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Jordi
Pujol Agradezco la oportunidad de dar esta conferencia porque me he propuesto contribuir a que penetre en la opinión pública española una honda preocupación por el tema de la inmigración. Lo intento, a veces, a través de declaraciones, pero no siempre resulta fácil, pues no parecen tener demasiado interés. El tema queda a menudo enmascarado o marginado por otras cuestiones de tipo inmediato y concreto de noticias que duran exactamente un día. Lo que pretendo desde esta tribuna es un gran debate en España sobre el tema. Por supuesto no avanzaré propuestas concretas, o muy concretas todavía, a pesar de que muy pronto todas las fuerzas políticas españolas vamos a tener que definirnos nuevamente sobre el particular. Como ustedes saben, el Gobierno va a presentar una propuesta para reformar la Ley que se aprobó en diciembre del año pasado. En principio, pretendo contribuir a que este tema no sea ignorado de nuevo y que, en el futuro, todas estas cuestiones no nos sorprendan con la falta de preparación y la desorientación de que nuestra opinión pública, nuestra clase política y nuestros medios de comunicación han adolecido. Porque en conjunto da la sensación de que nos hemos preparado poco para este gran reto, políticamente, socialmente, psicológicamente, y también desde un punto de vista organizativo. Como he señalado, se aprobó la Ley de inmigración en diciembre del pasado año. Quiero recordarles, simplemente porque responde a la realidad -y que ya de por sí indica que algo no funcionó bien-, que esta Ley no fue un proyecto de ley del Gobierno ni tampoco una propuesta del principal partido de la oposición, sino una proposición de ley elaborada por el mismo gobierno de Catalunya y que luego pedimos al grupo parlamentario de Convergència i Unió que la tramitara en el Congreso. Se añadieron luego dos textos más, uno de Iniciativa per Catalunya y otro de Izquierda Unida. Y decía que quizás -como confirmaba esta mañana el presidente de una comunidad autónoma en la conmemoración del vigésimo aniversario del Tribunal Constitucional- esto indica ya un fallo de origen, porque un tema de tanta magnitud, si bien me siento muy orgulloso de contarme entre los iniciadores de este debate -creo que nos honra haberlo hecho-, quizás hubiera requerido un proceso algo distinto en su origen. Se aprobó la Ley de una forma que ahora analizaremos muy brevemente y que dio lugar a que desde el primer momento el gobierno del Partido Popular advirtiese que, si estaba a su alcance, la modificaría. Y en este sentido debo decirles que nosotros mismos, en diciembre del año pasado, aceptamos una propuesta que nos hizo cuando ya se había aprobado el texto en el Congreso de los Diputados, para que a través del trámite parlamentario en el Senado se introdujeran algunas modificaciones. La verdad es que, una vez leída la Ley, con toda sinceridad y sin la pretensión en este momento de ganar puntos ante ustedes, pues no pretendo ser popular, les diré con toda rotundidad que yo mismo tuve la sensación de que la Ley no era exactamente lo que tenía que ser. Y, por lo tanto, a pesar de que estábamos a tres meses de las elecciones y que parecía que esto era suicida, aceptamos que se introdujeran determinados cambios que, por supuesto, hubieran dado lugar finalmente a una ley que hubiera estado muy por encima, o que hubiera sido más avanzada que la del año 1983.
Faltó coraje para posponer la Ley Por lo tanto, de entrada, ya admitimos que había que introducir cambios. Pensarán ustedes que todo esto es bastante absurdo, puesto que habíamos estado discutiendo el proyecto durante dieciocho meses. Pero sucedió -y les hablo con absoluta y total franqueza- que nosotros presentamos un texto, se creó una comisión y luego los partidos políticos españoles, y también nosotros, no seguimos lo suficientemente de cerca la elaboración de la Ley, llegándose a un texto para su aprobación que, a todos, y pienso sinceramente que a todos -porque una cosa son las declaraciones públicas y otra lo que hablas con los representantes de los partidos políticos y por supuesto de los grandes partidos políticos españoles-, nos pareció que no era exactamente la Ley que había que hacer. Además, cometimos un error. Nos faltó el coraje de decir, en noviembre del año pasado: "Oiga, una ley de esta envergadura y de esta importancia, no la vamos a discutir y aprobar a tres meses de las elecciones, porque una ley de este calado no se puede hacer a tres meses de las elecciones". Por lo que sea, nos la encontramos encima de la mesa tres meses antes y nadie tuvo el coraje -nosotros tampoco lo tuvimos- para decir: "Vamos a dejarlo para la próxima legislatura, y mientras tanto lo vamos a analizar con más profundidad". Bien, ahora esto se plantea nuevamente y pienso que debemos hablar con mucha franqueza. Vuelvo a repetirles que mi objetivo no es ser popular y por lo tanto voy a utilizar esta franqueza. Esta mañana, hablando con el presidente de una comunidad autónoma, le decía: "Hombre, ¿por qué lo que dices tú no lo dice tu partido públicamente?". Y me responde: "Hombre, pues lo dirá". Esperemos que así sea. Entonces ha dicho: "Nosotros estamos dispuestos a entrar, de verdad, en un diálogo que permita el consenso, porque también yo, como presidente de mi comunidad autónoma, entiendo que hay que modificar ciertos puntos". Invito a todos los partidos, por consiguiente, a discutir este tema con honradez y con mucha claridad, porque para tranquilidad de todos les diré que, además, no sabemos exactamente cuál es la consecuencia electoral de un lenguaje franco en este punto. Cuando estábamos un poco preocupados por esto, pero empujando la Ley, Campuzano, el diputado que nos representaba, me dijo: "Oye, honestamente debo decirte una cosa; esta Ley, si sale adelante tal como está planteada -que es como ha salido finalmente- no nos va a dar ni un voto. Quizás nos hará perder alguno. Porque cuando voy por el país explicando la Ley la gente me dice: "Oye, Campuzano, no te entusiasmes tanto con esta Ley y a ver si la frenáis un poco. No hagáis la Ley tan abierta". Esto es lo que le decía la gente. En fin, "yo -decía Campuzano- pienso que igualmente tenemos que hacerla". "Tienes razón", le respondí. Me alegré muchísimo de que él mismo dijera que "esta Ley no nos va a dar votos, y quizás perdamos alguno". "La vamos a hacer igualmente -le dije- porque hay que hacerla, y quizás porque ahora no debemos o no nos atrevemos a asumir el riesgo del insincero temporal mediático que se desencadenaría si nos echáramos atrás para decir que esperaríamos seis o siete meses más. La vamos a hacer igualmente aun a sabiendas de lo que piensa la gente."
