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| Josep Ramoneda
El punto de partida de lo que les voy a comentar sobre el Estado de bienestar y sobre la acción por la democracia en Europa, es que esta es una cuestión política. ¿Qué quiero decir al afirmar que la cuestión del Estado de bienestar es una cuestión política? Si hay voluntad política el Estado de bienestar es posible, si no hay voluntad política siempre habrá coartadas, argumentos técnicos para decir que es inviable, que no hay recursos para financiarlo, que es imposible de llevar a cabo dado las tasas de paro que hay en estos momentos en la sociedad, etc. El Estado de bienestar fue posible, en la Europa de la posguerra, por una decisión política, por un pacto que establecieron, “grosso modo”, las democracias cristianas y los países socialdemócratas después de la Segunda Guerra Mundial. Este pacto, que era un pacto político, que tenía como objetivo frenar la posible seducción de la clase obrera por el comunismo y contrarrestar la presión de la ideología y utopía comunista en un momento determinado, fue un pacto político. A partir de un pacto político se construyó el Estado de bienestar y porque había las condiciones políticas (el clima de la posguerra), la voluntad política de los distintos actores hizo posible el pacto del Estado de bienestar. ¿Qué ocurre más tarde? Que especialmente una de las partes contratantes del pacto, la que de un modo genérico podríamos llamar la derecha, a partir de un momento dado, especialmente a partir del hundimiento visible de los sistemas de tipo soviético, se da cuenta de que el Estado de bienestar es innecesario. Innecesario porque no hay nada de que protegerse. Interpretan el hundimiento de los sistemas de tipo soviético como el triunfo indiscutible de un determinado modelo político y social e intentan imponer en Europa un modelo político y social que es ajeno a Europa, que es el capitalismo de cohorte americana. Lo que se da no es que el Estado de bienestar de pronto se haga inviable por determinadas razones técnico-económicas (puede ser que también, en algunos aspectos y algunas cosas concretas), sino que no hay la voluntad política de reforzar y tirar para delante el Estado de bienestar. Y a mi esto me parece que es una cuestión central y que no se puede olvidar nunca en el debate del Estado de bienestar este horizonte político. Porque si lo olvidamos lo reducimos a un debate estrictamente tecnocrático y a mi me parece que este es un falso debate. Esto no quiere decir que muchas de las cosas del Estado de bienestar no tengan que ser renovadas, cambiadas y reformuladas, no quiere decir que el Estado de bienestar no tenga vicios y que no haya provocado usos y comportamientos que, lejos de ir en la dirección de los objetivos deseados, pueden ir en los contrarios, en la creación de ciertos corporativismos, de ciertos gremialismos, de ciertos sistemas de intereses cerrados que nada tienen que ver con el interés general. Todo esto es verdad, también, y evidentemente el Estado de bienestar, como toda realidad social, debe cambiar, es perceptible, y no hay un modelo fijo de Estado de bienestar.
Dos modelos de sociedad Lo que sí es cierto es que ha habido tradicionalmente dos modelos distintos de desarrollo del capitalismo: el modelo americano y el modelo europeo. Este discurso está hiperteorizado y hay un montón de libros sobre esta idea. Y la coyuntura que apareció a principios de los 80 dio pié a una ofensiva para, con la excusa de la ineficiencia o del mal funcionamiento del Estado de bienestar, intentar imponer en Europa el modelo de desarrollo capitalista americano, que es otro, que es distinto y que, en muchas cosas, se contradice con las tradiciones culturales europeas. Y es curioso, lo digo al paso, constatar un detalle: que los gobiernos de los países que en la crisis internacional actual se han aliado con Bush son los de aquellos países que fueron más sensibles a las propuestas de ruptura neoliberalizadora que venía de EE.UU. y que, en cambio, los que más se han enfrentado a EE.UU. en esta crisis son aquellos que rechazaron siempre la penetración del modelo de desarrollo capitalista americano, especialmente Francia y Alemania. Puede que sea casualidad, pero creo que es algo más que una casualidad. Por lo tanto, para que sea viable el Estado de bienestar se necesita, en primer lugar, un consenso político y social sobre el mismo, que es lo que se dio en Europa después de la Segunda Guerra Mundial. El Estado de bienestar es un sistema de redistribución de los recursos, por un estado que tiene una función aparentemente neutral, entre los agentes sociales. Pero es mucho más que esto, es una manera de entender la democracia, es una cultura política… Y es en este sentido que se debe entender la dimensión global del problema. Para que haya un Estado de bienestar se tienen que dar unas determinadas condiciones. Querría plantear dos cuestiones: cuáles son estas condiciones y si es posible que se empiecen a dar ahora las condiciones para volver al consenso sobre el Estado de bienestar y renovarlo.
