
Un crisol cultural
Francisco Hidalgo
La cultura popular es una forma de cultura de carácter tradicional que tiene, principalmente, como ámbito de realización las poblaciones rurales o el barrio urbano. En las celebraciones de cultura popular todo el mundo está llamado a participar como espectador y/o actor. La cultura popular, en contraposición a la llamada alta cultura, ha sido una cultura de carácter anónimo, de la que pocos nombres quedan en la memoria popular. Se basa, generalmente, en la memoria del pueblo y en la transmisión oral a través de las instituciones o agrupamientos de base.
En su origen, la cultura popular fue esencialmente agraria. Posteriormente también tomó las formas propias de la vida urbana moderna. La civilización actual es hoy globalmente urbana. En ese proceso de adaptación se produjeron innovación y cambios; en ese proceso, las que supieron evolucionar se mantuvieron e, incluso, se revitalizaron, las que no lo han logrado quedaron casi como piezas de museo, de estudio para etnólogos. Su mantenimiento o revitalización depende, cada vez más, de movimientos sociales o decisiones institucionales de política cultural, lo que confirma sus debilidades o su transformación en el seno de las sociedades modernas.
Dos aspectos más habremos de tener en cuenta en el momento de encarar el análisis de las manifestaciones de cultura popular. El primero, que cabe considerar que la cultura popular forma parte de la Cultura, así la comunicación y el diálogo entre culturas es posible y enriquecedor. El segundo, que no todas las manifestaciones populares tienen el mismo origen geográfico, histórico o socioeconómico.
Diversidad de orígenes
Es evidente que no todas las manifestaciones tenidas por tradicionales o propias de Catalunya son creaciones autóctonas. Algunas de ellas son fruto de un largo proceso de interacción cultural y se han ido aclimatando y adquiriendo una especificidad propia a lo largo del tiempo. Las habaneras y la rumba catalana son un claro ejemplo de ello.
Otro tanto está pasando, el mismo proceso se está produciendo, con las expresiones culturales y populares aportadas a Catalunya por quienes nacieron en otras comunidades españolas. Conviene, pues, que analicemos si esas manifestaciones tan solo son copia mimética o daguerrotipo de los modelos originales o expresión de una necesidad vital y naturalizadas en una realidad socioeconómica nueva, Catalunya, y con características propias. Conviene, también, no perder de vista el marco cultural, social, económico y político concreto donde se desarrollan esas expresiones culturales y populares. No es lo mismo su celebración en su lugar de origen que aquí, en Catalunya; sus condicionamientos y objetivos no son iguales, su expresión no puede ser idéntica. Algo que algunas personas olvidan o no les interesa tener en cuenta.
Existen dos actitudes contrapuestas al analizar, interpretar y organizar estas manifestaciones. Una, la de quienes participan o las organizan desde posiciones nostálgicas o defensivas, son quienes permanecen anclados en el pasado, continuan teniendo una idea romántica de lo que dejaron atrás o mantienen una actitud de rechazo o repulsa hacia el nuevo entorno receptor. Son quienes se conforman con la imitación, con el envoltorio, con lo más externo, superficial y folklorista de la manifestación o, lo que aún es mucho más grave, lo potencian.
Esta es una actitud fácilmente manipulable y que proyecta la imagen más débil, tópica y colorista de la manifestación, en consecuencia, más propensa al rechazo y a la crítica. Esta actitud es también la que se utiliza para ofrecer una imagen falsamente idealista y dulzona, sin el menor rigor sociocultural.
La actitud contrapuesta es la de quienes son conscientes de su enorme riqueza antropológica y de su capacidad como ámbito de convivencia e interrelación cultural. Es la de quienes intentan profundizar y desvelar sus caracteres y elementos más auténticos, luchan por su dignificación, persiguen su transformación y readecuación al nuevo entorno sociocultural y conocen su enorme poder integrador. Son quienes tienen una visión dialéctica de la cultura y están abiertos a todo aquello que les pueda enriquecer, sea cual sea su origen.