Políticos y ciudadanos Una encuesta que se ha publicado hace dos días, hecha de acuerdo con las normas de la Unión Europea, para toda España, y que se pidió que se hiciera al mismo tiempo más específicamente para Catalunya, arroja lo siguiente: Pregunta: Cuando hay poco trabajo, ¿a quién hay que dar trabajo, a los españoles o a los inmigrantes extranjeros? Respuesta: 62% a los españoles, por supuesto, y solamente un 25% trataban en plan de igualdad a unos y a otros. Segunda pregunta: ¿Hay que dejar venir a todo el mundo? Respuesta: hay que dejar venir a todo el mundo, 10%. Hay que limitar, 27%, y sólo pueden venir mientras haya trabajo y mientras falte mano de obra, pero no en otras circunstancias, 56%. O sea que aquí los políticos que defendemos una nueva política de inmigración y una ley de inmigración más abierta que la de 1983 no lo hacemos respondiendo al requerimiento electoralista del cuerpo social. Si lo hacemos es porque entendemos que es de justicia y porque es un problema -ahora hablaremos de ello- absolutamente inevitable, básico, fundamental y decisivo, al que debemos enfrentarnos. No de acuerdo con lo que nos pide nuestro electorado, sino de acuerdo con lo que probablemente nos pide el interés del país de cara al futuro. Y, si quieren, a lo que nos exige un criterio de justicia. En todo caso lo que es absolutamente necesario es que este tema no se trate con la ligereza con la que en algunos aspectos lo hemos tratado durante los últimos dos años. El problema es real y sus consecuencias son inevitables. Real e inevitable, como consecuencia de la conjunción de tres factores, que sobretodo refiriéndonos a la inmigración marroquí y subsahariana, son: el subdesarrollo, la explosión demográfica y, aquí, la escasez de mano de obra. El subdesarrollo de determinadas zonas -aunque hablando de inmigración debemos hablar de la sudamericana, de la de los países del este, etc.- como la marroquí y la subsahariana, que inciden de una forma conflictiva. Bien, un problema real, porque primero, allí hay subdesarrollo; segundo, hay una tremenda explosión demográfica. Y luego, aquí, tenemos escasez de mano de obra. Hace años, Felipe González hizo unas declaraciones llamando la atención sobre este tema y decía: "Si yo fuera marroquí y tuviera veinte o veinticinco años, nada ni nadie me detendría para cruzar el Mediterráneo". Porque claro, el efecto "llamada" del que hablaba el ministro de Interior es cierto, y además en el sentido que lo dice; según qué leyes producen un efecto "llamada". Es verdad. Pero no es menos cierto que el gran efecto "llamada", en el fondo, es la conjunción de subdesarrollo, explosión demográfica y, aquí, escasez de mano de obra. El tema de la baja natalidad juega menos. La baja natalidad, que es realmente un desastre, es un hecho altamente negativo que compromete seriamente nuestro futuro, pero no provoca inmigración. La inmigración la provoca, fundamentalmente, la explosión demográfica y el subdesarrollo de determinados territorios y nuestra escasez de mano de obra. Y, naturalmente, la alta actividad económica, y que hay muchos trabajos que la gente del país receptor no quiere hacer. Podríamos poner mil ejemplos de este tipo, incluso de cuando teníamos muchísimo paro. En la ciudad de Terrassa, desde hace veinte años, la recogida de la basura la hacen marroquíes. Y durante estos veinte años ha habido momentos en que el índice de paro en Catalunya ha sido del 21,06, y sin embargo la basura de Terrassa no la recogían nuestros parados sino la gente de la inmigración -por cierto, en este caso muy bien integrada- de origen marroquí. Por otra parte, nuestra población tiene ante este hecho reacciones diversas. Algunas las he mencionado antes; otras, no. Por ejemplo, se dice: "Que vengan inmigrantes porque pagarán nuestras pensiones, principalmente si son jóvenes". Es una respuesta fácil y egoísta, que no tiene en cuenta que la inmigración no necesariamente rejuvenece a un país. Y sobretodo si no se integra bien, puede crear serios problemas a largo plazo. En realidad el rejuvenecimiento de un país depende de muchas cosas, pero sobretodo de la natalidad y de la fertilidad. Es decir, es esto lo que efectivamente incorpora elementos de ambición de futuro, elementos de confianza en el futuro, y no simplemente la inmigración para que nos paguen algún día las pensiones. Más actitudes no positivas en nuestra opinión pública contra las que tenemos que luchar. Cuando la Unión Europea negoció el nuevo tratado comercial con Marruecos -que fue muy conflictivo y levantó protestas en diversos puntos de España-, en una época en que nosotros apoyábamos al gobierno socialista, me pidieron que fuera a defender este acuerdo en un ámbito precisamente muy socialista, pero no me importaba, porque lo que yo quería decir era lo mismo que les voy a decir ahora. Defendía el acuerdo al que había llegado el gobierno español, que, por cierto, tenía que ser convalidado por la Unión Europea y se retrasó algunas semanas más, pues los egoísmos no son privativos de España, porque los holandeses defendían los claveles de tallo corto y los alemanes defendían no sé cuántas toneladas de patatas. Pero concretamente dije, y luego lo he repetido muchas veces: "Oigan, la opinión del español medio es esta: no queremos naranjas marroquíes. No queremos que se hagan inversiones productivas en Marruecos porque cada puesto de trabajo más allí supone un puesto de trabajo menos aquí". Lo cual no es cierto, pero en todo caso, quien haga este discurso no puede hacer luego -como pretenden a veces- el discurso de la solidaridad. No a las naranjas. No a las inversiones productivas. Pero tenemos que poder ir a pescar a cien metros de la costa marroquí. Lo comprendo perfectamente. A mí me es muy fácil decir esto porque para Catalunya la pesca es poco