
Los nuevos retos del urbanismo
Albert de Pablo
El urbanismo nació en el siglo pasado como disciplina desde donde hacer compatibles la "vialidad": las redes eficientes de comunicación, transportes, servicios y arbolado; y la "habitabilidad": la vivienda familiar, el comercio de barrio, los lugares de juego y paseo, las escuelas, y en general, los espacios de intimidad, privacidad y descanso. Dos conceptos aparentemente irreconciliables que están en la base misma de la existencia de la ciudad. El uno sin el otro no son nada o, en todo caso, no son ciudad.
Me resulta difícil escribir algo sensato sobre los retos que actualmente tiene planteados el urbanismo sin remitirme al legado de la vieja ciencia urbanística que nos es culturalmente más próxima; a la disciplina, el instrumental y los métodos que se quisieron poner al servicio del paradigma industrial para mejorar la calidad de vida de las personas en las ciudades. Antes, hubo de ser ampliamente aceptado que la ciudad era el sistema -el lugar si se quiere- de que se había dotado el ser humano para mejor vivir y desarrollarse. Hoy, constatamos la parte cuantitativa de esta intuición del siglo pasado. Más del 80% de los europeos vivimos en ciudades, y antes del fin de siglo la mayor parte de la humanidad será urbana.
Precisamente por ello, la valoración en torno a la bondad de la ciudad no es unánime. Los problemas de la humanidad han pasado a ser problemas esencialmente urbanos o generados en -y por- las ciudades. Y su solución, a depender del ajuste de las numerosas disfunciones de la vida urbana actual y del modelo económico que la ha hecho posible. A mí, me sigue pareciendo que la ciudad es el sistema desde el que mejor se pueden encarar -localmente- los problemas humanos globales. Por el patrimonio acumulado en su formación, por las posibilidades que ofrece la ciudad para concentrar y organizar informaciones y cultura, y por la diversidad y extensión del entramado de relaciones y enlaces entre las personas -de o desde la ciudad.
El paradigma industrial: Ildefons Cerdà
El 23 de agosto de 1.876 moría Ildefons Cerdà (1.815-1.876) en Caldas de Besaya (Santander), el diario La Imprenta publicó la siguiente nota necrológica: "El señor Cerdà era liberal y tenia talento, dos circunstancias que en España perjudican y suelen crear muchos enemigos..."
La situación higiénica y las condiciones de vida en la Barcelona de mediados del siglo pasado eran insostenibles, a la vista del progreso y la equidad que prometía el paradigma industrial. Una epidemia de cólera en la ciudad contribuyó a que el gobernador Pascual Madoz hiciera efectivo el expediente de derribo de las murallas y diera paso a la formación del Ensanche de Barcelona.
Durante este siglo largo, el Ensanche ha sido un marchamo de calidad para la ciudad y una isla central de civismo para su hinterland urbanizado -nada más lejos de la ausencia de centro, y de la democracia territorial que concibiera su autor. A pesar de ello, y de los homenajes rendidos por los círculos más fieles, su obra más emblemática -"La Teoría General de la Urbanización"- no ha sido reeditada en nuestro país desde 1968.
Para entender y proyectar la ciudad Cerdá recogió y produjo su propia información. Por un lado, la precisa e inusual cartografía del llano de Barcelona y de la ciudad, a la escala adecuada para el trabajo. Y por otro, redactó en 1856 su "Monografía Estadística de la Clase Obrera", un estudio exhaustivo en que analizó las necesidades sociales, ambientales, económicas y de alimentación de la población de la Barcelona confinada por las murallas -el apéndice de su Teoría General de la Urbanización.
Sistematizó el urbanismo como una disciplina científica con métodos y técnicas de deducción propios, que permitían un rigor y una complejidad crecientes. Y pasó de la práctica intuitiva y dogmática en que se había basado la construcción de la ciudad desde el Neolítico -amalgama de atavismos, religión, economía o técnica militar-, a la práctica teórica, científica y política, apenas legitimada por los sistemas constitucionales de que se había dotado la burguesía de finales del siglo pasado.
