Oportunidad y reto para Catalunya

Pasqual Maragall i Mira

Amigas y amigos, buenas tardes a todos. Ya hace tiempo que comentamos, con algunos compañeros de partido y de grupo parlamentario, la necesidad de que realizara una conferencia sobre inmigración, reflexionando en voz alta y explicando nuestra posición en materia de inmigración. Diversas circunstancias y noticias que se han producido últimamente (algunas bastante desgraciadas, por cierto), han puesto, todavía, de más actualidad el tema de la inmigración extranjera. Particularmente, la inmigración extranjera que procede de países que no forman parte de la Unión Europea. Pero quiero comenzar aclarando que mi conferencia de hoy no es, en absoluto, una intervención precipitada por los hechos ni, menos todavía, improvisada. Y tampoco querría que fuera entendida como una respuesta a ningún hecho o posicionamiento ideológico de nadie. Nosotros hace tiempo que propugnamos, y creo que lo hemos defendido con coherencia, de palabra y con los votos, que por encima de todo, lo que necesita nuestro país es reflexionar con serenidad sobre un fenómeno que aquí es relativamente nuevo. Hacer propuestas innovadoras pero asumibles, e intentar actuar coordinadamente desde el consenso. También desde la discrepancia, si es necesario, naturalmente. Pero, fundamentalmente, desde el diálogo y el acuerdo político. Nos jugamos mucho. Y tenemos la obligación de hacerlo bien.

Estamos viviendo uno de los períodos de prosperidad y libertad más largos de toda nuestra dilatada historia. Y tenemos que actuar con prudencia para preservar lo que tenemos. Esto no significa que no tengamos que estar abiertos a las nuevas realidades y a lo que nos viene de fuera, sino todo lo contrario. Debemos asumir que estamos en un momento, no solo de grandes cambios, sino una época en que todo evoluciona a gran velocidad. Y, por tanto, debemos tener muy claros qué valores debemos preservar. Para mí, dicho ahora muy esquemáticamente, tres valores por encima de todo: la igualdad, la cohesión y la convivencia. Ya me referiré con más detalle, pero no quiero entrar en materia sin resaltar antes que estos tres valores, contrariamente a lo que a veces se insinúa, son completamente compatibles con los procesos migratorios. Y que si alguna vez tenemos la sensación de que la supervivencia de alguno de estos valores puede estar en peligro, naturalmente, no será responsabilidad de los últimos que han llegado.

A veces pienso que la convivencia es como una copa de cristal tallado, de Murano, por ejemplo. Una pieza única. Que no se puede tasar porque no hay dinero suficiente para pagarla, y que la hemos guardado celosamente hasta hoy poder pasarla a las generaciones venideras. Pero la copa es muy frágil, no nos engañemos. Y no podemos jugar. Nuestra obligación, la de todas y todos, es que no se nos rompa en las manos. Por eso me parece irresponsable y mezquino que personas y grupos con responsabilidades públicas, o con un elevado grado de influencia social y mediática, lancen, como alguien ha escrito, "leña al fuego" y hagan cálculos inconfesables sobre la posible rentabilidad electoral de apelar irracionalmente a los miedos y a los sentimientos más primarios de la población más débil o más desinformada.

 

Política y pedagogía

Ciertamente, estamos viviendo un momento histórico que para muchos de nosotros resulta apasionante. El proceso de mundialización, la implantación de las nuevas tecnologías, los avances científicos..., todo hace pensar que el mundo cambiará a un ritmo todavía más frenético de lo que lo ha hecho en los últimos años. Pero este fenómeno produce, a la vez, inseguridad. Sobre todo en las capas de población menos preparadas y aquellas que más directamente han sido víctimas de las desigualdades. Y esto no lo podemos resolver solo con buenas palabras, o apelando únicamente a ciertos valores, ni mucho menos culpabilizando de los desajustes precisamente a aquellos que más los sufren. Ya escribió Sthendal que "casi todas las desgracias de la vida provienen de las falsas ideas que nos formamos sobre lo que nos pasa". Deberemos hacer mucho pedagogía respecto a lo que está pasando, respecto al proceso extraño, novedoso, lleno de incógnitas, pero a la vez interesante, que vive vive hoy la humanidad. Deberemos hacer mucha pedagogía, sin duda, y también mucha política.

