¡Se acabó!

Àngels Marín

Reproducción del segundo capítulo del libro titulado “¡Se acabó!”, del que es autora la periodista Àngels Marín y que acaba de publicar la editorial Plaza & Janés de Barcelona.

II


¿Por dónde empezamos?
Libertad, igualdad, fraternidad


¡Empezamos bien el día! Me decido a recoger información para escribir un libro, un informe, un artículo (aún no lo tengo claro) con un título provisional, algo así como «La Mujer en España. Qué mal se vive a los treinta y tantos», y lo primero que encuentro al abrir el diario son unas declaraciones de Pilar Martín Guzmán, presidenta del Instituto Nacional de Estadística (INE) de España y licenciada en Matemáticas, Economía y Derecho. Te lo cuento y me dices qué opinas.

España es el país con menor tasa de natalidad del mundo. Viene descendiendo desde 1976 y actualmente para el conjunto de mujeres entre los 15 y los 49 años el número medio de hijos nacidos vivos es de 1,07. La razón fundamental es la incorporación masiva de la mujer al mercado laboral. Ésta es una auténtica revolución, que en Europa se produjo hace años y cuyos efectos ya han sido absorbidos: ahora ya empieza a repuntar la natalidad. En España, este proceso es aún muy reciente y ahora se empieza a asimilar [...] El número medio de hijos disminuye en la medida en que la mujer alcanza un mayor nivel de estudios. La explicación está en que en el momento en que mejora la cualificación profesional, la inserción en el mercado laboral es mayor y cuanto más se trabaja más se retrasa el matrimonio y más se acorta el período de fecundidad. No hay que olvidar que la mujer española tiene su primer hijo a los 30 años, de media.1


Las cursivas son mías. Pido perdón a la señora Martín Guzmán de antemano porque ella sólo habla de cifras y no dice en ningún momento lo que yo ahora diré. Pero cuando una lee estas cosas tiene la impresión de que el mensaje de fondo que nos llega es que si fuésemos más tontas y renunciásemos a estudiar y trabajar, nos casaríamos antes y solucionaríamos el problema de la baja natalidad del país. ¡Pues suerte que la tasa de actividad laboral femenina en España es sólo del 38 % y no como en Dinamarca, del 60 %, o como en Finlandia, donde el 80 % de mujeres trabajan a jornada completa! Si nos ponemos todas a trabajar son capaces de culparnos hasta de llevar al paro al personal sanitario de los servicios de maternidad de todos los hospitales del país que, para más inri, es mayoritariamente femenino.

Parezco una feminista (tal vez lo sea), pero es que estoy, de verdad, harta de que la natalidad sea cosa de mujeres. Pues no señores, y señoras, quizá sea hora de que colectivicemos a los niños y se entienda que la tasa de natalidad no depende sólo de nuestra intención de embarazarnos, sino también, y sobre todo, de nuestra estabilidad social y económica. Léase básicamente: tener dinero para criar a un niño, vivir bajo un techo, comer cada día, comprar pañales, ropa y calzado, y no llegar angustiada a fin de mes.

Y aún hay más. ¿O es que todavía hay quien piensa que la labor del hombre acaba en la cama? Cierto que de todo hay en la viña del Señor, pero conozco a algunos que se toman muy en serio la paternidad, la verdad. ¿Y si cambiamos todos de una vez el chip?
Ya puestos, abramos la caja de los truenos y soltémoslo todo (confío en que me perdonarás, cuando me enciendo soy muy visceral). No sé qué opinarás tú, pero yo ya estoy harta del publicitado tema de la igualdad. Lo oímos cada día:

Hombres y mujeres ya somos iguales.
¿Pero se puede saber de qué igualdad estamos hablando?

Aclaremos las cosas con un ejemplo: un informe sobre el papel de las mujeres en la ciencia encargado por la Comisión Europea afirma en sus conclusiones que «las científicas europeas ocupan muy pocos puestos de decisión; sus trabajos a menudo se evalúan peor; obtienen menos fondos y becas para investigar; y están peor remuneradas que sus colegas masculinos. Y ello a pesar de que al principio de su carrera igualan en número a los hombres».2

Queda claro, ¿verdad? Pero eso ya lo sabíamos. No hace falta ser científica ni ir tan lejos: ¿qué lugar ocupas tú en el trabajo?, ¿y en casa?, ¿quién se encarga de los niños, la comida, los abuelos y todo lo demás?, ¿te sientes igual que un hombre, con los mismos derechos y deberes?, ¿te sientes a la misma altura que tu hombre? Legalmente puede que sí, y a nivel personal puedes tener una pareja que sea la envidia de tus amigas (¿qué haces leyendo este libro? ¡Lo tienes de fábula, cariño!), pero la realidad supera la ficción. Sólo un dato: dos tercios del trabajo en España no están remunerados y el 80 % de éste lo realizan las mujeres.3

Se trata de todo ese trabajo que parece que no exista pero del que alguien tiene que ocuparse (nosotras, ¿lo dudabas?). Es decir: asistencia social y sanitaria (cuidado de los niños, los enfermos, los ancianos); alimentación (ir al mercado, decidir los menús para el desayuno, la comida, la merienda y la cena, prepararlos y, encima, intentando ahorrar); intendencia (suministros indispensables en el hogar: lejía, lavavajillas y otros enseres de limpieza doméstica; jabón, dentífrico, colonia y demás para el aseo personal; sábanas, toallas, mantelerías y ropa varia para el hogar; zapatos y ropa de vestir para todos, etc., incluidas flores y otros elementos de decoración para hacer más agradable la vida de la familia); enseñanza (tablas, dictados, quebrados, inglés); transporte público (lleva a los niños a la escuela, recógelos y empieza el periplo: clases de ballet, inglés, música, taekwondo, teatro; y, además, visitas al dentista, las vacunas, la revisión de la abuela...); y, naturalmente, ocio (parques temáticos, salidas al campo, la playa, la piscina, vacaciones rurales —¡a los niños les encantan!—, cine —¡últimamente no me pierdo un estreno! De Disney, claro—). Si lo piensas bien, a veces somos capaces de hacer todo esto en un solo día.

