Una reseña sobre la globalización

Raimon Obiols

Los acontecimientos producidos en Génova en julio de 2001, con motivo de la reunión del G-7, han sido vistos por muchos como un cierto momento de inflexión. Trescientos mil manifestantes, según los organizadores del GSF (Foro Social de Génova), varios cientos de detenidos y de heridos, y un joven muerto, Carlo Giuliani, proyectaron sobre la opinión pública en todo el mundo la imagen de un movimiento de contestación, ciertamente embrionario pero que parece consolidarse en los últimos años y recibe, por el momento, la denominación confusa de "movimiento antiglobalización".

Ello ha suscitado un nuevo impulso del debate y de las iniciativas sobre la globalización y las políticas a desarrollar por quienes no confían en una globalización sin reglas y aspiran a un gobierno democrático y una regulación económica de este fenómeno determinante e irreversible (1). El Grupo Parlamentario del Partido Socialista Europeo, en este contexto, ha acordado el desarrollo de encuentros periódicos con miembros de los movimientos sociales y de la sociedad civil europea. El interface entre la sociedad civil (europea y global) y el mundo político de los partidos y de las instituciones democráticas es un campo esencial a clarificar y dinamizar - en sus contenidos, enfoques y formas - si se quieren crear sinergias y acciones positivas que logren resultados concretos en una perspectiva de progreso social y eviten frustraciones y derivas.

Es un interface (un campo de confrontación, diálogo y eventuales convergencias e iniciativas comunes) que se enfrenta a retos casi inéditos. Bernard Kouchner, comentando los sucesos de Génova, ha hablado de un "Mayo del 68 global". La evocación suscita concomitancias y diferencias. Entre estas últimas, creo que la principal es el paso de una perspectiva de "imagination au pouvoir" a un horizonte explícito de "imagination sans pouvoir": estos movimientos en desarrollo representan, entre distintas novedades, la renuncia expresa a la lucha por el poder (2). Si lo que se plantea es la lucha sobre las opiniones públicas y la consecución de consensos activos globales para inflexionar o incluso invertir las políticas del poder económico y político realmente existente, el campo de las mediaciones, las "contaminaciones" y los nuevos consensos reformadores se convierte en una cuestión central, que no va a ser resuelta con los viejos clisés (vanguardias, instrumentalizaciones, representación) sino con la invención de nuevos planteamientos y métodos. En este sentido, la iniciativa del Grupo Parlamentario es extraordinariamente oportuna y puede resultar muy útil, en la perspectiva de la innovación del movimiento socialista democrático en el mundo de la globalización acelerada.

Puede ser útil recordar el camino recorrido por la Internacional Socialista en los últimos años, en su confrontación con la temática de la globalización.

 

El Congreso de Nueva York y la Comisión Progreso Global

En septiembre de 1996 se celebró en Nueva York el XX Congreso de la Internacional Socialista. El anterior había tenido lugar cuatro años antes en el Reichstag de Berlín en el alba de una nueva época.

La expansión de la IS era sin duda un dato para el optimismo. En Berlín, la Internacional Socialista (IS), había acogido a 24 nuevos partidos. En Nueva York fueron 34 partidos más los que se incorporaron. La IS constituía el más potente foro mundial de partidos democráticos: 143 organizaciones socialistas, socialdemócratas, laboristas y progresistas, de todas las regiones del mundo. Todo ello era muy alentador (3).

Pero el ambiente del Congreso de Nueva York no era de triunfalismo sino de preocupada responsabilidad. En los últimos años, los cambios en el mundo habían sido vertiginosos. Después del trienio 1989 - 1991, se acostumbraba afirmar que la caída del muro de Berlín así como el fin del "socialismo irreal" habían arrastrado a toda la izquierda, y especialmente al socialismo democrático. Se hablaba de "muerte del socialismo", de "final del siglo socialdemócrata", etc.

El crecimiento numérico de la IS no significaba una solución automática al desafío que implicaba, después del histórico trienio 1989 -1991, la centralidad política prácticamente absoluta en el ámbito de la izquierda y el centro- izquierda mundiales. Como había recordado Willy Brandt, en los años 80, "el número de los partidos miembros de la IS y el número de los que aspiran a incorporarse a ella no constituyen un valor en sí mismo, sino una responsabilidad".

La cuestión que se planteaba en Nueva York era: ¿Qué ideas, programas e iniciativas políticas iba a desarrollar la Internacional Socialista ante una nueva era, la de la globalización, con nuevos problemas, nuevos retos y posibilidades inéditas?

Varios fenómenos aparecían embrionariamente, en el trasfondo de este crecimiento de la I.S. El ciclo político y electoral se hacía más favorable, en Europa y otras zonas, después de dos decenios de tendencia favorable a la derecha. En el terreno cultural e ideológico, aparecían síntomas de inicio de un nuevo ciclo caracterizado por una nueva fecundidad del campo progresista, después de un período de hegemonía neoliberal ("pensamiento único"). En fin, nuevos movimientos transnacionales estaban creciendo, esbozando germinalmente una "sociedad civil global".

Era necesario elaborar una nueva plataforma de ideas y de políticas de la Internacional, e innovar al mismo tiempo su organización y sus métodos de trabajo, para participar activamente en el mundo emergente de la política y de la sociedad civil globales.

