Flamenco: Libertad o tradición, la eterna discusión

Juan Vergillos Gómez

       No se trata de conservar el pasado, sino
  de recuperar las pretéritas esperanzas.

M. Horkheimer y T.W. Adorno,
Dialéctica de la Ilustración (1947)

Es por todos conocida (o no) la famosa sentencia de Antonio Machado Álvarez, “Demófilo”, el amigo del pueblo (todo para el pueblo pero sin el pueblo: lo cierto es que el seudónimo apunta a un cierto complejo de superioridad -intelectual-, respecto al pueblo digo, sin pretender ofender), que en 1881 ya afirmaba el estado decadente y de “mezcla confusa de elementos muy heterogéneos” en que el flamenco se encontraba, situación que lo abocaba a su inminente descomposición. Estamos en los albores (sí, los albores) de este arte, como quien dice, y ya están los agoreros quejicas: le viene a uno a las mientes aquella otra conocida frase (sin duda más conocida que la del padre de los Machado) de Valéry de que “todo cambia en este mundo menos la vanguardia”. O sea quitando lo de vanguardia, aunque sea verdad, para poner lo de flamenco, que es lo cierto: “¡Dios mío (que así de exclamativa era en origen, aunque en francés, la frase del poeta), Dios mío, todo cambia en este mundo menos el flamenco!”. Así que mi amigo Francisco Hidalgo (al proponerme el tema de este trabajo: la secular disputa libertad-tradición) ha acertado de pleno cuando ha considerado la lucha (“la dialéctica” que diría un filósofo, o un marxista, o un filósofo marxista) entre los quejicas tradicionalistas y los modernos oportunistas como eterna: acompaña a este arte, a todos los y las artes quiero decir, desde el inicio de los tiempos -artísticos-, desde el primer rayajo altamiro.

¿Que el flamenco ya estaba en vías de desaparición, iniciando su putrefacción como quien dice, a finales del siglo pasado? Pues eso de ventaja que le llevaba al resto de las artes occidentales. Miren ustedes qué moderno que nos resulta el anciano temblón. Si en el ámbito de la reflexión occidental hemos tenido que esperar al último libro de Arthur C. Danto “Después del fin del arte” para confirmar el secreto a gritos de que el arte está muerto y enterrado (acta de defunción, el libro citado, que no se priva de la profesionalidad notarial de fechar el último aliento, o el primer desaliento, de esta noble, prehistórica y siempre inútil actividad intelectual: en concreto en 1964, y en la galería de arte Stable, en la calle 74 de Manhattan -oye, y que todo tenga que pasar en el mismo roalillo, qué saturación, cómo son estos chicos con su estatua de la Liberty: ¿no conocen acaso la palabra etnocentrismo, es decir, ethnocentraldistricts?-), en el de la flamencología (si se me permite la expresión) tuvimos la suerte de contar con tan excelente visionario-forense, que se adelantara nada menos que en ciento dieciocho años (que se dicen pronto), al pensador (Acepción 2: de echar pienso a los animales) norteamericano.

Y todos los que vinieron después. Quiero decir intelectuales-visionarios-forenses, todos amigos del pueblo. Porque en el flamenco, hay que decirlo, y “al que le dé que perdone”, ha abundado el paternalismo hacia el buen salvaje (que no es otro que el flamenco rousseauniano, esto es, incontaminado por la sociedad y el metal), que se ha quedado en la poesía (quiero decir retórica) fácil (en el chascarrillo, en la anécdota tonta, en la camisita rota, y que Apolo, y Mairena, se sirvan perdonarme), y en todo lo demás (la taberna, el caballo, la reja, y la maceta, la casa y la ventana, y en la ventana una niña, y en la niña -o el niño- una razón incorpórea, lanzándose al vacío).