Sinceramente, me asombra la capacidad de aguante que tenemos.

Las mujeres ocupan dos tercios del total de las horas trabajadas en el mundo y producen el 44% de los alimentos. En cambio, reciben sólo el 10% de los ingresos y son poseedoras del 1% de las propiedades.

Filósofos, sociólogos e incluso políticos (lo pongo en masculino porque en castellano engloba a ambos géneros, pero ya puedes imaginar que una parte importante de ellos son mujeres) plantean que el meollo de la cuestión de la desigualdad entre sexos se encuentra en la diferencia de consideración del trabajo entre el ámbito público y el privado. Es decir: mientras que el trabajo público, realizado fuera del hogar y por el que se perciben ingresos, está considerado y es la base sobre la que se sustenta la sociedad, el trabajo realizado en casa, las denominadas tareas del hogar, no existe. Suena fuerte, pero es cierto.

El trabajo doméstico no está incluido dentro
de lo que se considera el sistema económico porque
¡es gratis!
Por tanto, no tiene valor.
Y si no tiene valor, no existe.

No es nada nuevo: las mujeres llevan años, mejor dicho ¡siglos!, reivindicando que el trabajo doméstico, en el que se incluye un tema tan importante para la humanidad como es la crianza de los hijos, es un trabajo de dedicación completa por el que se debería percibir un sueldo y una jubilación. Pero nada, oídos sordos. ¿Por qué?

Tú que sabes de economía doméstica podrás hacer números fácilmente. Calcula cuánto se ahorra la sociedad en atención a los niños, ancianos y enfermos, cuánto valen las horas y viajes de las clases extraescolares, la compra semanal, las visitas al médico, hacer un rato compañía a la abuela... Por no hablar de la cocina: recuperar la sana dieta mediterránea para estar todos bien alimentados no sólo implica tiempo para comprar y cocinar, sino que sería la mejor solución para que enfermedades tan importantes como la obesidad no disparen sus índices y, además de dañar la salud, graven las arcas del sistema sanitario público (cosa que sucederá dentro de pocos años si sigue la tendencia al alza). Sólo un dato: el 88 % del cuidado de la salud se realiza en la familia y sólo el 12 % recae sobre la atención sanitaria y los médicos.

Así, calcula: ¿cuánto costaría remunerar el trabajo doméstico? El Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) decidió contarlo y el resultado fue, sólo en España, ¡¡¡541 millones de euros!!! (90 billones de pesetas).4


Por el contrario, si las mujeres nos ocupamos de todo ello, aunque sea a costa de abandonar el trabajo remunerado de «fuera» y volviéndonos a casa, ¡lo que ahorraríamos en servicios sociales! Aunque, evidentemente, no es que se lo ahorre nadie, es que aún no se ha invertido en ello todo lo que sería necesario. Pero es evidente que

si la mujer sigue trabajando fuera y dentro de casa
y demandando reformas y atención,
habrá que dar una solución a estos problemas.

Y no sólo por cuestiones económicas. No se trata ya de proponer una remuneración por los servicios que actualmente la mujer realiza de forma gratuita (cosa que se plantean algunos sindicatos a la vista de que la situación que tenemos tiende a cronificarse), sino que se trata de evidenciar que no puede seguir soportándolos únicamente una parte de la población, nosotras, porque son temas sociales y deben preocuparnos a todos. Si no recuerdo mal, la sociedad somos todos, ¿no? Hombres y mujeres. ¿O es que nosotras no somos algo más de la mitad de la población? Un 51 % aproximadamente.5
Y no es que lo diga yo solita porque me ha dado un arrebato. Lo advierte hasta el Consejo Económico y Social (CES): la protección social debe reformarse y ampliarse para adaptarse al modelo laboral actual de incorporación de la mujer al trabajo, ya que la Seguridad Social se ha quedado anclada en las necesidades de los años sesenta.6

Evidentemente, es verdad que es casi imposible dar marcha atrás a la incorporación de la mujer al trabajo y a los logros conseguidos (casi, recuerda que la historia de la humanidad es siempre sorprendente y caprichosa, por no calificarla con adjetivos más fuertes, y si no que se lo pregunten a las mujeres de la Revolución Francesa, que después de salir a la calle con los hombres para reclamar sus derechos se encontraron con que la igualdad era sólo para ellos y se les negó el derecho a ser ciudadanas). Hoy pocos hombres dudan ya de que podamos pensar (aunque haberlos, hailos) y se acepta sin problemas que la mujer trabaje (al menos, de puertas afuera).

Pero no nos dejemos engañar: la mujer siempre ha trabajado, en casa y fuera. Desde el principio de la humanidad trabaja en la agricultura, el comercio, los servicios y la industria. La diferencia, sustancial, es que ahora nos pagan más por el trabajo de fuera. Tampoco mucho más y no como a los hombres: los salarios femeninos son entre un 30 % y un 40 % inferiores a los de los hombres de promedio en todo el mundo, y en los períodos de crisis o reajuste económico, los sueldos de las mujeres bajan en picado, por no hablar de las cifras del paro femenino. En España, la ganancia media por trabajador y mes en la industria y los servicios fue de 1.535,85 euros (255.544 pesetas) para los hombres y de 1.175,65 euros (195.613 pesetas) para las mujeres.7 Y si existe una igualdad de oportunidades de acceso al mercado laboral es más teórica que práctica. Además, quizá de acceso sí, pero de ascenso ya no, sólo hay que comparar el número de directivos hombres y mujeres para darse cuenta de ello.
Aun así, hemos de tener claro que el trabajo es precisamente nuestra mejor baza.

Somos generadoras de riqueza.

Como trabajadoras, porque formamos parte del engranaje del sistema económico; como ciudadanas contribuyentes, porque aportamos a las arcas del Estado y a su mantenimiento; y como empresarias, porque generamos puestos de trabajo y repartimos nuestros beneficios con otros, pese a que a menudo sea dentro de la economía sumergida (asistentas del hogar, canguros, etc.). Gracias a nosotras y a nuestro trabajo, la riqueza se reparte, aunque esta riqueza sea nuestro sueldo exiguo.
Y, por contra, se apoyan justamente en ello para vendernos:


¿Para qué vas a trabajar, si se te va el sueldo
en canguros y asistentas?

