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| Josep-Lluís Carod-Rovira Esta no es una conferencia solamente para los políticos. Esta es una conferencia, sobre todo, pensada para los ciudadanos y ciudadanas, para la gente. Una gente a la que, ya de entrada, invito a no tener miedo a la hora de dibujar su futuro, el nuestro, el de todos, porque lo tenemos en nuestras manos, si queremos. Todos los partidos catalanes de tradición democrática coincidimos en un punto fundamental: Catalunya es una nación, una realidad nacional diferenciada en Europa y en el mundo, y queremos que lo continúe siendo en todos los ámbitos (políticos, económicos, culturales y lingüísticos). Coincidimos también que para continuar existiendo y progresando Catalunya se ha de autogobernar. Y aquí es dónde encontramos diferencias legítimas sobre el alcance, los límites o las ambiciones de este autogobierno. Todos volvemos a estar de acuerdo, no obstante, que con el Estatuto actual y la financiación de ahora Catalunya no está en condiciones de hacer frente a los retos, problemas y proyectos del siglo XXI, ni, a la larga, de asegurar la propia supervivencia como nación. Con este Estatuto y estos recursos, Catalunya no tiene lo suficiente para continuar avanzando, mejorando y modernizándose. Y estoy convencido de que la sociedad catalana, sobre todo la que está organizada en el tejido asociativo sea cultural, sindical, empresarial, económico, deportivo, o de otro tipo, también lo ve así. Por esto, todos juntos, ahora coincidimos en que hace falta sacar adelante una reforma ambiciosa de todo este marco legal. Para mi partido ha resultado una gran satisfacción y un descanso enorme abandonar la sensación de soledad en que nos hemos encontrado durante un cuarto de siglo defendiendo en solitario lo que ahora defiende todo el mundo, gobierno y oposición. A los partidos del “statu quo” les hemos atraído, al alza, hacia nuestras posiciones y hoy todo el mundo denuncia, por ejemplo, la injusticia del déficit fiscal. Pero sabemos que para más de uno esta reforma es su estación final, el máximo que están dispuestos que consiga nuestro país. Para ERC, en cambio, es un avance importante, pero no es el final, sino una estación más adelantada en el trayecto, que nos acerca a la plena libertad nacional, a la independencia política en el marco europeo, es decir, a nuestra interdependencia con los otros pueblos del viejo continente.
Pese a estas diferencias evidentes, el aspecto destacable es que todos los partido de tradición democrática y, por tanto, junto con ellos una grandísima mayoría social, pensamos que ahora es el momento de dar un gran salto hacia adelante en el terreno institucional, en el de la financiación y en el de la conciencia nacional. Si no lo hacemos, lo pagaremos muy caro como país y como sociedad y, desgraciadamente, iniciaremos un camino sin regreso hacia el provincianismo. Pasaríamos de ser nación a ser provincia, y esto comportaría caer en una situación de dependencia absoluta y probablemente irreversible que nos llevaría a nuestra decadencia como pueblo. Ahora es el momento, pues, de las actitudes firmes, constructivas y responsables. La hora de la ambición, el patriotismo y la unidad democrática alrededor de unos objetivos nacionales, básicos y compartidos. Es la hora de una nueva Solidaridad Catalana. La hora de hacer política de país, pensando en el país, más que en cada una de nuestras siglas de partido. Es el todo (el país) aquello que tenemos en común y que tenemos que hacer que progrese, avance y mejore. El partido es sólo la parte, la fracción del todo. Pero si queremos hacer país, con convicción y ambición, nos hará falta reconstruir los puentes de confianza entre la gente y las fuerzas políticas, puentes ahora hundidos en parte, por demasiadas incompetencias, intereses particulares y arrogancias acumuladas. La política democrática no tiene ningún sentido sin sus protagonistas: la gente. Y si ahora la gente se ha alejado, es porque antes esta misma política se había ido alejando de la gente. Yo quiero hacer autocrítica, reconociendo con humildad que a veces me he equivocado, que he cometido errores y que procuraré no cometerlos en el futuro. Y no me cuesta nada decir que los políticos hemos de escuchar más a la gente, la hemos de hacer más caso, porque es la gente quien nos pone dónde estamos. Y es que la gente no sólo tiene problemas, también tiene emociones, sentimientos, ilusiones, esperanzas, proyectos, ideas. La gente tiene vida y tiene pasión. Y la vida y la pasión tienen que formar parte de la política; de la política noble, de la honesta, de la democrática, que yo reivindico.
En política no existen los escenarios perfectos. Siempre hay, con intensidades diversas, una mezcla de oportunidades y de obstáculos. También ahora ni todo es blanco ni todo es negro. Creo que, en la balanza de la situación actual, el platillo de las oportunidades está más cargado que nunca, más que el de los obstáculos y aquí quiero reivindicar el papel positivo de mi partido en este paisaje, aquí y en Madrid, dónde ha hecho falta la llegada de nuestro Grupo Parlamentario para que se visualizaran tantas asignaturas pendientes. Hay unas condiciones objetivas para que prospere un buen Estatuto y una mejor financiación:
No queremos esconder que el platillo negativo de la balanza también está muy lleno. Además de la actitud del PP, el centralismo histórico de una parte muy importante del PSOE, el anticatalanismo de los grandes medios de comunicación españoles y su capacidad irresponsable de sembrar mentiras, insultos y odio, el constitucionalismo inmovilista, que en los últimos años se ha convertido en una especie de doctrina oficial del Reino, el discurso demagógico -a derecha e izquierda- sobre la solidaridad interterritorial, etc., son obstáculos colosales para nuestras justas aspiraciones. Pero ninguno de ellos es insuperable si en Catalunya hay unidad y el patriotismo y la generosidad suficientes para entender que ahora es la hora de hacer política de país. Aun así, si pese a esta clase de buena conjunción astral las cosas no salieran como queremos y el Estatuto y la financiación se bloquean en un callejón sin salida, que nadie dude que, por parte nuestra, habría una respuesta tan pacífica y democrática como contundente. Una respuesta de dignidad nacional, ¡que ya nos toca!
