El catalanismo, energía y esperanza para un país mejor

Artur Mas


 
Comenzaré con una obviedad que considero necesaria: esta conferencia la hace un secretario general de un partido político, Convergència Democràtica de Catalunya. Un partido nacionalista catalán. No me escondo, ni pretendo confundir ni engañar a nadie; al contrario, me siento muy orgulloso.
 
Una segunda consideración, tal vez no tan obvia para algunos, es que tengo la firme determinación de volver a ser el candidato a la Presidencia de la Generalitat. La decisión no me corresponde pero quiero ser plenamente honesto en la declaración de mis intenciones: todo el mundo tiene derecho a juzgarme por lo que digo y por mis acciones, por lo que soy y por lo que pretendo ser. Tampoco me escondo.
 
Entonces, ¿por qué detrás de mí no figuran las siglas de un partido o de una formación política? Que estuvieran podría parecer más claro o más transparente. La razón, en cambio, es bien sencilla: lo que quiero explicar trasciende, va más allá, de un partido político, y no es necesario decir que trasciende aún más la propia persona. Quiero mucho a Convergència, y me siento plenamente identificado, pero antes que convergente soy catalanista, y antes que catalanista, catalán. Dicho de otra forma, ser de Convergència -y de Convergència i Unió- es mi manera de comprometerme con el catalanismo, y ser catalanista es mi manera de comprometerme con mi país y con mi única patria, que es Catalunya.
 
Es desde esta vivencia y desde este compromiso que quiero hacer una invitación a la sociedad catalana, y ante todo a aquellas personas que comparten la inquietud y la voluntad de construir la nación catalana, de repensar, actualizar, poner al día y, por tanto, en buena medida de refundar el catalanismo como fuente de energía y puente de esperanza para una Catalunya mejor. Como toda invitación, ésta también tiene un carácter abierto e integrador, y no excluyente ni cerrado.
 
Lo que les explicaré no pretende ser ningún dogma de fe, pero sí marcar un itinerario y un horizonte para los próximos años.

Un itinerario y un horizonte que van más allá de unas elecciones, las que sean.
No es necesario decir que trascienden de mucho las elecciones a las Cortes del próximo mes de marzo.
 
Sé que asumo un riesgo de proporciones considerables y de dimensión desconocida. En la medida que soy un político en activo y represento la primera fuerza de nuestro Parlament, nuestros adversarios -que no son pocos ni poco poderosos- tienen derecho a no ponerlo fácil. La ambición de nuestro propósito es grande; grande ha de ser también el riesgo que corremos. Por lo que me corresponde, que no es menor, asumo el riesgo como siempre lo he hecho: huyendo tanto de la imprudencia como de la comodidad. La imprudencia conlleva al precipicio, y la comodidad al conformismo y al estancamiento. Y yo no quiero, para mi país, ni una cosa ni la otra.
 
Hechas estas consideraciones, que me parecían obligadas para situar las coordenadas de la iniciativa que emprendo, quisiera hacer una primera afirmación: el catalanismo nacido a mediados del siglo XIX, desarrollado en el primer tercio del siglo XX e intensificado en el último cuarto del mismo siglo, ha sido una historia de éxito. El éxito se mide siempre en función de la consecución de unos propósitos iniciales. El catalanismo, en gran medida, ha conseguido lo que se propuso hace unos 100 o 150 años. Y lo ha hecho entre enormes dificultades, que en algunos momentos podrían parecer insalvables. Pero lo ha hecho, que es lo que cuenta. Un breve resumen ayudará a tener conciencia de ello.
 
El catalanismo pretendía tres grandes objetivos:

  • la pervivencia de la nación catalana
  • la recuperación de nuestras instituciones de autogobierno
  • el progreso económico y social de los catalanes. Es decir, la modernización del país y el bienestar de la sociedad.

Tres grandes apuestas, tres buenos resultados

No es cierto, por tanto, que cuando el catalanismo se propone objetivos ambiciosos no se pueda alcanzar; es cierto, en cambio, que el esfuerzo es ingente y los términos extenuantes. Cuesta mucho, y requiere mucho tiempo.
La historia demuestra que ni el desánimo ni la impaciencia son buenos compañeros de viaje del catalanismo.
 
No se puede esconder que la nación, el autogobierno y el progreso tienen amenazas alrededor. En cambio, solamente puede estar amenazado aquello que existe. Después me referiré, porque explicar cómo seguir avanzando en estos ámbitos es el nervio central de mi intervención.
 
Pero antes es necesario recordar que para conseguir sus principales objetivos el catalanismo había formulado un horizonte que parecía tan utópico como inalcanzable: ver una España democrática, europea y próspera. Es decir, regenerar España. Visto desde la perspectiva de la propia historia de España, la aventura se presentaba en enormes proporciones. La España de hace cien años era un Estado decadente, desnortado, prisionero de sus propias debilidades y de sus miedos.
 
Pero el Estado español existía y, como se demostró tristemente durante muchos periodos del siglo pasado, estaba dispuesto a utilizar toda su fuerza, también la de las armas, para conseguir doblegar, domesticar y dominar las aspiraciones de libertad y de autogobierno de los pueblos que componían, con Catalunya al frente. España había perdido sus colonias exteriores, pero no estaba dispuesta a perder sus ‘colonias internas’. El catalanismo sabía que en aquellas condiciones era prácticamente imposible el progreso de la nación, la recuperación del autogobierno y el proceso de modernización que Catalunya había comenzado con energía, trabajo y creatividad.
 
Pues bien, el sueño de esa España que parecía irrealizable hoy en día es una realidad. España es suficientemente democrática como para cambiar gobiernos por la fuerza de los votos y no por la de las armas, suficientemente europea como para haber sustituido la peseta por el euro, y suficientemente próspera como para tener una de las esperanzas de vida más altas de todo el mundo.

Solamente es necesario recordar las aspiraciones de personas como Pi i Margall, Valentí Almirall, Francesc Cambó, Prat de la Riba, Francesc Layret, Francesc Macià o Lluís Companys y compararlas con la realidad de hoy para entender la magnitud del cambio que ha vivido y experimentado el Estado.

Intentemos mirar esta transformación con ojos de esa gente que murió sin ver lo que nosotros vivimos, aunque solamente sea para comprender y captar la trascendencia del que se ha hecho.
 
Por tanto, el catalanismo también ha tenido éxito en la regeneración de España. Es necesario decir que en este terreno el catalanismo no ha estado solo, sino que ha colaborado con todo tipo de personas, de iniciativas y de estamentos de todo el Estado que han sido co- protagonistas de esta transformación positiva.
 
Podríamos decir, sin exageración, que el catalanismo ha hecho los deberes que se había auto impuesto hace más de un siglo. Y en términos generales, los ha hecho bien. Aunque para ser justos hemos de decir, con el riesgo de ser mal interpretados o sobre interpretados, que también en nombre del catalanismo se han dicho muchas animaladas, se han cometido errores e incluso se ha hecho el ridículo en más de una ocasión. Ahora bien, con todas sus contradicciones internas, sus debilidades estructurales, y las limitaciones de su carácter colectivo, se puede afirmar que sin el catalanismo, y por tanto sin los catalanistas, Catalunya sería más una región de España que una nación de Europa, tendríamos un gobernador civil y no una Presidencia de la Generalitat, y muy probablemente no hubiéramos sido el motor económico ni modelo de cohesión social. Y dicho con menos rotundidad pero con suficiente firmeza, sin el catalanismo, y sin los catalanistas, España no habría vivido con la misma profundidad los cambios positivos que ha experimentado.
 
Y si algún pesar nos queda es comprobar que en la piel de toro predomina más el odio que la concordia, y la intolerancia que el respeto. En muchos aspectos, España se ha regenerado. En otros, simplemente degenera. El clima político es un buen ejemplo. La incomprensión hacia Catalunya, también. 

 

El catalanismo ha hecho los deberes

Como conclusión de estas primeras reflexiones, les diré que si el catalanismo ha hecho los deberes que se les ha impuesto, y ha conseguido en alto grado sus propósitos fundacionales, una de dos: o liquidamos la fundación, o refundamos los propósitos. Ustedes, que son personas perspicaces, ya comprenden que nuestra conducta pretende refundar los propósitos.
 
Permítanme que lo dibuje con un amplio trazo: el catalanismo está viviendo una etapa de perplejidad, pero al mismo tiempo constituye el único elemento capaz de movilizar las energías y las esperanzas del pueblo catalán. Cuando hablo del pueblo catalán, hablo de más de siete millones de catalanes. Hace pocas semanas se conmemoró el 30 aniversario del retorno del President Tarradellas, y todos recordamos aquellas palabras imborrables que pronunció desde el balcón del Palau de la Generalitat: ‘ciutadans de Catalunya, ja sóc aquí’.

