
El siglo del Extranjero
Jean Daniel
El viernes 25 de abril, en la Sorbonne, ante más de 1.200 personas, "El Nouvel Observateur" organizó una jornada de debates sobre el resurgimiento de la extrema derecha en Francia. Intelectuales y políticos de todas las tendencias participaron en el coloquio exponiendo a menudo análisis divergentes aunque unidos por una misma voluntad de defender el ideal democrático: "La Francia que dice no". El texto que publicamos seguidamente es la alocución de Jean Daniel en la apertura de la jornada.
Desde la decisión del presidente de la República de disolver la Asamblea Nacional, la campaña abierta en vista de las elecciones legislativas tiende a dividir a Francia en dos campos. En ninguno de ellos, afortunadamente, tiene la extrema derecha un papel determinante, sino como dispensadora de temas más o menos xenófobos.
Por ello, el renacer de nuevas formas de populismo neofascista podría parecer no tener que figurar en el centro de las preocupaciones de los ciudadanos llamados a pronunciarse, ante todo, sobre las opciones económicas o compromisos europeos. Podríamos, por lo tanto, contentarnos con prever que tras el escrutinio hallaremos, en su integridad y en su intensidad, todos los problemas cuya importancia hubiera podido parecer relegada durante algunas semanas.
Las causas de la xenofobia
Deseamos sin embargo conseguir que la Francia mayoritaria que se ha despertado en una indignación mobilizante contra el Frente Nacional no diga simplemente no a las amenazas crecientes de un populismo xenófobo y subterráneo, sino que diga no a las causas de las cuales las amenazas son consecuencia y que no cesan de favorecer dicha emergencia. Causas que hallamos precisamente unidas al problema del desempleo, de la inseguridad, de la delincuencia, de la integración de los inmigrantes, de la exclusión, del sentimiento de pérdida de identidad nacional.
Se trata, sin duda, de un empeño más arduo y difícil de lo que parece a simple vista. Mientras que cada diputado en su circunscripción se da cuenta de que consigue despertar en sus electores una oposición fuerte frente al odio y frente a toda nueva forma de racismo, no se logra sin embargo que ideas como las de preferencia nacional o expulsión pacífica de un gran número de inmigrantes a sus países de origen fraguan un camino inesperado en las conciencias de los menos precavidos. Algunos millones de franceses lo piensan. Lo escriben a veces a nuestro periódico.
Tengamos el valor de reconocerlo: el avance de ciertas ideas perniciosas proviene de que, en la mayoría de los casos, dichas ideas han sido condenadas más que refutadas, y que incluso su formulación más ingenua ha sido asociada al fascismo de entre guerras así como a los partidarios del racismo de exterminación de la Alemania nazi.
Sin embargo, nada justifica tales asociaciones. Todo ello es cierto. Hay que estar de acuerdo y lo estoy. Pero, por otra parte, bajo pretexto de que la situación es distinta y que los vocablos para designarla también deberían serlo, no debe ello inducirnos a pensar que los problemas son inexistentes. ¡Sino todo lo contrario!.
Cinco observaciones sobre la extrema derecha
Para demostrarlo, tendré en cuenta en primer lugar a unos contradictores por los que siento cierta estima. Cuando un filósofo y un historiador amigos supieron de nuestro proyecto de reunirnos en este lugar para evocar el renacimiento de la extrema derecha en Francia, ambos me transmitieron las cinco observaciones siguientes.
En primer lugar, me preguntaron: ¿No tenemos cierta tendencia a exagerar los peligros a fin de conjurarlos mejor?, ¿No contiene nuestra emoción una fuerte dimensión conjurante puesto que nada indica que podamos hallarnos en una situación de prefascismo?.
Además, prosiguen, la extrema derecha no recibe el apoyo de los grandes intelectuales, de los que se benefició en el período de entreguerras. En esa época, filósofos, escritores, historiadores, desde Charles Maurras a Jacques Bainville y Léon Daudet, grandes semanarios como el "Gringoire" y "Candide", los dos tercios de la Academia Francesa y la mayor parte de las facultades de derecho y de medicina se hallaban impregnadas por el pensamiento de extrema derecha. Sin embargo, hoy dicen, no existe un solo intelectual que se haya pronunciado a favor del Frente Nacional y, en Francia, según ellos, ningún movimiento puede triunfar sin intelectuales.
En tercer lugar, no observamos que haya, como entonces lo hubo junto a la Italia de Mussolini y a la Alemania nazi, países vecinos a Francia, o incluso lejanos, que estén dispuestos a acompañar o a extender el movimiento lepenista. La extrema derecha francesa se encuentra relativamente aislada.
