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Manuel
Royes La
relación histórica entre Andalucía y Catalunya ha sido continua, lo
que no debe extrañar ya que en ambas comunidades se dan características
comunes y coincidentes que han facilitado tal circunstancia. Catalunya
y Andalucía son dos países fronterizos, ambos son un pasadizo geohistórico,
un lugar de paso entre mundos geográficos y culturales diversos, por
el que han llegado, desde el norte y el sur, pueblos y culturas que
les han enriquecido. En palabras de un eminente historiador, Jaume
Vicens i Vives, “Som fruit de diversos llevats i, per tant, una bona
llesca del país pertany a una biologia i a una cultura de mestissatge”. Nos
une, además, el Mediterráneo, caracterizándonos en los hábitos gastronómicos,
modo de vida y tradiciones. Andalucía y Catalunya son, por último,
pueblos de fuerte personalidad, de cultura popular rica y de abundantes
manifestaciones populares que han atraído e inspirado recíprocamente
a grandes creadores a lo largo de los siglos. Las relaciones, de todo tipo: culturales, sociales, económicas..., interrelaciones e influencias recíprocas entre Andalucía y Catalunya han sido históricamente enriquecedoras desde los tiempos más antiguos. Tema, pues, apasionante, imposible de abarcar en un solo artículo. Por ello, obviaré las épocas más pretéritas e intentaré, a grandes pinceladas, exponer el estado de la cuestión desde la Edad Moderna hasta nuestros días, para, seguidamente, exponer algunos destacados ejemplos de la recíproca atracción entre catalanes y andaluces, especialmente en los ámbitos cultural y artístico. Relaciones
históricas
Hasta
la segunda mitad del siglo diecinueve, contrariamente a lo que sucedería
después, Andalucía fue tierra de inmigración, mientras que Catalunya
lo fue de emigración. Los catalanes se vieron obligados a acudir a
la bahía gaditana, principalmente, y a las ciudades portuarias andaluzas
en el siglo dieciocho con la esperanza de participar en negocios vinculados
con el comercio americano. La comunicación marítima era entonces predominante.
Se han de destacar las repercusiones positivas que tuvo la participación
de las barcas de bou catalano-valencianas en la Carrera de Indias
de cara al reforzamiento del potencial de la flota andaluza, así como
para la revitalización de su industria naval. En
el siglo diecinueve se apunta claramente la tendencia contraria, se
invierten los términos a consecuencia, principalmente, del fracaso
de la industrialización de Andalucía. Entonces, los andaluces son
los que se ven obligados a desplazarse en busca de fortuna emprendiendo
la ruta que lleva del Sur al Norte. Mientras
Catalunya se convierte en el motor económico de España, Andalucía,
tras el fracaso del proceso de industrialización, queda sumida en
el atraso derivado de una agricultura extensiva. Esta situación genera
una relación de dependencia, que implica la exportación de capitales,
tecnología y productos manufacturados, frente a la contrapartida de
materias primas y, ya entrado el siglo veinte, de la mano de obra
aportada por la emigración. No obstante, el flujo migratorio andaluz
hacia Catalunya se inicia en el diecinueve, aunque de manera númericamente
escasa. A finales de este siglo se produce un interesante fenómeno:
la apertura, especialmente en Barcelona, de almacenes y tiendas por
parte de los comerciantes andaluces. Paralelamente,
los artistas catalanes (pintores, escultores, literatos, etcétera)
encuentran en Andalucía y en sus manifestaciones populares fuentes
para su inspiración. Igualmente el gusto por lo andaluz alcanzó a
buena parte de las capas populares; el flamenco es sin duda la manifestación
artística que alcanza más altas cotas de aceptación, y con él las
comedias de temática andaluza. Destacable
es también la influencia cultural andaluza en la Catalunya decimonónica,
algo que se inscribe en la atracción que la Europa más industrializada