Plantéatelo al revés: si tanto interesa nuestra economía doméstica y el mantenimiento de los valores familiares, ¿por qué no te aumentan el salario?, ¿por qué no te dan un sueldo por criar a tus hijos?, ¿por qué no te dan la opción de trabajar menos horas, aunque sea con un menor sueldo, para dedicarte a la crianza de los niños?
A ti y a tu marido, naturalmente, que los niños son de los dos, y con unas condiciones de trabajo aceptables para todos y un sueldo que os permita comer decentemente todo el mes y pagar un techo donde refugiaros si llueve. No es válida la opción del trabajo a tiempo parcial y mal pagado sólo para las mujeres y por muchas razones (te aseguro que hablaremos de ellas).
Y tampoco es aceptable que todo este gran paquete de trabajo social del que las mujeres nos hemos ocupado durante siglos gratis siga recayendo sobre nosotras solas y debamos arrinconar el trabajo remunerado para volver a cargar sobre nuestras espaldas la responsabilidad de que el Estado del bienestar funcione. Porque ¿qué hay de nuestro bienestar?
Mira, creo que todas estamos ya bastante hartas, yo al menos, de oír siempre, incluso en boca de mujeres, frases del tipo: «La actitud social tendrá que cambiar para que puedan cambiar nuestras vidas». ¡Y un cuerno! Esto no es cierto, la sociedad no cambia porque sí ni porque tengamos muchas ganas de que las cosas sean diferentes.

Sólo cambiando nuestra actitud podremos cambiar
la sociedad, porque nadie lo hará por nosotras.

No pretendo darte un mitin, sino hacer una reflexión. La dinámica del día a día nos impide a menudo tomar suficiente distancia acerca de lo que nos sucede y, por ello, podemos aceptar sin casi pensar cosas que, con tranquilidad y perspectiva, ni se nos pasarían por la cabeza. Un ejemplo es esta idea que se impone sobre la frustración de la mujer. La oímos a menudo: «La mujer está insatisfecha de sí misma pese a todo lo que ha conseguido». Por tanto, leemos:

La mujer ha conseguido todo lo que quería y no es feliz.

¡Y qué más!

¿Tú te sientes frustrada por lo que tienes
o por lo que no tienes?

La respuesta es evidente:
nos sentimos desgraciadas por lo que no tenemos
y por la resistencia que advertimos no sólo por parte
de la sociedad sino, y sobre todo, por parte de nuestro entorno más inmediato a llevar a cabo los cambios que reclamamos.

Y ¿qué es lo que no tenemos? ¿Sacamos la lista? Lo haremos, porque hay muchas cosas que queremos y no tenemos. Ya es hora de que empecemos a conseguirlas, pero para hacerlo tenemos que pensarlo bien y decirlo claro y alto, muy alto si hace falta, aun a riesgo de que nos llamen, como siempre, histéricas, porque sólo nosotras sabemos qué queremos las mujeres.

¿Recuerdas el lema de la Revolución Francesa?

Libertad, igualdad, fraternidad.

Es la base de nuestra sociedad moderna. Pues bien, igualdad real ya sabemos que no tenemos.
¿Y fraternidad? Nuestros compañeros son (algunos) muy cariñosos, pero lo que se dice fraternales... A hombres y mujeres nos separan aún más de seis horas diarias de tareas domésticas. Las españolas dedican una media de casi ocho horas al trabajo del hogar mientras que ellos sólo le destinan una, contando que ambos descansamos los domingos. Se calcula que los hombres realizan el 72 % del trabajo remunerado y un 25 % de labores sin sueldo, casi a la inversa que las mujeres, que realizan el 28 % del trabajo remunerado y un 75 % de tareas por las que no cobran ni un céntimo.9

Quienes vivimos en pareja, por muy moderno y ayudado que sea nuestro compañero, sabemos algo de esto. Algunas, mucho. Compartir vivienda y afectos exige unas reglas de comportamiento y adaptación, que a menudo hemos aceptado casi sin cuestionar, porque las cosas son así y los hombres ya se sabe: si callas y vas haciendo, al final los llevas por donde quieres. ¡Así nos va! Pero es evidente que esta estrategia no ha servido a nuestros intereses nunca, y ya va siendo hora de que las reglas las marquemos nosotras, porque no puedes esperar regalos desinteresados por parte de nadie. ¿O es que aún crees que se levantará a fregar los platos cada noche porque tú insinúas que no llegas a todo? Si llevas años de quejas y no lo ha hecho ya, ¿por qué esperas aún a que se le despierte la vena fraternal? Perdona la sinceridad, pero

no puedes resignarte a esperar que otro actúe por ti,
intuya lo que quieres y te solucione la vida.

Y no es que pretenda cargar contra la vida en pareja o contra los hombres (en general, me gustan, unos más que otros, evidentemente), pero no seríamos sinceras si no reconociéramos que estamos bastante solas en esto de tirar adelante con todo. Él no comparte al cien por cien esta responsabilidad. Sí, saca a los niños al parque, nos acompaña al súper, hace la ensalada y a veces, ¡oh, milagro!, las pizzas. Algunos sólo tienen que coger el teléfono y, voilà!, la cena del sábado está hecha. En definitiva, echa una mano. ¿Qué tal si fueran las dos y un par de hombros también? Cuando decidimos quedarnos con él entraba el lote completo, pero se ve que superada la vicaría, o similar, hay partes que han quedado inútiles totales (y no seas malpensada, que no me refiero a esa parte).
O sea, de fraternidad, poca. Y van dos.

