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Àngels Marín Reproducción del segundo capítulo del libro titulado ¡Se acabó!, del que es autora la periodista Àngels Marín y que acaba de publicar la editorial Plaza & Janés de Barcelona. II
España es el país con menor tasa de natalidad del mundo. Viene descendiendo desde 1976 y actualmente para el conjunto de mujeres entre los 15 y los 49 años el número medio de hijos nacidos vivos es de 1,07. La razón fundamental es la incorporación masiva de la mujer al mercado laboral. Ésta es una auténtica revolución, que en Europa se produjo hace años y cuyos efectos ya han sido absorbidos: ahora ya empieza a repuntar la natalidad. En España, este proceso es aún muy reciente y ahora se empieza a asimilar [...] El número medio de hijos disminuye en la medida en que la mujer alcanza un mayor nivel de estudios. La explicación está en que en el momento en que mejora la cualificación profesional, la inserción en el mercado laboral es mayor y cuanto más se trabaja más se retrasa el matrimonio y más se acorta el período de fecundidad. No hay que olvidar que la mujer española tiene su primer hijo a los 30 años, de media.1
Parezco una feminista (tal vez lo sea), pero es que estoy, de verdad, harta de que la natalidad sea cosa de mujeres. Pues no señores, y señoras, quizá sea hora de que colectivicemos a los niños y se entienda que la tasa de natalidad no depende sólo de nuestra intención de embarazarnos, sino también, y sobre todo, de nuestra estabilidad social y económica. Léase básicamente: tener dinero para criar a un niño, vivir bajo un techo, comer cada día, comprar pañales, ropa y calzado, y no llegar angustiada a fin de mes. Y aún hay más. ¿O es que todavía hay
quien piensa que la labor del hombre acaba en la cama? Cierto que
de todo hay en la viña del Señor, pero conozco a algunos
que se toman muy en serio la paternidad, la verdad. ¿Y si cambiamos
todos de una vez el chip? Hombres y mujeres ya somos iguales. Aclaremos las cosas con un ejemplo: un informe sobre el papel de las mujeres en la ciencia encargado por la Comisión Europea afirma en sus conclusiones que «las científicas europeas ocupan muy pocos puestos de decisión; sus trabajos a menudo se evalúan peor; obtienen menos fondos y becas para investigar; y están peor remuneradas que sus colegas masculinos. Y ello a pesar de que al principio de su carrera igualan en número a los hombres».2 Queda claro, ¿verdad? Pero eso ya lo sabíamos. No hace falta ser científica ni ir tan lejos: ¿qué lugar ocupas tú en el trabajo?, ¿y en casa?, ¿quién se encarga de los niños, la comida, los abuelos y todo lo demás?, ¿te sientes igual que un hombre, con los mismos derechos y deberes?, ¿te sientes a la misma altura que tu hombre? Legalmente puede que sí, y a nivel personal puedes tener una pareja que sea la envidia de tus amigas (¿qué haces leyendo este libro? ¡Lo tienes de fábula, cariño!), pero la realidad supera la ficción. Sólo un dato: dos tercios del trabajo en España no están remunerados y el 80 % de éste lo realizan las mujeres.3 Se trata de todo ese trabajo que parece que no exista pero del que alguien tiene que ocuparse (nosotras, ¿lo dudabas?). Es decir: asistencia social y sanitaria (cuidado de los niños, los enfermos, los ancianos); alimentación (ir al mercado, decidir los menús para el desayuno, la comida, la merienda y la cena, prepararlos y, encima, intentando ahorrar); intendencia (suministros indispensables en el hogar: lejía, lavavajillas y otros enseres de limpieza doméstica; jabón, dentífrico, colonia y demás para el aseo personal; sábanas, toallas, mantelerías y ropa varia para el hogar; zapatos y ropa de vestir para todos, etc., incluidas flores y otros elementos de decoración para hacer más agradable la vida de la familia); enseñanza (tablas, dictados, quebrados, inglés); transporte público (lleva a los niños a la escuela, recógelos y empieza el periplo: clases de ballet, inglés, música, taekwondo, teatro; y, además, visitas al dentista, las vacunas, la revisión de la abuela...); y, naturalmente, ocio (parques temáticos, salidas al campo, la playa, la piscina, vacaciones rurales ¡a los niños les encantan!, cine ¡últimamente no me pierdo un estreno! De Disney, claro). Si lo piensas bien, a veces somos capaces de hacer todo esto en un solo día. Sinceramente, me asombra la capacidad de aguante que tenemos.