Treinta años después creo que hemos de dirigirnos a nuestros compatriotas más como catalanes que como ciudadanos de Catalunya, si como después les comentaré uno de los mayores retos del catalanismo de cara al futuro es la plenitud nacional de nuestro país, la vivencia plena de la nación.
 
De la misma manera, entiendo que es necesario poner al día la brillante definición que el President Pujol hizo hace años de la condición catalana: catalán es todo aquel que vive y trabaja en Catalunya, y quiere serlo. Hoy en día, éste concepto de trabajo como el del territorio ha cambiado mucho, y más aún cambiará.
 
Con la globalización, muchos catalanes acaban viviendo y trabajando fuera de Catalunya; y muchos extranjeros vienen a Catalunya y se quedan a vivir, pero no siempre para trabajar. En este sentido, propongo una definición del tipo: es catalán quien lo siente, o quien vive en Catalunya y quien quiere serlo. El sentimiento de arraigo es más importante que la condición administrativa de vivir en un territorio. Y en cualquier caso, la voluntad de ser catalán es el elemento más determinante.
 
Vuelvo al comentario sobre la perplejidad del catalanismo. No nos ha de sorprender que sea de esta manera, ni nos ha de decepcionar. Cuando has dado muchas respuestas durante muchos años, y la sociedad a la cual sirves te pide nuevas respuestas y no las tienes del todo, puedes quedar perplejo.

Sabes que no te puedes parar, pero no sabes exactamente qué camino escoger.
 
Alguien puede pensar que expresándome en estos términos estoy más pendiente de describir situaciones personales o de partido que de país. No se equivoquen. Todo el que haga una reflexión honesta desde una óptica catalanista sabe que el catalanismo, desde cualquiera de sus expresiones, no da suficientes respuestas hoy en día para aglutinar a una mayoría compacta de catalanes. Si el catalanismo diera plenamente estas respuestas, Catalunya viviría un clima de confianza y de autoestima, y no una sensación de resignación y silencioso aletargamiento. Los catalanes hemos pasado de tener muchas de las soluciones, a la sensación de necesitarlas. Todo un reto para el catalanismo, que no podemos eludir.
 
Y que hemos de superar. Solamente poniéndonos todos a remar todo el mundo, podremos salir de el embarrancamiento en el que nuestro país se encuentra. Afortunadamente, hay una gran efervescencia de personas y de movimientos que buscan el camino para hacer volar el espíritu y los anhelos del pueblo catalán.

 

Liderar al conjunto de la sociedad
 
Como les decía, solamente puede venir la solución del catalanismo. El centralismo español, de derechas o de izquierdas, tiene mucha fuerza en el Estado, pero poco discurso para liderar Catalunya, afortunadamente. Los conservadores, de derechas o de izquierdas, aunque manden no convencen a nadie. Otras opciones minoritarias, no tienen ni suficiente peso específico ni un proyecto entero de país para liderar el conjunto de la sociedad.
 
El catalanismo sí puede aspirar a sumar esta masa crítica de catalanes.
 
Ante todo si se presenta con sus mejores cartas:

  • quiere el país por encima de la ideología. La construcción del país por encima de las derechas o izquierdas.
  • Espíritu renovador y modernizador por encima del conservadurismo.
  • Confianza en la persona y en la sociedad por encima de los poderes públicos.
  • Mentalidad abierta y proyección al mundo por encima de una mirada cerrada y poco ambiciosa.
  • Valores y actitudes de compromiso por encima de la cultura de la desvinculación o del egoísmo particularista.

Es urgente que prevalezcan estas cartas si queremos que el juego mejore. Catalunya lo necesita.

Si el catalanismo ha sido el gran motor de propulsión del país, con éxitos contrastados, y solamente el catalanismo puede actuar de revulsivo de cara al futuro, queda claro que corresponde al mundo catalanista en el sentido más amplio del término proponer un itinerario y un horizonte en el cual una mayoría sólida del pueblo catalán se pueda sentir reflejado.

Teniendo en cuenta los propósitos fundacionales del catalanismo expuestos anteriormente, propongo que la refundación se realice con las siguientes bases:

  • Allá donde el catalanismo buscaba la pervivencia de la nación, hemos de sustituirlo por la nación plena, por la vivencia de la nación en plenitud.
  • allá dónde había la apuesta por la modernización, hemos de hacer una apuesta por un país de vanguardia.
  • allá dónde se buscaba la regeneración de España, hemos de situar, además, Catalunya en el mundo. Construir la Catalunya global.
  • allá dónde se hablaba de autonomía o de autogobierno, hemos de hablar del derecho a decidir por nosotros mismos sobre aquello que nos es propio.

De hecho, propongo que el catalanismo constate sus éxitos pero que entienda y asuma que solamente con nuevas apuestas se podrá seguir escribiendo en el futuro una historia de éxito para Catalunya y para los catalanes.

La propuesta que hago, insisto una vez más, no pretende ser ni la única posible ni necesariamente la mejor. Si existen otras, las podremos contrastar.

A cualquier tipo de propuesta es necesario partir de la realidad del país que tenemos, de la Catalunya de carne y hueso; que se haga en base a una visión de conjunto de país, y no sólo de una pequeña o minoritaria parte; y que marque horizontes posibles a pesar que parezcan lejanos.
 
Yo procuraré seguir esta pauta. Entonces me gustaría entrar en los cuatro pilares que deberían ser base de soporte del catalanismo que propongo.
 

Catalunya: una nación plena
 
A menudo hablamos de plenitud nacional cuando nos referimos a la aspiración del más alto grado de autogobierno o de soberanía. En cambio, considero que la nación plena la hemos de asociar a la idea que la sientan suya todos o prácticamente todos los catalanes. Debemos de reconocer que estamos lejos de este objetivo, y que no es fácil alcanzarlo. Sería bueno no olvidar que se trata de un objetivo determinante, sin el cual muchos planteamientos que se hacen no serían viables. Los catalanistas, tanto los que quieren convertir España en un Estado plurinacional como los que quieren un Estado propio para Catalunya, hemos de agendar y priorizar otra vez el trabajo que podríamos llamar hacer Catalunya adentro. Es decir, ocuparnos de la inmensa mayoría de los catalanes que se sientan catalanes y vean Catalunya como su país, el de sus hijos y el de sus nietos. En este sentido, ahora nos encontramos en una situación más frágil que hace diez años, como consecuencia de la fuerte ola inmigratoria, pero también por el nuevo empujón y desacomplejamiento de la nación española. Para muchos catalanes, España se ha hecho más atractiva, y Catalunya menos. En lugar de avanzar hemos dado un paso atrás. 
 
Y no solamente necesitamos avanzar de nuevo, sino que es necesario completar el trabajo que iniciaron hace décadas los precursores del movimiento catalanista.
 
En cambio, el sentimiento de arraigo a una comunidad nacional no se puede imponer, es de libre elección. Por tanto, el único camino para alcanzar la nación plena es hacer de Catalunya un proyecto atractivo. Atractivo para las personas individualmente consideradas.

 

¿Qué puede hacer atractiva nuestra nación?
 
En primer lugar, la cultura, en la concepción más amplia del término. En la piel de los catalanes de hoy en día hay la huella de más de mil años de cultura acumulada. Igual que las capas geológicas de un terreno se superponen las unas a las otras, el poso cultural se deposita en los seres humanos. No somos
conscientes en nuestro día a día de ello, pero los sedimentos culturales acumulados durante generaciones dan forma a nuestra manera de ser y de actuar.
 
Necesitamos que nuestra cultura pase de la resistencia a la seducción. La identidad catalana tiene una matriz fundamentalmente cultural; de hecho si Catalunya ha prevalecido como nación es gracias a la tenacidad de no abandonar sus referentes culturales y su lengua. Igualmente importante es
reconocer la densidad y la calidad de nuestro patrimonio cultural: la lengua catalana, minoritaria pero no menor, ya que se trata de uno de los idiomas más ricos del mundo; la creación literaria y artística en general, con muchos referentes de prestigio internacional; la arquitectura y el diseño; la gastronomía;
las manifestaciones deportivas; la cultura tradicional y popular.
 
Tenemos, si nos lo proponemos, muchas cartas de seducción cultural. Utilicémoslas como imán para atraer el sentimiento de muchos conciudadanos hacia la nación catalana. Siendo conscientes, eso sí, de que la composición demográfica de la Catalunya de hoy en día comporta que muchos catalanes
tienen otras culturas compartidas con la propia de Catalunya. Así mismo, la cultura catalana, por su atractivo, es la que debe iluminar el sentido de arraigo del conjunto de los catalanes, igual que la luz de un faro guía la entrada de un barco en un puerto. La cultura catalana no es la única que convive en
Catalunya, pero ha de ser la que una, la que mejor pueda soldar el arraigo de los catalanes a un proyecto común.  