Pertinencia de los actos estéticos frente a los autos estéticos

Sin embargo nada nuevo hay bajo el sol. La muerte del arte viene siendo anunciada, o proclamada, desde principios de este siglo, desde finales del pasado. El XX es sin duda el tiempo en que se consolidan los valores de la modernidad y, por tanto, la época en que estos entran en crisis. Conceptos como verdad, libertad, igualdad, objetividad, razón,... sufren las embestidas de los pensamientos nihilistas como de los vitalistas, desde Nietzsche y el existencialismo, pasando por el utilitarismo en el ámbito moral, hasta Feyerabend con relación al conocimiento científico. En el campo del valor artístico y su reflexión, las ideas del arte como valor en sí, el desinterés, lo bello, lo sublime, vienen siendo cuestionadas por las oleadas vanguardistas que se han sucedido a lo largo del siglo, así como por galeristas, editores, productores, y demás propietarios de los medios de producción (o distribución) artística. Esta tendencia ha desembocado en afirmaciones como la de Danto, que ha tenido sus precedentes (y o sus consecuentes) en las teorías clasificatorias e institucionales del arte (“arte es lo que las instituciones capacitadas para decidirlo, deciden que es arte”). Así T.W. Adorno, en su “Teoría estética” afirmaba hace unas décadas que “ha llegado a ser evidente que nada referente al arte es evidente; ni en él mismo, ni en su relación con la totalidad, ni siquiera en su derecho a la existencia”[i].

¿Qué actualidad es ésta que ha movido a pensadores como Danto a replantear la muerte del arte? No es otra que el mercado, hoy que todo lo es. Cuando el arte deja de ser mercado, deja de ser. En el fondo Danto maneja una teoría metafísica del arte, puesto que ninguna época ha vendido tanta obra (o copia) de arte empaquetada y precintada, ningún tiempo ha asistido a cifras tan astronómicas por los originales (y hasta por los calzoncillos) de los artistas. Danto parece negarse a admitir que arte sea simplemente negocio y, puesto que hoy todo es negocio, concluye que no hay arte.

Esta realidad de las sociedades capitalistas, en que todo objeto se convierte en mercancía, ha provocado que la actividad artística se integre, no sólo como mercancía, también al servicio de la actividad mercantil. Los creativos no son hoy, como saben, los creadores, sino aquellos individuos que generan ideas para publicitar productos de venta. El arte de finales de siglo es el diseño, cuya preocupación no es tanto la expresión de lo individual como encontrar el modelo de automóvil más aerodinámico y flamante.

¿Porqué ha dejado de ser pertinente el arte? Porque hay maneras más fáciles de ganar dinero, me dice uno, desde la esquina (de la Bolsa). Porque estamos muy ocupados, trabajamos muchas horas al día para poder pagar las letras del coche del niño, la hipoteca del piso en la playa, la piscina del chalet de la sierra, y otros bienes de primera necesidad, y no tenemos tiempo ni ganas para experiencias estéticas, me dice otro desde la otra esquina (del mercado -o supermercado o super mercado-).

Ambos olvidan, pretenden olvidar, que el arte es un lujo de primera necesidad. Tenemos estómagos, césped que afeitar y espaldas que broncear, pero también preguntas. Esas preguntas cuya respuesta no hallamos en el diccionario enciclopédico Larousse comprado a plazos, de brillantes tapas, y contenido actualizado con el nuevo mapa de los Balcanes. Respuestas que los jóvenes brokers de la Bolsa (intermediarios sin riesgo) buscan en los ángeles o en las religiones orientales, y mi vecina Mari en Rappel. Son las preguntas de siempre (la muerte, lo divino, el paso del tiempo, la memoria, ¿encontrará novio la niña?), y no hay porqué repetirlas aquí. La cultura es una respuesta del hombre frente al hecho alucinante de estar vivo; es la conciencia. El arte es un lenguaje, una tradición, una de las formas de esta respuesta. ¿Alguien piensa en serio que esta noble, prehistórica y siempre inútil actividad intelectual abandonará alguna vez a la humanidad? Apenas el señor Danto, y discípulos. Cambiará la forma de la respuesta (que no importa), pero no la pregunta.  


Crisis de valores, es cierta. Pero ¿cuándo no la hubo?

