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| Jacques Delors En nombre del presidente Poul Rasmussen y en el mío propio, quisiera agradecer a todos los compañeros su contribución a esta vasta reflexión sobre la Europa social. Los participantes han podido aportarnos, además de sus propios análisis y reflexiones teóricas, unos elementos preciosos acerca de las experiencias propias en cada país porque, como sabéis, existen en realidad distintas variantes del modelo social europeo, provenientes de nuestras historias nacionales. Esta diversidad debemos asumirla para fijar mejor nuestros objetivos y los medios para llevarlos a cabo. Pero, tanto en el ámbito social como de manera más general, la diversidad de Europa, también su fuerza, manifiesta una unidad indiscutible. Por esta razón, para el futuro de la sociedad, la gran mayoría de los europeos tiene una filosofía común que puede expresarse simplemente con la fórmula siguiente: no queremos un sistema en el que la sociedad aplaste al individuo, sino que rechazamos cualquier sociedad en la que el individuo sea su único juez y pueda decidirlo todo en detrimento de la sociedad y de su cohesión. Esta concepción de base ha comportado que, en los dorados sesenta, todos los países europeos se dotaran de regímenes de solidaridad social que cubrieran la totalidad de los riesgos. Hallaron, en el plano económico, una especie de compromiso dinámico entre las fuerzas del capital y las fuerzas del trabajo. Estas experiencias del modelo social europeo son cuestionadas o desafiadas, por una parte, por la globalización y el cambio tecnológico y, por otra, debido al desequilibrio que se ha creado en provecho de las fuerzas del capital y a expensas de las fuerzas del trabajo, con los asalariados convertidos en la variable de reajuste de la mundialización. En este contexto, la ofensiva de la derecha política y neoliberal se halla reforzada. Los conservadores y los neoliberales quieren atacar, una por una, las conquistas adquiridas a un precio elevado por el movimiento obrero y el movimiento socialdemócrata durante los cincuenta últimos años. La resistencia está en curso e incluso la contraofensiva, ya que en ciertos países en los que nuestros amigos políticos han estado o están todavía en el poder, han sido halladas unas nuevas síntesis entre las obligaciones de la economía y las exigencias sociales. De este modo, queridos compañeros, el combate continúa. En los últimos tiempos, el Parlamento Europeo, apoyado por manifestaciones sindicales, ha podido modificar la ley europea acerca de los servicios, con el fin de proteger los derechos más fundamentales de los trabajadores, por un trabajo y un salario decentes. Otro ejemplo elegido, entre otros, pero tan significativos como éste: los sindicatos belgas, sostenidos por ciertos compañeros, se esfuerzan por mantener el sector de la industria automovilística que Volkswagen querría prácticamente liquidar. Por último, otro signo de que las fuerzas del trabajo no se desarman es que la Confederación Europea de Sindicatos acaba de dar a conocer una petición para los servicios públicos. Más allá de las definiciones distintas del servicio público en los Estados miembros, lo que se cuestiona son las posibilidades de mantener la calidad y la accesibilidad de los servicios públicos para todos. Nuestra vigilancia debe ser total sobre este asunto. Ese fue un error político: el haber propuesto una directiva sobre la liberación de los servicios sin acompañarla de otra directiva marco que permitiera garantizar las finalidades del servicio público. El partido socialista europeo debe estar presente en las batallas sucesivas en las que se pone en juego, día tras día, el futuro de nuestra sociedad; en la síntesis que queremos entre la libertad, la responsabilidad y la solidaridad. Al referirme a la diversidad de las situaciones nacionales he querido, por eso mismo, subrayar la dificultad de una carta común, ya que en las reivindicaciones que nos dirigen los ciudadanos o ciertos grupos se tiende a olvidar que el contrato de matrimonio de los europeos está fundado sobre un reparto de competencias entre la Unión y los Estados miembros. A este respecto, sería peligroso tener buena conciencia evocando la fórmula del tratado constitucional sobre las competencias compartidas. Es una fuente de confusión que no facilita el enriquecimiento del debate democrático. En realidad, y en el estado actual de los tratados, la política económica, la política del mercado de trabajo y la política del Welfare State son competencia y responsabilidad de los Estados miembros. Es preciso recordárselo siempre a los demagogos de todas las opiniones.