sintió por las “exóticas” regiones meridionales europeas. Las intensas
relaciones catalano-andaluzas explican que la moda por lo andaluz
no se circunscribiera a las élites dirigentes, a los intelectuales
(pintores, literatos, etc.). En Catalunya, el gusto por lo andaluz
alcanzó a buena parte de las capas populares. Paralelamente, hay que
destacar la contribución andaluza a la modernización de la sociedad
catalana, por medio de un flujo migratorio, escaso numéricamente pero
importante desde el punto de vista cualitativo (profesores universitarios,
profesiones liberales, activistas políticos, etc.). Las
diferentes trayectorias seguidas por la Catalunya industrial y una
Andalucía sumida en una grave crisis económica, consolidan la dependencia
andaluza al mismo tiempo que explican el reforzamiento de las relaciones
entre ambas partes. El volumen y la importancia de la inmigración
andaluza en Catalunya a lo largo del siglo veinte, y especialmente
a partir de la Guerra Civil, ha oscurecido los orígenes de un proceso
que, con características distintas y con cifras claramente inferiores,
comenzó a fraguarse en la centuria anterior. En ese siglo, mientras
que los capitales, tecnología y productos industriales se dirigen
hacia el sur, desde éste comienzan a producirse las primeras oleadas
de andaluces orientales que emigran hacia tierras catalanas. La
buena imagen de Andalucía en Catalunya a lo largo de casi todo el
siglo diecinueve se cuartea y se ennegrece progresivamente en el siglo
siguiente. En paralelo con lo anterior, comienza a forjarse entre
los andaluces la idea de una Catalunya insolidaria. Frente a estos
discursos enfrentados, parte de la intelectualidad de ambas regiones
y las organizaciones obreras se esforzaron en mantener un discurso
unitario. La Guerra Civil vino a interrumpir este delicado equilibrio. A
partir de la década de los años sesenta del siglo veinte, y hasta
nuestros días, las relaciones se intensifican y multiplican, se producen
las grandes oleadas inmigratorias de los andaluces a Catalunya. Cabe
destacar que durante este último periodo se ha venido desarrollando
un incitante diálogo intercultural entre la cultura catalana y las
culturas provenientes de la inmigración desde otros pueblos de España,
un diálogo en el que seguimos inmersos, al que todos hemos de atender
con la mayor objetividad y en el que hemos de participar con la mayor
sinceridad y sin demagogias. Interrelaciones
culturales
Me
detengo ahora en ese punto exacto, retomaremos después la cuestión,
para volver sobre los ejemplos históricos de interrelación cultural
entre andaluces y catalanes que les había prometido y que seguramente
nos ayudarán a comprender mejor lo que actualmente está sucediendo,
que no es otra cosa que la intensificación nuevamente de la mutua
atracción entre Andalucía y Catalunya, entre el pueblo catalán y el
pueblo andaluz. Comprenderán que no exponga minuciosa y exhaustivamente
la cuestión ni desde todos los enfoques posibles, lo que resultaría
sin duda árido. A
lo largo de todo el siglo diecinueve, muy especialmente a partir de
su segunda mitad, se produce un continuo flujo de andaluces que se
trasladan para ganarse la vida hacia una Catalunya cada vez más industrializada.
Que su presencia es significativa parece corroborarlo la aparición
de personajes andaluces en la literatura catalana de cordel y culta:
Milá de la Roca, Serafí
Pitarra, Santiago Rusiñol, etc. Y ya que ha surgido el nombre de Rusiñol,
entremos de lleno en los intercambios culturales entre artistas de
una y otra comunidad. La
“buena” imagen de lo andaluz se vio acrecentada cuando Catalunya,
un tanto a remolque del romanticismo europeo, descubrió una nueva
Andalucía, contemplada como una tierra exótica y pasional (en no pocas
ocasiones identificada con Oriente) en la que la exaltación tenía
su hábitat natural, máxime si se tiene en cuenta la paralela atracción
por lo gitano (muy identificado con lo andaluz) y por el flamenco.
