del futuro consiste en un eterno "perfeccionamiento" del presente sin llegar nunca a abandonarlo en esencia. Según esa perspectiva, la historia sistémica de Cuba se cierra con las transformaciones llevadas a cabo por el proceso revolucionario de 1959; argumento algo exótico para quienes llevan cuarenta años legitimando su poder amparados por la dialéctica marxista. Su respuesta a los cambiantes desafíos del presente es una suerte de inmovilismo dinámico que denominan "estrategia de resistencia." Lamentablemente, una estrategia de resistencia no equivale a una estrategia de desarrollo. La primera se resume en un conjunto de políticas ad-hoc que pretende preservar el status quo. La segunda demanda de un nuevo paradigma y cosmovisión. Desde su tercer congreso, el PCC ha renunciado a aprobar un programa que explique su percepción del punto en que se halla la nación, explique a dónde y cómo desea conducirla y se fije el compromiso de un plazo de tiempo para lograrlo. Aunque siempre ese ha sido su estilo de dirección, particularmente desde el V Pleno de su Comité Central en 1996, el Partido Comunista de Cuba se limita a solicitar (y exigir) la confianza y obediencia ciegas de la población. El país se ha volcado a sobrevivir, a ganar tiempo en espera de algún milagro interno o exterior (encontrar grandes yacimientos de petróleo o contar con un nuevo mecenas geopolítico), pero carece de un proyecto coherente y viable de desarrollo en las nuevas circunstancias. En cualquier caso, si alguno existe, no se ha hecho público ni sometido al consenso de sus propias elites. Las directivas económicas y los proyectos sectoriales carecen de un marco conceptual que explique hacia cuál economía política se marcha con ellos y, por lo tanto, clarifique el lugar que las distintas clases y sectores ocuparan en la renovada estructura futura del poder económico. De hecho -y aunque muchos no se percaten de ello- la transición desde el desequilibrio actual del sistema hacia otro orden organizativo ha comenzado, pero debido a la renuencia a prever de manera holística el curso de la situación, su evolución hacia el porvenir incluye niveles de riesgo e incertidumbre mucho mayores a los que siempre estarían presentes en un proceso de esta naturaleza. Por otro lado, buena parte de la oposición tampoco parece motivada por discutir el futuro nacional. Les basta con especular sobre el modo en que ocurrirán los cambios porque, al parecer, el futuro es para ellos tan claro e ineluctable como una vez lo fue para los marxistas. En su caso, en lugar del triunfo inevitable del comunismo se trata del advenimiento de la economía de mercado y la democracia pluripartidista, elementos que constituyen una dudosa panacea de muy desiguales resultados en el mundo actual cuando se les atribuye poderes mágicos y se abandonan a su propia lógica. La revolución de 1959 derrocó al "ancien regime" e instauró hacia mediados de la década del setenta una sociedad posrevolucionaria cuya institucionalidad está hoy en conflicto con no pocas visiones y propuestas de la actual agenda de la izquierda internacional. Los conceptos de revolución, contrarrevolución y reforma aparecen de manera persistente asociados a los discursos y discusiones sobre la evolución futura del sistema cubano. Según la versión oficial, la revolución se identifica con el status quo actual y el poder que lo hegemoniza, mientras que los cambios que no partan del poder establecido son, por definición, contrarrevolucionarios. Otras voces promueven el derrocamiento del régimen imperante y su transformación radical y rápida en otro sistema. Unas terceras abogan, desde el gobierno y la sociedad civil, por promover un conjunto de reformas (algunos se inclinan por medidas conservadoras y otros por cambios más radicales) que permitan al sistema evolucionar hacia otro punto de definición de su status quo hasta convertirse en algo realmente nuevo. El empleo de estos conceptos está implícitamente entrelazado con la noción que se tenga del "progreso". Desde el punto de vista sociológico e historiográfico, la revolución de 1959 concluyó su radical etapa de transformaciones estructurales en la primera mitad de la década del 70 al institucionalizar su obra. Lo que hoy existe en la Isla es el nuevo status quo posrevolucionario instituido desde entonces, modelado según la experiencia soviética ("tropicalización" mediante) y reformado en alguna considerable medida desde la desaparición de la URSS, aunque sin llegar nunca a abandonar el régimen político unipartidista, la regimentación de la sociedad civil y una estatización de la economía que apenas está dispuesta a compartir con el capital extranjero. Ese status quo, - congelado en una suerte de "inmovilismo dinámico" que sólo permite variaciones dentro del mismo modelo de sociedad sin desear siquiera explorar las alternativas dentro una concepción flexible de su definición sistémica-, podría ser derribado por una revolución de derechas o de izquierdas, violenta o pacífica, pero ya no por una contrarrevolución. En rigor, por contrarrevolución se define el restablecimiento del status quo ante, y eso es posible sólo en la propaganda oficial o en los sueños revanchistas de un muy minoritario sector de exiliados. Las contrarrevoluciones sólo se hacen posibles cuando las revoluciones son el episodio de una historia de corta de duración que no ha podido aún transformarse en nuevo sistema estructural institucionalizado y abrir una historia de media duración. Napoleón restauró el Imperio pero no el status quo ante porque eso resultaba imposible en términos históricos. Ni el mundo de hoy, ni el país, ni la composición demográfica, cultura y visiones de su población (en territorio nacional y exiliado), son los mismos del amanecer del primero de enero de 1959. En cuanto a las reformas, la discusión más bien sería sobre si un conjunto de medidas endógenas, de naturaleza