Para entender hasta que punto es imprescindible el método propuesto por Cerdà para analizar la ciudad de hoy y proyectar en ella, permítanme citar unos fragmentos del Prólogo de su Teoría de la Construcción de Ciudades, aplicada al Proyecto de Reforma y Ensanche de Barcelona, seleccionados por Javier García Bellido en su "Aproximación al Método Científico aplicado en el discurso de Cerdà", Barcelona 1991:
"Empecé pues por procurarme catálogos de varias librerías a fin de averiguar lo que acaso pudiera haberse escrito sobre este particular; pero desgraciadamente encontré tan poco y tan incompleto que mis deseos y mis esperanzas estuvieron muy lejos de quedar satisfechos, pues a cada paso que daban mis investigaciones, no obtenía más resultado que el afirmarme más en la convicción de la complejidad y trascendencia del asunto y de la falta de datos para tratarlo con el debido acierto (...). Pasé del campo de las teorías al terreno de la práctica.
Me dirigí a los puntos donde antes que en España han tenido que tratar cuestiones de ensanche y reforma de las poblaciones, me dirigí a las administraciones y a los hombres de arte y de ciencia encargados de llevar a cabo dichos proyectos, con el fin de poder ilustrarme acerca del modo de concebirlos y realizarlos para venir a deducir la ley que pudiera establecerse con el carácter de general y las modificaciones que en ella pudieran ser convenientes para amoldarla prácticamente a nuestro país. (...); pero una vez más tuve lugar de comprender su enormidad y la necesidad de sacarla del terreno de las aplicaciones particulares para sujetarla a una teoría general. Vi que la necesidad de una reforma radical en la disposición y sistema de construcción de nuestras casas y de nuestras ciudades, es tan universalmente reconocida, que, en todos los países y de todas partes se deja sentir un deseo general que la reclama (...) El problema no solo está muy distante de su resolución, sino que ni siquiera se halla debidamente planteado (...) Cuando se ha tratado de un proyecto de fundación, reforma o ensanche de una ciudad, se ha librado todo al empirismo facultativo, creyendo que consistía todo en coger un plano más ó menos exacto de la localidad, trazar sobre él un sistema de líneas que siendo más ó menos seductor a la vista de los profanos, haya halagado los intereses privados de las personas que directa o indirectamente pudieran influir en su aprobación (...) Fundado en estos estudios analíticos que había empezado a hacer para darme cuenta de las condiciones higiénicas, económicas, y sociales de la población que habita esta ciudad, he hecho después la síntesis razonada de mi proyecto para su reforma y ensanche".
"Hasta el presente, cuando se ha tratado de fundar, reformar o ensanchar una población, nadie se ha ocupado de otra cosa que de la parte artística y monumental. Se ha prescindido por completo del número, clase, condición, carácter y recursos de las familias que debían ocuparla. Se ha sacrificado a la belleza y a la grandiosidad de determinados detalles la economía política y social del conjunto de la ciudad, o de sus habitantes, que en buena lógica debiera ser el verdadero punto de partida en estudios de esta naturaleza". (1.859. Teoría de la Construcción de Ciudades").
Confío en que compartan que el texto es de plena validez cien años más tarde, cuando balbucea un nuevo paradigma que habrá de substituir al de la modernidad industrial -maquinista primero, consumista más tarde. Y se mezclan de forma imprecisa y un tanto esotérica conceptos como globalización, solidaridad, superación de la insostenibilidad, información y comunicación en tiempo real.
Con un Cerdà progresista que desde el prometedor paradigma industrial leyó y repensó la ciudad con amplitud de miras, la urbanística pasó a ser practica transdisciplinaria y teoría científica al servicio de la ciudadanía. Y la propia ciudad, a ser reconocida como una realidad compleja, un sistema, cuyo conocimiento no puede ser reducido al de sus partes sin correr el riesgo de perder información respecto de las relaciones entre ellas. La ciudad no puede ser entendida tampoco desde la simple agregación interdisciplinar de ópticas sectoriales -trazado viario, ingeniería de infraestructuras, arquitectura, economía, administración, derecho, sociología, ecología, o higiene-, ni desde el cuarteado de espacios independientes inconexos -campo/ciudad, calles/plazas/ avenidas/parques, residencia/industria/comercio/ocio, casco antiguo/ ensanche/periferia/suburbio, ...-.
