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Vicenç
Villatoro Cuando
hace poco más de cien años España perdió la guerra con los Estados
Unidos, la guerra de Cuba en el lenguaje popular, la cuestión catalana
se convirtió en el tema más importante de la política española. Durante
un siglo, guerra civil incluida, la historia de España no se entiende
sin tener presente el llamado problema catalán. Ciertamente, el problema
catalán no lo explica todo. Pero las dos largas dictaduras de este
siglo y los pronunciamientos militares que han llevado a ellas -en
un caso, prolongado por tres años de guerra- han sido al menos parcialmente
reacciones ante la cuestión catalana. También la expresión de otros
problemas sociales, ideológicos e incluso religiosos. Pero en una
parte importante intentos de imponer la unidad nacional de España
cuando algunos sectores la han considerado amenazada. En
un cierto sentido, el nacionalismo catalán es un hijo directo de la
guerra de Cuba, de la derrota militar española ante los Estados Unidos.
Para entenderlo hacen falta un par de precisiones. La primera, sobre
el origen histórico del nacionalismo catalán. Catalunya mantiene una
estructura política propia en el conjunto peninsular hasta comienzos
del siglo XVIII. Son, por tanto, setecientos años de vida política
independiente, en el marco en todo caso de una monarquía prácticamente
confederal. Este pósito histórico se reaviva en el siglo XIX con la
revolución romántica y fermenta en un catalanismo literario y cultural,
conocido como “Renaixença”. Pero este sentimiento catalanista no tiene
prácticamente una expresión política importante hasta inmediatamente
después de la guerra de Cuba. Anteriormente, estamos ante un movimiento
elitista, poético. Es la derrota en la guerra de Cuba lo que le convierte
en un movimiento popular que atraviesa el conjunto de la sociedad
catalana de arriba abajo, en todas sus clases sociales y en aleación
con prácticamente todos los movimientos ideológicos del siglo. Hay
derecha, izquierda y extrema izquierda catalanista. ¿Por
qué precisamente la guerra de Cuba populariza políticamente el sentimiento
catalanista? Porque la derrota española en la guerra es algo más que
una derrota militar: es un puro desastre político, de un impacto moral
tremendo sobre el conjunto de la sociedad española. En el año 1898,
cuando empieza la guerra, la prensa española presenta un conflicto
entre la brava nación de héroes que es España, un león dormido, y
el imperio del dinero de una nación de mercaderes que son los Estados
Unidos. La prensa está convencida que la guerra será un paseo militar
para el viejo imperio español y los soldados son despedidos en los
puertos con himnos de victoria. La guerra es militarmente una catástrofe.
Mal armados, mal preparados, tecnológicamente inferiores, los españoles
son barridos en las batallas navales. La vuelta al puerto de los soldados
que habían sido despedidos con himnos de alborozo es una absoluta
depresión. España pierde el pulso. No es el ejército, tan sólo, lo
que ha sido derrotado. Es la autoestima, un Estado que no sirve para
nada, que ha engañado al pueblo, que es ineficiente y anticuado. La
derrota del 98 crea un sentimiento de vacío y de desesperación general
en España. Tiene un gran impacto literario, pero políticamente es
una invitación a la desesperación. En
Catalunya, el catalanismo, el nacionalismo catalán, viene a llenar
una parte de este vacío. En parte porque antes de la guerra y durante
la guerra fue una voz crítica que nadie escuchaba. En parte porque
respondía a lo que podríamos llamar un grado de desarrollo económico
desigual: Catalunya representaba la punta de lanza de la industrialización
en la península y los valores de la sociedad catalana
-el trabajo, el comercio, la riqueza- se parecen más a los
de la sociedad norteamericana que a los valores que se autoproclama
la sociedad española; el honor, la valentía, la austeridad. Y en parte
también porque la ineficiencia del Estado, su fracaso organizativo
y político en el conflicto militar, generaron una demanda de regeneración,
que el catalanismo hizo suya. Este
sería, por tanto, el paisaje del nacimiento del catalanismo político,
del nacionalismo catalán, como opción popular y de gobierno. De hecho,
durante un siglo, cada vez que los catalanes han podido escoger libremente
su gobierno, han vencido electoralmente fuerzas políticas explícitamente
