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| José Luis López Bulla Raimon Obiols apunta bien cuando nos dice que debe ponerse en la agenda actual la cuestión del socialismo y de la izquierda en Europa. Me parece muy conveniente porque retengo que dos elementos han interferido muy poderosamente esa propuesta: de un lado, la ausencia de un proyecto renovador con sentido socialista y, de otro lado, el contagio o contaminación que tanto el socialismo y la izquierda europea han tenido por parte de elementos extraños. Pienso que la ausencia del proyecto renovador y la contaminación se han retroalimentado más de lo que se pensó en un momento. De manera muy sucinta -el tiempo de intervención no da para más- intervendré sobre cuatro cuestiones: la necesidad de leer los grandes cambios y transformaciones, los sujetos de ese socialismo europeo en construcción, la nueva relación mutua de las diversas culturas europeas y la compatibilidad entre el partido europeo y el partido del Estado nacional. * Tengo para mí que la izquierda europea ha estado distraída en, como mínimo, los últimos treinta años. A lo largo de estas décadas se ha producido en Europa una transición del viejo sistema “fordista” hacia lo que por pura comodidad expositiva denominamos “posfordismo Trencin”, sociedad de la información (Manuel Castells) o capitalismo molecular (Riccardo Terzi). En suma, un tránsito del “fordismo” hacia otro paradigma. Esa gran transformación, por utilizar la expresión de Karl Polanyi, ha sido creada y difundida -al igual que el “taylorismo”- por la empresa y el mundo de la investigación; no se olvide que el sistema “taylorista” tuvo tan rápida difusión por la potente alianza que el mundo de la empresa estableció con las universidades de todo Occidente. Pues bien, mientras se iban dando tamañas mutaciones, la izquierda europea hablaba de política al margen de dichos cambios. Y, en paralelo, mientras todo ello se iba globalizando, la izquierda hacía política sólo (y solamente) en clave autárquica. Peor todavía. Como consecuencia de lo uno y lo otro, la izquierda seguía siendo “fondista” a pesar de que dicho sistema de organización se iba convirtiendo en pura herrumbre. Así pues, la izquierda y el socialismo europeo se encontraban desubicados tanto en su logos político como en su (falta de) relación con los nuevos y amplios escenarios supranacionales. Y comoquiera que la tan repetida gran transformación iba afectando a la condición de las personas, eran escasas las utilidades que tan desplazado discurso político podía ofrecer a la gente. En esta cuestión me parece a mí que está el actual distanciamiento de la ciudadanía con relación a la política.
Comentario a Raimon Obiols Leer, pues, las novedades del proceso de reestructuración-innovación de los aparatos productivos y de la economía es la tarea más urgente para poner el socialismo, según los términos que plantea Raimon, en la agenda actual de Europa. Ni que decir tiene que eso vale exactamente igual para los proyectos del sujeto social (el sindicalismo confederal, por ejemplo) en sus prácticas contractuales y propositivas. De ahí que esa lectura deba hacerse a la luz del gigantesco hecho tecnológico que ya no es un acontecimiento contingente o esporádico, sino permanente. O lo que es lo mismo con cuatro ejemplos: políticas de desarrollo, planteamientos de “welfare”, derechos de ciudadanía y negociaciones colectivas completamente relacionadas con la innovación tecnológica que ya no es -mis disculpas por la repetición- de naturaleza “fordista”. * Entiendo que los sujetos constructores de esa agenda obiolista deberían ser: las organizaciones políticas, los sindicatos y los movimientos sociales. Ahora bien, el carácter que ahora tienen unos y otros no me sirve. Siguen instalados en una concepción y unas prácticas autárquicas; permanecen instalados -como unos lo han demostrado en las sucesivas elecciones europeas y en el referéndum de la Unión, y otros en las negociaciones colectivas- en clave de Estado nacional. Pido excusas por el laconismo: mientras se mantenga este carácter autárquico no es posible lo que nos plantea Raimon Obiols. Como no se trata de esperar a que madure la fruta, me contentaré diciendo que tendremos una señal positiva mientras de manera gradual los principales agentes constructores vayan saliendo de su autismo nacional. Me permito un apunte adicional, aunque no irrelevante: siempre defendí la independencia del sindicalismo confederal, y lo renuevo para los efectos que estamos tratando. Ahora bien, la autonomía que reclamo no impide que partido y sindicato -no en los términos tradicionales- compartan diversamente una serie de objetivos de izquierda y progresistas. Por ejemplo, la construcción del “welfare” europeo y otros. Compartir sin subordinaciones, desde luego. Digo diversamente, porque las prerrogativas de unos y otros son distintas y los sujetos a quienes se refieren no coinciden plenamente. Pero sería un paso de gran importancia eso de compartir una serie de proyectos, cada cual con su propia tarjeta de identidad. * Soy de la opinión de que las izquierdas, especialmente las que tienen un sentido socialista, necesitan enterrar el hacha de guerra. En otras palabras, me parecería de lo más conveniente que se produjera un diálogo sincero entre el reformismo y la izquierda antagonista. Descarto las flores y violas del protocolo. Pero reclamo una relación de buenos vecinos que sólo sobre los hechos concretos deberían dirimir sus diferencias y contrastes; sus proximidades y sus lejanías. De momento -toquemos madera- es una buena señal que D’Alema y ese cascarrabias de mi amigo Bertinotti puedan compartir unos mínimos puntos de vista. Que dure, y sigo tocando madera. * Intuyo que mientras coexista el partido socialista del Estado nacional y el partido socialista europeo habrá muchas dificultades para que Obiols y todos nosotros nos salgamos con la nuestra. Es más, tengo para mí que esa coexistencia va en la dirección opuesta.
La empresa trasnacional es un todo Veamos. El proceso de innovación-reestructuración está comportando las más gigantescas fusiones, opas y demás de unas a otras empresas. La gran novedad ahora es que ese movimiento (antaño relacionado con las trasnacionales norteamericanas) se refiere a empresas europeas sobre empresas europeas. Pero, aunque no fuera así, lo cierto es que la empresa trasnacional demuestra que es un todo y se decide en función de un todo. Es decir, Braun por, ejemplo, no decide en función de sus intereses españoles, sino globales. Así pues, el partido o la izquierda nacional no pueden abordar ya los grandes desafíos si es que quiere intervenir en los grandes espacios. Tampoco se plantea aquí el asesinato abrupto del partido nacional; pero sí es el momento de pedirle que gradualmente se vaya deconstruyendo en aras a que el partido europeo tenga todos los poderes y atribuciones.
José
Luis López Bulla.
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