limitada, sectorial y espaciadas, pudiese o no devolver el sistema a su equilibrio anterior el cual ya dependía, en buena medida, de un hábitat internacional que compensara su ineficiencia. El futuro no será la eterna prórroga del presente, pero tampoco podrá ser nunca el retorno al pasado. Pero otro punto subliminal en este debate es el de la naturaleza "progresista" o "reaccionaria" de la evolución futura del sistema, sea cual fuese la ruta de ella. El desarrollo se equipara cada vez menos con estadísticas de crecimiento económico, para ahora medirse con nuevos y más holísticos indicadores que intentan captar el crecimiento del potencial humano de la sociedad. El nuevo consenso que se va consolidando tiende a situar al centro de cualquier evaluación la capacidad de los procesos de desarrollo para facilitar el pleno ejercicio de los derechos humanos en su totalidad (políticos, civiles, económicos, sociales y culturales.) Sólo las sociedades que progresan en potenciar ese desarrollo social humano son consideradas "progresistas" (sea cual sea su poderío tecnológico o económico.) Todavía hoy, no pocos economistas socialistas, que en su habitual afiliación determinista aceptan la noción de que el actual orden mundial es un producto inalterable de la evolución lineal del progreso histórico, tienden a hacer propuestas de derecha- a veces sin saberlo siquiera-aunque reclamen para sí una identidad de izquierda. También es por eso que algunos liberales coinciden con la visión lineal y determinista del materialismo histórico cuando suponen que el actual sistema capitalista global es comparable con la ley de gravedad y toda discusión sobre posibles alternativas es ignorante y estéril. No pocos de estos últimos profesan una suerte de "leninismo del capital" al asegurarnos que se requiere ceder todo el poder en favor de una vanguardia financiera internacional que supone saber mejor que el resto de la población del planeta lo que más le conviene y que reclama de ella el sacrificio del presente en aras del luminoso porvenir que les reserva el neoliberalismo. Sin embargo, oponerse a un eventual futuro proyecto de nación para Cuba elaborado desde una perspectiva neoliberal no debería implicar apoyar una política de socialismo de Estado que pretende congelar el presente del país. Partiendo del nuevo criterio del progreso, a Cuba se le reconoce un puesto entre los países de desarrollo intermedio no por la obsolescencia tecnológica de amplios sectores de su industria, su ineficaz sistema de explotación agrícola, el tiempo útil que se pierde en interminables colas, ni por las limitaciones al ejercicio de libertades políticas y civiles, sino, principalmente, por sus servicios de atención universal y gratuita a necesidades básicas de la población en materia de salud y educación. Por ello se le reconoció el lugar 56 entre 173 en el informe del PNUD sobre desarrollo humano (2000) aunque varios países de la región (tanto en Latinoamérica como en el Caribe) la aventajan en esa evaluación.
El paradigma de la izquierda del pasado siglo no permitiría asumir esos desafíos porque, en cierto modo, su cosmovisión está en la raíz misma de algunos de ellos. Para dar respuesta apropiada a esos retos se requiere de un nuevo paradigma de desarrollo anclado en una perspectiva integral de derechos humanos, cuestión que dista de la realidad actual que unos pretenden conservar y de la realidad futura que otros desearían materializar en sustitución del actual sistema. En realidad, una agenda adecuada para esta transición reclama, más que de una "nueva izquierda" desde el punto de vista del surgimiento de nuevas organizaciones políticas o el desplazamiento de la iniciativa de una a otra de ellas, el surgimiento de un nuevo pensamiento y perspectiva para los cambios que ya se han iniciado. La izquierda se distinguió siempre de las demás fuerzas políticas de oposición en derivar su fuerza principalmente de una visión y propuesta alternativa de porvenir más que de la critica del presente. Se hace imprescindible la construcción de un nuevo paradigma desde la izquierda que esté dispuesto a explorar el abanico de posibilidades estructurales que se abre más allá del capitalismo y el socialismo realmente existentes y de las ideologías a ellos asociadas. La sociedad cubana toda, como la sociedad internacional en su conjunto, pero de manera aún más perentoria, está necesitada de una revolución del pensamiento. Sólo después de una revolución de nuestra cosmovisión, por ahora anclada en el siglo que dejamos detrás, podremos reiniciar el camino hacia la construcción de sociedades decentes para todos y todas. Entre las fuerzas de izquierda va emergiendo una nueva ética que:
El principal rasgo que distinguió a la izquierda de la derecha el pasado siglo ha sido su creencia de que la igualdad social es posible y deseable, o, si se prefiere, que es posible reducir la desigualdad social por indeseable. A partir de este acto de fe definitorio, como bien explica Norberto Bobbio, la izquierda se ha dividido históricamente entre un ala democrática y otra autoritaria que a veces se organiza de modo totalitario. En el siglo XX fue posible -ese era el implícito consenso, cuestionado por Camus, pero al que se integró Sartre- ser considerado parte de la izquierda si se asumía una clara posición en contra de la desigualdad social y un programa consecuente para su reducción.
