Propuestas para el socialismo europeo

Raimon Obiols

Este documento quiere contribuir a una discusión sobre la situación actual en Europa y sobre las perspectivas del socialismo europeo.

Son temas que nos interesan porque, a medio y a corto plazo, prácticamente todo está subordinado a ellos. En aspectos básicos, las soluciones a los problemas y retos de nuestras sociedades serán europeas o no serán.

Se puede decir también que los principales retos del mundo de la globalización acelerada, lleno de posibilidades y amenazas, tendrán uno u otro tipo de salida en función de la capacidad de Europa para constituirse en una fuerza global.

La globalización se puede convertir en un potente “federador” de Europa y del socialismo europeo, pero también puede convertirse en un “inhibidor” si prosperasen en los próximos años las actitudes de repliegue nacional.

Que las cosas vayan en un sentido o en el otro depende de la evolución de las opiniones públicas y de los proyectos políticos. Este no puede ser un momento para la pausa reflexiva; hace falta reflexión y debate, pero por encima de todo es necesaria la acción.

 

La situación europea

La situación de la Unión europea no es buena. El futuro de la Constitución está en suspenso debido al resultado negativo de los referendos en Francia y en los Países Bajos. En las instituciones europeas y en los gobiernos es un momento de pausa, más o menos "reflexiva", y aparecen nuevas divisiones en los gobiernos y en las opiniones públicas. No es cierto, como algunos interesadamente afirman, que "el Tratado constitucional está muerto": los procesos de ratificación han seguido adelante en parte, y una mayoría de los Estados miembros de la UE, representando una mayoría de la población de la Unión, se han pronunciado ya a favor.

Creemos que se producirá una reanudación del proceso constituyente porque la integración de Europa es una necesidad que tenderá a imponerse en los próximos años por encima de los avatares. 

Pero no se puede prever ahora, con precisión, qué formas y contenidos concretos, qué calendarios, programas y liderazgos tendrá la futura reanudación. La crisis deja abiertas distintas opciones, sobre las que hace falta reflexionar y debatir a fondo, sin que esto implique la interrupción del proceso constituyente.

La reflexión y el debate son imprescindibles, porque esta crisis del proceso constituyente no es la causa sino la manifestación de una crisis europea de alcance más amplio, que tenemos que comprender si queremos encontrar respuestas adecuadas.

Si miramos las cosas tal como son, en Europa hay síntomas de crisis en aspectos claves: una situación económica y social problemática, con crecimiento débil y visibles retrasos comparativos en relación a otras regiones del mundo globalizado, sentimientos difusos de inseguridad, una tendencia a la precarización del trabajo y a la exclusión social de franjas de la población (especialmente entre los jóvenes), problemas de disgregación relacionados con los fenómenos migratorios; y también un distanciamiento visible entre la ciudadanía y los instrumentos e instituciones de la política (que no tendríamos que confundir precipitadamente con un fenómeno de despolititzación).

El panorama político es bastante problemático. Al "no" francés y holandés del 2005 y a los retos derivados de la ampliación de la UE, el 2004, se añaden situaciones de incertidumbre y dificultades a la mayoría de los grandes Estados miembros, con la excepción de España. En Francia hay una crisis política profunda, con la doble incógnita del resultado de las presidenciales del 2007 y del proyecto europeo que impulsará el sucesor o sucesora de Chirac. En Gran Bretaña hay una atmósfera de final de reinado: la crisis derivada de la insensata invasión de Iraq y una serie de problemas internos han llevado a Blair a la cota más baja de popularidad de un "premier" desde 1960 (26 %). Sus posibles sucesores, Gordon Brown y David Cameron, rivalizan en euroescepticismo.

En Italia, la victoria de la coalición encabezada por Romano Prodi y la elección de Giorgio Napolitano como presidente de la República son buenas noticias, pero el nuevo gobierno dispone de una mayoría escasa. Alemania podría eventualmente formar una coalición de impulsores del proceso constituyente, con España, Italia, Bélgica, Austria, Luxemburgo y otros países; pero al hablar de una "refundación" de la UE, Angela Merkel parece matizar su posición primera de mantener con firmeza el proceso de ratificación europea de la Constitución. Las tendencias a la “renacionalización” de las políticas gubernamentales están presentes más o menos en todas partes. En Polonia, en especial, los conservadores en el gobierno han formado coalición con fuerzas populistas y de extrema derecha, radicalmente antieuropeas.

 

Riesgos  y oportunidades

Aunque este panorama europeo no es positivo, no damos al término "crisis europea" una connotación solamente negativa.

A pesar de la crisis, “la nave va”: la máquina comunitaria sigue funcionando; la ampliación ha generado un notable dinamismo y progreso económico en los nuevos Estados miembros, mientras una cola de países quieren ingresar en la Unión.

Las crisis plantean riesgos pero también abren oportunidades. En la situación europea actual, las oportunidades son considerables. En cambio abundan las previsiones pesimistas y las "utopías negativas", que señalan los problemas y riesgos que tienen nuestras sociedades, pero ignoran las indiscutibles posibilidades que se encuentran abiertas. 

Incluso no faltan voces que indican que en Europa el aire del tiempo empieza a evocar el de los años 30 del siglo pasado, cuando se intuía una catástrofe sin que se pudiera percibir su perfil exacto y sin saber qué hacer para evitarla. Algunos, desde posiciones neoconservadores (y también desde sectores minoritarios de la izquierda), hablan de la conveniencia, para sacudir la pasividad y el declive de Europa, de una crisis catártica, un renacer de la esperanza, los liderazgos y el agonismo colectivo de los tiempos bélicos del pasado: "what we need is leadership and disaster".[1]

La tesis reaccionaria del "cómo peor, mejor" ha hecho siempre un mal inmenso a los pueblos y a la política de izquierda. Las tesis “declivistas” y catastrofistas, por otro lado, no son inocentes; cómo no lo son tampoco las que, simétricamente opuestas, han abonado durante tantos años el optimismo beat que afirmaba que el mercado lo resolvería todo. Unas y otras expresan los intereses de quienes desconfían o se oponen al poder resolutivo de las mayorías democráticas.

Muchos y muchas socialistas europeos creemos que la situación actual es, precisamente por su carácter crítico, una oportunidad inédita para impulsar una discusión transnacional europea y una convergencia de nuestras políticas y de nuestros instrumentos para hacer política en Europa en los próximos años.

En Europa y a la izquierda son hoy urgentes nuevas anticipaciones políticas positivas que, apunten a una reanudación de conciencia individual y colectiva en el conjunto de las opiniones públicas europeas, y en nuestro propio campo, delante de los retos y de las cosas que tenemos que hacer en los próximos años.

Unos “nuevos comienzos” de la izquierda europea no sólo son deseables: son necesarios y posibles sobre la base de una modernización inteligente de nuestros planteamientos y de una innovación decidida de nuestros proyectos y métodos de acción.

 

Un proyecto europeo de los y de las socialistas

Si esta perspectiva de desarrollo de nuevas iniciativas políticas, con el desarrollo efectivo de un nuevo sujeto político europeo (el Partido socialista europeo, PSE) no adelantara, la tendencia evolutiva podría volverse negativa: hacia repliegue y una renacionalización de nuestras políticas y, en consecuencia una debilitación de nuestras capacidades, incluso en los ámbitos nacionales. Por este motivo creemos que un proyecto europeo de los y de las socialistas es indispensable y prioritario.

Lo menos que se puede decir, pero, es que no se trata de una tarea sencilla. Los obstáculos son abundantes. Una discusión de ámbito europeo no es fácil, debido a la prioridad de los asuntos nacionales, la diversidad de las culturas políticas, y los filtros, todavía importantes, que imponen las distancias y las lenguas.

A estas dificultades se suma la imprevisibilidad de un futuro que, quizás más que nunca, es enigmático. Pero aunque los acontecimientos no son predecibles, las tendencias sí lo son, a condición de leer de forma acertada la evolución del presente. Las anticipaciones cuentan. En la vida económica son uno de los principales indicadores de confianza. En la acción política la anticipación (una determinada visión del futuro, un proyecto), es la fuerza que genera el dinamismo colectivo y abre la posibilidad de nuevos adelantos.

Hoy una mayoría de las opiniones públicas cree que Europa necesitaría abrir un nuevo periodo de relanzamiento político y económico, con ambición y visión de futuro. Esta demanda apunta además desarrollo e innovación, ocupación cualificada, inversiones en formación, búsqueda y servicios, cohesión social en base a una fiscalidad no punitiva y justa. Saben que es a nivel europeo y mundial que se verificarán las batallas decisivas por su nivel de vida y su seguridad profesional y social.

Preocupadas por los efectos de la globalización, las opiniones públicas se interrogan sobre el futuro de Europa y piden nuevas respuestas que tengan credibilidad, eficacia y coherencia.

Quienes creemos que estos retos sólo se podrán afrontar con un proyecto europeo ambicioso tenemos la confianza de que podemos conseguir el apoyo de las mayorías europeas si planteamos con claridad un proyecto común de los socialistas europeos.

