La Europa del siglo XXI

Carles Navales


La Europa de acogida, ¿debe transformarse en la Europa del mestizaje? ¿Qué volumen de inmigrantes se prevé que llegará a cada país? ¿Deben abrirse las fronteras a la inmigración laboral? Son las tres preguntas que introdujo Jean Pierre Chevènement -entonces ministro- en la cumbre europea de ministros de Interior y Justicia celebrada en Marsella a finales del mes de julio de 2000. Por primera vez, los ministros europeos se planteaban el tema de la inmigración en estos términos.

Sobre la mesa, un reciente informe de la ONU. Según Naciones Unidas, de aquí a medio siglo la población de toda Europa descenderá de los 730 millones actuales a 628 millones. En opinión de la ONU, Europa necesitará a mitad de siglo entre 47,5 y 78 millones de personas para mantener su actual estructura laboral. Estas estimaciones sitúan a África, y en menor medida a Asia, como los grandes suministradores de la nueva mano de obra. Nigeria, por ejemplo, pasará de una población actual de 110 millones de habitantes a 249 millones de aquí a 50 años, Pakistán de 150 millones a 346 millones, y Somalia y Congo llegarán, entonces, a los 160 millones de habitantes.

Francia presentó sus propias estimaciones. Cada año entran en el país entre 100.000 y 150.000 nuevos inmigrantes, a los que hay que sumar la “naturalización” de otros 100.000 que ya se han integrado al país. Esto significa un total de 1,2 millones de inmigrantes en 10 años, y 6 millones de aquí al año 2050. El gobierno francés estima que, si se extrapolan estas cifras, en Europa entrarán 73 millones de inmigrantes. Por contra, consideró el ministro Chevènement, si se produjese una hipotética tasa de inmigración cero, la población de la UE descendería de 372 millones de habitantes en 1995 a 311 millones en el 2050, por lo que, para compensar la proporción de activos respecto a los jubilados y mantener la seguridad social, serán necesarios 70 millones de extranjeros.

Acabado el debate, la respuesta a las tres preguntas iniciales se concretó en una palabra: prudencia, y en una consideración central: la inmigración debe aceptar nuestro cuadro de valores, en especial la laicidad y el respeto a las libertades de la mujer.

 

Derechos y deberes de ciudadanía

Si la inmigración debe aceptar nuestra escala de valores, la consecuencia lógica es que puedan ejercerlos. dicho de otra manera: si la ciudadanía europea se basa en el estado de derecho, el estado de bienestar y el ejercicio de la participación política, los ciudadanos inmigrantes también deben disfrutar de estos derechos civiles, sociales y políticos que libremente ejercemos los ciudadanos autóctonos.

En Europa, el balance entre países es desigual. en general se aceptan los derechos civiles y sociales, pero todavía son pocos los estados que reconocen los derechos políticos. Si la tendencia no varía, en lugar de a la Europa de los ciudadanos iremos hacia la Europa de los súbditos.

 

Uno de los principales signos de cambio de época

Lo que resulta evidente es que uno de los signos principales de este cambio de época al que asistimos es la inmigración. Su dimensión crece tanto que podemos decir que el siglo XXI será el siglo del extranjero, en palabras de Jean Daniel, director de “Le Nouvel Observateur”

La globalización está suscitando grandes desplazamientos de personas entre países diversos. Y, en este caso como en tantos otros, lo que es global se localiza en las ciudades.

Pensar que la inmigración se produce solamente porque los ciudadanos de los países pobres quieren ir a los países ricos es un gran error. Si bien es cierto que este es el motivo de fondo, no podrían hacerlo si no formasen parte de una economía globalizada y de un mundo donde los desplazamientos de las personas de un lugar a otro son cada vez más fáciles. Y esta es ya una realidad de alcance universal sin la cual la inmigración tendría una dimensión menor que la actual. Otro factor son las oportunidades, que encuentran en dónde se les necesita, como es nuestro caso. Si sólo fuera la riqueza y las costumbres, emigrarían a la Arabia Saudita -mucho más rica que España- en vez de a nuestro continente.

Sorprende ver que donde los movimientos migratorios más se producen es dentro del continente más pobre del mundo: África. Casi la mitad de los 80 millones de inmigrantes del mundo se localizan en la África subsahariana, cantidad que representa un 8% del total de su población. Los motivos: uno, el ir a países más dinámicos económicamente, como Sudáfrica, Costa de Marfil, Gambia y Nigeria; y el otro, huir de las guerras y el hambre.