En el terreno de la pedagogía, deberemos insistir, no solo en que los procesos migratorios han existido siempre -lo cual se nos recuerda con frecuencia-, sino sobre todo en que las migraciones forzadas, involuntarias, suelen ir de pobres hacia ricos. Hoy, del Tercer Mundo hacia el Primero. Y no puedo dejar de constatar que con las migraciones se están marchando personas de los países pobres que allí hacen mucha falta, porque son fuertes y porque muchas de ellas están muy preparadas. Alguien ha dicho que las migraciones, por encima de todo, están haciendo inviable el futuro de algunos países. Desde aquí lo vemos desde otra perspectiva, pero lo cierto es que la mayoría de los efectos negativos que puedan tener los procesos migratorios, que también los hay, los sufren sobre todo los países emisores. Y no puedo dejar de señalar, igualmente, que incluso el flujo de capitales entre el Norte y el Sur del planeta hoy es una sangría para los países más pobres. El Tercer Mundo envía cada día hacia el Primer Mundo cuatro veces más del dinero que recibe por cualquier concepto. Contrariamente a lo que se piensa, no somos nosotros los que enviamos dinero al Tercer Mundo, sino este el que nos transfiere capital día tras día. Muchos países se están empobreciendo a un ritmo escandaloso. Ochenta países tienen hoy una renta por cápita inferior a la de hace diez años. Y estas constataciones, que no he querido obviar de ninguna manera, nos llevan a repasar la existencia de otros factores que favorecen las migraciones en todo el mundo. El Síndic de Greuges, en el último informe anual que ha entregado al Parlamento, y en un magnífico apartado dedicado a la inmigración, hace referencia a tres factores más, a parte del económico, que fomentan las migraciones: los factores sociales, los factores políticos y los factores culturales. Entre los sociales, por ejemplo, recuerda que "muchos países todavía tienen un crecimiento de población superior al 2% anual. Con este índice, el sistema de productivo no puede absorber la población que se incorpora al mercado de trabajo. La familia selecciona a los que intentarán emigrar y así abrirán camino a los demás". A estos países les está pasando lo mismo que al Estado Español durante los años sesenta: que las remesas de divisas de los inmigrantes son una de las primeras fuentes de ingresos del país y de muchas familias. Pasó en España hace unos años, y pasa hoy en otros lugares. Por ejemplo, en Ecuador se calcula que un 90% de las familias dependen del dinero que les envían desde fuera del país. Esto contribuye, no solo al desarrollo económico, sino también a "atenuar las tensiones sociales derivadas de un nivel de paro elevado y a la vez a financiar las importaciones que necesitan", como hace notar el Síndic.

A esto como ya he dicho, le hemos de sumar factores políticos, que todos nosotros conocemos, y de violencia estructural, y factores culturales, cada vez más decisivos a la hora de abandonar el país de origen. En la decisión de emigrar hay, lógicamente, una legítima decisión de prosperar y de vivir mejor, y en este aspecto la percepción de que Occidente vive inmerso en el lujo y la superabundancia acaba siendo definitiva. Tienen mucho que ver las imágenes que les llegan a través de los medios audiovisuales.

 

Características del nuevo contexto internacional

El nuevo contexto internacional se caracteriza por dos elementos fundamentales de gran impacto: el incremento estructural de la movilidad, y la creciente heterogeneidad y diversidad de las sociedades. Y muy particularmente Europa, que había sido siempre emisora de mano de obra y de profesionales, y que hoy se ha convertido en uno de los principales focos de atracción. La composición de las sociedades europeas está cambiando mucho, y en Catalunya lo hace más deprisa, porque el cambio ha comenzado más tarde y los niveles actuales son más bajos.