Estamos en una situación que hace necesario y posible este objetivo, y sería una lástima que en los ámbitos de la izquierda, el socialismo y la socialdemocracia de Europa no se produjera el intenso debate necesario y las iniciativas adecuadas en esta dirección.

Lo que planteamos es complejo, pero se puede formular de una manera simple: una iniciativa, con voluntad de continuidad, para discutir entre nosotros y transnacionalmente, con el objetivo de aportar nuestra contribución de ideas y de iniciativas prácticas a tres retos, hoy en día estrechamente interrelacionados: El relanzamiento del proceso constituyente de Europa, la revitalización del debate político europeo, y la modernización europea del proyecto socialista.

 

La crisis del proceso constituyente

Si nos preocupa la actual "crisis constituyente" europea no es principalmente por unas ansias europeístas o federalistas sino porque partimos de una doble constatación:

* la unidad política de Europa es un objetivo estratégico necesario para hacer frente a los retos que se plantean a nuestros pueblos (defensa y desarrollo del modelo social europeo, igualdad de género, lucha contra las desigualdades, revitalización de los procesos democráticos, cohesión social y territorial, transición a una economía del conocimiento, impulso a la búsqueda y a la innovación, gestión restauradora del medio ambiente y del paisaje, papel de Europa al mundo);

* sólo podrá seguir construyéndose la Europa política mediante el consenso y el apoyo de sus pueblos y si anchos conjuntos de ciudadanos y ciudadanas participan en su construcción.

Debido al resultado negativo de los referendos en Francia y a los Países Bajos, el proceso de ratificación de la Constitución europea está cuestionado. Si el voto que ganó en estos dos países hubiera tenido una orientación inequívoca, las cosas serían, en Europa, relativamente más sencillas. No es el caso: los "no" fueron muy heterogéneos, fruto, cómo ha escrito Habermas, de "sentimientos ambivalentes y motivaciones mezcladas". Otros han interpretado los “no” como un voto de castigo “multilevel", en distintos niveles y direcciones.

En todo caso, no es posible una respuesta que proporcione satisfacción a posiciones tan diversas cómo, por un lado, las de los comunistas y trotsquistas franceses, otro de los socialistas, de los verdes y de los “altermundialistas”, o, por otro, las de la extrema derecha de Le Pen y de la “derecha soberanista" de De Villiers o Pasqua. Lo mismo se puede decir con respeto al voto negativo en Holanda u otros países con elevado porcentaje de euroescépticos.

En todo caso, los acontecimientos posteriores a la doble victoria de los “no” ha mostrado como mínimo tres cosas:

* que no existía el famoso "plan B" en el caso de que el proceso de ratificación chocase con posiciones contrarias en alguno de los Estados miembros;

* que los defensores de un "no europeísta de izquierda" no tenían un proyecto alternativo único y preciso, más allá de la defensa de la Europa social o de la afirmación general de que "otra Europa es posible";

* que detrás del compromiso del proyecto de Tratado constitucional había, entre los gobiernos nacionales, posiciones y proyectos distintos (este es, por cierto, el rasgo que define todo compromiso y no tendría que constituir ninguna sorpresa).

El actual "periodo de reflexión" tiene por causa principal el tercero de estos hechos: cuestionada la viabilidad del compromiso constituyente, los gobiernos y sectores más favorables a una Unió fundamentalmente intergubernamental (minimalista y neoliberal) se precipitaron a decir que la Constitución había muerto (olvidando que el proyecto de Tratado aprobado el octubre de 2004 y firmado en Roma por los representantes de todos los Estados miembros, contaba con una mayoría que ha ido aumentando). En cambio, los partidarios del progreso en la integración comunitaria y política de Europa se pronunciaron por la continuación de un proceso constituyente subscrito por la Convención europea y por los gobiernos de la Unión.

 

El “periodo de reflexión” y los escenarios de salida

En esta situación, ni se podía seguir adelante como si nada hubiera pasado, ni era aceptable dar por enterrada la Constitución. Así, el Consejo europeo del 16 y el 17 de junio de 2005 encontró una solución de compromiso abriendo un "periodo de reflexión" sobre el futuro de Europa y del Tratado constitucional, el mérito principal del cual, en su primera fase, ha sido poner en evidencia las diferencias existentes entre los distintos gobiernos nacionales de la UE, pero también el hecho que el Tratado ha sido ratificado por nuevos Estados miembros : Luxemburgo, Bélgica, Estonia, probablemente Finlandia durante el verano del 2006 (que acontecerá así el decimosexto Estado miembro del campo del “sí” ), y cuenta por lo tanto con un apoyo mayoritario, mientras que otros han decidido aplazar la ratificación sine die o no está de momento en su agenda (Dinamarca, Gran Bretaña, Irlanda, Polonia, República Checa y Suecia)[2].

Ante la situación actual, los escenarios de salida que se han planteado son esquemáticamente los siguientes:

* La continuación del proceso de ratificación del Tratado constitucional. Habiendo continuado algunas ratificaciones después de los resultados francés y holandés, se trataría de continuar el proceso, con el objetivo de obtener el mínimo de las cuatro quintas partes de los Estados miembros (veinte de veinticinco), esperando que los otros decidieran finalmente sumarse al “sí”;

* Fórmulas que faciliten una ratificación en Franca y Holanda. Se plantea que, sin el cambio de posición de estos dos países es difícil que quienes han aplazado la ratificación se sumen al Tratado. Se trataría de estudiar fórmulas que permitieran someter a los dos países un nuevo planteamiento (por ejemplo sometiendo a aprobación sólo las partes I y II del Tratado, con una declaración política o un protocolo adicional que garantizara el compromiso de la UE en el mantenimiento del modelo social europeo);

* Aprobación de un Tratado constitucional reducido o modificado. Es la opción que buscaría un consenso para adoptar los aspectos menos controvertidos del Tratado constitucional: reformas en la Presidencia del Consejo, creación del Ministro de asuntos exteriores, introducción del voto por mayoría calificada en nuevas materias, etc.;

* Revisión de los Tratados actuales.  Se limitaría, frente la imposibilidad de ratificación del Tratado constitucional, a revisar los Tratados vigentes para efectuar las modificaciones imprescindibles para el funcionamiento de la Unión ampliada a 27 o más Estados miembros;

* Adopción de algunos elementos del Tratado constitucional, sin modificación de los Tratados: consistiría en ir implementando algunos elementos del Tratado institucional mediante acuerdos interinstitucionales sin modificación de los Tratados.

* Constitución de un núcleo de países dispuestos a avanzar en una mayor integración: El jefe de gobierno belga, Verhofstadt, lo ha propuesto para el grupo de países del euro-grupo, y Chirac ha hablado también de un “grupo pionero”.

Es difícil -y no reside ahí nuestro objetivo- hacer una valoración de esta gradación de opciones, u de otras que se puedan formular, y de su viabilidad futura.

Desde un punto de vista político, el objetivo deseable por nuestra parte es claro: el hecho que el Tratado constitucional haya sido ratificado por una mayoría de nuestros conciudadanos y conciudadanas, así como por una mayoría de los Estados miembros, nos legitima y nos impulsa a defender la continuación del proceso de ratificación del Tratado constitucional. En particular, creemos que es importante mantener los avances de las partes I y II del proyecto, para permitir un sistema de decisiones más transparente, eficaz y democrático.

No se puede abandonar el proceso constituyente, pero es evidente también que hace falta responder a las preocupaciones expresadas por una parte importante del electorado, permitiendo a los países que han votado en contra, y a los países que han decidido parar el proceso, abrir una vía hacia el consenso general.

En este sentido valoramos positivamente la resolución sobre el período de reflexión que se aprobó en el Parlamento europeo el pasado 19 de enero del 2006 (por 325 votos, 125 en contra y 51 abstenciones).

Reafirmando el apoyo al Tratado constitucional y subrayando que los problemas políticos y la debilidad institucional de la UE pueden agravarse si no se implementasen las reformas necesarias, el PE propone la estructuración de un debate asociando las instituciones europeas y nacionales, así como las sociedades civiles, sobre todas las cuestiones de fondos relativas a la construcción europea y a su futuro. Propone como objetivo dar respuestas adecuadas a las preocupaciones manifestadas por el electorado francés y holandés, de forma que las dificultades por la ratificación del Tratado constitucional no se conviertan en insuperables. Afirma que todas las opciones están abiertas sobre el futuro, pero considera que una conclusión positiva del periodo de reflexión y debate consistiría en mantener el Tratado constitucional, cosa que sólo será posible si el proceso se acompaña de medidas importantes destinadas a dar confianza y persuadir a la opinión pública.

 

El calendario

La resolución del PE considera que las conclusiones del periodo de reflexión tendrán que establecerse cómo muy tarde durante la segunda mitad del 2007 (año con presidencia alemana en el primer semestre, y portuguesa en el segundo). Evidentemente, el calendario político-electoral influirá mucho en el ritmo y la orientación futura del proceso (en 2007 habrá elecciones en Francia y en los Países Bajos).

