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| Artur Mas En primero lugar quiero dar las gracias a la London School of Economics por haberme invitado a hacer esta conferencia. Lo hago en nombre propio y en nombre de la Fundación Trias Fargas. El acuerdo de colaboración entre nuestra Fundación y la London School of Economics, a través de la Fundación Cañada Blanch, es muy importante y marca un hito en las relaciones de los Think Tanks políticos catalanes y el mundo académico del Reino Unido, algo que no habría sido posible sin Paul Preston, ese catalán de Liverpool que nos regala visiones renovadas de Catalunya y de España, desde el conocimiento y desde la complicidad. Gracias Profesor Preston. De hecho no es casualidad que hoy estemos aquí. Ya desde la época en que fui “conseller en cap” (1) del Gobierno de Catalunya quisimos compartir con los últimos gobiernos laboristas británicos algunas de nuestras experiencias en materia de gobierno electrónico, servicios públicos, partenariado público privado -una forma de lo que en Catalunya denominamos "concert"- y de otros aspectos relacionados con una nueva forma de gobernar para el siglo XXI. Ahora, desde la oposición, cuando seguramente las cosas se ven con más distancia que cuando uno está inmerso en la tarea de gobernar, damos un gran valor a aquellos contactos. Por eso la London School of Economics debía ser un referente en esta nueva etapa. Nosotros representamos una nueva generación de políticos catalanes decididos a liderar la transformación que se esta dando en Catalunya. Como ustedes saben, Convergència i Unió, la coalición que represento, ha gobernado veintitrés años Catalunya, y es todavía hoy –aunque esté fuera del gobierno- la primera fuerza política del Parlamento catalán. Como ustedes también saben, hemos sido un actor importante de la política española, siempre a favor de la estabilidad y el progreso general de España, participando en mayorías parlamentarias con la UCD, el PSOE y el PP, y contribuyendo, yo creo que decisivamente, al éxito de la transición democrática, de la integración de España en Europa y de su economía. Esto lo hemos hecho desde un ideario en el que consideramos esencial mantener los rasgos principales de la identidad catalana -la lengua, la cultura, la manera de ser-, en el que nos sentimos comprometidos con el progreso de España y de Europa y en el que hemos optado siempre por políticas moderadas y realistas, enraizadas en la tradición liberal, pero también en la socialcristiana y en algunas lecturas de la socialdemocracia. No solamente nuestra formación política, sino el conjunto del nacionalismo catalán, siempre ha estado comprometido con los ideales democráticos, ha estado perseguido cuando en España han habido dictaduras y ha reaparecido de manera efervescente cuando ha habido democracia.
Visiones de coyuntura Desde esta perspectiva, hoy les querría hacer dos clases de reflexiones. Unas, quizás las más previsibles, son visiones de coyuntura. Ustedes saben que Catalunya acaba de presentar ante el Parlamento español una propuesta de Estatuto de autonomía, que reforma de una manera profunda al que hoy está vigente, y que ha sido aprobada por el 90% del Parlamento catalán, entre ellos naturalmente los diputados de Convergència i Unió, que, como primer grupo de la cámara, eran imprescindibles, pero no suficientes, para su aprobación. Saben también que la aprobación de este Estatuto es hoy el tema central de la vida política española, un factor de enfrentamiento entre el Gobierno y la oposición, y que alrededor de este debate se ha llegado a un nivel preocupante de crispación política. Sobre todo esto, que es la máxima actualidad política catalana y española, me gustaría hacerles algunas pinceladas. Pero les quiero hacer, también hoy, otro tipo de reflexiones. Catalunya, sus fuerzas políticas, y en especial Convergència i Unió, no buscan un debate cerrado, exclusivo, que sólo nos interese a nosotros. Cuando hablamos de la cuestión catalana -en política catalana, española o europea- no estamos discutiendo asuntos particulares. Tenemos la sensación -quizás pretenciosa- de que estamos discutiendo, en la cuestión catalana, algunos temas de interés y de actualidad universales. Con humildad, pero también con convicción, creemos que nuestra experiencia y nuestro caso pueden ser una buena ilustración, una buena manera de participar, en debates que están en el centro de la vida política y social europea. Por ejemplo, el debate sobre las relaciones entre identidad y globalidad, entre tradición cultural y modernidad económica y política. En esto tenemos experiencia y nos parece que la podemos aportar. También tenemos experiencia en otra cosa. Catalunya tiene hoy siete millones de habitantes. Empezó el siglo XX con dos millones. Este crecimiento se ha producido fundamentalmente gracias a la inmigración, a la llegada de personas nacidas fuera de Catalunya, con una inmigración alta y una natalidad baja. Una prestigiosa demógrafa calculaba que sin la llegada de gente de fuera, sólo por crecimiento vegetativo, los catalanes seríamos hoy sólo dos millones y medio. Tuvimos una fuerte inmigración del resto de España y ahora tenemos una muy considerable inmigración de todo el mundo, fundamentalmente del Magreb y de la América Latina, pero también de la Europa del Este y de Asia. Durante muchos años, Catalunya ha ido construyendo un modelo teórico y práctico de acogida de las personas que venían de fuera, hasta ahora con éxito, aun cuando somos conscientes de que los éxitos del pasado no son por ellos mismos una garantía absoluta de los éxitos en el presente y en el futuro. Pero creemos que también vale la pena aportar esta reflexión. Porque, al fin y al cabo, muchos nos preguntan: ¿por qué quieren ustedes más autonomía, más poder político para Catalunya, mejor control de los recursos económicos propios? ¿Por qué queremos un nuevo Estatuto? Y una parte de la respuesta, y no la menos importante, es para mantener y consolidar este modelo de cohesión social que hasta ahora nos ha ido bien, a veces en circunstancias muy difíciles, más difíciles incluso que en las actuales.