El Congreso de Nueva York acordó en este sentido la constitución de una comisión especial para impulsar una reflexión y un debate sobre la orientación futura de la Internacional Socialista, que tomó el nombre de "Comisión Progreso Global" . La comisión fue integrada por catorce personas, de las distintas regiones del mundo (4) y presidida por Felipe González.

El líder español dejó claro que no pretendía desarrollar una labor de gabinete sino, por el contrario, provocar un debate lo más amplio y fecundo posible. "No entendemos que nuestro trabajo", afirmó, "consista únicamente en elaborar una declaración de principios común. No queremos ser sólo una especie de Naciones Unidas. (…) El encargo que se nos ha dado es poner en marcha un debate, que queremos encarar con ambición, en el terreno de las ideas. Queremos que la participación sea de todas las organizaciones que integran la Internacional, pero tenemos también la ambición de abrirnos a la participación de personas que no están dentro de estas organizaciones: historiadores, sociólogos, economistas, intelectuales; todos los que están reflexionando sobre los nuevos desafíos, la nueva realidad del mundo en que vivimos" (5).

La Comisión debía plantear unos temas de debate que sirvieran para todos. "Unos elementos de reflexión" dijo González, "que sirvan para que el debate se pueda llevar a cabo al mismo tiempo en Malí o en Noruega" (6).

Fueron siete los campos de reflexión propuestos:

La globalización y sus efectos

A pesar de que no es un fenómeno nuevo, "hoy se habla de globalización de una manera especial, porque está pasando algo que realmente produce una gran aceleración del proceso. No hablo sólo, ni fundamentalmente, de la mundialización en términos comerciales. Los crecimientos del comercio mundial son semejantes a los que se han vivido en otras épocas. Pero hay algunos movimientos espectacularmente nuevos. Por ejemplo, ahora vivimos la información en tiempo real (…) y ese saber instantáneo, ese impacto de la revolución tecnológica, es lo que define un nuevo fenómeno de mundialización junto a un cambio político trascendental: la liquidación de la política de bloques, el fin de la bipolaridad, todavía no sustituida por nada" (7).

Frente a las reacciones negativas, que sólo enumeran el catálogo potencialmente negativo de la globalización y sus efectos, frente a quienes quisieran volverle la espalda a ese fenómeno, hay que afirmar que "la globalización abre grandes incertidumbres pero también grandes esperanzas. El problema es saber si somos capaces de limitar riesgos y aprovechar oportunidades (…) porque la globalización como fenómeno no se puede negar ni excluir".

La revolución tecnológica y sus efectos

Al igual que la globalización, el cambio tecnológico exigido por una economía competitiva, abierta al mundo, no se puede detener ni gradualizar. Hay que asumir el desafío de la revolución tecnológica con todas sus consecuencias. En las sociedades desarrolladas, ello plantea "un triángulo problemático realmente difícil de equilibrar. Un triple problema de competitividad, de empleo y de sostenibilidad del Estado del bienestar".

"Los problemas de competitividad son visibles. Quien no se adapta, y rápidamente, a los cambios tecnológicos con un proceso permanente de reconversión y de reestructuración, queda tarde o temprano fuera del mercado. Y nadie será capaz de cerrar las fronteras en una imperial autarquía, salvo a costa de un retraso histórico todavía mayor y a veces irrecuperable".

"El desafío ineludible de la competitividad plantea por su parte un gravísimo problema de empleo, por el incremento de la productividad de cada persona ocupada, que la misma revolución tecnológica está provocando".

"Eso está cambiando, profundamente, el concepto de solidaridad. La vieja solidaridad de clase, como conciencia vital compartida, propia del trabajo en grandes establecimientos fabriles y de la vida en entornos estrictamente obreros, esta siendo sustituida por una conciencia distinta".

Qué hacer frente a los movimientos internacionales de capital y las crisis financieras

Lo que más llama la atención dentro del fenómeno de la globalización no es tanto el crecimiento del comercio mundial: en intercambio de mercancías, servicios o en inversiones, un crecimiento similar se vivió antes de la primera guerra mundial. La novedad estriba en el enorme incremento de los movimientos internacionales de capital, "de dinero que busca dinero".

"No hay fórmulas para contener, ni hay fronteras para limitar, la libertad de movimientos de capitales (…) Es una auténtica revolución de la nueva situación internacional, lo que verdaderamente está mundializando la economía a nivel planetario (...) El 90 % de los capitales que circulan -el 90 % de 1,1 o 1,2 billones de dólares diarios- son transacciones que se realizan en menos de una semana y que no se corresponden con transacciones de mercancías, ni de servicios ni, mucho menos, de inversiones productivas (...) No se me ocurre proponer que haya barreras nacionales frente a la libertad de movimientos de capital. Eso no es posible (...) La respuesta está en un marco regulatorio para esos movimientos de capital, que no puede ser nacional ni regional, sino global".