Es razonable suponer que unas conclusiones del periodo de reflexión se sitúen en el 2007, bajo presidencia alemana o portuguesa. El Consejo europeo de junio del 2006 podría decidir una extensión del periodo, tal como ha sugerido la actual presidencia austriaca.

Más allá de estos plazos, hay un cierto consenso en la UE sobre el criterio que el 2009 tendría que ser considerado como una fecha límite para la entrada en vigor de un nuevo Tratado, por consideraciones políticas de fondos, en relación a la vitalidad y viabilidad del proceso de integración y al hecho de que el marco institucional actual y la perspectiva de una nueva ampliación prevista por el 2007 0 2008 (Bulgaria y Rumania) hacen indispensable proceder a unas reformas.

Un proceso más largo aumentaría el riesgo de una pérdida general de confianza, con una sensación de callejón sin salida y una creciente "eurofatiga" de las opiniones públicas y de las fuerzas políticas y los gobiernos.

Nos encontramos así delante de un calendario (2006 y 2007, y más allá hasta el 2009) a lo largo del cual se pretende efectuar un debate y una negociación. El objetivo general de este periodo sería la definición y la puesta en marcha de una salida consensuada para acordar el nuevo Tratado constitucional.

Es teniendo en cuenta este calendario que se tendrán que poner en marcha las iniciativas y debates europeos de los socialistas.

 

El “debate ciudadano”

Es probable que, sin el choque que significó el "no" de Francia y en Holanda, la Europa "oficial" no hubiera tenido la lucidez de asumir hasta qué punto, en los últimos años, una parte importante de la ciudadanía se había distanciado de la Europa de las instituciones.

Ahora se pretende de nuevo hacer frente al problema de la implicación y la convergencia de las opiniones públicas europeas sobre el proyecto constituyente europeo. De nuevo se pone en el orden del día una amplia discusión de las cuestiones europeas y se organizan debates nacionales y también de ámbito general europeo.

El 13 de octubre de 2005, la Comisión propuso lo que denominó el "Plan D, de democracia, diálogo, debate” [3] y la vicepresidenta Margot Wallström, responsable de relaciones institucionales y de la estrategia de comunicación, ha iniciado un conjunto de iniciativas en esta dirección. Este debate sobre el futuro europeo cuenta en Internet con una página en catalán bastante activa[4].

En el trasfondo de estos planteamientos de debate y escucha de las opiniones hay la percepción, tal como se ha afirmado repetidamente, que "es el contexto más que el texto" aquello que motivó el doble rechazo francés y holandés a la Constitución. Se parte de la constatación que una mayoría de la opinión europea es favorable a una Constitución (en un porcentaje que evoluciona alrededor del 65 %) y que aun en Francia y en Holanda la ciudadanía tiene una percepción mayoritariamente favorable a una Constitución europea (68 % en Francia según el último eurobarómetro).

Pero una limitación (y eventualmente un problema) que plantea este enfoque en busca de un nuevo consenso constituyente en las opiniones públicas, es que corresponde al esquema de una Europa que desde arriba invita a un debate democrático a las sociedades civiles nacionales. Este enfoque hoy en día es el único posible, y es positivo si aquello que se quiere es conseguir que los ciudadanos y ciudadanas tiendan a confiar más en una UE más receptiva, abierta y transparente. También puede influir en un progresivo cambio de percepciones que ayude al proceso de negociación de un acuerdo sobre el Tratado constituyente [5].

Pero todo el mundo es consciente de la entropía de los "foros ciudadanos" convocados verticalmente, que no pueden ser sustitutivos de los necesarios procesos políticos de deliberación y agregación de opiniones y consensos activos, de mayorías políticas y electorales, que sólo pueden llegar del juego de las fuerzas políticas, sociales y culturales, en los diferentes países y, de una forma creciente, en el espacio transnacional europeo.

La manifestación más gráfica de los límites de este procedimiento "vertical" es la acumulación de cientos de contribuciones de individuos y colectivos que se suceden, con una considerable entropía, en las páginas web de las Instituciones que en Internet promueven la discusión. Las aportaciones individuales generan el doble problema de la indiferencia y del colapso.

Se trata de procedimientos que, en el mejor de los casos, pueden permitir que las opiniones de los ciudadanos y de los colectivos sean escuchadas. Pero no son funcionales para la conformación y agregación de opiniones, proyectos y consensos activos, de mayorías políticas que puedan influir decisivamente sobre el curso de las cosas. Estos procesos sólo pueden producirse en una dimensión "horizontal", en los ámbitos nacionales y, de manera paulatina, en el ámbito transnacional europeo.

La conclusión de todo ello nos parece que es esta: las instituciones no pueden sustituir las fuerzas políticas y sociales; y a medio plazo las fuerzas políticas y sociales de ámbito nacional tampoco podrán sustituir el papel creciente de los sujetos colectivos europeos, que lograrán un papel cada vez más importante.

Para obtener una respuesta positiva al impás constituyente y generar una dinámica de relanzamiento del proyecto europeo, la combinación de negociación entre las mayorías democráticas nacionales y sus gobiernos, y de un debate "ciudadano" estimulado por las Instituciones, es un procedimiento necesario pero incompleto, no suficiente.

También hay que estimular una tercera dinámica constituyente de opiniones públicas transnacionales y de sujetos colectivos de ámbito europeo.

Esto sólo se puede hacer desde la sociedad y dentro de la sociedad. En este terreno, la prioridad absoluta de los y de las socialistas, tendría que ser la construcción y el desarrollo de “agregadores”. Nos referimos a las plataformas de ideas, iniciativas y debates que pueden ir sumando a una perspectiva común a los y las socialistas de los distintos países europeos.

Esta perspectiva de desarrollo constitutivo de "sujetos europeos" sobre la base de una red de “agregadores”, puede contribuir en los próximos años a una superación positiva de la actual "crisis constituyente"; pero en cualquier caso la trasciende, porque tanto en el caso de una salida favorable de aquella ( por la que hace falta luchar activamente) cómo en la hipótesis contraria (una victoria de los enfoques más minimalistas e intergubernamentalistas), se mantiene la posibilidad y la necesidad de construir “sociedad civil socialista” en Europa.

 

La perspectiva de los ciudadanos y ciudadanas

Miremos ahora las cosas desde otro punto de vista. En general, en Europa, las relaciones actuales entre política y sociedad civil son pésimas [6].

Es frecuente interpretar esta situación como un alejamiento entre la sociedad individualizada y la cosa pública. Pero una situación de distancia y desconfianza no tiene que interpretarse equivocadamente como un estado de despolitización. La tendencia a la individualización es una realidad de nuestros tiempos, pero de hecho, con lenguajes y énfasis diversos, con protestas, con escepticismo o desconfianza hacia "los políticos", con abstención creciente, o con una sensibilidad acentuada hacia los planteamientos de identidad y populistas, las sociedades europeas están mostrando una demanda de política.

Nuestro punto de partida, para ayudar a encontrar respuestas al reto que esto plantea, no tiene que ser la defensa de unos intereses partidistas o institucionales. Se trata de ayudar a hacer de los partidos y de las instituciones a los que pertenecemos o a los que damos apoyo los titulares democráticos de unos proyectos apoyados en una opinión colectiva en desarrollo. Y, en consecuencia, de incidir en la generación de esta opinión.

Nuestras iniciativas tendrían que partir de la perspectiva de los ciudadanos y ciudadanas como elementos protagonistas de un debate y de unas proposiciones.

Tendrían que situarse en el terreno de la ciudadanía, en la sociedad civil, y partiendo de este punto, tendrían que aspirar a un jugar una función en "diagonal", de facilitación de diálogo, debate e iniciativas, entre el mundo "horizontal" de la sociedad civil, de sus opiniones, sus movimientos y asociaciones, y el mundo "vertical" de los partidos y las instituciones democráticas. Queremos situarnos en unos terreno de frontera, de contacto entre “insiders” y “outsiders”, “verticales” y “horizontales”, entre afiliados y responsables del mundo político y de los movimientos y asociaciones de la sociedad civil.

Los territorios de frontera acostumbran a ser los más interesantes, los más fecundos y significativos. En ellos se pueden producir, paradójicamente, procesos simultáneos de mestizaje y de descontaminación. Producen conexiones fértiles y evitan la fijación de los "ghettos of the mind" que segregan de forma inevitable las posiciones de aislamiento autoreferencial.

En particular creemos que es necesario el diálogo entre los partidarios y los contrarios al proyecto de Tratado constitucional. Muchos de nosotros nos pronunciamos a favor del proyecto de Tratado constitucional. Nos parecía un compromiso aceptable que permitía que la Europa de los 25 siguiera adelantando en un cuadro más claro y equilibrado de organización de los poderes, con una unificación de los tratados existentes sin modificación de su contenido político. Aquellos que desde la izquierda abonaron el doble “no” francés y holandés decían que detrás de una fachada de aparente neutralidad, el proyecto de Tratado dibujaba un proyecto ideológico y político neoliberal, que quedaría así “constitucionalizado”, “inscrito en el mármol”, etc.

