Albert Fina: La dimensión humana

Antonio Martín Martín

Comenzaba el año 1959, cuando llegué a Barcelona ya con la Carrera de Derecho terminada y un pequeño empleo. Por aquel entonces el Régimen Franquista iniciaba una nueva etapa, ante el fracaso absoluto de la autarquía que había llevado al país y a la mayoría de los "súbditos" a la miseria, al hambre y al aislamiento. El régimen intentaba lavarse la cara, soltar lastre fascista y, para ello, entra en el Gobierno el grupo de tecnócratas del Opus Dei; tomando medidas "aperturistas", con planes de Desarrollo, devaluación de la peseta y bloqueo de sueldos y salarios.

Cataluña, País Vasco, Madrid y Valencia eran la avanzadilla del desarrollo y se convirtieron en la meta para centenares, miles, de andaluces, extremeños, murcianos, etc., que marchaban de sus pueblos, con una maleta de madera, en busca de trabajo y huyendo de una mayor miseria, hambre y caciquismo. Barcelona fue el destino principal para la mayoría de ellos. Entre 1950 y 1970, el Barcelonés creció en un 53,31%, debido a la emigración, y los problemas de vivienda alcanzaban límites tremendos. Lo mismo ocurre en las demás comarcas catalanas.

El barraquismo había trazado un cinturón que rodeaba toda la ciudad, desde el Somorrostro (hoy Paseo Marítimo), hasta el Campo de la Bota (hoy Puerto Olímpico), pasando por Montjuïc, Zona Franca, El Carmelo, La Perona, etc., con el Estadio Olímpico y muchos pabellones de la Exposición Universal del 29 atestados de familias de inmigrantes sin vivienda.

Desde el punto de vista laboral había trabajo, pero la explotación y las condiciones de trabajo eran durísimas, los salarios de hambre obligaban a hacer muchas horas extraordinarias. En general se daba la más absoluta explotación tercermundista, incluido trabajo de menores, y, lo que era aún peor, los trabajadores se veían obligados a vivir en barracas sin agua ni luz eléctrica, debido a la carencia de viviendas y medios para obtenerla.

La represión franquista no se había modificado lo más mínimo desde el fin de la Guerra Civil. El Decreto Ley de 18-IV-47, sobre "Represión de Bandidaje y Terrorismo" aún estaba en vigor. Las reformas que se estaban produciendo (Decreto sobre Rebelión Militar; Bandidaje y Terrorismo de 21-IX-1960, con penas gravísimas; Ley de 20-IX-1962, que sanciona con el despido a cualquier obrero que participe en una huelga), iban dirigidas a un endurecimiento de la represión, especialmente dirigida a la clase obrera.

El ejercicio de los más elementales Derechos Civiles, Políticos, Sociales y Culturales, estaban prohibidos y constituían delitos graves: los derechos de asociación, de sindicación, de reunión, de huelga etc., estaban en entredicho y su ejercicio, las mayoría de las veces era motivo de dura represión y sujeto a la jurisdicción militar. El régimen policíaco, las detenciones sine die, los malos tratos y las torturas, eran moneda corriente. A grandes rasgos, ésta era la situación política y social de la Barcelona que conocí en los años 1959 y siguientes. Pero algo empezaba a moverse: los trabajadores tomaban conciencia de clase y empezaban a reivindicar sus derechos. Los estudiantes se movilizaban y miraban a Europa. La Iglesia preparaba el Concilio Vaticano II. Juan XXIII, preparaba su Encíclica "Mater et Magistra". Aparecen los curas obreros, los curas jóvenes en España, y en especial en Cataluña, toman conciencia de la terrible injusticia social, y empiezan a tomar posiciones: se movilizan a través de las JOCS y HOACS; algunos ofrecen las iglesias para reuniones de obreros; se habla de derechos humanos violados; hay movilizaciones contra la tortura y la falta de libertades y derechos. Los inmigrantes de entonces participan directamente en esta lucha.

Una de las primeras personas que conocí a mi llegada a Barcelona fue a Antoni Jutglar: un intelectual muy preparado en Historia Social Contemporánea, que ya había sido represaliado en la Universidad. Discípulo de Vicens Vives, cristiano progresista, conocedor de la situación del país, de la falta de libertades, de la injusticia social, de la explotación en que vive la clase obrera, fue nuestro verdadero maestro e introductor del socialismo.

