Islamismo y cristianismo

 

Teresa Losada

 

Desde hace unos veinte años, el mundo musulmán emerge con fuerza en Occidente debido, en parte, a los cambios que ha originado la instalación de flujos migratorios, procedentes de países arabo-islámicos que están provocando una pluralidad cultural y religiosa.

Las publicaciones y noticias se multiplican, bien sea para informar o para acercar al lector a este gran desconocido "lo árabe", "lo musulmán". Los esfuerzos no siempre son afortunados, aunque sí es cierto que hay un camino abierto para adentrarse y observar a este vecino que nos atrae, nos asusta y nos da miedo.

Todos sabemos de la revolución de Irán, del problema palestino, de la guerra del Golfo, de los movimientos integristas y de la presencia de miles de inmigrantes musulmanes en nuestra sociedad. Por lo que ha llegado el momento de que el diálogo y el respeto sustituyan al desprecio e ignorancia hacia este mundo que nos provoca e interpreta.

El Islam y sus creyentes constituyen hoy una realidad viva y presente, repartida a lo largo y ancho de los cinco continentes. Un intento de aproximación a la población musulmana nos habla de 800 millones en todo el mundo. Doce corresponden a la U. E. especialmente a aquellos países que registran mayor densidad de flujo migratorio.

Nuestra sociedad se va a confrontar de una manera estable al pluralismo creciente de culturas y religiones. La pluralidad no es nueva, pero en el último decenio se está desarrollando de una forma singular.

Hoy somos sensibles a la contemporaneidad y sentimos que se nos pide conjugar lo uno y lo múltiple; el universalismo y lo particular. He aquí el paradigma de nuestro mundo.

Los musulmanes en su unidad y en su diversidad

Los musulmanes pertenecen a una comunidad materna (umma) que les alimenta y nutre. Sociedad unitaria donde todos se sienten solidarios y hermanos, a pesar de las diferencias de raza, lengua y civilización.

Catorce siglos de historia han permitido islamizar prestigiosas culturas en el mundo afroasiático y en los tiempos actuales existe una sólida diáspora musulmana en Europa y América.

Los interlocutores se nos presentan hoy de contextos culturales diferentes y con situaciones nacionales que los marcan tanto como su propia fe.

Los musulmanes árabes son minoritarios en el conjunto islámico (20%), ocupan sin embargo un lugar central geográfica, cultural y afectivamente. Gozan de un prestigio incomparable porque fueron los propagadores de Islam durante los primeros siglos y porque su lengua es la misma en la que se presenta y recita el Corán.

Los musulmanes no árabes no son menos conscientes de representar formas auténticas del Islam histórico. El Islam Indo-paquistaní que se remonta a los primeros tiempos del Islam, bien aceptando una constitución islámica o un modelo pluralista de sociedad política. El Islam iraní representa una interpretación particular de la tradición musulmana que se expresa en forma de chiísmo místico y revolucionario. El Islam turco, heredero moderno del Imperio Otomano como nacionalista y laicista y el Islam africano procede de islamizaciones sucesivas y específicas y representa un mosaico muy diversificado de simbiosis originales entre la tradición africana y la tradición musulmana.

Cada pueblo ha sabido conservar su lengua y su cultura al mismo tiempo que integrar en el Islam valores religiosos de su lejano pasado.

Expresiones del Islam en España

La inmigración de miles de trabajadores procedentes del mundo arabo-musulmán, nos vuelve a poner en contacto con el Islam desde finales de los años 1968-69.

Unos doscientos mil musulmanes viven en España procedentes del Magreb, África subsahariana, sudeste asiático y Oriente Medio.

Aunque el número de musulmanes es bajo, el Islam en España se distingue de otras comunidades europeas por un talante propio: los nueve siglos de convivencia hispano-árabe (711-1.609), huella psicológica que se mantiene viva por el continuo recuerdo de Al-Andalus.

El "Islam trasplantado" según expresión de Felice Dasseto, significa que los musulmanes que viven en Europa no han desplazado aquí su religión, sino que tratan de vivirla en un contexto enteramente nuevo. Sería un error considerar a los musulmanes como una realidad monolítica. Los musulmanes que están entre nosotros proceden de diversos paisajes geográficos. Viven la experiencia en nuestro suelo de su propia universalidad: marroquíes, senegaleses, egipcios...

Hay varios Islames entre nosotros, sobresale un Islam instalado, según la frase de Rémy Levau, es decir, comprometido con un proceso de racionalización religiosa, cada vez más orientado a una vivencia privada e impregnado de los valores en vigor de las sociedades occidentales.

¿Cómo nos vemos musulmanes y cristianos, Islam y Occidente?

