Kosovo: el sentido de un combate

 

Jean Daniel

 

"No hemos intervenido para cambiar el régimen de Belgrado, recuerdan de buena gana los franceses, sino porque la situación en Kosovo era intolerable." Sin duda. Pero al apostar exclusivamente por una guerra breve, hemos hecho que la situación fuese aún más intolerable y ya no estamos en condiciones de hacer ningún tipo de previsión.

Estamos, y lo seguiremos estando, cada vez más agredidos por emociones traumatizantes y por informaciones contradictorias. En estas condiciones, el mejor servicio que podemos prestar a nuestros lectores, y a nosotros mismos, es poner orden, con exigencia y serenidad, en nuestras ideas.

Eso no se consigue, mi querido Jean-François Kahn, acusando a Chirac y a Jospin de "asesinos de civiles", ni tampoco, mi querido Bernard-Henry Lévy, negándose a comparar Chevènement con Le Pen e incitar así a que se les compare; no, no es así como los intelectuales y los observadores hacen su trabajo. A mi entender, no es lo que se espera de aquellos que buscan la verdad.

Más adelante abordaremos el informe realizado por Claude Weill y Vincent Jauvert, en el que intentan responder a las diversas preguntas que se imponen sobre la situación real en Kosovo. Por lo que a mí respecta, quiero proseguir aquí una demostración que inicié el primer día del conflicto sobre la falta de preparación de una guerra justa y las consecuencias que pueden derivarse de ella.

 

La catástrofe llamada humanitaria, ¿ha sido causada por los bombardeos?

Evidentemente, es la pregunta más terrible, la que provoca un nudo en la garganta a miles de europeos y norteamericanos. Está comprobado que la "limpieza étnica", es decir, la actuación destinada a hacer que los serbios en Kosovo sean "menos minoritarios" (sic), había sido planificada desde hacía mucho tiempo. También está comprobado que la represión de los serbios se ha desencadenado a partir del momento en que las reacciones independentistas y violentas del UCK tomaron el relevo a las reivindicaciones pacifistas de Ibrahim Rugova. Las fuerzas y las milicias serbias han aprovechado esta represión para realizar expediciones de castigo y campañas de intimidación que, en gran medida, han incitado a la población a abandonar sus casas.

¡Sea! Las intenciones eran conocidas y, por lo demás, ya lo eran desde la implosión de Yugoslavia tras la muerte del mariscal Tito. Esto no quita que el desastre, en su actual extensión y por lo que se refiere al horror de los métodos utilizados por los serbios, al número de víctimas y a la desestabilización de los países vecinos, ha cogido a todo el mundo por sorpresa. En particular a los que, a ambos lados del Atlántico, y sobre todo a los militares, tenían como función la de predecir, prever, prevenir y preparar. No me cansaré de denunciar la manera en que ha sido planteada esta guerra, reduciéndola a bombardeos. Nuevamente, no se trata de juzgar la causa; sólo se trata de constatar un hecho enorme y alucinante: los ejércitos más fuertes del mundo se ven obligados a echar mano de las organizaciones humanitarias no gubernamentales para resolver problemas en los que ninguno de ellos parece haber pensado.

Desde el inicio de la guerra, no me resigno a esta gigantesca y criminal carencia. Se apostó por una guerra corta con la que los serbios no tendrían tiempo para aplicar su plan de vaciar Kosovo. Se trataría, según el Quai-d'Orsay, de un "error colectivo de los expertos militares". Dicho de otra manera, no se ha considerado la posibilidad de perder la apuesta y nadie se ha preparado para esta eventualidad. Éste es el motivo por el que los jefes de estado y de gobierno de la OTAN están obligados a repetir que Milosevic es el único responsable. Es una respuesta indigna. Cuando un loco está a punto de provocar un fuego, se preparan las mangueras. Y si el fuego se extiende por todas partes, no se dice que el loco tiene la responsabilidad exclusiva.

 

¿Por qué apoyan los serbios, incluso aquellos que están en la oposición, a Milosevic?

Hay dos errores que no se deben cometer, tanto si se quiere saber la verdad, como si se desea conocer al enemigo para contrarrestarlo mejor. El primer error consiste en decir que los serbios están "hechizados" por Milosevic. La relación que los serbios mantienen con su dictador no se parece en nada a la fascinación que ejercía Hitler sobre su pueblo. La oposición contra Milosevic ha sido activa, e incluso importante; en los dos últimos años, ha conseguido varias veces crearle verdaderos problemas. Algunos demócratas serbios consideran incluso que se ha volcado en la causa "nacional y sagrada" de Kosovo precisamente debido a estos problemas.