Este nuevo conjunto de principios fundantes difiere sustantivamente de aquel otro que asumió un sector revolucionario de las izquierdas -en particular los afiliados a las escuelas de marxistas autoritarios- que por más de cien años generalmente supusieron que las libertades políticas eran asunto de la burguesía, que el desarrollo equivalía a crecer económicamente hasta el infinito "dominando y controlando" a la naturaleza, que la democracia consistía en imponer los criterios de las mayorías sobre las minorías hasta integrar o suprimir a éstas, que toda opresión tenía un carácter clasista por lo que serían resueltas con un desplazamiento de la clase en el poder y que la soberanía de las pequeñas naciones constituía un principio absoluto en la era del imperialismo, por lo que recibía prioridad sobre cualquier otro principio como podría ser el de la violación de derechos políticos y civiles por los gobernantes o el empleo de tecnologías contaminantes para el desarrollo del país. A todo ello se sumaba el criterio de que existía una "ciencia de la revolución" de cuya acertada interpretación era depositaria una "vanguardia' llamada a organizar la insurrección para "apoderarse" del poder y "guiar" a las "masas" en la construcción de la nueva sociedad. Estos eran criterios influyentes dentro de la izquierda revolucionaria cuando en 1953 se inició la revolución cubana. Fue en relación con esa identidad política que una parte sustantiva de la población y de los dirigentes cubanos se adhirió a la izquierda. No sólo la arquitectura habanera y los viejos autos estadounidenses dan una ambientación retro al actual paisaje cubano. El imaginario de la izquierda cubana también necesita ser remozado. Sin embargo, en el inicio de este nuevo siglo no es el medio ambiente el único que ha resultado contaminado. También el lenguaje ha venido perdiendo precisión comunicativa al ser sometidos los conceptos a las necesidades políticas de diferentes grupos e instituciones. La propagación de la polisemia es al lenguaje lo que la contaminación tóxica representa a diversos ecosistemas. Palabras como democracia, desarrollo, participación, humanitarismo y otras, hoy son empleadas tanto por los movimientos de resistencia antisistémicos como por empresas transnacionales, el Banco Mundial, la OTAN y otras instituciones que les atribuyen significados diferentes. Una nueva izquierda cubana debe dar definiciones precisas al contenido que atribuye a aquellas palabras que se presten a una ambigua interpretación. Pero si deseásemos resumir la identidad de las personas de izquierda y progresistas pudiera decirse que - ante todo y siempre en lo adelante- equivale a ser decente. Y ser decente hoy día no es atenerse individualmente a los convencionalismos morales del "sentido común" de algún tiempo o lugar dictados desde una secta moralista o iglesia, sea esta metafísica o laica, sino apegarse política y socialmente a ciertos principios éticos universalmente reconocidos y ya consagrados en los instrumentos internacionales de derechos humanos vigentes en la actualidad. Una nueva izquierda ha de tomarse en serio la promesa de la modernidad y darse a la construcción de sociedades en que la exclusión social y económica haya sido erradicada sin pagar el precio de la pérdida de las libertades individuales y en que el poder haya sido finalmente socializado y esté bajo control ciudadano. La sociedad decente Pese a que el concepto decencia pertenece al reino de los estudios éticos y por ello es esquivado por los sociólogos y politólogos que no lo consideran una categoría científica, lo cierto es cualquier historiador o filosofo conoce el potencial normativo que esa palabra puede conllevar, para bien y para mal. La renuencia es comprensible: la intolerancia ha acudido siempre al concepto de "decencia" para excluir y perseguir la otredad. Sin embargo, lo cierto es que si las iniciativas de los actores sociales responden a percepciones de la realidad construidas socialmente y están obligadas a legitimarse como beneficiosas al bienestar común si desean tener consecuencias prácticas, entonces los criterios éticos invocados desde la cultura adquieren fuerza política. Desde ellos se construyen identidades que permiten la movilización social. De ahí que algunos científicos sociales comiencen a reconsiderar este concepto en sus análisis y propuestas intentando subvertir su contenido tradicional en lo opuesto: una sociedad decente se caracterizaría, precisamente, por la tolerancia y el respeto a la dignidad del otro. Tal es el caso de Margalit en su libro sobre "La Sociedad Decente" donde se vale de ese término para ejercer una crítica a la teoría de la justicia de Rawls. Sus observaciones y propuesta merecen ser consideradas. Como explica Avishait Margalit (1998) (7), construir sociedades decentes implica mucho más que construir sociedades justas. La sociedad decente no sólo distribuye de manera justa, sino exige el respeto a la dignidad de cada uno de sus miembros. Hay formas de distribuir justas que no son decentes, porque atentan -al ejercerse de manera clientelista y paternalista- contra la dignidad de los beneficiarios a los que se priva de autonomía -y por tanto de su humanidad- a cambio de seguridad social. De Hitler a Franco pasando por Stalin, casi todo régimen totalitario de derechas e izquierdas traficó con una serie de beneficios y servicios sociales a cambio de la supresión de derechos políticos y civiles. El usufructo de esos servicios podría considerarse como un beneficio social, pero difícilmente podrían confundirse con el ejercicio de derechos económicos, sociales y culturales por los usufructuarios. Estos no están en condiciones de autonomía para debatir libremente el modo de organizar la distribución ni de ejercer sobre ella la soberanía de la nación, que no hay que confundir con la soberanía estatal. Al ser otorgados como dádiva del Estado que debe ser correspondida con obediencia ciudadana y no como derechos inalienables de cada persona, la justicia del reparto se transforma en un atentado al decoro de quien los recibe. Cualquier crítica hacia los "distribuidores" se percibe como una ingratitud intolerable. El empleo del concepto de "sociedad decente" para abordar la discusión en torno a esta nueva transición cubana pudiera tener otro beneficio práctico. Como ya se señaló, los conceptos de capitalismo y socialismo como