En segundo lugar, nuestra nación se puede hacer más atractiva por la capacidad de ofrecer oportunidades de promoción a las personas. Por eso es tan decisivo reavivar en Catalunya el espíritu emprendedor y el valor del esfuerzo individual. La sociedad catalana no es una sociedad de castas y de
capas sociales rígidas, sino que es una sociedad de ósmosis y de movilidad social. Haríamos bien en no olvidar que este rasgo configura una parte de la identidad catalana que más nos distingue en positivo. El valor del esfuerzo, del mérito y de la autoexigencia nos ha hecho prosperar como catalanes mucho más que ningún programa de subvenciones o incentivos fiscales.

No perdamos de vista esto si queremos a nuestra nación más atractiva.
 
En tercer lugar, es necesario recuperar otra dimensión de la identidad catalana: la calidad de país, aquello que nos distingue por el bien hacer, el gusto por el trabajo bien hecho. En estas semanas de despropósitos en la ejecución de la obra pública, de socavón y de disparates de todo tipo, puede parecer un sarcasmo situar la calidad del trabajo como uno de los signos distintivos de los
catalanes. No obstante, de esta manera ha ocurrido durante décadas. Muchos catalanes, nacidos aquí o fuera de aquí, se han identificado con el país por el orgullo que les merecía sentirse unidos a una comunidad que se distinguía por su capacidad de hacer las cosas mejor.
 
Pues bien, los catalanistas hemos de reintroducir en el imaginario colectivo de Catalunya la prioridad de la calidad como sello propio y como elemento atractivo para identificarse con la nación catalana. Gobernar bien también significa esto.
 
En cuarto y último lugar, la pertenencia a la nación catalana debe nacer del conreo de aquello que podríamos llamar las virtudes cívicas de los catalanes. Tolerancia, espíritu solidario, sentido de la justicia, compromiso con el bien común, sentido de la responsabilidad, conforman un conjunto de virtudes cívicas que se han impuesto por encima de los defectos del pueblo catalán. Si situamos estas virtudes en el frontispicio de nuestra fisonomía colectiva, ayudaremos a mucha gente a sentirse integrados en una sociedad que vale la pena, no sólo por su cualidad técnica o estética, sino también por su intrínseca calidad humana. 

El alma de la nación
 
Dejadme resumirlo de la siguiente manera en una sola frase: el catalanismo debe ocuparse del alma de la nación. En el mundo catalanista hay muchos debates abiertos, pero ninguno de ellos sobre el alma de la nación, que es aquello que la engrandece, la hace próspera, sentida y querida. Y quiero recordar que hay muchas naciones sin  Estado, pero pocos Estados sin nación.
 
El catalanismo debe conseguir definitivamente que todos los catalanes, o como mínimo una mayoría muy significativa de ellos, se identifiquen con la nación. Esto es el que nos dará la fuerza y la legitimidad moral para reclamar todo aquello que nos corresponde como pueblo. Pero para convencer puertas a
fuera, primero hemos de convencer puertas adentro. Y éste es un trabajo que corresponde a los que nos dedicamos a la política, pero que va más allá de la política. Todo el mundo que tenga un sentido y un sentimiento de país debe poner su grano de arena. A menudo puedes tener la sensación que tu grano de arena es tan insignificante que no sirve de nada. Recordad que millones de granos de arena muy pequeños acaban formando una playa. Y que sin ellos, la playa no existiría.
 
Para concluir este capítulo sobre la plena nación, quisiera realizar una breve aproximación a la inmigración extranjera, por su impacto sobre la Catalunya actual y por las consecuencias que se puedan derivar de ello.

  • Catalunya como nación, y los catalanes como pueblo y como cultural tenemos derecho a preservar, fortalecer y proyectar los valores de nuestra civilización y de nuestra catalanidad. Los catalanes hemos de defender estos derechos si queremos que Catalunya no se convierta
    simplemente en una confederación de etnias indiferentes.
  • Ninguna sociedad tiene una capacidad ilimitada de absorber y de integrar personas que vienen de fuera. Catalunya tampoco. Cuando el lecho de un río se desborda, no puede esperarse nada positivo. Toda sociedad tiene derecho a señalar los límites de su capacidad de integración. Catalunya también.
  • No hay soluciones mágicas para conseguir un mayor control de flujos y una plena y rápida integración de los inmigrantes, pero se pueden tomar medidas para que todas ellas sumadas ayuden a ser mucho más eficaces. Por ejemplo, selección y formación inicial de los inmigrantes en los países de origen, control policial y presión judicial sobre las mafias que trafican con personas, aceleración de los permisos de los inmigrantes con contrato de trabajo, vigilancia de la contratación ilegal, control de padrones municipales para que no se facilite la residencia ilegal, limitación del reagrupamiento familiar por vía legal, medidas urbanísticas para evitar la concentración en determinados barrios, pueblos o ciudades, medidas legales para evitar la sobre ocupación de viviendas. I por encima de ello, contrato social de los inmigrantes con la sociedad de acogida. Un contracto de derechos y de deberes, reconociendo incentivos para aquellos inmigrantes que se esfuercen e integren realmente. El inmigrante que realiza un esfuerzo de integración debe ser reconocido.
  • La inmigración nos lleva a una sociedad catalana más plural. Pero plural no significa dispersa. O no habría de significarlo. Por ejemplo, la libertad religiosa marca la libertad y diversidad de culto; pero no puede conducir a dispersión legal. Las leyes y las normas son iguales para todos, y no
    se pueden alegar diferencias culturales por para incumplirlas. Una mujer inmigrante, por el hecho de ser mujer, no puede tener menos derechos o dejar de cumplir ciertos deberes. Para entendernos, en nuestra casa no hay leyes y derechos a la carta. Por otro lado, el catalanismo es el único movimiento que garantiza que diversas personas, incluso de orígenes culturales muy distantes, compartan un sentido de pertenencia y un mínimo proyecto común. Sin este proyecto común, los catalanes acabaríamos sintiéndonos forasteros dentro de nuestra casa. De nosotros depende que esto no sea así.

Si la nación plena es el primer gran reto del catalanismo, el segundo es qué modelo de país queremos construir.

 

Catalunya: un país de vanguardia
 
Hay que tener presente que el catalanismo es también fuerza de dinamización, motor de cambio y de innovación de la sociedad catalana.

El catalanismo ha pretendido que Catalunya fuera no simplemente un país más sino un país que mereciera la pena y que destacara por su calidad y por su modernidad; en buena parte, lo ha ido consiguiendo.
 
Por tanto, habríamos de plantear el nuevo desafío con los siguientes términos: de la Catalunya relativamente moderna a la Catalunya de vanguardia.
 
Irlanda y Finlandia son países relativamente pequeños, como Catalunya; sin grandes recursos, como Catalunya; sin un gran poder, como Catalunya; pero son países que caminar hacía la vía de la calidad y de la excelencia, más que Catalunya. Solamente hace 20 años hubiera sido imposible poner estos dos ejemplos: hoy en día se habla de ello, y mucho. Vivimos en un mundo en el cual no es necesario ser poderoso ni grande para destacar. Catalunya tiene una oportunidad para situarse entre las naciones que destacan por su excelencia. El catalanismo no puede dejar pasar esta oportunidad.
 
De igual manera, por el hecho de repetir retóricamente que queremos ser un país de primera lo conseguiremos. Si de verdad lo queremos ser, es necesario abordar algunas transformaciones, tan decisivas como en parte incómodas por su complejidad. 

Os daré mi visión, sobre entendiendo que lo que voy a decir nada tiene que ver con un programa electoral de mesuras concretas. Sólo aspiro a que se entienda la idea de fondo.

  • La primera gran transformación es el modelo educativo. Volvamos a Finlandia: se la considera el ejemplo más exitoso. No obstante, ningún estudio solvente nos deja a nosotros bien parados desde el punto de vista del elevado índice de fracaso escolar o del rendimiento de nuestro sistema de educación en función de los recursos que se destinan. ¿Dónde está, entonces, el secreto, teniendo en cuenta que Catalunya puede presumir de justicia de una larga, innovadora y fecunda tradición pedagógica, a menudo asociada al catalananismo?

El secreto no es otro que el profesorado. Si queremos un sistema de educación de calidad, invirtamos en los profesores. Invirtamos mucho más en ellos que en su formación, tan inicial como permanentemente; démosles más autoridad en las aulas y más autonomía de funcionamiento.
Necesitamos profesores bien formados, bien pagados y bien respetados. Y en contrapartida, podremos exigirles buenos resultados. En definitiva, confiemos en ellos, dándoles buenos instrumentos de trabajo y exigiéndoles un alto rendimiento.

Invertir y confiar en los profesores es ayudarles a que puedan cumplir su misión, que consiste en ofrecer a nuestra sociedad la materialización de un viejo sueño de la humanidad: que cada generación sea mejor que la anterior. No hay misión más noble que ésta, ni más decisiva para el futuro de la humanidad.

