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| Círculo de Economía de Barcelona
En los últimos diez años, hemos asistido a un cambio radical en el fenómeno migratorio. España, que aún tiene un millón y medio de emigrantes viviendo en el extranjero, se ha convertido en un país atractivo para la inmigración. Aunque el porcentaje de residentes en España nacidos en el extranjero está alejado del de los países más desarrollados, su tasa de crecimiento es considerable. En el año 2002, España ha sido el segundo país receptor de inmigración de la Unión Europea, al acoger a más de uno de cada cinco nuevos inmigrantes de la Unión. La llegada de inmigrantes provoca sentimientos contradictorios. Por un lado, una parte de nuestra sociedad ve en la inmigración un factor que puede contribuir al dinamismo económico y cultural y que, al mismo tiempo, puede moderar nuestra caída demográfica. Pero, otra parte de la sociedad percibe la inmigración con creciente inquietud, temor e, incluso, cierto rechazo; en su opinión, estamos ante una imparable llegada de extranjeros, que supera nuestra capacidad de acogida y pone en peligro nuestro bienestar y personalidad colectiva.
1. Un reto y una oportunidad En el Círculo de Economía creemos que la inmigración es un factor de desarrollo económico y de progreso social. Nuestro bienestar sería ya hoy inferior al alcanzado, y nuestras perspectivas de futuro más confusas, sin la aportación de los inmigrantes. Ahora bien, la inmigración es también un reto para la convivencia y la cohesión social; lo es especialmente en aquellos países que, como el nuestro y la mayoría de países europeos, han desarrollado programas de bienestar social que se ven presionados por la extensión de su cobertura a la población inmigrante. Por ello, sólo si se abordan de forma adecuada y con recursos suficientes los problemas que genera la inmigración, conseguiremos que se convierta en un fenómeno positivo para todos. Esta Opinión del Círculo de Economía quiere ser una contribución a un análisis racional del problema y un apoyo a las iniciativas y políticas públicas necesarias para transformar ese reto en una oportunidad. 1.1. Fuerzas que impulsan la inmigración La inmigración no es un fenómeno de carácter exponencial. Su crecimiento viene impulsado por dos fuerzas de fondo: por un lado, la atracción que se deriva de las oportunidades económicas y la caída demográfica en los países receptores y, por otro, la expulsión a que conduce la falta de expectativas en los países de origen. La fuerza de la atracción es determinante. Si no hubiesen empresarios con oportunidades de negocio dispuestos a contratar trabajadores extranjeros, no vendrían inmigrantes. Una evidencia de este efecto es que la llegada de trabajadores se intensifica en todos los países cuando la economía crece, y se desacelera cuando la economía languidece. La inmigración se ve favorecida también por necesidades demográficas. Sin la aportación de la inmigración, la proyección del crecimiento de la población española nos conduciría a una disminución de tres millones de personas en los próximos veinticinco años, y ello tendría un efecto dramático. Más allá de cuestionar el mantenimiento económico del Estado del Bienestar, una población envejecida carece del dinamismo indispensable para el progreso. La fuerza de la expulsión también es importante. El mayor número de inmigrantes proviene de países cuyo incipiente desarrollo se ha estancado, o bien de países de rentas intermedias que sufren severas crisis económicas o políticas. 1.2. Una apuesta por los países en desarrollo Toda política de inmigración debe actuar en los países de origen. Las sociedades avanzadas no podemos limitarnos a definir y ejecutar políticas destinadas a aquellos inmigrantes que llegan a nuestros países. Debemos plantearnos de manera decidida cómo fomentar un rápido y sostenido desarrollo de los países menos favorecidos. Debemos apostar a favor de la consolidación democrática e institucional, la inversión empresarial y la dotación de infraestructuras en esos países. En este sentido, los europeos debemos adquirir un compromiso inequívoco con el desarrollo de la cuenca sur del Mediterráneo, y a España le corresponde liderar este compromiso. El “Proceso de Barcelona” -iniciado en el año 1995- sentó las bases de la política mediterránea de la Unión Europea. El objetivo debe ser doble: la prevista articulación de la Área Euromediterránea de Libre Comercio (AELC) en el año 2010, y el apoyo financiero para el ajuste estructural y la dotación de infraestructuras en los países de la ribera sur del Mediterráneo. En el Círculo de Economía creemos que estas iniciativas son importantes, y deben ser abordadas con decisión, pero son insuficientes. El impulso al desarrollo mediterráneo se verá reforzado si se materializa la creación, tal