alternativas a escoger pueden resultar confusos, cargados de significados emotivos, polarizantes y poco descriptivos. Los defensores de la opción "capitalista" estarían obligados a describir en detalle a cuál tipo de Estado, régimen y gobierno capitalistas desean adherir su proyecto. Según el modo en que se definan esos tres elementos y las conexiones que se establezcan entre ellos se delineará a cuál modelo capitalista se propone adherir la actual transición. Estos varían de un país a otro según su historia y cultura, por lo que frases generales respecto a las virtudes de la democracia y la economía de mercado resultan insuficientes para ganarle adeptos a su propuesta. Pero otro tanto ocurrirá a quien proponga nuevamente "el socialismo" como alternativa preferible en esta transición. Estos últimos tendrían la desventaja adicional de enfrentar el debate cargando a cuestas una experiencia socialista cuyo encanto se agotó en cuatro décadas de estatismo autoritario. Por otra parte, la izquierda tiene fama de distribuir la riqueza existente pero no de crear nuevas riquezas en cantidades suficientes y de modo eficiente dentro de un marco de exigencia de la responsabilidad social y ambiental de las empresas. Un importante desafío de una nueva izquierda cubana es ser capaz de demostrar que sabe producir de manera eficiente y distribuir de forma justa que, por serlo, no puede ser igualitaria. La equidad de oportunidades y la garantía de estar protegidos frente a la exclusión social son aspiraciones que no deben confundirse con el igualitarismo que hace tabla rasa del esfuerzo y aporte individual a la sociedad. Quizás sería más productivo dejar al margen las modernas etiquetas ideológicas e intentar definir cuál paisaje institucional se requiere para rediseñar las relaciones entre el Estado, el Mercado y la Sociedad Civil, de manera tal que se faciliten modos de convivencia (económica, cultural y social) inclusivos así como políticamente tolerantes. El debate en torno a una sociedad decente implica el reto de imaginar una institucionalidad basada en principios que impidan que el triunfo de unos siempre se realice a expensas del otro. La sociedad decente reclama un marco en que cada cual tenga la posibilidad de salir en búsqueda de su felicidad (lo cual siempre es una responsabilidad personal) en un contexto en el que su triunfo no implique una pérdida intolerable para otros. Una sociedad decente debe intentar que su sistema de organización facilite el que, en la mayoría de los casos, todos ganemos en nuestra relación cotidiana y así se pueda sustituir a las sociedades modernas (capitalistas y socialistas) en las que, en demasiadas instancias, para que alguien gane otros tienen que perder. La sociedad decente, como toda sociedad humana, es conflictiva. No promete ni aspira a un nuevo paraíso utópico de armonía social, sino un mejor modo de acomodar y resolver pacíficamente los conflictos en su interior. No hay que perder de vista tampoco que casi es imposible encontrar hoy sociedades que puedan presentarse como puramente capitalistas o socialistas. En casi todos los países capitalistas la lucha popular ha impuesto a la lógica del mercado ciertos principios del ideario socialista y ha redefinido el alcance de la participación democrática. En los Estados Unidos las mujeres -que constituían la mitad de la población- no alcanzaron a ser incluidas en el sufragio universal hasta la década del veinte del pasado siglo. En los países de socialismo de Estado que sobrevivieron al naufragio de 1989 e incluso desde antes, el mercado viene permeando sus estructuras y lógica de funcionamiento aunque el régimen político retenga su esencia autoritaria. Cuba no es el único país que tiene un sistema de educación y de salud de acceso universales. Los marxistas que acostumbraban aludir el pasaje bíblico en que Jesús expulsó a latigazos a los mercaderes del templo como justificación de sus políticas igualitaristas, olvidaron el detalle de que el profeta de Belén, explicó esa acción a sus seguidores sobre la base de que los mercaderes habían convertido en lugar de especulación y ventas al sagrado espacio de oración. Jesús expulsó del templo a los mercaderes, no de Jerusalén. El mercado existe desde antes de los fenicios hasta nuestros días. Es una institución más longeva que la iglesia católica y ha demostrado ser capaz de asumir múltiples lógicas y estructuras organizativas desde la prehistoria hasta el presente. Algunas de ella son tremendamente eficientes desde el punto de vista empresarial, pero poco eficaces o incluso nocivas desde criterios sociales y ambientales. Un reto central en la construcción de una sociedad decente es el de encontrar el mejor modo de conciliar eficiencia y eficacia en su funcionamiento en general y en la economía en particular. Toda concepción de la economía se enmarca en una concepción del mundo, el individuo y la sociedad (8). Si la eficiencia económica la fija la relación costo-beneficio, la eficacia económica está determinada por la capacidad de esta esfera de servir la finalidad social de reducir la inadaptabilidad de la naturaleza a sus necesidades. Y hoy podría agregarse a esa definición el que la eficacia también ha de ser el modo menos conflictivo y más eficiente de conciliar las tres esferas que se relacionan en los procesos productivos: la humana, la medio ambiental y la financiera. Cualquier vínculo entre ellas que tienda al beneficio de una en detrimento de las restantes pudiese resultar eficiente, pero no eficaz. La supuesta dicotomía entre Estado y Mercado es un falso punto de partida para buscar una sociedad decente. Es necesario ir a la descripción del tipo de Estado y de Mercado que se proponen y del tipo de relacionamiento recíprocos que se promueven, así como del de ambos con la sociedad civil. La necesidad de empujar la revolución inconclusa de la democracia hacia una nueva