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| José Luis López Bulla
Vamos, ahora ya sí, al grano. En tu anterior comunicación electrónica me decías: “A propósito, ¿cómo abordar esta importante cuestión de la flexibilización?” Lo primero: Ulrick Beck nos propone diferenciar el “globalismo” de la “globalización”; este es un serio esfuerzo de clarificación (que nada tiene ver con la picardía semántica) tal como lo trata en su libro “Libertad o capitalismo” en su diálogo con Johannes Willms. Pues bien, un servidor pretende diferenciar “la flexibilización” de la “flexibilidad”. Si a un alemán se le permiten esos matices, no veo la razón de que se le niegue la misma “chance” a un santaferino. Lo segundo atañe a las definiciones: entiendo por flexibilización a ese caballo desbocado y sin reglas que, como nuevo azote ideológico, pretende invadir el universo del trabajo, la economía, la cultura y gran parte de las experiencias de nuestras vidas; y llamo flexibilidad a un (hipotético) sistema pactado con el ánimo de organizar la vida, empezando por las cosas del trabajo Por cierto, a partir de ahora utilizaré la expresión “pluriverso del trabajo” que tomo prestada de ese joven nonagenario, que es Norberto Bobbio. Aclaradas las definiciones, debo decirte lo siguiente: primero, reconozco que mi planteamiento de normar la flexibilidad es algo tan complicado como arreglar el tránsito en Granada; segundo, ya puedes imaginar que no tengo redactado ningún proyecto legislativo al respecto: al formular la propuesta de una Ley sobre la flexibilidad, sólo me proponía lo que nos plantea el (contradictorio) maestro Jorge Manrique con aquello de “avive el seso y despierte”. Más todavía, una ley de estas complicadas características necesita, por lo menos, dos cosas: un previo entramado de nueva contractualidad entre sindicatos y empresarios; y un mayor fundamento en la exposición político-cultural. Algo que es urgente hacer a uñas de jaca porque, en caso contrario, el Búho de Minerva, que dijera Hegel, se quedará en la Luna de Valencia. Así es que, primeramente, necesitamos más exigencia sindical de normar la flexibilidad, ya que las concertaciones sociales son, además, “fuente de derecho”, y de ese modo iríamos sacando del congelador el Derecho Laboral. Pero, mientras tanto, vamos ganando un poco de tiempo si enhebramos un creíble y reformador discurso acerca de la flexibilidad. Ahora bien, mi discurso sobre la flexibilidad tiene sentido por los estragos que está haciendo la flexibilización. Unos y otros estropicios que se refieren al pluriverso del trabajo y, desde ahí, a las formas de vida. Que es lo mismo que decir a la política, y al vínculo de ésta con las personas de carne y hueso, según la vieja expresión de un buen amigo sardo. Así pues, estragos en la hora presente y un formidable potencial de riesgo no tan futuro; un riesgo, según la acepción que entiende Ulrich Beck. Mi premisa es la siguiente: ya no estamos en plena vigencia del fordismo industrial, aunque este “aparato” reaparece en los sectores terciarios (complejos mastodónticos hoteleros y grandes superficies); ya no existen las viejas seguridades (siempre relativas, desde luego) del sistema que puso en práctica aquel capitán de industria que fuera don Enrique Ford. Ahora estamos en un paradigma distinto: el de la flexibilización. Ahora bien, ¡oído cocina!, la flexibilización va más allá, en tanto que ideología, del neoliberalismo, aunque esta cofradía sea quien la haya hegemonizado con mayor furia. Quiero decir lo siguiente: el neoliberalismo puede ir rebajando sus humos, pero el discurso de la flexibilización podría incrementarse todavía más, ¿estamos? Más todavía, comoquiera que los contagios que la derecha endosa a determinados parientes de la izquierda -y algo de ello expones en tu email- el discurso que hoy comparten Anás y Caifás puede ser asumido, de manera definitiva, por algunos zurdos de nuestra muy amplia familia política, a veces con más ardor guerrero que las derechas. Decía que ya no estamos en el fordismo industrial. Pero la política, que tiene un discurso sobre la flexibilización, no cuenta con un “logos” sobre la flexibilidad. Porque, Javier, aunque los improperios que se lanzan contra la flexibilización siempre serán pocos, acabará siendo un chillerío que no es capaz de conformar un proyecto útil para la gente. Mientras tanto, la flexibilización se mete en todos los recovecos del trabajo asalariado y heterodirecto. Es decir, nosotros seguimos jugando al muy noble “tres en raya”, mientras que “los gordos” van a lo suyo. Oye, ¿siguen los santaferinos refiriéndose a los ricachones como “los gordos”? Pongamos un ejemplo de las cosas de la vida: el convenio colectivo acuerda un conjunto de formalidades durante un determinado período de tiempo; digamos que se firman equis horas de cómputo anual para tres o cuatro años. Pues bien, a las pocas semanas se introduce en el centro de trabajo un nuevo chirimbolo tecnológico; naturalmente la “jornada laboral” sigue siendo la misma, esto es, la que se ha pactado, pero la innovación tecnológica va eliminando las porosidades que tenían los tiempos de trabajo anteriores a la introducción del nuevo trasto; por no hablar del incremento de la