La coyuntura es razonablemente buena por primera vez en muchos años y no sabemos cuando lo volverá a ser en el futuro, sobre todo si somos nacionalmente ambiciosos y valientes como pueblo y vamos todos unidos en los aspectos esenciales. La unidad es nuestra fuerza más grande, aquí y ante allí. Pero para conseguir este frente catalán unitario, capaz de negociar con fuerza con el estado, es una condición ineludible que en Catalunya haya una presión social importante. Los creadores de opinión tienen una gran responsabilidad: pueden ayudar a crear un clima social favorable o desfavorable al surgimiento de esta presión popular, civil, nacional, que reclamamos. Por esto es preocupante como, desde tantas tribunas públicas, hay quienes más bien fomentan el desaliento, el pesimismo y el derrotismo, antivalores desde los que no es posible construir nada bueno. No acabo de entender a qué responden estas actitudes tan sistemáticamente negativas. Quizás muchos de los que las sostienen piensan, de buena fe, que de esta manera fortalecen la conciencia de la gente, la cual, si es alertada de la imposibilidad de avanzar, podrá decantarse hacia posiciones nacionalmente más firmes. No creo que justamente ahora sea momento de llamar al mal tiempo. El conformismo irresponsable nos ha hecho mucho daño, pero el derrotismo permanente también puede hacernos mucho. Ahora es el hora de afilar muy bien las herramientas, de acumular fuerzas, de armarnos de razones, de sensibilizar y movilizar toda la sociedad para conseguir una financiación justa y un objetivo nacional potente. Si, finalmente, pese a nuestros esfuerzos, pese a la demanda justa y sensata del conjunto del pueblo catalán y de las fuerzas de tradición democrática el Estado no se aviene a razones, entonces será el momento de promover una profunda reflexión colectiva. Probablemente, mucha gente llegará a la conclusión de que, cansados de picar permanentemente en hierro frío, sin obtener resultados y sólo buenas palabras, la única salida que nos quedará será la independencia. Pero el nuestro es un proyecto gradualista, que quiere ir por etapas, y no tiene sentido que hagamos pasar el arado por delante de los bueyes, ni avanzar escenarios, ni precisar niveles de conciencia futuros. Ahora estamos en pleno combate y no podemos darlo por perdido antes de empezarlo, porque ya se sabe que las únicas batallas que seguro que se pierden son las que se abandonan. Si ahora tiramos la toalla, si dimitimos, si declinamos nuestra responsabilidad civil, no estaremos favoreciendo ningún salto en la conciencia nacional. Lo único que haríamos seria promover la frustración, el desaliento y la fatiga de la gente. De hecho, estaríamos haciendo el juego a nuestros adversarios, aquellos que continúan defendiendo una cosa tan tronada como es la radialidad política, económica, cultural, lingüística, de infraestructuras, deportiva y mental, que nace, sale y se irradia “urbi et orbe” desde el kilómetro cero de la Puerta del Sol.
Durante un cuarto de siglo hemos sido el motor de la reivindicación de un nuevo Estatuto y de una financiación justa, pero somos conscientes de la correlación de fuerzas en nuestro país: 23 diputados sobre un total de 135. Es de los otros dos grades partidos, pues, de quienes depende en buena parte el éxito o el fracaso del proceso que hemos puesto en marcha. Por esto, por obtener los objetivos propuestos, la dignidad nacional, la responsabilidad y la valentía tienen que presidir nuestra actuación, pero también la suya. Conocemos bien las limitaciones del PSC, y por eso no el pedimos en este momento que se independice del PSOE, ni parlamentariamente ni orgánicamente. Sería tanto como decirle que fuera una segunda izquierda nacional, al lado nuestro. Nos limitamos a pedirle que exija al PSOE que sea consecuente con el federalismo que, cuando menos en teoría, predica. Que juegue a fondo la carta federal. Que apueste por el reconocimiento de la plurinacionalidad y del plurilingüismo con todas las consecuencias. Que denuncie que el modelo de financiación de Catalunya es injustamente insolidario con los sectores populares y los más desfavorecidos del país, a quienes se condena a no tener el nivel de bienestar que se merecen, y que aquí sí que pagamos. Y que la continuidad de este sistema, tal y como está hoy, impide la aplicación del Pacto del Tinell y amenaza la cohesión social, la modernización del país, la competitividad de las empresas y el equilibrio territorial. Pedimos al PSC que no nos deje solos ante el peligro, ante los sectores más centralistas y jacobinos del PSOE en el momento de negociar las reivindicaciones catalanas. Que sean, pues, valientes. A CiU les pedimos que sean exigentes. Es lo que les toca como oposición. Que sean respetuosos con las instituciones del país, con el gobierno de la Generalitat, con su Presidente, como lo fuimos nosotros cuando estos tenían su color. No podemos mirar, permanentemente, hacia los errores de forma del pasado más reciente, porque quien no haya cometido ninguno que tire la primera piedra. Tenemos que mirar adelante, todos, y dejar atrás incidentes parlamentarios que no pueden servir como pretexto bloqueador o amenazante. Sería un error que, la fuerza con más diputados, cayera en una clase de radicalismo ideológico y formal, capaz de poner en peligro su credibilidad como partido catalanista de centroderecha que, históricamente, siempre ha propugnado un pragmatismo moderado en el ámbito de la reivindicación nacional. Cada cual tiene, tras de sí, la trayectoria que tiene y la política de alianzas que ha practicado, aquí y en Madrid, para no querer pretender, de repente, con una radicalidad verbal desconocida, que alguien va más lejos de lo que nosotros queremos ir. Como estrategia, quizás nos pueda erosionar, pero es más que dudoso que ellos obtengan ningún rédito. Más bien debilita el catalanismo político y los perjudica a ellos particularmente, porque ceden espacio al PP y, en parte, al mismo PSC. En Catalunya, la unidad que reclamamos podría estropearse por culpa de intereses antagónicos entre los que, aun, son los dos primeros partidos del país. La tentación de los primeros puede ser ir a la rebaja, por no incomodar el gobierno del PSOE. La de los segundos podría ser el desgarro radical al no aceptar que pueda producirse un avance nacional que ellos no protagonicen en exclusiva o del cual sean el motor, pese a haber desaprovechado esta oportunidad durante más de dos décadas, cuando sí que podían haberlo hecho. Son tentaciones que se alimentan mutuamente y a las cuales pueden añadirse otros errores que podamos cometer los otros, empezando por nosotros mismos. Por esto la sociedad tiene que reclamarnos a los partidos y políticos de todos los colores ¡que el partidismo no os haga traidores! Traidores, cobardes o, lo que es peor, inútiles.