Hay muchos discursos sobre el reto de la calidad del sistema educativa. Ahora bien, de poco sirven los discursos si no estamos dispuestos a repensar, sin apriorismos, las bases del modelo educativo. Y las bases afectan, por este orden, la misión de los educadores, la actitud de los padres y madres, y el funcionamiento de los centros y de los métodos de enseñanza.

Transformar el sistema educativo requiere una gran convicción porque supone luchar contra ciertos corporativismos, muchas inercias y muchos condicionamientos ideológicos. Ahora bien, si no se está dispuesto a luchar contra todo esto, podremos hablar de una educación de calidad, pero no la tendremos. Entonces, tampoco tendremos el país que queremos.

Hemos de respetar el derecho que las familias tienen a elegir libremente la escuela que quieren para sus hijos. Es un derecho constitucional y estatutario, el ejercicio del cual se convierte a menudo en una odisea o simplemente en un mal sueño. Ahora bien, también hemos de hacer
entender a las familias que la educación de nuestros hijos va más allá del sistema escolar, y que los primeros responsables de esta educación son los padres y las madres. La educación de un hijo, en circunstancias normales, se puede compartir pero no se puede delegar.

  • La segunda gran transformación que hemos de encarar si queremos un país de vanguardia es la vitalidad demográfica de Catalunya.

Un país que no apuesta por si mismo es un país que no cree en sí mismo. Y un país con la tasa de natalidad más baja es un país que no apuesta por sí mismo. Renovarse o morir: esto también vale para los países, incluso para las civilizaciones.
 
Si miramos la Catalunya de los últimos treinta años, podremos pensar que es un país que no acaba de creer en sí mismo. Hemos tenido, y tenemos aún, una de las tasas de fecundidad más reducidas de los países desarrollados; y si no la tenemos más baja es por el efecto de la
inmigración.
 
Una sociedad que no se renueva suficientemente no sólo declina, sino que acaba por no poder atender las demandas más elementales de su población. Tenemos y tendremos cada vez más gente mayor. Vivir más y vivir mejor es una de las grandes conquistas de nuestra civilización.
 
Así mismo, esta población de más edad tiene más necesidad de atención sanitaria y social, y tiene derecho a vivir con dignidad y con unos ingresos suficientes. Las personas mayores no se comportarán como gente pasiva, sino que se organizarán para presionar a favor de sus derechos y de sus necesidades.
 
Todo ello requiere que en Catalunya recordemos la recolecta ideológica que impide situar las políticas de natalidad y de apoyo a las familias como una auténtica prioridad social y de país.
 
Catalunya no puede contemplar con pasividad acomodaticia cómo el dinamismo demográfico procede casi exclusivamente de la inmigración extranjera. Es necesaria una reacción, porque si no la factura de esta pasividad la pagaremos, aunque sea a plazo medio.
 
El catalanismo ha de situar como valor social el hecho de la natalidad y como prioridad  política la ayuda a las parejas que quieran tener, adoptar o acoger hijos.
 
Una política de ayuda a través de un marco legal favorable, de equipamientos públicos y privados, de desgravaciones fiscales, de subvenciones directas a las familias para garantizar su derecho a escoger el servicio que deseen para el cuidado de sus hijos, de alargamiento de
permisos de maternidad o de paternidad, de racionalización de horarios, y de todas aquellas medidas que signifiquen un reconocimiento social a la decisión de tener hijos.

  • La tercera gran transformación ha de ser el modelo económico.

Pero de esto ya hablaré cuando me refiera a la Catalunya global.

  • La cuarta transformación en profundidad es la que afecta al nivel de infraestructuras y de equipamientos.

Si Catalunya quiere aspirar a ser un país competitivo y quiere apostar por la calidad y la excelencia, ha de disponer de un nivel de infraestructuras y de equipamientos de primera división. Es obvio que no lo tenemos. Es necesario ver que, actualmente, un país que no está bien conectado tanto de puertas adentro como de puertas a fuera, es un barco sin velas y sin motor: solamente puede ir a remos, a remolque o a la deriva sin rumbo.

Conscientes del déficit de infraestructuras que arrastramos, en el Estatut figura una cláusula por la cual el Estado se obliga a invertir en Catalunya durante siete años el equivalente a la aportación que Catalunya hace a la creación de riqueza de todo el Estado; un poco menos del 20%. Este compromiso está, no obstante, doblemente amenazado: por el recurso ante el Tribunal Constitucional, y por la actitud poco leal del gobierno español, a banda de su incompetencia crónica por ejecutar correctamente los presupuestos acordados.
 
En cualquier caso, lo que me interesa señalar de cara al propósito de hoy es que el catalanismo debe hacer un planteamiento definitivo sobre el tema de las infraestructuras porque se está convirtiendo en un auténtico cuello de botella que estrangula nuestro progreso como país y como sociedad. Un planteamiento que no puede ser otro que reclamar,
exigir y ejercer el derecho a decidir sobre las infraestructuras y los equipamientos de nuestro país. Después hablaré de ello más detalladamente.
 
El catalanismo ha de hacer, al mismo tiempo, un paso más: al lado del derecho de decidir nuestras infraestructuras de todo tipo, tenemos la obligación o el deber de decidir bien. Este derecho corresponde a los catalanes, y se ha de decir que no siempre lo cumplimos como debiera.
 
Decisiones importantes en materia de equipamientos y de infraestructuras se detienen o se eternizan dentro de Catalunya. Podría hacer una larga lista, pero no la haré por no perder el tono de proyecto positivo de la propuesta que les hago. Lo que quiero subrayar es que a parte de reclamar derechos tenemos que hacer los deberes. Y no puede suceder que habiendo mayorías sociales muy amplias a favor de las inversiones que se han de hacer, no se puedan encontrar mayorías políticas que permitan hacerlo realmente. Es un contrasentido más de la política catalana actual.
 
A Catalunya le es necesario, para poder avanzar, convertirse en un territorio-red: redes de abastecimiento de agua, de suministro energético, de telecomunicaciones, de túneles y carreteras, de metros y trenes, de puertos y aeropuertos, de regadíos, y de equipamientos de todo tipo: sanitarios, universitarios, científicos, tecnológicos, culturales, deportivos, sociales. Nos jugamos tres aspectos cruciales para el tipo de país que queremos: igualdad de oportunidades para cada territorio, calidad de vida y proyección en Europa y en el mundo.

  • La quinta transformación que hemos de afrontar es la relativa a la sostenibilidad.

Catalunya habría de enfocar este reto desde una triple visión: de presente, de futuro, y de universalidad. Es decir, las generaciones actuales tienen derecho a disfrutar del territorio que se les ha sido legado; tienen el derecho de preservarlo para las generaciones que vendrán después de las nuestras; y tienen también la obligación moral de contribuir a la sostenibilidad de todo el planeta.
 
Dejadme decir que los catalanes somos unos privilegiados porque disponemos de un país de una gran belleza natural llena de contraste. La estima por la naturaleza siempre ha formado parte de la trayectoria del catalanismo.
 
En este sentido, el catalanismo está en buenas condiciones para cercar un justo equilibrio entre desarrollo y sostenibilidad, y para entender y superar este reto, como mínimo por tres razones: la primera, porque si el territorio forma parte de la identidad del país significa que da sentido a la nación, y los catalanistas sabemos muy bien qué significa; la segunda, porque el catalanismo defiende la nación ahora y siempre, y por tanto no puede echar a perder ni disminuir el patrimonio que dejaremos a las futuras generaciones; y la tercera, porque una sostenibilidad posible y eficaz necesita un gran consenso social, y el catalanismo es la fuerza que puede garantizar esta transversalidad amplia y profunda, incluso más allá de la política.
 
La defensa de la sostenibilidad no puede ser patrimonio exclusivo de opciones políticas que difícilmente aporten una visión de conjunto de país. Por ello el catalanismo en sus expresiones más mayoritarias, también debe actuar como abanderado de la sensibilidad mediambiental, disponiendo de una posición propia sobre temas tan trascendentales como la mayor o menor ocupación del territorio, el diseño de las infraestructuras, el uso de la energía, la generación y la eliminación de residuos o la contribución de nuestro país en la lucha contra el cambio climático.

  • La sexta y última transformación que propongo, y en muchos sentidos la más importante, es la del Estado de bienestar.

Empiezo diciendo que un catalanismo sin vocación de justicia social equivaldría a un catalanismo sin alma. Y un catalanismo sin alma, simplemente no es catalanismo. 
 
Una afirmación tan rotunda podría parecer incluso exagerada. Pero no lo es, porque si la genuina razón de ser del catalanismo es la nación catalana, hay que tener bien presente que la nación son las personas antes que cualquier otra cosa.
 