Una panorámica general
Lo que se ha denominado hecho diferencial de Catalunya está formado por un conjunto de rasgos específicos suficientemente conocidos. Son unas características, pasadas y presentes, que no han perdido del todo, puede ser, su fuerza. Es evidente, sin embargo, en los finales del siglo XX, que algunos de estos rasgos pierden exclusividad, incluso dentro de la región meridional europea a la que pertenecemos. Como mínimo contrastan menos con las condiciones de los territorios vecinos. Por su parte, la integración en la Unión Europea, así como las transformaciones tecnológicas y económicas mundiales y de otros factores socaban todavía más la singularidad de la situación. La cultura no queda ni por encima ni al margen de tantos cambios. Su transformación es también evidente. Y no es solamente consecuencia de los cambios de su entorno sino, al mismo tiempo, ella misma incide con fuerza sobre el universo que la rodea.
Por otra parte, toda cultura constituye el resultado de un largo proceso evolutivo en que cada respuesta produce nuevas preguntas que a su vez generan nuevas respuestas, dicho de otro modo, soluciones o intentos de soluciones.
Considerar la cultura catalana como un conjunto cohesionado y relativamente integrado desde el momento en que sus miembros coinciden con un conjunto de símbolos comunes no nos ha de hacer olvidar ni subvalorar que la sociedad catalana, como cualquier otra, es muy diversa internamente. Está llena de contradicciones y presenta fuertes discontinuidades en sí misma. En suma, exhibe fenómenos de clase, poder, privilegio y dominación.
Al mismo tiempo, no hay ninguna cultura -ni la más primitiva e inmóvil- que sea totalmente estática y que no esté sometida a un proceso de cambio constante. Por otra parte, las transformaciones que afectan a las culturas son producto de las respuestas -o intentos de respuesta- que los diversos agentes culturales dan a los problemas a los que se ven confrontados. La cultura catalana no es ninguna excepción a esta regla y en ella podemos discernir un vigoroso e incesante proceso de innovación cultural.
La innovación en Catalunya
Esta innovación es, al mismo tiempo, compañera y resultado de los cambios en la estructura de clases, de distribución de la riqueza y de la población que ha tenido lugar desde la Guerra Civil. La nueva estructura social difiere radicalmente de la situación ante bellum, cuando cada ámbito de estratificación social regional estaba coronado por su propia clase dominante. Durante los años del franquismo se produjo la uniformización de las clases dominantes dentro de todo el Estado; la endogamia localista y regional de cada oligarquía fue sustituida por una endogamia de clase de alcance más amplio.
Otra de las transformaciones importantes que se han producido en los últimos decenios es la considerable expansión de las clases medias en toda España como consecuencia de los diversos procesos de industrialización. Asimismo, los intensos procesos migratorios intraespañoles de los años 40, 50 y 60 influyeron grandemente -y estos procesos en Catalunya han sido particularmente intensos- en la interpenetración étnica y cultural de todas las partes de España.
Será necesario también a la hora de analizar la situación actual de las manifestaciones culturales, considerar que la expansión de la cultura mediática -con sus contenidos trasnacionales- es un fenómeno de enorme influencia para la cultura del país. Por último, la decidida emergencia y popularización de manifestaciones culturales y populares procedentes de otras zonas de España que, cada vez más decididamente, despliegan estrategias de acercamiento a la cultura popular y tradicional autóctona, al tiempo que de ésta última se revivifican algunas de sus manifestaciones con un aumento espectacular de participación y, en consecuencia, la redistribución de su base social.
En conclusión, el panorama cultural está cambiando, evolucionando, muy rápidamente y se nos plantea el reto de buscar nuevos modelos de relación entre culturas. La situación, no obstante, no se reduce al ámbito de nuestro país. Toda la civilización occidental está sufriendo transformaciones profundas a ras del tercer milenio: la entrada en la era de la informatización, la extensión de las nuevas tecnologías, la mundialización de la economía, el fin de la plena ocupación y la crisis del Estado de bienestar, el aumento del tiempo de ocio, el crecimiento demográfico a nivel planetario, las imparables migraciones de las gentes del denominado Tercer Mundo, la aparición de un Cuarto Mundo en las grandes conurbaciones...
El cambio general: todo es posible
Vaclav Havel, ha hecho un lúcido diagnóstico: Existen buenas razones para creer que la era moderna ha acabado. Estamos atravesando un período de transición: algo parece que se nos está yendo y algo diferente parece estar naciendo penosamente, emergiendo de la confusión. Lo característico de los períodos de confusión es la mezcla y fusión de culturas y la pluralidad o el paralelismo de los escenarios intelectuales y espirituales....
