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| Paco Vargas Artista es quien es capaz de ver lo imaginado y además
posee la técnica precisa para hacer tangible a los demás aquello que él sólo ha visto
u oído, tocado o saboreado, soñado en definitiva, pues al fin, todo aquello que acaba
siendo arte empezó como un sueño. Arte flamenco llamamos a cualesquiera de las tres
facetas que lo componen: el cante, el toque y el baile. Arte son y así debiéramos
admitirlo todos en tanto que se atienen a los parámetros que definen dicho
concepto. Y sin embargo, no todos los que lo interpretan son artistas. Como tampoco lo es
todo el que pinta, esculpe o escribe. Y no estamos, por eso, menospreciando al que no lo
es, aunque sí pretendemos deslindar el concepto de artista y el de mero intérprete. Es
decir, quisiéramos sentar las bases de una reivindicación antigua pero casi siempre
soslayada por sectores más o menos interesados: la creatividad como valor intrínseco al
propio arte flamenco. La creatividad ha guiado desde siempre la evolución
artística, aunque no sólo ella pues sabido es que otras muchas cosas y sucesos
interfieren en el resultado final de cualquier fenómeno artístico. Pero la creatividad
se nos antoja primordial porque ella es parte misma del artista, en ella descansa la idea,
el sueño, el riesgo, la gloria y el fracaso. Con ella duerme la pasión o el frío, el
temblor o la indiferencia, la emoción, la técnica, el diálogo, la voz: el cante. Y ella
es la madre del cantaor o de la cantaora artista, aunque de vez en cuando amamante al
cantaor o a la cantaora intérprete: siempre fue una buena madrastra, incluso para
aquellos que hicieron de la ramplonería una forma de cantar. ¿Cómo se puede entender la evolución del cante
flamenco a lo largo de este siglo, si no es a través del proceso creativo de los artistas
que le han ido dando forma? Porque, digámoslo de una vez: el cante flamenco lo es por los
artistas. Es decir, que fueron y son ellos y ellas los que, partiendo de las diferentes
músicas de carácter folclórico, han ido destilando sus ricas esencias hasta hacerlas
bebibles pues en ricos caldos las convirtieron. Por lo tanto, admitamos el origen popular
del cante flamenco pero despojémoslo de cualquier connotación peyorativa o ninguneadora:
¿Con qué intención se dice eso de "El flamenco es un arte popular"? El cante
flamenco, en tanto que arte, en el momento de su alumbramiento, se sostiene en el
individuo y nunca en la colectividad. Otra cosa es que se cree para el disfrute colectivo,
para el goce de la masa, que tampoco tiene por qué ser así necesariamente. Alguien se estará preguntando a qué viene lo anterior
cuando lo que se trata es de deslindar el antes y el después de Morente. Pues viene
porque al final cualquier concepto acaba siendo asociado a alguien. Pues bien, el de
creatividad nosotros lo identificamos con Enrique Morente. No sólo con él, porque
evidentemente no es el único depositario de tal cualidad, pero como nos han pedido que
escribamos sobre él y no sobre otro así lo hacemos. O sea, que si el flamenco fuera
exacto, que no lo es, tendríamos que emitir la siguiente fórmula: Morente = Creatividad.
Porque no ha habido desde cincuenta años para acá ningún cantaor o cantaora más
creativo. Mejor dicho, que haya hecho de la creatividad consciente la permanente luz que
ha guiado su cante a lo largo de toda su vida artística. Sin nombrarlos a todos, me parecen grandes creadores
Antonio Chacón, La Niña de los Peines, Tomás Pavón, El Cojo de Málaga, Manuel
Vallejo, Pepe Marchena y Manolo Caracol; cada uno de ellos por razones diferentes pero
todos con la capacidad artística suficiente para ser tratados como tales. Cada uno de
ellos -y otros que no hemos nombrado, pues quizá la lista pecara por exceso- ha ido
conformando las principales líneas estéticas del cante flamenco de este siglo, que son
las que permanecen en la actualidad. Así era y así se aceptaba: que cada cual cante como
sepa y como quiera porque nadie está en posesión de la verdad. Pero, ay, llegaron los
veladores de las esencias,
los conservacionistas -conservadores en lo ideológico, porque si no son muy difíciles de
entender ciertas actitudes y posicionamientos-, aquellos que sólo veían nubes negras en
lo por venir, los mismos que pretendieron hacer del cante flamenco un cortijo inaccesible
en juerga permanente. Y en nombre de una palabra tan bella como la pureza intentaron
acabar con la libertad que es inherente al cante flamenco entendido como arte. Por eso, en