nacionalistas. Tenemos una Catalunya mucho más industrializada que
el conjunto del Estado, con unos valores y un esquema social propio
de los países industriales y por tanto también distinto, con una lengua
propia, con una historia distinta y con conciencia política de su
diferencia. A partir de todo esto, el catalanismo lanza un proyecto
político que, en origen no es solamente para la Catalunya estricta,
sino que quiere transformar España. Un
manifiesto catalanista
El
año 1898, inmediatamente después de la guerra, uno de los grandes
poetas catalanes, Joan Maragall, escribió una “Oda a Espanya” que
se ha convertido por muy diversas razones en uno de los poemas más
citados de la literatura catalana. Un poema que comienza con una declaración
explícita de españolidad: “Escucha España la voz de un hijo que te
habla en lengua no castellana. Te hablo en la lengua que me ha dado
mi tierra áspera. En esta lengua te han hablado muy pocos. En la otra,
demasiado”. (Traducido del catalán). Pero un poema que acaba con una
frase contundente, más contundente tal vez que su propia intención:
“Adiós, España”. Este poema es todo un símbolo y todo un manifiesto.
Es un programa político poetizado. Es el programa político con el
que nace el nacionalismo catalán y con el que atraviesa todo un siglo,
hasta nuestros días. ¿Qué
es lo que propone a España, Maragall, en su poema? En el lenguaje
actual, diríamos que dos cosas. La primera, cuando le dice que le
va a hablar en su propia lengua, simplemente que le entienda en esta
lengua. En una España uniformizada, en la que oficialmente sólo ha
existido una lengua española, en la que -en expresión del siglo XVII,
de Olivares- se ha querido reducirlo todo a los usos y costumbres
y leyes de Castilla, pedir a España que entienda a alguien que le
habla en catalán es pedir una España fundamentalmente distinta, refundada,
convertida en un Estado capaz de acoger todas las culturas. Un Estado
a la suiza, plural, abierto. Maragall le pide a España que reconozca
la lengua y la cultura catalanas, es decir, que reconozca su propia
pluralidad y sus propia diferencias internas. Que no imponga a todos
una lengua única y una cultura castellana. Pero
Maragall hace en paralelo otra petición: “Pensabas demasiado en tu
honor y demasiado poco en tu vida” o “Dentro de las venas, la sangre
es vida, vida para los de ahora y para los que vengan; derramada,
está muerta”. En otras palabras, un cambio de valores. Dejar atrás
los valores preindustriales, predemocráticos, preburgueses, del honor
y el valor y adoptar los valores de la Europa contemporánea, de la
Europa mercantil e industrial, la vida, el trabajo, la transformación
del mundo por las propias manos, la creación de riqueza. Maragall
está pidiendo, con palabra poética, que España deje de ser diferente,
que se convierta en un país europeo como los otros, que se modernice
y se regenere, que deje de vivir de glorias pasadas y se adapte al
presente. Este
ha sido durante cien años el proyecto político del catalanismo para
España. En primer lugar, refundar España para pasar de un Estado uniformista
a un Estado plural, para aceptar el derecho a la existencia normal
de la lengua y de la cultura catalanas, como también de la vasca y
de la gallega. En segundo lugar, modernizar el Estado para hacerlo
eficiente, para que garantice el bienestar de los ciudadanos, para
que se adapte al modelo democrático y mercantil que es hegemónico
en toda Europa. Y contra este modelo pluralista y regeneracionista
se han levantado los generales a lo largo de este siglo. Se levantó
Primo y se levantó Franco. Contra este concepto nuevo y distinto de
España se alzó la teorización fascista de la Falange y de los vencedores
de la guerra civil. Muchas páginas de literatura filofascista sirven
para probarlo. Y la reacción de Catalunya ante este rechazo está también
en el propio poema de Maragall: si España no escucha esta petición,
si España no se transforma bajo este impulso que le viene de Catalunya,
el catalanismo responde con un “Adiós, España”. El catalanismo nace
como un regeneracionismo de España. Es en la medida en que España
lo rechaza, es en la medida en que su proyecto se convierte en imposible,
que se radicaliza hacia el independentismo. Cabríamos en una España
democrática, industrial y plural, en la que se pueda ser ciudadano
del Estado sin dejar de ser culturalmente, lingüísticamente, catalán.