plusvalía relativa, que indicó en su tiempo el Búho de Minerva que nació en Tréveris, llamado familiarmente el Moro. ¿Quién y, sobre todo contra quién, gobierna la nueva situación que se ha originado tras la firma del convenio, primero, y la innovación tecnológica, después? La respuesta es: la gestión de esa novedad es, sólo y solamente, del empresario, a través de su particular “ius variandi”; el sujeto social pierde el control y, extrañado en la nueva situación, se le cortan las uñas de su anterior poder contractual. Convendrás conmigo, Javier, que lo que expongo no es una metáfora, sino la vida misma, y que nos obliga a darles vueltas a la cabeza, además (por si fuera poco) al carácter y a la forma actual del convenio colectivo. Porque ¿tiene sentido que el convenio sea una foto fija durante cuatro años, mientras que en el centro de trabajo se van produciendo cambios que acaban desnaturalizando lo estipulado previamente? Peor todavía, comoquiera que la concertación no abre nuevos espacios a la intervención sindical ante el hecho tecnológico, la flexibilización es pan comido para el dador de trabajo; y si, además, el Derecho Laboral está en mantillas en relación a estos problemas (que no metáforas), las cosas se complican “in peius”. Ojalá estos problemas los hubiera tenido Carles Navales en sus tiempos, estaríamos más entrenados en estas vicisitudes. Ojo, si esto es aproximado ¿qué forma debería tener el nuevo convenio colectivo? Sobre eso he reflexionado y escrito, pero ahora no quiero meter más andanadas en esta conversación. Cuando tengas tiempo te “metes” en Internet y buscas en mi web “A contracorriente”.
La flexibilización no es esporádica Me parece que la conclusión, por ahora, es: el sindicalismo no aparece como un sujeto incluyente, al menos en relación a estos menesteres de la flexibilidad, porque está dejando en la cuneta a la condición asalariada (en su sentido heterodirecto) que está siendo agredida por el látigo de la flexibilización. Y más todavía, la política que no hace sus deberes en relación a este nuevo paradigma deviene un sujeto de improbable utilidad para estas cosas de la vida. ¿Te parece que estoy exagerando? Yo creo que no. Así las cosas, mi premisa encadenada es: * la flexibilización ya no es un acontecimiento esporádico, sino un paradigma que puede durar hasta que las ranas críen pelos; * la flexibilización es, además, un extrañamiento de la condición asalariada, del (bobbiano) pluriverso del trabajo; * la flexibilización está erosionando el carácter ontológico de la convención del pacto entre las partes. Por lo tanto, después de esta anáfora (la flexibilización, la flexibilización, la flexibilización) parece quedarnos la consolación de recurrir a otra anáfora mucho más famosa: “Per me si va ne la città dolente/per me si va ne l’etterno dolore/per me si va tra la perduta gente”. Pero nosotros tres (tú, Javier; tú, Carles Navales; y un servidor) no somos monjes urbanos. De manera que nos conviene recordar lo que dice aquella bella expresión inglesa: “I care”. O sea, preocuparnos por lo que está pasando, también en estos territorios de la flexibilización. Si esa espuela de la flexibilización ya no es algo esporádico ¿qué hacer?; si ese látigo de la flexibilización representa un extrañamiento de la condición asalariada, ¿qué proponer?; si esa bestia parda de la flexibilización está erosionando el poder contractual de nuestros cofrades sindicalistas, ¿qué plantear? Y todavía pueden ensartarse más interrogantes: si en determinados hemisferios continúan las actitudes silentes por aquello del qué dirán, ¿vamos a tener el comportamiento de no querer molestar?; ¿vamos a renunciar a decir la nuestra y contentarnos con hacer comentarios a la hora de la sobremesa, orujo en el coleto y cigarro en mano? Si nos quedásemos en tan goliardesco talante llegaría un momento en que no podríamos aguantar los puñados de bicarbonato para tranquilizar nuestros estómagos. Hay que influir -predicando y escribiendo, molestando e interfiriendo, criticando y haciendo la pelotilla- en los romanos y los cartagineses sobre esta plaga de la flexibilización. Bien, esto es pan comido; hasta ahí todo serán parabienes y piropos. Pero, hay que reflexionar y proponer algo sobre la flexibilidad; y será entonces cuando aparecerá un escenario complicado. Pues no pocos de nuestros hermanos, hermanastros y primos de diversa graduación se acordarán de nuestro árbol genealógico (de viejas raigambres atarfeñas, santaferinas y cornellanenses) diciéndonos de todo; y, simultáneamente, las derechas darán a entender que nos aplauden, aunque los más avisados sabrán que nuestro discurso es más fuerte y peligroso. En efecto, las derechas pensarán (y acertarán) que queremos jorobar lo que ahora es su jardín particular. Y recordarán lo que dijo aquel francés de la Francia, en vida del Emperador que se casó con la albaicinera Eugenia de Montijo: “la legalité nous tue”. No quiero descartar que gente bien informada nos acompañará diciendo: el reformismo de Carles Navales no es la derecha de la izquierda, la racionalidad de Terriente no es cosa de echar en saco roto y la radicalidad del Gordo (la mía) es tan peligrosa como el reformismo de Navales y la racionalidad de Terriente.