Entre las búsquedas que esta crisis provoca no son de las menos curiosas las soluciones desesperadas como el milenarismo, el suicidio colectivo, el nazismo (el nacional-socialismo) o el nacionalismo (el nacional-istmo). La vuelta a los valores irracionales, o a los más retrógrados, y por lo tanto, en apariencia, más seguros (la seguridad de la infancia), del pasado, es una consecuencia previsible de la pérdida (o desprestigio) de los ideales de la modernidad, que señalábamos más arriba, en que algunos de los más importantes intelectuales, políticos, periodistas, etc. del presente, y del pasado reciente, no pueden eludir cierta responsabilidad. La crítica a un valor tan básico en la cultura occidental como la democracia (por no hablar de la libertad o el respeto a la vida, por ejemplo), nunca es desaprovechada por los intransigentes, por muy bienintencionadas y fundadas que sean nuestras (y yo me incluyo el primero: nada -nadie- es perfecto) críticas.

Esta vuelta a la tradición tiene sin embargo (y siempre según mi punto de vista, aunque innecesario es aclararlo) aspectos muy positivos: ¿qué somos sino tradición? (¿Qué es la modernidad, el capital de ideas de la ilustración, sino una tradición, acaso la más importante para occidente?). En esta vuelta a la tradición, fruto en gran medida de la pérdida de valores de la modernidad, se pueden encuadrar los periódicos "ritornellos" de cierto tipo de intelectuales (de los que hablábamos más arriba) al flamenco. Aquí mismo, en estas razones, pueden situar también los sociólogos del flamenco, si los hubiere, buena parte del amplio público flamenco foráneo, y, en fin, su conquista del universo mundo. No en vano he escuchado rumores (es sólo un rumor, no se tenga muy en cuenta) de que un estudioso del flamenco ha recibido en Francia una beca para estudiar las influencias galas (no de verano: o sí) en el origen de este arte. Vean, en todo caso, la obra de Gerhard Steingress “Sociología del cante flamenco”. (Y después lloren, porque hay que irse a Austria, o a Francia para investigar, con dignidad, sobre este arte).

En algunos casos (y creo que éste es el caso) la vuelta a los valores tradicionales representa, más bien, un rechazo, no tanto de la modernidad, como de la posmodernidad: de la confusión, del negocio como único valor, del capitalismo. No cabe duda que, en buena medida, algunas de las actitudes en contra del Nuevoflamenco son, en el fondo, el rechazo a un negocio, más o menos sucio, como todos, en que lo flamenco es tan sólo la etiqueta que se ha “usurpado” (asumiendo, por supuesto, que las palabras a nadie pertenecen y que la grandeza -miseria- de ellas es, como sabemos, poder decir lo que nos dé la gana, incluso una mentira; lo mismo que el hecho de que cuando una de ellas se convierte en una etiqueta, en un tópico, pierde parte de su significación y fuerza expresiva) y algún que otro giro (o jirón) vocal. El negocio es el negocio, y en ello Madrid apenas es un aprendiz de París (recuerden a los Gitanos Reyes “Gipsy Kings”). Ya  he hablado (escrito), sin embargo, de los riesgos del tradicionalismo, y de la virulencia, siempre presta, de la reacción.  


Arte y lenguaje

Entre las formas de representación de la realidad, no parece que el arte sea de las de más reciente aparición. La cosmovisión artística acompaña a todas las civilizaciones y culturas. El arte es, por tanto, una herencia, un legado. El arte es una tradición. Es, lo repito, una de las elaboraciones culturales humanas, una de las maneras con que el hombre ha intentado expresar y comprender la existencia. ¿Porqué ha de morir, precisamente hoy? El tiempo es cíclico, y dentro de cincuenta, de cien, de cinco años, asistiremos a una nueva muerte del arte, a una redefunción del flamenco.

Desde el siglo XVIII la reflexión estética, o una tendencia de la reflexión estética, ha pretendido explicar el arte como actividad autónoma, no ligada a fines (religiosos, políticos, etc.): “Belleza es la forma de finalidad de un objeto en cuanto es percibida en él sin la representación de un fin”. Es lo que podemos llamar estética metafísica.