El segundo error consiste en ver a todos los serbios como cómplices de los crímenes de guerra o contra la humanidad. Sin embargo, no es Milosevic quien ha "hechizado" a los serbios, es el nacionalismo. Se podría decir que, en algunos casos, no es mucho mejor, si no fuese porque este nacionalismo tiene una fuerte dimensión patriótica para los antiguos oponentes demócratas. Se les puede oír todos los días en la CNN, mientras que cada vez que hablan en Francia se les tapa la boca. Bernard-Henri Lévy no ha creído necesario escuchar, la otra noche, en la emisión de Alain Duhamel, todo lo que su antiguo compañero serbio de Bosnia quería decirle. Como yo escucho la CNN, puedo adivinar lo que quería decir. Este hombre no consideraba honorable desertar mientras las bombas destruyen su capital. Milosevic es el auténtico responsable de todo, incluído haber perdido tres guerras y haber dejado imponer en Krajina una "limpieza étnica" a expensas de 300.000 serbios. Pero la idea de que, para oponerse a Milosevic, hacía falta que perdiera los monasterios serbios de Kosovo y aceptar así que, después de siete siglos, los otomanos consiguieran una segunda victoria, es una idea que no podía ser aceptada alegremente. Son las jugarretas de la memoria.

Sin embargo, subsiste lo esencial: al parecer los antiguos oponentes demócratas serbios ignoraban sinceramente, al menos hasta la última semana, los métodos de su ejército. Sólo podían ver a sus propios refugiados, después de las guerras de Croacia y Bosnia. Dicho de otra manera, tienen la conciencia tranquila. Es lo que más sorprendió al presidente checo Vaclav Havel, en su declaración televisada del 12 de abril. Recordemos que Vaclav Havel ha sido dramaturgo. "Algunos directores de teatro serbios, que han puesto en escena mis obras durante años y de los que me consta que me tienen aprecio, me han escrito y preguntado: "¿Qué hemos hecho para que nos bombardeéis?" Me gustaría decirles que, por supuesto, a mí no me han hecho nada, en todo caso, no directamente, pero que cuando su régimen asesina a sus conciudadanos de origen albanés, es como si me lo hicieran a mí. La mayoría de los serbios ignoran por completo la masacre de albaneses. La mayoría de ellos piensan que su heroica nación esta siendo atacada por capitalistas perversos. Es espantoso."

En efecto, es espantoso, pero es necesario que se sepa y que se saquen conclusiones prácticas, concretas, militares. Sólo faltaría que después de habernos hablado de su sorpresa en el caso de los refugiados, nos vuelvan a hablar de sorpresa en el caso de la resistencia.

 

¿Se tiene derecho a intervenir en los asuntos internos de un país?

Hasta hace poco tiempo, resultaba impensable. Dos principios se superponían en el origen de la Sociedad de Naciones y, posteriormente, de la Organización de las Naciones Unidas: el principio de soberanía de los estados y el principio de los pueblos a construir su propio futuro. Durante la guerra fría sólo se aplicó el primer principio. La Organización de las Naciones Unidas quedó reducida a un club de estados soberanos en el que cada uno de ellos podía hacer lo que quisiera dentro de sus fronteras. No se planteaban las cuestiones del derecho de asistencia o del derecho de injerencia, ni se barajaba un concepto de crimen contra la humanidad situado por encima de las legislaciones nacionales.

Con frecuencia se olvida que los imperios coloniales se desarrollaron y se extendieron apelando a soberanías autoproclamadas. En Argelia, por ejemplo, hubo una minoría de franceses frente a una gran mayoría de musulmanes, en unas proporciones parecidas a las que hoy se dan en Kosovo. Cada vez que parecía que la ONU iba a intervenir, hemos repetido que cada uno era dueño de su propia casa. Y cuando Yugoslavia estuvo dispuesta a ayudar militar y masivamente a los argelinos, de Gaulle rompió inmediatamente relaciones diplomáticas con Tito. Argelia era Francia, de la misma manera que, para los Serbios, Kosovo es Yugoslavia.

Desde entonces, la noción de soberanía ha evolucionado lentamente. Está tan enraizada en las tradiciones nacionales que sólo puede evolucionar lentamente, hasta el punto de que hay quienes, en Francia, se autoproclaman "soberanistas", por utilizar una expresión originada en Quebec. Sin embargo, es innegable que la mundialización de la economía y la información ha supuesto una mundialización de la moral, a pesar de la diversidad de los pueblos y sus tradiciones. Es verdad también que existen "espacios de civilización", como lo es Europa, en los que se considera legítimo no tolerar aquellas prácticas que atentan contra el espíritu con el que han construido dichos espacios. La actitud de los europeos hacia los serbios es, en cierto sentido, una anticipación, pues prefigura una Europa de la que formaría parte Serbia, pero que estaría en falso desde el punto de vista de la soberanía jurídica y moral de Europa.