Un recientísimo informe del Consorcio de Recursos y Documentación, de la Diputación de Barcelona nos hace notar que "a pesar de la alta visibilidad y los efectos mediáticos de los fenómenos migratorios en la actualidad, las poblaciones de origen extranjero en Catalunya son todavía escasas. En Catalunya hay unos 180.000 extranjeros con permiso de residencia, de los cuales unos 130.000 se pueden considerar inmigrantes económicos, es decir, personas que salen de su país en busca de un futuro más próspero. Además, se estima que hay entre un 15 y un 20% más de personas residentes en situación irregular: esto representa entre 20.000 y 30.000 personas más que se suman a los inmigrantes económicos. Por tanto, actualmente hablamos de gestionar el impacto de aproximadamente un 3% de la población, proporción que seguramente se incrementará rápidamente en los próximos años, por la continuidad de los flujos de entrada y por los procesos de reagrupación familiar. En el plazo de seis o siete años, Catalunya puede alcanzar la media europea de población extranjera con unos índices del 7%". Esta es una realidad que será así, tanto si se quiere como si no. Por tanto, creo que se falsea el debate cuando alguien pretende plantearlo en términos como "inmigración sí, o inmigración no". Esto hoy no es posible. Solo lo sería si decidiésemos volver a una especie de autarquía o aislamiento del mundo. Y en el proceso de globalización actual es muy dudoso que esto llegara a ser posible. Y todavía menos, aislarse en una burbuja si se quiere estar ente los más ricos del planeta. Si queremos ser una sociedad moderna y desarrollada, entonces el cierre total e impermeable de las fronteras todavía es más una quimera. Y si, como decía hace un momento, el debate "inmigración sí, inmigración no" es un falso debate, una concesión a la demagogia populista o un "brindis al sol", mentiría más quien pudiese tener la tentación de asegurar que con él en el gobierno vendrá menos inmigración. Quien dijera esto jugaría peligrosamente son los sentimientos y los miedos más primarios de una parte de la población y, por descontado, pondría en peligro la convivencia y rompería, puede que irreparablemente, toda posibilidad de consenso político y social. En parte, esto ya ha comenzado a hacerse, pero creo que estamos a tiempo de reorientar la situación y "desfacer el entuerto".

Nosotros, cuando afirmamos que la presencia de inmigración es una verdadera oportunidad, además de un reto, lo decimos con el convencimiento de que lo puede ser en un doble sentido: oportunidad de modernización para los países de origen, y oportunidad para las sociedades receptoras.

 

Retos del fenómeno inmigratorio en Catalunya

Entro ahora a valorar los que, para mí, son y serán en el futuro los principales retos que plantea el fenómeno inmigratorio en Catalunya. Y permitidme que, a raíz de algunos hechos que están en la mente de todos, cite como reto de mayor actualidad -aunque no es el más importante- la capacidad de desterrar del discurso político la apelación a la xenofobia, más o menos encubierta, y disfrazada de conflictos entre comunidades. Para decirlo con más claridad, debemos renunciar, de entrada a la tentación fácil de utilizar argumentos que se basen en una supuesta discriminación positiva de cualquier comunidad respecto a los que estaban ya antes. Los recién llegados no han disfrutado de ningún privilegio especial hasta ahora, y es una temeridad utilizar el falso argumento de que los autóctonos son discriminados en comparación con los colectivos inmigrantes. Es una falsedad que solo se puede entender si quien lo dice está mal informado o tiene muy malas intenciones. Es necesario que todo el mundo lo sepa y que además lo defendamos en voz alta y sin embudos. Hoy la ley no fomenta ni facilita ningún tipo de discriminación positiva respecto a los miembros de ninguna minoría y, además, tampoco es eso lo que nosotros queremos.