Filósofos, sociólogos e incluso políticos (lo pongo en masculino porque en castellano engloba a ambos géneros, pero ya puedes imaginar que una parte importante de ellos son mujeres) plantean que el meollo de la cuestión de la desigualdad entre sexos se encuentra en la diferencia de consideración del trabajo entre el ámbito público y el privado. Es decir: mientras que el trabajo público, realizado fuera del hogar y por el que se perciben ingresos, está considerado y es la base sobre la que se sustenta la sociedad, el trabajo realizado en casa, las denominadas tareas del hogar, no existe. Suena fuerte, pero es cierto. El trabajo doméstico no está incluido
dentro No es nada nuevo: las mujeres llevan años, mejor dicho ¡siglos!, reivindicando que el trabajo doméstico, en el que se incluye un tema tan importante para la humanidad como es la crianza de los hijos, es un trabajo de dedicación completa por el que se debería percibir un sueldo y una jubilación. Pero nada, oídos sordos. ¿Por qué? Tú que sabes de economía doméstica podrás hacer números fácilmente. Calcula cuánto se ahorra la sociedad en atención a los niños, ancianos y enfermos, cuánto valen las horas y viajes de las clases extraescolares, la compra semanal, las visitas al médico, hacer un rato compañía a la abuela... Por no hablar de la cocina: recuperar la sana dieta mediterránea para estar todos bien alimentados no sólo implica tiempo para comprar y cocinar, sino que sería la mejor solución para que enfermedades tan importantes como la obesidad no disparen sus índices y, además de dañar la salud, graven las arcas del sistema sanitario público (cosa que sucederá dentro de pocos años si sigue la tendencia al alza). Sólo un dato: el 88 % del cuidado de la salud se realiza en la familia y sólo el 12 % recae sobre la atención sanitaria y los médicos. Así, calcula: ¿cuánto costaría remunerar el trabajo doméstico? El Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) decidió contarlo y el resultado fue, sólo en España, ¡¡¡541 millones de euros!!! (90 billones de pesetas).4
si la mujer sigue trabajando fuera y dentro
de casa Y no sólo por cuestiones económicas. No se trata ya
de proponer una remuneración por los servicios que actualmente
la mujer realiza de forma gratuita (cosa que se plantean algunos sindicatos
a la vista de que la situación que tenemos tiende a cronificarse),
sino que se trata de evidenciar que no puede seguir soportándolos
únicamente una parte de la población, nosotras, porque
son temas sociales y deben preocuparnos a todos. Si no recuerdo mal,
la sociedad somos todos, ¿no? Hombres y mujeres. ¿O
es que nosotras no somos algo más de la mitad de la población?
Un 51 % aproximadamente.5 Evidentemente, es verdad que es casi imposible dar marcha atrás a la incorporación de la mujer al trabajo y a los logros conseguidos (casi, recuerda que la historia de la humanidad es siempre sorprendente y caprichosa, por no calificarla con adjetivos más fuertes, y si no que se lo pregunten a las mujeres de la Revolución Francesa, que después de salir a la calle con los hombres para reclamar sus derechos se encontraron con que la igualdad era sólo para ellos y se les negó el derecho a ser ciudadanas). Hoy pocos hombres dudan ya de que podamos pensar (aunque haberlos, hailos) y se acepta sin problemas que la mujer trabaje (al menos, de puertas afuera). Pero no nos dejemos engañar: la mujer siempre ha trabajado,
en casa y fuera. Desde el principio de la humanidad trabaja en la
agricultura, el comercio, los servicios y la industria. La diferencia,
sustancial, es que ahora nos pagan más por el trabajo de fuera.