No cabríamos en un Estado uniforme en el que lo catalán estuviese
reducido a la categoría de una identidad folclórica y que no fuese
capaz de dar a sus ciudadanos la libertad y el bienestar que necesitan. Un
siglo después
A
lo largo de un siglo, las dos reivindicaciones del catalanismo no
han sido atendidas. Lo fueron parcialmente durante la Segunda República,
pero éste fue un paréntesis en una vida española marcada por las dictaduras
y el totalitarismo. Al margen de la guerra, la república dura sólo
cinco años y de ellos dos son el bienio negro, con el autogobierno
catalán suspendido. Evidentemente, el franquismo es la negación de
este proyecto y de hecho una de las obsesiones del franquismo fue
la eliminación del catalanismo. Pero la transición democrática tras
la muerte de Franco ha dado una nueva oportunidad a España para llevar
a cabo las transformaciones que el catalanismo proponía hace un siglo.
Con una ventaja: la transformación económica de los años sesenta crea
las condiciones sociales para el arraigo de la democracia y para la
regeneración del estado. En la España de la Segunda República, socialmente
muy tensa, sin capas medias, sin mesocracia fuera de Catalunya, el
enfrentamiento social era muy profundo. La España de los años setenta
se ha transformado ya socialmente y económicamente, fenómenos como
el turismo -pero también la difusión de la industrialización- han
cambiado el espectro social y ha amortiguado las diferencias sociales
respecto a Catalunya, aunque ésta siga siendo la zona de mayor dinamismo
económico. De los setenta al final de siglo, los sucesivos gobiernos
democráticos, tanto socialistas como conservadores, han conseguido
una modernización efectiva de España y de su Estado. Lo español ya
no es percibido como algo antiguo y obsoleto, sino que tiene un prestigio
contemporáneo. En este sentido, la mitad del programa catalanista,
del programa de Maragall cuando pedía transformar los valores y la
estructura económica del Estado, ya se puede dar por cumplido. ¿Se
ha cumplido también con la otra parte del programa del catalanismo,
con el reconocimiento de la lengua y la cultura catalana, con la pluralización
del Estado? Personalmente, yo creo que muchísimo menos. Pero, en cualquier
caso, el contraste entre la uniformización obligatoria del franquismo,
su opción por el centralismo en el poder, la persecución física de
la lengua catalana, y la situación actual es tan grande que puede
muy fácilmente crear una ilusión de normalidad plenamente conseguida.
