| Karol Wojtyla
En el nombre de la Santísima
Trinidad. Amén.
"Velad, porque no sabéis el día en que vendrá
nuestro Señor" (San Mateo, 24.42). Estas palabras me recuerdan
la última llamada, que tendrá lugar en el momento en
que el Señor así lo quiera. Deseo seguirlo y deseo que
todo aquello que forma parte de mi vida terrena me prepare para este
momento. No sé cuando sucederá, pero como todo, también
en este momento me pongo en las manos de la Madre de mi Maestro: “Totus
Tuus”. En las mismas manos maternas dejo todo y a todos aquellos
con los que me ha relacionado mi vida y mi vocación. En estas
manos dejo, sobre todo, a la Iglesia, y también a mi nación
y a toda la humanidad. Agradezco a todos. A todos pido perdón.
Pido también la oración, para que la misericordia de
Dios se muestre más grande que mi debilidad e indignidad.
Durante los ejercicios espirituales he releído el testamento
del Santo Padre Pablo VI. Esta lectura me ha impulsado a escribir
el presente testamento. No dejo tras de mi alguna propiedad de la
que sea necesario disponer. En cuanto a las cosas de uso cotidiano
que me servían, pido que sean distribuídas como sea
oportuno. Los apuntes personales, que sean quemados. Pido que por
esto vigile don Estanislao, a quien agradezco su colaboración
y la ayuda tan prolongada por los años y tan compresiva. Todos
los otros agradecimientos, en cambio, los dejo en el corazón
delante de Dios mismo, porque es difícil expresarlos.
Por lo que se refiere al funeral, repito las mismas disposiciones,
que dio el Santo Padre Pablo VI: El sepulcro en la tierra, no en un
sarcófago.
“Apud Dominum misericordia et copiosa apud Eum redemptio”.
Roma, 6 de marzo de 1979
Después de la muerte pido la santa misa y oraciones. 5 de
marzo de1990.
Hoja sin fecha. Expreso la más profunda confianza en que,
no obstante mi debilidad, el Señor me concederá cada
gracia necesaria para afrontar según su voluntad cualquier
tarea, prueba y sufrimiento que quiera requerir de su siervo, en el
curso de la vida. Tengo también confianza que no permitirá
jamás que, mediante alguna aproximación mía -palabras,
obras u omisiones-, pueda traicionar mis obligaciones en esta Santa
Sede Petrina.
24 de febrero y 1 de marzo de1980. También durante estos ejercicios
espirituales he reflexionado sobre la verdad del sacerdocio de Cristo
en la perspectiva de aquel tránsito que para cada uno de nosotros
es el momento de nuestra muerte. De la despedida de este mundo para
nacer a otro, al mundo futuro, signo elocuente (decisivo) es para
nosotros la resurrección de Cristo. He leído entonces
el registro de mi testamento del último año, hecho también
durante los ejercicios espirituales, lo he comparado con el testamento
de mi gran predecesor y Padre Pablo VI, con aquel sublime testimonio
sobre la muerte de un cristiano y de un Papa, y he renovado en mí
la conciencia de las cuestiones a las cuales se refiere el registro
del 6 de marzo de 1979 preparado por mí en modo sobre todo
provisorio.
La perspectiva de la muerte
Hoy sólo deseo agregar que cada uno debe tener presente la
perspectiva de la muerte. Y debe estar listo para presentarse delante
del Señor y del Juez, y contemporaneamente redentor y Padre.
Entonces yo también tomo en consideración esto continuamente,
confiando aquel momento decisivo a la madre de Cristo y de la Iglesia,
a la madre de mi esperanza.
Los tiempos en los que vivimos son indeciblemente difíciles
e inquietos. Difícil y duro se ha tornado también el
camino de la Iglesia, prueba característica de estos tiempos,
tanto para los fieles, como para los pastores. En algunos países,
como por ejemplo en aquél sobre el que he leído durante
los ejercicios espirituales, la Iglesia se encuentra en un periodo
de persecución tal, que no es inferior a aquellos de los primeros
siglos. Es más, los supera por el grado de despiadad y odio.
“Sanguis martyrum semen christianorum”. Y además
de esto, tantas personas desaparecen inocentemente. También
es éste país en el que vivimos.
Deseo aún una vez más confiarme totalmente a la gracia
del Señor. Él mismo decidirá cuándo y
cómo debo terminar mi vida terrena y el ministerio pastoral.
En la vida y en la muerte “Totus tuus” mediante la Inmaculada.