El valor de este legado no es material, como salta a la vista, con las posibles excepciones del barón Thyssen-Bornemisza o la reina de Inglaterra. Lo que la pintura, la arquitectura, la música o la literatura del pasado nos ofrecen es la aprehensión artística del mundo, la asunción y expresión de las realidades fundamentales, del tiempo. La conciencia de la finitud. De la muerte.

Para todos, y en medida mayor, acaso, para los artistas, esta forma de comprender el mundo es una técnica, una fórmula. El lenguaje artístico es una técnica heredada, tradicional por tanto, cuya actualidad exige la asunción más o menos personal. O sea, el aprendizaje y la individualidad. No en vano toda expresión del mundo es la expresión del mundo del que expresa. Toda manifestación artística es mostración personal.

El arte es un lenguaje, una manera de aprehender el mundo, de ver y expresar la realidad (¿qué es la realidad sino lo visto, lo expresado, lo nombrado?, ¿qué es la realidad sino el lenguaje, o la literatura -el arte-, su expresión más excelsa?). Ello ocurre, al menos, con el arte pertinente, creativo, que es, por supuesto, el que nos interesa. Su autonomía (si no fuera autónomo, antes y después de Kant, no existiría, esto es, carecería de nombre que lo nombrara) exige que lo diferenciemos de las actividades meramente utilitarias (placenteras, o rentables) o meramente morales: comprometidas o salvíficas: siempre con relación a un compromiso, o a una forma de salvación extraartística; no olvidemos que aunque el arte no sea esencialmente utilitario o moral, posee algo de utilitario y de moral.

Toda teoría del arte (incluyendo las teorías sobre el arte flamenco) no puede ser sino metafísica. Hablar de arte, concebirlo, es suponer la autonomía de la actividad artística, al margen de lo útil o bueno (sin olvidar que esta autonomía no elimina los elementos placenteros y morales del arte, como se ha dicho: pero sabiendo que el arte no se reduce a ellos sino que, por contra, es algo más y diferente).

En el flamenco han primado las teorías morales. El origen de este arte, el marco (social) bohemio de la segunda mitad del siglo pasado, ha marcado toda la reflexión posterior con el marchamo de tradicionalismo. La estética del flamenco ha sido, y será, la de lo puro, originario, auténtico, antiguo, primario. El paso de lo tradicional (la pureza) a lo racial (la pureza) es fácil de dar, y ya lo hizo, como se sabe, Demófilo, el amigo del pueblo. Lo primitivo es el gran valor en el flamenco. Y en el marco de esta reflexión tradicionalista se establece, por lo general, y según palabras del propio Ricardo Molina, “una ecuación entre la pureza del cante y la racial”.

Existe en la reflexión flamenca, así mismo, una valoración de ciertos elementos técnicos (vocales, instrumentales, coreográficos), que sin duda hemos de relacionar, por el virtuosismo, con lo utilitario o lo placentero. Pero esta reflexión, según parece, es secundaria frente al tradicionalismo.