Cada elemento de su estructura y cada subsistema se relaciona e interactúa con todos los otros en las interfases -los ecotonos- realimentando el conjunto del sistema. De ahí nacieron los conceptos de vía-intervía, barrios equipados, islas de casas, que fueron ordenados sobre redes de relación de extensión ilimitada -plantación urbana, servicios, movilidad,...- interrelacionadas mediante nódulos.
La localización del paradigma industrial, basada en la incorporación masiva de energía a la ciudad, hizo saltar por los aires la ciudad cerrada, medieval. Desde ahí, Cerdà propuso la fusión integradora del binomio ciudad/naturaleza (la aldea/bosque de los cuentos infantiles). A partir de entonces, este binomio ya no debiera haberse entendido nunca más como una fisión excluyente -lo está siendo.
No valían las recetas universales. Sin echar mano de modelos prediseñados y ecuménicos, construyó desde el paradigma industrial una teoría comprometida con los sitios y la calidad de vida de sus gentes, que le permitió entender, proyectar y proponer las utopías concretas necesarias en un espacio y en un tiempo determinados. El urbanismo no fue, para Cerdà, el arte de la construcción de ingeniosas quimeras arquitectónicas y sociales, válidas para cualquier lugar, resultado del "arte de la fundación y construcción de ciudades" -practicado hasta entonces, volverá a serlo en pleno siglo veinte-. Cada ciudad es un sitio concreto donde localizar un determinado paradigma global. Con problemas políticos, sociales, económicos, de comunicación, de diseño, de gestión pública de los intereses colectivos locales.
Diseccionó las estructuras de la ciudad, utilizando los instrumentos más eficaces que estaban a su alcance para producir y organizar informaciones valiosas -imprescindibles-, y cruzó entre sí estas informaciones para concretar -desde la ideología- la forma, el funcionamiento y la gestión de su proyecto. Dejó de lado la mera creatividad personal -estética e intuitiva-, e incorporó al Urbanismo métodos deductivos, empíricos. Amplió a la práctica política el campo estrictamente disciplinar de la antigua proyectación de ciudades, y propuso que el método para tomar decisiones urbanas pasara por los instrumentos del plan urbanístico. Hasta entonces, esta toma de decisiones se basaba únicamente en el proyecto arquitectónico, en la intuición, y en el poder absoluto para decidir.
Para Cerdà, el núcleo duro de la cuestión estaba en superar las disfunciones sociales y económicas que había analizado, que resultaba de la confrontación entre intereses públicos -colectivos- y privados. Para superar estas disfunciones sociales y económicas le resultaba imprescindible un nuevo aparato conceptual que legitimase el cambio de enfoque y permitiera adaptarlo a las nuevas estructuras industriales.
La crisis de lo Moderno: La técnica urbanística
La valiosa aportación de Cerdà pasó cien años con más pena que gloria. Hasta que, desde mediados de los sesenta, diversos profesionales aglutinados entorno al trabajo riguroso, la intuición y la entrañable tozudez del profesor Fabià Estapé, fueron incorporándose a la lectura, investigación, interpretación y puesta al día de su obra: Albert Serratosa, Salvador Tarragó, Joan Busquets, Manuel de Solà- Morales, François Choai, Javier García Bellido, Arturo Soria, Gabriel Dupuy, ...
En general, la aportación de Cerdà, y las más recientes de Soria, Wright, Mumford, Lynch o Rouge, se han quedado en reducidos círculos universitarios y especializados, y poco han tenido que ver con la construcción efectiva de las ciudades a lo largo de este siglo.
Entretanto, la extensión de la urbanización no se ha contenido y la población se ha organizado mayoritariamente en los núcleos urbanos. Con las mismas leyes generales de crecimiento, pero con formas muy diversas dependiendo de la latitud y de los niveles de desarrollo económico.