Durante siglos, las únicas propuestas de organizar el estado español de manera diferente, respetando su diversidad interna, han venido sólo de su periferia y, en particular, de Catalunya. El fracaso reiterado de este intento ha ido provocando una comprensible fatiga de la pedagogía catalana ante España. Unos cuantos siglos predicando siempre lo mismo -reconocimiento de la pluralidad como un valor positivo-, con unos resultados tan exiguos, puede decepcionar a cualquiera. Pero quizás es el momento de reconocer que, en resumidas cuentas, no es porque nosotros nos expliquemos mal o bien que ellos tengan dificultades de comprensión. También puede que, en muchos casos, no es que no nos entiendan, sino que, sencillamente, están en contra. Tener que dar permanentemente explicaciones de por qué somos, cómo somos y cómo hablamos, efectivamente cansa y cansa mucho, sobre todo si percibes que, mientras lo haces, nadie te escucha. Reconocerlo, serenamente, puede ser de gran utilidad para saber hacia dónde queremos ir, hacia dónde nos conviene ir, hacia dónde nos fuerzan a ir, fracasadas históricamente todas las otras posibilidades. Aun así, desde ERC, desde el independentismo tranquilo, desde el soberanismo amable, desde la izquierda nacional y constructiva de este país, tendemos la mano hacia España en un gesto sincero para dar juntos el próximo paso: el paso federal. Lo hacemos conscientemente, pero también por última vez. Sólo desde posiciones claramente soberanistas puede garantizarse un programa federalista consecuente. Este país no puede perder más tiempo, más dinero y más oportunidades esperando, hasta ahora inútilmente, una decisión que nunca llega y, menos aun, en un siglo donde todo va a gran velocidad. ¿Encontraremos a alguien al otro lado? ¿Habrá, también desde allá, una mano tendida hacia Catalunya? ¿Tendrá la izquierda española, la buena gente, la gente demócrata, solidaria, culta e ilustrada española, el coraje que hace falta tener para renunciar al monopolio exclusivo del estado y, por primera vez, querer compartirlo en condiciones de igualdad de derechos y deberes con los otros pueblos, las otras culturas, las otras lenguas? En España, figura que mandan los federales. En Catalunya, en el gobierno de la Generalitat quien no es independentista es federal. En el País Vasco, el federalismo ha hecho camino, aun cuando se encuentra todavía muy por debajo del soberanismo y, en Galicia, no es descartable que haya un gobierno de coalición entre federales y soberanistas. Así, pues, la izquierda nacional catalana, vasca y gallega, otras opciones nacionales democráticas de los dos primeros países y los socialistas, tienen que ponerse de acuerdo en beneficio común. Nosotros, que vamos en un tren que tiene como destino la última estación de la independencia, estamos dispuestos, los próximos años, a avanzar juntos en España hacia la estación anterior, la estación federal. Pero también tienen que quererlo ellos. Claramente federal, honestamente federal, legalmente, prácticamente, simbólicamente federal. Con un tribunal constitucional como árbitro neutral de verdad y un senado que sea federal y no de chuchería. No es imaginable un escenario mejor que el actual. Porque, si ahora que mandan los federales no es posible el federalismo, ¿cuando lo será? Y no nos referimos a un federalismo cualquiera, obviamente, sino a un federalismo plurinacional, capaz de articular comunidades nacionales diversas. Recordamos muy bien que la primera transición llevó a España la democracia. Ahora es la hora de la segunda transición y esta tiene que traer la plurinacionalidad, el federalismo plurinacional. Porque en el estado español la democracia o es plurinacional o no es una democracia plena. Catalunya, pues, tendrá que pasar del Estatuto al estado, lo antes posible. Y estamos dispuestos a que, para empezar, este estado nuestro sea federado. Pero si, pese a la correlación de fuerzas que hemos mencionado, un estado español así no puede ser, entonces querrá decir que, si no puede ser es porque es imposible que sea y no nos dejarán otra salida que el estado independiente. No queremos separarnos de nadie, ni romper nada, ni nos consideramos superiores a nuestros vecinos, ni pretendemos vivir aislados del mundo, sino bien al contrario, libres y soberanos, abiertos a todo y a todo el mundo, haciendo recaer sólo sobre nosotros mismos la responsabilidad absoluta de nuestras decisiones. Porque ya somos un pueblo maduro que no necesita la tutela del estado español. No queremos hundir ningún edificio, sino construir otro, nuevo, más sólido, más confortable, mejor, nuestro. Reclamamos unos derechos para poder cumplir unos deberes. Pero, si una vez más, los federales cierran la puerta al federalismo, que sean conscientes de que la cierran ya por siempre jamás y que los independentistas no tendremos más salida que abrirla a la independencia.
