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| Lionel Jospin
El debate existente en el seno del Partido Socialista a propósito de la ratificación del tratado constitucional aprobado por los gobiernos de la Unión Europea es un debate crucial. Con excepción de los Verdes -que, como nosotros, todavía se interrogan-, los demás partidos franceses ya han tomado posiciones -a menudo sin debatir- a favor del sí o del no. Nuestra decisión, como es sabido, tendrá importantes consecuencias para la posición de Francia, para el futuro de Europa, para el movimiento socialista. ¿Por qué elegir el sí? El Partido Socialista ha sido siempre europeo. Lo fue con Jean Jaurès, contra los nacionalismos y la guerra. Lo fue con Léon Blum, que a su vuelta de la deportación trabajó en los fundamentos de una nueva Europa, democrática y pacífica. Si bien la idea europeísta no resume el socialismo, resulta esencial para su identidad. Cierto es que la distancia entre nuestra ambición de Europa y su realidad nos ha llevado varias veces a interrogarnos. Sin embargo, las imperfecciones de Europa no nos han llevado nunca hasta ahora a decirle no. Con François Mitterrand, conocimos esos momentos de vacilación. En 1973, estando en la oposición, Mitterrand provocó una discusión en el Partido Socialista y puso sobre la mesa su dimisión porque temía que el partido se alejara de su vocación europea. Su orientación prevaleció, y estuve a su lado. En 1983, convertido en presidente y teniendo que hacer frente a dificultades económicas y políticas, prefirió el compromiso europeo a la aventura solitaria de Francia. Como primer secretario del Partido Socialista, apoyé con los socialistas esa elección. En 1992, François Mitterrand quiso celebrar un referéndum para ratificar el tratado de Maastricht. Aunque poco entusiasmado por las condiciones de la votación, rechacé el no. Cuando asumí la responsabilidad del gobierno, tras 1997, pude
vivir de cerca la inevitable complejidad de una construcción
europea dirigida por quince países libres. Excluí la
estrategia de la ruptura, que me fue sugerida a veces, y mi gobierno
pudo, por medio de la convicción, las propuestas, buscando
aliados, hacer avanzar las preocupaciones de la Unión Europea
hacia el empleo, la política Hoy, estando en la oposición, ¿deben los socialistas llevar a cabo, a propósito de la ratificación del tratado constitucional, una ruptura con respecto a su tradición? No lo creo. Si las examinamos, creo que las razones en favor del sí superan con creces la tentación del no. Citaré tres razones.
El tratado es un compromiso aceptable Primera razón: el tratado constitucional es un compromiso
aceptable. Es verdad que no encarna el ideal socialista. Lo contrario
sería sorprendente, puesto que ha sido elaborado por representantes
de corrientes políticas opuestas y de países diferentes.
