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José Luis López Bulla Se entiende que la acción cultural del sindicalismo hacia el Estado del bienestar no se refiere a un abstracto momento del siglo XXI, sino a partir de ahora mismo que ya es siglo XXI. Dicha esta no innecesaria obviedad, me propongo sin más dilación entrar en materia. Ustedes saben que la génesis y desarrollo del "welfare state" se establece en los momentos de organización de la producción y los servicios de carácter fordista-taylorista. Es ya un tópico que el modelo fordista (no así el taylorista) ha pasado a otra vida. Además, también sabemos que se ha agotado la tradicional ecuación "crecimiento-ocupación": es decir, la innovación técnica y los progresos de la industria no se traducen en incrementos del empleo sino que, al contrario, "ahorran" trabajo, utilizando voluntariamente un término neutro. Por otra parte, cada vez cobra mayor fuerza la centralidad de la cuestión ecológica poniendo en entredicho los parámetros de la relación entre el hombre y la naturaleza. Estas novedades (el desplazamiento del fordismo, la inecuación crecimiento-empleo y el asunto ecológico, todo ello en el nuevo contexto de la globalización) requieren la reflexión que este Foro solicita. Por otra parte, se está consolidando una novedad que no aparece en las investigaciones de los estudiosos de las políticas de "welfare": hoy no es solamente el sindicalismo confederal el único sujeto que reclama medidas de Estado de bienestar, pues existen amplios movimientos organizados, de naturaleza sectorial, que están en el cogollo de esa acción reivindicativa; ello supone una variante considerable con relación a épocas pasadas como veremos más adelante. El "desplazamiento" del fordismo es un hecho visible. No así del taylorismo que mantiene los rasgos centrales que le caracterizan, aunque es lógico que no disponga hoy en día su antiguo carácter prusiano. Debo decir de manera abrupta que el sindicalismo confederal sigue moviéndose culturalmente en el paradigma fordista como lo demuestra todas las concertaciones de los últimos años, y como lo prueban los contenidos de los convenios colectivos de cualquier ámbito. Para complicar todavía más las cosas, la izquierda política no se puede decir que tenga una mirada más clarividente. Todo ello nos coloca ante la siguiente disfunción: el centro de trabajo ha dejado de ser esencialmente fordista, mientras que las políticas que reivindican parcelas o reformas de Estado de bienestar siguen siendo pensadas en clave fordista. Porque la naturaleza de los sujetos sociales y políticos mantienen su carácter fordista, ya en vías de extinción. Más todavía, la legislación laboral (uno de los grandes pilares del "welfare state") está anclada en la etapa anterior a la más reciente innovación tecnológica: aquella que se está produciendo desde hace veinte o treinta años. Como acostumbra a decir el maestro iuslaboralista Umberto Romagnoli "el derecho laboral está en el congelador". Así las cosas, los que de verdad quieren laminar el Estado de bienestar tienen demasiadas ventajas. Porque su interés no es otro que el de trasladar la enorme masa financiera que sostiene los sistemas públicos de protección social al territorio de los negocios privados, eliminado (además) los controles democráticos de las políticas públicas de protección social. Esto es, pasar del "welfare state" al "welfare" empresarial. El panorama no estaría completo si no se añadieran algunos elementos más: el desplazamiento del fordismo está conllevando la aparición de nuevas subjetividades y nuevas reivindicaciones: crecen nuevas demandas sociales de nuevo tipo que se refieren al medioambiente, la calidad de la vida, el sistema de relaciones humanas, la cuestión urbana y la condición humana en las ciudades que no son atendidas y cuando se abordan por los sujetos sociales y políticos, quedan referidos a los mismos "estilos" de la situación fordista. Pues sí, es evidente que los adversarios de las políticas públicas tienen excesivas facilidades. Quiero decir que la izquierda social y política está ofreciendo, por falta de luces, muchas comodidades a los adversarios declarados o subrepticios del Estado de bienestar. Las preguntas que me hago son: ¿cómo se sale de este embrollo? y ¿de qué manera podemos rastrear algunas pistas que nos aproximen a resolver este problema tan gordo? Hablaré de los mínimos prerrequisitos, quiero decir, de esas pistas imprescindibles o, en palabras de George Steiner, de esas "metáforas de trabajo". Unos prerrequisitos o precondiciones que hoy son más importantes que nunca porque el Estado de bienestar se enfrenta, a partir de hoy, a uno de los desafíos más relevantes, a saber, las políticas que se necesitan para abordar el hecho migratorio que siempre estará de palpitante actualidad. Y ahí van algunas de mis reflexiones. Recalco el carácter de mis reflexiones: se referirán a los prerrequisitos que deben configurar un nuevo Estado de bienestar.