Qué Estado queremos y cuál debe ser su papel

La reforma del Estado es imprescindible. "El Estado interventor en todo, el estado totalitario comunista es un gran fracaso histórico. Lo digo describiéndolo, no como una crítica a destiempo (…) Este modelo está descartado, pero también lo está el modelo de estado nacional populista que tiene algunos rasgos de conquista popular y algunas veces se confunde con el Estado del bienestar (…) Si todo se gasta en burocracia, ¿con qué se hace justicia social?, ¿con qué se atiende a las pensiones? Esto es una deformación del Estado, es un Estado nacional populista clientelar que crece y crece, se llena de grasa, pierde agilidad y capacidad de respuesta".

El proyecto de la derecha política es hacer ineficaz el Estado; el de una izquierda política del pasado fue centralizar completamente la toma de decisiones. Ninguno de estos proyectos es posible. Sólo la separación entre una autoridad política democrática y la propiedad permite que el Estado intervenga en la asignación de recursos. Este es el sentido del proyecto socialdemócrata: dejar que el mercado asigne lo que mejor asigna, y el Estado el resto, en un sentido de reequilibrio, cohesión y justicia social.

Qué significa una política macroeconómica sana

Mantener un cuadro macroeconómico sano no es de derechas o de izquierdas. Los objetivos de equilibrio fiscal, baja inflación, control del gasto público, etc. son una obligación de los gobiernos de cualquier color. Más: "el gobierno que no es capaz de trabajar por una política macroeconómica sana es un gobierno que puede ser tachado de irresponsable".

En particular, "la inflación es el impuesto más duro que puede haber sobre la pobreza, sobre las rentas bajas, sobre los salarios y sobre las pensiones. Es chocante, al menos para mí, todavía ver desde el pensamiento de la izquierda la defensa de políticas que no sean antiinflacionistas".

"Se puede discrepar en cuál es la mezcla de ingresos y gastos que hay que hacer para que la economía sea sana y a la vez cumpla objetivos sociales. Pero no hay discusión posible, creo, en torno a la necesidad de una política económica que busque los equilibrios fundamentales de la macroeconomía como una condición indispensable de salud económica, de responsabilidad política y, finalmente, de eficacia en los objetivos sociales".

Qué políticas debemos impulsar desde los gobiernos

"Empieza a haber una preocupación generalizada, incluso en el Fondo Monetario Internacional y en el Banco Mundial, en torno al problema de la legitimación social de las políticas macroeconómicas sanas -o, si se prefiere, de las políticas de ajuste-. La sociedad puede entender el ajuste, pero no un ajuste permanente y eterno, realizado a costa de los débiles o los menos protegidos. La pregunta es entonces: políticas macroeconómicas sanas ¿para qué? (…) para crear capital físico y capital humano".

"Capital físico: es necesario infraestructura de comunicaciones, de telecomunicaciones, de energía, esto es, la infraestructura material que facilite el desarrollo. Capital humano: vale decir, educación, educación y más educación, pero también salud y protección social (…) Se trata de una inversión que no va a atender nunca suficientemente ni eficientemente el mercado (…) este es un problema central".

"Los gobernantes tienen la obligación de dar una razonable igualdad de oportunidades a los ciudadanos. Me importa más el debate sobre los derechos de los ciudadanos y las respectivas obligaciones del Estado ante estos derechos, que el debate, a veces más encendido y violento, de si debe administrarlos el Estado o gestionarlos la empresa privada".

"El político hará bien en respetar el mercado, incluso en modular la fuerza expansiva de las aspiraciones sociales, pero confiar en que el mercado va a cubrir las aspiraciones de la sociedad en educación, en salud, en pensiones, es pedir lo imposible (...) Es pedirle al mercado que sea sensible y solidario socialmente. Hoy el poder político está obligado a hacer una buena administración de los recursos, siempre escasos, pero socialmente sólo se legitima si atiende a los derechos básicos de los ciudadanos".

Cómo llegar a un nuevo orden internacional y conseguir una gobernabilidad global

El mundo actual busca un nuevo orden que sustituya el de la posguerra, caduco a partir de la caída del muro de Berlín. "No hay bipolaridad, pero tampoco un nuevo equilibrio".

"Podríamos contraponer a la realidad de una economía global la necesidad de un "progreso global" entre las regiones del mundo y, dentro de cada región, entre los seres humanos".

"Un regionalismo abierto, política, económica y comercialmente, es lo que más se acerca, internacionalmente, a una respuesta adecuada a este desorden que genera un mal llamado multilateralismo puro. ¿Unión Europea, Mercosur, Grupo de los Tres, Alca? Por ahí va la respuesta".

"Hay que redefinir Naciones Unidas, su Consejo de Seguridad y sus organismos. También hay que pagar las cuotas para exigirle un buen funcionamiento".

La crisis financiera internacional iniciada en el sudeste asiático en 1997 dio lugar a enormes turbulencias económicas y ha generado intolerables costes sociales en numerosos países en vías de desarrollo. Amenaza el crecimiento del mundo desarrollado y ha mostrado los grandes riesgos asociados a la desregulación sin control del movimiento de los capitales a nivel internacional. La primera de las prioridades de un movimiento progresista global debe ser el impulso para modificar el actual sistema financiero y monetario internacional para crear un marco ordenado para la economía global.

Ello implica impulsar reformas que consigan un sistema internacional más eficaz, animando los flujos de capitales a largo plazo por oposición a los flujos a corto plazo; reforzar la regulación financiera, la transparencia y el control prudencial de las instituciones financieras; elevar el rango del comité interino del FMI para convertirlo en un consejo político con capacidad decisoria; mejorar la coordinación del FMI y el Banco Mundial; mejorar los mecanismos de financiación de las instituciones internacionales.