El Estatuto y la financiación tienen que representar más instrumentos para que en Catalunya la gente viva mejor. Para que con los recursos que administramos y la gestión que hacemos del autogobierno todo el mundo salga ganando y estemos en condiciones de garantizar la máxima calidad de vida material, cultural y democrática. El Estatuto no puede ser tan sólo cosa de las instituciones, los partidos o los políticos, sino de todo el mundo, de toda la sociedad catalana. Y corremos el riesgo de no explicarnos bastante bien e impedir que la gente haga la conexión instantánea entre la necesidad de un nuevo Estatuto y la mejora de su vida cotidiana. Precisamente, todos los problemas que los ciudadanos señalan como objeto prioritario de preocupación en todas las encuestas, tienen una relación directa con las nuevas competencias del Estatuto y con el aumento imprescindible de los recursos financieros. Y me refiero a la inmigración, al paro, la vivienda, la atención a las personas dependientes o la inseguridad, por poner algún ejemplo. Pero si la gente no lo sabe, si no es consciente, puede parecer una reivindicación profesional de los políticos, en vez de una necesidad real del conjunto de la sociedad. Más autogobierno, más Estatuto, más financiación, más soberanía quiere decir también más bienestar, más calidad de vida, más igualdad de oportunidades, más justicia social, más progreso, más prosperidad para todo el mundo. Prat de la Riba hablaba de la necesidad de disponer de una “tierra estructurada”, que pudiera contener todo el sueño “Noucentista” de la Catalunya-ciudad. Nosotros defendemos una tierra que hoy aun queremos más ordenada, organizada y estructurada, porque queremos que contenga al completo nuestro sueño de un país culto y moderno, de una Catalunya-red, compleja, firme, cohesionada, equilibrada y diversa, volcada en la sociedad del conocimiento. Y queremos más calidad de vida democrática en nuestro compromiso cívico. En nuestra cultura de ciudadanos, en el comportamiento colectivo en los espacios públicos. Más respeto con las cosas que son patrimonio de todos o sólo de alguien, más educación, más tolerancia, más flexibilidad. Y mucha más intransigencia con la simple necedad incívica, con la intimidación y con la violencia. Hablo de un país exigente consigo mismo, integrado por personas responsables, con un territorio de calidad, no echado a perder, sin ruidos, ni humos, ni malos olores. Un país dónde se pueda vivir bien. Y tenemos que ser capaces de ofrecer un proyecto de país estimulante donde, sobre todo la gente joven, encuentre caminos de realización personal llenos de interés y de sentido, dónde tengan cabida y se puedan realizar sus propios sueños particulares. Tenemos que ser audaces en las políticas de empleo y de vivienda adoptando medidas innovadoras y quizás incluso transgresoras en estos campos, como por ejemplo la adopción de contratos de trabajo sólo indefinidos o la rotación en el ocupación de viviendas en el parque público de alquiler. Políticas que nos sean útiles a nosotros sin necesidad de esperar siempre la solución generalizable que nunca llega porque no puede llegar, porque no existe un remedio único, el mismo, válido para enfermedades diferentes. No pretendemos ser, en el magma uniforme de una quincena de comunidades autónomas donde siempre quedaremos diluidos, un modelo generalizable, sino sólo la solución de nuestros problemas. Hemos de actuar dinamizando aquello que la simple deriva del mercado demuestra no ser capaz de resolver e impedir que los jóvenes sean expulsados del acceso a trabajos dignos y estables o que se dificulte su acceso a la vivienda. Hemos de favorecer y facilitar las iniciativas y no frenarlas. Hemos de estar junto a las personas emprendedoras en unos momentos en el que nuestras empresas tienen que competir con grandes potencias -la China, Alemania, los Estados Unidos- y, además , en una clara inferioridad de condiciones. Por ejemplo, con unos equipamientos y unas infraestructuras del transporte absolutamente insuficientes: sin aeropuertos transoceánicos que nos obligan a pasar por Madrid, ni ferrocarriles de ancho europeo, ni vías de circulación rápida de carácter gratuito, en contraste con otros territorios del estado donde disponen de unas infraestructuras del todo desproporcionadas, porque se sitúan por encima de sus necesidades reales y por eso están escandalosamente desaprovechadas por poco utilizadas. Hemos de conseguir con urgencia la formulación de políticas transformadoras en muchos frentes y los recursos para desarrollarlas. La mejora de la red asistencial y del sistema educativo son ejemplos claros. Hace falta aprovechar todo lo que podamos de lo que ya se ha hecho y se ha hecho bien por parte del gobierno anterior, que no deja de estar bien por más que lo hayan hecho otros. Reconocerlo nos dignifica y da sentido nacional, constructivo e institucional al gobierno actual. Sabemos bien que tenemos carencias que nos perjudican. Pero debemos tener la actitud de quien está dispuesto a construir un país nuevo, repensarlo, volverlo a diseñar y hacer las obras que hagan falta. Para que resulte confortable, cálido y luminoso durante toda una generación y toda una época que promete transformaciones extraordinarias como nunca en la historia. No podemos continuar con un nivel tan bajo de inversión en infraestructuras básicas que bloquea nuestro crecimiento económico, degrada los servicios y perjudica la calidad de vida de todo el mundo, de las personas, de las empresas, del territorio. No podemos continuar asumiendo la catástrofe social heredada que representa el fracaso escolar. Nos hace falta dirigir recursos hacia el desarrollo de una verdadera revolución educativa. La sociedad del conocimiento ¿es sólo una metáfora? Quizás sí, pero vayamos, y vayamos todos con los instrumentos intelectuales imprescindibles: cable y telecomunicaciones, banda ancha, tarifas planas razonables, digitalización, investigación, reciclaje permanente de los enseñantes y reforzamiento y replanteamiento de su función, formación básica de buen nivel, formación de adultos, renovación universitaria, conocimiento de idiomas, en definitiva, país de calidad. Es un reto que hace falta asumir, integrándolo como elemento orientador de todas las políticas sectoriales. Tenemos que ventilar la casa y ponernos al día, porque este acceso a la sociedad del conocimiento nos exige dar el gran salto de ubicación desde un pasado inmediato y un presente que sólo nos vinculan a España, siempre con deseo y latido europeístas, para encontrar un lugar propio en el escenario de un mundo global.