Tampoco mucho más y no como a los hombres: los salarios femeninos
son entre un 30 % y un 40 % inferiores a los de los hombres de promedio
en todo el mundo, y en los períodos de crisis o reajuste económico,
los sueldos de las mujeres bajan en picado, por no hablar de las cifras
del paro femenino. En España, la ganancia media por trabajador
y mes en la industria y los servicios fue de 1.535,85 euros (255.544
pesetas) para los hombres y de 1.175,65 euros (195.613 pesetas) para
las mujeres.7 Y si existe una igualdad de oportunidades de acceso
al mercado laboral es más teórica que práctica.
Además, quizá de acceso sí, pero de ascenso ya
no, sólo hay que comparar el número de directivos hombres
y mujeres para darse cuenta de ello. Somos generadoras de riqueza. Como trabajadoras, porque formamos parte del engranaje del sistema
económico; como ciudadanas contribuyentes, porque aportamos
a las arcas del Estado y a su mantenimiento; y como empresarias, porque
generamos puestos de trabajo y repartimos nuestros beneficios con
otros, pese a que a menudo sea dentro de la economía sumergida
(asistentas del hogar, canguros, etc.). Gracias a nosotras y a nuestro
trabajo, la riqueza se reparte, aunque esta riqueza sea nuestro sueldo
exiguo.
Plantéatelo al revés: si tanto interesa nuestra economía
doméstica y el mantenimiento de los valores familiares, ¿por
qué no te aumentan el salario?, ¿por qué no te
dan un sueldo por criar a tus hijos?, ¿por qué no te
dan la opción de trabajar menos horas, aunque sea con un menor
sueldo, para dedicarte a la crianza de los niños? Sólo cambiando nuestra actitud podremos
cambiar No pretendo darte un mitin, sino hacer una reflexión. La dinámica del día a día nos impide a menudo tomar suficiente distancia acerca de lo que nos sucede y, por ello, podemos aceptar sin casi pensar cosas que, con tranquilidad y perspectiva, ni se nos pasarían por la cabeza. Un ejemplo es esta idea que se impone sobre la frustración de la mujer. La oímos a menudo: «La mujer está insatisfecha de sí misma pese a todo lo que ha conseguido». Por tanto, leemos: La mujer ha conseguido todo lo que quería y no es feliz. ¡Y qué más! ¿Tú te sientes frustrada por lo
que tienes La respuesta es evidente: Y ¿qué es lo que no tenemos? ¿Sacamos la lista? Lo haremos, porque hay muchas cosas que queremos y no tenemos. Ya es hora de que empecemos a conseguirlas, pero para hacerlo tenemos que pensarlo bien y decirlo claro y alto, muy alto si hace falta, aun a riesgo de que nos llamen, como siempre, histéricas, porque sólo nosotras sabemos qué queremos las mujeres. ¿Recuerdas el lema de la Revolución Francesa? Libertad, igualdad, fraternidad. Es la base de nuestra sociedad moderna. Pues bien, igualdad real
ya sabemos que no tenemos.