Implica también lograr un sistema internacional más estable, mediante la mejora de los mecanismos de prevención y gestión de las crisis, con instrumentos de urgencia eficaces a nivel nacional e internacional. Deberían impulsarse sistemas de cambio más adecuados en las economías emergentes y de estabilidad monetaria entre los bloques comerciales de mayor dimensión. A largo plazo debe llegarse al establecimiento de más uniones monetarias regionales.

Implica, en fin, plantearse el avance hacia un sistema internacional más justo, a través de medidas destinadas a las regiones y grupos de población más vulnerables. Especial importancia tiene, en este sentido, el desarrollo de programas para la reducción substancial y la reestructuración de la deuda. La moratoria temporal debería utilizarse para negociar los programas de reducción y reestructuración con el fin de ayudar a los países afectados y permitirles enfrentarse a los problemas económicos en condiciones viables. Desde las instituciones financieras mundiales y desde los gobiernos debe impulsarse una negociación con las instituciones de crédito privadas para organizar colectivamente ese proceso.

Las "utopías necesarias"

La Comisión Progreso Global abordó en sus debates las "grandes cuestiones de época": la pobreza y la desigualdad (entre los países y dentro de ellos), la guerra y las políticas de fuerza, la igualdad mujer - hombre, los problemas culturales e identitarios ligados al proceso de la globalización, y la crisis medioambiental y el desarrollo de modelos de desarrollo sostenible. Describió, en este sentido, un horizonte de "utopías necesarias": erradicación de la pobreza, plena igualdad de géneros, superación de la violencia y la guerra, desarrollo sostenible.

En el terreno de la lucha contra la pobreza y las desigualdades, se trata de invertir la tendencia de las décadas neoliberales y conseguir restablecer una correlación positiva entre crecimiento y distribución equitativa de la renta. El número de personas viviendo en condiciones de pobreza absoluta no deja de crecer. Unos 1.300 millones de seres humanos, aproximadamente una cuarta parte de la población mundial, sobreviven con menos de un dólar al día. Por otra parte, la distancia entre ricos y pobres tiende a aumentar entre los países: ha pasado de una relación de 9 a 1 a fines del siglo XIX a una relación actual de 60 a 1. Una familia media de los Estados Unidos es 60 veces más rica que una de Etiopía. Desde 1950 la parte de la población mundial que vive en países pobres ha crecido en un 250 % y la que vive en los países ricos en menos de un 50 %. También en el seno de los países prósperos se ha producido esa tendencia a la disociación entre crecimiento y distribución equitativa.

Cómo ha señalado Clare Short, secretaria de Estado para el Desarrollo Internacional del gobierno de Tony Blair, luchar contra ese estado de cosas no es únicamente una cuestión de deber moral. Es también una cuestión de urgencia desde el punto de vista de los intereses globales. "Si no actuamos", ha dicho Short, "hay un peligro real de que, a mediados del siglo XXI, el mundo simplemente no sea sostenible. La combinación de las presiones demográficas, de la degradación ambiental, de los conflictos y enfermedades puede imponer una presión catastrófica sobre el planeta" (8).

Para hacer frente a tal situación, se propone un pacto global, comprometiendo a gobiernos, instituciones y sociedad civil, para alcanzar los siguientes objetivos: la reducción a la mitad del porcentaje de personas que viven en extrema pobreza, para el año 2015; extensión total de la escolarización primaria para el 2015; progreso global de la igualdad de género, con la eliminación de las diferencias de género en la educación primaria y secundaria; una reducción de 2/3 en los porcentajes de mortalidad infantil, para el 2015; la implementación de estrategias nacionales para alcanzar pautas de sostenibilidad y regeneración ambientales, antes del 2015.

Una condición necesaria, aunque no suficiente, para un proceso de reducción de la pobreza en el mundo, es el crecimiento económico sostenido. En este sentido, el establecimiento de nuevos mecanismos de regulación de los mercados globales, para prevenir y paliar las crisis, es una condición "sine qua non". El crecimiento debe ser sostenido si quieren obtenerse resultados sociales. Aún así, si se mantiene sin cambio la distribución de las rentas, el ritmo de reducción de la pobreza puede ser extraordinariamente lento. Así, por ejemplo, una experta del Banco Interamericano de Desarrollo, Nora Lustig, refiriéndose a la situación en América Latina, señala que "a tasas de crecimiento anuales de 3 % per cápita, podrían requerirse de 40 a 150 años, según el país, para erradicar completamente la pobreza, medida conforme a la proporción de personas que sobreviven con menos de dos dólares al día" (9).

El crecimiento económico es condición esencial pero no suficiente. Sobre la base de macroeconomías sanas, en un marco de crecimiento estable y lo más elevado posible, es necesario desarrollar políticas públicas que tiendan a una redistribución equitativa (éstas, por otra parte, pueden coadyuvar al objetivo del propio crecimiento económico): igualdad de acceso a la educación, a los servicios de salud, reforma en los sistemas de propiedad y explotación de la tierra, programas de vivienda, reforma fiscal en una línea de progresividad, etc.