Una cosa sucede a otra y todo resulta posible. Los conflictos culturales están en alza y son más peligrosos hoy que en otros períodos históricos. Los políticos se preocupan, con razón, por encontrar una solución a la supervivencia de una civilización que es global y multicultural.
La tarea política principal de los últimos años de este siglo es, pues, la creación de un nuevo modelo de coexistencia entre las diversas culturas, pueblos, razas y esferas religiosas dentro de una civilización interconectada.
Muchos creen que eso se puede conseguir a través de medios técnicos... Pero estos esfuerzos serán inútiles si no nacen de algo más profundo, si no se basan en valores admitidos por todos... el principio de los derechos humanos inalienables, es decir, el respeto al ser humano individual y único, a sus libertades y derechos inalienables y el principio de que todo poder deriva del pueblo, las ideas fundamentales de la democracia moderna.
Multiculturalidad y mestizaje
Catalunya ha sido, y es, crisol de culturas. Tierra de encuentros de gentes y de culturas. Aquí han coexistido, enriqueciéndose mutuamente, diversos acentos. Por todos los tiempos históricos, los pueblos que han venido a nuestra tierra ya se encontraron con otros... No somos hijos de una sola sangre, ha afirmado el escritor Pere Coromines. Y el historiador Vicenç i Vives dice que Catalunya desde siempre estuvo poblada por homines undecumque venientes: hombres que venían de cualquier parte, y que buena parte de nuestra cultura es resultado del mestizaje.
Montañosa y marinera, hispánica y mediterránea, al norte del sur y al sur del norte, ruta preferente de los desplazamientos humanos hacia Europa y hacia África, pasillo y cruce -ha sintetizado muy acertadamente Joan Soler i Amigó-: Catalunya es una nación abierta.
Desde su formación ha experimentado una multiculturalidad continuada a lo largo de los siglos, su patrimonio cultural es el resultado de la sedimentación creativa e integradora de aportaciones sucesivas. La cultura catalana es una herencia sometida al flujo de continuos y diversos mestizajes que la recrean y dinamizan.
No creemos necesario, por conocidos, enumerar una vez más(1), los diversos pueblos y culturas que a lo largo de la historia han vivido en Catalunya y que nos han dejado como herencia sus aportaciones. Cada una de nuestras ciudades son claro testimonio de ello. Sus elementos simbólicos, sus monumentos son referencia explícita de las migraciones históricas que han constituido su poblamiento. En los diferentes barrios, en los centros históricos y de expansión de Barcelona, por ejemplo, se explicita meridianamente una interculturalidad a través de la historia, desde la fundación mítica por los Barçacartagineses -es decir, norteafricanos-, pasando por la herencia romana, visigoda, carolingia, medieval con su call judio, hasta la formación de sus nuevos barrios: obreros industriales en Poble Nou, gitanos en Hostafrancs, murcianos en la Torrassa, andaluces en tantos barrios recientes...
Toda esta incorporación de expresiones y juegos vitales diferentes provinientes de las generaciones anteriores genera una dialéctica permanente entre innovación y tradición. De tal manera que la multiculturalidad no es sólo un hecho circunstancial sino un hecho constitutivo de la identidad de Catalunya, hecha, a partes iguales, de resistencia y de acogimiento.
La cultura implica al mismo tiempo armonía y dominio, igualdad y diferencia. Cabe, por tanto, contemplar la cultura desde el punto de vista de la coherencia de un mosaico. Cabe, asimismo, que la práctica de la cultura sea vista como una práctica de homogeneidad y de diferencia, de integración y de conflicto. El conflicto es fuente de creación. La cultura misma es hija del conflicto y sus ideales son a menudo mitos y metáforas para la superación de los conflictos entre personas.
Un reto de futuro
Llegados a este punto cabría preguntarse, ¿cómo y cuándo una manifestación cultural nueva pasa a formar parte de lo tradicional?, ¿cuándo una manifestación proviniente de otro ámbito geográfico, histórico o socioeconómico se naturaliza en uno nuevo?, ¿qué grado de consenso y complicidades se han alcanzado hoy en Catalunya en relación a las manifestaciones aportadas por las gentes llegadas de otras zonas de España?, ¿es posible la naturalización de una manifestación foránea?.