etapa y definición sistémica pasa por ese ejercicio imaginativo. Orientar la economía hacia el cumplimiento de su finalidad social no reclama -como se ha pretendido hasta el presente- de la propiedad y administración directas y monopólicas de todas las empresas por el Estado. Todo estado tiene a su disposición un amplio abanico de instrumentos fiscales indirectos para incentivar la inversión o emigración de capitales de una rama a otra de la economía como son el manejo de aranceles y sistemas impositivos, las políticas salariales, los subsidios directos y otras. La creación de empresas puede fomentarse y funcionar de manera lucrativa y no lucrativa, como cooperativas, microempresas, empresas privadas y estatales, de capital nacional o extranjero y en combinaciones mixtas entre todas esas variantes. De entenderse beneficioso, las empresas estatales también pueden ser arrendadas o cedidas en usufructo a sus propios trabajadores sin necesidad de traspasar la propiedad publica al sector privado de la economía. Lo que se requiere en realidad es la definición de lo que se espera de cada uno de esos espacios; dónde se deben interpenetrar y en qué lugar se han de excluir el Estado y el Mercado. Se hace necesario, por decirlo de otro modo, deslindar los templos sagrados. Dónde es que el mercado puede o no estar presente y actuar, pero siempre subordinado a una estricta lógica social dictada desde las otras dos esferas (Estado y Sociedad Civil) y dónde se le permitirá buscar la eficiencia con mayores márgenes de libertad, aunque respetando los principios generales de la sociedad decente. El principio que debe asegurar una sociedad decente no es el de la exclusión de las instituciones privadas de los sistemas de educación y salud, por ejemplo, sino el de garantizar el acceso universal ciudadano a esos servicios y el que cuenten con la calidad correspondiente. Para ello ya existen en otros países múltiples experiencias de arreglos entre el Estado y el sector privado para el financiamiento de la extensión de esos servicios a cualquier ciudadano sea cual sea su poder adquisitivo. No hay que copiarlas; hay que estudiarlas y diseñar la que mejor sirva al país. La sociedad decente se orienta a la inclusión social pero no se limita a ella. Mientras que las sociedades justas priorizan la distribución, la sociedad decente hace del respeto a la dignidad individual una condicionante de los modelos de justicia distributiva. Distribuir sin humillar es su apotegma. No pretende ser garante de la felicidad individual, sino de los espacios adecuados para su búsqueda. Pero para poder garantizar esos principios se hace imperativo hacer de la política el templo deslucratizado y exclusivo del interés común. Lo que ha desvirtuado el pluralismo político y los sistemas multipartidistas ha sido el financiamiento privado de las contiendas electorales, el control privado de los accesos mediáticos de los políticos al gran publico, la falta de transparencia en las prácticas gubernamentales, y mecanismos de diseño, toma de decisión e implementación de políticas que escapan al control permanente de la soberanía ciudadana. Lo que hoy está en crisis en más de un lugar no es la democracia, sino una manera determinada de entenderla y de definir la cultura política en que aquella ha de funcionar. Desechar el pensamiento democrático y la posibilidad real de democratizar la democracia está facilitando el surgimiento de nuevos aspirantes a caudillos -de derechas e izquierdas, de Italia a Venezuela- tan o más demagogos en su populismo que los que ya conocimos el pasado siglo. Transición y cultura politica La nueva democracia tiene que respetar todos los derechos de todas y todos. Ninguna causa, por justa que sea, autoriza a nadie, por popular que sea o haya sido alguna vez, a pisotear los derechos políticos y civiles de una persona, por impopular que ésta pueda resultar en ese instante. El grado de humanismo de una sociedad se mide no sólo por sus escuelas y hospitales, sino también por las garantías del sistema judicial y por el trato que dispensa a los inquilinos de sus penitenciarias. Al suprimir el derecho de libre expresión, someter todos los medios de prensa al control estatal y sostener un sistema de monitoreo sobre la "participación" de los ciudadanos en las manifestaciones de apoyo al gobierno, los dirigentes crean un espejismo de armonía social que termina seduciéndolos a ellos mismos. Todo está bajo el celoso control del Estado: sus funcionarios, la sociedad civil, la economía, la oposición. Todo, menos los pensamientos íntimos de los ciudadanos. Ninguna tecnología alcanza aún a leer las ideas que alguien tiene en su cabeza en un momento dado, asunto descubierto por Ceaucesco en la última manifestación de apoyo a su Partido -que se viró en contra suya en plena plaza pública- a apenas una semana de haber celebrado exitosamente su literalmente último congreso. Se puede suprimir la libertad de palabra, pero nadie ha podido nunca llegar a suprimir totalmente el pensamiento de las personas. En este asunto resulta pertinente recordar que aquel que impone la intolerancia como norma de gobierno empuja a sus ciudadanos al uso de antifaces ideológicos con que encubrir sus ideas y, de ese modo, lejos de asegurarse el poder puede llevarse un buen susto cualquier día. Para avanzar a hacia la meta de definir los contornos de una sociedad decente, se necesita primero de la creación de espacios de libre discusión entre todos. Las autoridades controlan, limitan y regimientan -en mayor o menor medida- los espacios públicos de discusión, pero se le hace imposible monitorear los pequeños intercambios privados de ideas. Hoy la polémica -aunque todavía no el diálogo- en torno a diferentes ideas sobre la concepción del futuro se ha venido abriendo paso pese a los inútiles esfuerzos de las autoridades por decretar el fin de la historia cubana. Estas