Sin embargo, retoma los valores y los principios de libertad, de solidaridad
y progreso de las grandes democracias. No cabe duda de que podría El tratado permite incluso, en puntos importantes, avances significativos. Es así en el caso de la Carta de los Derechos Fundamentales, el objetivo del pleno empleo, los derechos sociales, los servicios públicos, el gobierno económico de la zona euro, el papel de los agentes sociales, los derechos del Parlamento Europeo y los parlamentos nacionales, la democracia participativa y la posibilidad de iniciativas ciudadanas. Se oye decir que el tratado sería un “corsé” que “constitucionalizaría” las políticas de la Unión. Laurent Fabius, en su primer movimiento, ha refutado este argumento destacando que sería posible cambiar las políticas europeas y llegar a cabo políticas sociales sin cambiar el tratado. Les tocará hacerlo a los socialistas llegado el momento. Por otra parte, el tratado no es una Constitución. Si lo fuera,
la Unión Europea sería un sólo Estado, federal
o unitario; y los europeos, un pueblo. No es así. Francia sigue
siendo Francia; y los franceses, franceses. Una constitución
rige las relaciones entre un Estado y sus ciudadanos. Este tratado
constitucional organiza las relaciones entre los Estados miembros
de una Unión. Es “el reglamento interior
Los que desean una crisis europea no desean Europa Segunda razón: la tesis de una crisis europea saludable es
quimérica. Una parte de quienes desean una crisis europea no
desean sencillamente Europa. Es el caso de la derecha extremista y
los soberanistas, que oponen nación y Europa, que sólo
acceden a vagas cooperaciones entre Estados, cuando es seguro que
Francia se vería debilitada sin Europa. Entre los europeístas
sinceros, algunos dicen que Europa necesita una crisis, una especie
de electrochoque para volver a avanzar con más fuerza. La imagen
es engañosa, porque quienes aceptan correr el riesgo de la
crisis no saben cómo solucionarla. El rechazo del texto propuesto
hoy no nos ofrecerá mañana, como por ensalmo, un tratado
conforme a nuestras La primera consecuencia de un bloqueo europeo sería dejar el campo libre a Estados Unidos. Este país, desembarazado de la Unión Soviética y demasiado indulgente con una Rusia que endurece peligrosamente su régimen, no desembriagado aún -a pesar de sus contratiempos en Irak- de sus sueños de poderío absoluto y de la ilusión unilateralista, prefiere hoy una Europa trabada a una Europa activa. Si la Unión se atasca en un debate institucional no resuelto, apartará su energía de las grandes cuestiones prioritarias: el crecimiento, el empleo, el progreso social, la investigación, la seguridad, la integración armoniosa de los nuevos miembros (esencial para tratar de modo correcto la cuestión de las deslocalizaciones). Vivirá en la amargura y el conflicto interno y le será más difícil aún tomar iniciativas en política exterior, iniciativas que el mundo necesitará. La segunda consecuencia negativa será para Francia. Si, como país fundador, asume la responsabilidad de desencadenar la crisis, Francia verá un aumento del aislamiento. Ya hoy su situación no es favorable. Tras haber tomado una postura acertada sobre Irak, nuestras autoridades han multiplicado los errores en Europa. Han mostrado demasiada arrogancia, fustigado los países del Este, maltratado la Comisión, puesto en tela de juicio nuestras obligaciones en relación con los tratados en materia presupuestaria y sacrificado a un comisario europeo reconocido, respetado, que tenía peso dentro de la Comisión (Pascal Lamy presentaba un único defecto, ser socialista), para acabar obteniendo un puesto humillante en el nuevo ejecutivo europeo. De modo que nuestra influencia ha disminuido. No la restauraremos por medio de un rechazo al tratado. Los gobiernos democráticos que son nuestros socios no esperan de nosotros un aumento de la brutalidad o un electrochoque. No cabe imaginar ni siquiera por un instante que tras una confrontación supuestamente breve los demás países de la Unión, que son nuestros iguales, aceptarán dócilmente una arquitectura de Europa decidida de forma unilateral por nosotros. Ese escenario carece de la menor credibilidad. El método de Europa es el compromiso; si se convence, se avanza; no es posible avanzar a base de ultimátums. La elección del no por parte de los socialistas franceses los aislaría. Las fuerzas políticas susceptibles de ejercer las responsabilidades del poder en los diferentes países europeos aceptan hoy el compromiso realizado por el tratado, aun cuando –imagino- no les satisfaga enteramente. La Confederación Europea de Sindicatos lo aprueba. Los demás partidos socialistas europeos piden el sí. Nuestro lugar natural está con ellos.