Durante las últimas décadas, la apuesta de los dos partidos hasta ahora mayoritarios ha ido hacia la regionalización de Europa pensando, ingenuamente o no, que con el fomento de la descentralización de los estados europeos estos se debilitarían y así solucionaríamos el viejo problema Catalunya-España. Pero esta estrategia no ha funcionado, porque los viejos armazones de los estados no han hecho más que fortalecerse. Europa la hacen ellos, los estados, y sólo ellos. Le estrategia de regionalizar Europa ha fracasado. La Europa de las regiones no ha existido ni existirá, porque no interesa a nadie y forma parte tan sólo de un discurso retórico para frenar ciertos procesos nacionales -no regionales- hacia la estatalidad. De los 25 estados de la Unión 19 son estados uninacionales con una población que no supera los 15 millones y 6 de estos hace 15 años ni siquiera existían y la mitad son más pequeños que Catalunya. Hoy, quien está en minoría en Europa son los 6 estados más grandes y sobre todo los antiguos imperios que inventaron el estado-nación: España, Francia, Gran Bretaña y también Italia. Tras siglos, tenemos la historia a favor. Nunca Europa había estado tan unida como ahora, sí, felizmente. Pero también, nunca en Europa había habido tantos estados independientes como ahora. Todo el mundo quiere construir Europa, pero todo el mundo quiere hacerlo desde su propio estado, sin que le importe la dimensión. ¿Y por qué nosotros tendríamos que ser la excepción? El conflicto Catalunya-España nos hace consumir demasiado tiempo, demasiadas energías y demasiado dinero y no nos permite centrar los esfuerzos en asegurar los derechos sociales y culturales de los ciudadanos, fomentar una economía competitiva y dinámica basada en la tecnología y el conocimiento, preservar el medio ambiente, ofrecer nuestro apoyo a los países menos desarrollados, etc. Hablar, a estas alturas, del encaje de Catalunya en España ya no tiene ningún sentido, ni siquiera para los federalistas. En todo caso, lo que hace falta resolver es el encaje de España en Catalunya, saber si hay un proyecto de España que encaje con nuestro proyecto nacional. El nuevo contexto de globalización obliga a definir un proyecto nacional propio, coherente y adecuado al escenario nuevo de soberanías compartidas. Ya no se trata, pues, de definir un nuevo proyecto de España para ver si Catalunya puede encajar. Lo que hoy es fundamental es definir qué estructuras políticas, económicas y culturales nos permiten afrontar con garantías la recreación de una catalanidad capaz de proyectarse hacia el futuro. Lo que de verdad necesitamos resolver es el encaje de Catalunya en la nueva mundialización económica y cultural. Ya es hora, pues, de aspirar a la normalidad, de actuar como lo haría cualquier pueblo con dignidad, de presentarnos al mundo como catalanes, sin complejos ni vergüenzas. Queremos ser ciudadanos del mundo, sin dejar de ser catalanes. Tenemos que crear un caso catalán en Europa, un caso único por su fuerza demográfica, económica, cultural y política. Somos la anomalía nacional más grande de Europa. Y visto el fracaso de la vía regionalista, Catalunya tiene que trabajar para tener su propio estado dentro de la Unión europea. La estatalidad es la única vía para estar presentes en el mundo, sin tener que luchar cada día por el reconocimiento sectorial, ni tener que pedir perdón o justificarnos por ser lo que somos. No queremos tener control sobre la macroeconomía, ni tener un ejército convencional, ni moneda propia. No queremos fronteras, hoy que la única frontera es entre el norte y el sur, entre la opulencia y la miseria. Queremos decidir tanto o tan poco como lo hacen los otros pueblos de Europa. Que todo aquello que no decida Bruselas por nosotros, lo decidamos nosotros y no Madrid. Interlocución directa, pues, con la Unión europea. Y tenemos que mantener los lazos afectivos y solidarios que siempre hemos tenido y tendremos con otros pueblos sin estado en Europa, pero no podemos continuar formando parte de los pueblos sin ninguna esperanza real de aparecer en los mapas políticos. No tenemos interés en continuar figurando como los primeros de los últimos, sino que queremos aparecer en medio de los primeros. Por esto tenemos que relacionarnos con los estados de la Unión, aquellos con quienes, en resumidas cuentas, nos habremos de entender para conseguir la estatalidad. Hace falta que el gobierno de Catalunya mantenga relaciones fluidas con todos los estados europeos, las instituciones europeas y las principales potencias mundiales, sin excepción. Hace falta que Catalunya disponga de aquello de lo que nunca ha dispuesto: de una política exterior propia, que no es lo mismo que tener unos presidentes viajeros. Con una paradiplomacia inteligente, como la que de un tiempo a esta parte practica el gobierno de Québec. Y que aprovechemos a los 400.000 catalanes de la diáspora para hacer lobby a favor de la causa y que trabajemos por nuestra presencia en organismos como la UNESCO o en el ámbito del deporte, pese a todas las dificultades que nos pondrán para poder estar y por estar.