¿Qué papel han jugado los urbanistas en la formación de estas connurbaciones? ¿Ha habido Urbanismo? Y, si es así, ¿de qué forma ha contribuido a la construcción de nuestras ciudades y con qué mecanismos ha actuado? ¿Qué no ha funcionado?
En los círculos especializados hace tiempo que se percibe malestar, despiste en torno al papel del Urbanismo, de los urbanistas y de los planes urbanísticos. Las salidas han consistido en el decantamiento de los profesionales hacia los proyectos urbanos, la participación populista, el medio ambiente entendido como paisaje, los planes estratégicos, o el urbanismo concertado -urbanismo a medida de las inversiones de grandes operadores.
Pienso que el malestar durará tanto como resista la posición de desarraigo y autonomía disciplinar que mantienen actualmente buena parte de los urbanistas más influyentes. Continuará si seguimos empecinándonos en abordar únicamente la forma de crecimiento de la ciudad, y entendiéndola autónoma de los agentes que participan en su formación. De las demandas latentes en la ciudadanía y en sus representantes políticos. Y de la nueva realidad nacida de la autonomía que otorga el automóvil, de la extensión territorial de las redes de comunicación e información, y de la conciencia de que existen límites al crecimiento material y energético del sistema, que aflora en el resto de ámbitos del conocimiento.
En nuestro país, seria ingenuo, injusto, y reduccionista generalizar y decir que la herencia urbana de la Dictadura no ha sido superada en muchos aspectos, pero esto no ha sido mérito de los urbanistas sino de la democracia tutelada en que desembocó aquella etapa. No obstante, y a la vista del territorio urbanizado, el resultado de la urbanización es funcional y formalmente incomprensible. Da la sensación de que se haya producido por azar, por simple agregación y extensión, aprovechando los sucesivos momentos de bonanza económica.
Tampoco sería justo atribuir exclusivamente este resultado a los urbanistas. Hemos de hacerlo a las relaciones azarosas entre los diversos agentes que, en una democracia tutelada, intervienen de forma impersonal y anónima en la construcción del territorio: la maraña de Administraciones, las Empresas Públicas sectoriales, los Bancos y las Cajas de Ahorro, los monopolios de suministro de servicios, el sector del automóvil, las grandes compañías constructoras e inmobiliarias,... Cada uno de nosotros -nominalmente- hemos delegado en este sistema anónimo de relaciones la toma de nuestras decisiones más personales, las de mayor trascendencia.
En este entramado, el urbanista ha jugado el papel de hacedor técnico de trozos de suelo técnicamente urbanos. Y el ideal renacentista a que siempre ha aspirado el urbanismo se ha venido abajo. Afortunadamente. Si no hay Príncipe, no hay Arquitecto.
El conflicto no se plantea en la calidad con que se ha resuelto cada una de las partes en que ha quedado dividido el territorio -que también-, sino en la calidad, cantidad y diversidad de relaciones entre ellas. En los enlaces, en los nódulos, en su continuidad, y en su comprensión. Resulta paradójico que la generalización del vehículo privado haya pillado "out side" al urbanismo, o que lo hagan de nuevo las redes telemáticas o los conflictos ambientales que tienen su origen en la ciudad.
Los urbanistas de "ciencias", propositivos y dibujantes, solemos provenir de las escuelas de Arquitectura y de Ingeniería de Caminos. Los agentes que tratan las redes urbanas de transporte, comunicación e información acostumbran a ser Ingenieros -de Caminos, Aeronáuticos, Industriales, de Telecomunicación. Los que tratan redes de distribución de servicios, Economistas, Industriales. Los Biólogos y los Ingenieros Agrónomos han intervenido en el tratamiento de la agricultura periurbana y el verde público. Hay también urbanistas de letras, más analíticos pero con una escasa posibilidad de incidir en la construcción de la ciudad desde la propia disciplina -Geógrafos, Biólogos, Sociólogos, Psicólogos, Pedagogos, Médicos,...-. Cada disciplina ha construido su nicho de conocimiento y aptitud en la formación del sistema urbano actual. Y este hecho, aparentemente irrelevante, ha condicionado radicalmente la forma de la ciudad y del territorio, y sus mecanismos de producción y crecimiento.
