
La antipática paz, la encantadora guerra
(o la seducción del enemigo)
Josep Palau
Las generaciones europeas educadas después de la segunda guerra mundial creíamos que la guerra había sido erradicada de nuestro continente y que únicamente permanecía en pie el sofisticado privilegio del holocausto nuclear. En los años ochenta, todos éramos pacifistas cuando se trataba de oponerse a una guerra atómica hipotética o a guerras muy lejanas. Pero, en los años noventa, cuando la guerra se nos ha convertido en real y cercana, prácticamente nadie ha querido ser pacifista. La proximidad física y política del fenómeno bélico ha demostrado que su lógica tiene una gran capacidad para absorber energías éticas, haciéndose irresistible la toma de partido y la adopción de un enemigo contra el que proyectar los odios. El preciado odio es la energía pasional de la guerra.
¿Por qué la paz tiene tantos partidarios cuando está establecida y tan pocos cuando se quiebra? ¿Por qué la idea de la paz es tan débil cuándo más se la necesita? Una primera respuesta nos la da el filósofo Erasmo al decir: "la paz más desfavorable siempre es mejor que la guerra más justa". Alguien podrá decir que cuando las guerras son justas de verdad, no cabe duda alguna. Y ahí radica el problema, pues nadie declara una guerra sin creer tener la razón. Y hay razones, o una parte de la razón, prácticamente en todos los bandos de un mismo conflicto.
Comprender que la guerra es el mayor de los males se hace difícil cuando están en juego valores queridos o percibidos como esenciales. La paz es tan racional que resulta poco compatible con las pasiones y las emociones. Éstas dan más satisfacciones, mientras la paz da muchos dolores de cabeza. Es más sencillo hacer la guerra. Un belicista de moda lo expresa bien: "Amor armado". (El amor es incondicional y hermoso para una relación entre individuos, pero traidor para guiar actitudes políticas ante un conflicto).
El auténtico pacifismo se acerca más a la "ética de la responsabilidad" (según concepto de otro pensador, Max Weber). Para nada sirve el pacifismo moralista que, proclamando principios indiscutibles, no contribuye a la paz en concreto. El pacifismo responsable tiene por vocación intervenir en los procesos reales para modificarlos en la dirección de la paz. Militar a favor de una causa en conflicto supone ignorar las legítimas aspiraciones de la parte contraria y, en consecuencia, alimentar el conflicto en sí. Por contra, ser pacifista es militar a favor de la paz, lo que significa distanciarse de las estrategias en conflicto para sostener una estrategia de paz. Es necesario empujar las dinámicas que favorecen la conciliación y la concordia, las concesiones recíprocas, la negociación, la satisfacción de algo esencial para cada parte sin que ninguna se imponga del todo.
En el caso de los conflictos nacionales, las reflexiones expuestas son bastante apropiadas. Toda causa nacional tiene raíces poderosas y legítimas pero que, si se imponen unilateralmente, perjudican otras causas. La identificación con una causa nacional conlleva el rechazo a la causa contraria. Por eso los nacionalistas son propensos a tener enemigos, incluso encuentran placer en ello. El enemigo es el requisito más importante de la guerra, más que las armas, los aliados o las estrategias. Se puede hacer una guerra de muchas formas, pero nunca sin enemigo.
Ante diversos nacionalismos en colisión, el pacifismo responsable evita apoyar ninguno, intenta neutralizar a cada uno de ellos para equilibrarlos a todos. Es decir, el pacifismo adopta la mediación como estrategia. Recordemos que los pacifistas de principios de siglo fundaron las "sociedades de arbitraje" (arbitrations societies) que perduran en los Países Escandinavos. Instituciones como el "Premio Nobel" o la "Carnegie Endowment for Peace" son el resultado de fortunas que se dedicaron a la conciliación en el periodo previo a la primera guerra mundial. No olvidemos que los conflictos que hemos visto rebrotar son como los que engendraron las guerras europeas del siglo diecinueve y la primera parte del siglo veinte.
Los pacifistas de entonces sufrieron mucho, no eran populares, iban a contracorriente y a menudo eran tildados de traidores. Sirva de final, un pequeño homenaje a Bertrand Russell, que fue condenado y deportado en 1915 acusado de "derrotista" por haber dicho y publicado lo siguiente: "la culpa alemana, que existe, no nos hace inocentes a nosotros".
Josep Palau
Formó parte del Comité Ejecutivo de la asociación europea "Helsinki
Citizen's Assembly" y fue uno de los principales militantes pacifistas de la
guerra en la ex-Yugoslavia
Este artículo fue publicado en el nº 3 -correspondiente al tercer trimestre
de 1996- de la revista "Espai de llibertat" que edita la Fundació Ferrer i
Guardia de Barcelona.