| Toni Comín
La reivindicación tradicional
desde la izquierda democrática de los países de Europa
en relación al proceso de construcción europea fue siempre
la necesidad y la bondad de avanzar hacia una Unión Política.
Frente a la Europa como mero espacio económico, la izquierda
ha reclamado la Europa como espacio político, frente a la Europa
mercado, la Europa democrática. Y frente a la Europa política
interestatal, la izquierda ha exigido el avance hacia la Europa federal:
frente a la Europa de los Estados, la Europa como “demos”
único, la Europa de los ciudadanos.
Este Tratado para una Constitución que los ciudadanos españoles
se disponen a votar el mes de febrero es el paso más relevante
que ha dado nunca Europa hacia la Unión Política Federal.
Es cierto que este ideal tiene tal envergadura, que si se compara
con el final del camino, cualquier paso puede parecer insuficiente.
¿Constituye este Tratado una auténtica Unión
Federal, plenamente democrática?
En absoluto. Sin embargo ¿constituye un paso en la dirección
correcta? Rotundamente sí.
Seguramente, el principal enemigo de este Tratado es su nombre: al
llamarlo Constitución esperábamos de este Tratado cosas
que no se nos hubiera ocurrido esperar de los precedentes. La historia
de la construcción europea ha sido la historia de una larga
escalera que se ha ido subiendo peldaño a peldaño, tratado
a tratado. Primero el de París, que fundó la CECA, luego
el de Roma, que funda la CEE, más tarda el Tratado de Fusión,
el Acta Única, Maastricht, Ámsterdam hasta llegar al
Tratado de Niza. Y ha sido una historia de éxito. En cada Tratado
se ha dado un paso relevante en este largo proceso que es la integración
de sociedades que hasta ayer se desangraban entre sí en un
mismo espacio económico, cultural y político común.
Éste ha sido el método europeo: el de los pequeños
o medios pasos, no el de los grandes saltos, pero pasos constantes,
uno tras otro, sin prisa pero sin pausa durante cinco décadas.
¿Por qué, hoy, de repente, aspiramos a subir la escalera
de cinco en cinco peldaños? ¿Es acaso posible? Claro
que no. Después de 50 años de historia, deberíamos
tener un respeto por este caso único de integración
política supraestatal que es Europa, deberíamos tener
un respeto por su método de construcción, como para
creer que ahora vamos a cambiarlo de un plumazo y que a partir de
hoy, no se sabe muy bien en virtud de qué otro método
y de que otra fórmula, vamos a hacerlo de otra manera, más
rápida, más efectiva, más democrática
o más de izquierdas.
Ver el final del camino es muy fácil; avanzar hacia allí
es una tarea complicada. Lo más curioso es que esta vez seguramente,
en vez de subir un peldaño, el Tratado nos permite subir dos.
En efecto, pocas veces se había dado un paso tan relevante
hacia la Unión Política, hacia la integración
federal, hacia la clarificación institucional y, por ende,
hacia la democratización del proceso político europeo.
Y justo ahora, a muchos, desde la izquierda, el avance les parece
insuficiente. Pero ¿cómo pueden votar no a este Tratado,
que es un compromiso entre la lógica socialdemócrata
y la lógica liberal (como no podía ser de otra manera
dada la correlación de fuerzas actual en Europa) aquellos que
en su día apoyaron el Tratado de Maastricht, que sin duda era
la consagración de la ortodoxia neoliberal?
20 mejoras relevantes
¿Cuál es el criterio, a nuestro entender, correcto,
justo y honesto con la realidad, para juzgar el Tratado que ahora
tenemos que aprobar los ciudadanos? El criterio de la comparación.
¿Qué dice el Tratado de Niza (el Tratado que quedará
vigente si el Tratado para una Constitución no entra en vigor),
y qué dice éste en relación a cada uno de aquellos
temas que son relevantes desde una perspectiva de izquierdas? Pues
bien, hay al menos 20 mejoras relevantes que este Tratado introduce
en relación a los anteriores, que demuestran palpablemente
que la estructura institucional de la Unión que allí
se define es, indudablemente, más federal, más democrática
y más social que la estructura precedente:
- Por primera vez se define a la Unión como una Unión
“de Estados y de ciudadanos”, es decir, se ponen las
bases para un único demos europeo.
- El Tratado, por primera vez, incluye como valores, principios
y objetivos de la Unión que son un compendio de las ambiciones
sociales de Europa: la libertad, la democracia, los derechos humanos,
la paz y la igualdad entre ciudadanos; “la igualdad entre
hombres y mujeres”, “la justicia y la protección
sociales” y “la solidaridad”; la “economía
social de mercado”, “el pleno empleo y el progreso social”,
la lucha contra “la exclusión y las discriminaciones”;
“la cohesión social y territorial”, “el
desarrollo sostenible”, “el comercio equitativo”
y “la erradicación de la pobreza en el mundo”.