Cuando tan a menudo se acusa al nacionalismo catalán de ocuparse solamente de la defensa de la identidad, se demuestra una gran ignorancia. Ya se sabe, sin embargo que no hay nada tan descarado ni tan atrevido como la ignorancia.  El catalanismo siempre lleva la semilla de la justicia y de la equidad social como fuerzas motrices para evolucionar hacia una sociedad más bienestante.  Se podría decir que el catalanismo lleva la semilla del humanismo. El otro día, un poco por casualidad, me encontré con una hoja del antiguo proverbio chino. Decía así: “cuando la vista no se bloquea, el resultado es la visión; cuando la mente no se bloquea, el resultado es la sabiduría; cuando el espíritu no su bloquea, el resultado es el amor.” Pues bien, si el espíritu del catalanismo es amar un país, una nación, una cultura, unos valores, una gente, ¿cómo se puede desatar todo esto de la defensa de la dignidad humana y de una sociedad de bienestar?
 
Por tanto el catalanismo debe de ser radical en la defensa y la mejora del estado del bienestar. Radical, también, en la lucha contra la pobreza, contra las mafias, contra la explotación humana, contra el tráfico de drogas o de personas, contra cualquier forma o expresión de indignidad humana.  
 
Sin embargo, como toda obra humana, el estado del bienestar necesita adaptarse al paso del tiempo; y desde el catalanismo hemos de tener el coraje y la honestidad de proponer esta adaptación. La forma más fácil de debilitar nuestro estado del bienestar es negarle su capacidad de ser transformado, y convertir en anatema cualquier propuesta en este sentido. 
 
Yo me arriesgo a hacer una, alrededor de una idea central: organicemos nuestro estado del bienestar más acorde con las prioridades de los usuarios y no tanto con los requisitos de la Administración. Es decir, dejemos que progresivamente los ciudadanos escojan el servicio social que más se adapte a sus necesidades como personas, y hagamos que la oferta de estos servicios, públicos o privados, se vayan adaptando a la demanda. Hagamos al ciudadano actor protagonista del estado del bienestar y no solamente espectador pasivo. En definitiva, este cambio que propongo comporta potenciar el derecho a escoger por parte del usuario el servicio que más le convenga. 

Para que no haya confusiones, digo con toda rotundidad que corresponde a los poderes  públicos reconocer los derechos de toda persona a disfrutar de unos determinados servicios de bienestar -sanitarios, educativos, sociales en sentido amplio-, a garantizar su prestación, a hacer la planificación a nivel territorial, y a controlar su calidad.  Esta triple responsabilidad, los poderes públicos no la pueden delegar. En cambio, que una persona discapacitada pueda escoger qué asistente la cuide, que una persona mayor con autonomía limitada pueda escoger si se queda en casa o va a una residencia, o que una persona con una enfermedad pueda escoger qué  especialista la trate, todo ello con independencia de las posibilidades económicas de cada cual, ¿no supondría llegar a tener un sistema de bienestar más justo, más libre y más eficiente?
 
Más justo, porque el derecho a escoger que siempre han tenido las personas con ingresos sería un derecho compartido por todos; más libre, porque cada persona haría uso de su libertad para escoger, y se sentiría más corresponsable del funcionamiento del estado del bienestar; y más eficaz, porque introduciría más competencia tanto en la oferta pública como al privada, y por lo tanto la posibilidad de reconocer mejor los méritos de los profesionales.
 
Si dirigimos la vista hacia los países europeos que más se han distinguido por reforzar su estado de bienestar, nos damos cuenta que andamos hacia esta dirección. Por lo tanto, con esta propuesta, invito el catalanismo a mirar hacia adelante y no hacia atrás.   
 
Para terminar este apartado del estado del bienestar, y en la línea de su defensa y necesaria adaptación, dos comentarios finales: en primer lugar, si radical ha de ser el catalanismo en la defensa del estado del bienestar, radical debe ser también en la denuncia de los abusos que padece. El catalanismo debe defender, aunque no caiga del todo simpático, un sistema de corresponsabilidad entre Administración, profesionales y usuarios para no someter el sistema de bienestar a una presión que lo haga insostenible. Y en segundo lugar, el catalanismo debe hacer una apuesta total por el partenariado entre poderes públicos, tejido asociativo y empresas privadas para la prestación de los servicios del estado del bienestar. Catalunya tiene una larguísima y brillante trayectoria en este sentido que constituye una ventaja competitiva en el mundo actual.
 
Os he hablado de la nación plena y del modelo de sociedad. Ahora me gustaría dedicar uno minutos a hablar de La Catalunya global

Vamos hacia un mundo con pocas fronteras. Esta afirmación puede parecer una boutade cuando en los aeropuertos nos encontramos con más controles que nunca, cuando se levantan muros físicos para controlar mejor la inmigración ilegal o cuando se sigue matando para delimitar fronteras administrativas en diferentes áreas del planeta.

Siendo todo ello verdad, no es menos cierto que la libertad de movimientos de capitales, de mercaderías y servicios, de personas y de información resulta casi imparable. Vamos hacia un mundo interdependiente y por lo tanto abierto y más libre. 
 
Sin embargo, si las fronteras físicas no son fáciles de destruir, más difíciles son aún de destruir las fronteras mentales. Los catalanes tenemos el privilegio de pertenecer a un mundo próximo, la Unión Europea, prácticamente sin fronteras. Nuestro gran reto, sin embargo, consiste en superar nuestras fronteras mentales. El catalanismo debe ayudar a conseguirlo.  
 
Hace cien años, el catalanismo se propuso regenerar y modernizar España. Ahora, debe proponerse situar Catalunya en el mundo, es decir, construir la Catalunya global. Seguramente sería exagerado decir que Catalunya será global, o no será. En cambio, todos sabemos que Catalunya sólo será el país vanguardia que queremos si se transforma en un país de mentalidad global, es decir, si entendemos el mundo global y sabe encajar y conectar con él. Para hacer esto, debemos sustituir la lupa para ver de cerca por el telescopio para ver de lejos. 
 
¿Estamos los catalanes en situación de romper nuestras fronteras mentales, de cambiar nuestra escala de visión? Creo que sí. Mucha gente y muchas empresas lo están haciendo, pero es necesario que lo haga el país entero. Los catalanes tenemos algunos trazos de nuestro carácter que nos hace especialmente aptos para progresar en un mundo abierto. Quizás nuestras historia milenaria de tierra de marca, las oleadas de inmigración que hemos recibido en los últimos cien años, la predisposición a recibir influencias culturales externas, muy a menudo de vanguardia, nuestra curiosidad a conocer mundo, a no quedarnos cerrados en  nuestro propio caparazón -es difícil ir a algún lugar del mundo y no encontrar a algún catalán, incluso en los rincones más insospechados-, e incluso el hecho de disponer de una economía muy abierta hacia el exterior, todo ello son manifestaciones de esta voluntad de no vivir aislados y de estar presentes en todas partes.
 
Siendo un poco atrevidos, podríamos llegar a decir que estamos más preparados para tener una relación abierta con el mundo que una relación desacomplejada con España. Si esta afirmación se diera por buena, probablemente la causa habría que buscarla en que la convivencia de Catalunya dentro del Estado ha sido casi siempre traumática. Y no cabe decir que los traumatismos principales los ha sufrido Catalunya. A ello me referiré hacia el final de mi intervención. 
 
Ahora bien, ¿qué quiere decir la Catalunya global? 
 
Primero, como os decía, cambiar de actitud mental, cambiar el ángulo de visión. Hoy, para situarse en el mundo, o hay que ser ni grande ni poderoso, pero sí tener cosas atractivas a ofrecer. Catalunya las tiene, y puede crear nuevas. 

La Catalunya global significa darnos a conocer, estar presentes en las redes y en los circuitos donde se toman decisiones. Darnos a conocer en todas las facetas de nuestra realidad: económica, turística, cultural, literaria, artística, arquitectónica, gastronómica, deportiva, comercial, científica, universitaria, también política. 
 
La Catalunya global equivale a estar bien conectados, con excelentes comunicaciones aeroportuarias y telemáticas. En estos momentos esto no es un lujo, y menos y capricho, sino una auténtica necesidad.

La Catalunya global pasa por convertir la población catalana en una sociedad plurilingüe. Todo catalán, independientemente de su origen, raza, cultura o religión, incluso de su capacidad económica, debe conocer como mínimo tres lenguas: la propia del país, es decir el catalán; la propia del Estado, el castellano; y una tercera. I a partir de ahí, cuantas más, mejor. Hay idiomas, como el inglés, sin los que no se puede actuar globalmente. Todas las facilidades que se den en este sentido serán pocas, comparadas con lo que nos jugamos.   
 
La Catalunya global pide disponer de una potente red de universidades, de centros de producción científica y de escuelas de negocios, porque es lo que atrae el máximo talento y el máximo conocimiento. 
 