Situación polarizada Empezamos, pues, por las consideraciones coyunturales. La política española vive hoy una situación polarizada, con un alto nivel de tensión, en la que a menudo las referencias a Catalunya y a sus peticiones de autogobierno son más la excusa que no la verdadera causa de fondo de un duro enfrentamiento entre Gobierno y oposición. El Partido Popular, que se considera desplazado del poder por la oleada de indignación popular y por la catarsis colectiva que provocaron los atentados de Madrid del 11 de marzo de 2004, tiene la sensación -en apariencia- de que el malestar respecto a algunas acciones del Gobierno socialista pueden provocar una oleada, en este caso, contraria al Gobierno socialista. Por otra parte, dentro del partido socialista hay voces muy diversas, algunas claramente implicadas en un proyecto de profundización democrática y de reconocimiento del pluralismo nacional dentro del Estado, y otras absolutamente contrarias a estos planteamientos. El resultado es un clima político crispado, donde algunos temas que ahora parecía que habían sido superados como motivos de enfrentamiento ideológico -como por ejemplo la cuestión religiosa- vuelven a situarse con fuerza sobre el tablero, en una voluntad de erosión mutua. Convergència i Unió es, desde la muerte de Franco, un factor de estabilidad y de moderación en la política española. El nacionalismo catalán -así lo reconocen todos los estudiosos- ha significado en este periodo un factor de modernización del Estado, de europeización y de superación del antiguo clima de guerra civil, que el franquismo alargó, en parte, hasta los años setenta. Las contribuciones del nacionalismo catalán, y de Convergència i Unió en concreto, han sido positivas y eficientes. La figura del presidente Pujol está reconocida en todas partes como una de las más importantes de la transición y del primer periodo democrático. Casualmente o no, este periodo actual de crispación de la vida política española y de renacimiento de una dialéctica dónde derecha e izquierda topan sin la amortiguación de un centro político consolidado, ha coincidido con la salida del gobierno de Catalunya de Convergència i Unió y con un periodo en el que nuestra fuerza política no ha sido llamada a participar en las mayorías parlamentarias de las Cortes españolas. Nuestra vocación ha sido siempre dar estabilidad y quitar crispación a la política española, sin renunciar a nuestros objetivos de incremento de autogobierno de Catalunya, que han sido, durante muchos años, compatibles perfectamente con esta aportación de estabilidad y de moderación. Convergència i Unió ha sido siempre un factor de equilibrio, un elemento que ha ayudado a centrar las políticas catalana y española. En un momento en el que la una y la otra sufren la ausencia centrista, en un momento de polarización, de crispación, muchos ciudadanos -catalanes, pero también no catalanes- añoran, sin duda, ese papel moderador. Solamente añadir que Convergència i Unió está dispuesta a jugarlo sin renunciar a sus principios. Pero les decía que esta es una reflexión de coyuntura. Vayamos, pues, a las reflexiones de más fondo. El catalanismo que representa Convergència i Unió no ha sido nunca ni nostálgico ni reactivo. Es un proyecto de modernidad, la apuesta por una fórmula que creemos que nos ayuda a resolver problemas contemporáneos y problemas que no tenemos exclusivamente nosotros.