Afirmemos de entrada que es posible, incluso deseable, la naturalización de nuevas manifestaciones. Tengamos en cuenta que la cultura popular consta de pasado (tradición) y de actualidad (las nuevas aportaciones que la evolución histórica le ha incorporado e incorpora). Por tanto, es sinónimo de interculturalidad histórica y actual. No hay culturas superiores ni inferiores, sino diferentes en su cosmovisión, con expresiones diversas de un mismo inconsciente colectivo y, a su vez, con gran cantidad de elementos y valores comunes.
El descubrimiento de las diferencias se convierte, así, en estímulo de comunicación y de enriquecimiento mutuo, como la constatación de la igualdad anima a compartir, a tomar conciencia de comunidad humana. La interculturalidad, entonces, se da como crisol de culturas del cual surgen nuevas formas y expresiones, nuevos contenidos.
Por otra parte, nadie puede poner en duda que actualmente estamos inmersos en un claro período de interculturalidad, al igual que de sedimentación de multitud de hábitos culturales nuevos, de nuevas manifestaciones populares -también tradicionales en sus lugares de origen- que aquí llevan tiempo suficiente manifestándose con una personalidad propia, han adquirido unas características particulares, son aceptadas por una mayoría y prevalecen.
Aquí y ahora, no obstante, es cuando cabe afirmar que no se ha profundizado suficientemente en el diálogo intercultural entre la cultura catalana y las culturas de otros pueblos de España traídas por la emigración de los años 60 y 70.
Por entonces, la palabra interculturalidad, y su significación actual, todavía no se había inventado. Ni siquiera existía una conciencia suficiente de multiculturalidad. La dialéctica igualdad de derechos ciudadanos/diversidad de culturas no estaba formulada.
Con la llegada de la democracia, la recuperación de las libertades y las instituciones propias en Catalunya y el desarrollo del Estado de las autonomías, la situación es otra en relación a la cultura y a los derechos ciudadanos. Hoy es factible el diálogo cultural. Hoy es posible primar lo común, comunicable y compartible por encima de lo propio y distintivo. Hoy es necesario incorporar el discurso de la ciudad como lugar de la diversidad, la reflexión sobre el carácter dinámico e innovador de la tradición, el reconocimiento de la multiculturalidad popular y tradicional catalana, la opción convencida de la interculturalidad. Hacer nuestro, de todos, lo que decía el poeta J.V. Foix: mexal-ta el nou i menamora el vell.
Desde la recuperación de la autonomía se ha producido un importantísimo cambio cultural. Paralelamente a la imparable, y deseada, normalización de la lengua catalana, la extensión de su conocimiento y aumento de su uso y la tremenda popularización de algunas manifestaciones de cultura popular catalana y consolidación de otras, han emergido, en apariencia sorprendentemente, con fuerza, manifestaciones, celebraciones y expresiones culturales originarias de otras zonas de España, principalmente en la gran conurbación barcelonesa y áreas de su influencia.
Curiosamente, y en contra de lo que algunos agoreramente vaticinaban, quienes organizan éstas últimas no han continuado complaciéndose en la nostalgia -lícita, por otra parte- ni se han parapetado tras posiciones endoétnicas, sino que, por el contrario, han desarrollado estrategias que reclaman el reconocimiento de la diversidad identitaria en la Catalunya democrática, el diálogo intercultural, el reconocimiento de su propia particularidad como otra forma, igual de válida, de ser catalán.
Sobre algunas manifestaciones:
sus características, evolución y particularidades
Afirmábamos al principio que las Habaneras, consideradas parte de la cultura catalana, tienen un origen no catalán. En efecto, son un claro ejemplo de transculturación musical y mestizaje fructífero. Recreación criolla de especies europeas, la contradanza, con unas gotitas de ritmos africanos, retornada a España, por la vía gaditana, y que se incorpora lentamente, pero con naturalidad, al conjunto de sones que se ponen de moda durante el inquieto y pluriforme siglo XIX.
La Habanera
Carles Casanovas, miembro del grupo ampurdanés Port-Bo, ha dicho: ... la habanera se crea en Cuba y después clava sus raíces aquí, y es muy importante que hoy se considere música popular catalana aunque se cante en castellano. Y de tal manera ha sido su aclimatación y su pujanza que algunos tratadistas defienden el origen catalán de las habaneras, que se usan aún hoy como cante temporero de los trabajadores del corcho en la onubense sierra del Andévalo.