¿Y la libertad? Nadie duda de que tenemos los mismos derechos legales y en la esfera pública está garantizada la libertad de ambos sexos, lógicamente dentro del marco legislativo vigente. Pero no sucede lo mismo en la esfera privada. La razón es evidente: una de las bases más sólidas de la libertad en nuestra sociedad es la independencia económica y en España el 31 % de la población femenina se dedica exclusivamente al trabajo doméstico, es decir, no percibe un sueldo por su trabajo y depende de lo que gana otra persona. Con toda la dependencia que este depende de otra persona implica.
Pero no sólo eso. El mayor problema es que las mujeres, aunque estemos presentes en casi todas partes, seguimos siendo invisibles. No contamos. ¡Huy!, oigo perfectamente las voces de algunas y algunos diciendo que esto no es así, la mujer ocupa un espacio importante en la sociedad, en los órganos de gestión, en las instituciones públicas, las leyes las favorecen, llevamos años promocionando a la mujer, si hemos conseguido logros ha sido gracias a esta labor ingente de mujeres y hombres en los órganos de gestión y decisión. ¿Y qué más? Sí, hay mujeres en todas partes, y sí, han hecho, hombres y mujeres, un trabajo importante. No lo cuestiono. Sabemos que hemos avanzado y mucho, entre otras cosas porque el punto de partida estaba tan para atrás que había que apretar el acelerador a tope.
Pero no hemos alcanzado aún el nivel deseado y, hoy por hoy, no existen auténticas políticas de mujeres porque no existen políticas sociales firmes de protección a la familia. Las mujeres somos una pura cuota electoral porque, evidentemente, somos la mitad de los votantes. Pero no se ha feminizado la sociedad, simplemente estamos en ella, y se van poniendo parches conforme aparecen los conflictos, sin ningún tipo de previsión a largo plazo. No hay una clara voluntad de reforma social progresista.
Y, hasta cierto punto, es comprensible que esto sea así. Cinco mil años de tradición patriarcal son más que suficientes para justificar una rígida concepción social en la que el macho-hombre-conseguidor de alimentos y protector de la familia detenta el poder y la hembra-mujer-paridora y criada para todo ocupa el sector servicios, atendiendo a las necesidades tribales de limpieza, nutrición, educación infantil y sanidad (lo sé, la frase se las trae, pero la verdad es que me he quedado muy descansada). Pretender borrarlo de un plumazo y trastocar las estructuras sociales para adecuarlas a nuestros intereses, los de las mujeres, no es tarea fácil. Nadie dijo que lo fuera. Pero lo que sí es evidente es que nosotras hemos desarrollado un papel importante en el mantenimiento y afirmación de estas estructuras. Y no sólo hemos de echarle la culpa a nuestras madres.

Siguiendo en el ámbito laboral, por ejemplo, hemos aceptado sin cuestionarlo el sistema de producción masculino, que no respeta los límites humanos ni los ciclos naturales y que se mueve por la consecución de una más alta productividad y un mayor poder económico y social. Así, al entrar en el mundo laboral ideado por los hombres, hemos copiado y perfeccionado su sistema: la regla es trabajar cuantas más horas mejor, cediendo al trabajo parte de nuestra vida privada y renunciando a algunas de sus aportaciones (ocio, familia, nutrición, salud, cuidado corporal...), con el propósito de demostrar que nos interesa la empresa, el puesto que ocupamos y un ascenso. Se trata de ser perfectas hormigas para conseguir más beneficios para la empresa. Y esperar el premio sin pedirlo, porque una buena hormiga trabaja para la comunidad sin demandar recompensa. Se supone que el príncipe (en este caso, el jefe o jefa de turno) debe fijarse en nosotras y concedernos su gracia por ser tan eficientes, honradas, buenas chicas y guapas.

La consecución de la perfección en el trabajo es sólo una cara del prisma de la perfección a la que debe tender la mujer para ser completa, porque, como ser femenino, no lo es. Y no es que nos falte un pene, como aseguran algunos psicoanalistas (hoy ya no todos).10 Es que somos seres inferiores, no fuimos creadas a semejanza de Dios, sino como un apéndice de su obra magna: el hombre (sobre este tema, ya lo sabes, hay diversas e interesadas versiones). Por tanto, debemos esforzarnos en demostrar que somos mejores que ellos para que nos traten como iguales (tratar, no ser. Además, ¿quién quiere de verdad ser igual que ellos? Personalmente, me encanta que seamos diferentes en el fondo, ¡y no veas en la forma!).

No me voy por las ramas. Estos mensajes existen en el subconsciente y condicionan nuestras acciones. Y, en algunas personas, ¡existen hasta de forma consciente! Tú decides si estás dispuesta a aceptar esta versión de tu origen o no y si condicionarás tu futuro a ella. Y si piensas ser perfecta en todo momento o simplemente humana sabiendo que, aún así, nunca conseguimos la igualdad. Los puestos directivos, los ascensos, las primas económicas y los premios son para ellos. Y nosotras, atentas, solícitas y comprensivas, nos alegramos por ello. Para eso nos educaron, para aceptar con una sonrisa que la vida es injusta, porque nuestro premio es otro: el eterno agradecimiento del hombre (marido, hijos, padre, hermanos, jefes, dirigentes políticos...). Ya se sabe:

Detrás de un gran hombre hay siempre
una gran mujer.
Pero un paso por detrás.

Hay muchas formas de vestir este relego social de las estructuras de poder. Desde el claro y machista una mujer no está capacitada para ello (póngase en lugar de ello cualquier cosa), hasta el más sofisticado y cruel no te conviene, porque seguro que tú deseas tiempo para tu familia y para ti misma, sin darte opción a que seas tú quien decida. También es cierto que pocas veces decidimos y nos quejamos. No quiero decir que no nos importe ver cómo pasan por delante nuestro compañeros con menos méritos o capacidades, pero pocas mujeres reaccionan a ello presentándose ante su jefe para pedirle explicaciones. La táctica en una negociación por parte de una mujer es casi siempre más diplomática, lanzando mensajes subterráneos que pocas veces alcanzan la línea de flotación. Cuando la mujer, cansada de pedir a su manera lo que cree que le corresponde, toma una decisión (por ejemplo, despedirse), suele sorprender a todo el mundo, ya que nadie se imaginaba que no le gustase el trabajo o que esperase algo más.

También es así en el terreno político. En la televisada IV Conferencia de la Mujer, celebrada en Pekín en 1995, se evidenció que sólo nueve mujeres ocupaban cargos de representación nacional como jefas de Gobierno en funciones. Cuando una mujer accede a un alto cargo es siempre noticia, como una rara avis, y siempre hay una nota que explica si está casada, tiene hijos y se dedica o no activamente a su familia. Es decir, si accede al ámbito público debe estar en disposición de que se juzgue públicamente su vida privada para saber si es una mujer como tiene que ser.