Es evidente que la discusión no avanzará si se ciñe a la defensa de estas interpretaciones antagónicas. En cambio, sobre otros asuntos puede adelantar.

Un nuevo enfoque tendría que partir de la constatación empírica que:

* hay el riesgo que si se alarga y se deteriora un impás constituyente, quién saldrá ganando son los partidarios de las salidas minimalistas e intergubernamentales;

* no existia un “plan B” para el caso de victoria del “no” y

* tampoco se ha generado una dinámica unitaria significativa en el campo de los “no” de izquierda.

También tendría que partir de una valoración general del proceso europeo de los últimos años. En los intentos de interpretación sobre las causas del doble "no" ("malaise" francés y crisis del multiculturalismo en Holanda, distancia creciente entre las opiniones públicas y los partidos, inmigración y retrocesos en la cohesión social, deslocalizaciones, sentimiento de inseguridad, pesimismo de cara al futuro, etc.), se ha tendido a silenciar o subvalorar otro aspecto, que es importante si se quiere entender qué sucede y efectuar un cambio de ruta.

Nos referimos a la propia debilidad del proceso europeo de la última década, su carencia de fuerza política, intelectual y simbólica, el déficit de ambición pública de sus dirigentes. Señalar con el dedo es de mala educación; pero la gravedad de la situación hace necesario decir que, desde Delors, todo ha ido hacia abajo en la Comisión y que, en un Consejo sin liderazgo, las cosas no han ido mejor.

Sobre el proyecto europeo de las izquierdas hay un debate necesario, que será posible entre aquellos que, partidarios o contrarios al actual proyecto de tratado constituyente, abandonen posiciones excluyentes, y adopten un enfoque a la vez más pragmático y más ambicioso que la simple afirmación polémica de las posiciones propias[7].

Este no tendría que ser un momento de discordia para los socialistas y la izquierda europea, porque algunos problemas de nuestras democracias son tan graves y tan urgentes que no tendrían que permitir el lujo de las confrontaciones estériles.

 

El “mal francés”

En Francia, el noviembre de 2005, estalló una revuelta urbana que acabó con miles de automóviles quemados, más de 250 establecimientos públicos (escuelas, hogares de niños, etc.) agredidos y una quincena de centros religiosos atacados. Esta explosión de violencia urbana, de desorden extremo y general, puso de manifiesto la existencia de una grave crisis de representación política y una brutal erosión de los elementos de identificación general de la sociedad. Entre el temor de las mayorías y la desesperación de las minorías marginadas, aparecía la extrema debilidad, en amplios sectores sociales, de los “lazos subliminales entorno a planteamientos comunes” [8]   que mantienen una sociedad democrática cohesionada.

Paul Ricoeur alertaba, poco antes de morir, sobre la gravedad de esta situación[9]. En muchas sociedades europeas pueden detectarse manifestaciones de este fenómeno general de disgregación, que Ricoeur designaba con el término de "déliaison", una disolución de vínculos. Esto se traduce, en los sectores populares, en procesos de desafiliación, de desconexión social, de debilitación de los ideales seculares del movimiento obrero, que tiene sus consecuencias políticas[10].

Hay una serie de fenómenos de disgregación, de desconexión entre mundo social y mundo político, que lleva a aquello que algunos han denominado el “mal francés”: una situación de fragmentación social y desconexión que genera un vacío que tiende a ser llenado con repliegues de identidad (el paso del multiculturalismo al multicomunitarismo), o con una carrera desesperada en busca de soluciones individuales, radicalmente escépticas ante cualquier proyecte colectivo.

Una consecuencia de esta situación es una crisis de representatividad de las instituciones democráticas y de los partidos, una debilitación de la confianza en la política democrática y sus instrumentos. En Francia, después de la revuelta urbana de noviembre de 2005, se produjo una discusión pública: periodistas, expertos, intelectuales más o menos mediáticos, debatieron ampliamente en los medios de comunicación. Lo que resultó sorprendente es que los responsables políticos en general callaron: asesorados quizás por los correspondientes gabinetes de comunicación, optaron por no discutir un tema que se podía alienar a un u otro sector del electorado. Michel Rocard, uno de los pocos que habló, dijo una cosa terrible: todos los responsables políticos sabían desde hacía muchos años que una cosa así podía acabar produciéndose[11].

Esta situación puede extenderse a otros países europeos por el simple hecho que las causas que produjeron aquellos efectos existen también en estos países.

La política democrática, y especialmente la socialista, necesita hoy urgentemente una nueva calificación que afronte estos fenómenos, y la fuerza para obtenerla no se improvisa: se tiene que construir y desarrollar de una manera concreta.

Hará falta mucha madurez democrática, mucha tenacidad, mucho respete mutuo, mucha inteligencia y mucha solidaridad si queremos evitar la amenaza que nos anuncia el "mal francés" de estos días. No sólo harán falta políticas sociales eficaces: hará falta también recuperar la fuerza de la política democrática como instrumento indispensable de participación, de confrontación y de agregación de identidades colectivas.

Si no, nuestras sociedades corren el riesgo del declive o de una nueva barbarie hecha de identitarismos excluyentes, de carácter nacional, étnico, religioso o tribal, potencialmente violentos y con una creciente factura de violencia, miedo, egoísmo e inseguridad.

 

La renovación de la vida política en Europa

Hannah Arendt citaba la fórmula latina "potestas in populo, auctoritas in senatu" para caracterizar una democracia saludable. En una versión actual podría ser “el poder al pueblo, la autoridad a las instituciones democráticas”.

En Europa hay el riesgo de acomodarnos a una situación en que los  pueblos tengan  poco poder en sus manos, ejerciendo un poder simplemente punitivo (el "no" en un referéndum, el “zapping” en unas elecciones) y con unas instituciones democráticas de escasa autoridad (con problemas de legitimación en relación con las opiniones públicas, y de poder en relación con las fuerzas económicas).

Estas dos debilidades crecen hoy, alimentándose mutuamente.

El fondo del asunto, en la vida política actual en Europa, es que hay mucha gente que, aún sabiendo qué es lo que se tendría que hacer (y lo que no se tendría que hacer), no encuentran los instrumentos, o la confianza, o la voluntad, de empujar hacia la dirección que consideran deseable.

Dispuestos a salir a la calle cuando ven una causa clara y necesaria, muchos ciudadanos y ciudadanas son en cambio reticentes a implicarse en procesos más articulados, complejos y permanentes. Y con respecto a la política, son más espectadores críticos que ciudadanos implicados.

Es amplio, por ejemplo, el contraste existente entre la movilización que se produjo contra la guerra de Iraq y la actitud que expresa una parte considerable de la ciudadanía progresista, sobre todo la más joven, con respecto a la política.

Siendo reveladores potentes de los problemas y retos de nuestro mundo actual (y también, paradójicamente, de la “individualización” de nuestra sociedad) estas movilizaciones intermitentes corren el riesgo de mostrar una "generosa ineficacia" (como máximo detener cosas - el CPE francés es el último caso - pero no impulsar), si no se establece - desde un lado y desde el otro - una relación positiva entre partidos y movimientos, entre política y sociedad civil. La mediación política es indispensable: en España (y ahora en Italia, con el nuevo gobierno de La Unione) es desde la política, desde el gobierno, que se retiran las tropas.

La sociedad individualizada genera tendencias contradictorias:

* por un lado, un aumento de las demandas de autogobierno colectivo (y personal) que abre la posibilidad histórica de unas nuevas formas de la política, de una profundización de la democracia y sus procesos (la individualidad autónoma y crítica del ciudadano informado, que no comulga con ruedas de molino, que desea una participación responsable, simple y directa en los intentos de solventar los problemas colectivos y que quiere disfrutar del placer de hacerlo con los otros);

* pero también, por otro lado, la fragmentación y las desconexiones, que abren la posibilidad de derivas populistas alimentándose de esta suma de identidades potencialmente manipulables que constituye siempre toda multitud cuando acontece solitaria y pasiva, y tiene la sensación que se enfrenta a un futuro incierto.

 

Populismo y “patriotismo económico”

Si no se desarrollan nuevas iniciativas políticas de la izquierda y el centroizquierda en Europa, irá aumentando el riesgo que el malestar de las opiniones europeas deriven en reflejos proteccionistas y defensivos y que estos encuentren en el campo político respuestas oportunistas.

De hecho esto se está produciendo, no sólo con el nacimiento de fuerzas populistas sino también con el regreso de planteamientos de renacionalización de políticas y de “patriotismo económico” en algunos gobiernos. [12].

