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Manuel
Vázquez Montalbán "Hay hombres que luchan un día y son buenos. La cita de Bertolt Brecht la tomo del libro "Des del nostre despatx", de Albert Fina, balance de su experiencia bajo el franquismo como abogado laboralista, junto a su esposa Montserrat Avilés. Resulta difícil transmitir a las nuevas generaciones que un abogado laboralista era algo más que un abogado laboralista bajo la dictadura franquista, porque la apariencia de Estado de Derecho y la demagogia del Estado Social, exigía que se respetaran, nunca del todo, las funciones de los abogados al servicio de los trabajadores en conflicto y, no siempre, el territorio físico donde se montaba la estrategia defensiva: el despacho. También un despacho de laboralistas era algo más que un despacho de laboralistas y en ocasiones se convertía en un lugar de encuentro y reuniones entre combatientes sociales. Podríamos decir que la historia de la resistencia antifranquista en las ciudades hubiera sido muy diferente y mucho más dura sin contar con los "territorios francos" de los despachos de algunos abogados y de las prestados por sacerdotes que habían descubierto que la Cruzada de Franco no era su cruzada. Los nombres de los abogados antifranquistas los teníamos en nuestra agenda mental todos los aprendices de conspiradores, porque en los años cincuenta y primera parte de los sesenta no eran muchos y porque se recurría a ellos no sólo como asesores de trabajadores en conflicto, sino también como valedores de los derechos humanos cada vez que los violaban en nuestras propias carnes. Tan importante fue la labor orgánica y casi organizativa de los despachos laboralistas, que a veces plantearon conflictos con los aparatos de los movimientos sindicales en un duelo de competencias que más de una vez tuvo que aclararse. En mi santuario de abogados propicios figuran, de memoria, los recupero por orden de aparición en mi conciencia de joven militante clandestino, primero en el FLP y luego en el PSUC: Augusto Gil Matamala, Albert Fina y Montse Avilés, el añorado Solé Barberà, Cuenca, Casares, Salvadores…, personajes impresionantes, de una estatura a la medida de la dificultad de la época, capaces de oponerse al apabullante montaje policiaco judicial del franquismo. Montse Avilés y Albert Fina procedían de mi partido de adolescencia, el FLP, y tuve tratos dialécticos e implícitos con ellos desde los primeros días de mi consciencia activista. Me explicaré. Dialécticos porque, con Luis Avilés, compañero del FLP y primo de Montse, frecuentamos en ocasiones la conversación con aquel matrimonio de abogados jóvenes pero ya "establecidos". Por tratos implícitos entiendo nuestros encuentros silenciosos en lugares al borde del abismo de la legalidad o fuera de ella, desde actos culturales destinados a la comunión de los santos clandestinos o a manifestaciones precariamente públicas y por entonces suicidamente minoritarias. El despacho del matrimonio de laboralistas acabó siendo uno de los más emblemáticos de España, abierto al doble frente de defender a los trabajadores frente a la patronal, al Sindicato vertical y a la legislación laboral franquista y de ir extendiendo el movimiento de abogados demócratas así en Cataluña como en toda España. Constata Albert Fina que ya en 1970, cinco años antes de la muerte del dictador, los jóvenes abogados se pronunciaban por unos objetivos democráticos que traducían las expectativas de la sociedad civil. Fina escribió frecuentemente en diarios y revistas, especialmente a partir del arranque de la democracia en 1978, tanto en "Triunfo" en su última etapa, como en "Arreu", "Diario de Barcelona" o "El Periódico". Sus artículos tienen un carácter funcional, adaptados a las necesidades político sociales del momento, siempre desde la defensa de los trabajadores, tan necesaria en la clandestinidad como en la dura transición que a partir del Pacto de la Moncloa hizo de la disciplina social una condición democrática sine qua non, en la que los trabajadores llevarían la peor parte. Con frecuencia se refiere Fina al papel de las magistraturas del trabajo en la democracia y al de los laboralistas que no podían caer en la trampa de creer que … contra Franco estábamos mejor. En un trabajo que