El valor del trabajo Catalunya es una de las pocas zonas de la Europa del sur que ha hecho la revolución industrial. La hizo en el siglo XIX, después de unas potentes transformaciones económicas que ya arrancaron a finales del siglo XVII, y la hizo casi por sorpresa. Catalunya no tiene materias primas, no tiene fuentes de energía propias, no tenía ninguna de las condiciones materiales que hacían falta para la revolución industrial. La hizo porque existía una mentalidad, un sistema de valores, que era proclive a ello. Una cultura -a veces casi calvinista- del esfuerzo individual, del valor del trabajo, de la necesidad del ahorro y la austeridad. Catalunya tiene un esplendoroso pasado medieval, quizás el primer parlamentarismo europeo, la capitalidad de un reino que llegó hasta Sicilia, hasta Nápoles, incluso hasta Atenas. Pero no era en el siglo XIX un fantasma medieval. Era un país industrializado, con una mentalidad mercantil y comercial, que valoraba el trabajo y el esfuerzo. El nacionalismo catalán desde el siglo XIX nace de una cosa y de la otra. De la memoria del pasado medieval, de la lengua y la cultura que nos legaron, de la historia diferenciada. Pero también de una dinámica económica específica y de unas necesidades, de autogobierno y de gestión de los propios intereses, plenamente modernas. Cuando el catalanismo pide preservar la identidad catalana, transformada y reformulada por una extraordinaria revolución demográfica basada en la inmigración a lo largo del siglo XX, no está pidiendo la resurrección de un fósil histórico. Está buscando la manera de conservar un modelo de armonización de la identidad y de la modernidad, de la tradición y del progreso económico. Ha habido un modelo catalán. Existe todavía. Catalunya ha sido en el siglo XX un país de una enorme potencia cultural. El país de Gaudí, de la formación de Picasso, de Miró, de Dalí, de Tàpies. El país que ha mantenido su lengua y su cohesión social en un siglo de gran inmigración. El país que ha liderado la transformación económica de España hacia una potencia industrial y la transformación política de España hacia una democracia consolidada. Pero para hacer esto, y para continuar haciéndolo, hacen falta unas determinadas condiciones. Estas condiciones para la cohesión social pueden resumirse en dos: progreso e identidad. El modelo catalán exige, ha exigido hasta hoy, para crear buenas plataformas de aterrizaje a los recién llegados, para cohesionar gentes de procedencias diversas en una misma sociedad, un progreso económico constante y la pervivencia de una identidad fuerte, que actúa de factor de cohesión. La fuerte personalidad catalana, su lengua, su cultura, sus valores, han ofrecido un tronco central al país en el cual se han podido injertar otras tradiciones, otras maneras de expresarse y de vivir, que han querido compartir un espacio público, una plaza común.
Un modelo de cohesión social Es algo que ha funcionado. No sabemos, si continuará funcionando en el futuro, pero ha funcionado hasta ahora. Por lo tanto, cuando pedimos los instrumentos para salvaguardar la lengua propia, el tronco cultural común, la identidad de referencia, lo hacemos también porque forma parte de nuestro modelo de cohesión social. No es un modelo jacobino fundamentado en el uniformismo. No pretendemos asimilar. Tampoco es un modelo de convivencia sin mezcla, de puro relativismo cultural. Es un modelo mixto y complejo, que precisa cimentarse en una identidad fuerte. Pero la cohesión social necesita, sobretodo, progreso. Progreso colectivo y progreso individual. A Catalunya ha venido gente de fuera durante ciento cincuenta años, porque sabían que mejorarían sus vidas y las de sus familias. Ha sido así. Hasta hoy, en Catalunya el ascensor social ha funcionado. Les podría dar centenares de ejemplos. En la economía, en la cultura, en la política catalana son casi mayoría las personas situadas en lugares importantes que han nacido fuera de Catalunya o son hijas o nietas de personas que llegaron de fuera. El ascensor ha funcionado, porque Catalunya es una sociedad extremadamente flexible, muy poco estamentista, muy meritocrática en su funcionamiento cotidiano. Esto no es una cuestión de política, es una cuestión de valores. Lo fue incluso durante el franquismo; pese al franquismo. Pero ha funcionado porque ha habido progreso general, porque la economía ha ido bien, porque se han creado empresas, porque muchas de estas empresas han crecido, porque se ha creado riqueza y se ha repartido. Si el modelo exige identidad y progreso -y un ascensor social eficaz-, necesitamos los sistemas para garantizarlos. Hoy Catalunya