El catalán ha podido salir de las catacumbas, es una lengua usada
en todos los ámbitos de la vida pública y privada, y goza de un estatuto
de libertad. Asimismo, el modelo del Estado de las autonomías ha descentralizado
el poder político y Catalunya tiene en estos momentos un grado de
autogobierno muy considerable, dentro del contexto europeo. Si
en el programa del catalanismo de comienzos de siglo se pudiese dibujar
una horquilla entre el mínimo y el máximo, podríamos decir que en
estos momentos se ha cumplido ya al menos en sus grados mínimos. El
catalanismo ha triunfado en sus objetivos mínimos. Ha conseguido transformar
el Estado, modernizarlo, hacerlo más eficiente. Y ha conseguido también
un grado de reconocimiento lingüístico y cultural notable. Esta transformación
la ha impulsado directamente el catalanismo, a través de sus fuerzas
políticas mayoritarias, que han tenido actitudes intervencionistas
en la política española. Buena parte de estas transformaciones se
realizan por presión política de los catalanistas, sea por la vía
de su peso político en Catalunya, sea por la vía de su influencia
en la política española. La participación de los nacionalistas catalanes,
indistintamente como aliados de socialistas o de conservadores, en
las mayorías de gobierno de España les ha dado la oportunidad de empujar
estas transformaciones. Y la prueba de su éxito ha sido que, tras
la reciente victoria electoral de José María Aznar y la mayoría absoluta
del Partido Popular, no ha habido una involución en estas transformaciones,
no se consideran reversibles, son cambios que ya han quedado introducidos
de una forma clara en la estructura del Estado. Nuevos
objetivos catalanistas
El
nacionalismo democrático sólo puede ser reivindicativo. Un nacionalismo
que no pretenda, por la vía democrática, transformar las cosas y,
por tanto, reparar injusticias y desigualdades, se convierte en un
puro chovinismo, en una autoexaltación patriótica gratuita. El nacionalismo
democrático es el que considera que hay una realidad cultural, identitaria,
pero también económica y social, que exige una transformación y que,
por tanto, pretende cambiar las coas. Un nacionalismo que quisiese
dejarlo todo como está será pura explotación sentimental del patriotismo.
El nacionalismo catalán ha sido siempre dos cosas, imprescindiblemente:
democrático y reivindicativo. Democrático, porque al otro lado de
la trinchera política ha tenido siempre una concepción de España uniformista
y totalitaria muy poco compatible con la democracia. El franquismo
sería su más clara expresión. Reivindicativo, porque siempre ha considerado
que la realidad no era aceptable tal como estaba expresada, sino que
hacía falta más poder político, más reconocimiento simbólico, más
posibilidades económicas, para garantizar la supervivencia de una
identidad nacional, cultural y lingüística amenazada. Por
primera vez en la historia reciente de Catalunya, una parte muy importante
del pueblo de Catalunya puede entender que ya no hay nada que reivindicar.
Que todo aquello que reivindicaba ya se ha conseguido. Si esto sucede
y, sobre todo, si esto sucede en el interior de los propios partidos
nacionalistas, estos partidos tendrán que desaparecer como tales.
Serán partidos de derecha, de izquierda o de centro, socialistas o
demócrata-cristianos, de ámbito catalán si se quiere, de sensibilidad
catalana, pero no nacionalistas. El nacionalismo es por naturaleza
reivindicativo. Si la sociedad y los partidos catalanes creen que
ya se ha llegado a la meta, que los objetivos ya han sido alcanzados,
entramos en un horizonte post-nacionalista. Hasta ahora, para entender
la vida política catalana hacía falta un mapa bidimensional, con dos
ejes perpendiculares: el eje derecha-izquierda y el eje catalanismo-españolismo.
Si este segundo eje desaparece, entraremos en un horizonte postnacionalista
en el que las fuerzas políticas se situarán solamente un eje derecha-izquierda
y competirán en todo caso por su capacidad de gestión. Pero
una parte importante -mayoritaria o no- del nacionalismo catalán no
cree que los objetivos fundacionales del catalanismo se hayan conseguido.
Incluso una parte cree que estos objetivos no se van a conseguir nunca
en el ámbito del Estado español, que el Estado español no puede aceptar
los niveles de refundación y de pluralismo interior que exigiría el
pleno cumplimiento del programa catalanista. Esta amplia facción del
catalanismo se resiste a entrar en el horizonte postnacionalista,
porque en su concepción de lo que se trataría no sería de un Estado
que acepta su pluralidad lingüística, aunque consagre un estatuto
de desigualdad entre las lenguas -una, oficial en todo el Estado;
las otras, cooficiales solamente en una parte del territorio-, sino
de un Estado que reconozca su pluralidad nacional. Es decir, de un
Estado en el que la españolidad sea una adscripción administrativa,
una forma de ciudadanía,
y sea posible definirse nacionalmente como cosas distintas a español. Para
estos sectores del catalanismo, el objetivo de transformación económica
y social del Estado, de regeneración del Estado, ya se habrían cumplido,
tal vez. El Estado español ya sería eficiente y moderno, prestigioso
incluso. Pero el objetivo de reconocimiento de la pluralidad interna
se habría conseguido de una forma muy insuficiente.