Otra cuestión bien diferente es que, con frecuencia, aquellos que tienen más derecho a beneficiarse de algunos servicios o programas, sean mayoritariamente inmigrantes. Pero no se benefician en tanto que inmigrantes, sino en tanto que personas con menos recursos. Y quien declare que los inmigrantes que los inmigrantes son más privilegiados está diciendo solo una parte de la realidad. Llamadle media verdad, o media mentira, como os guste más. Nosotros defendemos modelos que podríamos llamar de "integración colectiva", como lo es por ejemplo el holandés. Según este modelo, los inmigrantes que llegan por las vías previstas legalmente, son atendidos, en un primer momento, de forma intensiva. Se les explican sus derechos y deberes, reciben cursos intensivos de idiomas se les hace conocer el barrio o el pueblo donde vivirán, se les ofrece atención sanitaria, y se les pone en contacto con personas destacadas de su comunidad de origen. De esta manera, se intenta reducir el impacto que, inevitablemente, provoca la llegada a un país nuevo, y se proporcionan los instrumentos mínimos indispensables para superar la prueba en las mejores condiciones, e integrarse allí donde se vivirá a partir de aquel momento. En Holanda, además, se les paga una cantidad de dinero durante los primeros meses, hasta que conocen bien la lengua, y comienzan a trabajar. Puede que aquí este "salario de integración" sea más difícil de implantar, porque el nivel económico y el grado de desarrollo del estado del bienestar en los dos países es muy diferente. Pero, en cualquier caso, insisto en que una ayuda bien planteada en un primer momento, puede resultar decisiva para la persona que llega, y para cómo se lleve a término después su integración.

El Gobierno Alternativo, en el Plan de Inmigración de Catalunya que dio a conocer el 23 de enero, situaba esta primera acogida en unos centros de atención a inmigrantes que deberían estar distribuidos, como mínimo, por los siete territorios o regiones de Catalunya, y, si se quiere, con un gran centro de referencia en Barcelona. Una buena primera atención, insistiendo en la necesidad de conocer el país y la lengua, parece hoy indispensable para una integración más rápida, más intensa y menos traumática. A partir de aquí, igualdad de oportunidades para todo el mundo y en todos los campos previstos por la normativa en vigor. Y para que esto sea realmente posible, se debe promover a fondo el estado del bienestar para todos, y se deben desarrollar las leyes y otras disposiciones que emanan de los Parlamentos. Y no hace falta irse demasiado lejos: el Parlamento de Catalunya ha aprobado diversas resoluciones durante la presente legislatura. La más reciente, el 12 de marzo, en que se instaba al gobierno de la Generalitat a:

*Desplegar la ley de extranjería en los aspectos de su competencia y elaborar un marco normativo de aplicación consensuado.
*Coordinarse con los entes locales para realizar políticas de integración, y dotarlos de recursos, teniendo en cuenta el papel crucial de los ayuntamientos en la integración.
*Luchar contra las mafias que trafican y explotan inmigrantes irregulares.
*Reclamar la creación de un fondo estatal para reforzar los procesos de integración y cohesión social, que se destinaría a las comunidades autónomas en función del número de inmigrantes.

No podrá decir el gobierno de CiU que no sabe por donde comenzar a trabajar. La Cámara catalana ha hecho su trabajo y ahora le toque hacerlo al Gobierno. Por ejemplo, aplicando las resoluciones aprobadas que instan a trabajar desde el consenso y la lealtad institucional y a dotar de recursos las políticas de atención a inmigrantes. Y todavía otro reto muy concreto: la aplicación de la Ley de Extranjería y la redacción del Reglamento. Ya he dicho antes que lo mejor, en nuestra opinión, habría sido no tocar la ley orgánica 4/2000, que había nacido fruto del consenso de todas las fuerzas políticas en el Congreso de los Diputados. A pesar de esta opinión, muy generalizada por otra parte, el PP se presentó a las elecciones generales con el compromiso de cambiar la ley, en sentido restrictivo, si ganaba. Y es obvio que ganó por mayoría absoluta. Por tanto, pudo cambiar rápidamente la ley, añadiendo algunos artículos que, a nuestro entender, eran inaplicables, y otros que hasta se podían considerar inconstitucionales. Por lo que respecta a los aspectos que no se podían aplicar, ya hemos visto algunas consecuencias. Y por lo que respecta a los que podían no ser constitucionales, algunos ya hemos hecho lo que creíamos que debíamos de hacer. Y el tiempo nos dará la razón. Personalmente, si estuviera en mis manos, redactaría una ley de extranjería con un único artículo: "queda derogada, a todos los efectos, la ley orgánica 8/2000 y vuelve a estar en vigor la ley orgánica 4/2000". Y no porque aquella fuera ninguna panacea -que no existen- sino porque era fruto del consenso y suficientemente válida para poder aplicarla.