Albert Fina y Antoni Jutglar coincidieron en Berga, en el Servicio Militar, junto con otros universitarios: Jordi Maluquer, Feliu Formosa. Esta coincidencia tuvo una especial trascendencia para Albert, que tuvo ocasión, a través de conversaciones sin límites, de conocer una visión distinta de la que hasta ahora había recibido de su familia y de la tradición religiosa, de la reciente historia de nuestro país, de la visión de los vencidos, de la situación de la clase obrera, de la represión de los que no comulgaban con la ideología de los vencedores, del exilio de los mejores intelectuales españoles y catalanes, de la represión sobre la identidad de la cultura catalana, etc.

La amistad iniciada en Berga, continuó en Barcelona, al término del Servicio Militar. El círculo se iba ampliando: Urenda, Sardá, Mossén Dalmau, etc. Charlas políticas, sociales y reivindicativas en Gallifa, en casas particulares, en cafés..., iban creando un primer paso para el compromiso político y profesional.

Albert, tras superar la fuerte presión familiar, decide dedicar su vida profesional a la defensa de la clase obrera; quiere ser abogado laboralista y con esa idea empieza a trabajar en el despacho de Antoni Cuenca, que con el despacho de Francesc Casares, eran los dos únicos despachos que se dedicaban a la defensa de la clase obrera, independiente del Sindicato Vertical, único sindicato permitido y de carácter fascista. Pronto entré también en el despacho de Cuenca y empezamos a ver la realidad laboral desde un despacho especializado. El trabajo era ingente, la clase obrera necesitaba ayuda jurídica para reivindicar sus derechos cívicos, sindicales, laborales; pero también necesitaban Asesoría Jurídica para reivindicar los derechos más elementales, de vivienda digna, de amparo ante los especuladores, ante el municipio, y sus planes de urbanismo.

La amistad con Albert se consolidaba, ambos teníamos ideales comunes y deseábamos poner nuestros conocimientos al servicio de la clase obrera. Amistad reafirmada con los años y los avatares hasta su muerte. Aquellos primeros años fueron de profunda crisis, de revisión ideológica, de toma de conciencia social y política, de conocimiento de la realidad, de la terrible realidad de los perdedores de la Guerra Civil, de los fusilamientos, de la represión y, en consecuencia, de cómo deberíamos actuar. Nos colegiamos en el Colegio de Abogados, pues ello era necesario para poder ejercer como tales, y encontramos un Colegio anquilosado, rutinario, burocrático. Todas las instituciones estaban impregnadas de fascismo. Y el Colegio de Abogados no escapaba de ese virus. Pero una nueva generación que no había hecho la guerra empezaba a entrar en el Colegio y lentamente empieza a cambiar, no sin chirridos de los más conservadores. De especial trascendencia, en este cambio, fueron las elecciones a Decano y otros cargos de la Junta, del año 62, en el que en la candidatura de Roda Ventura, entraron Montserrat Avilés y otros compañeros jóvenes, denominados por los más reaccionarios como los "petardistas".

El decanato de Roda Ventura (63-67) supuso el inicio de una andadura, por parte del Colegio de Abogados, camino largo pero constante en demanda de una mayor democracia interna, más libre de los poderes públicos, más independiente y, sobre todo más solidario con los problemas de los ciudadanos, con los represaliados, los detenidos, los presos políticos o los condenados a muerte.

En todo este cambio no fue ajena la labor de Montserrat Avilés que, como se ha dicho, ganó las elecciones de diputada al Colegio de Abogados con la candidatura de Roda Ventura; y durante los 6 años en que permaneció en la Junta, consiguió que el Colegio interviniera de forma directa en los graves acontecimientos, cada vez más numerosos, provocados por la represión franquista. El propio decano, Sr. Roda Ventura murió de un infarto tras haber permanecido durante todo el día y parte de la noche atendiendo, en el Juzgado de Guardia, a intelectuales detenidos por la policía, y no muy bien tratados por el Juez de Guardia y demás funcionarios del Juzgado.