sufre un déficit fiscal sin equivalentes en Europa que absorbe muchos de los recursos que hacen falta para mantener nuestro progreso y para actuar de locomotora económica de España. Cuando en el Estatuto de Catalunya pedimos más autogobierno, mejor financiación, menos déficit fiscal, más capacidad de decidir, lo hacemos para continuar manteniendo nuestro modelo de cohesión social y de progreso que ha resultado ser bueno para Catalunya y bueno para España. Hoy, algunas carencias en infraestructuras, un drenaje excesivo de recursos en nombre de una solidaridad que estamos dispuestos a mantener, pero que se ha de articular de una manera satisfactoria para todo el mundo, se pueden convertir en corsés del modelo catalán. Si no podemos decidir qué nos hace falta y no tenemos los recursos necesarios para llevarlo adelante, nuestro modelo puede entrar en crisis en perjuicio de todo el mundo. Me parece que las cuestiones de las que les he hablado no son, por decirlo de alguna manera, particularismos románticos de los catalanes. Estoy convencido de que los grandes temas de los que hablamos los catalanes, los grandes temas que inspiran las posiciones de Convergència i Unió, son de carácter universal: cómo compaginar identidad y globalización, cual debe ser el papel del Estado y cuales sus límites, hasta qué punto es sostenible un Estado de bienestar, cómo garantizamos la cohesión social en unos países en los que conviven personas que proceden de mundos de referencia muy diversa... Hace muy pocos días, en Barcelona, di una conferencia en la que aposté por la asociación entre la sociedad civil y la administración pública para hacer progresar este proyecto renovado de país. Fue un llamamiento a la libertad y a la responsabilidad. No existe la una sin la otra. No puede haber una sociedad creativa, justa, equitativa, sin una administración pública que no lo crea así, y sin unos ciudadanos suficientemente libres y responsables para asumir esta tarea. De esto hablé. Y por eso hablé de la libre elección de servicios públicos, y por eso hablé de prestación garantizada.
Experiencia de interés general Por eso nosotros seguimos con una atención extraordinaria lo que pasa en el mundo que nos es más próximo, lo que pasa en la Gran Bretaña, lo que ha pasado en Francia. También lo que pasa en un mundo más lejano, pero que afecta directamente, a nuestras empresas y, por lo tanto, a nuestros ciudadanos, como sucede con lo que pasa en China o en los Estados Unidos. Por eso nos gusta también explicar cómo vemos, desde Catalunya, estos grandes debates del mundo occidental. Porque tenemos la sensación de que lo que se ha hecho en Barcelona, lo que se ha hecho en Catalunya, merece algo más que la curiosidad ante del exotismo. Merece la consideración de una voz y de una experiencia, presentada con humildad, pero también con convicción, que nos ha sido útil a nosotros y que puede ser de interés de todos. Hay que tener el coraje de mirar hacía Catalunya con ojos renovados. Yo sé que la imagen que se tiene de nosotros pasa demasiadas veces por Madrid. Quiero decir que pasa por corresponsales de medios destacados en Madrid y que tienen un acceso limitado a la realidad catalana. Yo quiero invitarles a conocer el rol que hemos tenido y tenemos los catalanes en la modernización de España y, por tanto y en cierta medida, si me lo permiten, en hacer posible una Europa en la que, eso sí, a todos se nos considere tal y como somos. No somos unos recién llegados, ni unos simples románticos, como decía hace un momento. Somos gente que ha construido su proyecto político a partir de “como si” pudiéramos hablar de tú a todas las naciones de Europa y del mundo. Y para hacerlo hace falta estar dispuesto a jugar al nivel de la Champions League, hablando y trabajando “como si” fuéramos uno más, sin pelos en la lengua, pero haciéndolo desde los marcos institucionales posibles. Queremos ser como somos, porque, sabemos que así ofrecemos a Europa un modelo que la hace posible, que la mejora, que incrementa su valor. Queremos ser como somos para fijarnos en los que lo hacen mejor que nosotros. Queremos ser cómo somos porque tenemos derecho. Y, a partir de todo esto, queremos contribuir a la libertad y a la justicia de las personas y de las naciones en la medida de nuestras muy limitadas fuerzas, claro está. Por eso es tan importante que hoy les haya podido dirigir estas palabras. Artur Mas. Conferencia pronunciada en la London School of Economics el 30 de noviembre de 2005. (1)
“Conseller en cap” es el equivalente a Primer Ministro
del Presidente del Gobierno.
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