Otros estados de nuestro entorno tienen niveles mucho más altos
de reconocimiento simbólico de su pluralidad. Por ejemplo, el Reino
Unido mantiene grados de reconocimiento de las identidades y los símbolos
de Escocia o de Gales superiores a las que dibuja el Estado español
de las autonomías, que en el ámbito simbólico y sentimental es muy
uniformista. Frente al nacionalismo catalán existe un fuerte nacionalismo
español, que afecta a la derecha y a la izquierda españolas y que
a menudo se convierte en su rasgo ideológico más acusado. El nacionalismo
catalán quiere construir un poder político catalán, a partir de la
existencia de una nación cultural e histórica catalana. El nacionalismo
español quiere construir una nación cultural, histórica y sentimental
española a partir de la existencia de un Estado, quiere utilizar los
fortísimos mecanismos del Estado para crear una conciencia nacional
española generalizada allá donde históricamente no ha existido hasta
ahora. Para
este catalanismo todavía nacionalista -es decir, todavía reivindicativo-,
Catalunya no ha alcanzado todavía los niveles de poder político, de
poder económico y de reconocimiento institucional y simbólico que
necesita para sobrevivir como identidad nacional y cultural. El programa
catalanista de hace un siglo se ha cumplido en los mínimos que permiten
respirar, pero no en los niveles que permiten afrontar el futuro con
la tranquilidad -también relativa- con el que lo afrontan otras identidades
nacionales y culturales, la danesa, la húngara, la portuguesa, que
tienen la estructura política que necesitan. Este nacionalismo catalán
continua existiendo. No sabemos si en estos momentos es o no es mayoritario,
si la mayoría considera que ya se ha llegado al final del camino,
que no hace falta reivindicar nada más. Pero lo que parece obvio es
que existe. Y su lema sería, por encima de todo, la plurinacionalidad.
No el plurilingüismo y la pluriculturalidad, solamente. Si no la construcción
de un Estado en el que pudiesen convivir lealtades y sentimientos
nacionales diversos. ¿Qué
quieren los catalanistas? En
el debate político español, se ha convertido en casi un tópico preguntar
qué quieren realmente los catalanistas. Nunca están contentos. Nunca
se dan por satisfechos. Están instalados en la reivindicación permanente.
Siempre quieren más. ¿No será que, en definitiva, sólo quedarán satisfechos
con la independencia, colgando su bandera de un mástil en las Naciones
Unidas? La pregunta no es fácil de responder. Porque toda respuesta
es relativa y cada uno habla por sí mismo, no en nombre de los otros.
Personalmente, yo creo que la respuesta ya se dio hace cien años.
El catalanismo era un proyecto, en el poema de Maragall que comentábamos
antes, de regeneración del Estado y de refundación nacional del Estado.
Si este proyecto se acepta, perfecto. Y para una parte del catalanismo,
este proyecto ya ha sido aceptado, ya se ha conseguido. Para otra
parte del catalanismo, aún es imprescindible el esfuerzo de política
democrática, de convencimiento, de debate, de pedagogía, para que
se adopte este proyecto, que se considera más abierto, más democrático,
más plural, más respetuoso con la realidad que el que está actualmente
en funcionamiento. Maragall, en su poema se dirigía a España. Le decía
unas cuántas cosas que le parecían imprescindibles. Sólo al final
del poema, en el último verso, ante la posibilidad de que estas peticiones
no fuesen escuchadas, daba su respuesta: “Adiós, España”. Vicenç Villatoro. Escritor
y diputado por CiU en el Parlamento de Catalunya. |