Quienes vivimos en pareja, por muy moderno y ayudado que sea nuestro compañero, sabemos algo de esto. Algunas, mucho. Compartir vivienda y afectos exige unas reglas de comportamiento y adaptación, que a menudo hemos aceptado casi sin cuestionar, porque las cosas son así y los hombres ya se sabe: si callas y vas haciendo, al final los llevas por donde quieres. ¡Así nos va! Pero es evidente que esta estrategia no ha servido a nuestros intereses nunca, y ya va siendo hora de que las reglas las marquemos nosotras, porque no puedes esperar regalos desinteresados por parte de nadie. ¿O es que aún crees que se levantará a fregar los platos cada noche porque tú insinúas que no llegas a todo? Si llevas años de quejas y no lo ha hecho ya, ¿por qué esperas aún a que se le despierte la vena fraternal? Perdona la sinceridad, pero no puedes resignarte a esperar que otro actúe
por ti, Y no es que pretenda cargar contra la vida en pareja o contra los
hombres (en general, me gustan, unos más que otros, evidentemente),
pero no seríamos sinceras si no reconociéramos que estamos
bastante solas en esto de tirar adelante con todo. Él no comparte
al cien por cien esta responsabilidad. Sí, saca a los niños
al parque, nos acompaña al súper, hace la ensalada y
a veces, ¡oh, milagro!, las pizzas. Algunos sólo tienen
que coger el teléfono y, voilà!, la cena del sábado
está hecha. En definitiva, echa una mano. ¿Qué
tal si fueran las dos y un par de hombros también? Cuando decidimos
quedarnos con él entraba el lote completo, pero se ve que superada
la vicaría, o similar, hay partes que han quedado inútiles
totales (y no seas malpensada, que no me refiero a esa parte). ¿Y la libertad? Nadie duda de que tenemos los mismos derechos
legales y en la esfera pública está garantizada la libertad
de ambos sexos, lógicamente dentro del marco legislativo vigente.
Pero no sucede lo mismo en la esfera privada. La razón es evidente:
una de las bases más sólidas de la libertad en nuestra
sociedad es la independencia económica y en España el
31 % de la población femenina se dedica exclusivamente al trabajo
doméstico, es decir, no percibe un sueldo por su trabajo y
depende de lo que gana otra persona. Con toda la dependencia que este
depende de otra persona implica. Siguiendo en el ámbito laboral, por ejemplo, hemos aceptado sin cuestionarlo el sistema de producción masculino, que no respeta los límites humanos ni los ciclos naturales y que se mueve por la consecución de una más alta productividad y un mayor poder económico y social. Así, al entrar en el mundo laboral ideado por los hombres, hemos copiado y perfeccionado su sistema: la regla es trabajar cuantas más horas mejor, cediendo al trabajo parte de nuestra vida privada y renunciando a algunas de sus aportaciones (ocio, familia, nutrición, salud, cuidado corporal...), con el propósito de demostrar que nos interesa la empresa, el puesto que ocupamos y un ascenso. Se trata de ser perfectas hormigas para conseguir más beneficios para la empresa. Y esperar el premio sin pedirlo, porque una buena hormiga trabaja para la comunidad sin demandar recompensa. Se supone que el príncipe (en este caso, el jefe o jefa de turno) debe fijarse en nosotras y concedernos su gracia por ser tan eficientes, honradas, buenas chicas y guapas. La consecución de la perfección en el trabajo es sólo una cara del prisma de la perfección a la que debe tender la mujer para ser completa, porque, como ser femenino, no lo es. Y no es que nos falte un pene, como aseguran algunos psicoanalistas (hoy ya no todos).10 Es que somos seres inferiores, no fuimos creadas a semejanza de Dios, sino como un apéndice de su obra magna: el hombre (sobre este tema, ya lo sabes, hay diversas e interesadas versiones). Por tanto, debemos esforzarnos en demostrar que somos mejores que ellos para que nos traten como iguales (tratar, no ser. Además, ¿quién quiere de verdad ser igual que ellos? Personalmente, me encanta que seamos diferentes en el fondo, ¡y no veas en la forma!). No me voy por las ramas. Estos mensajes existen en el subconsciente y condicionan nuestras acciones. Y, en algunas personas, ¡existen hasta de forma consciente! Tú decides si estás dispuesta a aceptar esta versión de tu origen o no y si condicionarás tu futuro a ella. Y si piensas ser perfecta en todo momento o simplemente humana sabiendo que, aún así, nunca conseguimos la igualdad. Los puestos directivos, los ascensos, las primas económicas y los premios son para ellos. Y nosotras, atentas, solícitas y comprensivas, nos alegramos por ello. Para eso nos educaron, para aceptar con una sonrisa que la vida es injusta, porque nuestro premio