España acogía 610.000 inmigrantes en el año 1.996: ahora son 1.100.000. Prácticamente el doble en cinco años, y la previsión es que el aumento continuará por necesidades del mercado laboral. En Francia, Alemania o Bélgica la población extranjera ronda el 10%; aquí estamos en el 3% y la media europea se sitúa en un 6%. Unos 400.000 provienen de África -140.000 en 1.996-, cerca del 0’50% del total de la población española. Del conjunto de los inmigrantes, 300.000 son musulmanes, mientras en Francia la cifra es de 3.000.000 de personas. Visto por ciudades es distinto, y más aún por barrios, en muchos de los cuales alcanzan y superan ya el 10%.

La conclusión es obvia: la inmigración en la franja mediterránea y Madrid, crecerá aceleradamente en los próximos años. Todos los indicadores así lo señalan, especialmente los que hacen referencia a la necesidad de mano de obra, que sitúan en unos 120.000 inmigrantes por año las necesidades actuales de España.

 

El impacto se localiza en los barrios

La gran diferencia entre las inmigraciones del siglo XX y las del siglo que acaba de comenzar es el lugar de destino de los inmigrantes. En la Era Industrial, el destino eran las fábricas; en la Era de la Información, el destino son las ciudades.

En el pasado, una persona inmigraba para ir a trabajar a una fábrica y procuraba residir en un barrio cercano al lugar de trabajo. Esta persona tenía un sueldo y un contrato fijo e indefinido, en la fábrica se afiliaba a un sindicato y, también en la fábrica, formaba una de sus principales redes de amistad. En la actualidad, el inmigrante va directamente a las ciudades, especialmente a aquellas donde hay otros conciudadanos de su país que le ayudan durante los primeros meses. Pero ya no tiene un sueldo ni un contrato fijos, y la movilidad laboral es constante. Son las ciudades las que deben saber gobernar el hecho migratorio para conservar su cohesión social, y convertirlo en un factor de progreso.

En estos momentos, nuestras ciudades sufren negativamente el impacto de la inmigración. Cuando un vecino de cualquier barrio donde el índice de inmigrantes llega al 10% dice que no es racista, pero que desde que hay inmigrantes el barrio se ha degradado, tiene razón. La realidad actual es que las ganancias de los inmigrantes van directamente al empresario que los contrata, y los déficit van a los barrios que les acogen.

Un inmigrante que cobra unas 60.000 pesetas al mes (en el caso de los que llevan pocos años) envía unas 20.000 a su familia, 10.000 las invierte en un seguro sanitario, y otras 10.000 las emplea en hacer frente al alquiler del piso que comparte con otros compañeros. Con las 20.000 restantes tiene que comer, vestirse y desplazarse. No es necesario ser un gran economista para deducir que los gastos ordinarios en higiene, calidad de productos alimenticios, bolsas de basura, etc. esperan tiempos mejores. Estos hechos inciden directamente en la calidad de vida del barrio, que sufre una degradación.

Lo cierto es que, si a la fractura social que viven estos barrios respecto al resto de la ciudad, le sumamos una fractura étnica, que no es otra cosa que una fractura entre trabajadores y lumpenproletariado, no saldremos adelante.

 

Un hecho estructural

¿Cómo evitar que las ciudades se degraden? Sólo será posible si consideramos la inmigración como un hecho estructural, en lugar de contemplarla como un hecho coyuntural. Y todavía no hemos hecho el “cambio de disquete”. Si continuamos considerando la inmigración como algo pasajero, lo acabaremos lamentando. Todavía se escuchan voces que dicen: ”cuando acabe el actual ciclo económico y aparezca la crisis, se irán”, o aún peor: “los necesitamos para pagar nuestras jubilaciones”. Gran error. Nuestras jubilaciones no las pagarán los inmigrantes, se pagarán las suyas, pues se quedarán a vivir entre nosotros y, cuando puedan, traerán también a sus familias y llamarán a sus paisanos. Y, por mucha crisis que venga, siempre estarán mejor aquí que en su país.

En nuestros barrios convivirán los inmigrantes con trabajo eventual pero continuado, y los inmigrantes de temporada que irán y vendrán de su país aquí, y de aquí a su país. Los que Teresa Losada llama “ciudadanos de las dos orillas”.