¿Hemos de cambiar, pues, de táctica y negociar a la manera masculina? Muchas lo han hecho, y cuentan con toda nuestra incomprensión y una soterrada admiración. Hay mujeres que han masculinizado su vida y sus acciones, han aparcado su faceta femenina privada y se han dedicado a la vida profesional y pública. A algunas les ha gustado el cambio, y otras creen haber perdido en el camino cosas tan importantes como la crianza de los hijos o, incluso, el amor.

Y las demás mujeres las admiramos, las odiamos y sentimos pena por ellas. Todo a la vez (¡es que somos muy sensibles!). Pero es cierto. Admiramos su valor para actuar como hombres en un mundo con valores masculinos: el del ámbito público. Odiamos su éxito porque hace aún más patente nuestro fracaso en ese ámbito, ya que nosotras desechamos esa opción o la tomamos sólo a medias (es decir, haciendo malabares con ambas). Y nos apena su vida porque consideramos que se han perdido todo un mundo más humano y reconfortante: la esfera privada.

Lo cierto es que si querían triunfar en la vida pública no tenían otra opción. El trabajo, el tiempo productivo, pertenece al ámbito público, aquel donde se consigue el reconocimiento y donde reina el hombre. Ha sido tradicionalmente, y es, un ámbito donde priman la fuerza (física o intelectual), la agresividad, la competitividad, la valentía, la firmeza, todos considerados valores masculinos. Frente a él, el ámbito privado, es decir, la casa y la familia, es un ámbito femenino con virtudes como el cariño, la entrega, la cooperación, la pasividad, la abnegación. El lugar de la mujer, nuestro ámbito. Cerrado, oculto, privado.

Pese a que todos son valores y todos son positivos (y necesarios, a mi modo de ver), el ámbito público posee un reconocimiento social que no tiene el privado. Por tanto, si las mujeres queríamos tener ese reconocimiento, habíamos de forzar nuestra entrada en la esfera pública. Y eso hemos hecho y en ello seguimos.

Pero personalmente creo que sería un error olvidarnos de la importancia de la esfera privada y de sus valores. Porque, a ver, ¿hay algo más importante que criar a un hijo? ¿Por qué es más importante ganar dinero para sustentarlo (la función del hombre) que alimentarlo, educarlo, vestirle, mimarlo, sanarlo y comérselo a besos (la función de la madre)? ¿No sería mucho mejor que los hombres se feminizasen un poco y asumiesen los valores del ámbito privado para, entre todos, trasladarlos al público? Un poco más de coope-ración, entrega y cariño por parte de hombres y mujeres tanto en el trabajo como en la calle y en casa no nos iría nada mal.

Así pues,

la exclusión de una parte u otra de lo que conforma
nuestra vida no es una opción válida.

Lo queremos todo y ahora.

Sé que te sonará a utópico, y lo es, para qué nos vamos a en-
gañar, pero o nos ponemos a ello o nos quedamos como estamos
(o peor).

Lo primero es tener claro qué queremos hacer, dónde queremos llegar, y a qué estamos dispuestas a renunciar y a qué no. No como colectivo femenino, sino tú.


¿Qué quieres tú?

Es importante tener claro que no puedes esperar a que la sociedad o el Estado, en abstracto, te ayuden. Esta ayuda no existe. Sí hay leyes que pretenden proteger a la mujer en el trabajo y favorecer a la familia, pero son escasas, no tienen en cuenta la diversidad de situaciones familiares y están poco desarrolladas, ya que si bien existen como postulados de buenas intenciones no están dotadas de los suficientes recursos económicos para poner en marcha servicios sociales, guarderías y escuelas públicas, etc., ni cuentan con un seguimiento apropiado por parte de las instituciones. Te aseguro que querría decir otra cosa, pero hoy por hoy no puedo.

Así que seamos pragmáticas. No sirve de nada culpar a la sociedad. Tú eres parte de ella (y yo). Hay que ser constructivas, no destructivas y partir de la situación en la que estamos.
Por lo tanto, y para empezar, se imponen las soluciones personales.

Debes encontrar soluciones a tus problemas, tiempo
y espacio para ti, porque tú eres lo importante.

Reclama lo que te interesa y trabaja para conseguir solucionar tus problemas. Porque, no lo dudes,

tus problemas personales son los problemas de todas.

Sé que la doble jornada laboral, la crianza de los hijos, la atención a la familia en su sentido más amplio, las exigencias estéticas sobre nuestro cuerpo, las relaciones de pareja, la independencia económica, el sexo, son temas que nos preocupan y es cierto que no podemos solucionarlos solas. Necesitamos la colaboración de todos y hemos de elaborar estrategias para conseguir que se vean implicados en ello. ¡Cuánto trabajo para una!, ¿verdad? Sólo nos faltaba abrir un frente más. A ver

¿cómo nos organizamos para no acabar exhaustas?

Aprendiendo de la experiencia de las demás.

Así es como las mujeres, históricamente, lo hemos aprendido todo sobre nuestro mundo. Los círculos de mujeres, en las cocinas, en torno a la costura, en los cuentos relatados por madres y abuelas, permitían la transmisión de la sabiduría de las mayores a las más jóvenes (y también de las falsas creencias, pero de todo se aprende). Pero el mundo ha cambiado, en gran parte gracias a las mujeres, y las coordenadas son otras: ya no nos sirven las enseñanzas de nuestras madres, ni siquiera de nuestras hermanas mayores, protagonistas de la revolución de los sesenta. Hoy queremos respuestas, saber más, y ocupamos las aulas, pero en ellas no se enseña a vivir y tenemos realmente mucho trabajo y poco tiempo para intercambiar experiencias. Tan poco que las relaciones personales se han reducido a la mínima expresión y parece que estemos solas. No es cierto, la mujer que lee ávidamente un libro sentada a tu lado en el autobús tiene problemas parecidos a los tuyos. Sólo que ya no los compartís.
Porque

la mujer no ha abandonado, aún no ha vuelto a casa,
pero se ha aislado.