El sí es una apuesta por la izquierda Decir sí es también una apuesta por la izquierda en Francia. Nuestra estrategia ha sido desde hace treinta años agruparla. Aunque lo hemos hecho siempre según nuestras convicciones, manteniéndonos fieles a nuestra historia y sin renunciar nunca a nuestra identidad (sobre todo, en relación con Europa). Esa izquierda es diversa: incluye a los comunistas -que iniciaron una evolución en relación con Europa- y también a los radicales y los Verdes. La vocación de la principal fuerza, el Partido Socialista, no es alimentar la argumentación de los otros, sino hacer progresar las cosas partiendo de sus propias ideas. Por último, la paradoja de la posición del no es que desplaza la atención de los franceses de la verdadera crisis política que sacude ante nuestros ojos el poder ejecutivo y la mayoría en nuestro país hacia el mito de una crisis salvadora para Europa, que según cabe temer perturbará ante todo al Partido Socialista. Tercera razón: el no al tratado no es la mejor manera de decir no a Jacques Chirac y su gobierno. Se afirma que muchos de nuestros conciudadanos y muchos socialistas guardan un mal recuerdo de su voto en favor de Jacques Chirac en el 2002 y se muestran poco inclinados a repetir la experiencia con ocasión del referéndum. Sin embargo, decir sí a Europa no es decir sí a Jacques Chirac. No se le puede reprochar al presidente de la República la convocatoria del referéndum, ya que se lo habíamos pedido expresamente. En realidad, no habiendo negociado ese tratado y viéndole algunos defectos, podíamos haber sugerido al poder que lo hiciera ratificar por la vía parlamentaria, dado que dispone de una amplia mayoría en las dos Cámaras y, por lo tanto, en el Congreso. Hemos obrado de otro modo: asumámoslo. Si hay referéndum, no se tratará de votar a favor o en contra de Chirac, sino de aprobar o no un tratado adoptado por 25 gobiernos. Dirigiremos la respuesta a nuestros socios y a nadie más. Si dicha respuesta fuera negativa, el choque se produciría en Bruselas, no en París. Porque sabemos de sobra que el presidente no extraerá ninguna consecuencia de semejante voto en lo referente a su función. Oigo decir también que habría que votar no porque así estarían tentados de hacerlo los franceses. En resumen, habría que precederlos para estar seguros de seguirlos. El caso es que los franceses no han dado a conocer sus intenciones. Ellos son dueños de su voto; seamos nosotros responsables de nuestras elecciones. Nuestros conciudadanos tendrán más posibilidades de votar sí si los llamamos a ello. Y, si hay que correr un riesgo, corrámoslo de forma meditada y de acuerdo con nuestras convicciones. Debo añadir además que si el no venciera en Francia con ayuda de los socialistas, éstos serían considerados responsables; en cambio, si nos hemos decantado por el sí, cumpliendo con nuestro deber, el presidente cargaría con el peso del fracaso. De todos modos, decir no a Europa por motivos de política interior constituiría un contrasentido. Es evidente que el proyecto histórico europeo no podría construirse si tuviera que replantearse a cada alternancia política, en Francia o en otras partes. Es el mensaje que nos han transmitido todos los grandes europeístas. Si hacemos política interior, que sea con los problemas nacionales.
Son numerosos y graves. Los millones de personas que protestan desde
hace dos años contra la disminución de las pensiones,
la fragilización de la Seguridad Social, el aumento del paro
y tantas medidas injustas, los numerosos electores que han permitido
los éxitos socialistas en las elecciones regionales, cantonales
y europeas, saben que los problemas a los que se enfrentan hoy derivan
de una política decidida en París y que se resolverán
en París, no en Bruselas. Dividirnos a propósito de
Europa en lugar de unirnos contra la derecha sería hacerle
a ésta un regalo inesperado. No convirtamos Europa en un chivo
expiatorio: subrayemos los errores y los fracasos de la política
del gobierno y avancemos nuestras propuestas. Los franceses las esperan
y desean. La visión política debe inscribir la La elección del sí puede abrir la vía de la reactivación de Europa. Esta reactivación pasa por las propuestas constructivas que los socialistas sabrán hacer a los franceses y de las cuales tienen que convencer progresivamente a los europeos, conforme a lo que cabe esperar de Francia.
Lionel Jospin. Artículo publicado en la revista “Le Nouvel Observateur”
el 23 de septiembre de 2004. |
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