Más allá de su inadecuación a los retos presentes y de futuro, esta tendencia podría retrasar la respuesta de una estrategia europea apoyada en un real gobierno económico y social europeo, que es la única que puede dar respuesta al malestar de las sociedades europeas.

Hay que evitar el peligro de que se cree un círculo vicioso de naturaleza paradójica:

* los problemas que generan el malestar social son de tal dimensión (fenómenos migratorios, transición a la economía del conocimiento, etc.) que desbordan los Estados y requieren un “gobierno europeo”;

* pero el malestar social tiende a volverse contra “Europa” (que se percibe como algo atado a la “globalización”);

* en consecuencia, los gobiernos nacionales tienden a seguir la tendencia que marcan las opiniones y abonan, de hecho o de palabra, la “renacionalización” de sus planteamientos;

* de esta forma los problemas subsisten, retroalimentando el proceso.

Creemos que, en este marco, el peligro del populismo se usa a menudo de coartada por las políticas regresivas de renacionalización de los gobiernos.

No despreciamos el riesgo del populismo, pero creemos que sobrevalorarlo puede traer a legitimar políticas negativas.

Las fronteras políticas no se han de establecer entre “demócratas” y “populistas”, sino entre proyectos democráticos alternativos y claramente diferenciados, porque una indiferenciación en el campo de los demócratas lleva a la indiferencia hacia sus planteamientos y alimenta el campo de los populismos.

 

Un “sentido común” progresista

Por otro lado, las poblaciones europeas son demócratas de forma aplastante: prácticamente nadie, pone en entredicho los principios de igualdad política, sufragio universal, pluralismo, libertades públicas, Estado de derecho, laicidad, etc.

Falta añadir que el “sentido común” de las opiniones públicas es mayoritariamente progresista.

Conceptos cómo “los jóvenes no tienen que vivir en la precariedad”, “la igualdad de género ha de ser total”, “hay que acabar con el hambre en el mundo?, “necesitamos un medio ambiente sostenible”, “la gente tiene derecho a la seguridad profesional”, “todo el mundo tiene que disponer de asistencia sanitaria”, y tantas otras de sentido parecido forman ampliamente parte de nuestro sentido común europeo, y constituyen directrices básicas por nuestras políticas posibles.

Son opiniones mayoritarias inspiradas en principios y valores en los que nos reconocemos substancialmente. Se podría hablar en este sentido de un reformismo pasivo de las mayorías, que suministra una excelente base potencial para una izquierda europea modernizada.

En todo caso, es una buena noticia que después de años de hegemonía de los planteamientos neoliberales de competitividad e individualismo a ultranza, los postulados de Margaret Thatcher parezcan hoy pertenecer al Pleistoceno inferior, aunque, lamentablemente, su legado pese todavía en Europa.

En anchos sectores, estas posiciones progresistas conviven con sentimientos de desconfianza hacia la política y de inseguridad de cara al futuro. Pero esto no implica, como algunos afirman, que la evolución de la sociedad individualizada se vaya de forma fatal hacia la derecha. Parece indicar que a la "demanda material" se suma de una forma creciente, en Europa, una "demanda de sentido".

No es esta una cuestión abstracta, especulativa. No es que las poblaciones europeas estén sometidas a angustias metafísicas. Se trata de la consecuencia de una serie de fenómenos concomitantes, desde el espectáculo de la “política de mercado”, muy concentrada en mensajes banalizados y en liderazgos mediáticos, pasando por el agotamiento del modelo fordista, la difusión de la información, la complejidad creciente de los problemas y de la gestión de los mismos (que provoca la sensación de una convergencia y de una indiferenciación entre los grandes partidos de gobierno : “todos iguales” (o, en Francia, “tous pourris”).

Todo tiende a generar la percepción de un desequilibrio creciente entre, por un lado, la potencia de la economía y de la tecnología y, por el otro, las limitaciones del poder ciudadano y de la democracia.

El “sentido común” progresista, en la medida que es pasivo, permite con una cierta segregación de la política en manos de núcleos profesionales. Pero estos van perdiendo legitimidad, en un contexto de “desacralización” del poder y de la autoridad, de secularización ideológica, de autonomía y de individualización de la sociedad.

Todo esto genera una creciente demanda de innovación y de cambio en la política (de nuevas propuestas y programas, nuevos lenguajes y relatos, nuevos métodos y nueva organización) que los socialistas han de anticipar, si pretenden activar el consenso reformador de las mayorías.

Esta activación es posible: a pesar de los problemas actuales (y en ciertos aspectos debidos a estos problemas) creemos que si a estas mayorías se les someten debidamente propuestas valientes, con una visión coherente del relanzamiento interno de Europa y del papel de Europa al mundo, este consenso progresista puede volverse mayoritario y activo.

Pero esto requiere, entre otras cosas, una superación de la “política de mercado”. El origen de la desconfianza ciudadana se encuentra en el papel "antipolítico" que, en varios aspectos, ha ido tomando la política ultraprofesionalizada, marcada por el dinero y por un carácter elitista y autoreferencial. Esta situación ha producido una simplificación extrema y trivializada de los mensajes políticos, reducidos a fórmulas publicitarias; ha creado una esfera pública reducida a menudo a la condición de espectáculo.

El rescate de la política democrática en Europa sólo podrá conseguirse con la riqueza del debate, la calidad de nuevos planteamientos, la posibilidad de generar procesos participativos de generación de opiniones, las garantías formales contra el poder de aquellos que ven en el electorado una simple realidad manipulable, o ven en las elecciones el elemento que lo condiciona todo (en el sentido del “esto no se puede decir, porque hay elecciones a la vista” , evitando el debate de cuestiones justas y necesarias[13].

La politización del proceso europeo: confrontaciones, alianzas, compromisos

Para aumentar el interés y la implicación de las opiniones públicas en las instituciones europeas y sus políticas, y para permitir a los electores y electoras decidir sobre los equipos y los programas comunitarios, se plantea desde hace tiempo la cuestión de politizar la UE, transponiendo a nivel europeo la confrontación democrática entre las distintas corrientes políticas, particularmente el de izquierda/derecha.

El marco de 2006, la asociación “Notre Europe”, fundada por Jacques Delors y presidida por Tomaso Padoa-Schioppa, organizó en la Universidad Libre de Bruselas (ULB) una discusión entre partidarios y contrarios a esta evolución[14], en base a dos textos de introducción. Un politólogo británico, Simon Hix, defiende la tesis de la politización (“Las batallas políticas permiten a los ciudadanos identificar a los protagonistas y comprender a qué consecuencias eventuales se exponen si un campo o el otro consigue implementar su agenda”). Un universitario italiano, Stefano Bartolini, combate esta superación de la primacia de los usos consensuales que caracterizan las instituciones europeas.

Ya en 1998, "Notre Europe" había propuesto politizar el debate europeo vinculando el cargo de presidente de la Comisión al resultado de las elecciones europeas. Se habló también antes de las elecciones de 2004, junto con la sugerencia de avanzar también en la presentación de listas europeas de los/las socialistas, aunque sea de una manera parcial (inclusión de candidatos/as en de otros países”[15].

Las cuestiones de fondo que se plantean en esta discusión son diversas, pero creemos que hay tres que son las más relevantes y que tenemos que discutir entre nosotros.

* En primer lugar, se ha tendido quizás demasiado expeditivamente a dar por superado el método funcionalista en el proceso de la construcción europea. Se dice, en efecto, desde hace años, que en la UE ha llegado “la hora de la política” y que el funcionalismo de los padres fundadores ya no funciona, valga la redundancia.

Pero el balance de los últimos años parece desmentir esta visión. Es el funcionalismo comunitario el que más o menos ha seguido funcionando, mientras que la “política europea” no ha avanzado más allá de los límites del intergubernamental.

La cuestión a discutir en este campo es porqué ha sido de esta forma. Debilidad de los liderazgos? Parálisis producida por la existencia de proyectos distintos?

*  En segundo lugar, la oposición derecha-izquierda no es suficiente para explicar las confrontaciones políticas europeas, puesto que hay que tener en cuenta los enfrentamientos nacionales y la existencia de actitudes y proyectos que se confrontan en relación al propio proceso de integración europea.

En este ámbito, haría falta discutir sobre la situación de las “fuerzas en juego”, las actuales y posibles alianzas.

* En tercer lugar, desde el campo de los que se oponen a la politización, y también desde el campo del “no de izquierdas”, se dice que la bipolarización no es posible, porque las políticas de la Unión están fijadas en los Tratados.

También aquí existe una discusión necesaria.

Desde nuestro punto de vista, a esta discusión no se le puede dar una respuesta simplista. El objetivo tiene que ser adelantar pragmáticamente frente el máximo nivel posible de juego democrático en las instituciones europeas, teniendo en cuenta que se trata de un proceso en el que, a lo largo de mucho tiempo, tendremos que jugar con confrontaciones clarificadoras, pero también con alianzas y compromisos.