No habla, no discute, no se relaciona, no lucha, tiene demasia-do trabajo y le falta tiempo. Nos han convencido de que las conversaciones de mujeres son palabrería barata, intrascendente (es alucinante cómo a esa incapacidad manifiesta del hombre para relacionarse socialmente y hablar de su vida personal se le ha dado la vuelta, convirtiéndolo en virtud, y a nuestra facilidad para relacionarnos, empatizar, comprender, apoyar y dar consuelo a los demás se la considera charlatanería intrascendente. Pero, a lo que íbamos). No quiero decir que estemos calladas cuando nos encontramos con nuestras amigas, pero sí que no pasamos más allá de la queja.
Por mucho que digan las tradicionalistas o posfeministas, por mucha etiqueta, mucho debate y mucha tendencia social que discutamos, las mujeres no se volverán a casa en masa, seguirán trabajando como han hecho siempre, pero más presionadas y más solas. Y no se nos puede pedir que luchemos solas contra el mundo, no nos podemos pedir a nosotras mismas una empresa tan heroica.
Es evidente que no podemos cambiar de un día para otro la sociedad, pero

sí podemos intentar cambiar nuestro mundo,
nuestro día a día, nuestras relaciones personales.

Podemos aprender a organizarnos, a negociar, a conseguir llevar las riendas de nuestra vida. La experiencia de otras mujeres puede ayudarte, como a mí, a cambiar, a quererte más, a ser más fuerte y a exigir todo aquello que te corresponde. Y si tú cambias, tu entorno también.
Una de las situaciones con las que a menudo nos encontramos las mujeres es que renunciamos a nuestras necesidades y deseos por no ser tildadas de egoístas o, incluso, feministas (palabra que con los años ha derivado en el habla popular en una especie de infamia o insulto, ¡qué le vamos a hacer!).
Aunque a primera vista te parezca algo inútil, créeme:


habla de tus problemas con los demás, especialmente
las demás, porque nos afectan a todos.


Callando no vas a conseguir nada y contándolo puedes encontrar aliados que no esperabas. Aunque es cierto que muchas personas pueden creer que no tienen porqué tratarte mejor por ser madre, tú no puedes decidir de antemano que abandonas sin ni siquiera plantearte luchar.


Puedes y debes exigir los derechos que tienes reconocidos
por ley y puedes organizarte para conseguir más.


Infórmate siempre antes de tomar una decisión, tanto en el trabajo como en tu entorno social. Recurre a las instituciones públicas o privadas para saber si tienen programas de ayuda que puedan facilitarte la vida. Te sorprenderá saber que a veces puedes encontrar desde una plaza en una guardería pública hasta un programa de ayuda a mujeres que quieren iniciar una actividad empresarial por su cuenta.
También puede ser que topes con una cruda realidad: muchas veces no existen ayudas o no se adaptan a tus condiciones. Aún así, no dejes de luchar por ellas y reclama.


Hazte oír.


Si no expresamos nuestros problemas en voz alta y reclamamos soluciones,
los demás creerán que no existen.


Si, como yo, crees que no se nos puede responsabilizar sólo a nosotras de la asistencia y el cuidado de la familia,


¿qué haces tú para solucionar el problema?


No se trata de entonar ahora un mea culpa pensando que si no hemos logrado más cosas es porque las mujeres no hemos luchado lo suficiente. Sabes igual que yo que no lo hemos tenido fácil porque no nos lo han puesto fácil y más de una vez hemos salido quemadas cuando hemos exigido lo que nos correspondía. Tengo varias amigas a las que sus jefes invitaron a dejar el trabajo al quedarse embarazadas bajo la amenaza de un despido más drástico, es decir, sin acuerdo económico y con la angustia de una batalla legal en plena gestación. Una de ellas, Teresa, trabajaba en un famoso bufete de abogados y tuvo que oír cómo su jefe le decía, ante su barriguita de seis meses y sin inmutarse: sé que tienes la ley de tu parte, pero si no quieres irte con un «acuerdo» ya me sacaré alguna falta de la manga para echarte y será peor. Hoy tiene dos hijos, de 11 y 7 años, y sigue sin trabajo.
Pero a veces no ha hecho falta que nos empujaran, lo hemos hecho solitas y hemos decidido dejar ese ascenso que nos apetecía, ese traslado a otra ciudad, ese curso de formación que nos hubiese ido de fábula o, incluso, el trabajo que tanto nos gustaba o nos costó obtener.

Cada una de las renuncias que hemos hecho han respondido a una razón que, en aquel momento, nos pareció justificada. Aunque a veces no fuera nuestra razón, sino dictada por la costumbre, la tradición, la familia o un marido (sí, él).

Renuncia, dura palabra. Nuestra renuncia es la perdición. Abandonamos sin darnos cuenta de que somos más poderosas de lo que imaginamos, aunque a menudo dudemos de ello y nos sintamos, francamente, pequeñitas e indefensas.

Seguro que tú también has renunciado a muchas cosas en tu vida, cosas que te ilusionaban y que desechaste por..., bueno, por lo que fuese en ese momento (te acuerdas de ello, claro que te acuerdas del porqué).

Te propongo un experimento para saber más sobre ti misma (éste es un libro de autoayuda, ¿recuerdas?, o sea que no te vas a librar de hacer autoexamen, ¿o creías que sólo iba a trabajar yo?). Coge un papel y un bolígrafo y responde de forma sincera. Sólo lo vas a leer tú, así que no te engañes y escribe lo que piensas:

  • ¿Cuántas veces has renunciado a algo que deseabas con todas tus fuerzas o habías conseguido tras un largo esfuerzo?
  • ¿Y las pequeñas renuncias? ¿Cuántas y cuáles son?
  • ¿Por qué lo hiciste?
  • ¿Qué has obtenido a cambio?
  • ¿Te ha hecho feliz esta opción?