publica en "Arreu", acompañado en la firma por Montserrat Avilés, en noviembre de 1976, ya se plantean el futuro de los despachos laboralistas y defienden ante todo que los abogados no aparezcan divididos en los tiempos que se avecinan y que esa decisión no estimule a la división del propio movimiento obrero, tan beneficiosa para la derecha económica y política. A medida que va fraguando el imaginario de la Transición, Fina apuesta por un nuevo orden de la Jurisdicción Laboral, pero propone que, mientras tanto, se mejoren los instrumentos realmente existentes y no desdeña tratar temas tan concretos como el de la apropiación indebida de las cuotas obreras de la Seguridad Social, las pensiones por invalidez, la revisión del Estatuto de los Trabajadores y las reducciones del fondo de Garantía Salarial. Especialmente alerta a partir del momento en que llega al poder un gobierno de Izquierdas, el PSOE en 1982, Fina analiza con enorme entereza la progresiva pérdida del control del mercado de trabajo por parte de los trabajadores y sus representantes sindicales. Ya en 1984 declara que el despido libre existe en España, que se aplica y que "… el obrero ha perdido el derecho a recuperar su empleo". Son frecuentes sus pronunciamientos sobre la debilidad de los sindicatos españoles para mantener sus objetivos sociopolíticos y el error que representaría convertirse en insuficientes sindicatos de servicios. Tampoco baja la guardia en la defensa de los derechos democráticos y reaparece, junto a los abogados empecinados de la resistencia y junto a los más jóvenes, en las querellas contra la policía por las torturas padecidas por militantes de Terra Lliure ya en plena democracia. Nada le es ajeno y si propone un nuevo sistema de Seguridad Social, no vacila en denunciar la corrupción de la justicia o en defender la extensión de la normalización lingüística en el aparato judicial y recuerda a los políticos convergentes tan empeñados en ese logro que, en el pasado y en el presente, han sido los abogados de izquierdas los que más han pugnado por la presencia de la lengua catalana en todas las instancias del procedimiento judicial. Recupero un artículo de Fina publicado el 7 de agosto de 1987 en el "Diario de Barcelona", en el que rememora los 25 años de la caída del FLP de 1962. Se recuerda a sí mismo en aquella militancia, nos recuerda a unos cuantos y me atribuye una conversación con él en torno a 1961, calculo, sobre si después de la Revolución conservaríamos o no el crucifijo en las escuelas. No la recuerdo pero la asumo. Y supongo que sostengo ahora lo que sostuve entonces: no. Aunque ahora añadiría, no en las escuelas públicas, salvo como material de estudio o como objeto de adorno personal. El Fina periodista es ante todo didáctico y constructivo, asido a y vertebrado por una coherencia ideológica que le hizo estar siempre al lado del sujeto histórico de cambio, por encima de alineaciones y alienaciones partidarias. Coherencia que respalda sus otros escritos, incluso en "Conviure amb el càncer", un testimonio humanista sobre la enfermedad, humanista porque trata de transmitir esperanza laica a otros enfermos. En "Des del nostre despatx", publicado en 1978, Fina, ayudado por el periodista Ferran Sales, hace un balance explicativo de los principales pulsos sostenidos por su despacho contra el poder franquista. El libro se convierte en un material imprescindible para la historia del movimiento obrero bajo la dictadura y para que la memoria de los hombres futuros conserve tridimensionalmente qué fueron aquellos tiempos de poder excepcional de clase, porque la dictadura franquista fue ante todo una dictadura de clase contra la clase obrera. Interesante también como aporte bioideológico de la evolución de Albert Fina y Montse Avilés, especialmente revelador el capítulo dedicado a los comunistas, en el que confiesan el impacto del descubrimiento del comunismo y sus militantes, pertenecieran a PSUC o a Comisiones Obreras, su admiración por la capacidad de sacrificio y resistencia pero también las reservas ante la tentación del sectarismo y al rechazo de las críticas. El capítulo termina con una apuesta por el embrión del eurocomunismo. En "De la llei i la justícia", Fina trata de familiarizar al lector lego con la práctica