y como apuntó el Consejo Europeo de Barcelona, de la filial mediterránea del Banco Europeo de Inversiones (BEI), que podría llamarse Banco Euromediterráneo de Desarrollo (BED), con mayores recursos financieros y sede en una ciudad europea mediterránea -como Barcelona- comprometida con el desarrollo del Mediterráneo. En esa necesaria apuesta a favor del desarrollo global, hará falta una visión a medio plazo para favorecer políticas comerciales y agrícolas que abran mucho más los mercados europeos y norteamericanos a productos provenientes de países en vías de desarrollo. Ello tendrá consecuencias para las especializaciones productivas de países como España, que tienen que plantearse seriamente qué modelo de crecimiento y especialización productiva quieren desarrollar en las próximas décadas. 1.3. Hacia un nuevo modelo de especialización productiva para nuestro país Estamos en un momento de cambio profundo de nuestras estructuras productivas. La ampliación de la Unión Europea al este, el proceso de globalización, y nuestro propio progreso económico hacen que dejemos de ser un país atractivo para aquellas producciones de menor valor añadido que se basan en una mano de obra barata. Asimismo, tenemos que planificar un futuro cercano en el que tampoco pueden tener cabida aquellas actividades sustentadas, directa o indirectamente, por subvenciones públicas, y aquéllas que dañan seriamente nuestro medio ambiente. Debemos aspirar a consolidarnos como una economía basada en sectores de mayor valor añadido que sitúen a la innovación en el eje central del progreso económico y social. La inmigración es determinante en nuestra nueva especialización y en nuestra capacidad de innovar. Por una parte, aporta capacidad de trabajo en actividades de menor valor añadido que se hallan muy desabastecidas de trabajadores, y que ya no quieren desempeñar los residentes. La especialización de una parte de los recién llegados en estas actividades permite una superior dedicación de los trabajadores ya establecidos a actividades de mayor valor añadido. Por otra, un buen número de inmigrantes posee ya unos elevados conocimientos técnicos que les permiten complementar la especialización de los profesionales autóctonos. Asimismo, dada nuestra escasa movilidad laboral interna, el impacto positivo de la inmigración en España puede ser mayor que en otros países. Los inmigrantes se instalan donde son más necesarios y útiles socialmente, y de esta manera aportan una parte de la flexibilidad que requiere un país dinámico con una economía en plena transformación productiva. Los países y las ciudades más dinámicas e innovadoras, tanto económica como culturalmente, son territorios de inmigración.
2. Las dos vertientes de la politica inmigratoria Una política coherente de inmigración debe estimar la necesidad de inmigrantes, llegar a acuerdos con los países de origen, y fomentar la ida y venida de los trabajadores y sus familias. Así, debe responder a las necesidades y posibilidades del país receptor y, a la vez, procurar ofrecer aquello que más desean los que vienen: un trabajo en la legalidad. Ahora bien, una política realista de inmigración no se agota en los que vienen, es decir, en los aspectos relativos a la problemática que plantea la regulación de los flujos migratorios. Deben plantearse, además, todos los problemas que origina la presión de la inmigración sobre el sistema de bienestar, especialmente en áreas como la sanidad, la enseñanza, la vivienda, y la seguridad ciudadana. Estos problemas son más intensos en países, como los europeos, en los que existen fuertes programas de bienestar. Hay que evitar a toda costa que, en aquellas localidades donde se concentra en mayor medida la presión inmigratoria, se deteriore la calidad de vida y de los servicios públicos. Sólo evitando estos efectos perversos será posible mantener una auténtica cohesión social. 2.1. Políticas orientadas a los que vienen Las políticas de inmigración exclusivamente preocupadas por el control y entrada de extranjeros nunca podrán ser totalmente eficaces. Los incentivos de los que quieren entrar siempre serán de mayor intensidad que el celo de los encargados de evitar su entrada. Todos los países de la OCDE han controlado la entrada de extranjeros de forma más o menos selectiva; ahora bien, su eficacia ha demostrado ser limitada. En el Círculo de Economía creemos que lo fundamental es articular una política de gestión realista y eficaz del flujo de inmigrantes que permita acceder al mercado de trabajo español a las personas que necesitamos. Esa política debe fundamentarse en estimar las necesidades de inmigrantes y fijar una política realista de contingentes; fomentar la ida y venida de los trabajadores y sus familias; evitar intervencionismos excesivos; y dar una dimensión europea a la política de inmigración.