Córdoba, retomaron la idea de Falla, la del Concurso de Cante Jondo de 1922 en Granada,
pero no desde la ingenuidad del genial músico, sino desde un posicionamiento reaccionario
contrario a cualquier posibilidad creadora. Más bien al contrario fue una vuelta atrás,
pues en nombre de la ortodoxia se quiso acabar con la frescura creativa que hasta entonces
había caracterizado al cante flamenco. Quizá por eso el nuevo orden lo primero que hizo
fue etiquetar los cantes para que nadie pudiera salirse del carril flamenco que se empezó
a construir en 1956 y se terminó en 1962, cuando se coronó al sumo pontífice de aquel
movimiento concediéndole la Llave de Oro del Cante. Es cierto que el cante flamenco, después de la Guerra
Civil, el que podía disfrutar o sufrir mucha gente, el flamenco espectáculo que se
exhibía en cines, teatros y plazas de toros, no estaba en su mejor momento: grandes
artistas tuvieron que conformarse con cantarle a los señoritos en los cuartos de ventas y
cafés, cuando no en las casas de lenocinio porque el que pagaba -cuando lo hacía- así
lo mandaba. Tampoco los espectáculos presentaban grandes novedades pues estaban en claro
declive: las grandes figuras de la época conocida como Ópera Flamenca empezaron a
inclinarse por el teatro, como escenario preferido e idóneo, donde podían ofrecer
espectáculos con un cierto hilo argumental en torno siempre a su figura, que se erigía
así en la protagonista única; o permitiendo como mucho que otra u otro ejerciera de
pareja artística, casi siempre obligados por el empresario para darle más gancho al
espectáculo: fue el caso, por ejemplo, de Caracol y Lola Flores. Todo esto desembocó en
unos espectáculos carentes de calidad encabezados por cantaores y cantaoras, sin apenas oficio ni aptitudes,
que eran producto de la época y que cuando ésta dio paso a otra forma de ver el flamenco
desaparecieron sin pena ni gloria. Ante este estado de cosas, tras la concesión a Mairena
de la Llave de Oro del Cante, surgió un movimiento, encabezado por él, que sería el
encargado de establecer una dictadura estética intransigente e intolerante, con el
objetivo doble de reivindicar el papel de un colectivo como el gitano en el nacimiento y
evolución del cante flamenco, por una parte; y, por otra parte, el de anular cualquier
intento de desviación del camino marcado por Mairena, que tan escaso estaba de apoyaturas
que tuvo que inventarse unos maestros para que su concepto estético e ideológico del
cante fuera creíble. El comienzo de esta nueva época, que bien pudiéramos
tildar de neoclásica, sirve, sin embargo, de revulsivo y acicate a los más jóvenes -los
que luego formarían la Generación del 68 (Camarón, Morente, Menese, Lebrijano,
Agujetas, Pansequito, Juanito Villar, Manuel Mairena, José de la Tomasa, Carmen
Linares...)-, que, encabezados por Fosforito, acatarían el mandato estético de Antonio
Mairena así como sus enseñanzas, aunque algunos intentaron rupturas puntuales y sólo
dos, excepto en sus primeros tiempos, rompieron de manera radical y se enfrentaron
abiertamente al movimiento mairenista: Enrique Morente y José Monje Cruz "Camarón
de la Isla"; si bien, habría que matizar que mientras la ruptura de Morente es
plenamente consciente, la de Camarón siempre estuvo guiada y tutelada por intereses más
o menos comerciales a los que él accedió gustosamente, pues comprobó en propias carnes
que era mucho más rentable cantar flamenco-fusión, fácil de digerir, que hacerlo en un
tablao o en un festival de pueblo. Basta con escuchar la discografía de Morente para
comprobar lo que afirmamos más arriba: tras la grabación de sus dos primeras obras
"Cante Flamenco" y "Cantes Antiguos del Flamenco", de corte clásico,
junto a los guitarristas Félix de Utrera y Niño Ricardo, emprende un camino claramente
renovador que da sus primeros pasos en "Homenaje Flamenco a Miguel Hernández",
donde, por ejemplo, en el romance y en las nanas deja entrever su disconformidad con la
corriente de la época, y que continúa cuatro años después con "Se hace camino al
andar" claramente rupturista con el neoclasicismo imperante, el mismo que todavía no
le ha perdonado su irreverencia y su proverbial rebeldía. Ni falta que le hace, que todo
hay que decirlo. Es en esta obra donde Morente reivindica su papel de
artista, entendiendo como tal su capacidad de sorpresa, los giros que imprime a su obra y
su vitalidad creadora, que son algunos de los aspectos que definen el arte vivo: el arte