Por una hoja de ruta europea Para superar esta dificultad, vuestro presidente, Poul Rasmussen, ha elegido un método original que consiste, después de recordar nuestras orientaciones fundamentales, en proponer a los 27 Estados miembros una hoja de ruta que cubra todas las políticas que deben contribuir al bienestar, a la cohesión de la sociedad y también a la preservación de nuestro futuro común, por la inclusión de la dimensión del medio ambiente y de la ecología. Si esta hoja de ruta recoge el acuerdo del congreso, nuestros partidos encontrarán la confirmación de su compromiso y de los caminos para mejorar nuestros sistemas sociales y nuestros sistemas de trabajo sin negar sus valores esenciales y los fundamentales de su acción. Los caminos propuestos permiten desarrollar una acción que desembocará en el reequilibrio entre lo económico y lo social, entre lo económico y lo monetario y entre el crecimiento cuantitativo y el desarrollo cualitativo, respetuoso con el medio ambiente. No se trata de una especie de conservadurismo social que defendería tal como son los elementos del Welfare State. No, pues en el curso de los trabajos preparatorios, han sido puestas de relieve las causas de desorden social o de exclusión de los individuos. Esta atención a los nuevos riesgos de la sociedad postindustrial es esencial para mostrar que los socialdemócratas escuchan a la sociedad y tienen en cuenta las transformaciones que se manifiestan en ella, sea en el plano de los valores y modos de vida, sea en el plano de las desigualdades respecto al trabajo, sea en el plano de las condiciones de vida, con frecuencia más difíciles para las personas solas, las familias monoparentales o los jóvenes que han salido de la escuela sin estar dotados de capacidades para defenderse en la vida. En los amplios debates a los que dan lugar estas cuestiones tan difíciles, debemos prestar atención al desgaste de las palabras a fuerza de ser utilizadas a tiempo y a destiempo por los medios de comunicación y por nuestros adversarios políticos. Por eso, algunas veces vienen ganas de sacar el revólver cuando los políticos conservadores hablan, impasibles, de igualdad de oportunidades, de educación durante toda la vida, de cultura para todos. Debemos reaccionar contra el clima que se crea así y que hace mucho daño a la democracia y a la ciudadanía. Pues, ¿cómo se quiere que los ciudadanos comprendan ciertas fórmulas si éstas pierden su verdadero sentido? Por esta razón, el dictamen para una nueva Europa social entra en los detalles cuando se trata de dar a todos la posibilidad de acceder a un trabajo, de proveer unas soluciones concretas para quienes quieren o deben volver a la formación durante toda su vida, para llevar a cabo en concreto la igualdad de los derechos entre las mujeres y los hombres, para permitir a las familias la conciliación del trabajo y la vida familiar, sin que sea desatendida la educación y el bienestar de los niños. Sobre este último punto, no lo olvidemos nunca, queridos compañeros, cabe decir que los niños pobres de hoy se convierten en los adultos pobres y los excluidos de mañana. Conviene, pues, hallar en cada país las políticas que permitirán asegurar a todos los niños una esperanza para vivir decentemente y beneficiarse de enseñanza de calidad. Esto, por supuesto, no disminuye en absoluto la responsabilidad de los padres, que deben ser también educadores.