La ciudad no es únicamente su forma, sus partes, o sus elementos de enlace. El centro de la ciudad ha dejado de ser una posición física, una localización, y ha pasado a ser cada ciudadano que, en si mismo, decide y opta por utilizar o combinar elementos de la red en base a determinadas informaciones, que a su vez produce y organiza. Tomemos como ejemplo el juego del ajedrez. Una visión desde la forma únicamente llegaría a comprender que el juego se compone de una cuadrícula de sesenta y cuatro cuadros blancos y negros, dispuestos alternativamente, en los cuales se mueven reglamentariamente según su forma dieciséis piezas negras y dieciséis blancas. En cambio, si aplicamos una óptica sistémica -de red-, el ajedrez -como la ciudad- pasa a ser un sistema de relaciones organizado desde una determinada estrategia de salida -un paradigma-, una información de casos, y una táctica que se realimenta en cada jugada según la posición relativa de las piezas y el grado de incertidumbre que cada posición genera respecto del paradigma.
Al principio, actuar sistémicamente será más complejo y aparentemente más caótico que actuar simplistamente desde la zonificación o sectorialmente, pero merece la pena intentarlo si queremos intervenir en el sistema urbano. Tenemos delante el conflicto, la incertidumbre metodológica, la complejidad, la contradicción, la diversidad, y la ubicuidad, y son estos los materiales entorno a los que fundir los conocimientos, las informaciones, las cartografías, y los esfuerzos personales, para adecuar el sistema urbano al paradigma de la sostenibilidad.
El Paradigma 21
G.H. de Radkowski escribió en 1967 un artículo en la revista Janus que contiene una definición breve y certera de la situación urbana actual:
"Nuestra realidad urbana se inscribe en este espacio-red, cuyas mallas están formadas por el conjunto de vías de comunicación -terrestres, marítimas, aéreas y carreteras, así como por cables eléctricos o telefónicos, y hasta por ondas herzianas-, que transportan personas, bienes (la energía está entre ellos) e informaciones. La ciudad ya no es una unidad autónoma, un centro encastrado en el campo circundante, sino una zona específica de condensación entorno a puntos de cruce -enlaces- de las vías de comunicación citadas. "Habitar" ya no designa aquí residir, sino -virtual, o territorialmente- comunicar (la circulación es el aspecto mejor conocido). El ciudadano-residente es un "abonado" a estos puntos nodales del espacio-red, y su residencia una "conexión" a esta red.
La urbanización ha explotado en proporción a la posibilidad de usar la energía fósil de forma general y ubicua, a la extensión de las redes de servicios, negocios, comunicación e información, y a la concentración de capital, trabajo, materia, energía e información entorno de esas redes.
La extensión del fenómeno urbano se ha basado en modelos económicos, sociales y urbanísticos -centralizados o de mercado- que no han contabilizado ni la pérdida de patrimonio que supone el consumo acelerado de todo tipo de recursos no renovables; ni el coste de la "tierra quemada" residual o degradada, incluida en los perímetros urbanizados; ni los costes sociales y ambientales derivados de la forma y cantidad en que son producidos los residuos; ni los costes de todo tipo que son obligados para obtener a lo largo de la vida, con independencia de la edad o condición de cada persona, y con dignidad, las rentas necesarias para sobrevivir en estos sistemas.
Las connurbaciones y sus extensos hinterlands -ya no más la ciudad clásica, ideal, medieval, o renacentista- han tomado la forma de un agregado de islas dedicadas a cada uno de los diversos monocultivos urbanos -residencia, centro histórico, comercio, industria, educación, sanidad, ocio...- dispuestas dentro de una malla formada por "cañerías" por las que circulan todo tipo de flujos -circulación, transporte, residuos, agua, energía, información, dinero...-.