Estos valores, sin duda, consagran el modelo europeo de sociedad,
que tiene en su corazón mismo la idea de la justicia social.
- Por primera vez, se incluye en el Tratado la Carta de Derechos
Fundamentales, con carácter vinculante (es la Parte II del
Tratado) y con fuerza jurídica para ser invocados ante los
tribunales europeos. Con ello se dota de plena realidad política
al concepto de ciudadanía europea.
- En este mismo sentido, la Carta incorpora (y con ello consagra
a escala europea) los derechos sociales clásicos, como el
derecho de huelga, el derecho a la información de los trabajadores,
el derecho a la negociación colectiva, o la protección
contra los despidos abusivos. Constitucionaliza el diálogo
social y la participación de los agentes sociales en la política
de la Unión y reconoce la capacidad comunitaria para legislar
sobre los servicios públicos. En este aspecto, va mucho más
lejos que muchas de las constituciones de los Estados nacionales
de la Unión.
- Además, incluye entre los objetivos de la Unión
el derecho a una educación gratuita, el acceso a los servicios
públicos y a la Seguridad Social. Además, reconoce
los llamados derechos “tercera generación”: el
derecho a la protección del medioambiente, a la protección
de los consumidores, a la protección de los datos personales
o a la diversidad cultural y lingüística.
- El Tratado instituye la UE, por primera vez, como un ente con
personalidad jurídica propia y simplifica las figuras legislativas,
que quedan reducidas a leyes europeas y leyes marco europeas, lo
cual hará más fácil su control democrático.
- Clarifica la división de poderes entre los distintos órganos
de la UE (Parlamento, Comisión y Consejo). Establece que
la Unión está dotada de un poder legislativo, compuesto
por dos cámaras: el Parlamento Europeo (que representa a
los ciudadanos) y el Consejo Europeo (que representa a los Estados,
donde se reúnen los 25 líderes de cada país)
que son quienes aprueban la legislación europea, de obligado
cumplimiento por parte de los Estados miembros; y un poder ejecutivo,
que es la Comisión, que funciona como un verdadero Gobierno
europeo. En consecuencia, el presidente de la Comisión debe
ser del mismo color político que el grupo mayoritario del
Parlamento.
- Supone, asimismo, un paso adelante en la democratización
del proceso legislativo europeo porque da un rol mucho más
relevante al Parlamento Europeo: obliga a que la mayoría
de leyes de la UE (un 95 %), incluido el presupuesto, sean aprobadas
conjuntamente por el Parlamento y el Consejo Europeo.
- Un hito fundamental: avanza decisivamente en la eliminación
del criterio de unanimidad, que funciona como un derecho de veto
para cada uno de los Estados, a la hora de tomar las decisiones
en el seno del Consejo Europeo. La mayoría cualificada pasa
a ser el método habitual en la toma de decisiones, para la
mayoría de materias sobre las cuales tiene competencias el
Consejo. Nunca tantas materias serán decididas por mayoría
y no por unanimidad. Cierto es que la unanimidad se mantiene para
tres políticas fundamentales: la política fiscal,
la social y la política exterior. Este es uno de los aspectos,
más negativos (si no el peor) del nuevo Tratado. Fue una
concesión, especialmente grave, que hubo que hacer básicamente
al Reino Unido, que representa a las fuerzas anti-federalistas,
para arrancarle su voto favorable.
- El Tratado supone un cambio histórico en lo se refiere
al sistema de voto en el seno del Consejo Europeo, que a partir
de ahora votará de acuerdo con el sistema de doble mayoría.
¿Qué quiere decir esto? De entrada que los Estados
tendrán una cuota de voto proporcional a su población,
lo cual supone un avance importantísimo en la democratización
de este órgano decisivo de la Unión. Las decisiones
que se aprueben por mayoría cualificada tendrán que
ser apoyadas por un grupo de Estados que representen como mínimo
el 65 % de la población; sin embargo, para proteger los intereses
de los Estados pequeños, este grupo tiene que estar compuesto
al menos por el 55 % de Estados.
- Avanza, si bien no todo lo que sería deseable, en la institucionalización
de un gobierno económico para los países de la zona
euro. Es éste un proceso imprescindible para compensar, por
medio de la coordinación de políticas fiscales y macroeconómicas
que prioricen el crecimiento y el empleo, la autonomía total
de un Banco Central Europeo centrado exclusivamente en la lucha
anti-inflación.