La habanera, en fin, una vez superada la discusión bizantina de si han de ser cantadas en catalán o en castellano y habiéndose aceptado que forman parte de la cultura popular catalana, es hoy uno de los ritmos, molde o cañamazo, más vivos, dinámicos y con mayor proyección de futuro por sus posibilidades de evolución y su carácter participativo. Un carácter participativo por el que Casanovas -y nosotros con él- cree que se produjo su renacido auge. Interesa especialmente que nos fijemos en esas dos últimas cualidades: sus posibilidades de evolución y su carácter participativo. Son dos características confluyentes en todas las manifestaciones populares que se mantienen con vigor y que gozan de popularidad.
La Rumba catalana
Así, por ejemplo, la Rumba catalana, otro claro ejemplo de naturalización de una música foránea, que ha evolucionado espectacularmente en los últimos tiempos y que propicia festivamente una intensa participación. Durante cualquier concierto de ellas, el espectáculo no está solamente en el escenario sino también en el público asistente.
Por el contrario, cuando una manifestación que se pretende popular no propicia la participación de las gentes se transforma en representación, algo que se va a contemplar distanciadamente, y no crea comunicación. Esta falta de comunicación estatifica la manifestación e impide su evolución y readaptación a contextos nuevos y/o diferentes.
¿A qué se debe la popularidad creciente de las colles castelleras o de diables?. Sin ninguna duda, a su carácter participativo y lúdico, a su capacidad de interrelación para armonizar esfuerzos y alcanzar un fin, a la potenciación de la camaradería y a su potencial evolutivo. Por iguales razones hoy gozan de merecida popularidad y aceptación manifestaciones como la Semana Santa, la Feria de Abril, las Cruces de Mayo, el Rocío, el Flamenco o las Sevillanas.
Las cuatro celebraciones son fiestas de la primavera y, porque lo son, predominan en ellas el sentimiento, lo emocional, lo sensual, la comunión entre los diversos y hasta contradictorios actores-espectadores. Son celebraciones barrocas, ricas, polivalentes, irreductibles, por tanto, a explicaciones causales lineales. Son un fenómeno culturalmente vivo, que no se han esclerotizado ni fosilizado en rituales y normas incambiables, que han evolucionado, acogiendo nuevos elementos y perdiendo otros, según las circunstancias o el contexto. El Flamenco y las Sevillanas, cada uno de forma particular, también ofrecen unas amplias posibilidades de participación y han sabido evolucionar. Es más, aún están inmersos en un interesantísimo proceso evolutivo y creacional.
Toca ahora, por fin, que nos preguntemos, ¿qué grado de catalanidad han asumido?. El máximo, sería la respuesta, si aceptamos que son los ciudadanos quienes determinan la cultura y no la geografía. En cualquier caso podemos señalar suficientes diferencias con sus modelos de origen como para afirmar que han evolucionado y readecuado sus estructuras, contenido y expresión adaptándose al nuevo contexto socioeconómico en que se expresan.
La Semana Santa
Así, por ejemplo, es impensable que en Andalucía, modelo de referencia, una agrupación laica pudiera organizar los desfiles procesionales. Éste, sin embargo, es el caso de las celebraciones semanasanteras de 'LHospitalet y de la Cofradía 15+1. Su inicio se produjo emotiva, espontánea y sencillamente. Un puñado de hombres, los quince de la denominación de la cofradía, tomaron, del bar en el que encontraban reunidos viendo una retransmisión televisiva de una procesión, una mesa, una estampa y cuatro velas que introdujeron en botellas y crearon un simbólico paso con el que salieron a la calle a procesionar. Inmediatamente las gentes les dieron su entusiástico apoyo. Ahora, cada año, congregan a más de trescientas mil personas en las calles de
Pubilla Casas y de la Florida. Ahora son ya cinco los desfiles y ocho los pasos que procesionan.
El laicismo de la Cofradía 15+1, que sólo lo es a efectos organizativos y económicos, ya que jamás han puesto en cuestión los principios de la fe católica ni han soslayado en ninguna ocasión el fervor y la seriedad que debe imperar en todo acto religioso, les ha permitido una gran independencia y apostar decididamente por una reactualización y readecuación lógicas de la celebración a su nuevo entorno, impedir la aparición de capillitas de carácter conservador y primar la importancia del pueblo que simboliza el uno de su denominación.
