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| Antoni Puigverd
Los argumentos de no catalán a
Europa siguen consiguiendo adeptos. El argumento más redundante
es el del agravio comparativo, siempre tan eficaz: ¿cuatro
malteses van a tener más peso que 10 millones de catalanohablantes?
Nadie se detiene a observar el relativo peso que pueda tener en la
actualidad, para una lengua como la nuestra, un estatus eurocrático
de oficialidad. Sin ir más lejos, ahí está el
caso del gaélico, que ha salido estos días precisamente
a colación. Ser la oficial del Estado irlandés no ha
impedido su desaparición como lengua de uso corriente. Nunca
se evoca entre nosotros el fracaso lingüístico irlandés
(a pesar de que, en su momento, la independencia de Irlanda tuvo cierto
impacto ejemplarizante sobre los nacionalismos catalán y vasco). En aquel mismo momento, los sectores que dominaban el Estado destilaban pesimismo y desconcierto por la pérdida de las últimas colonias (un pesimismo que traduce la generación del 98). En aquel momento, la ecuación “lengua = patria” tuvo sentido. Es decir: fue innegablemente útil a la lengua catalana, que recuperó el prestigio cultural perdido. Pero no lo es ahora, cuando el patriotismo catalán pasa por una fase de redefinición y alguna de sus versiones más conspicuas responde con resquemor y pesimismo al desconcierto que produce la realidad, y cuando la expansión internacional del castellano insufla tal optimismo que las industrias culturales hispánicas creen poder disputarles cierto terreno a las inglesas. Habiéndose invertido por completo la situación de 1898, seguir vinculando el destino de la lengua al de la patria es temerario y puede que funesto. Servirá, sin duda, para mantener al rojo vivo las brasas del nacionalismo, es decir, para instrumentalizar la lengua a favor de la patria. Pero si de lo que hablamos es de salvar la lengua como instrumento de comunicación, lo que ahora convendría es despolitizarla y conseguir un gran consenso social interno a fin de favorecer que estos casi 10 millones que dicen conocerla no dejen de usarla.
Entrar en batalla contra los molinos de viento de Europa es lícito,
naturalmente. Allá cada cual con su verdad, no faltaría
más (lo digo porque uno de los argumentos más usados
entre los partidarios intelectuales del no es la defensa de la libertad
de pensamiento y de acción). Aunque yo soy partidario de no
usar en vano las grandes palabras. Hay mil razones para oponerse a
Europa: lingüísticas, económicas, políticas,
militares, de todo tipo. El ideal de la ciudadanía europea
no está para nada garantizado en esta Constitución.
Y sin embargo, ¿habrá que recordar de nuevo que Europa
no se ha construido desde el ideal, sino para evitar el mal mayor
de la guerra entre hermanos? En Europa se avanza pasito a pasito,
con los estómagos confederados. Basta con que existan pasillos
en la Constitución desde los que ensanchar el camino. El euroescepticismo
se ha configurado como un dique de contención. Quiérase
o no, ponerse de este bando equivale a reforzar los frenos de Europa.
Es lo que tienen los referendos. Nunca me han parecido un instrumento
democrático (no por casualidad los tiranos recurren a ellos). Artículo publicado en el diario “El País”
el 29 de julio de 2004. |
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