importante. En Andalucía y en Galicia lo es mucho más. Sin embargo, el pescado es de los marroquíes. Y tendría que servir, en primer lugar, para ayudar a que los marroquíes, si queremos que realmente se desarrollen, puedan sacar de él un provecho mayor del que sacan. No sus naranjas, no nuestras inversiones, sí pescar en sus costas, y como colofón, no-inmigración. Esto es impresentable. Y es obligación de un político decir a la opinión pública española que esto no puede seguir así. Y que seguramente tenemos que hacer un "mix", una mezcla de estos cuatro componentes para que no todo el peso y perjuicio que esto pueda ocasionar recaiga sólo, por ejemplo, en los campesinos valencianos o murcianos, o en los pescadores andaluces. Pero, evidentemente, esta opinión que acabo de resumir no puede ser tomada como elemento definitorio de nuestra política. En conjunto todo esto configura un problema muy grave sobre el que, repito, no hay suficiente concienciación. Y una prueba de ello es que en el momento de elaborar la Ley, todo eso fue ignorado por los mismos partidos políticos y por el mismo Gobierno. Y fue tratado con cierta ligereza por parte de muchos medios de comunicación, etc., tratándose de un tema que no permite frivolidades.
Tres puntos fundamentales Si pasamos a ver algunas de las formas que adquiere esta problemática, nos daremos cuenta de la importancia del tema. Sólo voy a enumerar los temas. Primero. El más conocido y más dramático: la inmigración ilegal con el drama de las pateras, de los camiones frigoríficos o de cualquier tipo y que tantas vidas se han cobrado. No es un problema únicamente español; ya saben ustedes lo que acaba de pasar en Dover y no con inmigrantes marroquíes, sino con inmigrantes chinos. Imagínense cómo funciona el mundo en estos momentos. En parte, quizás como consecuencia de la globalización; nos encontramos con cincuenta y ocho personas chinas muertas en Dover al llegar de China a Inglaterra. Dense cuenta de hasta qué punto el tema es grave y complejo. Segundo punto. La marginación y la explotación a que da lugar. Y ahí, nadie se libra de ella. La encontramos desde algún empresario textil catalán que ha tenido a cien subsaharianos viviendo en condiciones de extrema indigencia, hasta la gente que trabajaba en estos invernaderos de plástico o de vidrio -no solamente en zonas andaluzas, sino también en otras partes de España-, con un calor tremendo y con unas condiciones de vivienda realmente infrahumanas. Tercer punto. La xenofobia. Indudablemente existe. Se dice que nadie es racista, que nadie es xenófobo, pero indudablemente la hay. Por otra parte se utiliza para poner etiquetas a tal o cual partido. Eso no es de recibo. Este tema más o menos está en todas partes y casi no se puede hablar de xenofobia -que es una palabra de extrema dureza-, sino simplemente de recelo ante el forastero y que ha existido y existe en todo el mundo. Sobre esto no se debería hacer la manipulación que se hace, sino aceptar que realmente es así. Pero, por supuesto, da lugar a los incidentes que ustedes conocen. También quisiera hacer notar como en todo este calidoscopio de reacciones, de actitudes, de temores, hay un tema que me gustaría analizar, pero que por falta de tiempo sólo pongo sobre la mesa para que quede constancia de ello: que no solamente hay xenofobia, o racismo o, si ustedes quieren, rechazo, sino que además, a veces, también hay lo contrario. Entre nuestra propia gente, en la sociedad receptora, hay complejos de culpabilidad. Y en ocasiones hay reacciones de falso humanitarismo. Dejando aparte estas últimas, trataré de las reacciones de culpabilidad. Les voy a poner un ejemplo. Un alcalde catalán de una ciudad de diez o doce mil habitantes me dice: "Oye, tengo un problema. He tenido una especie de insurrección. Porque la gente de mi ciudad no quiere pagar tal tasa. Y he tenido que enfrentarme a ellos. Han pagado todos menos tres o cuatro magrebíes". Entonces le digo: "¿Por qué no han pagado los magrebíes? ¿Es que están en indigencia?" Y me contesta: "No, no, no están en indigencia. Trabajan bien". "¿Qué pasa?", y me responde: "Pues que han venido al Ayuntamiento y han dicho: Ya sabíamos que todos ustedes eran unos racistas, ya sabíamos que todos ustedes eran unos explotadores y además ya hemos ido al periódico comarcal a decirle que usted, señor alcalde, es un racista". Y, ¿qué has dicho tú? Responde: "Pues yo no he cobrado. No les he forzado. Porque no quiero que me llamen racista". Estos complejos de culpabilidad también existen. Y contra esto también hay que luchar. No sonrían; esto es así. Tengan presente que cuando una minoría consigue culpabilizar a una mayoría, a partir de aquel momento la minoría hace lo que le da absolutamente la gana. Y esto también hay que evitarlo, aunque para ello hay que haber actuado en primer lugar con justicia. Por supuesto hay que tener en cuenta las necesidades sociales que se derivan de estas situaciones y los problemas de derechos humanos. Y finalmente, la insinceridad en los planteamientos es inadmisible en un tema de esta importancia. Se dice: "No, nosotros no somos racistas". Nosotros, lo somos, como todo el mundo, como en todas partes, como los marroquíes lo son en Marruecos. He estado recientemente en Fez con el Instituto Catalán de Estudios Mediterráneos y me decía un intelectual tunecino: "Oiga, no se engañe. En Túnez, somos racistas. ¿Contra quién? Pues, por ejemplo, contra la gente del África subsahariana". No nos engañemos. Esto forma parte de la naturaleza humana: defender su territorio. Toda especie animal defiende su territorio, y la especie humana también. Naturalmente la especie humana puede superar estos reflejos instintivos, pero tiene que esforzarse para superarlos, y debe hacer un esfuerzo de comprensión de los problemas.