Europa: nuevo espacio de solidaridad ¿En qué sentido la crisis de los 90, el intento de sustituir la política por la economía y la ideología por la seguridad, se ha agotado y estamos entrando en una situación en que se empiezan a dar las condiciones para recuperar el consenso sobre el Estado de bienestar y redinamizarlo? ¿Cuáles son aquellas condiciones sin las cuales el Estado de bienestar es inviable? Hay una primera que me parece fundamental: la existencia de un espacio de solidaridad reconocido por todos que, en la experiencia del Estado de bienestar, ha sido tradicionalmente el Estado-nación. El Estado-nación es este marco de solidaridad en que la pertenencia a una bandera, por decirlo así, es un perímetro incluyente en el que todos los que están dentro son merecedores de una cierta solidaridad colectiva. Esta idea ha funcionado y el Estado-nación fue el marco natural de desarrollo de los Estados de bienestar. Pero es evidente que estamos en un momento en que la situación de los Estados-nación es en cierto sentido precaria. Están allí, estarán todavía mucho tiempo, pero es verdad que está demostrando sus límites, sus límites para arriba y sus límites para abajo. Cuando digo sus límites para arriba, quiero decir que para determinadas cosas es demasiado pequeño y se va hacia la agrupación en entidades supranacionales. Y cuando digo sus límites para abajo, quiero decir que para determinadas cosas es demasiado grande. Creo que uno de los cambios manifiestos en los últimos tiempos es una demanda, nada difusa, muy precisa, de proximidad por parte de la gente. Se ha ido descubriendo que hay muchos problemas que de donde realmente se pueden resolver es de cerca. Se ha ido tan lejos en el distanciamiento entre las élites político-mediáticas y la ciudadanía y la sociedad que, de pronto, la sociedad se ha puesto a gritar proximidad, humildad y transparencia. Creo que son los tres mensajes que desde la calle están llegando a la clase política y que se equivoca el político que no las quiere entender pensando que estas cosas son pasajeras. La proximidad se ha convertido en un elemento fundamental y hay problemas que se está demostrando que donde se resuelven es en la proximidad. Por ejemplo, todas las cuestiones derivadas del impacto de la inmigración. Es evidente que se puede legislar en ámbitos estatales, incluso supraestatales, sobre la inmigración, pero el lugar decisivo en el que se juega que la inmigración sea integrable, incorporable, a una sociedad o que la inmigración genere problemas superiores a los beneficios que trae, este lugar decisivo para esto es la política local. Estamos, pues, en un cierto inicio de ruptura de lo que ha sido el espacio natural del Estado de bienestar y sin embargo sin un espacio de solidaridad, función que ha ejercido el Estado-nación, el Estado de bienestar es inviable. Se puede resumir que el Estado de bienestar futuro en Europa será de ámbito europeo o no será. El nuevo espacio de solidaridad tiene que ser Europa.