Desde aquí quiero rendir el homenaje que merece al Colegio de Abogados de Barcelona, por su actitud, en la larga y funesta etapa de la dictadura del general Franco; pues con especial valentía supo mantener su independencia, solidarizarse con los graves problemas y amparar a los colegiados cuando fueron víctimas de la represión, como en el caso de Albert Fina y Montserrat Avilés; ya que el propio Decano, Miquel Casals Colldecarrera se brindó a defenderlos ante el Tribunal de Orden Público. Y no sólo benefició a los colegiados, sino, lo que era más comprometido, permitió reuniones, muchas veces multitudinarias con motivo de detenciones masivas (como las ocurridas en la Iglesia de María Medianera, en la esquina de Córcega- Entenza, y otras), de penas de muertes injustas, (Puig-Antic, Txiqui) asesinatos de Abogados Laboralistas de Atocha y otros acontecimientos importantes.

El Colegio de Abogados, impulsado por la Comisión de Defensa, actuó la mayor parte de las veces con dignidad, oponiéndose a toda violación de los Derechos Humanos tan frecuentes en aquellos años, y luchando como corporación contra toda injusticia, y fue un ejemplo que siguieron otras corporaciones (Colegio de Aparejadores, de Ingenieros, de Arquitectos, y algunos más). También hay que agradecer al Colegio de Abogados de Barcelona que concediera la Gran Cruz de Sant Raimon de Penyafort, durante el Decanato de Gay Montalvo, a tres abogados laboralistas Albert Fina, Montserrat Avilés y Luis Salvadores. Y ello por cuanto constituían una verdadera novedad, ya que este galardón, hasta entonces, estaba siempre reservado a eminentes civilistas, penalistas y procesalistas. Jamás se había concedido a unos abogados a los que determinados compañeros los han clasificado como Abogados de Segunda Clase.

Montserrat Avilés, hija de abogado y nieta de marino, heredó la hábil diplomacia y la fortaleza y valentía para navegar por la vida y el tiempo que le tocó vivir. Es una mujer vitalista, decidida, luchadora, dispuesta a romper, en aquel entonces, los moldes en que la tradición, la Sección Femenina del Movimiento y otras fuerzas reaccionarias, querían convertir a las mujeres de la posguerra. De familia de profesionales, liberal y catalana, se educó con las Concepcionistas y estudió Derecho en la Universidad de Barcelona, pasando enseguida a trabajar en el despacho de su padre, el Abogado Gabriel Avilés, muy apreciado por su buen hacer, por su honradez y su profesionalidad. Desgraciadamente fallecería en aquel mismo año 1959, a consecuencia de un cáncer.

Albert y Montserrat se conocieron por primera vez, con motivo de la muerte de Don Gabriel Avilés. Posteriormente se vieron en ocasiones en Magistratura de Trabajo de la Ronda San Pedro, e intimaron en actividades conjuntas de recogida de firmas contra la tortura, así como en las clandestinas reuniones del "Felipe" (el FLP: Frente de Liberación Popular); que en Catalunya se convirtió en el FOC (Frente Obrero Catalán), iniciando una relación física, espiritual e intelectual de una fuerza e intensidad difícil de describir. El descubrimiento recíproco fue como una revelación que lejos de perder fuerza, fue completándose con sus diferentes personalidades a través del tiempo. Los amigos con ironía los llamaban "la pareja feliz".

Tras contraer matrimonio en diciembre de 1960, Montserrat y Albert, inician una andadura en común, absolutamente identificados en lo político, en lo social, en el trabajo y en la familia. Sus comienzos, como los de todos, no fueron fáciles. Abren despacho en Barcelona y en Mataró. La actividad política absorbe muchas horas. Ambos participan en la campaña de boicot a La Vanguardia por el asunto Galinsoga, en la campaña contra la tortura y malos tratos de la policía, de la que resultaron procesados Dalmau, Urruela, y algunos más.

La caída del FLP en el año 62 fue realmente dramática, casi todos los amigos fueron detenidos: Juan Ignacio Sardá, Rudolf Guerra, Luis Avilés, Isidro Molas, Ubierna, Josep Font, Angel Abad, Josep Verdura, Chicharro. Montserrat y Albert se libraron, pues la policía (la brigada político-social) pensaba que estando recién casados, tendrían hijos y dejarían la política.