Aceptando desde ahora esta muerte, espero que Cristo me dé
la gracia para el último pasaje, es decir (mi) Pascua. Espero
también que la haga útil para esta causa más
importante que busco servir: la salvación de los hombres, la
salvaguardia de la familia humana, y en ella de todas las naciones
y los pueblos -entre ellos me dirijo también en modo particular
a mi patria terrena-, útil para las personas que en modo particular
me ha confiado, por la cuestión de la Iglesia, para la gloria
del mismo Dios.
No deseo agregar nada a aquello escrito un año atrás,
sólo expresar este estar listo y contemporaneamente confianza,
a la cual los presentes ejercicios espirituales de nuevo me han dispuesto.
5 de marzo de1982. En el curso de los ejercicios espirituales de
este año he leído (más veces) el texto del testamento
del 6 de marzo de 1979. No obstante que aún lo considero provisorio
(no definitivo), lo dejo en la forma en que existe. No cambio (por
ahora) nada, y tampoco agrego, en lo que se refiere a las disposiciones
contenidas en él.
El atentado contra mi vida el 13.V.1981 en algún motivo ha
confirmado la exactitud de las palabras escritas en el periodo de
los ejercicios espirituales de 1980.
Aún más profundamente siento que me encuentro totalmente
en las manos de Dios y permanezco continuamente a disposición
de mi Señor, confiándome a él en su Inmaculada
Madre (“Totus tuus”).
5 de marzo de 1982. En relación a la última frase de
mi testamento del 6 de marzo de1979 -sobre el lugar del funeral, decida
el Colegio Cardenalicio y “los connacionales”- aclaro
que tengo en mente el Metropólita de Cracovia o el Consejo
General del Episcopado de Polonia. Al Colegio Cardenalicio pido, en
tanto, de satisfacer en cuanto sea posible las eventuales preguntas
de los nombrados arriba.
1 de marzo de 1985. (En el curso de los ejercicios espirituales).
Todavía en lo que se refiere la expresión “Colegio
Cardenalicio y los connacionales”: el Colegio Cardenalicio no
tiene ninguna obligación de interpelar sobre este argumento
“los connacionales”. Sin embargo puede hacerlo, si por
algún motivo, lo considere justo.
Los ejercicios espirituales del año jubilar 2000
Del 12 al 18 de marzo. Para el testamento.
- Cuando el día 16 de octubre de 1978 el cónclave
de los cardenales escogió a Juan Pablo II, el Primado de
Polonia, cardenal Stefan Wyszynski, me dijo: “La tarea del
nuevo Papa será la de introducir a la Iglesia en el tercer
milenio”. No sé si repito exactamente la frase, pero
por lo menos ese era el sentido de aquello que entonces escuché.
Lo dijo el hombre que ha pasado a la historia como primado del milenio.
Un gran primado. He sido testimonio de su misión, de su total
confianza, de sus luchas, de su victoria. “La victoria, cuando
suceda, será una victoria mediante María”. Estas
palabras de su predecesor, el cardenal August Hlond, solía
repetir el primado del milenio.
En este sentido he estado preparado en algún modo para la
tarea que el día 16 de octure de 1978 se me presentó.
En el momento en que escribo estas palabras, el año jubilar
del 2000 es ya una realidad en acto. La noche del 24 de diciembre
de 1999 fue abierta la simbólica Puerta del Gran Jubileo
en la Basílica de San Pedro, seguidamente aquella de San
Juan de Letrán, después de Santa María la Mayor
en año nuevo, y el día 19 de enero la Puerta de la
Basílica de San Pablo Extramuros. Este último hecho,
dado su carácter ecuménico, ha quedado impreso en
la memoria en modo muy particular.
- En la medida en que el año jubilar 2000 va avanzando, día
a día se cierra tras nosotros el siglo XX y se abre el siglo
XXI. Según los designios de la Providencia me ha sido concedido
vivir en el difícil siglo que se está yendo al pasado,
y ahora en el año en el que la edad de mi vida alcanza los
ochenta años (“octogesima adveniens”), es necesario
preguntarse si no es tiempo de repetir con el bíblico Simeón
“Nunc dimittis”.
El día 13 de mayo de 1981, el día del atentado
al Papa durante la audiencia general en la Plaza de San Pedro,
la Divina Providencia me ha salvado en un modo milagroso de la
muerte. Aquél que es único Señor de la vida
y de la muerte él mismo me ha prolongado esta vida, en
un cierto sentido me la ha donado nuevamente. Desde este momento
mi vida pertenece aún más a él. Espero que
él me ayudará a reconocer hasta cuándo debo
continuar este servicio, al cual me ha llamado el día 16
de octubre de 1978. Le pido de querer llamarme cuando él
mismo lo quiera. “En la vida y en la muerte pertenecemos
al Señor... somos del Señor" (cf. Rm 14, 8).