Los partidos racistas se nutren de los barrios obreros Sería bueno también que este cliché de que todos estos supuestos de la inmigración son un tema de derechas, no se diga más, porque es mentira. Y las mentiras son malas desde un punto de vista moral y malas porque no permiten atacar los problemas. Si ustedes repasan los resultados electorales de muchos sitios donde ha habido incidentes por cuestiones de inmigración, verán que no es cierto que estos barrios o ciudades sean barrios o ciudades de derechas. Y si ustedes repasan de dónde sacan los votos los partidos más contrarios a la inmigración en toda Europa verán que en buena parte provienen de barrios obreros de izquierdas. Y, además, hasta cierto punto es lógico. Porque quien reacciona contra la inmigración es el que se siente más amenazado. En El Ejido ha habido problemas -y Campuzano estuvo allí para estudiar el tema-, que han salido reflejados en la prensa. Pero la prensa no ha reflejado los conflictos y la violencia entre marroquíes y lituanos. Cuando de repente llegan cuatrocientos trabajadores lituanos, quienes se siente amenazado no son los propietarios de los naranjales o de los invernaderos, sino los marroquíes. Esta es la lucha, y este es el enfrentamiento real. Por lo tanto, digámoslo todo. Goytisolo, que en el año 1959 escribió el libro "Campos de Níjar" explicando la miseria de Níjar y de buena parte de Almería -un libro que ejerció en mí una gran influencia-, ha tenido que escribir ahora un artículo con el título "Quién te ha visto y quién te ve". En dicho artículo dice: "Todo aquello de lo que os quejabais que os hacían en Alemania, o quizás en Catalunya, vosotros lo estáis haciendo ahora exactamente igual". Lo dice Goytisolo, no yo. Y es verdad.
Lo importante es "il vicinato" Por tanto, no pretendo hacerles ninguna propuesta, ni defender ninguna postura, sino apuntar que lo hemos hecho mal. No pretendo ser popular -insisto en ello- sino introducir elementos de reflexión ante un tema de tanta trascendencia. Ahí no vale la manipulación política ni intentar utilizar el tema con fines de imagen. Démonos cuenta de que todo es muy sencillo y muy difícil al mismo tiempo. Que no se trata de que alguien tenga ideas perversas. Es lo que me decía un día Giorgio Napolitano, el que fue ministro de Interior con Prodi, y que con la señora Turco, ministra de Bienestar Social, redactaron hace un par de años la actual Ley de inmigración italiana: "Oiga, Pujol, lo importante es "il vicinato", es decir, la vecindad." Es muy sencillo, lo importante es la vecindad. Que es lo que decíamos antes de la defensa del territorio por parte de cualquier especie. "Il vicinato, la perdita di controllo sulla propia società." La pérdida de control sobre la propia sociedad. Cuando un día la gente se da cuenta de que ya no puede salir a tomar el fresco con la misma tranquilidad de antes en la plaza del pueblo porque hay otros que la han ocupado, porque son muchos o porque no tienen trabajo y se pasan el día allí -y no es culpa de ellos no tener trabajo, por supuesto-, pierden el control de la plaza del pueblo. Ya no pueden ir a tomar el fresco. Tan sencillo como esto. Y les puedo poner ejemplos de tal o cual barrio. Entonces aparece el problema con toda su crudeza. Y eso no es porque unos sean de derechas o de izquierdas, ni que sean racistas o no racistas. Es simplemente la defensa del "vicinato", de la vecindad.