Otro aspecto se refiere al papel de la comunidad internacional. Una serie de políticas, cuya implementación puede impulsarse desde la presión positiva de los sectores progresistas del mundo, las organizaciones de ayuda al desarrollo, la emergente sociedad civil global, pueden ser adoptadas por los organismos multilaterales y por los países más prósperos, para conseguir la disminución progresiva de la pobreza en el mundo. Los países prósperos pueden poner capital a disposición de los países con elevadas tasas de pobreza favoreciendo la afluencia de capitales privados para la inversión en la economía real; pueden reducir el lastre a menudo insoportable de la deuda y su servicio; pueden desarrollar programas de ayuda bilateral directa; pueden abrir más sus mercados a los productos agrícolas; pueden facilitar el acceso a la tecnología más moderna, etc. Sobre todo, su responsabilidad principal consiste en desarrollar un marco más estable de la economía global y conseguir un nivel mayor de crecimiento económico.

La superación del bipolarismo y la globalización implican una evolución radical de las formas y del carácter de la guerra. En el pasado ésta era, predominantemente, el recurso extremo de las relaciones de fuerza entre los Estados. De forma progresiva, el viejo precepto de Clausewitz, según el cual la guerra es la continuación de la política por otros medios, se desvanece o, paradójicamente, adquiere un carácter extremo.

Por un lado, con excepciones importantes (cómo la manifestada por la doble serie de explosiones nucleares indias y paquistaníes en 1998), la guerra ya no es habitualmente la prolongación violenta de las relaciones políticas entre Estados. Por otro, en el incremento de contiendas civiles y de acciones terroristas, lo militar parece convertirse, no ya en una prolongación de lo político, sino, más radicalmente, en su substitución. En contextos profundamente anómicos, la violencia armada se reproduce a sí misma cómo el medio esencial (a veces único) de perpetuar las posiciones e intereses de quienes la impulsan.

A pesar de una espantosa proliferación de "pequeños" conflictos, que han causado en los últimos 50 años decenas de millones de víctimas, conflictos como las dos guerras mundiales del siglo XX no parecen repetibles. Incluso en el período de la guerra fría tal posibilidad fue haciéndose remota a consecuencia de que, con el arma nuclear, el género humano dejó de ser "inmortal" porque podía autodestruirse completamente.

Pero la posguerra fría ha significado una diseminación de los conflictos armados. Entre 30 y 40 conflictos activos (10), en su mayor parte civiles, pueden contarse en este umbral de siglo. El gran riesgo que se plantea, más que el de una repetición de un conflicto mundial, es el de la globalización de la violencia. En un contexto marcado por el relativo optimismo del tiempo de la "Perestroika", la "Comisión de Gestión de los Asuntos Públicos Mundiales" que, presidida por el socialista sueco Ingvar Carlsson y por Shridath Ramphal, redactó el informe "Nuestra comunidad global" (11), describía los tres escenarios de la violencia en el mundo de la post guerra fría: en un escenario esperanzador, el mundo se convertiría en más pacífico y seguro "una vez se recupere de las perturbaciones ocasionadas por el súbito final de la guerra fría". Un segundo escenario contemplaba un mundo dividido en dos: "una parte próspera y segura que incluiría el grueso de Europa occidental y central, el este asiático y América del Norte, y una vasta extensión de territorios empobrecidos y con violentos conflictos y sin gobiernos estables" en grandes áreas del resto del mundo. En un tercer escenario, "el mundo entero se sumiría en una violencia creciente y grandes extensiones se volverían ingobernables. El delito, las drogas, el paro elevado, las tensiones urbanas, la mala gestión económica y las tensiones étnicas llevarían a una violencia de nivel moderado o a conflictos más graves en regiones y ciudades de todo el mundo".

Sin catastrofismo debe señalarse, simplemente, que el primer escenario no se ha cumplido. Después de un breve lapso de tiempo, los "años Gorbachov", en los que se levantó el recurso permanente al juego cruzado de los vetos en el Consejo de Seguridad en las Naciones Unidas y se avanzó sensiblemente en la resolución de diversos conflictos, de nuevo se entró en una etapa marcada por las limitaciones y la impotencia de las NN.UU. En este contexto de inestabilidad, nadie puede caer en la ilusión de mantenerse al margen, bajo la protección de escudos o fortalezas nacionales, como han mostrado los terribles atentados en los Estados Unidos en septiembre de 2001. La interdependencia -también en materia de seguridad- aumenta a un ritmo extremadamente rápido y debería estimular la conciencia y la práctica de un reformismo global ante las situaciones de conflicto.

En este sentido y ante la proliferación de la violencia ¿a qué apostar, sino a la razón y sus instrumentos?

Sin caer en la ilusión de confiar en un final definitivo de las guerras y de la violencia, sí puede afirmarse que el contexto histórico actual permite avanzar sensiblemente en la preservación y la conquista de la paz en las áreas perturbadas del mundo, en particular mediante una reforma de las Naciones Unidas que le otorgue una mayor capacidad. Las NN.UU. deberían ser la institución fundamental para la prevención y resolución de los conflictos. Pero, como ha escrito Giorgio Ruffolo, a propósito de Kosovo, "los paladines pacifistas del recurso a la ONU antes que a la OTAN no pueden ignorar (…) que la ONU está paralizada por el derecho de veto otorgado a los miembros del Consejo de Seguridad (…) Si de verdad queremos un 'guardián imparcial' del mundo, hay que reformar desde los cimientos la estructura de la ONU, colocando las primeras bases de un gobierno mundial" (12).