Si hablamos desde hace tanto tiempo de diálogo, consenso e incluso Pacto de Estado es porque estamos convencidos de que uno de los retos de futuro en materia de inmigración es la entendida respecto a las grandes líneas de actuación política y social. La nueva ley permite, a pesar de sus faltas, mejorar la atención a la inmigración y diseñar políticas de integración. Y esperemos que el Reglamento que se tiene que aprobar abundará en esta línea de trabajo Debe quedar muy claro que no hay nada peor que tener miles, decenas de personas en situación administrativa irregular. Aquí el gobierno debe actuar rápido y con una eficacia que hasta ahora, francamente, se ha echado en falta. La Administración del Estado no ha sabido estar a la altura de las necesidades, en parte por una falta de medios y en buena parte, también, por falta de previsión. Es inhumano haber tenido y tener todavía a tantas miles de personas haciendo cola, sufriendo las inclemencias del tiempo durante horas y horas y sin tener la más remota idea de que les podía deparar el futuro. Así no hay quien desee integrarse. ¿Integrarse en una sociedad que rechaza y maltrata? Todo el mundo que vive aquí debe de tener "papeles". Y es el gobierno central el que tiene las competencias en esta materia y quien debe decidir si lo hace por la vía de la regularización de todas las personas que están aquí, o combinando esto con algunas expulsiones por motivos justificados. En cualquier caso, es el PP el que ha cambiado la ley -con el apoyo inestimable de CiU- y es el gobierno central quien tiene las competencias en materia de flujos migratorios y debe asumir la responsabilidad. Pero haciéndolo bien y haciéndolo deprisa, para evitar males mayores. Nosotros somos también partidarios de establecer una buena política de control de flujos migratorios. Y no solamente para España. Creemos que debe de ser la unión Europea quien armonice las políticas en materia de inmigración, incluidas las de control de flujos. Europa lleva unos cuantos años viviendo en una falsa idea de "crecimiento cero" de la inmigración, la cual, además de falsa es inviable. Y no ha hecho sino potenciar el desconcierto.

 

Propuestas

Proponemos para la unión Europea una política común en materia de inmigración, y en esta línea trabajan hace tiempo nuestros europarlamentarios. En coherencia con este principio, defendemos -y quiero insistir especialmente- una política de control de fronteras y de control de flujos. Así como, en la medida de lo posible, una política de contratación en origen. Insisto porque se ha repetido con insistencia malévola desde sectores conservadores, el argumento de que los partidos progresistas y especialmente el partido socialista, pretendían abrir las fronteras para que todo el mundo pudiese circular libremente por todo el mundo. No niego que esto podría ser el ideal, y puede que algún día sea realidad. Al fin y al cabo sería coherente con el proceso de globalización y de libre circulación de marcado y capital. Pero, hoy por hoy, nosotros estamos convencidos de que se deben controlar los flujos migratorios y determinar unos contingentes anuales de inmigración. En la medida en que sea posible, se deberá ir combinando la contratación en origen, estableciendo oficinas de información en las embajadas y consulados españoles, con la concesión de un determinado número de permisos de residencia para que la gente pueda buscar trabajo por su cuenta. No podemos olvidar que siete de cada diez inmigrantes trabajan en las ocupaciones más inestables y con menos cobertura social, según los datos del informe "España 2001" de la Fundación Encuentro. Estos puestos de trabajo difícilmente se pueden contratar en origen. La estadística subraya que el 33% de los extranjeros trabajan como empleados domésticos y de limpieza, y que un 18% lo hacen de peones de agricultura y pesca. Se tendrá que determinar un contingente anual para regular las corrientes migratorias autorizadas. Nosotros, además, estamos de acuerdo con el principio general de que las comunidades autónomas puedan participar en la determinación de los contingentes, en función de las necesidades locales. Aún así, sabemos que la libertad de circulación y la creciente necesidad de movilidad de la mano de obra dificultan el establecimiento de cuotas territoriales.