España carece de doctrina Ante esto, aparte de concienciarnos, debemos trabajar para que España tenga una doctrina sobre la inmigración, que no tiene. Es lógico que no la tenga. Es lógico, pues España ha sido un país de emigración y no de inmigración. Hace solamente cuatro días que somos un país de inmigración y por tanto es lógico que todavía no haya la debida conciencia al respecto. Los americanos tienen su doctrina más o menos precisada, o simplemente implícita. La doctrina basada en la promesa de progreso, en la visión de futuro, en la filosofía de frontera, de sociedad abierta, de orgullo americano. Y de poderío. La gente finalmente se siente inmersa en una sociedad poderosa. Naturalmente que hay muchos excluidos, muchos; y etnias enteras excluidas. Pero, en conjunto, el grueso del pueblo americano se siente arrastrado por esta fuerza del desarrollo. No solamente el pueblo americano, sino el que acaba de llegar. En realidad muchos iban a América porque intuían que había esto y querían participar de esta aventura. No sé si era una doctrina pero, en todo caso, ha funcionado. Los franceses sí tienen una doctrina. No sé si buena o mala, pero la tienen. Y, por supuesto, es una doctrina sobre la que valdría la pena que prestáramos atención no para adoptarla, sino para entender que hay que ser rigurosos. Conste que no les va del todo bien, porque tienen problemas de inmigración y de integración incluso de terceras generaciones, eso que ellos llaman los "beurs". Cuando ahora insisten tanto, y lo subrayan, en que el equipo nacional francés es un equipo con mucha inmigración -no blanca-, es porque en el fondo quiere mandar un mensaje integrador. Claro que es un mensaje integrador en el que, por supuesto, hay que ser francés, que en eso nadie les gana como buenos jacobinos. Fíjense ustedes que incluso los periódicos franceses, en el campeonato del mundo, se fijaron en quién cantaba el himno. Si todos los jugadores cantaban o no cantaban el himno. Dos no lo cantaron, uno de ellos el portero. Y luego otro, que los de Madrid conocen bien, Karembeu, que dijo más rotundamente: "Es que no soy francés. Soy caledoniano y por lo tanto no canto el himno". Esto es anécdota. Lo que no es anécdota es que ellos juegan con grandes titulares -como también algún periódico español, pero sobretodo los franceses- al fútbol multirracial. Pero eso sí, que sean franceses y que canten el himno. Y les piden cuentas si no lo cantan. Bueno, esto quizás tiene relación con aquella frase de Samir Amin, un diputado socialista francés de origen argelino y asesor del gobierno francés en cuestiones de inmigración, y que por supuesto juega a fondo la carta de la igualdad de derechos de la inmigración en Francia. Dice: "Con ellos no debemos andarnos tampoco con tonterías". Esta frase no es mía; es de Samir Amin. "Se les hace ver que tienen que adaptarse, y punto." Con esta rotundidad, con este punto de agresividad. "Tracemos las líneas rojas que hay que cumplir: igualdad, tolerancia laica, respeto a los demás, que la religión no signifique el sometimiento de la mujer, etc." La etcétera la pone Samir Amin y yo lo repito exactamente igual. Después de todos estos condicionantes añaden: "Oiga, francés es todo el mundo pero sobre la base de "les valeurs republicaines". Ustedes pasan por taquilla y hacen el examen de "les valeurs republicaines". Y a partir de este momento ustedes son franceses. No antes. Y nosotros queremos que ustedes sean franceses, pero para eso son indispensables "les valeurs republicaines". Y cantar la Marsellesa". Yo que estaría quizás completamente de acuerdo en algunas partes de este planteamiento -que en el fondo son fruto del jacobinismo francés-, entiendo que llegan a ser muy poco respetuosos con valores a los que no podemos pedir a la inmigración que renuncie. No sé si podemos llegar tan lejos, por ejemplo, con la exigencia laica a un pueblo como el magrebí, para el que lo religioso es tan fundamental en su cultura. Pero, en fin, ahora no defiendo el modelo francés; me limito a decir que hay que tener una doctrina. Hay más, por supuesto. El otro día vino a verme el que ha sido diez años ministro de Educación en Dinamarca. Muy preocupado con los turcos y con los somalíes, que no hay muchos, pero que no quieren integrarse. No quieren. "¿Qué van a hacer ustedes?" -"Pues mire, no sé." Y entonces me dice: "Mire, los finlandeses lo han resuelto de otra forma. Es otra doctrina" ¿Cuál es la doctrina finlandesa? -"Inmigración cero." Los finlandeses han dicho: durante el período 2001 a 2003 vamos a admitir a cuatro mil extranjeros. Luego, cero. ¿Cómo lo hacen para crecer y para impulsar Nokia y toda esta industria del papel? No lo sé exactamente, pero inmigración, cero. Pregunté a un finlandés: "Oiga, y ustedes que son tan abiertos y que nos dan siempre lecciones de todo, ¿qué me dice del voto de los inmigrantes en las elecciones municipales?" -"¿El voto de los extranjeros? Los extranjeros sí, claro. Entendámonos, los extranjeros escandinavos." Daneses, suecos y noruegos, incluso los islandeses, pueden votar en las municipales finlandesas. Los otros no. Es otra doctrina. Otra. Hace dos meses estuve en París y visité el Instituto del Mundo Árabe. Casualmente había una exposición, que precisamente no era árabe, sino de arte copto, o sea cristiano egipcio. Una exposición espléndida, principalmente de los siglos primeros de la era cristiana, de arte básicamente monástico. Pregunté a unos coptos: "¿Cómo les va?", "Pues no del todo bien. De todas formas -me dijo uno- yo emigraré a Australia" Le pregunté si lo tenía fácil y me respondió: "Sí, yo lo tengo muy fácil para emigrar a Australia. Ya me han dado el permiso. Le explicaré cómo funciona la emigración a Australia. Usted va a la embajada australiana de El Cairo y le hacen las preguntas siguientes y van anotando positivo o negativo: ¿cristiano o musulmán? Musulmán, negativo. Copto, cristiano, positivo. ¿Casado o soltero? Casado, positivo. Soltero, negativo. Luego sacan la media, también debe de haber musulmanes, pero de momento los números para sacar la media son estos. Tercero. ¿Con hijos o sin hijos? Con hijos, positivo. Sin hijos, negativo. Profesión. Profesor de Filosofía, negativo. Abogado, negativo. Político, negativo. Ingeniero, positivo. Informático, positivo. Matricero, positivo. Albañil, positivo". Después de esto sacan la media; no sé exactamente qué era ese hombre, pero para empezar era copto. "Pues yo iré a Australia." Bueno, es otra forma de funcionar. En todo caso simplemente les informo. Y además, para que tampoco tengamos complejos de inferioridad cuando planteemos estas cosas con objetividad. En todo caso, y ahí sí que me pronuncio, todos los países, y cuando digo todos los países, quiero decir todos los países, intentan evitar la llegada indiscriminada. Esto, por supuesto. Naturalmente ahí tendríamos que poner, para redondear lo que puede ser una doctrina, una definición de forma de actuar y una definición de objetivos. Por ejemplo, las cuotas que introducen los italianos. La selectividad que hacen los australianos, que de una forma no tan radical mucha gente aplica. La localización, los requisitos lingüísticos por supuesto. Toda la política de escolarización. Los permisos de residencia, trabajo, etc. Todo esto debemos tenerlo en cuenta cuando discutamos la nueva Ley, que no tiene que ser una "ley de inmigración" sino que debe ser una "ley de integración".