La Catalunya global necesidad disponer de una Administración pública competitiva, porque teniendo en cuenta el fuerte peso del sector público en casi todos los países, aquéllos que menguan una Administración más ágil y eficaz dispondrán de una ventaja competitiva en relación con los demás.   
 
La Catalunya global significa también un país con mentalidad empresarial, un país orientado en el mundo de la empresa, Ahora bien, si queremos una Catalunya con mentalidad empresarial debemos de convertir la empresa en un valor social compartido y respetado. A parte de la cultura y de la lengua, ¿qué otro hecho ha sido capaza de mantener y proyectar la personalidad catalana? Pues la capacidad de crear empresas y de generar ocupación privada. Y resulta que cuando muchos países del mundo cogen este camino, los catalanes no acabamos de  creer en ello. Teníamos una ventaja de mentalidad que no sabemos aprovechar del todo cuando más falta hacer: en el momento de construir la Catalunya global.
 
Un país que adopta la tendencia y el gusto a la ocupación pública, más que a la privada es un país condenado a empobrecerse. Conviene tenerlo presenta también en nuestra casa.
 
Si como os decía la empresa es la célula que configura el organismo vivo de cualquier economía, ¿cómo pueden la sociedad y los poderes públicos facilitarle su función? ¿cómo pueden ayudar el organismo a vivir mejor?
 
Primero, con un buen sistema  cardiovascular, es decir con un nivel óptimo de infraestructuras y equipamientos que garanticen la circulación y la vitalidad.
 
Segundo, con una mente preparada y despierta, es decir formación de calidad, tanto universitaria, como profesional y continua.

Tercero, con una anatomía resistente pero a la vez flexible, es decir con un marco jurídico con menos normas, más claras y que se hagan cumplir. Seguridad y agilidad jurídicas.

Cuarto, con una buena musculatura y poca grasa, es decir con Administraciones públicas competitivas, con voluntad de resolver problemas y no la inercia de crearlos.

Quinto, con donaciones de sangre necesarias aunque controladas, es decir con una fiscalidad razonable que no frene la actividad o las ganas de trabajar y que estimule la inversión. 

Y sexto, con un espíritu vital, es decir con clima de confianza, proyecto y liderazgo.  
 

Si un organismo tiene todo esto bien enfocado y bien resuelto, tiene mucho de ganado. Observad, sin embargo, que si Catalunya pasara una revisión saldría de la consulta con unas cuantas indicaciones y recetas para mejorar. Pues bien, corresponde al catalanismo, también en sus vertientes económicas, empresariales, académicas y sindicales, a parte de políticas, tomar nota de las indicaciones y aplicar bien las recetas.  

 

Catalunya en el mundo
 
Finalmente, la Catalunya global quiere formar parte del mapa del mundo. Con una imagen se entenderá mejor: hace unas décadas, Catalunya quería ser considerada como la fábrica de España. Se la llegó a etiquetar de esta forma, atendiendo a la tradición industrial y manufacturera de nuestro país, junto con el espíritu de empresa y el buen sentido comercial. Cuando alguien quería instalarse en España, o hacer negocios, pensaba en Catalunya. 
 
Catalunya tenía una imagen de marca, pero asociada a un ámbito geográfico restringido: el Estado, la Península Ibérica, algunas veces un  poco de Europa.
 
En las décadas más recientes la escala cambió, se hizo mayor y Catalunya pasó a tener una incidencia más europea, como mínimo en algunos sectores. 
 
La pregunta que nos tendríamos que hacer es cómo se debe posicionar Catalunya en este momento. Evidentemente, ya no somos la fábrica de España. Primero, porque la actividad industrial se ha ido repartiendo más homogéneamente por todo el Estado, y segundo porque las fábricas de España están cada vez más fuera del Estado como consecuencia del diferencial de costes de producción. 
 
Si algo como en este momento es la plataforma de  comercio exterior del Estado –casi un tercio de todo el tráfico comercial externo- y un destino turístico potente. Pero, ¿queremos ser algo más?

Para mí la respuesta es clara: Catalunya tiene que convertirse en el área central de una parte del mundo, concretamente de la Mediterránea. Es decir, cuando alguien en cualquier lugar del mundo piense que quiere hacer algo en el Mediterráneo y en el sur de Europa, en el primer lugar de la lista debe salir Catalunya. Antes, nos podíamos definir con relación a España y a Europa; ahora debemos definirnos con relación a todo el mundo. 
 
Catalunya será incluso tenida más en cuenta en Europa en función de su capacidad de aparecer como una cosa más que una región próspera del sur de Europa. Si este rol de principales actores del área mediterráneo no lo cogemos nosotros, Francia lo tomará. De hecho, ya está puesto en ello, y no precisamente al ralentí. 
 
Catalunya debe actuar en la construcción de Europa, y el catalanismo debe ser el motor, atendiendo a su larga, densa y rica trayectoria europeísta. A veces parece que nos cansamos de Europa, porque la vemos lejana, cuando en realidad necesitamos Europa más que nunca para poder progresar en el mundo global. Sin embargo, la única capitalidad a la que Catalunya puede aspirar dentro del conjunto de Europa es la que corresponde al liderazgo de una gran área geográfica como es el Mediterráneo. 
 
El último gran pilar de la refundación catalanista que propongo es:
 
El derecho a decidir de los catalanes
 
La recuperación de las instituciones propias de Catalunya –la Generalitat- y el logro de la autonomía, son hechos incontrovertibles y constituyen un éxito de los propósitos iniciales del catalanismo.  
 
Tan verdad es lo que acabo de afirmar, como que Catalunya sigue sufriendo un déficit fiscal del entorno del 8% de su creación de riqueza, que las balanzas fiscales siguen sin publicarse, que el AVE llegará antes a un bueno número de capitales españolas que a Barcelona y a la frontera francesa, o que el Estado central interviene por tierra, mar y aire en la vida de los catalanes, vía todo tipo de leyes, decretos, cheques, subvenciones o impuestos. Pues bien, el catalanismo debe conseguir superar de una vez por todas esta situación de dependencia. 
 
La pregunta es, ¿cómo debemos hacerlo? Y ¿quién debe hacerlo? La respuesta sobre el quién es fácil: lo debe hacer el catalanismo, o nadie lo hará.
 
La respuesta sobre el cómo no es tan simple, pero antes de abordarla hago un breve paréntesis inicial: no nos creamos ingenuamente que arreglaremos las cosas con el Estado a base de pedagogía, haciéndonos los simpáticos.
 
Hace treinta años que actuamos pedagógicamente: ayudamos a hacer la transición de manera ejemplar,  participamos en la Constitución y la votamos mayoritariamente, ayudamos a superar el golpe de Estado del 23F, luchamos contra la agresión de la LOAPA sin rasgar las cartas, impulsamos la entrada de España en el Mercado Común, en la UE y en el euro. Hemos sido los grandes impulsores del Estado autonómico en beneficio de todos los territorios de Estado sin excepción, hemos sido coprotagonistas de casi todas las grandes reformas económicas y sociales, hemos ayudado a todo tipo de gobiernos españoles, hemos dado más apoyo que nadie en la lucha  contra el terrorismo, y además hemos pagado religiosamente todo lo que nos tocaba y también lo que no nos tocaba, habiendo aparecido, a pesar de ello, como unos egoístas que sólo miramos por nosotros. Hemos hecho desde el catalanismo pedagogía para parar un tren y, si me permitís la ironía, ya veis que el tren no llega en justa correspondencia. 

 

Transformar España
 
Sin embargo, hay algo que nunca nos hará simpáticos del todo: nosotros queremos transformar España en un Estado plurinacional, y ellos no quieren ser cambiados y prefieren ejercer como un Estado uninacional.
 
Gaziel lo dejó escrito hace muchos años: ni el catalanismo ha sido lo bastante fuerte para cambiar España, ni España ha sido lo bastante fuerte para hacer desaparecer el problema catalán. 
 
Mientras los catalanes queramos mantener nuestra personalidad y defender nuestros intereses   como pueblo y como nación, no caeremos nunca del todo simpáticos. La pedagogía es necesaria, pero tiene sus limitaciones. Recordad aquel elogio envenenado que muchos catalanes  han oído decir cuando caen simpáticos: “oye, tú no pareces catalán”. El precio de la pedagogía no puede tan alto como para tener que  renunciar a ser tú mismo. 
 
La mejor pedagogía que los catalanes pueden llevar a cabo es hacer bien las cosas, ser mejor que los demás. Entonces se nos respeta aunque no se nos entienda del todo. Y, a sensu contrario, la peor pedagogía que podemos transmitir es hacer mal las cosas. Entonces ni nos entienden, ni nos respetan, simplemente se ríen de nosotros. 
 
He dicho al principio, con bastante rotundidad, que el catalanismo debe ocuparse a fondo del alma de la nación y que no debe confundirse el objetivo principal de todo movimiento nacionalista -la existencia y fortalecimiento de la comunidad nacional- como los instrumentos -el poder político-. Sin embargo, resulta evidente que el poder político es un instrumento poderoso al servicio del objetivo nacional. 
 