Por lo que hace a la cuestión de la igualdad de género, entre mujeres y hombres (13) la afirmación de partida es doble: por un lado, que la "revolución de las mujeres" habrá sido, finalmente, tal vez el rasgo más positivo del siglo XX. Por otro, que este proceso está aún en su fase primera; queda aún un largo recorrido hasta la plena igualdad en todos los ámbitos (por poner un ejemplo, la Unión Interparlamentaria publicó en 1997 los datos actualizados sobre la presencia de las mujeres en el conjunto de parlamentos de todo el mundo: un 11,7 %).

Eso implica como consecuencia que un movimiento progresista global debe situar la cuestión de la igualdad de géneros como elemento prioritario: paridad en las organizaciones políticas y sociales, políticas de educación y de empleo que eviten una discriminación de la población femenina, lucha contra el fenómeno de "feminización" de la pobreza, políticas efectivas de emancipación de la mujer en la esfera privada y en la pública.

La gran ovación del Congreso de París, con más de un millar de delegadas y delegados en pié, se produjo tras la intervención (por cierto, nada retórica) de Mª Dolors Renau, la nueva Presidenta de la Internacional Socialista de las Mujeres. Parece, en el campo socialdemócrata, que la acción de las mujeres funciona a 250 voltios y la de los hombres a 125. Cuando hay una causa clara, que se explica con pasión y coherencia, se crean sinergias, se producen iniciativas, se dinamizan fuerzas activas, se genera dinámica y entusiasmo.

El problema planteado por la crisis ecológica global se ha convertido en una cuestión central de nuestra conciencia colectiva. Asistimos en efecto a una crisis ambiental mundial y la crónica diaria nos lo recuerda, de Seveso a Bophal, de Chernobil al Ruhr o a Ciudad de México. La progresiva agresión contra la atmósfera terrestre, la contaminación de los mares, el riesgo de anomalías climatológicas, la enfermedad y muerte de los bosques, la contaminación de las aguas subterráneas y de los ríos, la desertización, las altas tasas de mortalidad de las especies, los accidentes ligados al petróleo o a la energía nuclear, son manifestaciones dramáticas de una crisis global de nuestra relación con la Tierra, que se pone de manifiesto en un aumento acelerado de los desequilibrios y de los fenómenos de destrucción de los recursos naturales.

El medio ambiente se ha convertido en dimensión concreta de la política y muy a menudo esta dimensión es global. Es un condicionante cada vez más imperativo para todas las fuerzas políticas. Sin embargo, por lo que hace al socialismo democrático y en general a las fuerzas progresistas, el cambio es más substancial. No se trata de una adaptación programática sino de un elemento substancial de una necesaria renovación de las ideas y del proyecto, que implica, de hecho, un proceso de "cambio de paradigma", es decir una evolución hacia cuadros de pensamiento nuevos para ordenar ideas, proyectos y propuestas programáticas. En este sentido, la orientación ecológica de los análisis y propuestas de la izquierda no deben constituir un elemento de complementariedad, sino un nuevo eje substancial.

Una doctrina sobre la globalización: la Declaración de París

En estos años la Internacional Socialista (IS) ha elaborado una doctrina sobre la globalización. De los debates de la Internacional socialista entre 1997 y 2000 surgió una plataforma, aprobada en el Congreso de París: la llamada Declaración de Paris (14) que representa una síntesis del proceso de reflexión y debate que impulsó la Comisión Progreso Global (15).

No hay en esta Declaración una propuesta de "pensamiento único" alternativo, sino un esbozo de una nueva "gran narrativa" progresista, basada en la diversidad y el pluralismo, como base para renovar los recursos críticos, teóricos, políticos y simbólicos del socialismo democrático internacional, para que recupere el hilo de la historia en los inicios del nuevo siglo.

La reivindicación enérgica de la política democrática, la voluntad de establecer una interpretación de la nueva época de la globalización, la determinación de impulsar un nuevo internacionalismo progresista y la fijación de una agenda política global constituyen los ejes de la Declaración de París. Y también la reivindicación del valor de las ideas: contrariamente a lo que a menudo se dice, ésta es una época altamente ideológica. Durante un par de décadas, un sistema de comunicación internacional, con origen en Occidente pero de alcance global circula a paso de carga por el planeta entero, difundiendo una determinada ideología que nos dice "qué hay que consumir" y "qué hay que pensar". Es la "grande narrativa" neoliberal de la que ha hablado Donald Sassoon: de hecho una ideología de ambición global. Si Orwell escribiera ahora su 1984, probablemente su temática sería ésta.

Esquemáticamente, los campos definidos en la Declaración de París de la Internacional Socialista podría resumirse en los elementos siguientes: Globalización del progreso material, de los derechos humanos y de la democracia (Progreso Global). Gobierno democrático y regulación económica de la globalización. Expansión y revitalización de la política democrática - Igualdad social, territorial y de género. Lucha contra la pobreza absoluta y relativa. Lucha contra la guerra y las políticas de fuerza. Ecopolítica (desarrollo sostenible). Regionalismo abierto. Estado activo de nuevo tipo. Nueva relación público-privado.