Armisticio psicológico Pero una necesaria profundización de nuestra Europa social no debe alejarnos de otras condiciones para una nueva salida de la construcción europea. Esto implica volver durante unos instantes a lo fundamental. La experiencia histórica de la construcción europea muestra que si no hay un mínimo de confianza entre los Estados miembros, es imposible progresar. Hasta en el tiempo en que Gran Bretaña se oponía al proyecto del Acta Única y otras, había en el Consejo de Ministros de los Asuntos Generales, e incluso en el Consejo Europeo, una atmósfera que permitía hablar además de comprender, hasta decidir por mayoría. Actualmente, ese mínimo de confianza entre los Estados ya no existe. Yo abogo por un armisticio psicológico entre esos países, lo cual significa que algunos deben dar ejemplo y cesar en sus avisos agresivos e incluso de denunciar la paja que hay en el ojo de los demás sin mirar la viga que hay en el suyo. Véanse bien las detestables consecuencias del efecto que tienen informaciones que se suceden en este momento. El Consejo Europeo tiene, pues, la elección de abordar los verdaderos desacuerdos o de arrellanarse en los placeres de un coche cama. Para reencontrar el vigor y la transparencia del debate y vivificar la democracia, es preciso admitir que existen divergencias profundas entre los Estados miembros acerca de la finalidad de la Unión. No puede hacerse “como si” esto no existiera porque los jefes de Estado se llaman por su nombre de pila. Sería mejor hacer aflorar los problemas. Por otra parte, siempre los ha habido. Sólo citaré un ejemplo entre otros: la construcción de la Europa económica, medioambiental y social que implica las cuatro libertades del mercado, una política de la concurrencia y, por supuesto, la competencia entre las empresas. Si, como proponen algunos o como lo practican ya otros Estados miembros, se ayuda a la competencia entre las empresas, la competencia entre las naciones, entonces, no hablamos ya de una Europa política ni siquiera de un espacio económico definido por unas reglas y arbitrado por el derecho. Sin embargo, no se quiere discutir seriamente esta cuestión. ¿Cuál es nuestra imagen de la construcción de Europa y, para empezar, de este vasto conjunto económico e integrado? Es que aceptamos que por el “dumping”, sobre todo fiscal, se justifica esta jungla, incluso desde el punto de vista teórico, y nos resignamos a la fórmula según la cual entre el mundo y la nación no existe nada. Sí, queridos compañeros, está Europa. Hablamos así del motor de la construcción europea, de cómo hacerla. No se habla a los ciudadanos más que del diseño del automóvil. Yo quisiera que se levantara el capó y se mirara el motor: el triángulo Parlamento Europeo, Consejo y Comisión, cada uno en su papel. Todo eso porque el triángulo de base no funciona. La Comisión tiene el derecho de iniciativa, está bien. Para los que no están convencidos, recordaré simplemente que no habría programa Erasmus, cuyo vigésimo aniversario festejamos, si la Comisión no hubiera tenido el derecho de iniciativa y no lo hubiera hecho respetar en 1986.
Consejo de Asuntos Generales La Comisión tiene el derecho de iniciativa, efectúa las propuestas, debería trabajar de un modo permanente con el Parlamento Europeo y el Consejo de Ministros, seleccionar los textos que se pueden proponer, los textos verdaderamente indispensables. Pero para eso me parece que se precisa de nuevo un verdadero Consejo de Ministros de Asuntos Generales y no de ministros de Asuntos Exteriores que vienen, bajo la cobertura también de los Asuntos Generales, y que tras haber hablado de geopolítica durante la comida, se marchan después dejando, sin instrucciones, a un secretario de Estado el encargo de decidir. Se necesita un Consejo de los Asuntos Generales; es uno de los elementos clave que han permitido progresar. Restablecer el triángulo institucional y que los jefes de Estado cesen de desatender la Comisión. Si se vuelve a esta práctica elemental, se verá más claro, se llegarán a suscitar los verdaderos debates. El Consejo Europeo reencontrará su verdadero papel, que es el de pronunciarse sobre dos o tres orientaciones fundamentales. No se puede hablar de la Europa social sin subrayar la importancia estratégica