 

El papel y la responsabilidad de Estados Unidos en Kosovo

Resulta lamentable que los primeros pasos que atentan contra la soberanía de un país independiente hayan sido dados por la OTAN y no la ONU. Por el contrario, no es justo afirmar que Estados Unidos son capaces de lograr la unanimidad política en el concierto de los diecinueve países que se reunieron en Washington para conmemorar el 50º aniversario de la creación de la OTAN.

Tony Blair encontró las palabras justas para eliminar cualquier duda a los congresistas norteamericanos. Les dijo que los líderes de la Segunda Guerra Mundial ya no están entre nosotros y declaró al periodista Jim Oakland que, a pesar del miedo a un nuevo Vietnam, "es la primera vez que mi generación ha de hacer frente a la necesidad de utilizar la fuerza en algún momento, para hacer aquello que creemos acertado. Creo firmemente que, en última instancia, las causas justas acaban triunfando. Estoy igualmente convencido de que la OTAN alcanzará con toda seguridad la victoria".

De hecho, en Kosovo, Estados Unidos no defienden ningún interés económico, ni siquiera ningún interés estratégico. Lo que les interesa es garantizar que la OTAN, en la que disponen de la supremacía militar, cuente con una credibilidad infalible. Tanto para mostrar a los europeos que son solidarios e indispensables, como para mostrar al mundo que la comunidad atlántica es capaz de defender sus valores. Sin embargo, al margen del beneficio coyuntural y fortuito que les pueda suponer esa actitud, lo cierto es que Europa ha recibido un buen varapalo. En el preciso momento en que podía jactarse de haber puesto en marcha la moneda única, se ve en una situación de dependencia militar total.

Es curioso, pero los antieuropeos se cuentan entre aquellos que más reprochan a los europeos que se encuentren en ese estado de dependencia. Los antieuropeos se han encerrado a sí mismos en una especie de cárcel provocada por esa paradoja. Pretenden sustituir su viejo antiamericanismo, que antaño garantizaba la revolución, por un chovinismo anclado en la idea de nación y se quejan de la dominación americana, al tiempo que rechazan la solidaridad europea. Ante esa situación, son incapaces de proponer cualquier iniciativa.

 

¿Qué precio habrá que pagar por la indispensable firmeza?

A medida que se consolidaba la idea de que había que proseguir una guerra mal pensada y mal preparada, ha ido imponiéndose la necesidad de que ésta fuese una guerra tutelada por las Naciones Unidas y que no suscitase a los rusos ninguna imprudencia intempestiva. Después de múltiples errores arrogantes, los norteamericanos han dejado de subestimar la capacidad de ciertos rivales de Boris Eltsin de provocar manifestaciones de "afirmación militar". ¿Qué significa esa enigmática expresión, tan frívolamente utilizada a veces? Lo menos grave es que sea pura y simplemente una gesticulación naval y lo peor es que equivalga a la entrega de misiles de alto rendimiento a los serbios. Hemos iniciado una fase de grandes riesgos: los generales norteamericanos ya no creen que Milosevic esté a punto de rendirse y temen que la pérdida de vidas humanas de un eventual cuerpo expedicionario provocase un cambio de actitud en la opinión pública. En esas condiciones, aún a riesgo de que se hundan la OTAN y Europa, no puede haber marcha atrás. El precio de la indispensable firmeza puede acabar siendo elevado, muy elevado.

Algunos de nosotros, aún no siendo expertos militares, hemos leído bastante o simplemente tenemos recuerdos sobre los Balcanes, cuya historia debería ser de obligada lectura para nuestros generales. ¿Quién no tiene presente el Próximo Oriente, esa región castigada y desorganizada desde hace tanto tiempo por problemas de refugiados? Esos problemas siguen obsesionando aún hoy a jordanos, libaneses, palestinos e israelíes. Por esa razón no puedo dejar de pensar en una solución política, incluso con Milosevic - sí, incluso con él -, antes de que el caos se apodere de Albania, Macedonia, Montenegro y tal vez Bulgaria, y turcos y griegos, pero sobre todo los rusos, no puedan permanecer indiferentes.

 

Jean Daniel

Periodista y director de "Le nouvel Observateur"
Artículo publicado en el número 1798 de la revista "Le nouvel Observateur" del 22 al 28 de abril de 1999.
Traducción: Mirnaya Chabás