Sin estado, no puede haber Estado de bienestar La segunda condición es una cierta confianza en el estado: puede haber estado sin Estado de bienestar, pero no puede haber Estado de bienestar sin estado. Es un hecho que en algunos momentos ni siquiera parecía evidente. ¿Cuál es el problema? Hemos asistido a unos años de desprestigio sistemático del estado e, incluso, por parte de los propios gobernantes. Se nos ha dicho desde el poder, repetidísimas veces, que el estado es ineficiente, que el servicio público es un gasto inútil, que hay que privatizar todos los servicios porque es la única forma de que funcionen. Hemos oído un discurso de exaltación de lo privado y de denigración de lo público, sistemáticamente desde los años 80-90, desde que Margaret Thatcher inició esta batalla ideológica, este discurso de degradación desde los propios gobiernos de la idea de estado, de los valores del estado, de la función del estado, esta degradación del estado, ha ido acompañada de un desprestigio en doble dirección. Por un lado estos gobernantes que han intentado imponer esta ideología del triunfo de lo privado sobre lo público, al mismo tiempo, han insistido en la nula o escasa relevancia de la política como compromiso de los ciudadanos, ofreciéndonos una democracia no sólo representativa, sino estrictamente delegativa y cuya actividad se limita al voto cada cuatro años y en la cual la vida política regular carece de relevancia e importancia. Para eso se ha ido dibujando una idea de que el interés general o el bien común no existen -fundamentos de la política clásica-, de que lo único que existe es el interés individual, el interés general puede ser, a lo sumo, una agregación de intereses individuales. Y la referencia de los comportamientos políticos es la optimización de los intereses individuales. En este terreno se ha encontrado la colaboración de discursos teóricos que han establecido el interés económico como criterio de racionalidad del comportamiento de los ciudadanos, desdeñando la enorme complejidad de la economía del deseo humano. Casi nada de lo que ocurre en el mundo se puede entender si se cree que el comportamiento humano es racional, entendiendo por racional que siempre hace aquello que optimiza su posición económicamente. Estamos llenos de ejemplos cotidianos de la complejidad de la economía del deseo humano que dicta y marca comportamientos que poco tienen que ver con esta racionalidad simplista. En cualquier caso, durante un tiempo se ha impuesto la idea de lo que en algún momento he llamado “ciudadano-NIF”, que es competidor, consumidor y contribuyente como horizonte ideológico de nuestro tiempo, con un mensaje clarísimo: competir más, consumir más y contribuir menos. Y sobre este viejo horizonte realmente era difícil encontrar los vínculos de solidaridad necesarios para que el Estado de bienestar sea viable, para la aceptación de renuncias en el seno de la sociedad para una redistribución más equitativa. Y en este terreno era difícil defender las posiciones del Estado de bienestar.
El principio de ciudadanía es capital Una tercera convicción que me parece fundamental tiene que ver también con la ideología: es el reconocimiento del principio de ciudadanía basado en la igualdad de derechos y deberes. El principio de ciudadanía me parece capital, es el reconocimiento del individuo como agente político. Sin este reconocimiento, si se reduce el individuo a agente económico, si se impone el principio de que la sociedad no existe, sólo existen los individuos, no hay política porque el individuo no tiene voz. Y sin voz no hay política. El reconocimiento de la condición de ciudadano es el reconocimiento de la voz, y el reconocimiento de la voz es la condición previa para que pueda haber política democrática. En este contexto es necesaria la aceptación del principio social de igualdad sin quiebra de la primacía de la libertad. En el conflicto de valores, para mí, la libertad es la primordial, siempre un valor se impone en detrimento de otros, la armonía perfecta no existe, pero una sociedad tiene que reconocer la igualdad de derechos y, por tanto, tiene que tener un cierto respecto a la idea de igualdad para que sea posible el Estado de bienestar. Por lo tanto el Estado de bienestar es incompatible con el darwinismo social, con la idea del “sálvese quien pueda” y del “el que gana se queda con todo”, que durante unos años se impuso como ideal social; es incompatible con el desprestigio del estado; es incompatible con la negación de la política (que es fundamental como sistema, no sólo como sistema de legitimación del Estado de bienestar sino como sistema de control para evitar sus perversiones) y es incompatible con la afirmación de la competitividad como principio absoluto de relación social. Me parece que estas son las condiciones básicas para que el Estado de bienestar, desde un punto de vista político e ideológico, sea posible.