inmóvil no es arte, es plagio; porque en el arte -flamenco o no- quien no se la juega no
conoce ni conocerá jamás el placer del fracaso ni la efímera gloria y en ésta como en
aquél, Enrique Morente jamás plagió. Después de esta obra, que supuso un verdadero acto de
liberación, vendría una de las mejores obras discográficas del último tercio del siglo
que nos dice adiós: "Homenaje a Don Antonio Chacón" es una obra maestra que en
su tiempo fue un alarde de valentía y justicia histórica -la flamencología oficial de
la época ignoraba por completo al maestro jerezano-, puesto que se estaba reclamando la
presencia, la memoria histórica, el cante como música, del gran maestro del cante
flamenco de este siglo, porque de él viene la técnica cantaora que se ejercita todavía
y la estructuración casi definitiva de gran parte de los estilos que conocemos en la
actualidad. Yo creo que es con esta obra con la que más identificado se siente Morente,
porque en ella se da todo: la voz, la técnica, la tradición, la creación, la
expresión, el perfecto diálogo con la sensibilidad tocaora de Pepe Habichuela... Luego llegaría "Despegando", cuyo título lo
dice todo. Y tras él muchas y buenas obras, todas a caballo entre el más delicado
respeto a la tradición y la provocación artística, pero todas con la creación siempre
como norte. Ahí están, con la frescura a flor de piel, "Sacromonte",
"Morente-Sabicas", "Misa Flamenca", "Negra si tú supieras",
"Allegro Soleá y Fantasía de Cante Jondo", "Omega", o
"Morente-Lorca", por citar sólo algunas de las más significativas. A través
de estos documentos sonoros y de otros ya nombrados podemos conocer la realidad presente,
el pasado y hasta el futuro de Morente. Enrique Morente es historia, esencia y creación, es
corazón y cabeza, ortodoxia y heterodoxia, tradición y evolución, sol que abrasa y
nieve que ciega, parvulario y aula magna, prosa y poesía, prosaico día y encantadora
noche, hoja perenne y flor de un día, salida y remate del cante que nace y muere con él. Si la contradicción -acicate siempre para la capacidad
creativa, en tanto que nos enfrenta a nuestras dudas- enriquece al ser humano, Morente es
millonario en vidas gastadas. Nadie, como él, más consciente y consecuentemente
contradictorio. Nadie más libre y provocador de formas. Nadie más irreverente ni más
respetuoso. De sus aparentes saltos en el vacío devinieron y
devienen explosiones de júbilo creador, siempre en pos de una nueva estética flamenca y
de una renovada ética jonda que, tras remover las tranquilas aguas de un cante flamenco
anodino y escasamente motivador, ha enfrentado al cante y sus protagonistas con la
dicotomía liberizadora que nos enseña a seguir caminando o a convertirnos en piedra,
quizá fatuamente esplendorosa al principio, pero que acaba siendo enterrada al final por
los lodos de lo putrefacto. Su motivación, por tanto, no viene dada en modo alguno
por intereses espurios sino por la pura necesidad vital que reclama una libertad
artística, precisa y preciosa para él, aunque innecesaria y hasta aterradora para el
cantaor o la cantaora exentos del talento preciso para ser identificados como artistas. Tras la muerte de Camarón de la Isla, referente
obligado junto a Morente de las nuevas tendencias del cante flamenco, se produjo una
fiebre que después fue sarampión y que al final se ha reducido a dos o tres voces
-Duquende, José Parra, Dieguito "El Cigala"...-, más alguna incursión
premeditadamente interesada, como puede ser la de José Mercé. Y poco más. Porque
Camarón es inimitable. Quizá lo pueda ser en las formas, pero su fondo artístico no
está al alcance de cualquiera por el simple hecho de vestir como él y adoptar ciertos
ademanes como los que le hicieron famoso en vida. Morente, sin embargo, ha sentado las bases del cante
flamenco del siglo XXI, cuyos resultados están ya aquí en sus mismos umbrales. Y lo ha
hecho -lo está haciendo- desde el respeto, la disciplina y el compromiso; de tal modo que
esa actitud, poco espectacular aunque muy seria, ha ido calando, como si de una pesada
gotera, impertinente y perenne, pero también apetecible y deseada, se tratara. Aquí están ya esplendorosos y con un futuro ante sí
deslumbrador: Estrella Morente, la voz femenina del siglo XXI, Marina Heredia, tan guapa
como personal cantando, Arcángel, una voz distinta que resume el alma escondida de
Huelva, Segundo Falcón, del que un sólo cante me bastó para saber de su grandeza, David
Pino, intelectual y estudioso que siempre ve el cante como una reivindicación... Como