Se trata, por lo tanto, de definir proyectos de “gobierno europeo” alternativos (derecha/izquierda) que puedan concitar mayorías a nivel de los Estados miembros y que tengan una traducción política visible en la correlación política y la orientación de las instituciones de la Unión: Parlamento, Consejo, Comisión.

Pero se trata también de asegurar, durante un largo periodo, una amplia mayoría plural partidaria de adelantar en la integración política europea, y esto requiere un esquema de alianzas en el que el objetivo tiene que ser aislar y mantener en posiciones de minoría los partidarios de la Europa-mercado, minimalista e intergubernamental.

Es desde esta perspectiva estratégica que hay que revisar los planteamientos del federalismo europeo de izquierda.

 

Un nuevo federalismo

Uno de los primeros actos de Giorgio Napolitano, como presidente de la República italiana, fue asistir, a la isla de Ventotene, a un homenaje a Altiero Spinelli, una de les figuras más emblemáticas del federalismo europeísta.

Reafirmando su convicción de que " Europa tiene que darse una ordenación constitucional”, el nuevo presidente de Italia llamó a los partidos, a las fuerzas sociales, de la cultura, de las instituciones regionales y locales, a los movimientos asociativos, y sobretodo a los jóvenes, a luchar por la unidad de Europa: “no hay futuro si no es en el rehúso de toda fatigada tentación de repliegue sobre ilusorias y mezquinas reivindicaciones de interés nacional o sobre estériles abandonos al escepticismo frente al proyecto europeo”.

El euroesceptiscismo, dijo, puede ser vencido con “un enfoque realista”, que tenga en cuenta “los errores y carencias” del proceso de unidad política europea, y por lo tanto “con visiones nuevas, no puramente repetitivas”.

En el campo de la izquierda, el ideal federalista europeo probara de la Resistencia. Spinelli redactó el Manifiesto de Ventotene, con Ernesto Rossi y Eugenio Colorni, mientras eran confinados por el fascismo.

En un artículo de 1945, cuando estaba acabando la Segunda Guerra Mundial, Hannah Arendt decía que "El principio fundamental de la Resistencia francesa ha sido 'libérer et fédérer', y con este 'federar' se alude a una cuarta república federal en una Europa federal". Y añadía que los periódicos clandestinos checos, italianos, holandeses o noruegos "insisten en conceptos casi idénticos".

En buena medida la construcción de la Europa actual es el resultado de la lucha contra los nacionalismos de los Estados nación que caracterizó buena parte de la Resistencia europea contra el fascismo.

Pero hoy constatamos, paradójicamente, que la “crisis europea” es en buena medida una “crisis de los Estados”. Estos se ven incapaces de hacer frente a los nuevos desafíos de la globalización: demografía y fenómenos migratorios, transición a la economía del conocimiento, desarrollo sostenible, lucha contra el crimen organizado y el terrorismo, etc. En todos estos aspectos vitales, los Estados europeos son insuficientes y necesitan la sinergia de un gobierno europeo de los fenómenos globales.

La necesidad de “visiones nuevas” deriva también del hecho que el transnacionalismo político europeo se encuentra, a pesar del medio siglo de construcción comunitaria, en una fase muy germinal, muy embrionaria. Los contenedores “nación” y “Estado nación” han mantenido formas de vida, de identificación, de identidad, modalidades específicas y soberanas de relación y decisión en el campo político, económico y social.

Pero estos elementos insubstituibles de subjetividad, identidad y familiaridad con las instituciones no son incompatibles ni contradictorios con el nuevo movimiento que, por caminos diferentes, apunta al desarrollo de una ciudadanía europea y una política europea.

Jacques Delors ha señalado en alguna ocasión que en la Unión Europea "está desapareciendo el tabú del federalismo", recordando que "los militantes federalistas, que en Europa fueron los pioneros de la construcción europea y que se alarmaban en los años 30 por el riesgo de una nueva gran guerra mundial, identificaban nacionalismo y nación. Por esta razón durante aquel periodo combatieron la nación. Hoy algunos de ellos piensan que la nación ha cambiado, aunque tengan que mantenerse alerta, y que en consecuencia federalismo no quiere decir desaparición de los Estados”.

Esta perspectiva permite superar una confrontación apriorística, esquemática e ideologizada entre “federalistas” e “intergubernamentalistas”. El antiguo federalismo se confrontaba a los Estados nación, vistos justamente en su época como un adversario que se quería sustituir por el Estado supranacional europeo a través de una “tarea infinita” [16].

La dimensión transnacional europea no ha reemplazado ni reemplazará la dimensión nacional y la realidad de los Estados. Ni tampoco lo contrario: no podrán derogarse la una a la otra, ni se tienen que confrontar. Se trata de una dicotomía que hay que rechazar si se quiere hacer una lectura lúcida del presente y de sus tendencias.

Un nuevo federalismo, o si se quiere una “nueva visión” del federalismo europeo, tendría que proponer, en este sentido, bajo el objetivo general de una "Federación de Estados y de pueblos", no un “super-estado europeo” sino un planteamiento que dé todo su sentido al principio de subsidiariedad, asociando estrechamente a la construcción europea los Estados, los autogobiernos nacionales y regionales, las democracias locales, las organizaciones de la sociedad civil y las opiniones públicas.

Es decir, un federalismo a favor de una Europa que no se defina como un super-Estado en germen, o como una dimensión administrativa omnipresente, sino al servicio de las democracias nacionales, donde reside la soberanía, y de las democracias locales. Esto implica la necesidad de dos innovaciones fuertes en relación al de los “padres fundadores”: un enfoque que potencie el gobierno europeo y, a la vez, el gobierno a distintos niveles. No un Estado supranacional, sino gobierno político de Europa, sobre todo en el ámbito de la economía, la búsqueda, la innovación, el medio ambiente, la seguridad y la política exterior (en especial los fenómenos migratorios), y al mismo tiempo una Europa más próxima y descentralizada en los otros terrenos.

Un grupo de diputados y diputadas socialistas del Parlamento europeo planteó el 2001 un enfoque de este tipo en un manifiesto (“Un proyecto europeo para los socialistas: el nuevo federalismo”) que continúa siendo válido en bastantes aspectos[17].

El dato importante a retener de aquella experiencia es que el manifiesto recogió las firmas de una mayoría absoluta de los miembros del Grupo socialista del PE, incluidos miembros británicos y de otros países con una opinión pública reticente hacia los planteamientos federalistas. Un enfoque de este tipo parece adecuado para conciliar los necesarios consensos mayoritarios.

Ni federalismo doctrinario, ni intergubernamentalismo minimalista: la UE será siempre una realidad mixta, con elementos federales y elementos intergubernamentales. Es sobre esta base que se pueden desarrollar las alianzas más amplias para sacar adelante durante los próximos años el proceso constituyente de la Europa política.

 

La modernización europea del socialismo

En la perspectiva de revitalización de la vida democrática en Europa, es esencial plantearse la cuestión del futuro de los grandes campos de identificación política de los pueblos; y, en nuestro caso, de la identidad socialista.

De hecho, muchos partidos socialistas y socialdemócratas europeos actúan cómo si la suya fuera, hoy en día, una identidad inhibida.

En cambio, tenemos la convicción que está creciente en Europa la necesidad de una moderna reactivación de la identidad socialista: de una reafirmación de los motivos y de los fines de un movimiento que corre el riesgo de debilitarse en una inconsistencia resignada si no sabe afirmar en términos de futuro sus señas de identidad.

La gente constata que los partidos que se denominan socialistas, o que hacen referencia al socialismo, hablan muy poco. No espera que estos partidos propongan la "realización" del socialismo, la creación de una sociedad socialista alternativa a la existente.

Aquello que quieren de los partidos socialistas y socialdemócratas es la coherencia de una perspectiva evolutiva, la definición de unos objetivos vinculados a unos principios, y una práctica adecuada, no contradictoria; incluyendo el comportamiento (cultura, moral, estilos de vida) de sus representantes.

Por encima de todo, la gente pide veracidad y coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.

Es fácil ironizar sobre la pretensión de plantear la cuestión hoy de la identidad socialista, como si se tratara de un prurito ideólogo, nostálgico, innecesario. Pero sería francamente idiota no ver, en la realidad presente de Europa, la enorme “demanda de sentido” que emerge, y también el potente crecimiento de las pulsiones de identidad, especialmente entre los jóvenes.

Enfrente el reto que plantean estas demandas de sentido e identidad (y también para combatir las derivas fundamentalistas, nacionalistas y populistas) creemos que es precisa la afirmación de unos fundamentos claros. Incluso por consideraciones pragmáticas y electorales tendría que hacerse evidente que una idea moderna de socialismo es una necesidad identitaria latente en amplios sectores de muchas sociedades europeas sometidas a presiones disgregadoras.