En el curso de un viaje por Andalucía a fines del siglo diecinueve,
Rusiñol veía de la siguiente manera a los personajes populares de
los barrios granadinos: “como figuras de un cuadro, de un cuadro triste
y colorido a la vez, característico y típico, oriental y cubano, con
ribetes de salvajes y dejos aristocráticos”. Rusiñol apoyaría decididamente
la convocatoria del Concurso de Cante Jondo granadino del 22, fue
contertulio habitual de la taberna de El Polinario e incluso se atrevió
a cantar fandangos y a bailar espontáneamente en las fiestas gitanas
del Sacromonte. En el anecdotario flamenco ha quedado su improvisada
letra por fandangos: “He visto un municipá / ensima la losa fría,
/ con el sable ladeao / y la visera partía...” La
atracción andaluza hizo que numerosos viajeros catalanes recorrieran
aquellas tierras. Los grupos más numerosos fueron los de los pintores,
quienes dedicaron una atención especial a las prácticas festivas dominantes
en Andalucía, y el de los músicos y literatos
igualmente fascinados por el vigor de la cultura popular andaluza
del momento. Estas ideas se extendieron rápidamente al conjunto de
la sociedad catalana. En
suma, se generalizó en Catalunya el gusto por la moda andaluza, que
invadió teatros, cafés, tabernas y fiestas catalanas, favoreciendo
la rápida y masiva aceptación del cante y baile andaluz, en especial
del por entonces recién nacido flamenco. Ramón Casas, Isidre Nonell,
Anglada Camarasa y Manolo
Hugué son algunos de los grandes artistas catalanes que se sintieron
atraidos de forma poderosísima por la iconografía del flamenco. Destaquemos
también al compositor y musicólogo Felip Pedrell que publicó dos colecciones
de músicas flamencas y
unas consideraciones generales sobre la copla popular. Fue, además,
maestro de Manuel de Falla. Por último, el vilafranquino Robert Gerhard,
músico y compositor, nos ofreció unos magníficos ballets flamencos
y apoyó decididamente el ya mencionado concurso granadino del 22. Paralelamente,
también grandes escritores y músicos andaluces viajan a Catalunya
atraídos por su personalidad y manifestaciones populares. A finales
del siglo diecinueve, en plena Renaixença, llega a la Cerdanya, concretamente
a Bellver de Cerdanya, Gustavo Adolfo Bécquer.
En sus célebres leyendas podemos rastrear el imaginario de
aquella comarca, como ocurre en “La cruz del diablo” por poner un
ejemplo. Manuel
de Falla visita Catalunya en distintas ocasiones, mantiene contactos
con intelectuales y artistas catalanes, se instala en Sitges, a ofrecimiento
de Rusiñol, y acomete la composición de su Atlántida inspirada en
la obra de Verdaguer. Finalmente,
y para no extendernos más, destaquemos las conocidas estancias de
García Lorca en Catalunya, su admiración por Barcelona, especialmente
por las Ramblas, su amistad con Dalí, Sebastià
Gasch, Margarida Xirgu, su interés por el Garrotín de Lleida, por
la sardana y, en general, por toda la cultura popular catalana. Una
etapa de alejamiento
Tras
esos periodos de tan intensas interrelaciones y de profunda atracción
se produce un temporal distanciamiento. La Guerra Civil, además de
cortar un proceso de modernización que ya se había afirmado durante
el primer tercio del siglo y tantas otras cosas más, provocó también
una seria fractura en la relación entre Catalunya y Andalucía, fractura
que se agrandó en los años siguientes como consecuencia, muy especialmente,
de la manipulación que de la simbología del Sur realiza el franquismo
y por la represión sobre la cultura catalana. Habrá
que esperar a los cambios operados con la llegada de la democracia
y la recuperación de las libertades para que nuevamente se produzca
un acercamiento y un nuevo periodo de interrelación cultural con características
nuevas y específicas, aunque en el fondo iguales, en relación a los
anteriores periodos históricos. El
régimen franquista, represor de las culturas que no se identificasen
con la “cultura nacional española”, provocó en Catalunya la aparición
de una resistencia cultural de carácter progresista cada vez más generalizada
para defender la propia identidad nacional amenazada. Un compromiso
“per salvar-nos el mots, per retornar-nos el nom de cada cosa...”,
como diría el poeta Salvador Espriu. Aquella represión social, cultural