También ha ocurrido (o concurrido) una reflexión esencialista en el arte flamenco, ¿cómo no? Pero, tal y como he dicho (escrito), ésta suele resbalar hacia lo moral y racial (o racial y moral), y en la mayoría de los casos carece del más mínimo rigor histórico, sociológico o filosófico. Es por ello que algún estudioso, en concreto el mencionado Gerhard Steingress, critica a la flamencología tradicional como metafísica o “confirmación metafísica de la afición flamenca”, puesto que, según Steingress, para estos tradicionalistas el flamenco es una “manifestación metafísica más que humana”. Entendiendo, en lo que se refiere a la reflexión, el concepto de metafísica como falta de rigor y fundamento (material, histórico, sociológico). Es necesario, sin duda, asumir la crítica de este autor a la flamencología tradicional puesto que, en efecto, su recurso al tradicionalismo es, en buena parte de las ocasiones, infausta impotencia, cuando no terrible exclusivismo (sin negar -jamás- que es parte de la esencia de este arte). Hay que asumir con todas las fuerzas que nos sea posible la reivindicación de un estudio científico (sociológico, histórico, musical) del que tan necesitado está el flamenco. Ello no implica, según me parece, que la actividad metafísica (espiritual) sea de otro ámbito que el humano, hasta que el papa y los brokers no nos prueben la existencia angelical. Acaso el espiritual sea, precisamente, el ámbito propiamente humano. Hemos de decir que hay investigación (o actividad) metafísica rigurosa, como hay estudios “físicos” sin rigor (véase, por ejemplo, los relacionados con el determinismo racial con relación al coeficiente intelectual, precisamente). No es posible, al menos para mí -para nadie-, renunciar a la dimensión espiritual del hombre, de la que forma parte la propia actividad científica: una visión más del mundo. Muy importante, muy efectiva. Muy importante en una época que tanto valora el progreso material y, en general, la técnica. Pero que, a mi parecer, no anula las otras visiones. En otro tiempo fue hegemónica, a lo que dicen los libros de historia, la visión, la ideología religiosa. Desde la segunda mitad del siglo pasado los asuntos relacionados con “la ciencia”, el positivismo, lo empírico, etc., gozan del prestigio del que antes disfrutara la religión (hasta el punto de que muchos estudios flamencos que en absoluto utilizan los métodos, no ya de las ciencias físicas, sino de cualquier disciplina con un mínimo rigor, se nos ofrecen con el apellido de “científicos”). Acaso con un pequeño esfuerzo de relativismo histórico impidamos que el arte, la filosofía o la ética, sean arrojadas por la ventana.  


El flamenco como lenguaje artístico

Todo arte es lenguaje. El lenguaje es una tradición, una cosmovisión heredada. Con el flamenco nos ha sido dada una forma de ver, de decir la vida y la muerte: unas formas melódicas, rítmicas, literarias, unas técnicas vocales, coreográficas, etc. Y, ante todo, una disposición vital, un espíritu, una manera de afrontar la existencia. Lo que algunos han llamado ser flamenco.

Todo lenguaje presenta (al menos) dos caras. La primera es su cualidad de herencia, legado. La segunda es la expresión del yo: como expresión del mundo, como cosmovisión, revela (¿o rebela?) al individuo (cada uno es un mundo: el mundo), al que expresa, al que habla, al que hace uso de las formas lingüísticas. El lenguaje es tradición pero también libertad: su grandeza es que el hablante puede decir lo que quiera, lo que sienta, lo que él siente. El arte es expresión individual porque es autónomo. El artista tiene un compromiso, en efecto, y es lo que tienen de cierto las teorías estéticas que conciben el arte como moral: el compromiso con su manera de ver y expresar el mundo. El compromiso con la libertad, el compromiso de estar vivo: ese al que ninguno puede renunciar. Es evidente que la individualidad (el yo, y lo que le rodea -su circunstancia: la actualidad, el hoy-) no puede explicarse sólo con el recurso al pasado. Por otro lado cada vez que el individuo hace uso del lenguaje, lo actualiza, debe adaptarlo a la circunstancia personal, y social, al marco humano nuevo, siempre nuevo (sin olvidarnos de que existe un continuum: lo propiamente humano, la conciencia de la finitud). Esto es, renovar los procedimientos. Para actualizar la cosmovisión, para adaptarla a las circunstancias presentes, es necesaria la renovación de las formas, evitar su momificación, evitando que resulten inexpresivas. A veces (es decir, siempre) la efectividad artística (comunicativa) exige renovación. En otras ocasiones ya he tratado de explicar esto de manera prolija, así que no voy a repetir aquí los argumentos. Pero sí apuntaré que hay una generación de artistas y aficionados flamencos que escucha, que se interesa por otras músicas: las que están en la calle, en la radio, en los bares, en el optimismo. Hay una generación de cantaores y cantaoras de voces dulces, coloristas, aterciopeladas, adolescentes, que no dejan, ciertamente, de ser flamencas, sino todo lo contrario, pero que tienen algo pop. Son voces dulces, tiernas, que no se sumen en cavidades rocosas, en los filos de la pena, del desgarro, sino que buscan, de manera inconsciente tal vez, la melodía, la suavidad, el círculo. Son estos, en efecto, y como todos, otros tiempos, y el flamenco no es, no ha sido jamás, un arte muerto, precisamente.  