Una opción integradora ¿Cuál es la diferencia entre una ley de inmigración y una ley de integración? Porque nosotros vamos a hacer una ley de integración. La ley de inmigración normalmente es una ley de carácter policial, muy restrictiva en lo referente a contratos de trabajo, reacia a reconocer derechos como la reagrupación familiar, el acceso a la sanidad, la promoción de la mujer. Muy reacia a una cosa muy importante que es tener presente la situación de los hijos de los inmigrados que han nacido aquí. Y esos hijos, juntamente con la mujer, juegan un papel fundamental en el proceso de integración. Frente a esto tenemos que hacer una política de integración y evitar que vuelva a ser una ley de inmigración. Y los dos puntos básicos para que una ley sea de integración son evitar lo que pueda suponer de exclusión -básicamente laboral-, y también familiar, y en sanidad y en vivienda. Y luego introducir un concepto de igualdad para derechos y deberes, y una cuestión de reconocimiento institucional y asociativo. En el fondo, muchas veces algunas de las mezquitas que se construyen -aparte de obedecer a un sentimiento religioso- facilitan su deseo de reconocimiento, pues son un punto de referencia. Pero tampoco tiene sentido que algunos alcaldes hagan la vida imposible a los párrocos y en cambio estén dispuestos a pagar no sé cuántas mezquitas. Y esto pasa. Y les puedo poner ejemplos de ciudades pequeñas y grandes, y de pueblos donde se hacen mezquitas porque son un signo de progresía, pero al párroco correspondiente se le hace la vida absolutamente imposible. Y esto al final tiene consecuencias muy graves y negativas. Porque lo que la población local no admite finalmente es que sus propios valores sean pisoteados. O que sus propios valores dejen de tener preeminencia. Y es lógico que la población que ha vivido durante cincuenta años, cien años, quinientos años, mil años, en un determinado territorio, no quiera así, como lo más natural, que sus propios valores queden en situación de inferioridad. Naturalmente todo eso también requiere que estudiemos, por lo menos, hasta qué punto podemos aplicar criterios de selectividad. Es decir, estamos hablando de inmigración y, sin darnos cuenta, sólo hablamos de la inmigración magrebí y un poco de la subsahariana. Pero tenemos una inmigración muy distinta y que no crea, sobretodo en muchas partes de España, ningún problema. Y luego tenemos otra inmigración, que aquí hay poca pero que en cambio hay mucha gente, sobretodo en el sector empresarial, que desearía que hubiera más, que es la inmigración de trabajadores del este de Europa; fresadores polacos, montadores eslovacos y matriceros rumanos. Bien, también hay que estudiarlo teniendo en cuenta que uno de los criterios que muchos países consideran es que la inmigración no debe ser fundamentalmente o únicamente inmigración sustitutoria, sino inmigración complementaria en momentos de alta actividad, en trabajos que nadie en el país quiere hacer o en determinadas especialidades. No me extiendo más en esto, pero lo dejo sobre la mesa.