Los costes generados por la distancia y el consumo de espacio y de tiempo han sido considerados marginales al considerar libres -o casi libres- los recursos materiales y energéticos, y el propio tiempo. La urbe moderna ha dejado a un lado la obsesión de Cerdà por compatibilizar la habitabilidad y la vialidad en la ciudad. Obsesión por el orden en la relación de las partes y de sus subsistemas esencial para obtener un alto grado de compacidad, diversidad, y comunicabilidad, valores que a su vez son necesarios para producir una fábrica urbana económica en el estricto sentido del término.
El concepto de ciudad es atávico. Al igual que un niño dibuja una casa con tejado cuando se le pregunta por "su" vivienda en un bloque de apartamentos, cuando somos preguntados por nuestra ciudad, los adultos la dibujamos abierta -con un dibujo detallado en sus rutas interiores conocidas y desdibujado en las fronteras. La forma de la ciudad dibujada se corresponde con la de un sistema ecológico abierto, con fronteras difusas.
Como he dicho antes, las concentraciones que se han producido entorno de las redes sobre las que se organizan los sistemas urbanos y la propia extensión de las redes, son la causa de su mayor dispersión en el territorio y del carácter difuso de sus fronteras. Las connurbaciones se comportan como sistemas abiertos, inestables e inmaduros, dependientes de una elevada aportación externa de materia y energía, que acumulan artefactos e información.
Las redes constituyen los subsistemas alimentario-energético, digestivo, respiratorio, circulatorio, linfático y nervioso de la ciudad, que interaccionan y dan sentido a su anatomía. El Urbanismo se ha ocupado tradicionalmente de esta última, dejando a menudo de lado la fisiología de la ciudad, materializada en las redes y en sus nódulos de relación.
En un marco de escasez de recursos energéticos y de materia, el hacer más eficiente su consumo será el objeto económico, que habrá de primar la utilización adecuada de los recursos que puedan llegar a ser más abundantes: la información, los conocimientos acumulados y los artefactos que -evolutivamente- sean más eficientes.
No consigo entender porqué los artículos que forman este quinto número de La Factoría no son considerados urbanísticos, si constituyen la que debiera ser materia primera del Urbanismo: la producción de información, y su análisis sesgado, que permite formar conocimiento desde un determinado paradigma. No debemos seguir pensando que la vertiente de la ordenación espacial de la ciudad está servida porque ya nos ocupamos de ella los urbanistas, seamos arquitectos, ingenieros o economistas. La ordenación espacial de la ciudad no es tan solo arquitectura, ingeniería civil o economía. Hemos de conseguir situar en la base misma del Urbanismo aportaciones aparentemente tan dispares como los contenidos de este número, y convertirlos, por un lado, en objetivos estratégicos de los planes y de los diversos instrumentos de gestión urbanística, y por otro, en el centro mismo de la política urbana.
La producción limpia, la calidad del aire, la producción y los residuos urbanos, el ciclo del agua, la movilidad sostenible, la potenciación de la diversidad biológica, la oportunidad que ofrece un conjunto de inversiones de saldar el pasivo ambiental de un territorio, la reflexión entorno a la sociedad sostenible, o la política entendida como mediación, debieran ser consideradas Urbanismo. ¿De lo contrario, qué es, en qué consiste una pretendida ciencia que no enraíza sus propuestas en los conflictos?
También han de estar en la base del Urbanismo las reflexiones entorno al nuevo paradigma desde el que actuar: la integración racial, el papel de las democracias, la inmigración, la ciudad educadora, las reflexiones sobre ética y civilización, la formación de una Europa federal, la situación laboral de la mujer. Un Urbanismo que contribuya a formular el nuevo paradigma y tenga la voluntad de ponerse a su servicio, deberá prestar mucha atención, en primer lugar, a las informaciones, conocimientos y métodos de análisis de las condiciones de vida en las ciudades, que ofrecen disciplinas hasta ahora alejadas habitualmente de la gestión urbanística; en segundo, a las demandas latentes de la sociedad, a los nuevos requerimientos, y a las nuevas potencialidades; y en un tercer lugar, a la producción del utillaje de gestión adecuado a la nuevas voluntades legitimadas social y políticamente -producción de indicadores e información, y un marco pedagógico, legal, económico y normativo ajustado a la nueva realidad.
Albert de Pablo
Aquitecto. Director de Interlands