La memoria del Sur no es la del Norte. El imaginario en torno a los árabes y al Mundo islámico está anclado en nuestra conciencia colectiva e influye en el tratamiento de mediático. Buena parte de los juicios e ideas emanan de las informaciones que escuchamos o leemos con las que se nutren los imaginarios y las percepciones. Es necesario desinflar lo que hay de mito y fantasmagórico. La opinión pública se refugia en estereotipos y en prejuicios, es decir en certezas simplistas, en frases lapidaria, como un atajo tentador, duro de borrar y de modificar y deforma lo real. La realidad del mundo árabe no es tan hermética y no puede concebirse ni explicarse por estereotipos como integrismo, violencia y antioccidentalismo.

Desde el 711 hasta el 1.814 se produjeron imágenes del mundo islámico complejas que perturban a menudo nuestra capacidad efectiva de comprender su historia y realidad actual. El profesor M.A. Ladero Quesada señala que la comunicación entre occidentales y musulmanes se hace desde puntos de partida disidentes y a menudo difíciles de compatibilizar, cuando esta comunicación y los resultados de concordia, convivencia y mutua comprensión son más urgentes que nunca.

Oriente es la diferencia más próxima y cercana a Occidente, separada por el Mediterráneo, mar en medio de tierras árabes, lugar de paso, de intercambio, de alianzas. ¿Quien es el otro de los árabes? Después de haberse llamado durante mucho tiempo Cristiandad y Europa, en la actualidad llevan un nombre vago: Occidente. El imaginario árabe lo marca con tres momentos históricos:

Acercándonos a nuestros días la percepción recae sobre el estado de Israel y la guerra del Golfo. Es necesario romper el juego de las imágenes que se reflejan en espejos deformantes por los dos lados. La historia de Oriente y Occidente no puede ser sólo de oposición y rechazo, sino que debe construirse en una sólida base de atracción y enriquecimiento mutuo, sin olvidar que las consecuencias de la diversidad las sufrimos los humanos desde siempre y a pesar de todo, lo común nos identifica cada vez más. Caminamos hacia un mundo planetario. Entramos en la era de la mundialización y el futuro de la condición humana está comprometido en términos de clara responsabilidad que afectan a nuestra vida cotidiana en cualquier rincón del planeta. Hace falta modificar esa percepción social, esas imágenes falsas que cuentan con el agravante de acumulación de siglos dentro de la cultura. Se identifica también a Occidente con ateísmo, materialismo, promiscuidad sexual. Y aquí vemos a los países musulmanes bajo un prisma determinante como si nada se moviera y no tuvieran remedio porque son musulmanes. Ellos se ponen a la defensiva ante los supuestos valores occidentales porque los ven como imposición y hay hechos que viven como humillación, por ejemplo, el problema palestino.

Las antiguas rivalidades y los conflictos modernos han acentuado las diferencias de tal forma que las raíces religiosas quedan oscurecidas, tal es la realidad si miramos a nuestro entorno. Basta recordar los nombres de Bosnia, Palestina y el Cáucaso. ¿Quién niega que la dimensión religiosa desempeña un papel importante y a menudo agravante en todas las regiones de conflicto. En Europa, los croatas "católicos", los serbios "ortodoxos", los bosnios "musulmanes"; en el cercano Oriente, los israelitas y los palestinos; en el Cáucaso, los armenios "cristianos" y los azerbayianos "musulmanes" todos envueltos en conflictos, no sólo como miembros de etnias distintas, sino también como cristianos y musulmanes.

No es fácil distinguir, sobre todo cuando lo sensacionalista y lo superficial deforman la información, entre lo que es retorno de lo religioso en el cuadro de un Islam que quiere legítimamente afirmarse entre nosotros y lo que es el empuje integrista ligado a una obediencia exterior y partidista tratando de deshacer la comunidad musulmana de nuestro entorno. De ahí la necesidad de un discernimiento lúcido y riguroso. No hay que confundir Islam e islamismo. Hay que resistir al error y al aturdimiento y promover la actitud inversa, es decir, reconocer en lo cotidiano de la vida el Islam y su derecho al ejercicio libre y pacífico del culto y de la práctica. Todo esto implica liberar los valores religiosos de las injusticias de la historia, una empresa perpetua que hay que aplicarla a cada día y a cada acontecimiento.

¿Por qué el diálogo con los musulmanes? 

Si Dios es Amor y la misión de los discípulos de Jesús es dar testimonio de ese amor, su relación con los otros será necesariamente dialogal. En este contexto el diálogo es testimonio de vida, la mayoría de las veces, y no será tanto por la "palabra hablada", sino por la "palabra vivida", conscientes de que el Espíritu respeta las circunstancias de cada uno y de que la Voluntad del Padre es recapitular todas las cosas en Cristo.