- El Tratado supone un refuerzo claro de las capacidades de la Unión
en Política Exterior y de Seguridad (PESC). Según
el Tratado, los principios inspiradores de la PESC deben ser el
multilateralismo, el respeto al Derecho Internacional, el reconocimiento
de la legitimidad de la ONU, la solución negociada de los
conflictos, la cooperación para el desarrollo y la defensa
de los derechos humanos. Pero, sobre todo, el nuevo Tratado crea
de manera estable y definitiva la figura del ministro de Asuntos
Exteriores de la UE, que unificará (de cara adentro) y dará
visibilidad (de cara fuera) a la PESC. En contrapartida, hay que
reconocer como una de las principales insuficiencias del Tratado
el mantenimiento de la unanimidad en el Consejo Europeo a la hora
de tomar decisiones de política exterior.
- Se instituyen las cooperaciones reforzadas, un mecanismo por el
cual aquellos países que quieran avanzar más rápidamente
o profundizar la integración en alguna política determinada
tienen la posibilidad de hacerlo sin necesidad de que el resto les
siga, siempre y cuando no se les impida la posibilidad de hacerlo
en el futuro. Una limitación a este mecanismo es el hecho
de que todos los países deben dar su visto bueno a una cooperación
reforzada (los que participarán en ella y los que no), pero
ello no quita que no estemos ante un instrumento muy relevante para
garantizar que el proceso europeo siga hacia delante en una Unión
ampliada a 25 Estados, donde las asimetrías van a ser cada
vez más inevitables.
- Este es el mecanismo clave, por ejemplo, para dar los pasos fundamentales
que la UE tiene pendientes en política de defensa. En este
sentido, el Tratado sienta unas buenas bases para que la UE se dote
de una estrategia de defensa autónoma, sacándose de
encima de manera definitiva la tutela norteamericana. Si bien es
verdad que otro de los precios que ha habido que pagar (esta vez
a los propios USA) es la explicitación de que la OTAN sigue
siendo el pilar fundamental de la defensa europea.
- Todo lo que suponga avanzar en la integración política,
en política exterior y en política de defensa, supone,
sin lugar a dudas, un reforzamiento de la UE como actor relevante
en la política mundial, capaz de ejercer de contrapeso a
los EUA y sus ansias imperiales, y de impulsar el multilateralismo
en las relaciones internacionales. En este sentido, nadie tan contento
con una derrota de la Constitución como los neocons que lideran
hoy la política exterior estadounidense.
- La Constitución da un rol más relevante a las regiones,
permitiéndoles acudir al Tribunal de Justicia y obliga tener
en cuenta los efectos en las regiones (especialmente en aquéllas
con poder legislativo) de todas las decisiones comunitarias.
- Además, por primera vez, ni que sea de un modo tímido,
la Unión reconoce como un principio propio la protección
de las lenguas minoritarias y se compromete con la defensa de la
diversidad cultural. Un protocolo adicional al Tratado incorporado
a última hora a instancias del gobierno español abre
la puerta al reconocimiento de las lenguas minoritarias como lenguas
oficiales.
- Avanza también en lo que se refiere a la democracia participativa,
puesto que se reconoce por primera vez la posibilidad de la democracia
directa por medio de la Iniciativa Legislativa Popular a escala
europea, por la que los ciudadanos pueden promover una ley si recogen
un millón de firmas de ciudadanos de la UE.
- Por otra parte, este proceso de redacción de este Tratado
ha sido el más democrático de cuantos ha conocido
la UE a lo largo de su historia. Normalmente los Tratados eran redactados
por las llamadas Conferencias Intergubernamentales (CIG) en la que
los Estados negociaban entre sí, a puerta cerrada, el texto
que luego ellos mismos debían aprobar. Esta vez, se ha convocado
por primera vez una Convención, una especie de organismo
constituyente, formada básicamente por representantes de
los Parlamentos nacionales y del Parlamento Europeo. De esta Convención
nació un texto que luego los gobiernos retocaron, ciertamente,
a la baja en la CIG correspondiente. Nunca había habido tanta
transparencia ni tanta
democracia en el proceso de integración europea.
- La posibilidad de revisión del Tratado, su facilidad o
dificultad, es uno de los puntos que más ha centrado el debate,
en el seno de la izquierda, entre partidarios y detractores. Como
han escrito Strauss-Khan y Delanöe: “Algunos, entre los
que quieren ir más lejos, temen sin embargo que ya no podamos
hacerlo jamás, dado que el nuevo Tratado grabaría
en mármol la Europa actual.” Pero, como ellos mismos
responden, no es así. El argumento que sustenta este miedo
viene a decir que un Tratado con pretensiones constitucionales es
mucho más difícil de cambiar, y que tiene una vocación
de permanencia mucho mayor que los precedentes.
