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| Jacques Juillard
Cuando la espuma del acontecimiento haya bajado; cuando las elecciones municipales de la próxima primavera constituyan, como dirá entonces “Le Monde”, una seria advertencia para la mayoría; cuando Nicolás Sarkozy, cansado de representar el “Leopoldo Fregoli” de la política francesa, se resigne a no ser más que el presidente de la República, entonces percibiremos que la principal novedad de la reciente elección presidencial ha sido la entrada de Francia en el bipartidismo. La V República nos había dado la bipolarización; es decir, la organización de la vida política en torno a dos polos, la mayoría y la oposición. Los electores están dándonos el bipartidismo; es decir, la reducción de cada uno de los dos campos, la izquierda y la derecha, a un partido dominante. Al contrario de lo que se pretende, Francia no es el país que ha inventado la división de la opinión en dos campos. Su ideal no es el bipartidismo, sino la unión nacional. El Antiguo Régimen y la Revolución están de acuerdo en este punto: la única cuestión, aunque decisiva, es decidir alrededor de cuál de estos dos campos se llevará a cabo esta unión. Entre las grandes democracias occidentales, Francia ha sido la más lenta y la más reticente a admitir que la división de la túnica de la unidad nacional no es un accidente debido a la malevolencia de algunos “separatistas” -la palabra es de De Gaulle-, sino una situación normal. La última elección presidencial, si los próximos escrutinios la confirman, habrá sido una etapa decisiva en la normalización bipartidista. La derecha es la más avanzada en esta vía. Nicolás Sarkozy ha rematado la gestión unificadora que antes había sido de De Gaulle. Es preciso recordar que durante toda la III y la IV República la derecha no fue la gran catedral que temían sus adversarios, sino una serie de capillas rivales, tan irreductibles unas a las otras que casi no estaban separadas más que por la concurrencia de personas. ¡Qué familia hoy y qué trastorno! Las pequeñas sensibilidades narcisistas que la víspera de la elección presidencial encarnaban todavía los nombres de Bruno Mégret, Christine Boutin, Philippe de Villiers, Nicolas Dupont-Aignan prácticamente han desaparecido. Nada indica que no vayan a reaparecer, pero se necesitará tiempo y la ocasión para ello. Sólo queda, pues, el Frente Nacional.
El desarme de Le Pen La idea de un Ministerio de la Identidad Nacional y de la Inmigración fue el arma absoluta que dejó a Le Pen sin voz ni voto, en todos los sentidos de la expresión. Debilitado por el envejecimiento de su líder, desposeído de su cuña publicitaria xenófoba, el Frente Nacional no desaparecerá, sino que se convertirá, sin duda, en lo que era antes de la gran cabalgata de Le Pen: un pequeño núcleo antirrepublicano, con tendencias integristas, xenófobas, incluso fascistizantes. Sarkozy, ayudado por las circunstancias, ha reducido la extrema derecha como Mitterrand redujo el comunismo. Así se ha demostrado una vez más que cada campo se ocupa de sus extremistas. En la izquierda el trabajo tampoco ha avanzado, pero la tendencia es la misma. El Partido Comunista, por culpa de no haber roto a tiempo con su pasado estalinista, está arrastrado a un inexorable proceso de aniquilación. De aquí en adelante, apenas será más que una asociación de cargos municipales elegidos en los extrarradios. Como dicen los médicos, el pronóstico vital está comprometido. ¿Quién se lamentará, excepto algunos viejos nostálgicos, de la desaparición de esta supervivencia? El izquierdismo, más dinámico a causa del coma avanzado del PC, ha cometido el error de creer que el no al referéndum europeo de 2005 podía constituir la base de un frente de rechazo. La elección presidencial y las legislativas han demostrado que en adelante es su insignificancia intelectual y política lo que está en entredicho. Para comprender las diferencias entre los tres grupúsculos trotskistas que se dividen entre un puñado de irreductibles y otro de populistas, es preciso remitirse al programa de transición de Trotski, que data de 1939. Este fracaso de la inteligencia no puede ser compensado por la intensa organización de “luchas”, cuyas llamaradas intermitentes no sabrían reemplazar la crítica social coherente. En los alterglobalizadores, por último, el narcisismo, la intriga, incluso la corrupción, han degradado de forma duradera un movimiento fundado sobre bases reales, pero incapaz de comprender que el antiguo Tercer Mundo se precipita en el capitalismo y ve en la globalización su oportunidad histórica. ¿Qué importancia tiene la crítica de este aspecto frente a una tasa de crecimiento de dos cifras como la de China? En cuanto a los Verdes, han tenido un naufragio que puede creerse definitivo. Se diría que se consagran a no retener, de la gran onda de choque ecológica que barre hoy el planeta, más que sus absurdidades. ¿Cómo comprender su ensañamiento antinuclear, cuando la nuclear es la principal fuente de energía