Esta es, creemos, la llave que explica la popularidad de Rodríguez Zapatero y de su referencia a un “socialismo de los ciudadanos” en distintos países de la Unión. Se interpreta como un planteamiento moderado pero de firme prosecución de unos objetivos de mayor libertad e igualdad, y de coherencia entre las palabras y los hechos: retirada de las tropas de Iraq, paridad en el gobierno (mitad mujeres, mitad hombres), extensión de los derechos civiles y sociales, ley contra la violencia de género, matrimonio homosexual, confirmación de la idea laica de Estado, reafirmación de la escuela pública, reducción del trabajo precario a favor de una economía de mayor calificación, intervención pública a favor de las personas dependientes (el “cuarto pilar” del Estado del bienestar), etc.

Este proyecto, llevado a cabo con una atención particular al papel determinante de las mujeres y de las nuevas generaciones, y con una expresa voluntad de rigor y austeridad (“el poder no me cambiará”), ha mostrado su eficacia en momentos de agotamiento de algunos procesos de modernización socialdemócrata, especialmente en su capacidad de crear consensos activos entre la juventud.

En efecto, estos últimos años prácticamente todos los partidos de izquierda y centroizquierda han hecho, de una forma u otra, su “aggiornamento”, en la práctica y en el terreno de las formulaciones ideológicas.

El error de algunas tentativas de adaptación a los cambios ha sido asumir un tipo de modernización en determinados aspectos imitador de las posiciones adversarias. Su problema, durante el largo ciclo de hegemonía y de “colonialismo narrativo” del neoliberalismo, no ha sido su “socialdemocratización” sino su "social-mediocratización": no una moderación de los programas, sino una pérdida de ambición y de confianza en la propia identidad, hasta confundir los problemas de una imprescindible adecuación de los programas con un gratuito abandono de las señas de identidad y de los objetivos permanentes indispensables.

La evocación de un socialismo ciudadano no es un retroceso a una tradición maximalista e ideológica sino un giro hacia la lucidez y al realismo: hacia la reafirmación de una identidad vital.

Se apoya en una concepción no ideológica del socialismo. Este no es entendido como una doctrina sino como un proceso permanente de emancipación e igualdad de los hombres y las mujeres.

El socialismo es, desde esta perspectiva, simplemente algo que sucede: la persistente recurrencia, una y otra vez, en una u otra conjetura, en un rincón del mundo o el otro, de procesos de agregación y de puesta en movimiento de multitudes de hombres y mujeres, procesos indefectibles mientras sustituyen la explotación en el trabajo, la desigualdad injusta, la opresión, la discriminación o la dominación. Es un tipo de “principio energético”, que hace que mucha gente plante cara y trate de conseguir más libertad, igualdad y justicia[18]. Con una renacida inocencia creativa; y con riesgo de renovados errores, fruto de la desmemoria.

Porque el problema no reposa en la vitalidad y potencialidad de este “principio energético”. A pesar de toda la interesada literatura que se ha hecho en las dos últimas décadas sobre la “muerte del socialismo”, su fuerza se mantiene y se manifiesta en su fecundidad para verificar “nuevos comienzos”. El problema se encuentra en las válvulas que, en el campo de la política, de las ideas, de los programas, de los poderes, utilizan esta energía y tratan de orientarla frente unos u otros objetivos. El problema se sitúa a menudo en las salas de máquinas, en los puentes de mando cuando, en los avatares de la historia y de la política, se han dedicado a ganar poder individual y de grupo, a desarrollar trágicos sueños totalitarios, o, en el extremo contrario, a adecuarse a las fuerzas dominantes, abandonando cualquier objetivo de cambio orientado por los valores del socialismo.

En este sentido, el socialismo de los ciudadanos se caracteriza por una dimensión radicalmente participativa y democrática, indispensable como una garantía para evitar y corregir errores, y se diferencia claramente de los intentos de modernización de las “vanguardias” que pretenden detentar la “única solución posible” y quieren hacer beber su medicina otorgándole un carácter de intelectualidad fatalista[19].

Frente el “there is no alternative” (no hay alternativa) de la derecha neoliberal y frente los modernizadores doctrinarios de centroizquierda (para quienes “el enfrentamiento derecha-izquierda ya no tiene sentido: hay los modernos y los otros, esto es todo” [20], este planteamiento socialista afirma la vital importancia del lazo de unos valores de identidad compartida y participativa de aquello que “puede ser” en cada instante, en función de unos objetivos estables de libertad, solidaridad e igualdad.

Por ejemplo, los enfoques que, en Suecia y en otros países escandinavos, han abierto vías de modernización alternativas, combinando apertura económica y movilidad profesional con una fuerte protección social y unos elevados niveles de inversión en los ciudadanos, que señalan la posibilidad de unas vías europeas de respuesta a los retos de la globalización, alternativas al recetario neoliberal.

 

El despliegue del PSE

De una forma determinada,  esta modernización a la vez “pragmática” e “identitaria” se ha manifestado también en el Partido socialista europeo (PSE). El 23 de abril de 2004, reunido en congreso a Bruselas, procedió a designar su presidente mediante el voto de los delegados y delegadas y no, como era tradicional, a través de un nombramiento consensuado entre los representantes de las direcciones de los partidos nacionales.

El antiguo primer ministro de Dinamarca, Poul Nyrup Rasmussen, que defendía la idea de un PSE con afiliados y con una dinámica transnacional, ganó por un margen escaso (163 contra 157) frente del Italiano Giuliano Amato, que defendía una concepción del PSE como un lugar de coordinación de los partidos nacionales y de concertación entre dirigentes. Esta votación reflejaba alineamientos nacionales, pero se dirimió finalmente a favor de Rasmussen dado que una mayoría de los delegados y delegadas aspiraba a hacer un paso adelante en la dirección de un despliegue del PSE como verdadero partido transnacional.

Desde entonces, a lo largo de un periodo marcado por el proceso constituyente y sus avatares, el PSE ha hecho pasos en esta dirección. En su consejo de Viena, el 24 y 25 de junio de 2005, el PSE aprobó un documento de trabajo que constituye una hoja de ruta para su desarrollo organizativo y político[21].

En este documento, que empieza diciendo: “Hemos entrado en una nueva fase en la historia de los partidos políticos a nivel europeo”, se proponen una serie de medidas concretas en “un proceso que acaba de empezar y que todavía ha de obtener todo su sentido” .

Los cuatro ámbitos en los que se hacen propuestas corresponden a:

* un PSE más visible e influyente  (presencia más visible y regular de los líderes nacionales; creación de redes temáticas para cada ámbito político prioritario; nueva identidad visual);

* un PSE más democrático y eficaz (ciclo de cinco años sincronizado con el mandato político europeo, más implicación de los partidos miembros en los congresos, paridad mujer/hombre);

* un PSE orientado a la participación de sus miembros, abriendo la afiliación al PSE (“cada partido miembro decidirá si quiere dar esta posibilidad a sus afiliados o no”);

* un PSE abierto a sus interlocutores (mejor colaboración con las organizaciones de la sociedad civil, especialmente a través del Foro Progresista Global )[22].

Estas medidas se han ido poniendo en marcha. El PSE dispone ahora de una página web activa e interesante . En particular, desde el mayo de 2006 se ha abierto la afiliación al PSE [23].

Se trata de un proceso necesariamente lento y limitado. Respecto a la implicación de las bases de los partidos nacionales, de sus cuadros y estructuras intermedias y locales (incluso en ciertos casos, de sus propios grupos dirigentes) el PSE es todavía muy poco conocido. En este sentido de penetración en las agendas, los debates y la práctica de los partidos nacionales, el PSE es todavía, en buena medida, una realidad desconectada.

Todos sabemos que un partido no se hace en un día y que las improvisaciones en este terreno no acostumbran a ir bien. La formación de un partido socialista depende justamente de un proceso constitutivo que nace precisamente debido a su complejidad, porque combina procesos de autoorganización de base, configuración de una cultura común a través de una experiencia compartida de debate y acción, creación de un imaginario y una tradición, configuración y expansión de una organización con elección democrática de responsables, selección de grupos dirigentes y liderazgos, etc.

En el caso del proceso constitutivo del PSE, se trata de un objetivo todavía más complejo, porque que se trata de la generación de un sujeto colectivo transnacional y de una forma-partido inédita que tiene que desplegarse como una convergencia progresiva, en las cuestiones supranacionales europeas, de los partidos nacionales.

Este proceso, que será lento, no puede pero esperar. Tiene que contar, entre otros requisitos, con dos motores esenciales:

* Por un lado, de una progresiva construcción del propio partido “orgánico”, con una doble dimensión, nacional y supranacional, mediante la implicación creciente de los grupos dirigentes nacionales y de los grupos de trabajo transnacionales (representando uno de ellos el elemento básico: el grupo parlamentario en el PE);

*  Pero también, por otro lado, con el desarrollo de un espacio socialista europeo, comunicativo, social y cultural, como creciente “base” de impulso, soporte, debate, traducción y difusión.

Reencontramos aquí de nuevo la cuestión de las dimensiones “vertical” y “horizontal” que se plantea al hablar del “diálogo ciudadano” en la Unión europea, y la necesidad de impulsar interacciones e iniciativas en “diagonal”.

