| Jordi Pujol
Europa se enfrenta con graves problemas.
También tiene activos muy importantes que abren perspectivas
y horizontes positivos. Los que en parte por convicción y en
parte por voluntarismo creemos en el futuro de Europa nos aferramos
a estos aspectos positivos y esperanzadores. Pero tenemos la obligación
de analizar bien todos los riesgos, todas las amenazas que gravitan
sobre Europa.
Es especialmente importante que lo hagamos porque se tiende a hablar
poco de algunos de estos aspectos negativos o por lo menos problemáticos,
y de tremenda importancia. La atención se centra más
en otros aspectos también muy importantes, pero no siempre
tan decisivos. Es imprescindible que la UE se dote de una Constitución
adecuada y eficaz. Es imprescindible que el reparto de poder en Europa
responda lo más posible a la realidad europea y permita una
ambiciosa acción conjunta. Es imprescindible resolver bien
las dificultades que planteará el ingreso de diez nuevos estados.
Es imprescindible que haya una buena cooperación en materia
antiterrorista. Lo es también que el BCE funcione bien y tome
decisiones acertadas. Y sobre todo esto se discute mucho, y así
debe ser.
Pero se habla poco (o se habla de forma deshilachada y a menudo superficial)
de:
- Demografía: casi no se habla de ella. Es una enorme frivolidad
que Europa nunca se haya preocupado en serio de su demografía.
Tanto más cuanto pesa sobre ella una muy grave amenaza de
decadencia; de pérdida neta de población y de envejecimiento.
Europa es el único continente que según todas las
proyecciones estadísticas del 2000 al 2050 perderá
población. Mucha población. En cifras redondas, pasará
de 700 millones (Rusia incluida) a 600 millones. Y del 12% al 6%
de la población mundial. Será el único continente
que perderá peso demográfico no sólo en términos
relativos (lo cual es menos grave), sino en términos absolutos
(lo cual es gravísimo). Esto comporta un gran envejecimiento
de la población, lo cual a su vez comporta pérdida
de dinamismo, de ambición y de capacidad de innovación.
Es decir, de vitalidad en todos los terrenos. Naturalmente, esto
puede verse compensado por una inmigración masiva. Pero esto
comporta muchas consecuencias identitarias, sociales y políticas
que requerirían una reflexión y a fondo que en Europa
tampoco se hace. Vuelvo sobre ello más adelante.
- Vinculada a la demografía hay por supuesto la cuestión
de la natalidad. Tan vinculada que casi no requiere apartado especial.
Pero merece consideración aparte, como lo merece la inmigración.
En general, la natalidad europea es muy baja. Está muy por
debajo del índice de reproducción, es decir, del índice
que asegura el mantenimiento de una colectividad, o también
de una especie (que aproximadamente es del 2,1%). Por una parte
esto tendrá efectos dramáticos, y por consiguiente
requerirá una atención absolutamente preferente por
parte de los poderes públicos y de toda la sociedad. Si es
cierto, como aseguran estudios serios sobre el tema, que un 30%
de las mujeres alemanas nacidas después de 1960 no quiere
tener descendencia, y a ello añadimos que el índice
de fertilidad del restante 70% está muy por debajo del 2,
podemos afirmar que en el plazo máximo de tres generaciones
los alemanes serán un pueblo marginal. Marginal en Europa,
y también marginal en Alemania. Si es así, ¿de
qué les servirá que la nueva Constitución les
reconozca unos cuantos votos más? Para los alemanes esto
debiera ser una prioridad absoluta. Pero el caso es que para Europa
en su conjunto el panorama es parecido. Esto reclama prioridad absoluta
a la hora de confeccionar el presupuesto del Estado y de definir
la política económica y social. Pero no es sólo
una cuestión de dinero o de servicios o de conciliación
del trabajo y la atención a la familia. Lo es, y mucho, pero
es también una cuestión de valores.
- Aunque en la cumbre de Lisboa del año 2000 se ahondó
en el tema de la competitividad europea, lo realizado desde entonces
es poco. Se ha avanzado poco. ¿Por qué? Se podía
haber avanzado sin Constitución y sin esperar el ingreso
de los nuevos miembros. No se ha hecho, o se ha hecho poco. En cualquier
caso no se ha hecho lo necesario para resistir el fuerte embate
económico de Estados Unidos y de Asia. No se ha hecho en
el campo de la tecnología. No se ha hecho en el campo de
la formación y de la investigación si nos atendemos
a lo que afirman desde el canciller Schröeder hasta el mundo
científico francés. Y en general no se ha hecho en
el campo de las reformas fiscales, laborales, sociales que reclamaba
el acuerdo de Lisboa. El resultado es que crecemos sensiblemente
menos que Estados Unidos y mucho menos que Asia. ¿Por qué?