La inmigración es una de las principales características del cambio de época al que asistimos. Nos dirigimos hacia ciudades multiétnicas que debemos de gobernar de forma adecuada.

 

Necesitamos a la inmigración para garantizar el progreso del país

Catalunya, como todas las regiones del arco mediterráneo desde Huelva hasta Sicilia, será -ya lo empieza a ser- un lugar de concentración de inmigrantes. Los sectores de servicios, agrícolas y de la construcción tienen un gran peso y son los principales sectores de destino de la inmigración. Saber gobernar nuestra realidad requiere de un “Pacto para la inmigración” que contemple el hecho migratorio como algo estratégico. Y, porque es un tema del país, debe abordarse desde el consenso. La finalidad no debe ser otra que considerar al inmigrante como un nuevo ciudadano y, en consecuencia, adaptar nuestras políticas legislativas, autonómicas y municipales a este hecho. Solo desde la igualdad se evita la marginalidad, pero sin igualdad la marginalidad aumenta y las consecuencias las pagamos todos. Y este Pacto debe tener por objetivo principal la cohesión social de los barrios en términos de seguridad, mantenimiento, salud, vivienda, enseñanza, urbanismo, etc.

El objetivo no es, estrictamente, la solidaridad con los inmigrantes, sino conseguir un nivel óptimo de calidad en todos los barrios de nuestras ciudades, del cual se beneficiarán inmigrantes y autóctonos. Es el caso del “Programa Urbano” que promovió Harold Wilson en el Reino Unidos en los años sesenta.

 

El “Informe de Girona”: punto de partida

En el tema de la inmigración llevamos un cierto retraso, todos en general. Desde que en el año 1992 se diseñó el “Informe de Girona: cincuenta propuestas sobre inmigración”, el cual subscribieron todos los partidos del arco parlamentario, ha llovido mucho y no se ha desarrollado su contenido con políticas concretas. O sea, con partida y presupuesto.

Pero el Informe continúa siendo un punto de partida, como lo es el reciente informe aprobado unánimemente por el Parlamento de Catalunya (1).

 

Catalunya, la gran experta

En Catalunya tenemos una gran suerte. Puede que sea el país con más experiencia sobre el gobierno del hecho migratorio. Está será una gran aportación que nos haremos a nosotros mismos.

Las ciudades de Catalunya siempre han estado abiertas a las culturas que se cruzan. Permanecieron abiertas a los inmigrantes de antes, y deberán estarlo para los que vienen hoy de África para ser catalanes en breve. Decía Claude Lévi-Strauss que la gracia de las civilizaciones y de sus culturas es que sean abiertas y cerradas al mismo tiempo. Abiertas, para recibir y mediar la pluralidad, y a la vez cerradas, para definir una identidad original, que las distinga de las otras.

Las ciudades también son comunidades humanas, y saber hacer de la obertura una original distinción sobre la que se cierre la identidad de la ciudad, es todo un reto que pueden alcanzar mejor las ciudades jóvenes, las que todavía se están haciendo, como las de la región metropolitana. Las ciudades del mañana, sean viejas o nuevas, serán ciudades interculturales, como la mayoría de nuestras ciudades. Puede que este futuro que nos viene también sea nuestro pasado y esto nos sitúa en las mejores condiciones para alcanzarlo.

El conflicto y la segregación de los años sesenta respecto a las migraciones llegadas a Catalunya desde toda España, que los ayuntamientos democráticos y la sociedad han orientado hacia conceptos de igualdad, tolerancia y solidaridad, son ahora un patrimonio de valor incalculable para alcanzar un futuro de convivencia en el que ya somos viejos expertos y, además, nos gusta, ya que la apertura es el principal elemento de conciencia ciudadana, y lo que sería conflicto se convierte en diálogo, y el diálogo es el principal signo de eso que llamamos civilización.

Puede estar pasando que en lugares como el Baix Llobregat, el Barcelonés o los “Valleses”, hayamos iniciado un modelo de ciudad crisol que nos resultará valiosísima en un futuro.

Debemos considerar nuestra experiencia de interculturalidad del pasado como una de las herramientas más útiles para afrontar el futuro.

 

La Europa del pluralismo cultural

A la Europa del pluralismo cultural se le añade la particularidad étnica, que se suma a otras sensibilidades culturales existentes como son -en definición de Alain Touraine (2)- la femenina, la de masas americana, gay, comunitaria, local, sexo desocializado, gueto, mass-media, identitaria, etc.