polémicas tienen marcos conceptuales fluctuantes para su ejercicio (lo que hoy se permite debatir puede no serlo mañana) pero tienen, aun así, un valor intrínseco. Su mayor insuficiencia como instrumento de esta transición radica en su naturaleza misma. La polémica supone partes que confrontan sus convicciones sólo para buscar los puntos flacos de la argumentación de su adversario y "destruirlos", haciendo así prevalecer las convicciones propias. Él diálogo supone partes que asumen el reconocimiento del derecho a la otredad en materia de ideas, que comprenden la insuficiencia y provisionalidad permanentes de toda verdad y procuran aprender de los señalamientos críticos de su contraparte los elementos débiles de la propia argumentación para considerar su eventual reformulación. El objetivo del diálogo es la búsqueda conjunta de nuevas verdades más allá de las existentes, no la imposición de la propia o la supresión del otro. La actual transición cubana necesita de diálogos mucho más que de polémicas. La política de EEUU hacia Cuba no puede continuar siendo la justificación para la prohibición del dialogo informado, plural y democrático entre todos los componentes de la nación: funcionarios y ciudadanos. El respeto al ejercicio de las libertades políticas y civiles, lejos de ser una amenaza a la seguridad nacional frente a la posibilidad de un renovado intervencionismo militar de Estados Unidos -cuya posibilidad es siempre real- constituye hoy el único modo de proveer al sistema de espacios para la reconstrucción de los consensos y su retroalimentación critico-constructiva. Por otra parte, si fuese cierto que debido a la existencia de Estados Unidos y su permanente hostilidad no es posible aspirar a las libertades por las que se luchó, entonces se podría declarar ya a EEUU vencedor de este conflicto porque, según esa lógica, sin necesidad de ocupar el país, impidió ser plenamente libres a los cubanos, frustrando para siempre su proyecto revolucionario de 1959. Estados Unidos, la única superpotencia mundial actualmente y con una larga historia de intervenciones e injerencias en los asuntos latinoamericanos, ha sido, es y será una constante inescapable en la historia de Cuba. Por eso la agenda de la democracia interna de Cuba no puede supeditarse indefinidamente a la política de su vecino. Pero la política de los estados no se basa en las buenas o malas intenciones de sus gobernantes, sino en la libertad de maniobra de la que puedan o no disfrutar para llevar a cabo sus intenciones. Los grupos que al interior del Movimiento 26 de Julio y del PSP estaban comprometidos con la idea de llevar el proceso cubano a una alianza con la URSS quizás no hubiesen podido materializar sus intenciones si la intolerancia de EEUU no les hubiera facilitado su labor. Ahora le toca a los cubanos no facilitarles la labor a quienes abogan por posiciones extremas respecto a Cuba al interior de la clase política estadounidense. En todo caso, la izquierda cubana debe tener presente que una cosa es restablecer relaciones con EEUU y otra -mucho más compleja- es normalizarlas. Normalizar las relaciones con EEUU será una tarea menos que imposible a menos que las diferentes elites de poder que actúan dentro del sistema poliárquico de ese país lleguen a un nuevo consenso respecto a Cuba. Es tarea de una nueva izquierda cubana persuadir a las elites de poder estadounidenses de que cualquier intento de retrotraer las relaciones bilaterales a aquellas de continua injerencia que las caracterizaron durante los primeros cincuenta años de república sólo resultará en una nueva ingobernabilidad. La democratización de la sociedad cubana no es una capitulación ante EEUU si ella no se limita al restablecimiento formal de las libertades políticas y civiles, sino se avanza hacia la construcción de una autentica democracia participativa con completo y pleno respeto a toda la gama de derechos políticos, civiles, económicos, sociales y culturales. Eso sería un triunfo de la izquierda (tanto socialista como liberal) y no su derrota, como quisieran hacer ver los partidarios del "inmovilismo dinámico". De ser una derrota, lo sería solamente para aquella derecha (tanto neoliberal como comunista)que se identifica con el poder autoritario o totalitario de la burocracia o del mercado. Para una nueva izquierda cubana esto implica un desafío de imaginación, sabiduría y coraje. Dentro de esa aspiración es indispensable comenzar a construir, desde ahora, una nueva relación soberana con el vecino del Norte. Cualquiera que sea la evolución futura de la sociedad cubana y la incertidumbre que respecto a ella podamos tener, sabemos que siempre estará presidida por una constante inescapable: la necesidad de convivir con Estados Unidos a 90 millas de sus costas. Frente a ese dato se pueden adoptar dos actitudes: a) resignarse a la vieja tesis del "fatalismo geográfico" que hegemonizó a buena parte del pensamiento político del pasado siglo cubano o, b) encontrar la fórmula más adecuada para acomodar esa conflictiva relación con una superpotencia que no ha aprendido del todo a dejar atrás su visión imperial de la realidad internacional, la cual toma nuevas fuerzas de vez en cuando. A la izquierda cubana siempre le corresponderá responder a ese último desafío. Pero en este tema el problema no consiste en la pretendida -aunque falsa- subordinación de la política doméstica a la exterior, sino lo inverso. Una posición de fuerte independencia demanda un sólido consenso interno en torno a las políticas gubernamentales. La legitimidad del poder debe descansar en su capacidad para responder satisfactoriamente a las demandas de los diferentes sectores sociales y no en ser el pretendido porta-estandarte de la bandera nacional en una confrontación externa que atiza cada vez que presiente su extinción. Y en el plano interno el asunto no se reduce, como suponen muchos, a cambiar a