Como hemos dicho, Montserrat Avilés se presenta y consigue salir elegida diputada en la Junta del Colegio de Abogados con la candidatura de Roda Ventura. Era la primera mujer que conseguía entrar en la Junta del Colegio y, además, era de izquierdas, todo ello a pesar de las críticas de la oposición. Durante los seis años en que permaneció en la Junta de Gobierno del Colegio de Abogados, la entidad empezó a cambiar de rostro.

Pero la pasión de Montserrat era y es el trabajo en el despacho, la defensa de los trabajadores, la lucha por la conquista de los derechos de libre sindicación, derecho de huelga, derecho de reunión, etc.; pero también la lucha política contra la dictadura, contra el franquismo y por las libertades de los pueblos y de los ciudadanos. Como dice Albert en "Des del nostre despatx", lo que relata en ese libro, igualmente lo podía haber relatado Montserrat Avilés, pues ambos trabajaban por igual y en todo caso era un reparto de asuntos. La dedicación de ambos al trabajo en defensa de la clase obrera y a la política de izquierdas fue de una entrega total y absoluta. Sin concesiones, con disponibilidad de todas las horas; de todos los días. En los años cruciales no tuvieron para sí ni domingo ni vacaciones.

Durante la enfermedad de Albert, Montserrat fue la mujer fuerte, que supo estar a su lado, dándole fuerza para superar las crisis de angustia y miedo en las horas bajas, con alegría, con humor, con ganas de vivir. En el momento final, supo comprender la voluntad de Albert de no quitarle la esperanza de vivir. Montserrat y Albert constituyeron cada uno por separado, unas personalidades irrepetibles, pero juntas una fuerza insuperable, capaz de minar los fundamentos del franquismo como lo demostraron en la forma de llevar a cabo su propio procesamiento en el TOP, cuando logran convertir su acusación en la acusación a la dictadura franquista.

Albert fue en su adolescencia y juventud, una persona profundamente religiosa (católico) cristiano progresista después, para descubrir el Marxismo, pasando a militar, primero en el FLP, más tarde en el PSUC hasta el año 75, que lo abandona por discrepancias y termina siendo un hombre de izquierdas pero independiente. Cada una de estas etapas fueron vividas por Albert con toda intensidad, honestidad y entrega.

Fue el varón mayor de 10 hermanos, de familia burguesa y muy relacionada con los jesuitas, con quien estudió el bachiller, recibiendo la típica educación religiosa de los años cuarenta, pietista, individualista, de moral estricta, elitista, adobado todo con la idea del pecado, la amenaza del infierno y, la condena eterna, que en los "ejercicios espirituales" representaba el plato fuerte de la última meditación, en una capilla obscura y la cara del oficiante iluminada por un cirio.

Debido a la crisis económica familiar Albert se ve obligado a trabajar con su padre al mismo tiempo que estudia la carrera de Derecho por libre, por lo que no vivió el despertar universitario de finales de los años 50. Fue precisamente en el Servicio Militar, donde tuvo la suerte de tener por compañero a Antoni Jutglar, Jordi Maluquer y otros universitarios, donde toma conciencia de la realidad del país, de la represión, de los vencidos en la Guerra Civil... Mientras los demás quintos iban de farras, el grupo de universitarios pasaba horas y horas en charlas políticas y sociales. Antoni Jutglar era también católico, pero cristiano progresista por lo que la amistad de ambos fue consolidándose. Las nuevas lecturas de Munnier, Foucalt, Cesbron, Bernanos, etc... van calando hondo. En la "mili" hay muchas horas muertas que Albert no desaprovechaba. Se hablaba del levantamiento militar contra la República, de la Guerra Civil, de los vencidos, de los campos de concentración, de los fusilamientos en el Campo de la Bota, de los Consejos de Guerra, de las cárceles, de los presos po1iticos, de los exilados, de Catalunya. Pero también de la clase obrera, de las injusticias sociales, de la lucha de clases, etc.