sin responsabilidad en el efecto invernadero y el recalentamiento del planeta? ¿Cómo comprender su obsesión, poco creíble científicamente, a propósito de la modificación genética? Nicolás Hulot, democratizando los asuntos ecológicos, ha dado a la ecología un golpe fatal: así como la banalización de las tesis del Frente Nacional (FN) ha tenido como consecuencia el hundimiento del FN como formación separada y monotemática, la banalización de los asuntos ecologistas, favorecida por los accidentes climáticos actuales, ha tenido como consecuencia el naufragio de los ecologistas en cuanto formación separada y monotemática. Finalmente, una palabra a propósito del centro. François Bayrou tiene razón, evidentemente, cuando afirma que el sistema electoral actual le impide desarrollarse. A condición de añadir que la familia centrista ciertamente existe, pero que es una familia pequeña, rica en el mejor de los casos, con entre el 10 y el 15% de los sufragios. Valéry Giscard d’Estaing dijo un día que Francia quería ser “gobernada en el centro”. Nada más cierto; los primeros pasos de Nicolás Sarkozy son la prueba de ello. Pero él no dijo que Francia quería ser gobernada por el centro. Paradójicamente, el gobierno “en el centro” implica un centro débil, que permite a la izquierda apoyarse en su ala derecha, y a la derecha avanzar sobre su ala izquierda. En Francia, como en Alemania, el centro está condenado a ser un partido complementario. El resultado de esta evolución es que nunca un gran partido reformador de izquierda había seguido un camino tan descomprometido. Más rivalidad seria en su campo, más ideología concurrente, más objeción a una política francamente reformista. El PS ha sido batido una tercera vez, pero su porvenir no está en ningún modo amenazado.
Derrota intelectual y moral Entonces, ¿por qué esas declaraciones desengañadas, esos semblantes entristecidos, esa moral a media asta? Porque partidarios, adversarios u observadores comparten el sentimiento de que el mal es más profundo que una derrota coyuntural, repetida dos veces, porque cada cual sabe en el fondo que esta derrota le está bien merecida y que el partido se la ha buscado. Es éste, más que Sarkozy, el responsable de ello. Este fallo es suyo, es una derrota intelectual y moral. Hace mucho tiempo que el PS ha dejado de pensar y de creer en lo que explica. Desde 1989, al menos, fecha de la caída del Muro, la izquierda al completo está enferma, porque no ha sabido analizar ni extraer las consecuencias de lo que ha sucedido. Se dirá que es injusto: los socialdemócratas, ¿no han sido siempre y en todas partes el blanco preferido de los estalinistas victoriosos? Entonces, ¿por qué deberían ser arrastrados en el naufragio de sus peores enemigos? ¡Porque, se quiera o no, el socialismo (como la Revolución, en opinión de Clemenceau) es un conjunto! El comunismo ha sido durante cerca de un siglo el horizonte de esperanza de todo el movimiento obrero. Jaurès y Blum, los dos modelos del reformismo, no han cesado de proclamar que solamente los métodos separaban a los realistas de los maximalistas. Se dirá que todo esto es historia antigua y que la juventud de hoy tiene otras preocupaciones. ¡Qué error! No se vota nunca un programa; se vota una opinión e incluso una segunda intención. No es necesario levantar la cabeza muy alta para saber que el horizonte está cerrado, que el oriente rojo está descolorido, que el sol naciente está vestido de duelo. El hecho es que los socialistas nunca nos han dado un análisis convincente de lo ocurrido, que compromete, sin embargo, su visión sobre el futuro. No pasa ningún año sin que se publiquen dos o tres libros importantes sobre el nazismo, y mejor que sea así. El vientre es todavía fecundo... El del comunismo, la tentación del estalinismo, ¿será definitivamente estéril? ¿Quién sabe? Aparte del libro de François Furet -“El pasado de una ilusión”- nadie nos explica por qué uno de los más bellos sueños de la humanidad se ha transformado en una inmensa pesadilla. ¿Debemos contentarnos con la explicación trivial en términos de desviación -el demasiado famoso “culto a la personalidad”- o se trata de un vicio intrínseco? Por ejemplo, la concentración de los poderes políticos, económicos, sociales, culturales, en las mismas manos. ¿Cómo desinteresarse de una aventura que nunca fue la nuestra, pero que lleva el mismo nombre que la nuestra? ¿Y se querría que ese respetuoso desinterés no tuviera consecuencias en nuestro subconsciente y el de nuestro electorado? Cuando apareció “Archipiélago Gulag”, un socialista cuyo nombre felizmente he olvidado declaró que Solzhenitsin nos haría perder las elecciones cantonales. Hace una veintena de años, Paul Veyne escribió un breve ensayo penetrante, titulado “¿Los griegos creían en sus mitos?” El gran historiador de la antigüedad respondía: sí y no. Sí en público, no en su fuero interno. Se celebraba solemnemente el culto de Zeus o de Atenea, pero en su interior se guardaban mucho de adherirse a estos cuentos.