Hemos propuesto que desaparezca el permiso de trabajo -como ya lo hacen otros países europeos-, pero entendemos que el permiso de residencia es suficiente para el control de flujos y ya está condicionado por las posibilidades reales del mercado de trabajo. Es necesario reducir la burocracia y simplificar los trámites para ganar en eficacia y rapidez. Los empresarios han denunciado muchas veces lo complicado que es que un extranjero extracomunitario pueda ponerse a trabajar una vez las empresas han decidido contratarlo. Si aplicamos con agilidad las medidas que he citado -por otra parte, muy elementales- tendremos toda la legitimidad para perseguir de manera implacable, tanto las mafias que están traficando con personas indefensas, como los empresarios que contraten ilegalmente. No digo que aplicando correctamente todas aquellas medidas podamos acabar con la entrada clandestina de personas, porque seres humanos que quieran venir siempre habrán más de los que podamos acoger. Pero creo, sinceramente, que regularizar a los que están aquí, establecer unos contingentes anuales de acuerdo con los países del entorno y agilizar los trámites de los que se autorizen a venir, sería un buen principio para otra manera de enfocar la inmigración.

 

Las políticas de integración

El siguiente capítulo es el de las políticas de integración. Aquí es donde, a mi parecer, no solo se nos plantean retos de gran trascendencia para el futuro del país, sino también algunas oportunidades históricas. Hablar de integración es -lo decía ya al principio- hablar fundamentalmente de la preservación de tres puntos clave en las relaciones humanas: la igualdad, la cohesión y la convivencia. Las personas inmigradas deben disfrutar de todos los derechos y los deberes que les correspondan, según nuestro ordenamiento jurídico. Deben conocer con todo detalle en qué consisten estos derechos y deberes, y en que les afectan o les benefician, y en que campos concretos pueden entrar en conflicto con sus costumbres, su cultura, o sus tradiciones. En este marco concreto, los extranjeros tienen que aceptar nuestro cuadro de valores, y en especial la aconfesionalidad del Estado y la equiparación entre hombre y mujer. Tendrán que aprender a ser más libres, como de hecho todos hemos de ir aprendiendo cada día que pasa. Aprender a serlo juntos, con sones plurales y colores de piel diversos, sin dañar el actual sistema de valores ni la democracia. Es un reto y una oportunidad extraordinaria. Preservar la cohesión social y el nivel más alto de convivencia posible, significa también tomar decisiones en terrenos muy importantes, y adoptar políticas muy concretas. Políticas sociales y políticas urbanísticas, las cuales tienen costos elevados. La llegada de miles de personas cada año con necesidades sociales y de vivienda, pone de manifiesto la falta de recursos y el abandono de muchos barrios en pueblos y ciudades. Este es un reto que debemos de convertir en una gran oportunidad aprovechada.

Es posible comprender las actitudes de algunos ciudadanos cuando afirman que no son racistas, y al mismo tiempo rechazan el establecimiento de más personas inmigradas en sus barrios. Es posible entender que sientan como competidores directos a aquellos que todavía están peor que ellos, y más dispuestos a aceptar cualquier trabajo o cualquier vivienda. Pero no será por la vía del enfrentamiento como podremos resolver los conflictos. Y todavía es más irresponsable que quien tiene la obligación de dar salida a los problemas se limite a constatar que "hay mucha gente que piensa de esta manera". Lo que se nos pide son medidas concretas que hagan posible que los ciudadanos ganen en calidad de vida. Esto se debe de hacer comenzando desde abajo, en los barrios, en los pueblos, en las ciudades. No podemos pretender sobrecargar determinados barrios con nuevos conflictos, porque todavía no habían superado del todo la degradación a la que habían estado sometidos desde hace muchos años.