Un mundo nuevo se abría en el horizonte vital de Albert Fina, que fue completando con lecturas de los clásicos del socialismo, y adquiriendo una conciencia social nueva. Este cambio de ideología no se hizo sin crisis y problemas de conciencia graves, que evidentemente fue superando, ya que en la defensa de la clase obrera había encontrado su verdadera vocación. Con todo, no fue fácil pasar de un catolicismo dogmático, cargado de connotaciones y prejuicios anticomunistas, donde se ha venido repitiendo hasta la saciedad que el comunismo significaba "el mal", el causante de todos los desastres, y que los comunistas eran todos malos, a militar en un partido comunista.

De vuelta a casa con la "mili" terminada y la enfermedad que había contraído en la mili controlada, empieza la verdadera lucha por hacer realidad la decisión que había tomado: la defensa de los trabajadores, de la clase obrera, poniendo todos sus conocimientos jurídicos al servicio de este ideal. Esa lucha tuvo que sostenerla con la familia, que quería otros destinos más vistosos y lucrativos. Su padre, un hombre honrado, bueno y religioso hasta la médula, quería que Albert hiciera oposiciones a Notarías, o Registros. Toda la ilusión y orgullo de padre se había forjado en este ideal para su hijo. La desilusión del padre fue mayúscula, pensando siempre que su hijo cometía una gran equivocación.

De todas formas, ambas partes jugaron limpio y plantearon sus argumentos con honestidad y claridad. El hijo, de acuerdo con su ideal cristiano, quería dedicarse a la defensa de los más necesitados. El padre que quería lo mejor para su hijo y el prestigio de la familia, había puesto toda su ilusión en que Albert hiciera oposiciones a Notarías o Registros. Ello daba lugar a conversaciones y discusiones en la que participaba toda la familia, por lo que las ideas progresistas de Albert iban calando en ella.

Por aquellas fechas, 1960, forma parte del FLP (Frente de Liberación Popular), los "Felipes". Una agrupación integrada por intelectuales, estudiantes y algún obrero, que englobaba desde cristianos progresistas a socialistas muy radicalizados. Ésta tuvo un gran éxito en toda España, especialmente en Asturias y Madrid. Participa en la mayoría de las huelgas de Asturias, País Vasco, Cataluña y Andalucía. De ahí que la represión contra ellos fuera terrible. La caída en Barcelona, en 1962, llevó a la cárcel, entre otros, a Angel Abad, Rodolf Guerra, Juan Ignacio Sardá, José Verdura, Luis Avilés, José L. Ubierna, Chicharro, Font etc. El Consejo de Guerra celebrado en Madrid, en febrero de 1963, condenó a todos ellos a penas de entre dos a ocho años de cárcel.

Terminada esta experiencia tanto Albert como Montserrat ingresan en el PSUC, en 1968. Su militancia política le da la fuerza y la convicción moral de haber encontrado el camino que buscaba, y se entrega a la causa con completa dedicación. Por aquellos años va apareciendo un germen de Sindicato de clase, las Comisiones Obreras, que surge con reivindicaciones muy concretas (incremento de salarios, falta de medidas de seguridad, horas extras, jornadas, etc.). Al principio éstas nacían en una empresa y una vez resuelto el problema, desaparecían. Después, tienen carácter permanente. Las empresas no quieren reconocerlas, pero terminan doblegándose a estos representantes de los trabajadores nombrados por ellos mismos. Finalmente los problemas son más importantes: se reclama el derecho de huelga, de asociación, de reunión, etc.

El despacho de Albert y Montserrat, no es que fuera el despacho de Comisiones Obreras, pero en la práctica llevaban los asuntos más importantes de las grandes empresas en que intervenían las Comisiones. En consecuencia, tuvieron que ampliar su plantilla, no sólo con abogados, sino con economistas, sindicalistas, y especialistas de todo tipo. Los más importantes problemas laborales y sindicales de aquellos años (recordamos las huelgas, seguidas de despidos masivos en SEAT, Maquinista Terrestre y Marítima, Harry Walker, MIR...) fueron planteados en su despacho.

La idea inicial de Comisiones Obreras, sostenida por Albert Fina y su despacho era la creación y potenciación de una gran Central Sindical Unitaria; idea que fracasó al convertise CCOO en el Sindicato del PSUC. Como consecuencia de esta gran discusión se produjo la última gran crisis de Albert, que le obligó a dejar el PSUC tras 9 años de militancia activa.