Analiza bien tus respuestas. Piensa en ellas (tómate un día si lo necesitas, a veces es duro enfrentarse a la verdad).
A menudo las mujeres hemos renunciado:

  • a una mayor formación (dejamos la carrera a medias, no hicimos aquel curso de inglés o informática);
  • un mejor trabajo (serían demasiadas horas y no podría dedicarme a los niños, además a Juan no le gusta que gane más que él);
  • salir con nuestras amigas (Víctor dice que si salgo es con él, que qué se me ha perdido a mí en la disco con un montón de mujeres solas, como si buscase algo...);
  • hablar por teléfono con nuestra hermana (siempre que me llama, Alejandro pone mala cara y dice que me tiro horas colgada del aparato);
  • vestir como nos apetece (¿vas a salir así a la calle?);
  • darnos un capricho (¿cuánto hace que no te compras unos pendientes? De soltera tenías un montón);
  • decir lo que pensamos (¿para qué hablar, si acabamos discutiendo?).
    Son demasiadas, ¿verdad?

La renuncia femenina es un clásico con mil caras exaltado como virtud desde hace siglos. No te lo creas más. Aquel que renuncia a lo que quiere, sea mujer u hombre, no es feliz.


La renuncia mina la autoestima, la autoafirmación,
conduce a la duda sobre la propia capacidad
intelectual, física, moral; empequeñece,
te hace dependiente.


Es cierto que a lo largo de la vida todos renunciamos a cosas: ideas, sentimientos, relaciones, sensaciones... Pero no estamos hablando de las concesiones que se realizan voluntaria o inevitablemente y que, en el fondo, no nos importan demasiado. Hablamos de las renuncias, grandes o pequeñas, que se hacen a disgusto, que duelen dentro como si algo se hubiese hecho añicos, como si nunca más pudiésemos volver a tenerlo.


La renuncia a la independencia económica,
a la formación, al éxito profesional
o personal, a las ideas, a los amigos
o a las propias apetencias tiene
siempre resultados en forma
de dependencia, debilidad,
sumisión o enfermedades
psicosomáticas.


¿No te has preguntado nunca por qué nos duele tanto la cabeza?

ME DUELE LA CABEZA

Está demostrado científicamente que las emociones negativas (disgustos, peleas, la muerte de un ser querido, una separación, la frustración, la falta de trabajo) son absolutamente nocivas para la salud, ya que afectan psicológicamente al individuo, y que la mujer se ve mucho más perjudicada que el hombre por ellas. Las enfermedades psicosomáticas son un claro ejemplo de cómo una situación negativa afecta a nuestro cuerpo y nuestra mente y se torna autodestructiva. A menudo dolores de cabeza recurrentes, depresiones, ansiedad, fobias en todas sus variantes, trastornos alimentarios (obesidad, anorexia, bulimia, ingesta compulsiva) y otros males más o menos difusos pero reales y dolorosos (dolor de espalda, cansancio, náuseas, vértigo) son el reflejo de una situación vivencial poco satisfactoria.

Así, se sabe, por ejemplo, que el 80 % de las mujeres occidentales sufre de dolor de cabeza con cierta frecuencia, mientras que en los hombres la cifra se rebaja hasta el 65 %. Como en muchas otras afecciones, se asegura que la causa de que sea más frecuente entre las mujeres, especialmente las jóvenes, son los cambios hormonales asociados al ciclo menstrual. Es una explicación. Sin embargo, también los médicos aseguran que la tensión y el cansancio son dos de los principales desencadenantes de las cefaleas. Y que un elevado porcentaje de las depresiones tienen entre sus síntomas el dolor de cabeza.

Ustedes me perdonarán, señores médicos, pero ¿por qué la regla va a tener la culpa siempre de nuestro dolor de cabeza y no el cansancio o la tensión a la que estamos sometidas precisamente las mujeres jóvenes a causa de la doble jornada?

Más: las mujeres somos las más firmes candidatas a la depresión. Sólo con observar las estadísticas al respecto, descubrimos que la depresión tiene sexo y edad. Pero, además, podemos apuntar en su carnet de identidad hasta la profesión o, mejor dicho, la falta de ella. Así, depresión es igual a mujer de entre 45 y 55 años y en paro11.

 


Este libro pretende ayudarnos a pensar y, por lo tanto, vamos a trabajar en ello. Es un esfuerzo más (¡qué le vamos a hacer!) pero espero que te compense. ¿Has analizado ya tus respuestas al test anterior? Pues bien:

Si crees que no eres feliz o has identificado qué
es lo que no tienes, actúa para conseguirlo.

Respira hondo y piensa bien:

1.Qué quieres realmente. Te irá bien volver a coger lápiz y papel. ¿Qué tal si te compras una libreta? Bonita y con muchas páginas, donde apuntes todos los resultados a estos tests y puedas escribir también todo lo que se te ocurra, a partir del libro o por que sí. Escribir nos permite tomar distancia de nuestros propios pensamientos y ver con más claridad. Además, a menudo los pensamientos importantes se los lleva ese viento que sopla susurrando aires de responsabilidad y renuncia. Así no los olvidarás.

No dudes. Tú sabes lo que quieres, aunque a veces lo hayas dudado porque te han tratado como a una niña caprichosa que pide imposibles o como una frágil doncella a la que hay que enseñar el camino correcto. Muchas veces vamos tirando y vivimos sin siquiera plantearnos qué queremos hasta que es tarde para conseguirlo y, entonces, lamentamos no haber parado a tiempo. Pues bien, ha llegado el momento de parar.

Haz una lista con todo lo que quieres, aunque ahora te parezca inalcanzable.

2.Escribe qué deberías hacer y cómo para conseguirlo. Traza un plan organizado y no dejes ningún cabo suelto. Quizá creas ahora que no sabrás hacerlo, ya verás como sí.
Tienes que echarle imaginación al asunto y apuntarlo todo, incluidas las ideas que te parezcan más descabelladas. Por ejemplo: Tendría que reciclar mi inglés y, para hacerlo, debería buscar un centro que quedase cerca de la piscina de mis hijos, para aprovechar el rato en que ellos están en el curso de natación. Esta idea, por ejemplo, si la analizas bien no tiene nada de descabellada, pero ¿cuántas de nosotras lo hacemos?

Aunque, pondría la mano en el fuego, no es el inglés lo que más te preocupa. Hablaremos de todo ello en detalle pero, de momento, recuerda, el refranero asegura que quien la sigue la consigue.

