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| José Luis López Bulla
Las avanzadillas democráticas españolas tuvieron ocasión de leer algunos escritos de Trentin y Vittorio Foa, en plena dictadura franquista, y de Lama, ya en la transición, gracias a los esfuerzos editoriales del inolvidable Alfonso Carlos Comín, el intelectual español más conocedor de los problemas del mundo del trabajo y de las cosas sindicales. Vaya, un ave rara. De la personalidad de Sergio Cofferati, el gran público conoce bien poca cosa, excepto aquellos curiosos que tengan la oportunidad de leer sus discursos a través de Internet en aprileperlainistra.it, cgil.it o dsonline.it. Hoy, publicamos algunos de estos trabajos de nuestro amigo italiano que, sin duda, comenzarán a cubrir un vacío en la literatura política de lengua castellana: son algunas de sus intervenciones, tanto en su época de secretario general de la CGIL como de estos últimos tiempos, ya sin responsabilidades políticas convencionales, donde se ha convertido en uno de los puntos de referencia de la izquierda italiana, no sin sospechas y miradas de reojo por parte de no pocos dirigentes de su propio partido. Sergio Cofferati se autodefine como reformista. Seguramente esta expresión hubiera puesto los pelos de punta al maestro Giuseppe di Vittorio y no digamos al mismísimo Palmiro Togliatti. No así a Luciano Lama que la repetía constantemente con el mayor y serio desparpajo que le caracterizaba. Pero el reformismo de Cofferati no es el resultado de los tanteos que la mayoría de sus compañeros de partido pusieron en marcha con la operación de Occhetto después de la caída del Muro. Viene de muy atrás, concretamente de sus responsabilidades sindicales en la fábrica Pirelli y, posteriormente, en el sector químico: una federación, que él mismo dirigió -al igual que Luciano Lama- con fama de moderada. Digamos, pues, que el neoreformismo de sus compañeros de partido no le pilló a Cofferati con el paso cambiado. Las grandes preocupaciones de nuestro amigo son: la identidad del sindicalismo, la naturaleza y el papel de los movimientos sociales, la relación de éstos con la política partidaria y las instituciones, el universo de los derechos y las tutelas, la confrontación entre la oposición y el gobierno, el carácter del berlusconianismo y el rol del Ulivo, entre otras. Sergio Cofferati reflexiona sobre tales cuestiones desde su óptica reformista. Él mismo nos ofrece qué entiende por tal: “el reformismo es una práctica que tiene como fundamento el cambio y su gradualidad que, como práctica política, debe ser el signo de una radicalidad en los comportamientos y en los valores”. Quien estudie detenidamente los textos cofferatianos caerá en la cuenta de que este no es el reformismo tradicional que tan mala prensa de izquierdas ha tenido (no pocas veces con escaso rigor) en nuestro país. Pero tampoco es similar al bla, bla, bla, sedicentemente reformista, que se ha utilizado desde algunos exponentes de la izquierda (o del mismísimo centro) en España. Achille Occhetto, tras su espectacular giro político, acuñó, a finales de los ochenta, aquello del “riformismo forte”, aunque no sabemos si lo hizo en aras a una (necesaria) pedagogía o con qué intención. Todo indica que Cofferati no quiere refugiarse en adjetivos y prefiere llamar al pan: pan, y al vino: vino. Y, en ese sentido, no parece preocuparle que algunos puedan interpretar que una importante parte de su pensamiento tenga profundas resonancias de Pietro Ingrao, que no se declara precisamente como reformista.