Desde la reinstauración de la democracia, Catalunya ha dispuesto de dos Estatutos de Autonomía: el del 1979 y el más reciente del 2006.

Este último fue aprobado por el pueblo de Catalunya en referéndum del 18 de junio de 2006 por un 74% de votos afirmativos, y se encuentra vigente, pendiente de la sentencia del Tribunal Constitucional.  
 
Muchos de los que votamos a favor lo hicimos conscientes que representaba un salto adelante en el autogobierno que de ninguna forma significaba una estación de trayecto en el largo camino de Catalunya hacia el autogobierno y las libertades nacionales.  
 
A pesar de que la conferencia de hoy tiene otro propósito, quiero aprovechar la solemnidad de la misma para hacer unas breves reflexiones sobre nuestro Estatuto. 
 
De entrada, diré que volvería a hacer lo que hice, a pesar de que personalmente, me ha ocasionado más disgustos que alegrías. Sigo pensando que, con limitaciones incluidas, es de largo el mejor marco de autogobierno que Catalunya ha tenido desde el decreto de Nova Planta, el año 1716.  
 
Acto seguido, añadiré que mientras nosotros íbamos a resolver un problema, el gobierno español, su Presidente y el partido socialista, iban a sacarse un problema de encima que además habían creado ellos mismos prometiendo aquello que no pensaban cumplir. 
 
Sea como sea, ahora estamos pendientes de una sentencia del Tribunal Constitucional. Un tribunal, por cierto, que se encuentra completamente desprestigiado por sus luchas internas y totalmente mediatizado por la batalla partidista entre las dos principales formaciones de ámbito estatal.

La paradoja es grande: la decisión de un pueblo expresada democráticamente en las urnas en manos de un tribunal incompetente y torpemente manipulado.  ¿De ello puede decirse calidad democrática o patriotismo constitucional?
 
En cualquier caso, que el Estatuto aprobado por los catalanes pase por el Tribunal Constitucional sin ser alterado parece altamente improbable.

Mi deseo es que no se toque ni un coma para poder ser así aplicado en toda su potencialidad. Sin embargo, mucho me temo que los deseos no coincidirán con la realidad y que. O bien a golpe de hacha o a golpe de talante, lo desnaturalizarán. 

Si esto pasa, Catalunya deberá reaccionar de una forma pacífica pero a la vez enérgica. Anticipo, en este sentido, una propuesta para actuar:

  • Consulta al pueblo de Catalunya para comprobar si se acepta o no el Estatuto eventualmente debilitado por el Tribunal Constitucional.
  • Si la consulta no fuera autorizada, por el Gobierno español, votación en el Parlament de Catalunya con la misma intención que el punto anterior. 
  • Formación de un gobierno en Catalunya con todos los partidos aprobados por el Parlament catalán el 30 de septiembre de 2005, antes de pasar por las Cortes Generales.
  • Compromiso de los partidos integrantes del nuevo Govern de defender y votar en Madrid en consonancia con los acuerdos suscritos en Catalunya.
  • Si el esquema anterior no fuese posible, convocatoria de elecciones en Catalunya. 

Hecha esta inmersión sobre la actualidad más próxima, retomo el hilo del  plazo más largo.  De la misma forma que el catalanismo del siglo XX se planteó y consiguió la recuperación de las instituciones y el avance del  autogobierno, el catalanismo del siglo XXI,  tiene que plantear el derecho de la nación catalana a decidir de manera democrática, libre y pacífica. En esta línea, me parecen pertinentes algunas reflexiones:

  • Vamos hacia un mundo de soberanías compartidas e interdependencias. Los organismos multilaterales o la misma Unión Europea adquieren progresivamente funciones que afectan la soberanía de los propios Estados.
  • Los grandes Estados-Nación, concebidos para regular los mercados interiores potentes, cada vez son menos eficientes en un mundo globalizado y en la  red como el que se va configurando rápidamente. La adaptación  a este mundo nuevo requiere estructuras más ágiles, dinámicas y flexibles. Kenichi Ohmae, un ingeniero nuclear japonés dedicado a la estrategia económica y empresarial a nivel internacional, autor de más de un centenar de libros, lo explica extensamente un su obra titulada “El próximo escenario global”, cuando hace referencia a lo que él llama las Regiones-Estado como fórmulas idóneas de organización de las sociedades para hacer frente a los retos de hoy en día. En la Unión Europea podríamos citar Irlanda  o Finlandia, dos países de éxito, pero el mismo Ohmae cita algunos ejemplos de regiones chinas emergentes.
  • El derecho a decidir de la sociedad catalana se tiene que aplicar progresivamente sin más límites que la propia evolución democrática de la sociedad y sobre aquellos temas que despierten más amplios en cada momento, aunque no sean unánimes. En este sentido, el derecho a decidir aconseja, y de hecho requiere, que los temas sobre los cuales se ejerza descansen sobre las mayorías cualificadas o reforzadas amplias, con el fin de darle a la decisión toda la legitimidad y la fuerza necesarias, y también evitar dividir la sociedad en dos mitades, con el riesgos de fraccionamiento social que esto comporta.

Querría destacar que el debate sobre el derecho a decidir de los catalanes se tiene que hacer sobre sólidas bases y bien fundamentadas, y no a golpe de titular de prensa, de fechas caprichosas, de intereses personales o hasta intereses unilaterales de partido. El derecho a decidir hay que ganarlo por la fuerza de la democracia y de los grandes consensos internos, dado que el sistema legal del Estado sólo ampara este derecho de manera parcial.
 
Se trata, pues, de un debate en el cual la frivolidad  o la improvisación son los peores compañeros de viaje.
 
El derecho a decidir de los catalanes hunde sus raíces en las convicciones y en las creencias más genuinamente democráticas. El derecho a decidir de un pueblo es el ejercicio de la democracia en estado puro. ¿A qué demócrata le da miedo esto? ¿A que persona con principios democráticos sólidos y bien fundamentados le puede dar miedo que la democracia se manifieste con naturalidad? Si Catalunya es una nación, y lo será mientras los catalanes lo quiera, y no es simplemente una derivada o un subproducto constitucional, los catalanes tienen, tenemos , el derecho democrático a decidir lo que más nos convenga como pueblo, Lo que se nos puede exigir, o mejor dicho, lo que nos tenemos que autoexigir, es que el derecho a decidir lo apliquemos sobre aquellos temas que más unen a los catalanes y no sobre los que más lo dividen. Este es el trabajo del catalanismo: procurar que los temas llamados nacionales, aquellos que van en la línea de la mayor libertad de Catalunya, sena asumidos, defendidos y reclamados por una  mayoría firme y sólida de los catalanes. Este trabajo no depende ni de Madrid ni de Bruselas; depende de nosotros. De nuestra capacidad de convencer, de nuestra capacidad  de seducir. Los catalanes somos todos, pero como he dicho al principio, hay muchos que todavía no se han hecho su nación catalana. Si queremos decidir, no lo tenemos que hacer contra ellos; hagámoslo con ellos. No intentemos vencer a una parte de la propia Catalunya; convenzámosla!
 
Hagamos que vean que nuestro proyecto, el del catalanismo, es mejor para ellos, para sus hijos y para sus nietos.

Busquemos, por lo tanto, aquellos temas de país que pueden desvelar consensos grandes y amplios.
 
En cada momento de nuestra historia colectiva los temas irán cambiando, dependiendo de la evolución de la sociedad catalana. Existirán temas a más corto y temas a más largo. No me corresponde a mí hacer ahora la lista, y menos en este marco que pretende ser una invitación a la suma de esfuerzo.

Pondré sólo algún ejemplo para que se entienda mejor lo que quiero decir.

 

El Estatuto no se toca
 
Comencemos por el estatuto actual, aprobado en referéndum por el 74% de los catalanes que fueron a votar. Una mayoría clara, indiscutible. Se dirá que la participación es baja, y es cierto. Pero las decisiones, en democracia, las toman los que votan, no los que se quedan en casa.
 
Pues bien, los catalanes ejercieron en referéndum su derecho a decidir. A decidir en aquel momento y sobre un tema concreto. Si el Estatuto no sale íntegro del Tribunal Constitucional, el derecho a decidir de los catalanes quedaría alterado. La propia democracia quedaría afectada en su esencia y razón de ser.
 
Por lo tanto, en este caso, la consigna es clara: el Estatuto no se toca, y si se toca no se acepta.
 
Otro ejemplo: el derecho a decidir sobre que infraestructura queremos como país, un tema de máxima actualidad. Pues bien, ¿es posible generar un gran consenso dentro de Catalunya, trasladar este consenso a Madrid y reclamar nuestro derecho a decidir como país? Si el consenso en Catalunya es posible, los catalanes tenemos que poder decidir que aeropuertos queremos, como se tienen que gestionar, como tiene que ser la red de carreteras o que prioridades tiene que tener nuestra red ferroviaria.
 