2.2. Políticas orientadas a evitar la exclusión social y el deterioro de los servicios públicos La problemática de la inmigración no finaliza cuando el extranjero consigue legalizar su situación. El auténtico desafío reside en el encaje del inmigrante en la sociedad de acogida. El rechazo a los extranjeros puede producirse, especialmente, en los barrios en los que se concentran la mayor parte de los inmigrantes, cuando los residentes perciben o temen un deterioro de los espacios públicos, del valor de sus inmuebles y de los servicios públicos como la sanidad y la educación. El reto es promover una política de integración y cohesión social que incorpore las necesidades de los recién llegados y responda a las inquietudes de los residentes. En efecto, una vez han llegado los inmigrantes es cuando debe desarrollarse una política activa de integración –centrada en el inmigrante y su familia- que permita su rápido acomodo y, al mismo tiempo, una política de cohesión social que asegure el nivel de bienestar –a todos los ciudadanos- a partir de un marco de valores sociales y culturales compartidos. Ambas políticas requerirán, en un inicio, una considerable dotación económica que, ineludiblemente, debemos asumir. Estas políticas deberían desarrollarse atendiendo a las siguientes prioridades: formación e inserción laboral para inmigrantes y residentes en riesgo de exclusión; lucha contra la economía sumergida sustentada en la inmigración; política local activa para evitar la marginalización de las zonas de recepción de inmigrantes; mayor colaboración y corresponsabilidad entre Estado y Comunidades Autónomas; reforzar la seguridad ciudadana; planificar y financiar los servicios públicos para evitar la masificación; y fomentar el sentimiento de pertenencia a una misma sociedad y garantizar el respeto al marco legal.
3. Conclusión El fenómeno inmigratorio es una realidad compartida por todas las sociedades occidentales que ha afectado a España, país de emigrantes hasta hace poco, de manera tardía pero acelerada. La inmigración constituye un factor de dinamismo y progreso, siempre que seamos capaces de desarrollar una política coherente en materia de recepción de inmigrantes, así como una política comprometida y realista de cohesión social. No se puede ocultar que una parte de la población asocia la llegada de inmigrantes con el riesgo de un grave deterioro de los servicios públicos y de la misma convivencia. Pero, respecto a países similares al nuestro, tenemos dos ventajas de partida. Por una parte, la experiencia, con sus aciertos y errores, vivida por aquellos países que desde hace ya años nos anteceden en gestionar la llegada de inmigrantes. Por otra, la ausencia de partidos políticos con representación parlamentaria que hagan bandera del rechazo al inmigrante. Ni tampoco se han dado estallidos generalizados de conflicto racial. Estamos a tiempo de evitar esos riesgos. Dada la trascendencia y urgencia de la cuestión, el Círculo de Economía reclama que ésta sea abordada de forma prioritaria por los poderes públicos. A tal fin, estos deberían incorporar a la tarea de elaboración de dichas políticas, al conjunto de agentes sociales e instituciones privadas implicados en el fenómeno inmigratorio. Por su parte, los poderes públicos deberían garantizar, con especial amplitud y visión de futuro, la necesaria dotación de recursos económicos, sin los cuales toda política inmigratoria resulta inane en la práctica, cuando no contraproducente.
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