La creencia en los mitos Por eso planteo la pregunta: ¿los socialistas creen todavía en sus mitos como la lucha de clases –aún firmemente de moda en la época de Mitterrand–, el proletariado, la nacionalización de los medios de producción, y me quedo corto? Si ya no se cree en ello, que se diga, y sobre todo que se extraigan consecuencias de ello. Durante demasiado tiempo se ha creído poder ganar la partida por medio de un programa que se sabía que era falso. Para un partido que se tiene por el partido de la inteligencia, ¡qué menosprecio de la inteligencia! ¡Qué negación de la realidad! ¡Qué desprecio hacia el elector! ¿Y se quiere que éste no se aperciba de ello? Lo más grave es que esta dimisión de la inteligencia ha producido lo que es preciso llamar una impostura moral. Tanto en sentido literal como figurado, los socialistas no residen donde militan, no llevan a sus hijos a las escuelas que defienden, la mayor parte no vive como se supone que vive. La diferencia entre el ser y el parecer se ha convertido en la principal dificultad social del partido, y el mérito de Ségolène Royal es el haber practicado lo que en otros tiempos se definía como hablar sin tapujos. Pero en unas cuantas semanas no se rellena el vacío de decenios de mentiras. Lo que los electores han aclamado de ella ha sido el coraje, según la palabra de Bernstein, de osar parecer lo que ella era. Sin duda, su programa ha carecido de ambición y de líneas generales. ¿Pero quién, en el Partido Socialista, después de haberse adherido a la síntesis de Le Mans, síntesis en efecto de todas las mentiras, de todas las imposturas y de todas las demagogias, habría tenido el descaro de reprocharle el haber faltado a la coherencia? ¡Qué máscaras de cera la de estos elefantes! La prueba es su desbandada actual. A los mismos que multiplicaban las reservas respecto de la aproximación de Ségolène con Bayrou entre las dos vueltas de la elección presidencial no les parece mal un mes después arrojarse a los brazos de Sarkozy, ¡sin paracaídas! ¡Quien declaraba hace unos días que quería consagrarse por entero a la renovación del socialismo decide bruscamente marchar a Nueva York para renovar el FMI! Una vez más se constata que las morales rígidas son menos sólidas que las morales flexibles. Una vez franqueada la alambrada de púas de la unión de la izquierda, se capitula en campo raso ante la derecha y se deja al adversario que ocupe el campo de batalla como vencedor. De un día para otro, todas las objeciones a la colaboración de clase han cedido, y se pasa sin transición del programa suicida de Le Mans a la aceptación embelesada del poder personal de Sarkozy. ¿Es necesario recordar la adhesión de la mayoría de la cámara del Frente Popular a otro poder personal, al cual me guardaré mucho de compararlo? El solo punto común es la quiebra moral de los socialistas.
Una nueva salida No me corresponde decidir en el lugar de los socialistas sus orientaciones para el futuro. ¡Que florezcan cien flores, que las bocas se abran y que la verdad sea la de quienes no han cedido! ¡Pues el pueblo ha cumplido! Contra la televisión sarkozysta, contra la burguesía triunfante, contra los dirigentes socialistas derrotistas. Los electores siempre están en su sitio, y no se me hará creer que un partido que recoge el 47% de los votos en la segunda vuelta de la elección presidencial es un partido agónico. Nicolás Sarkozy lo sabe bien, practica la apertura a rienda suelta. ¡Pero la apertura a los elefantes, no al pueblo! A los primeros, los cargos, los sillones. A los otros, la franquicia sobre la Seguridad Social, esperando el IVA del mismo nombre. Me contentaré, pues, con algunas direcciones de investigación.
Ya termino. Las fuerzas de izquierda se enfrentan hoy a un reto inesperado: la contradicción entre la diversificación de la sociedad, que Marx no había previsto, y la masificación de la opinión pública, que Tocqueville había previsto muy acertadamente. Es la pereza intelectual la que ha engendrado el hundimiento de la moral socialista. Es necesario, pensando en las generaciones futuras, llevar a cabo la revolución cultural del socialismo francés. De otro modo, la juventud se alejará de él. No es preciso que los hijos no tengan esperanzas porque los padres han mentido. Jacques Juillard. Intervención en el encuentro celebrado en París el 16 de julio de 2007,
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