En Pentecostés, que es el anti-babel, quedó restaurada la legitimidad del pluralismo étnico y cultural. En el nuevo pueblo no hay extranjeros, como señala San Pablo, dirigiéndose a los Gálatas: "No hay judío, ni griego; ni esclavo, ni libre; ni hombre, ni mujer; todos sois uno en Cristo Jesús.

El racismo, el rechazo se basa en el miedo al otro, alimentado por la ignorancia de su historia, de su misterio y de sus posibilidades.

La perspectiva del inmigrante musulmán solemos limitarla a una apreciación socio-política; los musulmanes son hermanos en Cristo a título de una doctrina de fe evangélica de justicia social, en tanto que dominados y excluidos a los que hay que ayudar y en nombre de los que hay que hablar. Lo reducimos a acción social y a menudo olvidamos la perspectiva de su filiación común en Abraham, y su rica tradición religiosa. Si entras en diálogo con un inmigrante y te atreves a preguntarle ¿Qué sabes de Dios y de la vida? Llegarás a entrever los misterios insinuados de su cultura, religión y costumbres y podrás repetir aquello de que "en verdad no encontré en todo Israel una fe tan grande".

La iglesia es católica porque acepta vivir y comunicarse con todos los grupos humanos porque cree que el Reino de Dios está llegando en el intercambio del Don que tiene cada tradición religiosa porque El Espíritu que ora en cada hombre de buena voluntad no conoce ni muros de piedra ni murallas de fórmulas.

¿Qué nos dices, qué nos decimos de Dios y de la vida?

Nos dices que desde la emigración de Abraham, que abandona su país hacia la tierra prometida, la humanidad es un pueblo de emigrantes que camina por el desierto sostenido por la fe y la esperanza y que este tiempo de éxodo terrestre es imagen del desplazamiento geográfico y cultural que estás haciendo.

Nos decimos que la condición del inmigrante simboliza la situación del hombre que aspira a encontrar a Dios en los límites de su precariedad y de su tensión hacia la liberación definitiva. Por eso pensamos que estos enunciados históricos tendrían que agudizarnos el sentido de futuro porque hoy las migraciones son un verdadero desafío que aborda la existencia humana en todas sus dimensiones: personal, social, cultural y espiritual y recuerda una de las responsabilidades que debemos afrontar la humanidad contemporánea ya que de ella depende que el futuro se incline al lado del desorden económico internacional o a la interdependencia solidaria.

Nos decimos que hay que "Abrazar sin ahogar para dejarnos abrazar", que debemos descentrarnos continuamente para abrazar y dejarnos abrazar por ese caleidoscopio de rostros diferentes que se funden en Dios y que nos dejan, por eso mismo, presentía alguna cosa de Dios. Los cristianos sabemos que Jesús destacó repetidas veces la fe que encontró en personas ajenas al pueblo elegido y predijo la entrada en el Reino de muchos de Oriente y Occidente.

Nos dices que la universalidad de la iglesia nos invita a ensanchar y alargar nuestros horizontes a toda la humanidad en sus diferentes tradiciones históricas, culturales y religiosas.

Nos dices que El Espíritu nos empuja a orar en diálogo, a creer en diálogo, a vivir, amar y esperar en diálogo, porque en este mundo urge crear, según Theilard de Chardin " un espacio de simpatía a nivel planetario" y éste puede abrirse camino por el diálogo.

Nos dices que dialogar es imitar a Dios, entrar en el Misterio de su Revelación y que creemos que la Historia de la Salvación es única y universal y que creemos también en el diálogo multisecular entre Dios y los hombres porque dialogar no es traer al otro a nuestro propio terreno, sino que es entrelazar manos, tender puentes, en este caso, entre hombres y mujeres que "no nos parecemos", pero sí sabemos que toda relación fraternal, todo nacimiento de amistad es camino abierto al Reino que Dios.

Nos dices que ambos debemos renunciar a pensarnos como fortaleza y a construirnos en apertura, que debemos aventurarnos en terrenos desconocidos y atrevernos a pasar de una situación hecha de repliegues y miedos a la urgencia de imaginar y crear otros recorridos, porque acercar el mundo árabe al occidental y el Islam al Cristianismo es un reto prioritario de nuestra época y una de las claves del futuro de nuestro mundo.

Teresa Losada Campo
Directora del Centro Bayt Al-Thaqafa de acogida de inmigrantes.

Este artículo se publicó, traducido al catalán, en el número 189 de la revista "Qüestions de vida cristiana" (Abadía de Montserrat), con el título "Immigrant musulmà, què ens dius de Déu i de la vida?".