seguidores de esa escuela -¡si me escuchara el maestro me retiraría su amistad!-, en
mayor o menor medida, son Carmen Linares, El Pele, Mayte Martín, Miguel Poveda, Luís El
Polaco, Javier Montenegro, Esperanza Fernández, El Lebrijano -¡ojo, que no estoy
diciendo ninguna tontería, aunque quizá ustedes puedan pensar que más que un seguidor
es un mal plagiador. En eso no entro!- y algunos más que dejo de nombrar por no alargar
la lista. Y de esa interminable retahíla de grupos que giran en torno a lo que se ha dado
en llamar -muy intencionadamente y de manera deshonesta- "Nuevo Flamenco",
prácticamente todos han bebido o están bebiendo en la música de Morente o de factura
claramente morentiana. Basta escuchar la abundante discografía que existe -hay que escuchar
más, queridos compañeros de la crítica...- para comprobarlo. Aunque es cierto que en la
gran mayoría de los casos han escogido lo menos sustancioso, unos por falta de talento y
otros por la escasez de las facultades técnicas precisas. Aun así, no podemos negar que
su música asequible y pegadiza está sirviendo, de manera natural, como una llave que
abre las puertas de otros cuartos en esa gran casa que es el cante flamenco. Pero no aceleremos las cosas ni privemos de su
auténtico valor a quien verdaderamente lo tiene. Nunca el cante flamenco fue unívoco ni
los artistas se dejaron adocenar. Ni el cante debe, ni debiera jamás ir, en una sola
dirección: ahí está -sírvanos como ejemplo- Jerez que sigue manteniendo sus más puras
esencias. Ni es, por lo más remoto, la intención del maestro granadino. Pero, por la misma regla de tres, despojémonos de
prejuicios y aceptemos la realidad de un cambio que ya está aquí. El cante flamenco
avanzó desde su nacimiento apoyándose en los fracasos creativos de quien se atrevió. Y
el artista que lo hizo -y que lo hace- sólo es capaz de transformar el sueño en realidad
cuando ha adquirido la seguridad necesaria que únicamente es capaz de dar el
conocimiento. Lo demás es otro cantar, nunca mejor dicho. Que su personalidad es controvertida y única, lo
respeto. Que es la continuación de los grandes maestros de este siglo, estoy de acuerdo.
Que su inteligencia está por encima de la media, hay gente que no lo admite ni lo
aguanta. Que su independencia irrita, qué le vamos a hacer. Que su concepto artístico
del cante es personal e intransferible, quién, en sus cabales, lo puede poner en duda.
Que a veces nos parece su voz cansada, escuchen, escuchen. Que se le acusa de falta de
pasión rítmica y de no tener compás, sientan y midan. Que admira a los poetas y ama a
la poesía, sólo un corazón sensible propicia el gusto preciso para cantar bien y
emocionar. Que el que firma lo admira con pasión, no lo duden. Lo admito sin ruborizarme, desde la honestidad que
avala la verdad propia, porque estoy convencido de que nos encontramos ante un artista
completo que eligió, para dar salida a sus más íntimos sentimientos, el cante flamenco
porque nació flamenco; porque, según mi criterio, en él se dan más, que en ningún
otro, oficio, personalidad, creatividad y compromiso con su obra y con el tiempo que le ha
tocado vivir, amén de unas cualidades para decir el cante que hoy nadie, con conocimiento
de causa, se atreve a poner en duda. Así es. Y así lo asumo. Acabo como empecé: yéndome del título que presiden
estas páginas. Digo bien: presiden y no definen. Porque, ¿quién es capaz de definir, de
conceptualizar, el cante -forma y fondo- de Morente? Yo, desde luego, no, aunque parezca
lo contrario. Sólo los genios -entendiendo la palabra desde su
vertiente artística- logran crear escuela -¡definitivamente me tacha de entre sus
amigos!- y convivir con ella liderándola. Únicamente los verdaderamente importantes
sirven de guía a toda una generación de profesionales del cante. Enrique Morente ya lo
está haciendo. De todos modos, el cante flamenco ha sido siempre -y lo
seguirá siendo-lo que han querido sus creadores, los artistas. Y nadie con sentido común
puede pretender que otros crean en un sueño, y mucho menos que lo canten. Simplemente
porque estoy convencido de que es razonablemente imposible. Sin embargo, sí me parece
moderadamente posible enseñar a los más jóvenes a soñar. Claro que eso sólo está en
manos de quien fabrica los sueños y conoce, por lo tanto, todos y cada uno de los
recursos y sortilegios necesarios para hacerlos realidad. Yo, humildemente, creo que Enrique Morente Cotelo
-Morente, ya inmortal-, es uno de ellos.
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