Tradicionalismo y exclusivismos

Considero necesario concluir estas reflexiones con una referencia a lo que no tiene de verdad una teoría moral (racial) del arte, la idea del compromiso en el arte: una explicación de que el arte, desde el punto de vista de la estética metafísica, no es un hecho moral. Cuando una idea extraartística (la defensa de una minoría, de una etnia, la salvación religiosa o política, la educación de la plebe o la vigorización del espíritu nacional,...) usa el arte como medio, instrumentaliza los procedimientos artísticos y hasta la tradición en que estos se apoyan. Para una teoría esencialista, como la que aquí he venido propugnando para el arte flamenco, todo fin (como fin principal o último) extraartístico es ilegítimo: el arte está más allá (o acá) de otro fin que él mismo. Las ideologías particularizadoras (políticas, religiosas, sociales), por su parte, parecen tener la inveterada costumbre de instrumentalizar todo lo que tocan.

Si el arte es abstracción, la expresión de lo esencial (del ser humano), su receptor potencial es la humanidad toda. Otra cosa es que se deban conocer, más o menos, sus claves lingüísticas (técnicas, literarias, sociales, estéticas), en que es posible establecer, acaso, un mínimo. De cualquier manera es necesario decir que la experiencia estética está más allá, o más acá, de consideraciones nacionales, étnicas o de barrio, y es necesario explicar que el arte, el arte flamenco en este caso, no es ninguna arma arrojadiza. Para mí es antes un fenómeno estético, y por tanto profundamente universal, que una de esas tan cacareadas “señas de identidad”, que, por otra parte, pudiera ser que también lo fuera.

A esta revolución estética, esta mayoría de edad del arte, esta postulación del hecho estético en sí mismo, como actividad humana fundamental y desinteresada, al margen, en gran medida, de consideraciones externas (sean estas sociales, raciales, éticas, o de cualquier otro tipo), no son ajenas la mayoría de las manifestaciones artísticas occidentales. Sin embargo puede resultar inquietante en el marco del arte flamenco, cuya especulación estética no ha sabido zafarse del todo de apasionadas reivindicaciones de pueblos o razas que han estado secularmente postergados y hasta perseguidos. Tales reivindicaciones fueron, en los años en que se estaba fraguando una teoría clásica del flamenco, y son hoy, no sólo legítimas, sino absolutamente necesarias. Considero, no obstante, que la defensa de la dignidad humana se torna de lo más ineficaz cuando se funda en exclusivismos.

En esta nuestra España de fin de siglo, en esta Catalunya de finales de milenio en que tan recurrentes son las utilizaciones de exclusivismos, las apelaciones a hechos diferenciales (¿qué les voy a decir que ustedes no conozcan?: son estos, en efecto, como todos, tiempos de campaña), quisiera ofrecerles, con este trabajo, y con mis reflexiones sobre la estética del flamenco, una defensa de la capacidad de abstracción de este arte, de su potencial simbólico, de los valores intrínsecos del arte, de la esencial universalidad del hecho estético, del hecho artístico flamenco. 

Hoy muchos de nuestros gobernantes insisten en acentuar las diferencias. Hace ya algún tiempo, en el primer siglo de nuestra era, el griego Plutarco se burló de los que afirman que la luna de Atenas es mejor que la luna de Corinto.  


Juan Vergillos Gómez.

Filósofo.

[i] Adorno, Theodor W., Teoría estética, Madrid, Taurus, 1971 (1ª Edición Asthetische Theorie, 1970), trad. Fernando Riaza, p. 9.