- No hay en estos momentos un claro liderazgo europeo. Ni tampoco
un fuerte y eficaz sentimiento europeo. Se está desvaneciendo
el espíritu europeísta que desde los años cincuenta
hasta recientemente ha propulsado el proceso de unificación
y ha fijado y desarrollado objetivos colectivos. La mentalidad dominante
en la UE es la estrictamente mercantil. Y es evidente que cada país
miembro de la Unión debe velar por sus intereses. Pero durante
algunas décadas esto se compatibilizó con el interés
general europeo, y al final todos salimos ganando. Ahora no es así.
Ahora, una mentalidad de estrictamente “qué hay de
lo mío” frena al conjunto de Europa y, finalmente,
a todos los países en particular. La evolución del
PIB es elocuente, y lo es el fracaso de la optimista predicción
de hace años, en que sumergidos en la euforia europeísta
creíamos que llegado el caso Europa podría sustituir
a Estados Unidos como locomotora de la economía mundial.
Este espíritu se ha perdido poco o mucho por parte de todos
(España, por ejemplo, lo perdió totalmente durante
los últimos años del gobierno del PP). Pero sobre
todo se echa en falta en el eje franco-alemán, que fue siempre
el motor y la garantía de la UE. Y ello le ha hecho perder
capacidad de crear confianza y, por ende, capacidad de liderazgo.
- Por su gran trascendencia el tema de la inmigración requiere
capítulo aparte. Se puede hacer como que no nos damos cuenta
de su enorme importancia. Si así fuese, sería una
muestra más de nuestra frivolidad. De política del
avestruz. Pero en la Europa alegre y confiada de repente estallan
noticias como las leyes restrictivas alemanas, la preocupación
identitaria francesa, el rechazo de casi todos los 15 países
de la Unión Europea -entre ellos Suecia, Holanda, Alemania,
etcétera- hacia los trabajadores que puedan venir de los
nuevos miembros del centro y del este de Europa, el acuerdo de los
socialistas austriacos con Haider en Carintia, sobre este tema,
entre otras cosas. O bien la orientación crecientemente restrictiva
del laborismo británico. Por otra parte necesitamos inmigración
-probablemente menos de la que recibimos- y además en parte
es imparable. En parte, digo. Y también cabe preguntarse
si es válida esta miedosa opinión, muy general pero
discutible, de que conviene que vengan muchos inmigrantes, pues
ellos pagarán nuestras pensiones. Y también preguntarse
cómo ahora repercute todo ello en nuestros servicios sociales.
Y también cómo Europa no dedica un esfuerzo mucho
mayor -económico, político y social- a impulsar el
desarrollo de los países menos desarrollados.
- Siguiendo este camino deberíamos interrogarnos sobre la
identidad europea, sobre las fronteras de Europa (con el espinoso
tema turco), con el posicionamiento de Europa entre EE.UU. y Asia.
Ninguno de estos problemas, y alguno más, debe hacernos olvidar
que necesitamos una Constitución europea y que tenemos un
reto inmediato de gran trascendencia que es la ampliación.
Y por supuesto no podemos olvidar que hay que evitar que entre EE.UU.
y la UE se establezca un divorcio o un enfrentamiento. Y que en
el grado en que ya se ha padecido hay que procurar superarlo. Ni
podemos olvidar el tema tan actual y lacerante de Iraq. Pero ello
no quita que suponiendo que la ONU nos ponga de acuerdo, y que las
dificultades de la ampliación se resuelvan bien, e incluso
que en junio tengamos Constitución, o que Iraq se pacifique,
si seguimos envejeciendo a marchas forzadas, si seguimos perdiendo
posiciones económicas, si seguimos sin aplicar las reformas
que se decidieron en Lisboa, si seguimos sin liderazgo europeo,
si seguimos perdiendo el espíritu cooperador que engendró
la UE, si seguimos sin saber qué es ser europeo, Europa irá
retrocediendo. Muy fuertemente.
Jordi Pujol.
Fue presidente del gobierno de la Generalitat de Catalunya.
Artículo publicado en el diario “La Vanguardia de Barcelona”
el 2 de mayo de 2004.
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