ESCRIBIR COMO TERAPIA

Una de las críticas que se suele hacer a los libros de autoestima es que recomiendan escribir. Y es curioso comprobar cómo a los sesudos intelectuales les suele molestar. Un poco incongruente, la verdad, porque escribir no sólo es una terapia buenísima que permite conocerse mejor uno mismo, sino que también es un placer. (Yo incluso vivo de ello.)

Poner sobre un papel aquello que vivimos, tanto los hechos reales como nuestros pensamientos, deseos, ideas, angustias, miedos, etc. (lo que podríamos denominar nuestra «vida interior»), nos obliga a verbalizar, a poner en palabras aquello que ocurre, lo hace real y, a la vez, lo cosifica, es decir, tiene márgenes, está delimitado. Tiene un principio y un fin. Sobre el papel blanco ya no es omnipresente y omnipotente como en nuestro cerebro. Hemos vertido la carga.

Al escribir necesitamos tiempo para organizar la información, sea la que sea (los hechos, las miradas, las palabras, las sensaciones, los sentimientos). Un tiempo que dedicamos a nosotros mismos. Y sólo por eso ya sería importante. Pero, además, una vez escrito podemos ir más allá y tomar distancia. Una vez vertido sobre el papel todo lo que teníamos en nuestro interior, al releerlo lo vemos desde un punto de vista «externo». Focalizamos la atención sobre el hecho, pero en lugar de darle vueltas de forma «desordenada» podemos reflexionar sobre él como si fuese de otra persona y llegar a una conclusión. Tenemos una nueva perspectiva que permite ver cuál es la verdadera dimensión del problema. El siguiente paso es, en consecuencia, intentar controlar la situación y, por último, zanjar la cuestión, es decir, actuar.

La escritura como terapia se utiliza en numerosos trastornos y se ha mostrado especialmente efectiva para resolver traumas y en casos de depresión. Ésta suele generar apatía y sólo el hecho de escribir un diario ya es una acción. En el caso de sucesos traumáticos las personas se suelen «proteger» guardando en su interior y escondiendo hasta casi hacerlos desaparecer miedos e inseguridades. Un mecanismo de defensa que acaba resultando doloroso a la larga con manifestaciones psicosomáticas y problemas afectivos o de autoestima y que puede desbloquearse gracias a la escritura.

3.Lleva a cabo tu plan, cueste lo que cueste. Porque, como también afirma la voz popular, quien algo quiere, algo le cuesta. Es importante que tengas esta premisa en cuenta, porque aquí radica la base de tu felicidad. Cuando se está dispuesto a luchar por algo que nos importa realmente hay que tener en cuenta que puede tener un coste, que en la contienda puede haber heridos y que no siempre se ganan todas las batallas. Sin embargo, retirarse no conduce a ningún sitio.
Retirarse es renunciar. Y no estamos dispuestas a hacerlo. Bien, no sé tú, pero yo estoy decidida a ser feliz. Quiero dejar de quejarme, de sentirme tan sola, de estar tan cansada, y sé que éste es un sentimiento compartido con más mujeres (al menos, mis amigas aseguran que ellas también están así y no creo que lo hagan sólo por solidaridad conmigo). Y cuando una se siente cansada y sola le cuesta encontrar soluciones. De hecho, en esos momentos estás segura de que no existe solución. Pero no es verdad. Las hay, sólo tienes que buscarlas. Aunque para ello tengamos que aprender a ser un poco más egoístas y un poco menos serviciales.


NOTAS

  1. Mariano Guindal, «La semana vista por Pilar Martín Guzmán: “España es el país de Europa cuya población envejece más rápidamente”», Revista, La Vanguardia, 16 de enero de 2000.
  2. Mónica Salomone, «Un informe de la UE alerta sobre la discriminación de las mujeres en la ciencia», El País, miércoles 19 de enero de 2000.
  3. Estudio La base del Iceberg: la contribución del trabajo de las mujeres a la economía española, Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), 1998.
  4. La base del Iceberg: la contribución del trabajo de las mujeres a la economía española, 1998.
  5. Población proyectada a 1 de julio de 2000 en España (miles de personas). Total: 39.465,7; hombres: 19.288,3; mujeres: 20.177,4. Instituto Nacional de Estadística (INE).
  6. «Informe sobre protección social de las mujeres», Consejo Económico y Social. Carlos Novo, «El acceso masivo de la mujer al trabajo exige reformar la protección social, según el CES», La Vanguardia, 27 de julio de 2000; Miguel Bayón, «El CES denuncia que las mujeres disponen de menos protección social que los hombres», El País, 27 de julio de 2000.
  7. Encuesta población activa (EPA), 4.º trimestre de 1998, INE. Vale la pena añadir algunos datos de esta encuesta que son muy ilustrativos. La diferencia entre hombres y mujeres de la ganancia media (pagos totales con horas extraordinarias) por trabajador y mes por sectores es elocuente: en la industria, los empleados percibieron 2.386 euros (396.999 pesetas) frente a los 1.563, 97 euros (260.223 pesetas) de las empleadas; en el sector servicios, ellos percibieron 1.937,1 euros (322.307 pesetas) frente a los 1.325,38 euros (220.525 pesetas) de ellas; en la construcción, la diferencia fue de 1.915, 11 euros (318.648 pesetas) frente a 1.199,42 euros (199.567 pesetas). En los sueldos de menor categoría (obreros), la diferencia en euros es menor ya que son más bajos, pero mantienen la misma correlación.
  8. Estudio Evolución de la Mujer Española, realizado por la empresa Metra Seis para Clinique en mayo-junio de 2001 mediante entrevistas a 400 españolas con edades entre los 20 y los 50 años, de todos los estratos sociales, en la península y Baleares.
  9. Instituto de la Mujer.
  10. La «envidia del pene» es una de las teorías de Sigmund Freud, según la cual el miembro masculino se convierte en símbolo del poder no sólo sexual, sino también social, algo que las mujeres desearíamos tener, siempre según el creador del psicoanálisis.
  11. Estudio sociológico Libro Blanco sobre la calidad asistencial de la depresión en España.