En sociedades con una creciente capacidad de comunicación autónoma horizontal (internet, comunicación móvil), este segundo aspecto es esencial. Incluso en el ámbito nacional, el papel de los partidos socialistas no puede consistir ya a seguir actuando cómo si dispusieran de un lugar indiscutido por la comunicación política de masas[24].

Esto, que es un reto fundamental de adaptación de los partidos a la realidad de la sociedad del conocimiento y la información interactiva, es más relevante todavía en el ámbito político europeo.

Se plantea así la perspectiva de un proceso progresivo de comunicación interactiva de grupos afines, de afiliados, colaboradores y activistas, que se mantengan en contacto y se agreguen mediante formas de autoorganización constituidas por redes de comunicación e intercambio de carácter voluntario, recíproco y horizontal.

Las actividades de los y de las socialistas tienen que ser abiertas, naturales, participativas. Si el socialismo se caracteriza por la afirmación de la igualdad de las personas, sus actividades tienen que tender siempre a ser conversaciones e iniciativas entre iguales. Desde este punto de vista, las nuevas oportunidades de comunicación interactiva representan una oportunidad formidable para explorar de nuevo esta gran reserva social que según Michel Rocard constituirá “la fuerza de convicción del proyecto socialista de mañana”; aquella que se mueve a través de la participación voluntaria y de todo el conjunto de cosas “que no se pagan” [25].

La creación de una dinámica de convergencia horizontal y participativa de los y de las socialistas europeas es un objetivo a perseguir y constituye una perspectiva bastante fascinante.

El reto de pensar y trabajar políticamente de forma simultánea en un ámbito a la vez nacional y europeo es casi inédito. Todas las formas de lucha política que hemos conocido han sido producidas a escala nacional, estatal y local; o bien en la “superestructura” de una construcción europea demasiado a menudo desarraigada.

Sabemos que nuestra especividad histórica y cultural es nacional, y que el marco institucional predominante también lo es.

Pero también sabemos que pensar y trabajar sólo a escala nacional y local ya no es posible; que las configuraciones del poder económico, social y político se vuelven globales y transnacionales. Y que por lo tanto han madurado las condiciones y posibilidades de un ámbito político europeo que cuente con una activa implicación ciudadana.

Fórmulas relativamente popularizadas, cómo “pensar globalmente, actuar localmente”, “activismo global” o el adjetivo “local”, designan de forma intuitiva e imprecisa esta tensión propia de un periodo de interreino, que durará bastante tiempo, pero que está en una relativamente rápida evolución.

 

Debatir una iniciativa de participación europea

En este periodo, tendremos que saber jugar a fondo la carta de la participación, del diálogo democrático, de las pequeñas reuniones activas, del debate, de la interactividad, de Internet.

Si se quiere dar vitalidad a la política europea de los y de las socialistas, adelantando en la construcción de un proyecto común, hace falta el protagonismo de la gente: ciudadanos y ciudadanas de la izquierda, socialistas, miembros de organizaciones y redes sociales, de los sindicatos, de los movimientos. Especialmente las mujeres y los jóvenes.

En Europa es preciso democratizar la democracia, renovar la política, promover activamente nuevas formas de participación e implicación. Para conseguirlo, el discurso político no puede ser un monólogo repetitivo, aburrido y paternalista, o una triste copia de la (mala) publicidad comercial. Tiene que ser una conversación entre iguales. Hay que construir los instrumentos para esta conversación.

Es una tarea que tenemos que ir haciendo gradualmente, y que podemos hacer con más eficacia como más seamos para hacerla. Creemos que toda opinión cuenta, que el trabajo en equipo y la participación son elementos fundamentales.

Todo esto requiere tiempo, inevitablemente. Pero puede ganarlo si crea una más amplia implicación, establece ligaduras de confianza, genera apoyos y articulación, elementos comunes de imaginario e identidad, sentido de futuro y confianza en la política.

En el fondo lo que proponemos es un acto de confianza que vale cuando no es ingenuo, cuando no cae en la credulidad; cuando el deseo de participación se superpone a la conciencia que en las estructuras de todo grupo humano pueden siempre desarrollarse las ambiciones de reconocimiento, poder y beneficios variados de personas y de grupos particulares que se ocultan detrás la pseudoverdad de palabras degeneradas en camuflajes o coartadas. No queremos dejar la política en sus manos.

Es un acto de confianza en la posibilidad de iniciativas “member driven”, conducidas por sus miembros.

El reto es diseñar un proceso, modesto pero que tenga continuidad, capacidad de conectividad y agregación, voluntad de construir comunidad política y una cierta ambición de rigor y calidad. Es también, en buena medida, un reto político-práctico: construcción de instrumentos y medida, donde la prioridad tendría que ser el uso de la web 2.0, la agregación de blogoesferas como herramienta de comunicación socialista europea: conectar webs y blogs de información, reflexión y debate de los y de las socialistas de Europa. Jugando un papel de traductores (Umberto Eco ha dicho justamente que “la lengua de Europa es la traducción”) y de agregadores (estableciendo contactos y asignando “memoria”: reuniones, intercambios, comunidades virtuales y reales, asociaciones, fraternidades, etc.).

Los referentes de la iniciativa tendrían que ser explícitos:

* Dar apoyo a la izquierda que quiere unir Europa.

* Contribuir al desarrollo del proyecto europeo de los y las socialistas.

* Revitalizar la democracia europea.

* Dar apoyo a una mayoría de izquierdas al PE.

* Hacer que crezca la conciencia de una Europa unida políticamente que sea un factor de equilibrio, paz y desarrollo en un mundo injusto y violento.

* Apoyar una Europa económicamente dinámica, socialmente justa, culturalmente abierta, internacionalmente progresista y solidaria.

Si este camino no fuese transitado sería por una lamentable inversión de la máxima gramsciana. No por “pesimismo de la razón y optimismo de la voluntad” sino por el contrario: un pesimismo de la voluntad que equivaldría a una dimisión ante los dramas y los retos de los momentos actuales.

 

Raimon Obiols.
Europarlamentario por el Partit dels Socialistes de Catalunya (PSC-PSOE).

 

[1] Deforman así la posición, más explicable y lúcida, de algunos ambientalistes como Crispin Tickell: " unfortunately a disaster is sometimes necessary to push governments under pressure from pubic opinion into action. As Sam Johnson said: " when a man knows he is to be hanged in a fortnight, it concentrates his mind wonderfully".

[2] La actualidad del proceso se puede consultar en : http://www.europa.eu.int/constitution/ratification_fr.htm

[3]  Contribución de la Comisión al período de reflexión y más allá:Plan D de democracia, diálogo y debate, http://eur-lex.europa.eu/LexUriServ/site/es/com/2005/com2005_0494es01.pdf

[4] http://ec.europa.eu/comm/coreservices/forum/index.cfm?forum=debateeurope&lang=ca

[5] Pero esta evolución no es hasta ahora relevante: todavía el mayo de 2006, más de un 80 % de quienes votaron "no" en Francia se mantenían en la misma posición, según un sondeo del diario "Libération".

[6] En muchos países, en palabras de Bruno Trentin, un “décrochage total” entre los partidos políticos y los ciudadanos  (Confrontations Europe, mayo 2006, http://www.confrontations.org/).

[7] No hay únicamente “neocons” en los Estados Unidos. También en Europa hay “neocons”  o “neoconnards” que  pretenden tener soluciones simples y recetas mágicas.

[8] Subirats comentava la revuelta suburbial francesa hablando de la pérdida " del sentimiento de pertenecer a una clase, a una comunidad, a un barrio, que de forma colectiva tratava de salirde una situación considerada estructuralmente ijusta. Estos sectores, añadía, "no tienen lazos subliminales que les unan entorno a ideales (...). Falta autoridad simbólica “sacralidad” compartida, elementos que configuren “sentido” individual y colectivo." (Joan Subirats, “Paradojas del progreso”, El País, 29/12/05).

[9] "Je partage (...) le sentiment de l'incroyable fragilité des institutions démocratiques. Le symbolique démocratique est faible,  son entraînement émotionnel reste de ce fait fragile. Le pouvoir est actuellement une place vide au niveau symbolique, il n'est qu'à voir cette sorte d'exil intérieur dans lequel est tenue la classe politique (...). Plus que dénonciation, c'est de resymbolisation dont nous avons besoin".

[10] En Francia, el mayo de 1981, el partido socialista recogia el 74 % del voto obrero; en abril de 2002, no en tuvo más del 13 %, segun Eric Maurin ( "La crise sociale française: des nouvelles precarietés, des salariés plus isolés", Le Monde, 21.11.05).

[11] "Tout responsable politique français, depuis une vingtaine d’années, sait que la France vit au jour le jour avec ce danger sensiblement plus grand qu’ailleurs d’une contagion entre les incidents violents" (Michel Rocard, "Qu’est-ce qui se passe en France ?",