los políticos y sus políticas. De lo que se trata en el fondo es de la necesidad de sustituir a la actual cultura política en su conjunto. Se hace necesaria una nueva comprensión del contenido de "lo político", del espacio que ocupa la esfera pública, de la integración a la clase política de los representantes de la sociedad civil y no sólo de los partidos. Es urgente que una nueva izquierda redefina las concepciones de la política y las formas de hacer política. Que imagine el diseño de una nueva institucionalidad democrática participativa en que el poder alcance mayores niveles de socialización que nunca antes. Es necesario conocer: ¿cuáles cambios desean los trabajadores, los campesinos, los profesionales, artistas, intelectuales, pequeños propietarios, la población? ¿Cuál transición? ¿Cuál Cuba desean hoy sus ciudadanos? ¿Cuáles son las Cubas posibles? Lo cierto es que esas expectativas son a menudo conflictivas y el reto político consiste en construir los espacios de diálogo y propuesta donde puedan ser identificados y promovidos los elementos de consenso que hagan posible la convivencia. Frente al país se abren hoy varios futuros posibles porque existe más de un cambio y de una transición posible. Pero, ¿cómo conocer cuáles son las opciones deseadas por los distintos sectores de población? ¿Cómo construirlas intelectualmente y negociarlas políticamente antes de que un vulgar pragmatismo, proveniente de ciertos sectores (neo)liberales de la nomenklatura o de la oposición, imponga el rumbo de los acontecimientos? Una nueva cultura política -transformada en espacio de diálogo y negociación en lugar de la denuncia y confrontación que hoy la caracterizan- sería la mejor respuesta a esos desafíos. Una auténtica propuesta progresista para esta transición debería también intentar asegurar la adecuada y oportuna inserción de Cuba en el proceso de globalización mundial capitalista (hay otros mundos posibles, pero ninguno diferente, por ahora, al cual adherirse) y contener, cuando no sea posible neutralizar, sus aspectos negativos a partir del establecimiento de una auténtica democracia, tan electoral para los partidos como participativa para la sociedad civil. Ello reclama a su vez un sólido estado de derecho, una economía mixta que sea inclusiva en lo social y responsable en lo ecológico, así como de una cultura tolerante y solidaria. Se debería procurar, sobre todo, que el justo y necesario restablecimiento de las libertades individuales que el liberalismo trajo al mundo moderno pueda esta vez complementarse con el efectivo ejercicio de los derechos sociales, culturales y económicos de los ciudadanos por los que las corrientes socialistas lucharon desde el siglo XIX. Desde ese contexto social y político será entonces factible continuar bregando por aquel otro mundo posible y necesario al que no deberíamos ni tenemos que renunciar en el marco de una globalización humanizada. Por supuesto, siempre habrá tantas propuestas de transición como proyectos de poder existan hoy, de manera latente o explícita, entre los distintos sectores y clases sociales en Cuba y en el exilio. Cada una de ellas apuntará inevitablemente hacia una economía política que favorezca preferentemente sus intereses de grupo. Del mismo modo existe hoy cierto grupo que favorece la defensa del actual status quo porque se beneficia de su existencia al disfrutar de una cuota desproporcionada de poder como resultado de la economía política vigente. El verdadero desafío inmediato consiste en iniciar el diálogo y construcción democrática de una transición consensuada en que quepan todos sin que un sector pueda ejercer su dominación excluyendo los intereses de los restantes grupos. Particular aporte a ese dialogo podría arrojar la búsqueda de consensos entre liberales y socialistas cubanos sobre ciertos puntos. Por izquierda y derecha no suponemos a socialistas y liberales. No se trata de etiquetas equivalentes. Hay socialistas que han promovido políticas de derecha y liberales que se han identificado con la sensibilidad social de la izquierda. Ambas corrientes han podido, cada una a su manera, jugar un papel "progresista" o "reaccionario" según las circunstancias y momentos históricos. En ese sentido podría decirse que socialistas y liberales tienen ambos su izquierda y derecha. También podría comprenderse mejor como, en determinadas circunstancias, la izquierda puede quedar integrada tanto por elementos socialistas como liberales y a la derecha ocurrirle otro tanto. No hay que elegir entre Friedrich von Hayek y Stalin; afortunadamente hay otras opciones. Al enfrentarse en defensa de las libertades y derechos políticos y civiles de los ciudadanos a los regímenes totalitarios de socialismo de Estado, los liberales han jugado un papel progresista frente las corrientes autoritarias de la izquierda. Al cuestionar los limites del liberalismo para asegurar los derechos económicos, sociales y culturales de los ciudadanos frente a la lógica ciega del mercado, la izquierda contemporánea ha jugado un papel progresista frente a las corrientes fundamentalistas del liberalismo. El único modo de conocer la opinión ajena y construir consensos es conviviendo con el disenso y la herejía internas; aprendiendo a verlas como un valor agregado en lugar de cómo el anticristo. Para ello urge la desmilitarización de la cultura política nacional. La disensión tiene que pasar a ser percibida como adversaria en lugar de cómo enemiga. El sistema político debe rediseñarse para facilitar los espacios de diálogo y negociación en lugar del sitio en que se forjan los instrumentos para aplastar al adversario ideológico.