La Declaración de París tuvo el mérito de proponer un relato de la globalización y sus efectos, una definición de los retos y de las prioridades. Una base esencial de este nuevo planteamiento es una reformulación del internacionalismo de la solidaridad en el mundo global. Del mismo modo que la expansión del socialismo democrático fue en el pasado indisociable del Estado-nación (como marco para el gobierno de la economía nacional y la realización de políticas redistributivas) ahora el futuro del proyecto socialista depende en muy buena medida del desarrollo de plataformas y acciones políticas globales. Es decir: de la realización de una política transnacional y de la formación de nuevos consensos en las opiniones públicas para hacer frente a retos que no pueden ser resueltos en el marco nacional y sólo hallaran solución en un ámbito global.

Sin embargo hay carencias evidentes de desarrollo e implementación de esta plataforma en el plano de la acción y de la visibilidad del socialismo democrático y de la I.S (16). Ello se debe a distintos factores. En un mundo cada vez más complejo, a través de unos caminos que hay que recorrer entre los laberintos de la política y las exigencias de una ética de las responsabilidades, no es fácil impulsar una política global que implique acción reformadora de los gobiernos, práctica internacionalista (y transnacional) de los partidos y diálogo y sinergia con los nuevos movimientos de la sociedad global. Éstos han ido produciendo distintas iniciativas y movilizaciones en todo el mundo, en un período marcado por el progresivo agotamiento de la hegemonía neoliberal. Bien es verdad que a menudo estos movimientos se concentran más en la denuncia de los problemas que en la propuesta de soluciones. Pero ni este hecho, ni la radicalización y la violencia de estos extremos no puede hacer ignorar que, en el fondo, a lo que asistimos es a un fenómeno de rápida traslación del concepto de acción social y política y de bien público al plano global. Asistimos al surgimiento de un horizonte de progreso global.

Qué hacer

Michel Rocard ha señalado, con razón, que ante los problemas de la globalización "no hay una respuesta coherente sino es a nivel mundial". Pero no existe todavía una respuesta fuerte de las fuerzas políticas progresistas. "La necesidad de un esfuerzo de reconstrucción, de propuestas y de compromisos es por tanto evidente", ha indicado Rocard, que añade que "hace falta trazar una perspectiva clara. Los partidos laboristas, socialistas y socialdemócratas miembros de la Internacional Socialista, que están en el poder - ya sea directa o indirectamente - en trece de los quince países de la Unión Europea, y en numerosos países del mundo, deben centrarse en esta lógica. Fracasarían si imaginaran poder contar únicamente con sus propias fuerzas".

Rocard ha propuesto, en este sentido, los objetivos siguientes:

La renovación del conjunto de las fuerzas de transformación social, con todos sus componentes históricos.

  • Reunir "más allá de las fronteras de la clase política, a intelectuales, responsables sindicales, animadores de movimientos sociales y de ciudadanía, militantes de ONGs: se trata ante la parálisis de los Estados, de crear una militancia de la regulación mundial, impulsando acuerdos contractuales, convenciones o tratados".
  • Una labor de explicación permanente a los ciudadanos y ciudadanas de los países del mundo sobre los problemas actuales y las respuestas necesarias para "crear para el siglo XXI una sociedad renovada".
  • Considerar la Unión Europea como "una base de autoridad pública emergente cuyo poder económico y financiero, tecnológico, cultural, diplomático y militar puede potencialmente ejercer una acción correctora del sistema global" (17).

Estos ejes de acción parecen los más adecuados para orientar una implementación política general de nuestros planteamientos.

Diálogo, sinergias

Un punto crucial, en esta perspectiva, es el del diálogo y las sinergias "más allá de las fronteras de la clase política". El "interface" entre los movimientos sociales transnacionales y el mundo político del socialismo democrático es un reto extremadamente delicado, pero abordarlo resulta indispensable: no habrá reformas globales sin los consensos adecuados en las opiniones públicas y en la sociedad civil organizada.

Más allá de los problemas planteados en uno y otro ámbito (en los movimientos: riesgo de extremismo, violencia y aislamiento; en el mundo político: crisis de los partidos, debilidad de la potencia reformadora) hay unos puntos de convergencia que son claros y pueden hacerse fecundos: el rechazo al fundamentalismo de una autorregulación totalmente libre del mercado; oposición a la inhibición de los poderes públicos y de las instituciones democráticas; desarrollo de un gobierno democrático y de una regulación económica y social de la globalización; servicios públicos, equipamientos colectivos, gestión racional del territorio y del medio natural; profundización democrática, en un sentido social y participativo.

También puede establecerse una confluencia hacia una misma "utopía realista": profundización de la democracia, reparto del trabajo y de las responsabilidades, equilibrio entre actividades económicas y sociales, un orden mundial democrático, pacífico y solidario, plena igualdad y especificidad de los géneros, creatividad y emancipación cultural.

Estamos en un proceso, con debates diferenciados, contradicciones y problemas nuevos. De lo que se trata es de hallar, a través del mismo, los elementos de encuentro que puedan configurar unas narraciones explicativas y una propuesta compartida de un movimiento plural hacia un progreso global.