Sin embargo, este Tratado no es más difícil de cambiar
que los anteriores, porque requiere la misma regla fundamental que
los anteriores para su modificación o sustitución por
otro, que es la unanimidad entre los Estados de la Unión. Si
acaso, podría esgrimirse que poner de acuerdo a 25 Estados
es más difícil que poner de acuerdo a 15. Y es cierto,
pero la historia de Europa es la de su avance permanente, independientemente
del número de Estados implicados.
Facilidad para la revisión
De todos modos, probablemente este Tratado será más
fácil de revisar que los precedentes gracias a la llamada “cláusula
pasarela” a la que no se ha prestado toda la atención
que merece: permite que las materias que hoy todavía son decididas
por unanimidad (política fiscal, exterior, etc.) en el futuro
puedan ser decididas por mayoría cualificada si así
lo decide, por unanimidad, el Consejo Europeo. Esto viene a ser una
revisión sin revisión del actual Tratado: permite superar
su principal insuficiencia sin necesidad de una nueva Convención
ni una nueva CIG. Además, el Parlamento pasa a tener, gracias
al nuevo Tratado, potestad para hacer propuestas de revisión.
Nunca antes se había dado al Parlamento capacidad de iniciativa
constitucional.
Ciertamente, el nuevo Tratado constitucional no es perfecto, ni suficiente
para aquellos que lo juzgamos desde la izquierda. Es un punto de partida,
y no de llegada. Pero, sobre todo, es notablemente mejor que Niza,
que es lo que tendremos si gana el no. Que este nuevo Tratado constitucional
haya tenido que pagar peajes (a los británicos en política
fiscal y social, a los USA en defensa, y algunos otros) es la mejor
prueba de que no gusta para nada a las fuerzas conservadoras, a los
enemigos tradicionales de la Unión Política realmente
federal y democrática. Es la prueba de que la Constitución
avanza por el camino que los enemigos de Europa nunca han querido
imaginar.
Además, es imprescindible evitar un equívoco. El Tratado
no es de izquierdas, ni socialista. ¡Por supuesto! Tampoco lo
es la Constitución española, francesa o alemana. Las
Constituciones no son de derechas ni de izquierdas, sino que simplemente
marcan el terreno y las reglas del juego democrático. Las Constituciones
democráticas tienen que dar cabidas a proyectos políticos
socialistas, liberales, conservadores, de izquierda radical, etc.
Desde la izquierda no tenemos que aspirar a una “Constitución
europea de izquierdas”, sino a una Constitución europea
que no impida hacer políticas de izquierda. Y ésta,
ciertamente, no las impide en absoluto. Aun y así, citando
de nuevo a Strauss- Kahn/Delanöe: “Nada de nuevo en este
Tratado para los liberales [puesto que las referencias al libre mercado
y a la competencia están copiadas de los Tratados anteriores],
muchos avances para los socialdemócratas”.
Para acabar, hay que refutar la tesis de la “crisis constructiva”.
Lionel Jospin lo ha explicado con claridad meridiana: “Entre
los europeos sinceros, algunos dicen que Europa tiene necesidad de
una crisis, de una especie de electrochoque para recomenzar más
fuerte. La imagen es engañosa, puesto que aquellos que asumen
el riesgo de la crisis no saben como reconducirla. El rechazo del
texto propuesto hoy no nos proporcionará mañana, por
milagro, un tratado conforme a nuestros deseos. Nuestros socios no
se plegaran repentinamente a nuestras exigencias. Hará falta
encontrar unánimemente un compromiso -necesariamente próximo
del actual- o persistir en la crisis”.
Efectivamente, hay una incongruencia fuerte en los defensores de
la tesis de la “crisis constructiva”. Creen que no aprobar
este Tratado abre una oportunidad: la oportunidad de que en un futuro
próximo haya una correlación de fuerzas mejor para la
izquierda y para los federalistas, que permita hacer un Tratado mucho
mejor que éste. Pues bien ¿por qué no debería
servir esta nueva correlación de fuerzas para mejorar el Tratado
actual?
Una Europa futura decantada hacia la izquierda tanto sirve para retocar
el Tratado constitucional en la buena dirección, como para
hacer un Tratado mejor que el actual, ciertamente. La diferencia es
que, en principio, lo primero es una batalla mediana, porque partiríamos
de un punto de partida -el Tratado constitucional- donde bastantes
de las mejoras a alcanzar ya estarán ganadas. Mientras que
lo segundo, en la medida en que hay que volver a recomenzar desde
cero, es una batalla sin duda muchísimo más difícil.
Es sabido que las batallas medianas son más fáciles
de ganar que las difíciles. Y, a veces, el realismo también
es una de las obligaciones de la izquierda.
Toni Comín.
Diputado en el Parlamento de Catalunya por el PSC-CpC y
profesor de Ciencias Sociales en ESADE.
Artículo publicado en la revista ”El Ciervo” de
diciembre de 2004.
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