Conclusión "¿Cuál es nuestro ideal? El de una sociedad donde todos tengan derecho a sus ideas políticas, fueren cuales fueren, donde todos tengan derecho a sus ideas religiosas, sean cuales fueren, donde todos tengan derecho a la libertad, sean mayoría o sean minoría. Ni el imperio de la minoría sobre una mayoría, ni el terror de una mayoría sobre una minoría. Democracia en el sentido real, no dictadura ni oligarquía; democracia en el sentido real sobre una base de justicia social. Tracémonos nuestra meta y luchemos por ella." (Discurso de Fidel Castro en Montevideo, Uruguay, el 5 de mayo de 1959). En la década del 60, la revolución cubana contribuyó, de manera significativa, a desatar una nueva ola de pensamiento radical y revolucionario que sacudió el planeta y apuntaba también a la subversión del esclerotizado ideario de la izquierda tradicional. Muchas de sus políticas iniciales en aquellos primeros años le granjearon la sincera simpatía de millones de personas en todo el mundo. Sin embargo, de modo paradójico, el proceso revolucionario conformó desde temprano un esquema político autoritario que conjugaba algunas sanas herejías con otras políticas cada vez más impresentables. Numerosos aspectos de la política actual (sobre todo en el plano doméstico) reflejan la distancia que ha venido tomando el proceso cubano de aquel movimiento de renovación mundial del pensamiento progresista que, ciertamente, la revolución alimentó en aquellos años -a veces más allá de sus propios deseos- y que hoy le resulta subversivo. Nada parece irritar más a las autoridades cubanas que aquellas criticas que se le formulan desde la izquierda del espectro político. Aquí la identidad del poder se expresa de manera directamente proporcional a sus márgenes de gobernabilidad interna por lo que la monopolización simbólica de la identidad de izquierda es un asunto extremadamente sensible para el liderazgo cubano. El fenómeno no es nuevo. Stalin, Mao y otros líderes siempre priorizaron el asesinato (político y/o físico) de cualquier potencial disidente al interior del círculo de sus simpatizantes y militantes por encima de la atención que estaban obligados a prestar a sus verdaderos enemigos de clase internos o exteriores. Liquidar a Preobrazensky, Bujarin o Trotsky constituía una obsesión absoluta para Stalin que, sin embargo, se permitió subestimar, hasta el día que fue invadida la URSS, las intenciones de Hitler. Nadie puede sentarse nunca a la zurda de un liderazgo que pretende ser la única representación simbólica de esa posición política en países que derivan parte sustantiva de su legitimidad interna de sus orígenes revolucionarios. En Cuba también ocurre que cualquier pretensión de situarse a su izquierda, especialmente en lo referido a asuntos de política domestica, provoca una auténtica urticaria y los que han alzado su voz por ese lado del espectro político se han visto de inmediato sometidos a brutales campañas de descalificación personal y política. Como alguien aseveró alguna vez: en el capitalismo el futuro es siempre incierto, mientras que en el socialismo nadie puede asegurar su pasado frente a la ira del Estado. La irritación proviene de la necesidad que tiene el gobierno y Partido de monopolizar la identidad de izquierda dentro de Cuba y proyectarse con esa imagen internacionalmente frente a sus simpatizantes históricos. Esa tarea, sin embargo, se va haciendo cada vez más difícil. El gobierno cubano "se identifica con las luchas de los pueblos de la región", pero mantiene excelentes relaciones con los gobiernos que le hacen el juego, desde la dictadura civil de Fujimore hasta el gobierno corporativo del PRI. Mantiene sus contactos con los movimientos revolucionarios de ciertos países, mientras instruye y emplea a algunos de sus más brillantes diplomáticos en forjar dudosos "pactos de caballeros" con los representantes de esos mismos regímenes en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU en un errático esfuerzo por esquivar cualquier resolución crítica en ese foro. Envió miles de soldados internacionalistas a defender el derecho de autodeterminación e independencia en África frente al régimen de apartheid, pero se solidarizó también, hasta el último minuto, con el régimen de Suharto frente a igual reclamo por parte del pueblo de Timor del Este. Apoya el derecho de los pueblos africanos a vivir en libertad y desarrollarse, pero entrenó a la escolta militar de dictadores sangrientos como Amín en esa misma región. Envía primero a su Vicepresidente a Suiza a participar en el Foro de Davos y luego al Presidente de la Asamblea Nacional a protestar contra Davos en Porto Alegre. Condena las restricciones al derecho de los ciudadanos de Estados Unidos para que viajen a Cuba, pero mantiene un mecanismo estalinista de "permisos de salida" y "permisos de entrada" que tienen que ser previamente otorgados por el Estado a cualquier ciudadano cubano que desee viajar a otro país o retornar al propio, aunque tan solo sea de visita. Se solidariza con los manifestantes contra la globalización en Quebec y denuncia la represión de la que son objeto por la policía canadiense, pero nunca ha permitido una sola manifestación pacífica en las calles de Cuba en las últimas cuatro décadas para protestar sobre ningún tema de política nacional. Llama a la solidaridad con los cinco oficiales de inteligencia cubanos de la "Red Avispa" infiltrados y actualmente detenidos en EEUU, cuando los pasan arbitrariamente a una celda de castigo, pero mantiene al disidente Vladimiro Roca desde hace cuatro años detenido -tres de ellos en celdas de castigo- en una penitenciaría a más de 400Kms de su familia, en un país que apenas cuenta con transporte público, por el delito de suscribir una proclama pacífica declarando que "la Patria es de todos" y no sólo del Partido Comunista. Moviliza al mundo para reunificar a Elián González con su padre, pero sostiene una política de castigar -bloqueando su reunificación familiar por periodos de uno a cinco años- a esposas, madres, padres e hijos de aquellos de sus parientes que hayan decidido permanecer en el exterior al concluir alguna visita o |