En cuarto lugar, no existe enemigo comunista frente al cual preferir el neofascismo como en la época de entre guerras le ocurrió a la gran burguesía francesa. Nadie piensa en decir "antes Le Pen que Robert Hue" como se decía "antes Hitler que Blum".
Finalmente, y lo que es más importante, aunque exista una intención maléfica no existe un pasar a la acción. No podemos decir que la extrema derecha ocupe las calles y se manifieste mediante la violencia. El fascismo llegó entonces al poder mediante las elecciones y aparentando seguir las reglas del juego democrático, a la par que se iba acompañando por un desencadenamiento de presiones intimidatorias y de violencias que atemorizaban a la población.
No tengo dificultad en admitir que mi amigo el filósofo y mi amigo el historiador tienen razón en casi todos los puntos. No nos encontramos hoy, es evidente, en una situación prefascista como la de entonces. No podríamos comparar tan siquiera, sin frivolidad ni injusticia, el clima ideológico que hace acoger con indulgencia las medidas problemáticas y discriminatorias hacia los inmigrantes, con el clima que, apoyado por todas partes, anunciaba el racismo de exclusión y de exterminación en toda Europa hacia los "judíos, gitanos, polacos y todos los eslavos" (Himmler).
Tres motivos de preocupación
Sin embargo, perduran todos los motivos para sentirnos profundamente preocupados. Especialmente tres:
¿No hay intelectuales de prestigio en la extrema derecha?. Por una parte, el populismo en sus inicios no tiene interés en ellos puesto que éste representa una reacción del instinto frente a la inteligencia y lucha contra las ideas en nombre de las raíces. Por otra parte, un cierto pesimismo histórico puede llevarnos a pensar que, cuando se halla en el camino de la victoria, el populismo recruta a sus intelectuales, quienes intimidados y seducidos por la fuerza, ¡sí, por la fuerza! se esfuerzan en darle un sentido.
¿Ha desaparecido la amenaza comunista?. Cierto. Pero en los países vecinos, las clases medias pueden perfectamente dejarse ganar por un movimiento que, iniciado en Francia y reemplazado, por ejemplo, en Austria, les haría preferir el populismo xenófobo al humanismo social o liberal. ¿Improbable?. Sea. Pero no imposible.
Este contagio puede extenderse ya que ninguna de las causas que han engendrado al Frente Nacional, están llamadas a desaparecer en un futuro inmediato, no vemos entonces por qué sus efectos desaparecerían: desempleo, inseguridad, debilidad de los mecanismos integradores de la inmigración, miedo a ver disolverse la identidad nacional en una Europa desconocida y dentro de una mundialización fantasmagórica. La explosión del comunismo ha hecho sin duda desaparecer la amenaza del enemigo a los ojos de la burguesía. Pero ha conllevado al mismo tiempo - ¿Y no es eso igual de grave?- la supresión del enemigo. ¿No podría entonces sustituirlo el terrorismo religioso, islamista o no?. La supresión del enemigo supone también la supresión del responsable. ¿Cómo prescindir de un responsable cuando los problemas no hallan solución racional, es decir, política?.
La inmigración, cabeza de turco
Semana tras semana desarrollo la idea de que no puede uno instalarse por mucho tiempo en el refugio de la injuria contra la suerte, contra la fatalidad, contra el destino, contra Dios. ¡Se necesita siempre una cabeza de turco!. La necesitamos aquí y ahora, mientras sigue agravándose la crisis económica. No hay ninguna razón para que dicha cabeza de turco no sea un día el judío, por supuesto, por lo que denominaría velocidad adquirida, redundancia de la historia, dimensión-letanía del odio. Pero lo que parece más probable es que dicha cabeza de turco sea simplemente el inmigrante y que se resucite al extranjero culpable, el Otro convertido en extraño, el extraño extranjero junto con, para algunos intelectuales, la idea de que las guerras civiles entre monoteístas y las guerras nacionales entre vecinos cederán el paso en el futuro a enfrentamientos entre civilizaciones extranjeras.
No sabemos si el siglo XXI será el de la religión, tal como lo profetizó Malraux, o
el de la mujer, como lo predijo Mitterrand. Por su parte, Henry Kissinger proclama que la
mitad del siglo que viene será americana y la otra mitad china. ¿Quién puede
decidirlo?. Sin embargo, tenemos todos, al menos, una certeza: el principio del tercer
milenio se verá dominado por el problema de los flujos migratorios y de los refugiados.
Será el siglo del Extranjero.