es otro: el eterno agradecimiento del hombre (marido, hijos, padre, hermanos, jefes, dirigentes políticos...). Ya se sabe: Detrás de un gran hombre hay siempre Hay muchas formas de vestir este relego social de las estructuras de poder. Desde el claro y machista una mujer no está capacitada para ello (póngase en lugar de ello cualquier cosa), hasta el más sofisticado y cruel no te conviene, porque seguro que tú deseas tiempo para tu familia y para ti misma, sin darte opción a que seas tú quien decida. También es cierto que pocas veces decidimos y nos quejamos. No quiero decir que no nos importe ver cómo pasan por delante nuestro compañeros con menos méritos o capacidades, pero pocas mujeres reaccionan a ello presentándose ante su jefe para pedirle explicaciones. La táctica en una negociación por parte de una mujer es casi siempre más diplomática, lanzando mensajes subterráneos que pocas veces alcanzan la línea de flotación. Cuando la mujer, cansada de pedir a su manera lo que cree que le corresponde, toma una decisión (por ejemplo, despedirse), suele sorprender a todo el mundo, ya que nadie se imaginaba que no le gustase el trabajo o que esperase algo más. También es así en el terreno político. En la televisada IV Conferencia de la Mujer, celebrada en Pekín en 1995, se evidenció que sólo nueve mujeres ocupaban cargos de representación nacional como jefas de Gobierno en funciones. Cuando una mujer accede a un alto cargo es siempre noticia, como una rara avis, y siempre hay una nota que explica si está casada, tiene hijos y se dedica o no activamente a su familia. Es decir, si accede al ámbito público debe estar en disposición de que se juzgue públicamente su vida privada para saber si es una mujer como tiene que ser. ¿Hemos de cambiar, pues, de táctica y negociar a la manera masculina? Muchas lo han hecho, y cuentan con toda nuestra incomprensión y una soterrada admiración. Hay mujeres que han masculinizado su vida y sus acciones, han aparcado su faceta femenina privada y se han dedicado a la vida profesional y pública. A algunas les ha gustado el cambio, y otras creen haber perdido en el camino cosas tan importantes como la crianza de los hijos o, incluso, el amor. Y las demás mujeres las admiramos, las odiamos y sentimos pena por ellas. Todo a la vez (¡es que somos muy sensibles!). Pero es cierto. Admiramos su valor para actuar como hombres en un mundo con valores masculinos: el del ámbito público. Odiamos su éxito porque hace aún más patente nuestro fracaso en ese ámbito, ya que nosotras desechamos esa opción o la tomamos sólo a medias (es decir, haciendo malabares con ambas). Y nos apena su vida porque consideramos que se han perdido todo un mundo más humano y reconfortante: la esfera privada. Lo cierto es que si querían triunfar en la vida pública no tenían otra opción. El trabajo, el tiempo productivo, pertenece al ámbito público, aquel donde se consigue el reconocimiento y donde reina el hombre. Ha sido tradicionalmente, y es, un ámbito donde priman la fuerza (física o intelectual), la agresividad, la competitividad, la valentía, la firmeza, todos considerados valores masculinos. Frente a él, el ámbito privado, es decir, la casa y la familia, es un ámbito femenino con virtudes como el cariño, la entrega, la cooperación, la pasividad, la abnegación. El lugar de la mujer, nuestro ámbito. Cerrado, oculto, privado. Pese a que todos son valores y todos son positivos (y necesarios, a mi modo de ver), el ámbito público posee un reconocimiento social que no tiene el privado. Por tanto, si las mujeres queríamos tener ese reconocimiento, habíamos de forzar nuestra entrada en la esfera pública. Y eso hemos hecho y en ello seguimos. Pero personalmente creo que sería un error olvidarnos de la importancia de la esfera privada y de sus valores. Porque, a ver, ¿hay algo más importante que criar a un hijo? ¿Por qué es más importante ganar dinero para sustentarlo (la función del hombre) que alimentarlo, educarlo, vestirle, mimarlo, sanarlo y comérselo a besos (la función de la madre)? ¿No sería mucho mejor que los hombres se feminizasen un poco y asumiesen los valores del ámbito privado para, entre todos, trasladarlos al público? Un poco más de coope-ración, entrega y cariño por parte de hombres y mujeres tanto en el trabajo como en la calle y en casa no nos iría nada mal. Así pues, la exclusión de una parte u otra de lo
que conforma Lo queremos todo y ahora. Sé que te sonará a utópico, y lo es, para qué
nos vamos a en- Lo primero es tener claro qué queremos hacer, dónde queremos llegar, y a qué estamos dispuestas a renunciar y a qué no. No como colectivo femenino, sino tú.