y nacional coincidió con la más extensa e intensa inmigración procedente
sobre todo del sur de España. Una
simplista y malintencionada identificación del nacionalismo español
con una determinada forma de cultura, suscitada por la misma dictadura
franquista, que reducía la diversidad cultural a meras “peculiaridades
regionales”, originaba confusión a inmigrantes y a autóctonos. Como
si no se tratase de culturas distintas en contacto sino de variantes
de una misma cultura. Las culturas reprimidas, como la catalana, no
eran tales, no tenían derechos ni razón de ser. Otras, como la andaluza,
la extremeña, etc. eran lastimosamente folklorizadas y “españolizadas”,
esperpénticamente elevadas a “cultura nacional”. Frente
a la represión unitarista se tendía a reaccionar con planteamientos
integracionistas por parte de la cultura resistente. La acogida de
los inmigrantes no siempre comportaba una franca acogida de sus culturas
y la invitación a ser catalán a menudo se confundía con el requerimiento
velado a la renuncia a la propia identidad cultural o se suponía que
paulatinamente se daría; la relación entre nación y cultura se veía
también como una correspondencia biunívoca. Se consideraba catalán
“todo aquel que vive y trabaja en Catalunya”, presuponiendo tácitamente
la voluntad de serlo, y dejando pendiente la reflexión y la formulación
de lo que eso comportaba. Hoy
Con
la recuperación de las libertades y las instituciones democràticas
en Catalunya y el desarrollo del Estado de las Autonomías, la situación
cambia por lo que se refiere a la lengua, la cultura y la nación catalanas
y también a los derechos ciudadanos, lo que facilita un diálogo intercultural
entre los diversos pueblos, y sus culturas, presentes en Catalunya, que no fue posible bajo el franquismo. En este proceso adquieren
una gran importancia los ayuntamientos, conscientes de que una de
sus funciones primordiales durante estos años será la de proporcionar
un marco adecuado a la convivencia y al intercambio cultural entre
sus ciudadanos. Un intercambio cultural que empieza por el conocimiento
mútuo, por incentivar la curiosidad entre dos culturas que habían
pasado demasiados años dándose la espalda. Esta
ha sido una de mis mayores preocupaciones como alcalde durante estos
años: conseguir generar esa curiosidad mutua entre los ciudadanos,
porque la curiosidad engendra conocimiento y el conocimiento comprensión,
la comprensión que está en la base de toda convivencia. Es por ello
que a menudo viajo a Abrucena y Fiñana al valle de Macael y Serón,
a Nueva Carteya, Priego y Alcalá la Real, entre otros tantos municipios
andaluces que han ligado su nombre al de Terrassa, porque allí nacieron,
de allí vinieron muchos de los habitantes que han hecho grande y próspera
nuestra ciudad. Establecer los lazos de amistad con esas ciudades
no es un hecho nostálgico, es un vivo interés por entender mejor a
una parte importante de nuestros ciudadanos. Creo
que en Terrassa hemos logrado ese mutuo respeto y esa curiosidad,
como lo evidencia la vitalidad y la participación en la muestra multicultural
que se celebra en nuestra ciudad y que hechos puntuales no pueden
desmentir, ya que sólo demuestran que se debe trabajar más fuerte
y en una dirección más amplia. El acercamiento cultural de estos años
ha de servirnos de base para afrontar el reto de la inmigración no
comunitaria, un reto mucho más difícil, en tanto que el choque cultural
es más intenso y los referentes más escasos. En
cuanto a las relaciones culturales entre Catalunya y Andalucía, cabe
destacar que en la actualidad se reproduce un proceso que guarda cierto
paralelismo con lo que hemos expuesto para los siglos dieciocho, diecinueve
y primer tercio del veinte. Hoy como ayer, las asociaciones y entidades
nacidas en torno a las manifestaciones culturales, festivas y populares
de los ciudadanos catalanes originarios del resto de España juegan
un importantísimo papel como lugares de interculturalidad. Un papel
facilitado, sin duda alguna, por el hecho de que esos centros de sociabilidad
(con la exclusión de alguna excepción prácticamente aislada) se hayan
desprendido del estigma franquista que se les suponía (en no pocos
casos de manera injustificada) y hayan obviado la componente nostálgica.