Creatividad frente a especulación Frente a la campaña de desprestigio del Estado de bienestar me parece interesante afirmar algunas cosas que a veces se olvidan. El Estado de bienestar no tiene por qué ser una carga, sino que es una inversión productiva a condición que su organización sea eficiente. Quiero decir que invertir en sanidad, en educación, en políticas familiares, no es frenar el desarrollo social, es potenciarlo, es mejorar la calidad del desarrollo social y es dotar a los ciudadanos de una mayor capacidad creativa y productiva. Creativa también, que es muy importante en el desarrollo de una sociedad abierta. Parece que lo único importante es la producción, pero es cada vez más decisiva, marca más la diferencia en las sociedades contemporáneas, la creatividad. Un estado que se ocupe a fondo de la educación, de las políticas familiares, de la sanidad, de tantos otros servicios (que puede dar, y que da, a todos sus ciudadanos el Estado de bienestar cuando es eficiente), está colocando en condiciones de obtener los mejores resultados, tanto en la producción como en la creación, al conjunto de ciudadanos y no sólo a las élites sociales que se lo pueden permitir. Y esto es una inversión extraordinariamente productiva para una sociedad. En las políticas de familia, por ejemplo, la diferencia entre buenas, malas o ausentes políticas, es el hecho que las mujeres puedan acceder al mercado de trabajo o no. Es muy importante señalar esta idea frente a la reiterada insistencia en la eficiencia y en las facilidades que el Estado de bienestar da para que la gente se columpie, para crear una clase ociosa. Todo sistema social tiene sus perversiones y el Estado de bienestar también, no hay ninguna duda. Pero el Estado de bienestar reconoce, o debe reconocer, dos cosas: que la creación es tan importante como la producción y que la vida del hombre no se agota en el trabajo. Y estas dos ideas son absolutamente fundamentales para un crecimiento armónico de la sociedad. Muchas veces cuando se evocan los llamados “Treinta Gloriosos” (el período entre después de la Segunda Guerra Mundial y principios de los 70), en que Europa vivió, probablemente, con unos grados de igualdad que tardarán en repetirse en la historia de la humanidad, se piensa estrictamente en términos económicos y no sólo eran económicos. Había toda una relación con la vida que no se reducía solamente al trabajo y al beneficio.
La garantía democrática Otra cuestión que me parece importante es que el Estado de bienestar (supongo que técnicamente se puede pensar un Estado de bienestar que no sea democrático y se pueden aportar experiencias históricas en este sentido) es inseparable, en cierto modo, de la idea de democracia. Y, en cualquier caso, estimula y potencia la cultura democrática. Vivimos sobre un equilibrio relativamente inestable, que es el equilibrio entre capitalismo y democracia. Capitalismo y democracia han funcionado más o menos conjuntamente, por unos equilibrios sociales que tienen algo de milagrosos, pero no podemos olvidar nunca que se fundan sobre dos principios elementales rotundamente contradictorios. El principio de la democracia es la igualdad, el principio del capitalismo es que “el que gana se queda con todo”, es la desigualdad. Y esta contradicción existe y está allí y es real. Y por esto el Estado de bienestar es un elemento básico para la consolidación de la democracia y la cultura. Es el gran parachoques que evita el conflicto frontal entre la democracia y el capitalismo, entre estas dos instituciones que conviven en un equilibrio difícil, pero que en el fondo tienen unas bases conceptualmente contradictorias. Me parece fundamental el Estado de bienestar para reforzar el sentido de la democracia y por tanto para atenuar la contradicción entre capitalismo y democracia. Insisto en la idea ésta que el Estado de bienestar es un reconocimiento de que el trabajo no es el único horizonte del hombre y que por tanto la dignidad humana se construye con un hombre pluridimensional y no unidimensional. Creo que ésta es una de las luchas que está encima de la mesa: la del hombre pluridimensional frente al hombre unidimensional. El Estado de bienestar, además, en la línea de afirmación de las bases democráticas, refuerza el sentido republicano de lo público (la idea francesa de lo público como servicio principal de la sociedad). Esto es una cultura que no se improvisa, es una cultura larga. Pero el respeto, con todas las deficiencias y con todas las burocratizaciones posibles e inevitables, que el ciudadano francés tiene al servicio público y que el que está en el servicio público tiene a su trabajo, es relativamente singular, y me parece que significativo de lo que quiere decir una idea del estado y una relación de la ciudadanía con el estado. Evidentemente, la democracia y la política tienen que servir para dinamizar el Estado de bienestar y para impedir todos sus defectos: desde la cristalización de los intereses corporativos hasta la ruptura del equilibrio entre derechos y obligaciones. Se dice que uno de los riesgos del Estado de bienestar es que la gente se apunta a los derechos y se olvida de las obligaciones. Todo esto son problemas que las instituciones tienen, el Estado de bienestar como cualquier otra, y que, sólo con la dinámica de una sociedad políticamente activa y vigilante, se pueden corregir y hacer avanzar. Una sociedad políticamente activa y vigilante es una sociedad que es capaz de discutir el interés general y de poner el interés general por delante de los intereses particulares cuando es necesario. Sea este un recorrido rápido y esquemático sobre la condiciones para que el Estado de bienestar sea posible, las condiciones ideológicas, casi morales, y sociales, para que sea posible. La segunda cuestión que quería explicar es si es posible que se empiecen a dar ahora las condiciones para volver al consenso sobre el Estado de bienestar. Aquí mi ejercicio entrará en una fase más voluntarista. Muy esquemáticamente y sin pretensión de exhaustividad voy ha hacer algunas consideraciones sobre el proceso de cambio en el que nos encontramos.