del abogado. En su manipulación cotidiana, a veces forcejeo, con la ley, la justifica. El libro tiene el valor dorsiano de convertir la anécdota en categoría y el receptor de esta propuesta se convierte en algo parecido a un pasante del abogado que contempla a pie de obra los conciertos y desconciertos de una práctica que va desde la propina prevaricatoria hasta el pulso más cargado de entereza e ideología. Entre la galería de personajes recordados, destaca el abogado de empresa, es decir, el laboralista que presta su saber para machacar a la clase obrera. Otras veces el texto provoca la más ambigua de las sonrisas, como cuando Albert refiere que, procesados él y su mujer por le Tribunal de Orden Público en 1972, acusados de lo mismo y con las mismas palabras, a él le pedían tres años de cárcel más que a Montse: "… Un caso más de discriminación de la mujer, pero esta vez en su beneficio". "Justicia y Literatura", publicado en 1993 es un iluminador ensayo sobre la presencia de lo judicial y el delito, por extensión, en lo literario. Fina explica que: "Con una cierta frecuencia los autores de distintas obras literarias elegidas conocían previamente, con cierto detalle, el mundo real de la ley y la justifica, por ser -unos- profesionales del derecho en algunos de sus diferentes estamentos. Es el caso por ejemplo de Kafka o de Eduardo Mendoza, ambos abogados. Otros, desgraciadamente muy numerosos, por haber tenido una relación no querida con la justicia. Se trata del caso de literatos detenidos, presos, deportados, con razón o sin ella, entre los que se encuentran personajes tan ilustres como Hita, Quevedo, Fray Luis de León y Unamuno". Estamos ante un libro insuficientemente conocido, verdadero gozo cuando se lee, sobre todo por parte de cualquier "letraherido", el neologismo que me permito deducir de la expresión catalana "lletraferit". Los asuntos de la Justicia en general llevan al autor a analizar "El Quijote", "La Biblia", "El Proceso", "Alicia en el País de las Maravillas", "Fuenteovejuna", "El Alcalde de Zalamea" y "Justicia del Pueblo", balance de la sabiduría convencional sobre la Justicia desde la perspectiva de sus víctimas. El tratamiento de los crímenes le permite escudriñar en la obra de Dostoyewski, Max Aub, Greene, Valle Inclán, Pere Calders, Dürrenmatt o Sciascia, capítulo inquietante en el que el abogado-crítico analiza la casuística del crimen, incluida la del asesinato de abogados o jueces, a partir de "El Contexto", de Sciascia. Capítulos como "Procesos y Juicios", "Abogados", "Jueces", "La Corrupción de la Justicia", "Detenidos, presos y desterrados", "La pena de muerte", nos permiten leer de otra manera, desde la mirada de un experto, obras y autores fundamentales, de hecho es como si Albert Fina estuviera diseñando un canon de la relación Justicia-Literatura: "El mercader de Venecia", "Los papeles póstumos del club Pickwick", "Vidas paralelas", "La verdad sobre el caso Savolta", "Testigo de Cargo", "La Regenta", "Viajes de Gulliver", "Canto general", "Don Juan Tenorio", "Prendimiento de Antoñito el Camborio en el camino de Sevilla", "La canción del verdugo", "A sangre fría". La selección de textos que yo hago empobrece, por vía de ejemplo, la selección de Fina, especialmente significativa cuando utiliza fragmentos de escritores catalanes de su predilección: Raimon Casellas, Pere Calders, Maria Aurèlia Capmany, Xavier Romeu, Rusiñol, Fages de Climent, Pla, Prudenci Bertrana o Teresa Pàmies. Si de Calders selecciona el cuento "Un crim" en el que la peculiaridad del caso y la atmósfera flotante hasta la irrealidad, traducen lo mejor del escritor, de "La mujer de preso" de Teresa Pàmies, la escritora catalana "mujer de preso" ella misma, de un preso tan singular como Gregorio López Raimundo, responsable del PSUC en la clandestinidad, Fina se vale para hacer un homenaje a todas aquellas "mujeres de preso" que durante la resistencia, dieron la vuelta al rol pasivo de la mujer paciente y sufridora, para convertirse en copartícipes esenciales de la lucha contra la Dictadura. "Justicia y Literatura" me parece un libro de gran interés objetivable que merecería el tratamiento de libro de consulta. Lo biográfico y lo histórico marchan juntos a lo largo de todas las escrituras de Albert Fina, no