Ya falta muy poco para la conmemoración del tercer centenario de la pérdida de nuestras libertades nacionales. Y tenemos el deber de no resignarnos ya que, cada comienzo de siglo, lo volvemos a empezar con los mismos problemas que en el siglo anterior. Por eso hemos de diseñar un proyecto nacional nuevo, adecuado a las nuevas circunstancias, a la realidad de hoy y no a la de ayer, a la nueva Catalunya. El nuevo proyecto de catalanismo, el catalanismo del siglo XXI, tiene que ser antes que nada el catalanismo del bienestar. Un proyecto soberanista, liberal -en el sentido de opuesto a autoritario-, cívico, progresista y, naturalmente, integrador y universal. Una lengua y una patria catalana la tenemos algunos. Un bolsillo lo tenemos todos. Y a todos nos gusta vivir bien, vivir mejor, asegurar la calidad de vida y la igualdad de oportunidades para nuestros hijos e hijas, al margen de dónde hayamos nacido y de la lengua que hablemos en casa. El patriotismo de bolsillo, el catalanismo de un país de calidad tiene que ser atractivo para todo el mundo. Y todo el mundo ha de entender que el país es de todos y que tenemos un bienestar que compartir, una educación, un transporte, una sanidad y también una lengua nacional que es también de todos, para compartirla, y no sólo para los que ya la hablan hoy. En este proyecto, ser catalán no puede ser una herencia recibida del pasado -lugar de nacimiento, apellidos, lengua familiar-, sino una elección libre, la expresión de una voluntad de ser. De ser también, en muchos casos. Porque no hace falta que nadie deje de ser, que renuncie a sus orígenes, que reniegue de aquello que ya era antes para ser también catalán. Por eso nuestro proyecto nacional no es ni ha sido nunca étnico, sino inclusivo, civil, integrador, democrático. No es tanto un proyecto de identidad, de identidad personal, pues cada cual tiene la suya o las suyas, sino de identificación con un país, una gente, una cultura, unas formas de vida, un paisaje. Antes una identidad era un territorio. Ahora, en un mismo territorio, pueden convivir muchas identidades, pero con una identificación común. Por esto nuestro proyecto no es antiespañol, no somos antiespañoles, no vamos contra España. Al contrario, nos queremos entender, desde el respeto mutuo, pero no desde la subordinación. No vamos en contra de nadie, pero sí a favor nuestro. No somos antiespañoles. Lo que algunos no somos es españoles, así de sencillo. Pero sabemos que hay muchos catalanes que sí que son, también, catalanes y españoles a la vez, y tienen todo el derecho del mundo si así lo quieren, y es con ellos y con todos los nuevos catalanes, de todas las procedencias, que queremos hacer de este país un gran país, un ejemplo de convivencia entre personas de identidades diversas e, incluso, simultáneas. Que más da el pasado, que es diferente. Lo que importa es el presente y el futuro, pues a ellos sí que los compartimos y los tenemos en común. Una de las paradojas de estos últimos años es ver como se ha ido consolidando nuestro carácter de subsistema, de provincia, en la economía, la cultura, los medios de comunicación, la política. El felipismo y el aznarismo han sido dos proyectos de modernización de España, dos interpretaciones del nacionalismo español postfranquista. Distintas, pero cargadas de ambición. Justamente, todo aquello que nos ha faltado a nosotros. ¿Cuál ha sido hasta ahora nuestro proyecto nacional? ¿Qué espacios de soberanía se han fijado y consolidado a lo largo del último cuarto de siglo? Ser astro o ser satélite, en frase de Gaziel, ser país o ser provincia, el viejo dilema de siempre aun continúa abierto. Pues bien, no queremos continuar siendo provincia, queremos ser país. Cuando el movimiento de la “Renaixença” ya había tomado un impulso definitivo el establecimiento de la línea férrea directa de Barcelona a París el 1878, que nos abrió a la influencia de los movimientos europeos en todos los ámbitos, sin ningún filtro. Dejando atrás la tutela de Madrid, nuestra capital, y con ella el país entero, se volvía cosmopolita al abrirse al mundo desde la propia identidad. Pues ahora queremos volver a estar abiertos de par en par al mundo, empezando por el mundo que tenemos más cerca, por nuestros vecinos, pero con los pies bien arraigados en esta tierra. Los caminos de hoy pasan por la integración de la nueva Catalunya-ciudad a la red global e interconectada de metrópolis incorporadas a la sociedad del conocimiento. Este es el tren que pasa ahora y Catalunya no lo puede perder, porque ya hemos perdido bastantes a lo largo de la historia. Decía el presidente Companys que “no son grandes los pueblos por su extensión territorial, sino por la aportación que hacen al patrimonio de la humanidad y el surco que marcan en las llanuras de la historia”. Nosotros no aspiramos a ser los más grandes por el territorio ni por la población, sino por nuestra aportación a la humanidad entera, desde nuestra realidad, nuestra cultura y nuestros valores. Yo estoy orgulloso de ser ciudadano del país de la gente que se espabila, un país donde se valora el esfuerzo, el trabajo, la iniciativa, la inquietud emprendedora, la capacidad de riesgo, la honestidad, la autoexigencia, la responsabilidad, el trabajo bien hecho, los derechos pero también los deberes y donde, si te esfuerzas, puedes prosperar tú y los tuyos. Un país donde se valora la iniciativa privada, la iniciativa social, la iniciativa pública. Un país al que nadie le ha regalado nada. Todo lo que somos, todo lo que tenemos es el resultado de un esfuerzo tenaz de generaciones, durante siglos, por parte de la gente de aquí. Y los de aquí son los que quieren ser de aquí, tanto si han nacido como si no. Hablo de la Catalunya de la gente, de la actuación anónima, modesta y constante, que en cualquier parte del territorio y en todas las profesiones y en tantas entidades se ocupa de las pequeñas soluciones, de los progresos concretos, de la mejora cotidiana, como resultado de la ilusión de mucha gente honesta, voluntariosa y comprometida que procura hacer bien su trabajo y mejorar la realidad que tiene más cerca. Los millones de microacciones positivas de estas personas son decisivos para construir un país de calidad.