La radicalidad coherente Así pues, el (neo)reformismo de Cofferati -y ésta será la primera y la última vez que lo digamos- está embebido, desde dentro de su concepción política, por un considerable esfuerzo de ir a la raíz de los problemas (eso que él mismo llamará radicalidad) de la sociedad civil, sus movimientos sociales, la política y las instituciones. Esa radicalidad en los comportamientos y en los valores es, posiblemente, lo que hace exclamar a nuestro amigo que “hay dos reformismos en el mismo partido”, que afirmó en el último congreso de los Democratici della Sinistra, en áspera confrontación con el grupo dirigente. Aunque, bien mirado, más que de radicalidad, se trata de algo tan singular como la coherencia del razonamiento. Porque si nuestro amigo italiano indica que los comportamientos y los valores son los elementos fundantes de la identidad, a partir de ahí todo debe encajar en un discurso que le conduce a la alteridad de la izquierda, a la otredad de toda la constelación de sujetos sociales y movimientos. Hablando en plata: cada cual es quien es, lo que comporta la no indiferenciación. Y que, desde la particular forma de ser de cada cual, se proponen las negociaciones y consensos, nunca desde la indistinción de los sujetos que negocian. Así pues, estaríamos ante la radicalidad coherente que, desde la anómala derecha berlusconiana, ha sido presentada como el coco. Un breve inciso: yo mismo tuve la ocasión de comprobarlo en una recepción de obligado protocolo en un encuentro de la Comisión de Industria del Parlament de Catalunya con los dirigentes del Gobierno regional del Veneto; comoquiera que yo mismo estaba un tanto incómodo por tener que aguantar tan curiosos comensales, me dediqué a aguarles la fiesta a las autoridades; les hice hablar de Cofferati y se armó la de Troya, pues la expresión más ursulina de aquellos forzanovistas -me callo las demás, que quizá fueran consecuencia de unos cerebros que estaban en poder de las uvas- fue que el Chino es un aventurero. Y sin embargo, este “aventurero radical y extremista” tiene una gran responsabilidad en el saneamiento de las finanzas públicas italianas, en la modernización de los aparatos productivos, en la estabilidad de la lira, en la introducción del euro, por ejemplo, hace ya algunos años. Retomando el hilo de esta semblanza, si Cofferati define el reformismo como lo hace, y ello está en duro contraste con la mayoría de su partido, ¿de qué modo se deberá caracterizar el reformismo de los Fassino y D’Alema? Esto es algo que, seguramente por delicadeza, Cofferati deja de lado. Su educada respuesta acostumbra a ser: “Confieso que no les entiendo”. En todo caso, el reformismo cofferatiano presupone un proyecto, un programa y unas determinadas reglas de funcionamiento, acompañado inescindiblemente de valores y comportamientos. Es, desde esos presupuestos, como se establece la relación con los diversos sujetos de la sociedad y con el mundo de la política, así de la oposición como gubernamental. De manera que es ese el polígono que, por otra parte, permitiría establecer acuerdos, aunque “no todo sea negociable o tratable”. Así pues, en reiteradas ocasiones ha expresado que es intratable el dilema siguiente: o derechos o mejora de las condiciones materiales que eliminan derechos. Más todavía: expresa con nitidez que las reglas y códigos existentes para negociar las condiciones materiales (el salario, la reducción de los tiempos de trabajo, etcétera) no son equiparables a los de la cuestión de los derechos. La cadena de los derechos pondría en entredicho la vinculación entre proyecto, programa, reglas, o sea, valores y comportamientos. De ahí que, nuevamente, podamos afirmar que el reformismo de Cofferati no sea moneda corriente. Es sencillamente el reformismo que, como el viejo bolero, pudo haber sido y no fue. Y, según Cofferati, puede ser. ¿Quiénes son los sujetos, según nuestro amigo, que deben intervenir en la escena de lo público? Cofferati, en la entrevista de MicroMega, se confiesa como uno de los pocos italianos que sigue considerando imprescindible la función de representación general de los partidos políticos, aunque simultáneamente propugna que es necesario que estas organizaciones tienen que repensarse a sí mismas. Cualquier analista estará legitimado para pensar si no se trata de otra retórica más, puesto que existe un espectacular magreo de ese concepto, esto es, el repensamiento de la política. No obstante, el razonamiento de Cofferati parte de una serie de hechos concretos que él mismo ha vivido apasionadamente: la crisis de representación política desde los inicios de los noventa, junto a la exigencia de estabilidad de Italia, han dado vida a un nuevo ordenamiento de todas las formas de representación ya sean políticas, institucionales o sociales. De manera simultánea nuestro amigo señala que dicha crisis viene acompañada de algo sobre lo que viene insistiendo de manera machacona: la caída de la percepción del valor social del trabajo. Un servidor estaría tentado de añadir: la izquierda que esté libre de esta miopía debe tirar la primera piedra. Sin embargo, con todas las limitaciones que se quiera, los partidos políticos siguen teniendo una función esencial, según Cofferati. Lo que viene a desmentir las afirmaciones directas de sus adversarios (y de algunos susurros, más o menos oblicuos de ciertas conocencias) afirmando que nuestro hombre está afectado por el virus del pansindicalismo. No tal: “sabemos perfectamente que nuestra representación es limitada”, declara en su discurso de despedida como secretario general del sindicato en la asamblea general de cuadros y delegados de la CGIL (Roma, 21 de setiembre de 2002). Y, todavía más, en dicho acontecimiento afirmó que “dicho límite no hay que verlo como una condena, sino como la justa y natural división de tareas y funciones de diversos sujetos”. Que es lo más alejado de cualquier deriva pansindical. O cuando marca sus distancias en relación al pansindicalismo de la primera Solidarnosc.