de la Unión Económica y Monetaria. ¿Cuál es el balance de la Unión Económica y Monetaria después de siete años? El euro protege, pero el euro no activa. El euro protege, incluso, de las estupideces que hacen ciertos países. Podéis recuperar la historia de estos últimos años y ver que ciertos países miembros del euro habrían conocido, en un determinado momento, grandes dificultades en el mercado de cambios si hubieran guardado su moneda nacional. El resultado es que, desde un punto de vista técnico, se pide demasiado a la moneda y no lo suficiente a la economía. Y que haciendo esto, se desatiende lo social, se lo debilita falto de crecimiento coordinado, falto de suficientes empleos. Obsérvese que los banqueros centrales tienen un aspecto muy feliz, pero nosotros lo estamos menos. Es preciso, pues, recordar, a partir de esto, el proyecto original: el equilibrio dialéctico entre lo económico y lo monetario. Ahora bien, esto no se ha realizado. ¿Por qué? Este equilibrio estaba prescrito por el llamado “Informe Delors” de 1989, mantenido en el espíritu del Tratado de Maastricht. Pero fue completamente olvidado en 1997, cuando se hizo el pacto de estabilidad, este pacto de estabilidad que tenía sus razones desde el punto de vista alemán para convencer a una opinión en su mayoría reticente. Este pacto de estabilidad, incluso enmendado, no ha regulado más que una pequeña parte de los problemas. Se hubiera necesitado un pacto de coordinación de las políticas macroeconómicas. No se crea que el presidente del Banco Central norteamericano está solo. Está constantemente en relación y discusión con la Casa Blanca y los ministros. La Comisión hubiera debido tener el coraje de decir: “Denunciamos las asimetrías entre las políticas económicas nacionales, demostramos que si fuéramos todos en el mismo sentido, añadiríamos un valor al conjunto y creceríamos más en los períodos favorables, y tendríamos menos recesión en los períodos de disminución”. Esto no se ha intentado nunca y, además, los ministros no han querido jamás reconocer esta misión a la Comisión Europea. No espero convencer a todo el mundo. Digo que la obra de la reflexión debe estar abierta. Es económica, técnica, institucional. Implica no sólo el cambio total de los estatutos del Banco Central, sino sobre todo la cooperación de las políticas macroeconómicas nacionales, una armonización mínima en el interior de la Unión Económica y Monetaria (UEM), especialmente en lo que concierne a la base tributaria del impuesto sobre las empresas; a continuación, los tipos de interés. En otras palabras, la UEM debe convertirse en una verdadera cooperación reforzada con su propio presupuesto que permita acompañar los esfuerzos de los Estados de la Unión Económica y Monetaria, y tal vez también un fondo de intervención coyuntural que sería utilizado, por supuesto, de un modo razonable. Si el euro marchara verdaderamente bien, posiblemente no habría esta acumulación de dólares en los bancos asiáticos, que mañana puede llevar a China a provocar peligrosamente al resto del mundo. El valor de una moneda es también el de los resultados económicos que la apoyan. Por eso pido que este asunto sea al menos discutido y no simplemente por los monetaristas o los responsables que quieren estar bien vistos por los monetaristas, según las ideas que están de moda. La moda no existe únicamente en los salones, sino que existe también en los despachos y los gabinetes ministeriales. Ya es hora de abrir las ventanas e iniciar el debate. Queridos compañeros, hablándoos del retorno a una sana práctica institucional, proponiéndoos una reforma de la Unión Económica y Monetaria, no me he alejado de lo social. Todo lo contrario, he analizado ciertas condiciones, poniendo también el acento en la necesidad de un debate público sobre el asunto: ¿qué Europa queremos? ¿Cómo hacerla? Por mi parte, me limito a una filosofía aceptable para muchos, incluso más allá de nuestras filas, del ideal de un espacio económico y social europeo: la competición que estimula, la cooperación que refuerza, la solidaridad que reúne. Jacques Delors. Discurso pronunciado en el congreso del Partido Socialista Europeo celebrado en Oporto el 7 y 8 de diciembre de 2006.
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