Como concluye Touraine en el artículo referido “Simplemente pido que, primero, se rechace, ante todo, todas las formas de búsqueda de homogeneidad. Segundo, que se reconozca la pluralidad de las formas de cultura minoritaria. Tercero, que todo el mundo acepte la idea de que hay que combinar, de una manera u otra, la participación en un mundo internacionalizado prácticamente económico y tecnológico con la renovación o la creación de proyectos culturales específicos. Y finalmente, y es el punto más concreto, pero que ya supone haber resuelto los grandes problemas, creo que es muy probable que se mantenga una cierta dualidad de modelos entre los países, sean Estados Nación, grupos culturales o regiones, etc. Unos insistirán en la necesidad de mantener una definición de la ciudadanía como vínculo social sin contenido cultural, tipo revolución francesa o revolución americana. Otros, se inclinarán por el modelo que da mucha menos importancia al Estado, incluso en su forma más democrática, y que se define básicamente por la limitación del Estado y por la autonomía de las comunidades. Para hablar según el viejo vocabulario del siglo XVIII, hay una tendencia a John Locke y una tendencia a Jean-Jacques Rousseau, pero ambas se encontraban en la Constitución americana y en la Declaración francesa. Cuando se llega a este punto, el debate se hace bastante civilizado”. Y, acaba afirmando el sociólogo francés: “Creo, no obstante, que los grandes peligros ya quedan algo lejos, actualmente ya no existe el peligro de un totalitarismo cultural, que es tan duro e insoportable como las demás formas de totalitarismo”.

Huir de una concepción totalitaria de la cultura, respecto a la inmigración, implica como cuestión previa que se den tres condiciones:

  • El derecho a la ciudadanía,
  • la inserción laboral, y
  • el desarrollo de las potencialidades creativas individuales y colectivas.

De ahí, que los agentes culturales deban tener como eje de su actuación también estos tres objetivos, sin la existencia de los cuales el inmigrante es un marginado.

Durante los próximos años deberemos combinar la acción cultural con esas tres premisas aún en construcción y el camino no será corto ni fácil.

 

El derecho a la ciudadanía

La Revolución Francesa convirtió al súbdito en Ciudadano. El esclavismo, el vasallaje y cualquier otra forma de subordinación de un ser humano respecto a otro desaparecía para siempre en el espíritu de las mayorías. El valor tridimensional de la libertad, la igualdad y la fraternidad emprendía una larga andadura, que ha hecho al ciudadano de la Europa de este fin de siglo titular de los derechos a la seguridad jurídica o Estado de Derecho; a la promoción social o Estado de bienestar; y a la participación política a través de las instituciones. Son los tres pilares de la ciudadanía europea. Hoy ya nadie acepta que a un ciudadano se le niegue ninguno de los tres. El ciudadano inmigrante no debe ser la excepción: cuando pone su pie sobre la Europa de las libertades también ha de ser ciudadano. La Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano se proclamó en Europa como valor universal, y ese es también nuestro orgullo. Pero la realidad no confirma la regla; es la ausencia de tales derechos para los inmigrantes la excepción que la confirma.

 

La inserción laboral

El Pleno del Parlamento de Catalunya, en sesión celebrada el día 27 de junio de 2001, votó, por unanimidad, la Resolución 858/VI, por la que se aprobó el Documento de la Comisión de Estudio de la Política de Inmigración en Catalunya.

En el apartado dedicado a la política laboral, el referido Documento dice “la inserción laboral es un elemento clave para la integración: tener un lugar de trabajo retribuido es para muchos el principal elemento para la integración en una comunidad; la precariedad genera inestabilidad para la persona y la sociedad”.

“La formación continua de los inmigrantes, la adecuación reglamentaria para que un inmigrante con trabajo pueda ser contratado legalmente en el período más breve posible, son circunstancias que favorecen la integración y la estabilidad laboral y social. Habría que agilizar, por lo tanto, los trámites para resolver con diligencia los permisos de residencia y de trabajo de las personas que reúnen todos los requisitos legales para ser contratadas”.

“En el ámbito laboral hay que respetar un principio básico muy simple: cualquier persona “de cualquier condición, origen, sexo o edad”, que trabaje para otra debe hacerlo en las condiciones laborales que establezcan las leyes y los convenios colectivos para el conjunto de la población”.