Globalización y mundialización El proceso de cambio en que nos encontramos, que comúnmente se llama globalización o mundialización, podría resumirse con cuatro ideas o fenómenos básicos. El proceso general de desterritorialización, para decirlo de una manera rápida y elocuente, es el hecho de que todo pierde patria. El dinero antes que nada, porque casi nunca la ha tenido, pero todo lo demás también. Es evidente que el dinero está completamente desterritorializado. Como es evidente también, como ha ocurrido en todos los procesos de globalización de la humanidad, lo que más rápido se globaliza es el crimen: el tráfico de armas, el narcotráfico, el terrorismo, el dinero negro, etc., en que se mueven una serie de actores donde cada vez es más difícil distinguir dónde empieza uno y dónde acaba el otro. Además, se está desterritorializando la política, la ideología y las creencias y esto es extraordinariamente importante. Tiene mucho que ver con la movilidad humana. No olvidemos que hablamos mucho de inmigración y ésta fue un factor mucho más importante de la globalización del siglo XIX que de la globalización actual. Al lado de la inmigración ha habido un enorme flujo de mercancías, de ideas y de informaciones, a través de distintas redes globales. Lo que es evidente es que los conceptos geopolíticos clásicos construidos sobre las base de la organización territorial, son cada vez menos útiles para entender lo que pasa. Asistimos a una globalización general de las creencias, de las ideologías, de la política. Esta globalización no es sólo de Occidente hacia los demás, sino también es una globalización de los demás hacia Occidente. Y en este sentido me parecen muy interesantes los trabajos de Olivier Roy en los que nos explica y plantea la globalización del Islam como uno de los fenómenos característicos de este momento. El Islam ha penetrado en Europa. Explica los fenómenos del fundamentalismo y terrorismo islámico como propios de la crisis de globalización. En un momento en el que el Islam se globaliza, se separa de sus propias tradiciones y triunfa la ideología más estrictamente religiosa, más alejada del entorno cultural y social, que es la ideología wahabita de Arabia Saudí. La segunda idea importante es la urbanización del mundo. Kaplan, con su agresividad habitual, escribe en su último libro que “el siglo XX fue el último en la historia en el que la humanidad fue mayoritariamente rural, las batallas del futuro serán en territorios urbanos altamente complejos”. La urbanización del mundo es uno de los procesos fundamentales y, hasta el momento, la experiencia dice que ha traído dos procesos de modernización: la caída de las tasas de natalidad y el aumento de las tasas de alfabetización. Pero es evidente que también plantea nuevas formas de conflictividad y nuevas formas de articulación política. La ciudad se presenta como el horizonte central de todo lo que ocurra en los próximos tiempos. El tercer elemento fundamental, evidentemente, es el poder y el papel de los medios electrónicos. La comunicación universal está ahí como factor de cambio fundamental pero también con el riesgo de acentuación de las diferencias. Los expertos señalan que se ha empezado a producir un estancamiento de la penetración de las nuevas tecnologías, después de una primera implantación muy acelerada. Y esto es peligroso porque podría significar una fractura social todavía más grande en el mundo. ¿Qué es lo que ocurre? Que los medios electrónicos han penetrado muy rápidamente hasta que ya están al alcance de todos aquellos que tienen un nivel cultural para utilizarlos. Pero aquí se han detenido porque todavía no son tan simples como apretar el botón del televisor. Los medios electrónicos ofrecen unas capacidades extraordinarias, pero, al mismo tiempo, pueden ser un factor de fractura universal todavía mayor. Y, finalmente, otra idea que me parece necesario tener en cuenta actualmente es la nueva idea de riesgo. Los riesgos como efecto de la apropiación de los hombres de la conocida definición de Ulrick Beck. Ya muchas cosas de lasque nos ocurren con carácter catastrófico no son imputables a causalidades naturales que escapan a nuestro control. Son causa y responsabilidad de nosotros mismos. Todo