La responsabilidad europea

Frente a la globalización, es preciso que la política y los gobiernos democráticos recuperen su capacidad de acción y orientación, si queremos que la creciente interdependencia del planeta no se verifique únicamente en términos de libre circulación de capitales y de libre comercio, sino que apunte a un proceso más rico, que permita el desarrollo de políticas económicas más articuladas y de gobernabilidad global.

Para los europeos, la constitución de la unidad de Europa es, a la vez, el instrumento necesario, el camino conveniente, el objetivo ideal, en esa perspectiva general de gobierno de la globalización. Esa experiencia no tiene únicamente validez para Europa.

La posibilidad de desarrollo de procesos de regionalización, no encerrada en sí misma, sino abierta, aparece en las distintas partes del mundo, y se inscribe en la pista histórica que traza la experiencia pionera de la Unión Europea. Se apunta a procesos de configuración de nuevos sujetos supraestatales, a la vez políticos, económicos, sociales, monetarios y geoestratégicos, que permitan avanzar hacia nuevos esquemas de gobernabilidad en la era de la globalización. En este sentido, puede afirmarse que el mensaje de la unidad europea tiene un contenido de afirmación política fuerte para la izquierda. El éxito o el fracaso de ese proceso tendrá consecuencias no sólo para los europeos. Puede influir mucho en una evolución mundial positiva hacia un nuevo sistema de gobernabilidad democrática de la globalización o, por el contrario en un proceso que signifique la primacía absoluta de una esfera financiera privada capaz de desposeer hasta límites hoy poco imaginables las prerrogativas del poder democrático de los Estados.

Raimon Obiols i Germà.
Diputado socialista (PSC-PSOE) en el Parlamento Europeo.

Este artículo fue escrito el 5 de septiembre de 2001.

(1) Fue Fidel Castro, que no cito como argumento de autoridad sino como inventor de expresiones brillantes, quien dijo en 1998 en Ginebra que " Gritar 'abajo la globalización!' es como gritar 'abajo la ley de la gravedad!' "
(2) Con connotaciones, por otro lado, de rechazo de cualquier tipo de centralización y jerarquía...o de servicios de orden musculosos en las manifestaciones (lo cual plantea el grave problema de de la indefensión y los derrapajes ante las provocaciones de minorías violentas).
(3) La incorporación, en el Congreso posterior, en París, del Congreso Nacional Africano de Mandela, del "Fatah" de Arafat, y de nuevos partidos latinoamericanos, africanos y asiáticos, confirmó esta tendencia de globalización de la Internacional.
(4) Los miembros que integraron la "Comisión Progreso Global" eran: Felipe González (España); Gro Harlem Bruntland (Noruega); Fathallah Oualalou (Marruecos); Takako Doi (Japón); Martine Aubry (Francia); Ricardo Lagos (Chile); Helen Clark (Nueva Zelanda); Ibrahim Boubakar Keita (Mali); Audrey McLaughlin (Canadá); Rolando Araya (Costa Rica); Shimon Peres (Israel); Milos Zeman (República Checa); Nicola Zingaretti y Umberto Gentiloni (Italia).
(5) Felipe González, "¿Qué es la Comisión "Progreso Global?", Comisión Progreso Global, Madrid 1997, http://www.globalprogress.org/castella/madrid/felipe.html
(6) De hecho, la Comisión impulsó el debate en lugares tan dispares como Dakar, Sevilla, Berlín, Santiago de Chile, Rabat, Estocolmo, Washington, Seul, San José de Costa Rica, Londres o Ciudad de México.
(7) Esta cita y las siguientes, en Felipe González, "Los asedios al mundo actual", Leviatán, nº 72, verano de 1998.
(8) Clare Short, en "Eliminating World Poverty", Department for International Development, HMSO Publications Centre, Londres 1997.
(9) Dora Lustig, "El gran desafío de América Latina y el Caribe: abatir la pobreza y reducir la desigualdad", Coloquio "América Latina y el Caribe frente al nuevo mileno", París, marzo de 1999.
(10) Se define aquí como "conflicto" una situación localizada de violencia que produce más de un millar de víctimas al año.
(11) "Our Global Neighbourhood,, the Report of the Commission on Global Governance", Oxford University Press 1995; trad. esp. "Nuestra comunidad global", Alianza Editorial, Madrid 1995.
(12) Giorgio Ruffolo, "Europa, la mirada más allá de la guerra", El País, 10 de abril de 1999.
(13) El emblema de la "Comisión Progreso Global" hace referencia a su prioridad fundamental: invertir la tendencia de las décadas neoliberales, lograr más igualdad en el mundo (+ =).
(14) http://www.socialistinternational.org/5Congress/XXISICONGRESS/DeclParis-s.html
(15) Los textos de la Comisión Progreso Global pueden consultarse en http://www.globalprogress.org
(16) Por ejemplo: en muy frecuentes ocasiones se habló en los foros de la IS (Rocard fue especialmente insistente sobre ello) de la conveniencia de impulsar "un Davos alternativo". Porto Alegre se adelantó.
(17) Michel Rocard, "Nuestro mundo, vuestro mundo", Comisión Progreso Global 1999, http://www.globalprogress.org