Dar tiempo al tiempo
Los sociólogos estiman que no debemos ser demasiado pesimistas en cuanto al futuro de nuestra capacidad de acoger al extranjero. Hace falta, según ellos "dar tiempo al tiempo", según la fórmula de un célebre jefe de Estado. ¿No acabamos de ver a un negro convertirse en campeón de golf después de que otros negros se hubieran proclamado campeones de béisbol, es decir, dentro de los dos deportes que hasta entonces se creían reservados a los americanos ricos, blancos y protestantes?. ¿No hemos visto en Francia al equipo de rugby ganar el Torneo de las Cinco Naciones bajo el mando de un capitán musulmán marroquí, cuando el rugby había sido siempre el privilegio aristócrata de los nativos del sur-oeste?.
Los aficionados a la tauromaquia, ¿no acaban de elegir a un musulmán, "El Morito" como a uno de sus más valientes toreros?. ¿Deportes y matrimonios mixtos no estarán sustituyendo al conjunto de mecanismos que fueron la Escuela, el Ejército y la Iglesia? ¿No observamos, en los círculos diplomáticos más esnobs y en las universidades más exclusivas sobresalir a personalidades asiáticas, árabes o negras? Se necesita tiempo para que los extranjeros se integren y las poblaciones se acostumbren.
Es ésta, desde luego, una perspectiva optimista, a largo plazo, sin duda, pero que no podemos excluir. Hemos visto sin embargo que, las convulsiones fueron, hasta llegar aquí, terribles, puesto que pasaron por las etapas del colonialismo, del racismo acompañadas de manifestaciones de rechazo, de exclusión e incluso a veces -con los nazis, khmeres rojos, rwandeses- de exterminación. Hubo muchos rebeldes cameruneses en las cárceles francesas antes de que Yannick Noah se convirtiera en el niño mimado del tenis y hasta de la opinión francesa.
La reacción a la mundialización
Desde el fin de los imperios que federaron por la fuerza a las poblaciones diferentes y bracearon a pueblos extranjeros los unos contra los otros, como desde el fin de las ideologías universalistas que desterraron a los nacionalismos, hemos visto renacer por doquier el sentimiento de pertenencia étnica religiosa y nacional, es decir, hemos visto renacer la expresión de "extranjero", "expresión bárbara ante la cual empezamos a enrojecer y cuyo gozo dejaremos a esas hordas feroces que el arado de los hombres civilizados hará desaparecer sin esfuerzo". ¿Quién es el autor de semejante lirismo? Un barón prusiano unido a la Revolución francesa, llamado Anarcharsis Cloots, en un discurso pronunciado el 26 de abril de 1793 delante de la Convención nacional.
Discurso en el que defiende el proyecto de "República universal del Género humano". Hemos visto volver a florecer a semejante lirismo hace algunos años, dos siglos depués del utopista prusiano, cuando cayó el muro de Berlín. Sólo se hablaba entonces de "pueblo planetario". Hemos tenido que resignarnos a que la realidad que se disimulaba bajo la utopía de un mundo nuevo fuera solamente el universalismo de la economía y de la comunicación al que denominamos "mundialización". Ha sido necesario, ante todo, descubrir que dicha mundialización suscitaba, a modo de reacción, un movimiento radicalmente contrario, garantizando así el desarrollo y la prosperidad del fenómeno étnico-tribal y clérical-nacionalista.
Hoy mismo, si observamos un mapa de nuestro planeta, hallaremos dificultad en encontrar
una tierra que no se halle tocada por dichos problemas. Si el racismo se presenta, sin
duda, como el mal absoluto del siglo que viene y si el moralista debe emplear todos sus
medios para condenarlo, semejante tarea no debería dispensar nunca al sociólogo ni al
político de preocuparse por las condiciones objetivas de su resurgimiento. ¿Debería
entonces sentirse culpable por pensar que pudiera haber, no según la moral sino la
psicología social, momentos en los que la llegada masiva de población extranjera a una
región demasiado pobre pudiera suscitar reacciones de rechazo ya que el límite
terriblemente bautizado como "umbral de tolerancia" hubiese sido rebasado?.
Los americanos poseen respecto a esto una experiencia ejemplar. Son el país de los
inmigrantes. Son una nación de extranjeros. Han recogido al mundo entero. Pero han
descubierto a su vez, por ejemplo, en la frontera mejicana, que hacía falta de tanto en
tanto acoger a algunos pueblos y rechazar a otros. Es lo que llamamos "política de
cuotas" que tiene por objetivo el preservar un equilibrio nacional dando el tiempo
necesario a los extranjeros a fin de formarse hasta llegar a convertirse en ciudadanos
americanos.