Nadie mejor que él en la introducción del libro "Des del nostre despatx" (págs. 15 a 18), para explicar la gran polémica en los años 76-77, que terminó con la expulsión de Isidor Boix de los cargos que tenía; y en solidaridad con él, su baja de militancia del PSUC. A partir de este momento Albert no milita en ningún partido pero no por ello deja de ser el que siempre ha sido, un hombre de izquierdas, un defensor de la clase obrera, un gran jurista y un abogado entregado a la defensa de los más necesitados.

Su compromiso político, como el de la mayoría de los abogados laboralistas, le llevó también a la defensa de los represaliados por el régimen franquista, obreros e intelectuales principalmente, primero en los Tribunales Militares y, desde el año 1963, tanto en aquellos como en el TOP (Tribunal de Orden Público). Tribunales típicamente represivos de los derechos fundamentales de reunión, de asociación, de expresión. Por ello la clase obrera fue la más castigada: la casi totalidad de los líderes de las Comisiones Obreras y de las demás organizaciones obreras, así como de los partidos de izquierdas (clandestinos), sin excluir a curas, profesores, escritores, intelectuales,... de izquierdas fueron procesados por el TOP, que en los años 60 y 70 trabajaba a destajo. Esta defensa era asumida casi en exclusividad por los Abogados laboralistas, y lo cierto es que lo considerábamos como nuestra contribución a la lucha contra el régimen. Albert contribuyó muy especialmente a la defensa de los represaliados, como ya se ha visto en otro capítulo de este libro. Su labor como jurista y como abogado entregado a la defensa de la clase obrera fue reconocida no sólo por ésta, sino por todos los juristas sin distinción de ideologías; y por el mismo Colegio de Abogados, que en 1989 le concedió la Gran Cruz de Sant Raimon de Penyafort.

Los años de la posguerra fueron terribles para los españolitos de a pie. Junto a los problemas políticos, (tenemos presente los largos años de represión de los consejos de guerra, de los fusilamientos, de la persecución sistemática a todo el que no comulgara con el franquismo) hay que añadir el hambre y la enfermedad. De éstas, la más peligrosa era la tuberculosis. El bacilo de Koch se extendía por doquier y alcanzaba a los más débiles.

Albert hizo la "mili", el Servicio Militar normal, no la milicia universitaria, al terminar la carrera, en 1957, siendo destinado a Berga. Sin duda, la deficiente alimentación, la falta de higiene en los cuarteles, el frío, etc., fue la causa de que contrajera una bronco-neumopatía crónica Tbc, que le llevó al Hospital Militar de Barcelona, donde permaneció más de un mes internado.

Por aquel entonces, en España, el tratamiento era muy primitivo: descanso, aislamiento y buena alimentación. Afortunadamente, al estar en Barcelona, la familia pudo atenderle debidamente, no sólo con buenos alimentos, sino con las visitas y el saberse atendido. Pudo curarse, pero sus pulmones quedaron gravemente afectados, y más tarde pasaron factura.

En efecto, en el año 1962, en plena vorágine del despacho, con reuniones que terminaban a altas horas de la noche, con el estrés propio de los problemas pendientes, con el consiguiente desorden en las comidas y el sueño, con el exceso de tabaco (activo y pasivo); Albert sufre el primer neumotórax. Fue grave, requirió tratamiento hospitalario y reposo en casa durante meses. A través de los años, sufrió varios neumótorax. Los más graves fueron los de los años 1969 y 1989, 1991 y 1996.

La curación se efectuaba mediante la aspiración del aire que le había penetrado en la pleura y le producía el colapso pulmonar; y naturalmente mediante reposo y buena alimentación. Su estancia en el Hospital de San Pablo en el Departamento del Dr. Purcel, no fue muy agradable. El servicio dejaba mucho que desear. Contaba Albert, que estando en camilla, en el pasillo, sus radiografías estaban expuestas en el negatoscopio (aparatos para visualizarlas). Los médicos y las enfermeras pasaban y veían las radiografías de sus pulmones allí expuestas, lo que llamaba extraordinariamente su atención por el mal estado de los mismos. Sus comentarios en voz alta y delante del enfermo, no eran muy alentadores. Los médicos no se deciden a operarlo y vuelven a aplicar el mismo sistema de la aspiración, del reposo y de la buena alimentación.