en balde pertenecería a una proporción muy afectada por la dialéctica entre el yo y el nosotros, lo personal y lo coral, dialéctica resuelta en clave personalista, existencialista o marxiana, a veces combinadas de dos en dos estas predisposiciones, incluso reunidas las tres en el sustrato de filosofía de la vida y de la Historia que todos utilizamos, sea cuando compramos media docena de huevos, sea cuando hacemos balance de todo lo que pudo haber sido y no fue. Esa tensión marcó el talante de los que vimos la luz de la Historia en los años cincuenta y sesenta, hijos de Mounier, Sartre y Gramsci, empujados por la síntesis del ¿qué hacer? Para que los otros no sean "el infierno". La constante dialéctica entre lo personal y la otredad, alcanza un tratamiento cualitativamente diferente en "Conviure amb el càncer", manual de un resistente biológico y moral partidario de la esperanza como virtud no teologal, la esperanza como proyecto y voluntad de futuro, a pesar del cáncer. El enfermo Albert Fina percibe cuanto le rodea desde una sensibilidad especial que agranda el dolor de cuanto hiere su mirada, pero también acrecienta todo cuanto contribuye a alimentar la víscera de la esperanza, una palabra que adquiere especial significación cuando su contrario no es ya la desesperanza, sino la misma muerte. Antes de enterarse de que tenía el enemigo dentro de su propio cuerpo, Fina participaba en la creencia, según él neurótica, del derecho a la inmunidad hasta la muerte: "Ante cualquier enfermedad importante, a menudo nos preguntábamos cómo puede sucedernos esta desgracia a nosotros o qué hemos hecho para merecerla. Olvidamos reiteradamente que nadie, obviamente, se encuentra inmunizado o exento por principio de todas las enfermedades, incluso de las más nocivas y dolorosas". Un pesimista agrario como Josep Pla, partía del principio opuesto de que hay que alegrarse porque todo cuanto hacemos no termine en catástrofe y hay que agradecer que lo que podría reportarnos mal, incluso respirar, se abstenga y nos ignore o nos reporte algún bien. Cuando Fina se sabe portador del mal reacciona saliendo y entrando del huerto de Getsemaní, pero adquiriendo paulatinamente la convicción de que la voluntad de superar la enfermedad era la única posibilidad, mínima, de victoria o al menos de superar la precaria satisfacción humana de no dejarse arrastrar hacia el sumidero de la muerte. De todo eso trata el retrato admirable de una resistencia, "Conviure amb el càncer", lógico colofón de la vida y obra de un resistente imprescindible, de uno de esos hombres cantados por Brecht: "… pero aquellos que luchan toda la vida: El libro termina con el balance optimista consecuencia de una visita médica, 3 de octubre de 1995, en la que Albert Fina recibe una esperanza de vida. Como suele suceder, esta vez el condenado Fina agradece cuanto han hecho los que han tratado de salvarle, sus abogados ante el peor tribunal, sus médicos. Escribo estas páginas en mi casa de Sant Miquel de Cruïlles, últimos días de 1998, mi primer día de 1999, a poca distancia de La Bisbal donde nació Albert Fina en 1933. Ahora descubro que sólo me llevaba seis años y yo lo retenía en la mirada interior, esa mirada que dirigimos a la memoria, como aquel joven mayor que nos atendía con interés, pero desde una muy superior madurez, a los jóvenes del FLP que especulábamos sobre la permanencia o no del crucifijo en las escuelas revolucionarias del futuro. Quiero creer que especulábamos con una cierta carga de ironía. Hoy se cumple el 40 aniversario de la entrada de Fidel Castro en La Habana, y apenas hace un año el Papa, sí, el Papa de Roma, viajó a Cuba a intercambiarse favores estratégicos con la última revolución irrealmente existente. ¿Derrota de la Razón?. En cualquier caso vivimos una continua larga marcha en la que la resistencia frente a la No Verdad, sea cual sea, da sentido a un puñado de mujeres y hombres imprescindibles que han hecho posible un concepto de humanismo laico basado en la comunión de los frágiles. La Historia o la Enfermedad, no serían otra cosa que metáforas.
Manuél Vázquez Montalbán. Este escrito forma parte del libro "Albert Fina" editado por "La factoria cultural", de reciente aparición.
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