En la Feria de Abril, la más multitudinaria celebración popular de Catalunya, se impulsa la síntesis cultural y no el agregacionismo. La masiva participación en esta celebración es un claro ejemplo de cómo las sociedades urbanas actuales necesitan producir o importar constantemente diversidad cultural. Actualmente, tras veinticinco años, presenta diferencias notables con su modelo inspirador, el sevillano, lo que le confiere una personalidad diferenciada.
Todas las casetas son de entrada libre y gratuita y no existen las familiares. Las entidades que instalan caseta no son exclusivamente locales sino también plurimunicipales e incluso no andaluzas. Asimismo, el módulo, unidad de medida de las casetas, tamaño y estructura, no es coincidente. Aquí, dentro de una cierta homogeneidad, existe una gran diversidad. Tampoco la decoración, materiales empleados en ella -en Sevilla no se permiten elementos con inscripciones propagandísticas de ningún género en la zona del primer cuerpo, desde la fachada hasta una profundidad mínima de seis metros- y distribución de espacios interiores es igual. La decoración de las casetas de la feria catalana, por otra parte, reflejan, generalmente, el lugar de procedencia de los socios de la entidad. Así, por ejemplo, la Hermandad de San Rafael de Badalona adorna la fachada e interiores con motivos cordobeses.
El Flamenco
El Flamenco es un arte con una presencia más que centenaria en Catalunya, que ha gozado de períodos de indudable esplendor, que ha dado figuras geniales y cuyas manifestaciones no se han circunscrito, ya podemos afirmarlo taxativamente, sólo a Barcelona. Disponemos de datos suficientemente contrastados que nos confirman la existencia de actividades flamencas, desde la década de los ochenta de la pasada centuria, en Tarragona, Sabadell, Santa Coloma de Queralt, Girona, Lleida, Sant Cugat del Vallès, Cornellà de Llobregat, Sant Adrià del Besós, Cardona, Solsona... Incluso algunos tratadistas e investigadores reivindican y adjudican a Catalunya la paternidad de algunos bailes y formas de cante, el Garrotín, por ejemplo, considerado una creación de los gitanos de Lleida. En cualquier caso, dos artistas, José Beltrán y Manuel Ávila, que aquí vivieron y desarrollaron gran parte de su carrera artística son creadores de dos nuevas variantes de cante: la Malagueña del Niño de Vélez, el primero, y una Murciana personal, el segundo.
Hoy el Flamenco vive una segunda época de oro en Catalunya. Un notable número de jóvenes catalanes han hecho de él su forma de expresión artística. Aquí ha surgido la mejor generación actual de artistas flamencos. Una generación joven, heterogénea e inquieta. Improbable en otros lugares, cierta aquí. Mayte Martín, Ginesa Ortega, J. M. Cañizares, Miguel Poveda, Chicuelo, Duquende, Manuel Calderón Pocholo, Mónica Fernández, El Duende, Rafael Martos, Yolanda... son algunos nombres que lo certifican.
Las Sevillanas
Por otra parte, también en Catalunya se ponen de moda, en estos últimos decenios, las Sevillanas, se popularizan, se multiplican los grupos de cante y de baile. Y aunque cuando, en general, en las letras se siguen tratando los temas tradicionales y eternos, existe un serio intento de cantar a Catalunya, sus gentes, sus cosas y su realidad. Con ello no se hace otra cosa más que seguir la tradición -la tradición que no cesa es la más segura garantía de futuro- y crear un nuevo subgrupo. Si las que cantan a la Feria son sevillanas de feria; las que lo hacen al Rocío, rocieras; si al campo, camperas... a Catalunya, catalanas. Su naturalización dependerá en gran medida de su aceptación popular, hasta ahora excelente, del interés de los grupos y de la creatividad de los autores.
A la vista de lo expuesto, podemos concluir que estas manifestaciones tienen cada vez menos puestas las miras en el medio o modelo originario y que están readecuándose, estructural y comportamentalmente, de manera progresiva, incluso acelerada, a su nuevo entorno cultural y social, manifestándose en el presente y proyectándose hacia el futuro como factor de enriquecimiento y de síntesis cultural.
(1). Ver Catalunya, siempre crisol. Francisco Hidalgo. Ed. la Rosa de Barcelona. 1996.
Francisco Hidalgo
Director de la Fundació Gresol Cultural
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