Primero Hasta ahora las izquierdas han basado su cultura (ya sea política, ya sea social) en un discurso que sólo, y solamente, se refería a la distribución, y sobre ello han construido y consolidado su razonamiento y sus propuestas. La producción, de bienes y servicios, siempre quedó excluida de los análisis y proyectos de la izquierda, así de los partidos como del sindicalismo confederal. Hasta tal punto ha sido de esta manera que todos los sistemas de organización del trabajo nunca fueron patrimonio de la inventiva de las izquierdas. De manera que el "monopolio del discurso de la producción" (es decir, qué y cómo se produce), siempre en manos de la derecha económica, condicionó que el Estado de bienestar (cuya conquista de civilización no se discute en absoluto) estuviera referido sólo, y solamente también, a la distribución. Hasta tal punto el "olvido" de intervenir en la producción ha sido tal que ningún sistema de organización del trabajo ha sido ideado por la izquierda social y política. Hasta tal punto la desresponsabilización ha sido superlativa que nunca se pusieron en cuestión los sistemas de organización del trabajo: se discutió su "abuso", pero nunca su "uso". Lo que comportó que, en gran medida, una parte importante de la política de Estado de bienestar fuera ideada en clave de "resarcimiento". Resarcir la falta de empleo con subsidios, resarcir los trabajos penosos con pluses y resarcir los accidentes de trabajo. Desde luego, mejor que nada, los resarcimientos. Pero éstos son la consecuencia del abandono, teórico y práctico, de intervenir en la producción, esto es, en qué y en cómo se produce. Más todavía, la naturaleza de la producción empezó a chocar con el paradigma medioambiental ante los ojos un tanto miopes de las izquierdas políticas y sociales. El Estado de bienestar que se debe repensar o parte de un discurso fuerte en torno a la producción de bienes y servicios como primer prerrequisitivo, o seguirá la crisis de las políticas "welfarísticas" y su deslizamiento cada vez más acelerado hacia el Estado de bienestar de los negocios privados y sin controles democráticos. Un discurso radicalmente nuevo, además, para establecer un vínculo menos fatídico, primero, y más amable, después, con el paradigma medioambiental. Dicho sea de paso: esta es una precondición, también, para empezar a salir de la crisis de relación entre la izquierda política y social y la gente corriente y moliente, cuestión no irrelevante.
Segundo El anquilosamiento del Estado de bienestar está provocando una dispersión de reivindicaciones; también porque hay una discordancia entre los aparatos político-administrativos y el conjunto de necesidades y demandas sociales. Dispersión de reivindicaciones que conllevan su correspondiente dispersión de conflictos que suponen (unas y otros) enormes dificultades para tejer el hilo conductor de la solidaridad. Además, el pacto de coexistencia entre la acumulación privada y la intervención pública se está debilitando a favor del primero. El gasto público, por lo tanto, ya no aparece estar en situación de afrontar el conjunto de peticiones, a veces contradictorias entre sí, de satisfacer simultáneamente los imperativos de la acumulación y la legitimación. En resumidas cuentas, se están consolidando decenas y decenas de movimientos organizados de carácter sectorial que, objetivamente, disputan a la política y al sindicalismo confederal cachos de su representatividad. Esto no necesariamente ha de ser un problema; al contrario, puede ser un elemento de enriquecimiento. A condición, claro está, de que existan unas mínimas reglas de juego que comporten, sobre todo, las compatibilidades y vínculos entre todas las reivindicaciones o, al menos, entre las demandas más representativas. He dicho, y lo sostengo, que la existencia de decenas y decenas de movimientos es una riqueza societaria. Pero lo cierto es que, por lo general, tales movimientos están separados entre sí y todos ellos separados de la política. Son una infinidad de líneas paralelas que no llegan a encontrarse. Y, como he dicho antes, cada cual está concibiendo y reivindicando su cacho de "welfare" al