Llegó a asumir su crónica enfermedad y supo convivir con ella. No le daba mayor importancia y vivía como si no existiera. Ni siquiera se privó del tabaco. El propio Dr. Cornudella (fumador empedernido) era de la teoría de que el tabaco no le hacía daño ni tenía relación alguna con la enfermedad.

Albert, pues, se sentía fuerte y abusaba de su resistencia. Como tenemos dicho vivía con absoluta entrega a la causa de la clase obrera. Trabajaba sin descanso, no existían (en los años cruciales) ni domingos ni fiestas, ni vacaciones. Su jornada laboral no tenía fin, era incansable hasta el agotamiento. Venía siguiendo controles médicos periódicos y vivía despreocupado, pues esa enfermedad sólo le creaba pequeñas molestias de vez en cuando. Por eso, cuando en una revisión rutinaria apreciaron signos alarmantes que finalmente se concretaron en el diagnóstico de cáncer de colon, la vida cambió de golpe. Para Albert, el cáncer le llegó de una forma traidora, sin avisar, sin dolor previo, "como un golpe de estado a su naturaleza", como diría en "Conviure amb el càncer".

Después de la segunda intervención quirúrgica, a consecuencia de la extensión de la enfermedad al hígado, en julio de 1994, estuvo a punto de quedarse en el postoperatorio, Albert escribe su último y profundo libro "Conviure amb el càncer" a mediados del año 1995. Tuve el honor de leer esas tremendas reflexiones, recién terminadas de escribir y su lectura me impactó fuertemente por la profundidad de sus reflexiones, por la sinceridad y valentía de enfrentarse con la trágica realidad y, por lo que yo interpreté, aquellas paginas no eran otra cosa que un doloroso adiós a la vida, a los amigos, a los seres que le han querido, a su familia,...

Recuerdo que no pude acostarme hasta leer la última de las cuartillas y apenas pude conciliar el sueño. Pensé que aunque aquellas cuartillas referían una experiencia personalísima, debían concretarse en un libro, por el interés general que indudablemente tenían. Así se lo dije, cuando días después comentamos lo escrito.

"Conviure amb el càncer", Barcelona, Ed. Columna, Nov. 1996, es un libro que, aparte de narrar su experiencia personal desde que le diagnosticaron el cáncer de colon, las confidencias con los médicos y personal sanitario, las operaciones quirúrgicas, sus miedos, sus angustias, sus fases depresivas y optimistas, su análisis de la enfermedad y su lucha diaria para vencerla y/o convivir de la mejor manera con ella, es además una profunda reflexión sobre la muerte, sobre la vida, sobre la enfermedad, sobre el dolor, sobre el miedo a éste y aquella, sobre la amistad, sobre la familia. Son reflexiones breves, contundentes, profundas y sinceras, valientes y tremendamente humanas: rechaza la frivolidad y la postura en que muchos pretenden mantener al enfermo en la ignorancia, en el engaño, en la falsedad. Pero también rechaza la brutalidad de negarle al enfermo toda esperanza: "....Prefereixo que se'm tracti com un adult i per tant aprovo que en circumstàncies com aquelles se m'informés de la gravetat del mal.. no m'agradaria saber que la meva mort és propera ni que la malaltia és absolutament irreversible i incurable. Voldria tenir sempre una certa dosi d'esperança."

Habla de la terapia por el trabajo: " ... Després de rebre la dolorosa noticia, vaig continuar, però. atenent els clients previstos per a aquell dia, en una jornada normal de visites al despatx professional d'advocats que dirigim la Montserrat i jo... tant en aquesta ocasió com en unes altres que vindrien després, vaig haver de fer un important esforç per oblidar el meu problema i romandre atent a qüestions alienes... La feina professional ha estat a més una bona teràpia per a la meva estabilitat i bona salut mental, i he evitat així obsessions malaltisses i minorat d'aquesta manera angoixes lògiques, fàcils d'entendre".