La nueva hegemonía En todo caso, el nuevo equilibrio de la representación que viene desde comienzos de los noventa se caracteriza, según Cofferati, por la aparición de un (nuevo y amplio) abanico de movimientos sociales que poco tienen que ver con la situación del Sesentayocho. De modo que los sujetos políticos que ejercen, de diversa manera, las tareas de representación son los partidos, el sindicato y los movimientos. La lógica cofferatiana, por otra parte, intenta cuadrar la relación entre la representación general (los partidos) y la parcial (del propio sindicato y de los movimientos). Y a fe mía que su discurso es el círculo mejor cerrado hasta ahora. Posiblemente la explicación sea que, durante los ocho años de su mandato, como primer dirigente de la CGIL, se han caracterizado por un tipo de relaciones entre el sindicato y los diversos movimientos italianos, tan original como provechoso. A mi entender son, por lo menos, cuatro cuestiones, algunas de ellas inéditas en la reflexión política las que definirían el meollo cofferatiano. Son: a) la imprescindible independencia de los movimientos entre sí y en relación a todo sujeto externo a ellos; b) la radicalidad de tales organizaciones es algo congénito e inevitable, siendo ello una propiedad positiva; c) la política debe dialogar y construir conjuntamente con los movimientos; d) éstos no sólo quieren intervenir en la orientación y seguimiento de la línea específica de la política -en los asuntos propios de cada movimiento- sino también en el peso específico que aquel asunto particular debe tener en la orientación general de la política. A todo ello debe dar respuesta la política y, lógicamente, la izquierda. En el fondo, tal vez lo que Cofferati plantea no es otra cosa que la izquierda y los movimientos compartan diversamente el mismo paradigma, cada cual con sus funciones y responsabilidades: “a ciascuno il suo mestiere”, que es el título de su libro. Así las cosas, tengo para mí que el mensaje de Cofferati es un fatigoso intento de construir aquello que una vieja amistad, Antonio Gramsci, llamaba la hegemonía como elemento imprescindible, también, de la fuerza creativa de la política. Que en Sergio se traduce en una “res agitur” realmente nueva. Ni que decir tiene que estamos ante un reformismo singular, aunque a Cofferati no le guste poner adjetivos al reformismo, según afirmó en su discurso en el Congreso de su partido en Pesaro, aunque posteriormente ha hablado de reformismo alto. No es de extrañar, por lo tanto, la fascinación que este hombre está ejerciendo en una considerable parte de la ciudadanía activa italiana, ya muy cansada de ideas trilladas y lenguajes de ropavejero, disfrazados de modernidad. Se explica, ciertamente, que Cofferati sea una persona inquietante. Y, como se ha dicho, no sólo para la anomalía berlusconiana; también para, utilizando la conocida expresión de Josep Pla, sus conocidos y saludados del centro-izquierda. Inquietante y puntilloso, donde los haya. Su nivel de exigencia llega a estos límites: no basta con tener el trabajo como referencia, pues lo que importa es el carácter del trabajo y el carácter del desarrollo, es decir, la cualidad de todo ello. Y de una rara lucidez cuando establece la conexión entre modelos de organización del trabajo y carácter de la democracia. Porque Cofferati indica que los modelos jerárquicos en el centro de trabajo producen efectos imitativos en la sociedad. Véase, por ejemplo, hasta qué punto el taylofordismo ha sido, además de un sistema de organización del trabajo, una tramontana que ha recorrido todos los recovecos de la sociedad. Pero esto, digo yo, no parece motivar ningún tipo de reflexión por parte de las izquierdas. De ahí que siga pendiente la tarea de reconstruir una sólida conciencia del trabajo, ampliando su importancia en la sociedad y en el proceso de formación de la (diversa) identidad personal. Me vienen a la cabeza estos interrogantes: ¿habrá que esforzarse por sugerir que el discurso de Cofferati se conozca en nuestros pagos? ¿Habrá que esforzarse mucho pidiendo a los dirigentes de las izquierdas europeas que ahí está un importante caldo de cultivo? A mi entender, Cofferati da una aproximación a la insistente (y tal vez angustiosa) petición de Lionel Jospin cuando se pregunta ¿qué significa ser hoy socialista, ser de izquierdas? Posiblemente el (honesto) político francés se interroga de esa manera al no ver cumplida respuesta en los ensayos de vieja rebotica del “Die Neue Mitte” (el nuevo centro alemán) ni en el plexiglás de la Tercera Vía de los ingleses: uno y otro, sentinas de fatigados argumentos, expuestos a menudo con el anzuelo de lo novísimo y su particular vanilocuencia. El lector de lengua castellana tiene ahora un compendio de algunos de los rasgos más llamativos de este popularísimo líder italiano tan original como brillantemente sobrio. Una sobriedad eficaz que se da de bruces con la (en ocasiones excesiva) banal exuberancia de no pocos dirigentes de las izquierdas que han sido, son y (confiemos) vayan reduciéndose a la más mínima expresión posible. Los textos son los siguientes: un extenso diálogo con Paolo Flores d’Arcais que publicó en octubre de 2002 la revista italiana MicroMega; el discurso de despedida de sus responsabilidades sindicales en setiembre del mismo año; su intervención en el congreso de los Democratici della Sinistra, donde se confronta abierta y espectacularmente, junto a Giovanni Berlinguer, con la dirección del partido. Séame permitida una última consideración: he introducido de mi propia cosecha algunas notas a pie de página. La intención era aclarar algunos pasajes que, conocidos perfectamente por el lector italiano, tal vez algunos de aquí no estén tan al corriente. José Luis López
Bulla. |