Espero también que hasta que me sea donado cumplir el servicio
Petrino en la Iglesia, la misericordia de Dios quiera prestarme
las fuerzas necesarias para este servicio.
- Como cada año durante los ejercicio espirituales he leído
mi testamento del 6 de marzo de 1979. Continúo manteniendo
las disposiciones contenidas en él. Aquello que entonces,
y también durante los sucesivos ejercicios espirituales fue
agregado, constituye un reflejo de la difícil y dura situación
general que ha marcado los años ochenta. Desde el otoño
del año 1989 esta situación ha cambiado.
El último decenio del siglo pasado ha estado libre de
las precedentes tensiones. Esto no significa que no haya portado
consigo nuevos problemas y dificultades. En modo particular sea
alabada la providencia divina por esto, que el periodo de la así
llamada “guerra fría” ha terminado sin el violento
conflicto nuclear, cuyo peligro pesaba sobre el mundo en el periodo
precedente.
- Estando en el umbral del tercer milenio “in medio Ecclesiae”,
deseo aún una vez más expresar mi gratitud al Espíritu
Santo por el gran don del Concilio Vaticano II, al que junto con
la Iglesia entera -y sobretodo con todo el episcopado- me siento
deudor. Estoy convencido que aún por largo tiempo será
dado a las nuevas generaciones descubrir las riquezas que este concilio
del siglo XX nos ha dejado. Como obispo que ha participado en el
evento conciliar desde el primer hasta el último día
deseo confiar este gran patrimonio a todos aquellos que son y serán
los futuros llamados a realizarlo. Por mi parte, agradezco al eterno
Pastor que me ha permitido servir a esta grandísima causa
en el curso de todos los años de mi pontificado.
"In medio Ecclesiae"... desde los primeros años
del servicio episcopal -resalto que gracias al Concilio- me fue
dado experimentar la fraterna comunión del episcopado.
Como sacerdote de la archidiócesis de Cracovia había
experimentado lo que fuese la fraterna comunión del presbiterio,
el concilio ha abierto una nueva dimensión de esta experiencia.
- ¡Cuántas personas debería nombrar! Probablemente
el señor Dios ha llamado a sí a la mayoría
de ellas, en cuanto a aquellos que aún se encuentran en esta
parte, las palabras de este testamento las recuerden, a todos y
por todas partes, donde sea que se encuentren.
En el curso de más de veinte años en los que realizo
el servicio Petrino “in medio Ecclesiae” he experimentado
la benévola y como nunca fecunda colaboración de
tantos cardenales, arzobispos y obispos, tantos sacerdotes, también
personas consagradas -hermanos y hermanas- en fin tantísimas
personas laicas, en el ambiente curial, en el Vicariato de la
diócesis de Roma, así como fuera de estos ambientes.
¡Como no abrazar con grata memoria a todos los episcopados
del mundo, con los cuales me he encontrado en el sucederse de
las visitas “ad limina apostolorum"! ¡Cómo
no recordar también a tantos hermanos cristianos no católicos!
¡Y al rabino de Roma y así numerosos representantes
de las religiones no cristianas! ¡Y a cuantos representan
en el mundo de la cultura, de la ciencia, de la política,
de los medios de comunicación social!
- En la medida en que se acerca el límite de mi vida terrena
regreso con la memoria al inicio, a mis padres, al hermano y a la
hermana que no he conocido porque murió antes de mi nacimiento,
a la parroquia de Wadowice, donde he sido bautizado, a aquella ciudad
de mi amor, a los coetaneos, compañeros y compañeras
de la escuela elemental, del gimnasio, de la universidad, hasta
los tiempos de la ocupación, cuando trabajé como obrero,
y en seguida a la parroquia de Niegowie, a aquella Cracoviana de
San Floriano, a la pastoral de los académicos, al ambiente...
a todos los ambientes... a Cracovia y a Roma... a las personas que
en modo especial me han sido confiadas en el Señor.
A todos quiero decir una sola cosa: "Dios os recompense".
"In manus Tuas, Domine, commendo spiritum meum" A.D. 17.III.2000
Karol Wojtyla.
Sumo Pontífice de la Iglesia católica romana con el
nombre de Papa Juan Pablo II desde 1978 a 2005.
Este artículo es la traducción al castellano del testamento
papal.
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