Si a la fractura social que viven algunos barrios, añadimos ahora una fractura que se quiera justificar por razones étnicas, el resultado puede ser explosivo. Pero si evitamos que estos barrios se degraden y destinamos grandes inversiones de dinero para dignificarlos, si hacemos que los vecinos se sientan bien y estén orgullosos de él, si los recursos de los cuales pueden disfrutar los extranjeros no van en detrimento de los que también necesita mucha gente autóctona, entonces conseguiremos más calidad de vida para todos y evitaremos enfrentamientos muy peligrosos. Se trata de no hacer pagar la factura de los costes que tiene la diversidad de culturas a los que tienen menos margen para ceder, a los que justo acaban reconvertir su barrio urbanísticamente deficiente de los años 50, 60 ó 70, en un barrio digno, con grandes penas y trabajos. Se trata de evitar a los que acaban de llegar a la dignidad urbana tengan que hacer una aportación tan onerosa a la integración de los recién llegados que su reciente tranquilidad sea puesta en peligro: ¡Terrible ironía sería ésta!. Es aquí donde todos debemos extremar la prudencia de nuestras expresiones, demasiado ingenuamente complacientes con los recién llegados o poco coherentes con las dificultades que experimentan los inmigrantes de vieja fecha, o bien al contrario, exagerando interesadamente donde ingenuamente estas dificultades para obtener la complacencia de los mismos. La integración y la cohesión son cuestión de ritmos sabiamente distribuidos y esfuerzos titánicos en determinados momentos y lugares críticos. No nacen de la buena fe y basta. Ni es admisible, en el extremo contrario, que se imaginen imposibles. La cohesión no es imposible. Saldremos adelante con poco que los ingenuos y los interesados de uno y otro extremo nos dejen trabajar o, mejor dicho, nos ayuden. El Gobierno Alternativo ha presentado diversas propuestas en esta línea, entre las cuales lo que llamamos Pla Urban para los barrios de Catalunya, que no es otra cosa que una gran inversión para mejorar el urbanismo y la calidad de vida de los barrios más castigados de nuestro país. Se debe impedir la degradación urbana y la utilización creciente de la infravivienda; no se puede dejar todo al libre mercado, se debe planificar y, muy particularmente, favorecer un parque de vivienda de alquiler con precios asequibles y adecuados a los perfiles; es necesario un nuevo plan público de vivienda que se adecue a las nuevas circunstancias sociales y que garantice el acceso a la vivienda pública en igualdad de condiciones. También se tendrán que ofrecer incentivos fiscales para la rehabilitación y gestionar planes que integren las necesidades en formación, ocupación y vivienda. Se trataría de mejorar la calidad de vida de todo el mundo, con independencia del origen de cada persona. Este es nuestro modelo de desarrollo, porque nos parece el modelo más progresista. Ya sabemos que la aplicación de este modelo integrador, basado en la igualdad y en la preservación de la cohesión social, tiene un coste muy elevado. Pero nos parece indispensable poner dinero sobre la mesa, a cambio de transformar los pueblos y las ciudades; en definitiva, el país, en la línea que queremos. Se ha hablado de diferentes cantidades, tanto a pagar por el Estado, como por la Generalitat y los ayuntamientos. En cualquier caso, la decisión de volcar mucho dinero en los servicios a las personas y en los barrios se debe de hacer, inevitablemente, por consenso, porque hay que sumar muchos esfuerzos y hacer economía de escala. Otros países lo han hecho: en los últimos años, por ejemplo, lo ha hecho el gobierno Jospin en Francia, y con resultados bastante espectaculares.