Durante mucho tiempo nos ha perdido la lucha por dominar la inmediatez, pero hemos abandonado el combate del sueño, la mirada larga, la capacidad de imaginarnos cómo será y cómo queremos que sea este país de aquí a 25 años y no tan sólo de aquí a finales de legislatura. Por eso nos hace falta identificar, muy bien, cuales son nuestros retos colectivos, los más importantes, aquellos con los que, si los culminamos con éxito, conseguiremos reforzarnos frente al futuro. El primero de todos es la inmigración, el fenómeno social más trascendente de hoy, porque es transversal y nos fuerza a repensar toda la política. El sustrato romántico y esencialista de cierta idea de país tiende a ver a la nueva inmigración básicamente como problema. Y la ausencia de una política nacional de inmigración, con competencias y recursos económicos propios y suficientes, sí que es el problema más importante de los que tenemos planteados. La inmigración, no obstante, más que un problema puede ser una oportunidad: la nuestra. Y hasta ahora no hemos podido encararla de forma adecuada. Ahora, la nueva inmigración es el escaparate donde se exponen todas nuestras miserias. Es la imagen de la provincia tan autosatisfecha como insegura. Pero si disponemos de competencias y recursos y somos capaces de definir políticas de acogida, integradoras y no paternalistas, Catalunya puede llegar a ser un modelo de construcción cívica de la nación. Para ello nos es imprescindible que el catalán sea la lengua vehicular y común de nuestro país, como recurso básico de integración social y cultural, como pasa en todos los países del mundo. De lo contrario, el multiculturalismo desvertebrado puede ser el primer paso hacia la disolución en la uniformidad impuesta. Además, si los nuevos catalanes no se integran a la nación catalana, cívica y plural, lo harán a otra nación, con otro modelo de convivencia que, hasta ahora, nunca ha sido ni cívica ni plural. Si la nueva inmigración está con nosotros el futuro será nuestro. Si no es así no habrá para nosotros un futuro como pueblo. Además de este reto, la clave en la construcción del estado catalán de bienestar, el nuevo proyecto nacional tendría que priorizar otros ejes básicos de acción gubernamental:
Después de un siglo de proponérnoslo, ya lo hemos conseguido: hemos arreglado España. Ya es un estado conocido en el mundo, con un sistema democrático moderno y una economía que funciona. Ahora ya es hora de que pensemos en nosotros y, desde nosotros, en todo el mundo entero. Tenemos un emplazamiento geográfico privilegiado, unas potencialidades enormes por desarrollar, un capital humano valiosísimo, gente imaginativa, creativa, con talento. Aprovechémoslo, aprovechémoslos. Tengamos el coraje de ser valientes. Dejemos atrás este autoodio tan profundamente provinciano, esta clase de rechazo y vergüenza por nuestras cosas, en nombre de un universalismo postizo que no acostumbra a ser más que un españolismo disimulado o reprimido. Abandonemos la indiferencia, la pasividad, la resignación, la dimisión. Despertémonos de este letargo en el que estamos instalados en permanente siesta colectiva. Salgamos a la calle, hablemos con la gente, convenzámosles. Hay una energía catalana contenida y no podemos permitirnos la irresponsabilidad de desaprovecharla por más tiempo. Este país tiene que ser más ambicioso y esto no quiere decir, exactamente, ser de los primeros de España en nada, sino de los primeros de Europa en muchas cosas. Tenemos un potencial enorme adormecido, una gran capacidad de organización social y civil. ¡Hagamos que despierte! Esto es cosa de todos, como el catalán. Basta de debates estúpidos por saber qué se entiende o no por literatura catalana. ¿Es que, quizás, los ciudadanos alemanes que escriben en turco representan la literatura alemana? No podemos permitir por más tiempo aceptar como normal aquí, aquello que no se acepta en ninguna parte. Tenemos que decidir si queremos volver a la situación histórica de país líder y adelantar en Europa, en materia de equipamientos, infraestructuras, cultura, calidad de vida, democracia, mentalidad, o bien nos quedamos parados en los estándares españoles y, como simple provincia, nos resignamos a ser periferia de la periferia. Ahora toca alzar la bandera de la mejor ambición por Catalunya como nunca se ha alzado. No tenemos miedo de decir hasta dónde queremos ir, sin límites, porque tenemos derecho, porque nos conviene, porque ya no nos han dejada otra salida. La situación actual nos perjudica desde hace años, pero ahora ya hemos llegado a un punto crítico, porque amenaza nuestra misma cohesión como sociedad y nuestra continuidad como comunidad nacional. Tenemos que desacomplejarnos nacionalmente de una vez. Somos un pueblo abierto -id donde queráis, que encontraréis turistas catalanes-; que habla idiomas -aquí, quien menos sabe, habla dos lenguas-, que tiene menos funcionarios por cada mil habitantes que en ninguna parte de la península, pero que si que tiene, en cambio, centenares de miles de empresas pequeñas y medianas. No somos los mejores, pero somos nosotros. Para que nos respeten fuera, tenemos que respetarnos dentro. Nos tenemos que hacer respetar y esto sólo es posible hablando en plata, sin complejos ni ambigüedades. Tenemos que recuperar la autoestima frente a la renuncia y la mediocridad. Tenemos gente de gran calidad que a menudo desconsideramos ante personajes de cuarta fila de otras latitudes: escritores, intelectuales, cantantes, músicos, actores, actrices, pintores, escultores, arquitectos, diseñadores de moda, ilustradores, empresarios, científicos, médicos, periodistas, directores de cine y de teatro. Tenemos de todo y suficientemente bueno. Pues, valorémoslo, sin