La amistad es un tema constante. El recuerdo a los amigos que han muerto. Especial mención hace de Luis Salvadores. A pesar de estar convaleciente de su primera intervención, acude a las honras fúnebres al Cementerio de Collserola. De Miquel Manté al que previamente había visitado en la clínica tras una operación similar a la suya; para darle ánimos, y llevarle esperanzas de que la enfermedad puede superarse. De Felip Portabella, del Magistrado Dupla, del catedrático y tantas veces contrario en Magistratura, Alonso García. Pero, sobre todo, ve la necesidad de continuar manteniendo contacto con todos sus amigos, compañeros y colaboradores, así como con su familia. Quiere revivir sus intensos años de lucha, los buenos ratos de ocio con los amigos, con la familia: reúne a todos los colaboradores que han pasado por su despacho durante los largos y difíciles años de trabajo. Celebra cumpleaños con sus hermanos, cuñadas y sobrinos. Cenamos los más íntimos y contamos anécdotas. Vuelve al Ampurdán de su infancia. Quiere revivirlo todo. A veces, le entra la angustia y piensa que será la última vez que verá los rincones maravillosos de la Costa Brava, o que será la última vez que hablará con un amigo. Otras, está optimista, tiene fe en el futuro y se alejan los malos presagios.

La muerte, la reflexión sobre la muerte se le ha incrustado en su organismo, como una cosa actual y real. La pérdida de la vida la encuentra cercana ("Des de llavors, la idea de mort ha ocupat més que mai la meva ment, amb major o menor intensitat segons les circumstàncies del moment"). Reflexiona, lee y escribe, sobre la muerte: "a veces muere el que quiere morir", piensa cuando está optimista y cree que ante esa u otra enfermedad grave hay que hacerle frente, hay que luchar, no hay que rendirse jamás. Otras, como cuando despide a nuestro amigo Luis Salvadores en Collserola, le asaltan ideas muy pesimistas: "El cementiri i la mort del vell amic avivaren la nova idea gairebé obsessiva de destrucció, d'aniquilació i mort pròpia". En ocasiones se familiariza con la idea de la muerte, y piensa que "después de la muerte, nada" ("Per a mi, amb la mort desapareix tot!... la vida es destruïda i eliminada per la mort"). Su humor, tan fino, se vuelve negro y dice: "M'agradaria poder-me alçar d'entre els morts cada deu anys, arribar-me a un quiosc i comprar alguns diaris. No demanaria res més."

Reflexiona sobre la eutanasia: "Si algun dia arribo a una situació de malalt terminal, incurable e irreversible, amb la perspectiva d'una mort propera i segura, és a dir, una situació com aquella a que vaig estar a punt d'arribar a l'estiu de 1994, no vull de cap manera cap dolor inútil i vull una mort suau, sense penoses agonies, i provocada. Ho vull per a mi, que, com dic, he estat molt a prop d'aquesta situació, i ho vull, especialment, per tota persona estimada". Piensa que hoy es absurdo dejar a los enfermos sufrir de forma innecesaria; habla de los retrasos del INSALUD; sobre el trato de los enfermos por el personal sanitario, etc.

"Conviure amb el càncer", no sólo es un relato de su propia experiencia en relación con la enfermedad, sino que es un profundo y humano adiós a la vida en la que tanta belleza ha sabido encontrar, que le ha dado amor, amistad, entrega a una causa justa y la posibilidad de luchar por ello, junto a una compañera luchadora y entrañable y unos colaboradores magníficos.

Oyendo la primera parte de la Novena Sinfonía de Mahler, o el "Adiós" del "Lied von der Erde" del mismo compositor, no pude dejar de pensar en las reflexiones contenidas en este libro. "Silencioso está mi corazón, y aguarda su hora" (Mong-Kao-Jen. Siglo XII. "Lied von der Erde", "Canción de la tierra", Mahler).

"Es la expresión de un amor inaudito a esta tierra, el anhelo de vivir en paz en ella, de apurar el gozo de la naturaleza hasta sus más profundas profundidades... antes de que llegue la muerte" (Alban Berg. "Sobre la Novena Sinfonía de Mahler")

"Conviure amb el càncer" es el testamento que nos ha dejado Albert; convendría tenerlo cerca y, en ocasiones, releer aquellas páginas que hablen de la amistad, de la belleza, del amor, de la lucha contra la injusticia, de la vida, del deseo de vivir. De la muerte.

 

Antonio Martín Martín.
Abogado.
Este escrito forma parte del libro "Albert Fina" editado por "La factoria cultural", de reciente aparición.