Hay quien no quiere integrarse Tenemos que ver también que una parte de esta inmigración (ya no hablo ni de la sudamericana ni de la del este de Europa) no quiere integrarse. Lo que decía aquel político danés: "Es que los somalíes no quieren integrarse. Es que los turcos no quieren integrarse. Es que, incluso cuando quieren casarse, traen mujeres de Turquía para casarse, y llegamos a la segunda y a la tercera generación sin que haya habido una fluida integración porque no ha habido mezcla. No quieren mezclarse". Si ustedes hablan con responsables políticos y religiosos marroquíes, saben perfectamente que muchos de ellos dicen: "Oiga, si por integrarse entiende usted que nuestra gente pague los tributos, los impuestos españoles, de acuerdo. Si por integrarse entiende usted que nuestra gente se case con su gente, no". Y esto te lo dice -no voy a decir nombres- gente que hoy mismo, y en el pasado también, han sido muy importantes en la política y en la religión, en Marruecos. Lo cual nos lleva a considerar otra cuestión. Que como consecuencia de esto, hay estados -hablo en plural- que quieren seguir controlando a su gente una vez han emigrado. Y esto crea problemas, que pueden ser especialmente importantes si además se vincula a lo religioso. Entonces tenemos un dilema ante el que no tengo respuesta. No la tengo casi para nada, ya lo han visto, y por eso les pido que tomen nota, para que lo pensemos entre todos. ¿Qué nos interesa más, que el control religioso de determinados sectores de inmigración se haga a través de los gobiernos o se haga a través de las cofradías u organizaciones religiosas? Porque, cuando se trata de inmigración de origen islámico, no es lo mismo que sea fundamentalista o islámica más moderna. No es lo mismo. Evidentemente, está claro cuál debería ser nuestra opción. Les puedo presentar ahora mismo diez alcaldes que les explicarán qué pasa el día que llega el imán. La conducta de la inmigración cambia radicalmente. De abierta, convivencial, de encontrarse la gente en la piscina, en el paseo, en el baile, con buena aceptación por parte de la población local, desaparecen de repente. ¿Qué ha pasado? Oh, es que llegó el imán. Cuando Jean-Pierre Chevènement, jacobino por excelencia dicho sea de paso, dice: "¿Con quién tenemos que pactar, con qué islam tenemos que pactar en Francia?" O los belgas, que han llegado a constituir un consejo del Islam en Bélgica, pero les ha costado mucho, porque los que no se ponían de acuerdo eran los musulmanes al existir la pugna entre los fundamentalistas y los no fundamentalistas. Esto afecta a los musulmanes, pero también a nosotros.
Consolidar derechos fundamentales Bien, ahora habrá una nueva ley. Por supuesto, estoy de acuerdo en que así sea. No quisiera dar nombres de políticos que en un momento u otro, de diversos partidos políticos -quiero decir el Partido Popular, pero también del nuestro y de los socialistas- de una forma u otra han dicho que había que reformar la Ley, incluso en público, ya no digo en privado, que entonces son legión. Y ahora tendremos que aprobar una nueva ley, a pesar de estas indefiniciones, de estas inconcreciones y de esta falta de preparación. Pero, en todo caso, habrá que consolidar una serie de derechos: educación, sanidad, vivienda, asistencia social, derechos sindicales, derechos laborales, derecho al reagrupamiento de las familias... En Terrassa hay dos barrios con inmigración musulmana. Uno hace veinte o veinticinco años que está; son los que recogen la basura desde hace más de veinte años. Un barrio que se llama Can Tusell. ¿Qué pasa? Bueno, que son familias y no pasa nada; todo funciona normalmente. Hay otro barrio con problemas. ¿Por qué? Porque había una proporción muy alta de gente joven, muchos de ellos sin permiso de residencia, sin trabajo o sin permiso de trabajo. Por eso necesitamos la reagrupación; porque equilibra. Debemos tener en cuenta los hijos residentes y, sobretodo, como decía antes, los hijos que han nacido aquí y que han de tener un trato preferente. Hay que reconocer su situación y poner los medios para que sea posible su promoción social. La integración no es plena hasta que la gente -de cualquier inmigración: sudamericana, magrebí, polaca... - lleva diez años en el país de acogida. El hijo o el nieto del inmigrante deben poder acceder a los puestos más altos del mundo económico, social, universitario, mediático, intelectual y político. Claro, éste no es un punto de la Ley, pues la Ley no puede decir que debe quedar abierto el camino para una tal promoción, pero en conjunto la Ley debe prever aquellos aspectos que la hagan posible.
La preeminencia de la identidad Insisto mucho en los derechos, pero apenas hablamos de deberes porqué es de mal gusto o es poco amable e impopular. La tendencia generalizada de los políticos a obviar esos aspectos nos impide hablar de deberes, pero es un grave fallo que si no lo corregimos, lo vamos a pagar. Es obligado hablar de deberes de nuestra gente respecto a la inmigración, pero también a la inversa. Lo decía también Samir Amin, el diputado socialista francés que he mencionado. Los receptores tienen derecho a ver garantizada su identidad. Incluso la preeminencia de su identidad. A menos que llegue un día en que realmente la inmigración represente el 80%, y haya habido un cambio absolutamente radical, que no es ésta la situación. Si no, debe quedar garantizado el derecho a su identidad e incluso a la preeminencia de su identidad. Tienen derecho a ello. Respeto a las costumbres del país; asunción de estas costumbres. Muchas veces hay costumbres nuestras, sobretodo cuando además se mezclan en este tema cuestiones de tipo religioso que lo hace todo especialmente difícil y que resulta más difícil su asunción por parte de la inmigración. No pueden ser objeto de integración, pero sí al menos ser asumidas en un sentido ciudadano, respetarlas. Los inmigrantes deben saber que hay que contar con ellas. Los musulmanes tienen derecho a celebrar el ramadán, a las tres de la madrugada, pero sin hacer ruido. Porque los catalanes, los españoles, a las tres de la madrugada tienen por costumbre dormir. Esto les parecerá a ustedes algo trivial. Y no es trivial. Los problemas, como he dicho antes, vienen por la