El inmigrante no debería sufrir exclusión. Primero, porque no lo desea y, además, porque viene en condiciones de integrarse si no encuentra impedimentos. Las políticas de integración deben tener por objetivo principal eliminar las causas que pueden provocar la exclusión. Nosotros hablamos, incluso, de un posible "modelo catalán de integración", que se basaría en los siguientes elementos: el respeto a los derechos humanos, el respeto a la diferencia, la defensa de los valores y las prácticas básicas de la democracia, especialmente el respeto por las libertades individuales, la igualdad y la no-discriminación por motivos étnicos, de sexo, religiosos o lingüísticos; la defensa de la cohesión social de las ciudades y los pueblos, el fomento de la interacción y de la construcción del sentido de identidad y pertenencia a una sociedad común.

Y debo remarcar, para ir acabando, que el Pacto para una Nueva Ciudadanía, que nosotros hemos propuesto y proponemos, debe contemplar también, necesariamente, aspectos sociales y culturales. Me refiero sobre todo a fomentar la cultura de participación y el asociacionismo. Y no digo solo entre los inmigrantes. Porque, aunque es cierto que en nuestro país existe una larga tradición en este campo, el compromiso personal y la participación de los ciudadanos en la toma de decisiones no parece haber crecido mucho. Es muy importante que los inmigrantes participen en las asociaciones de vecinos, AMPA, entidades deportivas y culturales, ONGs y en consejos sociales y municipales. Como es importante que lo haga, en general, toda la ciudadanía. La inmigración nos abre las puertas a nuevos marcos de relaciones y significa también una buena oportunidad para el contacto intercultural y la profundización en los valores de la democracia de base y participativa.

 

Identidad cultural

El aumento del número de extranjeros en Catalunya, hijos de tantos países y culturas diversas, puede ser una gran oportunidad para repensar nuestra identidad. Algunos lo han querido hacer desde la unión respecto actitudes que podríamos llamar fundamentalistas. Otros, aunque mejor documentados, no han podido evitar, a pesar de todo, expresar sus temores por lo que respecta a la desaparición de una determinada manera de entender nuestra identidad y nuestra cultura. A mí me parece que a las personas de actitud abierta y progresista nos toca creer y defender que la multiculturalidad es posible. Y trabajar para hacerla más viable. No una multiculturalidad basada en el relativismo de que todo sea igual, ni de que no hay nada que se tenga que defender. Naturalmente que reconocemos una cultura propia, milenaria, pero que justamente se ha ido enriqueciendo con el contacto con todo aquello que nos ha venido de fuera. La cultura no puede ser estática, ni sagrada, ni que se inscriba en un registro y quede ahí para siempre. La cultura la hacen las personas que están en un país, que viven y que trabajan, que conocen y respetan el legado de sus antepasados, pero que saben transformarlo con su propia vida. La cultura es dinámica, y cuanto más lo sea también será más plural, más viva y más democrática. Hoy en día nadie se atrevería a discutir seriamente la aportación de los que vinieron hace unos años de otros rincones de España a nuestra ciudad catalana común. Y los que se acaban de incorporar ahora o lo harán en un futuro tienen el mismo derecho si ellos quieren y si reconocen y respetan lo que ya hemos hecho entre todos. De hecho, cada vez más, nos guste o no, todos forman parte de una misma civilización universal, pero es necesario que esta se continúe expresando y manifestando pluralmente en una diversidad de lenguas y culturas que se deben preservar y enriquecer. Todo esto, entronca también perfectamente, a mi entender, con el modelo de ciudad y de país que nosotros queremos para Catalunya. Unas ciudades y un país perfectamente integrados en un mundo global, que conserven y potencien toda su vitalidad. Y esto solo nos parece posible si huimos de cualquier tentación de etnocentrismo y apostamos abiertamente por la diversidad y el cosmopolitismo.

 

Pasqual Maragall i Mira .
Presidente del Partit del Socialistes de Catalunya.