Normar la nueva organización del trabajo ¿Por qué es un discurso fuerte? Esta es la razón: porque no propongo intervenir en las consecuencias de la flexibilidad o en los abusos que puede tener, incluso, la tal flexibilidad; estoy hablando de intervenir en el nacimiento de la flexibilidad, en el uso de la flexibilidad. Me será permitida una comparación: una de las limitaciones de las izquierdas (políticas y sociales) del magnífico combate de nuestros mayores, a lo largo del siglo XX, ha sido intervenir en el abuso del taylorismo, no entrando de lleno a elaborar un sistema de organización del trabajo propio, autónomo. Ya sé que esto era francamente difícil y que no estaba ni en la conciencia real ni en la posible de nuestros mayores, aunque algunas indicaciones nos dieron algunos maestros “consejistas” de antaño, por ejemplo el maestro Karl Korsch. Pero hubo susurros (algunos disparatados, es cierto) que a nuestros abuelos socialistas, socialdemócratas y comunistas les entraban por un oído y les salieron por el otro, cuando no pensaron que eran auténticas blasfemias, en el mejor de los casos; también hubo momentos en que nuestros abuelos tuvieron comportamientos menos académicos con aquellos descarriados consejistas. Así pues, conviene (“I care”...) un discurso sobre la flexibilidad. En resumidas cuentas, si el fordismo se regló en su día, el paradigma de la flexibilidad debe normarse con más motivos todavía. En caso contrario, el caballo desbocado de la flexibilización seguirá haciendo de las suyas por esos mundos de Dios. ¿Por dónde empezar? Sin ningún género de dudas en el territorio de la negociación colectiva. De esta manera, negociada, el sujeto social podrá recuperar (siempre en parte, desde luego) espacios de la organización del trabajo. Y, “mutatis mutandi”, irán apareciendo mayores claridades para establecer una normativa general en torno a la flexibilidad. Sin duda el carácter (siempre contradictorio) del iuslaboralismo irá ampliando su musculatura y, posiblemente, podrá ir saliendo del congelador, que es una expresión de otro veterano jurista, el octogenario maestro Umberto Romagnoli, cuyas enseñanzas podéis seguir a través de las publicaciones que Trotta pone en circulación.
La nueva alianza En todo caso, tengo para mí que una operación de estos calibres requeriría una alianza entre todos los sectores del pluriverso asalariado, muy especialmente con las categorías que llamaré, por pura comodidad, del conocimiento. Pero, además, conviene que la política tenga su propia lectura de lo que está pasando en los centros de trabajo y sea capaz de confrontarse con las elaboraciones científicas de la sociología de la empresa y del iuslaboralismo. Es decir, que la política dialogue con aquellos sectores con los que no ha hablado nunca. ¿Es mucho pedir, Javier? ¿Es pedir peras al olmo que la política abandone su solipsismo actual y abra los ojos hacia tan importante territorio de la realidad? “¡Sancta simplicitas!”. Me permito una última reflexión: siempre hemos dicho que el Derecho Laboral dio (y sigue dando) voz a los trabajadores. Pero nunca dijimos que también quita un poco la voz a los mismos de antes. Las dos cosas son, simultáneamente, verdad. Y es que, ya se sabe, este es el olor de los compromisos. Igual ocurriría con estas historias de la flexibilidad. Igual ocurriría con la normación de la flexibilidad, ¿a qué engañarnos? Pero ahora, es el caso de que los de abajo no tienen ninguna voz real, excepto el chillerío. Me permito un fraternal encargo: dale muchos recuerdos a nuestro Rafael Rodríguez Alconchel, ponme a los pies de tu esposa y explícame si hay novedades en torno a los vaivenes del Señor de la Salud y sus conexiones con la política de campanario de la vieja, hidalga y feraz Alquería del Gozco. Javier, ¿ha salido ya publicado el artículo que me encargasteis en vuestra revista? Recibe un abrazo con sus consecuentes repiqueteos en la espalda, José Luis. José Luis López
Bulla. (1) Javier Terriente Quesada es Presidente de la Asociación “Izquierda y Futuro” de Granada y director de la revista del mismo nombre www.izquierdayfuturo.org (2) Carles Navales es Director de “La factoría”
www.lafactoriaweb.com,
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