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| Bruno Trentin
La victoria electoral de Bush hace todavía más dramático el vacío político de Europa y el retraso en la construcción de una unión política que neutralice el veto de Blair, apoyado por el Gobierno americano. La firma de la Constitución europea y su ratificación constituyen un primer e indispensable paso; se trata de un paso con el objetivo de conjurar una inminente regresión hacia un gran mercado sin control, en una zona de libre cambio, paralizada en su proceso de decisión. Pero no podemos cerrar los ojos ignorando que todavía no hemos conseguido el apoyo de los ciudadanos y parlamentarios de los 25 Estados. Y no se puede olvidar que, en los próximos años, se amenazará con el chantaje británico en el referéndum de 2006, dificultando todo intento de ofrecer un gobierno político, al menos en la Unión monetaria, que consienta una eficaz coordinación de las políticas económicas y sociales de los estados de la zona euro y supere los límites de un Pacto de Estabilidad sin crecimiento, carente de la estrategia de las inversiones que se definieron en Lisboa. En efecto, el fracaso, hasta ahora, de la estrategia de Lisboa constituye
la demostración más llamativa de la crisis e impotencia
de las instituciones de la Unión, más allá de
la parálisis de su capacidad decisoria. La regla de la unanimidad,
confirmada en gran medida en el tratado constitucional, sanciona no
obstante el derecho de veto que el Gobierno de Blair ha ejercitado
hasta la presente frente a cualquier paso, aunque fuera mínimo,
de avanzar hacia una unión política y no solo mercantil
de Europa.
El peligro de la división Con la ratificación de la Constitución Europea que, en el mejor de los casos -hecha la excepción de que uno de los veinticinco Estados exprese un juicio negativo, retrotrayéndonos al Tratado de Niza, como quiere la Gran Bretaña-entrará en vigor en el año 2009, con el requisito de la unanimidad sobre temas decisivos de la política económica y social, de la política fiscal y exterior. Existe, por ello, el riesgo cada vez más serio que Europa se convierta en los próximos cinco o diez años, en un sujeto dividido e impotente sobre los grandes asuntos de la política mundial, la lucha contra el terrorismo, la paz y el repudio de las guerras unilaterales. Porque los próximos cinco o diez años son el periodo en que la situación internacional impone el surgimiento de un papel político de Europa con la idea de afrontar cuestiones como el progreso hacia una democracia “no impuesta” en Irak y una solución no imperial de la cuestión palestina. ¿Qué hacer sin esperar al año 2009, que sin una intervención valiente de la izquierda europea, se corre el peligro de convertir esta fecha en una crisis institucional? Por mi parte, incluso apreciando desde siempre el europeismo constructivo del profesor Mario Monti, no considero realista la solución que propone: la exclusión de Europa de quienes no se adhieran a la nueva Constitución europea. La Gran Bretaña no dimitirá de su derecho de veto, incluso en sus enfrentamientos con la Unión monetaria (de la que no forma parte) en el caso de un resultado negativo en el referéndum de la Constitución. El único camino a seguir será el coraje y la determinación, en primer lugar por parte de los gobiernos de la Unión monetaria, así como el indicado por Jacques Delors: la construcción de una vanguardia abierta, partiendo de la zona euro, capaz de abrir la vía a la futura unión política de Europa; una vanguardia capaz de recuperar un poder de decisión con mayoría cualificada, y también abriéndose a todas las peticiones de adhesión. Estoy seguro de que, frente a una decisión de este estilo -o a la concreta experimentación de esta manera de gobernar una Europa plural- también la Gran Bretaña, tarde o temprano, se adherirá. Téngase en cuenta que incluso la señora Thacher reconsideró sus decisiones ante determinados hechos. Así pues, una cooperación reforzada en la zona euro, pero con procedimientos de decisión que no la hagan pasar las horcas caudinas de un veto posible de quien ya decidió no participar en la Unión monetaria, pero que, a la vez, intenta condicionar y frenar su posibilidad de desarrollar en el interior de la Unión hacia una concertación y una gradual maduración política. Desde este punto de vista, quizás el recurso a un método como el que se adoptó con el tratado de Shengen podría ser el camino más viable. Me parece que la izquierda, y no sólo la italiana, sino también la europea, ha infravalorado hasta ahora el carácter estratégico y la urgencia de una opción de esta naturaleza, capaz de situar, de la única manera que hoy parece posible, la estrategia del pluralismo y del multilateralismo, la lucha contra el terrorismo, no haciendo de la guerra preventiva la causa de su expansión, con un gobierno consensuado de los procesos de globalización y una nueva valoración, mediante su reforma, de las grandes instituciones mundiales.
Una decisión aventurera y provinciana Una nueva (y triste) prueba de este retraso y de este desconcierto no está tanto en la aventurera y provinciana decisión de votar contra la Constitución europea -sostenida por algunos partidos italianos y por una parte de los socialistas franceses (1), aliados así con la derecha “soberanista”- sino esencialmente situada en las “trampas de la unanimidad”, donde se ha recluido el Partido Socialista Europeo (PSE). Y también, la lucha por superar el principio de la unanimidad y eliminar el derecho de veto en la Unión Europea. Una lucha que ha conseguido en la Constitución los primeros resultados, pero que, sin embargo, se interrumpe en las puertas del PSE donde estos principios y este derecho de veto impiden un debate franco entre posiciones diversas, sin patriotismos nacionales en lo que se ha convertido en una confederación de partidos con poderes puramente consultivos. O sea, un mero registro de posiciones divergentes sin ni siquiera intentar superarlas por la vía del diálogo. La batalla europeísta de la izquierda reformadora debe partir de ahí: de un debate franco sobre el modo de la unificación política de Europa, sobre su autonomía en la arena mundial, sobre su capacidad de abrir un diálogo sin prejuicios con la administración americana en un plano de igualdad. Y, también, por derecho al voto de mayoría cualificada. Es decir, la afirmación de un principio sin el cual no existe un partido digno de ese nombre.
Bruno Trentin. Este artículo ha sido traducido del italiano por José Luis López Bulla y forma parte de un ensayo que será publicado en “Argomenti Umani”. (1) Este texto se escribió el 15 de noviembre de 2004, con
anterioridad al referendo interno del Partido Socialista Francés,
que concluyó con un amplio apoyo al sí.
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