Un último ejemplo, no tan inmediato en el tiempo. Algún día, ojalá que no sea demasiado lejano, ¿decidiremos los catalanes que queremos administrar nuestros propios recursos económicos, los que generamos con nuestro propio esfuerzo? Es decir, ¿algún día decidiremos que queremos el concierto económico?
 
Hasta ahora no ha sido posible, dentro de la propia Catalunya. Ni el Estatuto del 79 ni el del 2006 lo establecen. No hablo de los que volvieron después de los debates a las Cortes Generales; hablo de los que salieron desde Catalunya.
 
Esto debería hacer pensar a más de uno.
 
Lo más fácil es decir que, si pasa ésto, la culpa es de los políticos. Así mismo, todos sabemos que el pueblo de Catalunya vota de una manera que dificulta tener las mayorías suficientemente claras para plantear temas como el concierto económico con la fuerza necesaria.
 
El reto de los catalanistas es convencer a muchísimos catalanes sobre estos grandes temas de país. Mientras temas como las infraestructuras o la administración del dinero los reclamen sólo aquellos que se sientan muy catalanistas, no los tendremos. Cuando los catalanistas consigamos que los reclame Catalunya entera, los tendremos.
 
También el concierto económico, aún que ahora parezca imposible vistas las experiencias recientes.
 
Fijaos el los vascos. Internamente están en desacuerdo con muchas cosas.

Ahora bien, ¿conocéis  algún vasco, del partido que sea, aún sintiéndose muy español, que esté en contra del concierto económico? No encontraréis a ninguno.
 
El camino es claro: el catalanismo tiene que conseguir que los catalanes actúen en clave catalanista, es decir, en clave de país catalán.
 
Al menos en aquellos tiempos dónde Catalunya se juega su futuro. Y es indiferente que los catalanes que se sumen al catalanismo sean de izquierdas, de centro o de derechas. Lo que es determinante es que hagan la apuesta de país que los catalanes defendemos.
 
Se me dirá que el derecho a decidir puede chocar con el marco legal vigente al Estado. En muchos casos es así. Prefiero, de todas formas, que nos tengamos que confrontar con el marco legal que no con la indiferencia del pueblo catalán.
 
Los gobiernos y los parlamentos se eligen, y las leyes se pueden cambiar. El pueblo, la gente, las personas, no se eligen. Están. 

Y quiero recordar una última cosa: un marco legal  es absolutamente necesario para reconocer y ejercer derechos, para hacer cumplir deberes, para ordenar la convivencia y el funcionamiento de una democracia.
 
Atención, pero, en no confundir la población: son las leyes las que están al servicio de la democracia, y no la democracia al servicio de las leyes. El marco legal se tiene que ir adecuando a la expresión democrática de cada momento.

Ningún país o ningún estado con autentica madurez democrática discutiría ésto.

 

Los cuatro pilares

La nación plena, el país de vanguardia, la Catalunya global y el derecho a decidir de los catalanes, estos son los cuatro pilares que a mi parecer tendrían que ensalzar el proyecto catalanista de los próximos años. Soy consciente de la duración de esta intervención y por lo tanto no los querría cansar más. Para acabar desearía hacer simplemente dos consideraciones finales. Una de país, y otra de más personal.
 
Si el catalanismo aspira a encabezar la Catalunya del presente y del futuro, tiene que coger la bandera del proceso de regeneración democrática, dentro de la propia Catalunya y a poder ser también en el conjunto de España.

Democracia y catalanismo son como dos personas que se pasean cogidas de la mano. Mientras van juntas, se ayudan y se refuerzan; cuándo se separan, las dos pierden.
 
A Catalunya hay una cierta crisis de confianza en el sistema político y en las instituciones. La política española no convence nada y causa un fuerte rechazo en muchos sectores de la sociedad catalana; pero la política catalana no convence lo suficiente, y genera indiferencia entre muchos catalanes. Esta indiferencia, que se expresa de maneras distintas, puede convenir a algún político pero no conviene nada al pueblo de Catalunya. Sobre la indiferencia no se puede construir nada bueno, porque la indiferencia lleva al escepticismo, y el escepticismo puede conducir a no creer en nada, excepto en ti mismo. O ni esto. Prefiero miles de catalanes enfadados pero dispuestos a defender sus derechos, que miles de catalanes indiferentes instalados en la renuncia o el pasotismo.

La crisis de confianza que sufre Catalunya tiene muchas causas distintas. La primera, aunque no la única, es el funcionamiento de la política. Des de la política se han cometido dos errores capitales: el paternalismo, o sea transmitir al pueblo que la política lo podía resolver todo, confundiéndola con hacer milagros; y el populismo, o sea dirigirse al pueblo no tanto por la razón y el sentimiento cómo por las reacciones más estomacales. Las excepciones, que las hay, confirman la regla general.
 
El paternalismo y el populismo llevan, a la larga, a la deformación de la verdad y por tanto al deterioro de la política. La consecuencia es clara: se acaba percibiendo que la mentira y el engaño pasan por sobre de la verdad y la defensa del bien común. La política queda entonces substituida por la politiquería, y el mal ya esta hecho.
 
Como veis, el análisis que hago es duro y severo. Dudo que ningún político en activo lo haga en términos similares. Esto me permite decir, con la misma rotundidad, que no ayuda nada a recuperar la confianza necesaria la tendencia a meter todos los políticos en el mismo saco y darles la culpa de todo. El “ya se apañarán” o “todos son iguales” son frases que se escuchan mucho pero que no por repetirlas acaban siendo verdad ni llevan a ninguna parte.
 
Pues bien, si el catalanismo quiere construir una Catalunya llena, pionera, global i consciente de sus derechos nacionales, tiene que ser una apuesta de radicalidad democrática. Y tiene que estar dispuesto a hablar y a concretar. A mi parecer, se tiene que estar dispuesto a limitar los mandatos de los máximos cargos ejecutivos del país, a acabar con las listas cerradas para poder elegir directamente las personas que tienen que representar los electores además de los partidos, a respetar las listas más votadas, a crear un sistema periódico de rendición de cuentas delante de la ciudadanía por parte de los políticos, y a promover un sistema para facilitar que personas de la sociedad civil destinen una parte de sus años al servicio público, pudiendo después retornar a sus profesiones sin haber sufrido una penalización.
 
Termino definitivamente con una breve reflexión personal, todo agradeciendo vuestra paciencia y disculpándome por las incomodidades que algunos hayan podido tener.
 
He dicho al principio, y lo reitero ahora, que soy un político en activo y que no escondo mis aspiraciones. No pretendo ser ni un intelectual, ni un historiador, ni un cronista. Mantengo el propósito de encabezar un proyecto, el de Convergència i Unió, ganar las elecciones y gobernar. Por lo tanto, mi llamamiento no es sólo a la reflexión sino también a la acción y a la movilización.

 

Mi razón de ser es mi país
 
Dicho esto, también quiero decir que no se deben confundir nunca los propósitos y los objetivos, por importantes que sean, con la razón de ser cada cual. Y mi rezón de ser, como creo que estoy demostrando, no ges ni ganar las elecciones, ni gobernar, ni ser Presidente de la Generalitat. Mi razón de ser es mi país; es Catalunya y son los catalanes.
 
Si recordáis las emotivas imágenes del vídeo inicial, veréis que la historia de nuestro país, y del catalanismo, la han protagonizado hombres i mujeres muy distintos. Algunos han hecho política y han tenido cargos del máximo nivel; otros han hecho política sin tener cargos; otros simplemente han hecho país sin hacer política. Así mismo, la historia del catalanismo, pero sobre todo de Catalunya, un Pompeu Fabra, un Pau Casals, un Antoni Gaudí o un Joan Maragall, para poner algunos ejemplos, han dejado tanta huella como los mejores presidentes de la Generalitat. No hace falta tener un cargo para trabajar para un país. Lo que hace falta es amarlo y estar dispuesto a ayudarlo a ser mejor. Si muchos catalanes sin cargo, que nunca saldrán en ningún vídeo sobre la historia de Catalunya, no hubieran actuado así, Catalunya simplemente no existiría ni como país, ni como pueblo, ni como nación.
 
Pues bien, la Casa Gran del Catalanisme es precisamente esto: un espacio de confluencia, de encuentro, no sólo político, en el que todos aquellos que se sientan catalanes y que estén dispuestos a ejercer de catalanes, puedan hacer  su aportación y demostrar así su estima por Catalunya por encima de cualquier aspiración o protagonismo personal.

Artur Mas.
Presidente de la coalición Convergència i Unió.

Conferencia en el Palacio de Congresos de Barcelona el 20 de noviembre de 2007.