esto define un contexto en que los espacios son mucho más amplios de lo que eran antes, en que las necesidades son grandes, distintas, y en las que la ubicación del Estado de bienestar se hace más compleja y se dificulta. Ahora bien, en este contexto, ¿cuáles son las ideas o expectativas que nos pueden hacer esperar que alguna cosa esté cambiando? La primera de ellas deriva, a mi entender, de la propia idea de seguridad que se ha intentado utilizar como ideología de recambio. Los problemas de la seguridad existen, la seguridad es un problema real y, como todo el mundo sabe, es una función capital del estado garantizar la seguridad de los ciudadanos. El estado, que no es eficiente en esta tarea, acaba hundiéndose. Pero ¿qué ha pasado? Que se ha querido utilizar el discurso de la seguridad reduciendo todas las inseguridades, fundamentalmente, a dos: una inseguridad externa, la amenaza terrorista, y una inseguridad interna, la delincuencia callejera. Y este intento de simplificación de la realidad con intereses ideológicos ha provocado que emergiera, en su conjunto, el problema de la seguridad, y que se descubriera que el problema de verdad de la seguridad no es sólo la amenaza terrorista ni es sólo la violencia callejera: el problema de verdad de la seguridad son las condiciones de vida de los ciudadanos. La seguridad es el paro, es la falta de asistencia social, es la falta de perspectivas, la falta de horizonte. Toda una serie de fenómenos que son propios de una coyuntura de crisis, de cambio. Y estos mismos fenómenos que ahora vemos como amenaza, dentro de unos años los veremos como el camino inevitable a una cierta transformación. Pero están ahí y ponen sobre la mesa el problema de la seguridad en mayúsculas, no el problema de la seguridad planteado de una forma reduccionista e interesada. Y el problema de la seguridad en mayúsculas es el problema de la redistribución y del Estado de bienestar. La segunda cuestión es una gran novedad, probablemente la más importante, de la crisis política actual. Es la aparición de un nuevo actor social, que es la opinión pública europea. Nadie creía demasiado en una Europa, porque nadie acababa de ver cómo tomaba cuerpo un demos europeo. El demos europeo se ha expresado y ha tomado cuerpo en la crisis internacional actual. Y es decisivo, para el futuro inmediato, que esta emergencia del demos europeo tenga transformación política. El ensayo está hecho, hay que transformarlo. Si no tiene transformación política entraremos en una fase de frustración y de muchos problemas. Si tiene transformación política es posible que la crisis internacional que estamos viviendo se salve positivamente. Aquí viene la tercera cuestión que quería reflexionar. Se habla mucho estos días de que ha fracasado el intento de parar la guerra, pero no ha fracasado el intento de evitar que se imponga el modelo de ordenación del mundo diseñado por la actual administración americana. En textos escritos ya hace mucho tiempo, el año 2000 o incluso anteriormente, había una idea muy clara (escrita, publicada y firmada por señores como Paul Wolfowitz, Richard Perle, Donald Rumsfeld, etc.), de ordenar el mundo, a partir de su potencia militar, con unas operaciones entre disuasorias y neocoloniales en la zona de Oriente Medio. Y había un calendario y un programa. Y este programa ha sido rechazado por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. La nueva estrategia de ordenación mundial de EE.UU. no tiene mayoría en las Naciones Unidas. Se habla de un gran fracaso de las Naciones Unidas, o de un gran éxito. No tiene mayoría y, sin una mayoría, el proceso es inviable porque los EE.UU., por mucha potencia que sean, ni tienen dinero, ni recursos estratégicos para llevarlo a cabo solos, o con aliados de estos que inmediatamente se esconden y mandan sólo 900 soldados.
Josep Ramoneda. Este artículo es la transcripción de la ponencia desarrollada por el autor en el encuentro “La participación de la sociedad en el Estado de bienestar del siglo XXI”, organizado por el “Forum Europa” los días 19, 20 y 21 de marzo del 2003 en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) y patrocinado por la Diputación de Barcelona.
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