margen, y frecuentemente contra lo que demandan los demás sujetos. Lo que acarrea una enorme dificultad: yo estoy de acuerdo con mis reivindicaciones y en contra de las tuyas; yo estoy de acuerdo con el ejercicio de "mi" conflicto, y en contra del "tuyo". La conclusión es que se está corriendo ya el peligro de convertir el Estado de bienestar en un conjunto disperso de retales que no acaban de conformar un traje como Dios manda. Las preguntas que me asaltan son: ¿deben continuar así las cosas? Y si la respuesta es negativa ¿cómo recomponer la situación? Las izquierdas, el sindicalismo confederal y los movimientos societarios deben conformar un paradigma diversamente compartido que vaya "ordenando" y compatibilizando el Estado de bienestar que hoy se requiere. Un paradigma quiere decir un elenco de cuestiones que unos y otros deben compartir diversamente. Diversamente porque los objetivos de unos y otros son distintos y porque, de igual manera, porque son diferentes los medios que cuentan unos y otros. En caso contrario, la dispersión (que actualmente está servida) seguirá su curso de manera más estridente, acentuándose la insolidaridad y el "sálvese quien pueda". Las preguntas que vienen ahora son qué paradigma se trata de compartir diversamente, primero, y si el actual modelo sindical español puede abordar tamaños desafíos, segundo. Dicho de manera esquemática (y en concordancia con los prerrequisitos que decía anteriormente) sería en lo que hace referencia a la primera cuestión: la innovación tecnológica acompañada con un cuadro de derechos sociales, lo más simétricos posibles a dicha innovación; la compatibilidad del crecimiento económico con el medio ambiente, abordando la política (y, desde luego, las izquierdas) no sólo la "distribución" sino la "producción", esto es: qué y cómo se produce; y, *el establecimiento de los vínculos imprescindibles entre todas y cada una de las reivindicaciones y demandas "welfarísticas". Ahora bien, todo ello no tendría el menor sentido si el movimiento sindical o, mejor dicho, el sindicalismo confederal no introdujera, además y fundamentalmente, dentro de ese paradigma diversamente compartido, la necesaria reforma fiscal que lo haga posible. Sin la adecuada reforma fiscal no es posible avanzar ningún tipo de presupuestos serios en políticas nuevas de Estado de bienestar.
Tercero Finalmente, vale la pena reflexionar, aunque sea brevemente, acerca del modelo sindical español. Tengo para mí que los desafíos que se ponen encima de la mesa (sobre la reforma del Estado de bienestar) no son posibles con el actual modelo de representación de los sindicatos y los trabajadores. Si de lo que se trata es de reunificar (desde las diversidades) las fuerzas del trabajo en este universo de la globalización y la interdependencia, el modelo basado en los comités es ya un mecanismo de freno de padre y muy señor mío. Máxime cuando las hipótesis de avance de las políticas de "welfare" o se incardinan en los grandes escenarios (especialmente, y para empezar, en el europeo) o no estamos hablando de nada serio. Por eso, este modelo sindical autárquico es ya una antigualla, debido a que la empresa y los operadores económicos son globales, mientras que el comité es intrínsecamente autárquico, ensimismado por las facultades que le da la legislación y las prácticas reales que lo han ido consolidando, primero, y deteriorando, después. Y más todavía, en la carne de ese modelo está, a mi entender, la clave de la actual confrontación sindical que hoy conocemos en nuestro país, y que a mí me trae de cabeza. Una confrontación que es ya una regresión que debilita la fuerza organizada de los trabajadores y la capacidad de los mismos sindicatos. Confiemos en que los que han metido la pata en la actual confrontación (que son todos) la saquen bien pronto y de buenas maneras. Porque con unos sindicatos débiles no se pueden afrontar los deseos, nuevos y viejos, de las gentes en torno a las políticas públicas, y menos todavía a la necesaria reforma de un "welfare" a la altura de los tiempos de hoy en día.
José Luis López Bulla
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