Inmigrante rico, inmigrante pobre
Pues las migraciones no se refieren únicamente a la irrupción de extranjeros. Son también la partida de poblaciones en dificultad que en el mismo interior de un país son atraídas hacia las regiones más desarrolladas. En la inmensidad de China, la expansión capitalista acentúa las desigualdades entre los niveles de vida de sus tres grandes regiones: Manchuria, la llanura de China del Norte por una parte, los valles de China del Sur, por otra. La tendencia de las poblaciones de las demás regiones es la de dirigirse hacia los espejismos de la nueva China próspera de las regiones costeras. Lo que ya ocurrió en Italia entre el Mezzogiorno y el Piamonte está sucediendo ahora a una escala mil veces más grande entre las diferentes regiones de China.
Y sabemos muy bien, nosotros los occidentales, que el pobre se convierte rápidamente en extranjero para el económicamente acomodado y que las diferencias de nivel de vida crean muy rápidamente comportamientos diferentes. Del mismo modo, el rico deja de ser extranjero allá donde va. Francia no deniega su visado a los emires árabes, ni Italia a los potentados albaneses, ni Gran Bretaña a los industriales paquistaníes, ni ningún país del mundo a los investigadores negros. Incluso los gitanos son admitidos en España, en Rumania, en cuanto acceden a un bienestar económico. En definitiva, las élites de la economía, de la competencia o de la notoriedad triunfan sobre la barrera de los orígenes, de las lenguas, de las condiciones.
Pero, sabemos también que nada de esto impide a las sociedades occidentales y a ciertas naciones asiáticas construir sociedades en las que los ricos son cada vez más ricos y los pobres más pobres. A veces hay más ricos que antes, a veces hay más pobres. Pero, en general, lo que llamamos modelo anglosajón del capitalismo, el cual prevalece en esta forma de economía de mercado y ha conllevado tanto encauzar las finanzas espectacularmente junto a un crecimiento sin precedentes del desempleo y de la precariedad laboral, semejante modelo no puede más que conducir a una gran parte de la población a convertirse en extranjera dentro de su propio país. Y a escoger como cabeza de turco a minorías todavía más extranjeras que ella misma.
Todos somos extranjeros
Nuestra época no representa solamente el fin de la ideología comunista. Representa también, lo que es peor, la crisis de la socialdemocracia, la cual no ha inventado todavía un sistema creíble capaz de frenar el cinismo del modelo anglosajón sin alterar con ello la producción de riqueza y capaz de impulsar la creación de empleo. Existe en toda Europa y especialmente en los Países Bajos, Portugal, Gran Bretaña y Francia investigaciones prometedoras en este sentido. De ellas depende, de su éxito, el problema mundial de la integración del extranjero.
Debemos por lo tanto armarnos para afrontar el siglo XXI. En primer lugar y ante todo, dejándonos penetrar por la idea de hospitalidad frente al extranjero definida en la Biblia cuando Dios recuerda a Israel que es éste también extranjero en la tierra prometida y que la tierra de Canaan le ha sido prestada y no donada. Debemos decirnos a nosotros mismos que somos a fin de cuentas y en todas partes extranjeros. De igual modo, no debemos nunca olvidar que no somos seres abstractos ni puro espíritu, sino humanos arraigados a la tierra de nuestros hermanos y de nuestros padres. Para la acogida de extranjeros deben darse unas condiciones económicas particulares pero también una pedagogía de las mentalidades indispensable. Dicha pedagogía es la que opone a los bárbaros que desean dominar y perseguir al extranjero a los que consideran que el acoger al otro es una gran prueba de civilización.
Pero dicha pedagogía debe de igual modo distinguir a los utopistas, que desean acoger a todo el mundo, de golpe, y en cualquier lugar, sin preocuparse, por amor al extranjero, desean acojerlos de manera progresiva o integrarlos totalmente. La inmigración en nombre de la dignidad y del amor es la respuesta dada por la Revolución frente a la separación en nombre de la diferencia y de la extranjería.
Lo que importa, por encima de todo es la disposición interior mediante la cual cada ser se sitúa en el mundo. Si se piensa, como nos invita a pensar el gran filósofo que fue Emmanuel Lévinas, que el Ser se define mediante el Otro, que la ética hacia los demás llega a preceder a su esencia metafísica, entonces el camino que debemos tomar a veces para alcanzar la coexistencia, aun siendo difícil, desemboca necesariamente en la complementariedad universal.
Jean Daniel.
Director de "Le Nouvel Observateur"