Es importante tener claro que no puedes esperar a que la sociedad o el Estado, en abstracto, te ayuden. Esta ayuda no existe. Sí hay leyes que pretenden proteger a la mujer en el trabajo y favorecer a la familia, pero son escasas, no tienen en cuenta la diversidad de situaciones familiares y están poco desarrolladas, ya que si bien existen como postulados de buenas intenciones no están dotadas de los suficientes recursos económicos para poner en marcha servicios sociales, guarderías y escuelas públicas, etc., ni cuentan con un seguimiento apropiado por parte de las instituciones. Te aseguro que querría decir otra cosa, pero hoy por hoy no puedo. Así que seamos pragmáticas. No sirve de nada culpar
a la sociedad. Tú eres parte de ella (y yo). Hay que ser constructivas,
no destructivas y partir de la situación en la que estamos. Debes encontrar soluciones a tus problemas,
tiempo Reclama lo que te interesa y trabaja para conseguir solucionar tus problemas. Porque, no lo dudes, tus problemas personales son los problemas de todas. Sé que la doble jornada laboral, la crianza de los hijos, la atención a la familia en su sentido más amplio, las exigencias estéticas sobre nuestro cuerpo, las relaciones de pareja, la independencia económica, el sexo, son temas que nos preocupan y es cierto que no podemos solucionarlos solas. Necesitamos la colaboración de todos y hemos de elaborar estrategias para conseguir que se vean implicados en ello. ¡Cuánto trabajo para una!, ¿verdad? Sólo nos faltaba abrir un frente más. A ver ¿cómo nos organizamos para no acabar exhaustas? Aprendiendo de la experiencia de las demás. Así es como las mujeres, históricamente, lo hemos aprendido
todo sobre nuestro mundo. Los círculos de mujeres, en las cocinas,
en torno a la costura, en los cuentos relatados por madres y abuelas,
permitían la transmisión de la sabiduría de las
mayores a las más jóvenes (y también de las falsas
creencias, pero de todo se aprende). Pero el mundo ha cambiado, en
gran parte gracias a las mujeres, y las coordenadas son otras: ya
no nos sirven las enseñanzas de nuestras madres, ni siquiera
de nuestras hermanas mayores, protagonistas de la revolución
de los sesenta. Hoy queremos respuestas, saber más, y ocupamos
las aulas, pero en ellas no se enseña a vivir y tenemos realmente
mucho trabajo y poco tiempo para intercambiar experiencias. Tan poco
que las relaciones personales se han reducido a la mínima expresión
y parece que estemos solas. No es cierto, la mujer que lee ávidamente
un libro sentada a tu lado en el autobús tiene problemas parecidos
a los tuyos. Sólo que ya no los compartís. la mujer no ha abandonado, aún no ha
vuelto a casa, No habla, no discute, no se relaciona, no lucha, tiene demasia-do
trabajo y le falta tiempo. Nos han convencido de que las conversaciones
de mujeres son palabrería barata, intrascendente (es alucinante
cómo a esa incapacidad manifiesta del hombre para relacionarse
socialmente y hablar de su vida personal se le ha dado la vuelta,
convirtiéndolo en virtud, y a nuestra facilidad para relacionarnos,
empatizar, comprender, apoyar y dar consuelo a los demás se
la considera charlatanería intrascendente. Pero, a lo que íbamos).