“Es preciso que los extranjeros que sean trabajadores por cuenta ajena disfruten de los mismos derechos y deberes que los trabajadores nacionales; además, hay que poner los medios para que puedan defender sus derechos y conocer sus deberes”.

“Habría que fomentar la contratación y la formación en los países de origen, con la apertura de oficinas de información y orientación. Es preciso que todos los inmigrantes extranjeros que lleguen al país lo hagan en condiciones de poder trabajar, ya sea por cuenta propia o ajena”.

“En esta misma línea, debería considerarse la posibilidad de que las personas que disponen de un permiso de residencia puedan optar sin más requisitos legales a un empleo”.

 

El desarrollo de las potencialidades creativas individuales y colectivas

El mundo oriental no es uniforme, como tampoco lo es el occidental. En el uno y en el otro hay quienes defienden la pena de muerte y quienes se oponen a ella, quienes creen en la democracia y quienes no, quienes potencian el Estado de bienestar y quienes lo desmantelan o no sobrepasan el concepto de la caridad.

Saber hacer de la cultura una herramienta común para la defensa de los derechos civiles, sociales y políticos democráticos es el gran objetivo. El mundo no está dividido en dos: Oriente y Occidente, el mundo está dividido entre quienes optamos por la modernidad y quienes optan por el feudalismo, pensamientos integrista y neoliberal incluidos entre los segundos. La verdadera “guerra de civilizaciones” es esa, y no la de las diferencias étnicas y religiosas.

En el plano municipal debemos facilitar la participación de los inmigrantes en la vida de la ciudad, ejerciendo los derechos a la participación de los que ya disponen, y, en la vida cultural, nuestra opción debe ser similar.

Si la ciudad acepta a la inmigración con sus características culturales, la inmigración aceptará a la ciudad y la hará suya. Si, por el contrario, la ciudad rechaza a los nuevos ciudadanos, éstos rechazarán a la ciudad y se producirá conflicto y xenofobia.

La creación artística y cultural, el asociacionismo, la concepción de las mezquitas como lugares de encuentro sociocultural son elementos que actualmente podemos manejar.

Sin excluir los consejos de participación, que propician la participación pasiva, debemos promover la participación activa, la que surge directamente de una persona o de un grupo de personas. Hacer de la cultura una herramienta de expresión creativa es una forma, más que importante, de integración social, tanto individual como colectiva.

 

Algunos consejos prácticos

  • Analizar y cuidar el diálogo entre instituciones y colectivos de inmigrantes.
  • Incorporar la cultura de la inmigración en los actos públicos de la ciudad.
  • Favorecer los intentos de creación cultural.
  • Favorecer la conexión con los grupos autóctonos que creen en la interculturalidad.
  • Normalizar la presencia de representantes de la inmigración en actos públicos, prensa y radio.
  • Favorecer programas específicos en las radios municipales.
  • Ser conscientes de que el proceso será largo y dependerá más de las actitudes de los interlocutores que de las políticas institucionales.

 

Carles Navales.

Es director de la revista "La factoría" y colaborador habitual de "El Periódico de Catalunya", “El País”, "Diari de Girona" y “La Razón”, entre otros medios. En referencia a cuestiones de inmigración formó parte -en calidad de experto- de la Comisión para el estudio de la inmigración del Parlamento de Catalunya (2000-2001); dirigió el Plan para el realojamiento de inmigrantes residentes en infraviviendas del barrio Sales de Viladecans (Barcelona); es miembro del Observatorio de la Inmigración de Barcelona; autor del libro "Ciudadano Mohamed" (1996); asesor del gobernador civil de Girona (1991-1996); director del seminario "Inmigración, racismo y xenofobia: de la denuncia a las propuestas" organizado por la Fundación Internacional Olof Palme (1994); corredactor del' “Informe de Girona: cincuenta propuestas sobre inmigración" (1992); asesora a diferentes organismos e instituciones y participa en la organización de numerosos encuentros sobre la cuestión.

Este artículo son las notas de complemento para la conferencia pronunciada por el autor en “Interacció’02: políticas para la interculturalidad”. Barcelona, 11 de octubre de 2002.


(1) Ambos informes están publicados en el número 18 de esta revista.

(2) Alain Touraine. “Indicadores para el diálogo intercultural”. Revista “La factoría”, nº 16.