ocupación del territorio y por la ruptura de hábitos ancestrales -en el buen sentido de la palabra ancestral-, y de actitudes y hábitos a los que la gente del país también tiene derecho. Esto hay que explicarlo también, con claridad. Y evidentemente hay que evitar la culpabilización de la gente del propio país. Porque aunque seguramente tenemos responsabilidad sobre muchas cosas, tampoco la tenemos toda. Y, además, la culpabilización -y luego haré referencia a una cuestión que es indicativa de lo que quiero decir- la superaremos de otra forma, pero no renunciando a nuestros derechos. Por supuesto, renunciando a cualquier tentación de abusar, de discriminar, de explotar, pero sin renunciar a nuestros derechos. En resumen. La reforma de la Ley ha de reforzar dos tesis muy claras: favorecer la integración social de la inmigración, y que la población que viene debe respetar al país que la acoge y ha de cumplir los deberes propios de las leyes del mismo país. Y, recordar que un proceso legal o una ordenación legal excesivamente precaria, que cree situaciones de excesiva precariedad, dificulta mucho los procesos de integración, y, en contra de lo que pueda parecer a primera vista, estimula la inmigración clandestina y la conflictividad. Por ello la Ley debe ser, por supuesto, abierta pero ponderada. Y en esto, ésta va a ser una de las misiones en que la clase política española, que espero que sea ayudada por un análisis serio y en profundidad de los medios de comunicación, va a tener uno de los grandes retos a partir del mes de septiembre. Dos cosas para terminar. En esta Ley nosotros vamos a pedir una participación de las comunidades autónomas sobre determinadas decisiones. No es lo mismo enfrentarse a los problemas que plantea la inmigración de sudamericanos en Madrid que la de magrebíes o subsaharianos en Girona. Incluso la de sudamericanos en Girona no es igual. Porque, para empezar, nosotros tenemos un problema de integración lingüística, por lo menos para las generaciones jóvenes, que no se da, por supuesto, en Madrid. Ni tampoco es lo mismo la inmigración en países fuertemente industrializados que en países muy rurales. Nosotros teníamos hace siete u ocho meses -que son los últimos datos de que dispongo-, ciento cuarenta y ocho mil inmigrantes legales. La comunidad de Madrid tiene otros tantos. Pero es una inmigración distinta, porque en Madrid hay mucha inmigración sudamericana y poca inmigración magrebí y subsahariana. Y nosotros tenemos menos inmigración sudamericana y más inmigración subsahariana y especialmente magrebí. Y hay que analizar los datos, porque resulta que también hay mucha inmigración en Mallorca, pero no es la misma, porque son alemanes. Y este es otro tema. Por lo tanto, cada comunidad autónoma tiene su problema. Problemas básicos porque afectan a la convivencia, al progreso social, al trabajo, al orden público, y en ocasiones a la identidad. Y, por consiguiente, las comunidades autónomas tienen derecho a jugar su papel. Quiero terminar con un último comentario. Hace mucho tiempo que digo algo que me ha costado bastantes disgustos y a lo que me he referido ya al tratar de las características del español medio respecto al tema de la inmigración. Últimamente esto mismo ha sido dicho por un escritor, (Ben Jelloun), marroquí: "Oigan, ¿ustedes quieren luchar contra el racismo? ¿España quiere luchar contra el racismo? Pues que invierta mucho en Marruecos". Conste que esta inversión no nos va a evitar una fuerte inmigración durante los próximos diez o quince años. Habrá que tratarlo de otra forma porque sólo tiene resultados a más largo plazo. Pero hay que invertir porque, en último término, el efecto "llamada", que es verdad lo que dice Mayor Oreja que en ciertos aspectos puede venir según cómo se presente la ley, tiene por causa principal el subdesarrollo y la miseria de algunos países. Y nuestra opulencia, claro, porque hablamos desde un país opulento como es Europa. Inviertan y, además, en infraestructuras. Pero más que en infraestructuras tenemos que invertir en Marruecos en dos cosas. Una, en formación. La otra, en inversiones productivas, que por supuesto no tiene que hacer directamente el Gobierno, sino los empresarios españoles, a los que sería bueno que el Gobierno incitara con ayudas fiscales o con otros estímulos. Porque, puesto que realmente nosotros tenemos que invertir fuera, incluso por necesidad económica y de competitividad, sería bueno que lo hiciéramos en aquellos países que geopolíticamente, geoeconómicamente, nos afectan. Por supuesto Marruecos, aun cuando no es el único. Formación y mucha inversión en economía productiva, porque si formamos y luego no hay economía productiva, lo único que haremos es estimular más la inmigración. Es decir, buena formación pero que luego la gente encuentre trabajo, aunque no sea estrictamente acorde con la formación que ha recibido, para que no sienta la necesidad ni por falta de dignidad ni por falta de ingresos económicos. Es muy importante lo que se pueda hacer a través de la subvención directa. El gobierno español está haciendo un importante esfuerzo con el programa del norte de África, del Rif. Lo está haciendo. Pero, aparte de eso, tengan muy presente que el día que haya muchos más millares o millones de marroquíes que cada fin de semana cobren un sueldo, el progreso de Marruecos será una realidad y su estabilidad también. Y no habrá necesidad de hacer lo que decía Felipe González: "Aunque sea nadando, atravieso el Mediterráneo". El gobierno español y la sociedad española deben entenderlo. No puede ser que, a mí, un mismo personaje me venga a reclamar el 0,7% para el Tercer Mundo y para las ONG y al cabo de quince días venga a protestar porque hemos ayudado a que una empresa se instale en Marruecos. "Usted, ¿cuándo ha sido insincero? ¿Hoy, el otro día, o ambos días?" Bien, he querido manifestar mi convicción de que nuestra clase política, nuestros medios de comunicación y, en general, nuestra sociedad, no hemos trabajado con suficiente seriedad ni con el espíritu de consecuencia que un tema de esta envergadura requiere. Muchas gracias. Jordi Pujol. Discurso pronunciado en Madrid el día 4 de abril de 2000.
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