No quiero decir que estemos calladas cuando nos encontramos con nuestras
amigas, pero sí que no pasamos más allá de la
queja. sí podemos intentar cambiar nuestro mundo,
Podemos aprender a organizarnos, a negociar, a conseguir llevar las
riendas de nuestra vida. La experiencia de otras mujeres puede ayudarte,
como a mí, a cambiar, a quererte más, a ser más
fuerte y a exigir todo aquello que te corresponde. Y si tú
cambias, tu entorno también.
Cada una de las renuncias que hemos hecho han respondido a una razón que, en aquel momento, nos pareció justificada. Aunque a veces no fuera nuestra razón, sino dictada por la costumbre, la tradición, la familia o un marido (sí, él). Renuncia, dura palabra. Nuestra renuncia es la perdición. Abandonamos sin darnos cuenta de que somos más poderosas de lo que imaginamos, aunque a menudo dudemos de ello y nos sintamos, francamente, pequeñitas e indefensas. Seguro que tú también has renunciado a muchas cosas en tu vida, cosas que te ilusionaban y que desechaste por..., bueno, por lo que fuese en ese momento (te acuerdas de ello, claro que te acuerdas del porqué). Te propongo un experimento para saber más sobre ti misma (éste es un libro de autoayuda, ¿recuerdas?, o sea que no te vas a librar de hacer autoexamen, ¿o creías que sólo iba a trabajar yo?). Coge un papel y un bolígrafo y responde de forma sincera. Sólo lo vas a leer tú, así que no te engañes y escribe lo que piensas:
Analiza bien tus respuestas. Piensa en ellas (tómate un día
si lo necesitas, a veces es duro enfrentarse a la verdad).
La renuncia femenina es un clásico con mil caras exaltado como virtud desde hace siglos. No te lo creas más. Aquel que renuncia a lo que quiere, sea mujer u hombre, no es feliz.
Si crees que no eres feliz o has identificado
qué Respira hondo y piensa bien: 1.Qué quieres realmente. Te irá bien volver a coger lápiz y papel. ¿Qué tal si te compras una libreta? Bonita y con muchas páginas, donde apuntes todos los resultados a estos tests y puedas escribir también todo lo que se te ocurra, a partir del libro o por que sí. Escribir nos permite tomar distancia de nuestros propios pensamientos y ver con más claridad. Además, a menudo los pensamientos importantes se los lleva ese viento que sopla susurrando aires de responsabilidad y renuncia. Así no los olvidarás. No dudes. Tú sabes lo que quieres, aunque a veces lo hayas dudado porque te han tratado como a una niña caprichosa que pide imposibles o como una frágil doncella a la que hay que enseñar el camino correcto. Muchas veces vamos tirando y vivimos sin siquiera plantearnos qué queremos hasta que es tarde para conseguirlo y, entonces, lamentamos no haber parado a tiempo. Pues bien, ha llegado el momento de parar. Haz una lista con todo lo que quieres, aunque ahora te parezca inalcanzable. 2.Escribe qué deberías hacer y cómo para conseguirlo.
Traza un plan organizado y no dejes ningún cabo suelto. Quizá
creas ahora que no sabrás hacerlo, ya verás como sí.
Aunque, pondría la mano en el fuego, no es el inglés
lo que más te preocupa. Hablaremos de todo ello en detalle
pero, de momento, recuerda, el refranero asegura que quien la sigue
la consigue.
3.Lleva a cabo tu plan, cueste lo que cueste. Porque, como también
afirma la voz popular, quien algo quiere, algo le cuesta. Es importante
que tengas esta premisa en cuenta, porque aquí radica la base
de tu felicidad. Cuando se está dispuesto a luchar por algo
que nos importa realmente hay que tener en cuenta que puede tener
un coste, que en la contienda puede haber heridos y que no siempre
se ganan todas las batallas. Sin embargo, retirarse no conduce a ningún
sitio.
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