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| Eugène Chaplin
A todos aquellos que nunca han olvidado su alma de niño. Les escribo estas breves palabras con verdadera emoción. El circo inundó mi universo desde mi más tierna infancia. Mi padre me transmitió su admiración por la gran familia circense y, a pesar de haberla olvidado a menudo, finalmente regresé a ella de la mejor manera, recuperando así mi mirada de niño. ¿Qué decir sobre el payaso que no haya sido ya sentenciado? Representando desde el sarcasmo hasta la situación burlesca que todos nosotros hemos vivido algún día sin quererlo o saberlo. En ocasiones, haciendo de espejo de nuestra realidad, a veces convirtiendo las risas en lágrimas, otras sembrando la lagrimita de la emoción, el payaso no es otro que nosotros mismos con aquella nariz roja, nariz que le permite ofrecer, como si de un bufón se tratara, las cosas absurdas de la vida. Reírse de uno mismo o de los demás, de una situación o de un problema de sociedad, ¿quién puede hacerlo mejor que un payaso? Estos artistas de cualidades excepcionales deben ser al tiempo comediantes, acróbatas y más todavía. ¿Qué no haría un gran payaso por escuchar las carcajadas de un niño y por leer en los ojos el júbilo de los mayores? ¿El arte del payaso es la propia esencia de la Pantomima? El payaso, terapia contra los males de nuestra cotidianidad, de la irrisión a lo irracional. Pero, pensándolo bien... ¿Dónde está lo razonable? “Para de hacer payasadas”. ¿Quién no ha escuchado esta frase alguna vez... en ocasiones anhelando el poder del payaso? ¿Quién no ha soñado ofrecer un pastel de nata a su vecino como el Augusto a su carablanca? El imaginario del mundo del payaso no tiene más fronteras que las lágrimas de nuestras emociones. De mayores, niños somos y seguiremos siendo mientras los payasos estén allí para recordándonoslo. Eugène Chaplin. III Jornadas internacionales: “El payaso, creador de sonrisas”.
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