En
definitiva, la decidida apertura de estos centros, su esfuerzo por
readecuar sus prácticas culturales y festivas a un nuevo entorno social
y cultural, o dicho de otro modo, una recreación de símbolos culturales
propios que ya no tiene tan puesta la vista en el medio originario
como en Catalunya, están facilitando un incitante diálogo cultural
que enriquece la ya por sí misma diversa y plural cultura catalana. Por
ello, es necesario reafirmar la igualdad por encima de las diferencias
y promover la diversidad por encima de la uniformidad a través de
un diálogo intercultural comprometido e integrador, lo que significa
respetar la pluralidad. El derecho a ser diferentes no es sino un
modo de afirmar el derecho a ser iguales. La igualdad es la condición
de la libertad, de la posibilidad de ser distinto. Tener
puesta la vista en el futuro -y no complacida en la rememoración del
pasado- nos exige destacar los elementos culturales y vivenciales
que sean integradores, mutuamente enriquecedores. Crear símbolos y
ritos de encuentro, de comunicación, de mutuo conocimiento. El deseo
de más libertad y autonomía sólo se alcanza compartiendo. Es
conveniente activar la vieja idea del ciudadano que pone parte de
su libertad al servicio de los demás. Pasar del recuperar y mantener,
al crear, y crear juntos. Crear una cultura que tenga como denominador
común la pluralidad de expresiones, tradiciones y procedencias. Es
necesario reconocer, conservar y fomentar esta diversidad como patrimonio
cultural catalán. La
relación entre la cultura catalana y la andaluza ya no puede ser la
de dos culturas que se admiran desde lejos, ya no hay distancia entre
ellas, beben de las mismas fuentes, sufren las mismas influencias,
tienen que luchar juntas contra la misma uniformización cultural y,
lo que es más importante, son vividas por la misma gente y se producen
en el mismo territorio. En estos momentos ya nadie pone en duda la
fuerza renovadora que la cultura andaluza que se produce en Catalunya
está teniendo en la cultura andaluza en general. El flamenco es el
ejemplo más expresivo de esta renovación cultural que se genera desde
Catalunya hacia Andalucía. Caminamos
con paso decidido hacia otra cultura en Catalunya, una cultura hecha
a partir del substrato aportado por todos sus ciudadanos, como no
puede ser de otro modo. Pero no hay que olvidar tampoco que su logro
será un proceso a largo plazo, con una serie de implicaciones urbanísticas,
laborales, educativas, etc, que van más allá de las estrictamente
políticas, aunque sea la política el camino para resolverlas. Sin
duda, éste será uno de los temas de debate de nuestro inmediato futuro,
sobre el que habrá que volver de forma recurrente. Puede que, sin darnos cuenta, se haya iniciado una nueva forma de diálogo, una nueva forma de integración, creando espacios comunes que son nuevos para todos, pero que son de todos, creando la ciudad-crisol en la que la interculturalidad es y será diálogo y convivencia, en la que no sobra ningún talento. Manuel Royes. Presidente
de la Diputación de Barcelona. |