complejos de ser lo que somos y tener lo que tenemos. Valoramos y estimamos con orgullo sereno y sin menospreciar a las otras, nuestra lengua y nuestra cultura. Son nuestra aportación insustituible al patrimonio de la humanidad. Esforcémonos por conocer nuestra memoria histórica. Ella nos ayudará a entender porque hoy somos así. Y hagamos el esfuerzo de encontrar los aspectos comunes, el mínimo común denominador de la sociedad catalana donde fundamentarnos, porque ello nos hará fuertes y nadie nos podrá batir. Porque hay cosas que no son de derechas ni de izquierdas, sino de sentido común, de interés nacional. Pido a la sociedad catalana que se movilice, que lo hagan todos los sectores sociales, económicos, empresariales, universitarios, profesionales, deportivos, periodísticos, culturales, asociativos, territoriales, religiosos, para que se sientan formando parte de un proyecto común, de una idea de país mejor, como integrantes de un tren en marcha, que avanza sin pararse hacia el final del trayecto. Propongo a mis compatriotas que seamos valientes, que hagamos aquello que no han hecho -porque quizás no han podido, porque quizás no han querido- las generaciones anteriores: saltar la pared y llegar hasta el mar. Tras el desierto hay las olas, tras el oasis catalán hemos de llegar al Mediterráneo de la libertad. De la libertad, de la cultura, del bienestar, de la modernidad, de la convivencia, del progreso, del diálogo, de la tolerancia, del respeto a la diversidad de ideas y de opciones religiosas. No hay nada que nos lo pueda impedir, nada que nos pueda parar si hacemos piña, si lo consideramos un objetivo de todos, de país. Lo creo de verdad. Lo he pensado mucho, le he dado vueltas muchas veces, lo he soñado. No podemos ser miembros de un pueblo, integrantes de una nación en la que, en palabras de Castelao, sólo son capaces de soñar cuando duermen. Incluso, si así fuera, sabemos muy bien que los sueños son la fase que precede al momento de despertarse. Pues yo ya sueño despierto. Como lo hace cada vez más gente que ya se ha liberado del freno del ”ahora no toca” o bien del “en Madrid no nos dejarán”. No es cuestión de si nos dejan o no. Es cuestión de si queremos nosotros o no y de no tener que pedir permiso. Yo os pido que soñemos. Que soñemos en un país mejor. ¡Qué país sería este si fuera una nación libre! Y, cuando pienso en esta nación catalana, pienso, como escribía Pere Quart, en ¡“una patria tan pequeña, que la sueño completa”! Aquí no tenemos un problema nacional. Aquí lo que tenemos es un problema estatal. Nuestro problema no es que seamos una nación. Nuestro problema es que no somos un estado. Esta es la verdad que alguien debe decir. En estos momentos de desconcierto, de decepción, de carencia de entusiasmo y, también, de crisis de liderazgo en el proyecto de país, en tantos sectores dirigentes de nuestra sociedad, hemos de reivindicar más que nunca, nuestra “voluntad de ser”, en palabras de Vicens Vives. Ha llegado la hora. Ahora toca pasar del sentimiento y la emoción nacionales a la conciencia y la práctica nacionales. Somos una nación, seremos un estado. Queremos tener un estado y lo tendremos. Ahora toca luchar por conseguir aquello que hace siglos perdimos: el estado, la capacidad de decidir, la última palabra sobre nuestro presente y nuestro futuro. Ahora toca recuperar la ilusión, el sueño, la épica, la complicidad colectiva, la dignidad nacional. Ahora nos toca ganar, porque este país necesita victorias. Contra la violencia, contra el radicalismo, contra el extremismo, es la hora de abandonar el torbellino de nuestra lenta agonía y volver a la cordura de nuestra voluntaria recuperación. Ahora toca tener convicciones profundas, grandeza moral, coraje político. Hay pasos que no se han hecho nunca antes, porque nos parecían imposibles y hoy hemos visto que podían ser. Ahora toca alzarnos en una decisión histórica. Nuestros hijos y nuestras hijas se merecen vivirlo y verlo. Pero nosotros también. Yo lo quiero vivir. Yo lo quiero ver. Y sé que ese día vendrá. Y esta es una reflexión racional, tranquila, constructiva. Se podrá compartir o no, pero tenemos un proyecto de país. Porque alguien ha de tener alguno, ambicioso, audaz, transgresor, visionario incluso, con los ojos de ahora. En nombre de mi partido, yo os he hablado de un país y de un horizonte. Estamos dispuestos a liderarlo y a asumir todas las responsabilidades que vosotros nos queráis dar. No me dejéis solo. No nos dejéis solos. Hay una gran necesidad de esperanza y nosotros no la defraudaremos. Nuestro proyecto va en serio y nos hemos puesto a andar hacia una Catalunya sin límites. Era Gramsci quien hablaba del pesimismo de la inteligencia y del optimismo de la voluntad. Pues bien, ahora que por primera vez la inteligencia nos invita al optimismo, que no nos falle la voluntad. Nosotros no fallaremos. Todos los sueños necesitan voz para explicarse. Yo estoy dispuesto a intentarlo. No es fácil pensar el futuro de un país, pero si lo fuera, quizás ya no sería interesante, ni resultaría atractivo. Un proyecto de futuro no puede ser nunca un proyecto acabado del todo. Es una cosa compleja, difícil, cambiante y por eso tiene que ser flexible, porque lo hacemos entre todos. Yo os propongo un proyecto de país. Yo os propongo que os rebeléis contra el conformismo y que no aceptéis, resignados, el guión de vuestra vida que otros han escrito por vosotros. Pues no en nuestro nombre. Yo os propongo, raso y corto, cambiar el curso de la historia. Yo os he hablado de un sueño. Pero si vosotros lo queréis, no será un sueño.
Conferencia pronunciada en “L’Auditori” de Barcelona
el 27 de abril de 2005. |
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